Ejes de nuestro desconcierto

Ejes de nuestro desconcierto

A Orlando, in memoriam.

“Lo que pasa es que no sabemos lo que pasa”; tal fue la manera de Ortega y Gasset de expresar asombrados presentimientos.  Era un tiempo en que la fuerza del medio escrito fue tan poderosa que la prensa se asumía ya como un posible Cuarto Poder.  Él fue un as en ella, naturalmente, como adición a su condición suprema de genio y pensador profundo. 

En gran modo el mundo  había quedado  a merced de tantos fenómenos y acontecimientos horribles que las plumas  valerosas que supieran aparecer para defenderlo ganaron la confianza y el consiguiente prestigio de ser los defensores más altos de sus valores superiores.

Así las ideologías oprimentes de cualquier género lo primero que hacían era suprimir y perseguir la libertad de prensa y, en verdad, el martirologio como impronta del periodismo reflejaba una dolorosa realidad en la lucha por la libertad de los pueblos.

Bastaría lo expuesto para que la legitimidad de ese Cuarto Poder brote como algo indiscutible.  Sin embargo, el indetenible e incesante cambio en el fluir de los hechos y circunstancias fue el encargado de un lento y persistente golpe de timón capaz de hacer derivas de abandono de aquellos tiempos legendarios cuando se labraba  la honrosa categoría de ser reputado como el valladar por excelencia contra la opresión.

Los intereses de toda laya se percataron de la necesidad de poner los medios de control de opinión al servicio de sus fines y provechos, incompatibles, ni coincidentes, con el bien común y aquellas cosas que se tienen como de interés general tan proclamadas como olvidadas por obra del egoísmo del lucro dominante y la ausencia inclemente de compasión.  Ésta, invocada no solamente desde el plano teológico, obra de buen cristiano, sino también como la han tratado filósofos y pensadores que han terminado por considerarla base profunda de toda ética.

El hecho es, que si bien es cierto que aún se conservan muestras gloriosas de coraje del periodismo de investigación  y de opinión, no es menos cierto que la influencia de los medios está en proceso decadente de jubilación o retiro, pues está en marcha una pérdida de fe muy obvia de las comunidades que recelan de los intereses que las circundan y del propio idealismo que se percibe en fuga de tantos operadores tentados y captados por solapados encargos de conveniencias de todo género.

La aparición y el insidioso asentamiento de oscuros factores de gran poder han complicado aún más el destino de esa fuente de inmensas garantías que fuera la prensa escrita.  Los mismos dueños que sanamente han creído en su utilidad van quedando muy expuestos a intimidaciones sobreentendidas y claudicaciones de silencios de sensibles alcances, aunque bien disimulados. 

Desde luego, es necesario no olvidar que la televisión y la radio vinieron a imprimirle velocidad y energía  al control  de opinión  y lo que empezó en principio como una competencia posible que debilitaría al medio escrito, mucho más lento, terminó en un acoplamiento  de las tres modalidades  de comunicación social  que vinieron a constituir un todo dominante, de tal magnitud, que  propiamente los otros tres poderes del Estado quedaron condicionados bajo control creciente de ese virtual superpoder que en sus refinamientos de marketing y propaganda ramera  lograron un dominio eminente sobre lo que podía o debía ser u ocurrir, o no  ocurrir, en las delicadísimas  cuestiones de determinar quiénes habrían de ser titulares de los mandos públicos.

Así, desde ese albergue dominante de la comunicación social aforada, se abrió paso este presente aciago en el cual, hasta hace poco tiempo, la voluntad popular resultaba un ingenuo y manipulable juguete en las manos de intereses cada vez más sombríos.

¿Qué ha ocurrido?  ¿Cómo se ha podido contener y reducir aquella omnipotencia que pareció hombrearse con Dios en sus dictados?   La respuesta a esas preguntas es una: el avance indescriptible del desarrollo tecnológico que ha entregado el arma sorprendente de las redes sociales para una batalla campal, ya dirigida por los generales Internet , Web y WhatsApp, en la que todo aquello del monopolio del dominio social del Cuarto Poder se ha ido derrumbando.

Se podría decir, cuidándose del exceso, que ha aparecido un Quinto Poder más rotundo que goza de un anonimato técnico considerable que puede servir para muchas cosas buenas, como para otras tantas malas.  Un quinto jinete del apocalipsis a temer.

Las redes, he ahí la esencia del contraataque; la población ha sido armada para su defensa mediante el uso masivo y arriesgado de un medio sofisticado que la convierte  en algo más vivo, participativo, beligerante, porque la emplaza de inmediato en el centro mismo de los hechos y circunstancias, ocurridos o por ocurrir. 

Ya no es la población testigo de piedra de las cosas, según se las dicten las informaciones de los medios de comunicación, sino que se hace parte activa de los temas y se le dota de una capacidad de difusión asombrosa que en cuestión de minutos le permite  responder, opinar, rechazar o aprobar las versiones de cuanto ocurre; como si se pretendiera dar por cumplida la misión de saber en todo caso de qué se trata. Un desmentido inseguro de lo que aparece en la frase que encabeza esta entrega.

“Esos son los hechos”, se le dice al pueblo y éste de inmediato responde: “Esa es su versión, ahora conozca la mía” y ahí se derrama una catarata de interpretaciones, tan de enjambre, que resultan muy peligrosas cuando no desconcertantes.  Esta es la otra cara de la moneda.  El juguete sofisticado y potente de las redes ha quedado en las manos de multitudes y éstas tienen un historial penoso en sus decisiones.

La prensa gloriosa se nos ha alejado cuando más la necesitábamos y las redes, en su papel de contraparte continua y temible que censura su lenidad frente a todos los abusos abiertos y solapados del poder y, además, cuestiona su actitud controlada y tímida ante al azote del Crimen en sus diversísimas vertientes.  Es éste un duelo abierto, el de prensa versus redes, que aperpleja al ciudadano. 

El juicio de Cristo, sabemos, así como la consulta de Pilatos acerca de la preferencia de la multitud en relación a cuál merecía más la cruz, han sido considerados como el momento cumbre para entender los peligros de injusticia y error de las decisiones de muchedumbres.  

He ahí, pues, este dilema de los tiempos.  ¿A quién creerle?  Se explica así el desconcierto del medio social al tomar partido entre uno y otro de los medios de información y contrainformación.

Desde luego, también es innegable que la confusión está de plácemes y muy jubilosa, pues no le podrían brindar nunca nada parecido como esta selva de los buenos y los malos juicios y prejuicios, cantando en coro sin contar la sociedad con medios idóneos para descifrar con seguridad por dónde pueden estar los aciertos y por dónde andan los desaciertos. 

Todo ésto es materia de discusión a escala mundial, pero, lo que es más grave es comprobar lo difícil que se hace encontrar opiniones dirimentes en capacidad de orientar y decidir como árbitros culturales y morales confiables.  Ésto, por encumbrados que sean los centros de pensamiento y el propio nivel académico que busque la aceptación de sus criterios y opiniones. 

El desmentido es rotundo como irrespetuoso mientras prosigue la siega criminal del periodismo valeroso que no cesa.  México, por ejemplo, es un escenario trágico y sobrecogedor de esta ruina; su poda de conciencia alcanza a centenares de inmolados y nosotros, que hemos conocido del dolor de Orlando y de otros pocos muy valientes, podemos medir con más acierto el dolor y el espanto de esa sociedad hermana.

Babel está planteada en el horizonte y las tormentas están de su cuenta imaginando e impulsando situaciones de daños insondables y, en verdad, siento que ya hay motivos sobrados para comenzar a admitir signos apocalípticos en estos conflictos y descalabros del conocimiento. 

Se nos dice, al consolarnos, que no será tan grave la cuestión en razón de que el pueblo se irá adiestrando sobre la marcha para aprender a identificar a ese travieso agente de fracasos que es el error; que aprenderá a separar la paja del grano, por lo que no hay prisa y las falacias serán separadas de todo aprecio, vencidas por un adiestramiento cultural previsible que generará un inevitable repudio de las “Fakes News”.  Ésto, como consuelo temporal no está mal, pero en su ingenuidad se olvidan de la condición humana y todas las falencias que la abruman.

La hora actual del mundo, pues, no es lisonjera y hay motivos sobrados para temer y orar por la suerte de todos.  Admitir humildemente nuestros desatinos y aferrarnos a la compasión podrían ayudarnos a desecar este valle inundado de lágrimas como pocas veces lo ha sido.

¿Qué me ocurre?  Que no resulto tan frágil para extraviarme en la vorágine de la información y la desinformación.  Vengo de la trinchera de la defensa penal desde mi primera juventud que me ha servido de atalaya para resistir con ciertos rasgos numantinos las tentaciones de los extravíos.  He sabido de jueces y defensores legendarios y mi convencimiento originario ha sido que la didáctica del campo penal puede enseñar tanto o más que las doctrinas de las ciencias políticas, porque el juicio es espejo, retrato, laboratorio crucial de intereses y pasiones y es por ello que quiero hacer las siguientes disquisiciones:

Quentin Reynold en su obra minibiográfica “Sala de Jurados” hace una cita memorable del juez Samuel Leibowitz, que siendo muy joven había defendido a Capone en su primer homicidio cometido en Brooklyn y que luego pasara a hacer una brillante carrera judicial al grado de considerársele como un juez muy respetable y celebrado en los Estados Unidos. 

Pues bien, la cita consiste en describir la oportunidad en que el gangster, ya en pleno desarrollo de su infernal éxito, llamó al penalista joven aquél que le había defendido en su primer juicio, para solicitarle su asistencia de defensa nuevamente.  Lo llevó como cuestión previa a un cementerio monumental en Cicero, Chicago, a fin de enseñarle la tumba magnífica de su hermano recién asesinado y Capone lloró antes de pedirle sus servicios al brillante defensor penal que todavía era.

Leibowitz le respondió a Capone que él lo defendería siempre que le dijera los nombres de los políticos, alcaldes, senadores, representantes, así como de los empresarios y periodistas que le habían protegido bajo paga, miedo o dolo; que sólo así lo podría defender, porque era la manera de emplazar al establishment como el gran responsable de la ruina de su sociedad.

Capone se rehusó y dijo que eso sería para él una deshonra, pues era “un hombre de honor” y que jamás lo haría.  Hasta ahí llegó el trato.

Cuando leí la obra, siendo muy joven, no columbré plenamente sus alcances y sólo la larga vida y el ejercicio de las luchas públicas me fueron dando las bases más sólidas para comprender la significación de aquella exigencia deontológica del abogado al gangster, con la cual, en realidad, el defensor buscaba defender a su sociedad más que al individuo que le pedía asistencia por los crímenes puestos a su cargo.

El cambio incesante de los hechos cada vez se ha tornado más agresivo y grave y en la actualidad, a escala mundial, ese tipo de conflicto vive más potente y altivo que nunca y la autoridad como la ley lucen en desbandada porque una odiosa Gobernanza de mixtura siniestra es la que finalmente impone las cosas a los pueblos.

Lo que procuro con estas disquisiciones es traer desde mis recuerdos impresiones que tuve en ocasión de las luchas en la tribuna penal de las siempre tormentosas relaciones del defensor penal y el establishment

Leibowitz, según dije, pasó a ser un juez de excepción, luego de defensor esclarecido.  Pero hubo otro ejemplo más intenso y permanente de nombre Clarence Darrow.  Este fue espectacular defensor mucho tiempo, considerado como el mejor profesional de la defensa, que luego de muchos años de gloriosas jornadas emigró hacia el laboralismo y era tan excepcional su talento que se convirtió en el más versado y notable laboralista en su tiempo, hasta el final de su vida.

La cuestión a destacar en éste último es que sus desencuentros violentos e irreductibles con la prensa en ocasión de los grandes juicios criminales se hicieron famosos y se desarrollaron de tal modo que se tornaban en disputa de apuestas cada vez que Darrow asumía la defensa de algún posible condenable a muerte.  La prensa encarnizada abogando por la ejecución y Darrow, después de portentosos discursos grávidos de técnicas y elocuencia, terminando por invocar a Cristo y su perdón.

Todo el fascinante acceso que tuve a esas leyendas del juicio penal me influyeron en la formación profesional y sobre los poderes de la Gobernanza del establishment llegando a su comprensión, no necesariamente mediante el estudio de ciencias políticas, sino al través de las prevenciones de la tribuna penal que tanto enseña cuando se repiensan sus dramáticas experiencias.

Realmente debo advertir que todo ésto lo expongo con el propósito de reafirmarme en mi convicción de que nuestro país está siendo crecientemente atenazado por peligros enormes por obra de la existencia de un Pacto Implícito entre  la Geopolítica, el gran capital Binacional y el Crimen Organizado; no es ésta una suposición maliciosa,  sino una hija de mi observación paciente y prolongada de  las insidiosas maneras de tratar este tema; sobre todo, desandando los senderos de la Gobernanza por donde se internan esos recursos económicos inmensos del Crimen Organizado, con sus miedos  que no necesitan presentación y su capacidad para silenciar quejas y agenciarse complicidades de hondos silencios  para la invisibilidad de su propia presencia decisiva.

La prensa, que ha sabido ser la muralla más alta e insalvable frente a todos los males y daños sociales, ha ido perdiendo la fe pública y la indefensión no se ha hecho esperar.  La sociedad está inerme, su clase política cada vez más inapropiada, mientras se sobreaseguran los peores desvalores.

Es por ello que creo en que, aún cuando ha sido para mí el campo de la política el que me  ha servido de palco mejor para presenciar y sentir esa pérdida de defensa  de la sociedad, ya tenía  noticias y muestras de que el fenómeno es de escala mundial, por lo que fue en la tribuna penal universal donde encontré los espacios fundamentales para familiarizarme con el trastorno de esa falla en el dispositivo vital de la defensa social en términos reales.

El juicio penal ha sido siempre el laboratorio por excelencia para procesar  las pasiones  e intereses en conflictos, una vez el derecho como política del poder se dispone a imponer sus fueros y dominios.  Es más, desde la Francia revolucionaria provienen las primeras  grandes impresiones, bien fuera en el violento discurso del doctor Marat increpando violentamente a la justicia  frente  a su “abatido ladrón”, y luego las luces de Víctor Hugo  defendiendo  a su propio hijo, en una memorable experiencia de delito de palabra. 

Pero, tal como apunté, fue en la tribuna penal norteamericana donde encontré las esencias mejores de esa contraposición entre defensa y acusación, que es como decir poder arrogante versus indefensión individual; es por ello que he querido destacar el papel de la prensa reflejando sus posiciones en medio de las apasionantes vicisitudes del juicio criminal.  Darrow y ella se aborrecieron con alta frecuencia.  Parece que Darrow avizoraba el desastre del futuro.

Una última observación cabe, haciendo alguna derivación, y se relaciona a la pérdida de confianza del jurado popular que se tuvo por siglos como lo más justo y pertinente en el juicio criminal; es decir: “el acusado siempre debe ser juzgado por sus iguales”; era un reproche embozado ante los abusos previsibles del poder.  Pero ocurre que la prensa, tanto escrita como televisiva y radial, vinieron turbando la imparcialidad del jurado por lo que los Jueces y Cortes han tenido que bregar en el aislamiento de sus miembros, tratando de evitar influencias nocivas en sus decisiones de culpabilidad desde el principio mismo de su selección.

Ahora se presenta, casi como catástrofe de colapso del jurado, el fenómeno de las redes sociales, que son incontrolables y la cuestión de la culpabilidad o inculpabilidad queda en manos de un macro jurado de multitudes, sin que se pueda soñar siquiera en que el ideal de hacer justicia verdadera pueda salir ileso de ese torbellino de razones y sin razones de las redes.

Yendo más lejos aún, el propio Tribunal Colegiado de Primer Grado y las Cortes, que no llevan jurado, no estarán exentos de la influencia del peso de una opinión pública así surgida.  Sus jueces, tenidos como terceros imparciales, embozalados en la procuración de la verdad por diligencia propia, llevan la peor parte del drama de este nihilismo social con características predatorias del entendimiento público que viene azotando al mundo en sus tareas de hacer las veces de Dios: es decir, juzgar.

En suma, quiero cerrar esta entrega de La Pregunta con la parte más densa y peor del pesar cuando repito que ni los propios grandes pensadores ni filósofos están a salvo y por encima de este fenómeno, lo que hace sentir el naufragio de su sabiduría cuando más amenaza el garete del caos total, no ya como presagio, sino como hecho cumplido.

¿Podrían ustedes imaginarse, en un ejercicio parapsíquico, a Clarence Darrow defendiendo a los asesinos de Orlando?  ¿Se podrían imaginar a cuáles componentes de la Gobernanza hubiese escogido la defensa para salvar de la pena de muerte tan merecida a los autores materiales?

Creo que, además del poder político en sí, hubiese ido un tanto más lejos al señalar los intereses del gran capital que había osado denunciar y desafiar por sus hechos de gran dolo aquella conciencia indoblegable del periodista sacrificado.  Se lo dejo como siempre a la soberana apreciación de ustedes, amables lectores.

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El poder y sus drones ciegos de rencores y pasiones

El poder y sus drones ciegos de rencores y pasiones

A Orlando, símbolo máximo de periodismo de raza, semanas antes  de su inmolación, en la sala de mi casa le aconsejé: “Trata de no escribir bajo emociones  que te produzca algún  hecho grave que acabes de presenciar, pues te puede  turbar la serenidad y privarte del  certero equilibrio que te ha consagrado”.

Esa ha sido una convicción que he mantenido toda la vida, pues las vivencias, pese a ser tan confiables para el relato, pueden alterar el ánimo al hacerlo de inmediato; la reflexión se ausenta y  se nublan los mejores provechos  a proyectar como opinión seria y sana.

Sin embargo, acabo de incurrir en su inobservancia.  “Miriam, un símbolo  intocable” fue el título de la pasada entrega de este blog, apenas horas después de presenciar la puesta en escena deplorable de lo que se intentara para aniquilar toda una vida de grandes méritos.

Ha sido luego cuando he sentido  la necesidad de seguir escribiendo  sobe el penoso tema ya con mayor sosiego en la buena compañía de  reflexiones  que me permitan confirmar todo lo aborrecible  del atrevimiento,  pero buscando  columbrar sus  causas y consecuencias posibles.

Empecemos por el repaso del terrible evento y luego reflexionemos acerca de qué puede tener como presagio de cosas aún más graves de las cuales pudieren desprenderse daños para la nación misma.  Hagamos un esfuerzo de interpretación de lo que sigo apreciando como “la noche de los puñales largos”.

Al principio del espectáculo sentí un corrientazo en el alma que me hizo pensar en que sería testigo lejano de algo amargamente inusitado; mi reacción primera fue  negarme a creer lo que estaba  comenzando a suceder; me asombré al ver una extraña Corte de composición abigarrada, compuesta por algunos legisladores, jueces de la Corte Suprema  y la cabeza  del Ministerio Público, bajo la presidencia del Jefe de Estado, colocados todos en un brillante estrado en medio de un regio salón palaciego.  Los poderes en plenitud reunidos para sensitivos exámenes de profesionales de distintas capacidades.

¿Qué juzgaban?  ¿A quién juzgaban ante la sorprendida atención nacional?  Juzgaban los méritos, conocimientos, virtudes y defectos de una mujer a fin de determinar  si era apta, o no, para seguir ostentando  la condición de Juez en el máximo nivel de la judicatura, la Suprema Corte de Justicia.

No se puede concebir una situación más absurda que esa; cuarenta años  de servicios intensos detrás de un  crucifijo  impartiendo justicia siendo  la más gallarda, justa y experta esa mujer, para poder permanecer en sus honrosas funciones tenía que someterse  a una escabrosa prueba en la cual pudieran aparecer las pasiones, los intereses, la maledicencia y cebarse atribuyéndole cargos infamantes que tenían como misión hacer tabla rasa  de los antecedentes de riesgos y de la legendaria corrección de la Magistrada devenida en rea.

 
Jamás el mérito vital había sido sometido a humillación parecida y lo primero que acudió a mi mente fue el carácter vitalicio  de los jueces de la Corte Suprema norteamericana  y la sabiduría inmensa del diseño de los Padres Fundadores que le reconocieran tanta importancia a esa jurisdicción  que solo ella puede hacer enmiendas a su Constitución y controlar los fallos federales.

Desde luego, también  se me hizo presente  lo que ocurriera entre nosotros cuando fuera intentada la vitalicidad de nuestros jueces  de Suprema Corte de Justicia, pero por obra  de su propio fallo, algo inadmisible, pues fallos  universales no han dejado nunca de considerar esto como Prevaricación. 

Vale decir, medité acerca de que lo que tendríamos que hacer explorando si hacia  futuro, sin que tenga el vicio del provecho de quienes la propiciaren, se pudieren elegir o señalar jueces de ese nivel supremo como inconmutables, vitalicios, dejando como causas únicas de cesación la enfermedad, la muerte ,la renuncia o la comisión de hechos reprensibles de carácter penal o desórdenes manifiestos de conducta, caso este último  que exigiría un juicio político de destitución por ante el Senado de la República.

Lo que procuro con estas elucubraciones es resaltar que una experiencia  tan nefasta como la ordalía a que fuera sometida Miriam Germán Brito  podría servirnos de amarga lección para introducir  esa modalidad de carácter permanente que bien podría ofrecer ventajas en la tutela y el control del aparato judicial todo. 

Quiere decir, aunque pareciera ésto un desvarío de la inconformidad por cuanto acaba de ocurrir, se hace imperativo proteger la reputación y la autoridad moral de esos jueces como una manera de proteger el prestigio y fortaleza  institucional nuestro en ese ámbito que no debe seguir expuesto al insulto excrementario, de tal modo que ya vimos cuando la calle enardecida y díscola terminó por ofenderla gravemente sin que se impusiera ni siquiera el respeto debido al pabellón nacional. 

Pero ese último incidente callejero no es tan grave porque no deja de ser protesta cuasi-demencial.  Lo más condenable es apoltronar al pasquín para escarnecer injustamente a un ícono de la justicia nuestra para derivar quizás oscuros provechos de esos que son tan frecuentes  dentro del rufianismo abundante de la política.

En sesenta años de vida pública que llevo no había visto  nunca  un episodio tan vejaminoso como éste que es lo que me lleva a escribir nuevamente.  Tal abuso,  es necesario retenerlo como un ominoso presagio de cosas peores por suceder.  No hay ningún signo a la vista más elocuente que ese para alertarnos como pueblo.  No sólo por el contenido de bala y desprecio que refleja, sino por los daños estructurales de la propia República.  Permitir que ocurran desatinos de esas magnitudes envía un mensaje desastroso  a la misma seguridad jurídica nuestra, pues resulta una forma de invitar a que se entienda que todo cuanto se ha hecho en justicia “por autoridad de la ley y en nombre de la República” ha sido solo farsa dada la “mala calaña”  difundida al mundo desde palacio, en presencia de jefe del estado que permaneciera impávido sin animarse a detener el escarnio desde el momento mismo en que su Procurador revelara que su acusación gravísima de que el  patrimonio de la juez ejemplar supuestamente inexplicable se sustentaba en dos cartas anónimas.

Sentí una honda  tristeza por la suerte del pueblo nuestro que tuvo  que ver  y padecer aquella escena de su mejor juez sentada  en un improvisado banquillo de acusados, sorprendida y trémula, respondiendo las infamias de los pasquines aleves como patíbulo.

Creo que el ataque artero turbó  a la usada, no podemos  llamarla de otro modo, al grado que ella que se caracteriza por  sus  formas enérgicas no pudo decirle, “Magistrado Procurador, mientras usted se mantenga a la sombra de ese anonimato no responderé sus preguntas, desnude la cobardía de la intriga anónima y acompáñeme en mi dignidad que viene intacta desde el tiempo que usted era un imberbe adolescente, es decir, cuando usted no tenía noticias de aquellos filosos tiempos terribles.  Respete el artículo 26 de su propio Reglamento que establece la abominación por el pasquín, prohibiéndole  terminantemente con el énfasis de que NUNCA se podrá exhibir el anónimo en el seno del Consejo Superior de la Magistratura.

También me pasó por la mente un recuerdo personal que he de traer y confesar: la única vez que en mis décadas de ejercicio como defensor se me ordenó bajar  de la tribuna, junto a otros distinguidos colegas de la tribuna contraria, porque el tribunal se consideraba irrespetado por la violencia de ambas tribunas, la única vez, repito, fue por decisión seca y terminante de esa juez indoblegable que tanto respeto ha merecido en las tormentas de nuestra infortunada justicia.

Ahora bien, lo más oprobioso de los ataques a la icónica Juez de la República Miriam Germán Brito estaba por venir, luego de los anónimos invitados a Palacio como instrumentos de destrucción moral de toda una vida de dedicación honrada a impartir justicia. 

Tan sólo horas después de la cámara de gas palaciega sobrevinieron nuevos ataques que deben ser examinados en riguroso contexto; es decir, el gobierno continuó su tarea de demolición ética de aquella ejemplar muestra del juzgamiento independiente, valeroso y sabio, y se suscitaron nuevas modalidades del encono.

En efecto, en ocasión de una responsable denuncia que hiciera un comunicador social importante de la República en relación a que el gobierno ha venido desarrollando un envilecimiento penoso mediante prácticas de espionaje de jueces, políticos y funcionarios, en una deriva peligrosamente autoritaria del peor pronóstico, se dió una rueda de prensa en la Procuraduría General de la República para divulgar “supuestos  y hábiles pormenores” de una esperpéntica investigación de narcotráfico.

Todo muy vago y con pretensiones de excusarse ante la nación, pero con sus designios permanentes de deshonrar a la juez.  Es decir, que para la realización de esa investigación criminal se hizo preciso obtener autorización de una juez a la cual no se le proveyó el nombre del investigado, sino únicamente las letras B.N.I., que no se corresponden con sus iniciales.

Por “pura coincidencia” se alega que el número de teléfono a interceptar resultó ser el teléfono de diez años de la juez bajo persecución. Es decir, que sólo fue una coincidencia real, no imaginaria, pero, que ha resultado conveniente para establecer una relación entre la magistrada y un ingeniero que se suicidara en fecha 15 de noviembre de 2018.  Diez días después de esa muerte, el suicida era todavía perseguido para la investigación y se usaban las letras B.N.I. en forma engañosa para sorprender la buena fe de la jueza que otorgaría  la autorización de intercepción.

Si se observan las fechas de la solicitud de intercepción telefónica, 24 de noviembre de 2018, y la del suicidio del ingeniero, se desnudará la siniestra trama, de tal modo que se ha hecho muy patente la mala raza de los móviles de una autoridad capaz de felonías tan inconcebibles.

Vale decir, si la experiencia de evaluación de jueces de Suprema Corte de Justicia se iniciaría en el mes de diciembre, como se anunciara, se hacía imperativo el trámite de la intercepción telefónica, diez días después de la muerte del ingeniero investigado, para entonces aparecer con que el número de la magistrada, por obra y gracia de algún drone ciego, “figuraba entre sus contactos”; en suma, al decir de la autoridad su interés de  llevar a cabo operaciones  al amparo de tan burdo mamotreto, no parece ser uno de los rasgos peores de este crimen de Estado. 

El suicida “perdió sus nombres” y se le reputaba como B.N.I.; diez días después de su muerte, sólo para que se produjera la coincidencia del número telefónico del ingeniero que le había construido una casa convencional en Ocoa.  “Ella que explique esa relación”, concluyó la acusación.  Parecía olvidarse de cuestiones tan sensitivas como la presunción de inocencia y, sobre todo, que no se le había dado explicación o noticia alguna de esos cargos ignominiosos, en violación brutal del debido proceso.

Con actuaciones de tal tipo la autoridad persecutoria de sus propios jueces creyó que eso podía bastar para no hacer elegible la juez temida para las venideras vicisitudes judiciales por venir.

En verdad, creo que no podría aparecer en los anales de los abusos criminales de poder ninguna otra muestra tan repugnante y cínica como ésta.

En fin, todas esas durezas no las podía poner de lado, sin dejar de ir un poco más lejos en mis reflexiones.  Me llegó entonces la tercera parte de la otra conjura relativa al Juez menor denunciante de la Juez mayor, vanamente puesta bajo acusación.

El juez denunciante, a quien sigo sin conocer, llamó mi atención al presentarse su denuncia contra la magistrada Miriam Germán Brito en la noche del lunes aciago del Consejo de La  Magistratura. 

Supe luego que es hijo de otro juez, ya fallecido, que fuera  Presidente de la Corte de Apelación de Santo Domingo  que recibiera el retiro de la acusación contra un Expresidente de la República y otros ex funcionarios  de su gobierno  que habían sido condenados por un juez de primer  grado, luego de dos mil horas de juicio televisado; obra de un juez que fuera una verdadera leyenda de rectitud y limpieza, no por haber juzgado a gente tan importante de la política, sino por juzgar y condenar sin temor a  Capos mayores de la droga internacional.

En esa Corte de Apelación, presidida por el padre fallecido del juez denunciante, también era juez Miriam Germán Brito y fue por ello que me movió a una curiosidad especial  el hecho de que existiendo presumiblemente esos vínculos afectivos que son tan habituales entre compañeros de trabajo, que, además, venían precedidos del tratamiento que la juez definiera “como de un hijo” cuando ella servía en jurisdicción de primer grado, repito,  me movió a curiosidad y en mi  Pregunta anterior me limité a no calificar la acción del juez denunciante y me limité a decir lo siguiente: 

“Sólo pienso que estamos viviendo tiempos de violentas pasiones, de miedos y odios viscerales entre gente de mucho poder y que caben todas las posibilidades en ese terrible menester de otorgar premios e imponer castigos que se reserva el poder siempre.”

Ahora, me llegan al conocimiento dos vertientes de posibles razones para que el  joven Juez, pretendido delator de la Juez ícono,  obrara en la extraña  forma en que lo hiciera, a saber:  a) a raíz de una sentencia dictada por un Tribunal Colegiado  de primer grado del cual formara parte el denunciante en favor del Capo  por el cual supuestamente  intercediera la legendaria juez nacional, cosa ésta que a su decir había rechazado con total rectitud,  el  gobierno norteamericano procedió a suprimir el visado  de entrada a todos los jueces del indicado Tribunal Colegiado, según el propio denunciante, al reprobar su lenidad y, en efecto, el fallo fue apelado y en alzada el Capo imputado resultó condenado a penas máximas, y b) por lo que pude ver en la televisión,  el juez denunciante ha tenido relaciones tormentosas con abogados postulantes y según  se dijo ha pasado por experiencias de desagradables quejas en su contra por ante  los niveles de control disciplinario de la judicatura.

No afirmo nada contra el motivo posible del comportamiento del juez  denunciante, pero sí me reafirmo  en mi convicción de que la denuncia puede, o debe, estar conectada con  alguna  coyuntura dependiente de las consabidas iniciativas de “premio o castigo” del DRONE mayor del poder que parece ser la Procuraduría General de la República.

¿Qué puede indicar todo esto? Que lo que se ha orquestado contra ese innegable  símbolo de la dignidad de la justicia nuestra ha sido una trama aborrecible destinada  a desecharla de toda elección posible para ostentar el más alto cargo, que bien podría merecer un justo premio  por todos los servicios distinguidos  prestados a la República desde  ese  delicadísimo campo del hacer justicia.

En verdad, tal como digo anteriormente, creo que no podría aparecer en los anales de los abusos criminales de poder ninguna otra muestra tan repugnante y cínica como ésta.

Reflexiones

Fue así cuando se aposentaron mis reflexiones y me dije: cuando yo proponía al Presidente de la Republica la necesidad de llevar a cabo dos Referéndum, uno consultivo y otro aprobatorio, para poder intentar  su primera reelección, siendo  alto funcionario  de su gobierno, siempre sostuve que hacerlo de otro modo podría ser ruinoso. 

Especialmente le advertía  que empecinarse en hacerlo, en la forma en que finalmente se hizo, traería como consecuencia una pérdida de legitimidad que enfermaría su paso  por el poder paulatinamente y que podrían llegar horas sombrías de tentaciones autoritarias, de temores  paranoides de muchos de los suyos y que el final podría resultar dolorosamente muy duro e inmerecido.  Mis consejos y advertencias tenían como único mérito la buena fe con que se formulaban.

Pues bien, ya me he ido encontrando con muchas de las manifestaciones del quebranto de esa imprescindible condición de legitimidad que es el único y verdadero oxígeno para el éxito de la aprobación de su mandato.  Se van viendo cada vez más los drones del abuso de poder sobrevolando sobre la fe democrática del pueblo nuestro y se va palpando con mayor frecuencia un halo de temor, intimidación y miedos difusos en la atención pública, cuya ira se está encendiendo y según enseña la historia nuestra podría terminar siendo lava de un abrupto volcán de insatisfacciones.

La sociedad se siente ante inminentes ademanes de persecución de un poder agresivo que cree posible mantenerse y permanecer sin importar los medios utilizados  mediante un aumento opresivo de los métodos a usar, entre ellos el más detestable y de peores antecedentes penales, como lo es el espionaje.  La última y más desastrosa muestra ha sido el intento de asesinato moral de una mujer que ha sabido ser el más integro ejemplo de lo que ha de ser el juez ideal para un futuro  que desgraciadamente se hace más lejano cada día. 

El pasquín  condecorado, bala de oro del desatino, un juez menor denunciando a una leyenda del deber cumplido, que pareció autoproclamase el héroe de la probidad al rechazar “una propuesta indecente”  de que favoreciera a un Capo formal de algún modo, pero que resulta privado del visado norteamericano junto a sus dos compañeros de Tribunal Colegiado que dieran el fallo benigno, que ulteriormente fuera revocado para llevarlo a pena máxima y, finalmente, un ingeniero suicida tenido en investigación  diez días después de muerto, sólo para que se diera la intencional “coincidencia” de que entre sus números de teléfono aparece el de la juez acusada, a quien le construyera su  casa modesta de descaso en las montañas de Ocoa, proponiéndole  a la juez que explique  lo que ella ya revelara  la noche  del patíbulo.

Tal es la anatomía de la maldad que según parece esta aun en curso, siempre que se piense en la visita sorpresa a la Fiscalía General de New York, aureolada de solapados y temibles augurios, según se dijo aquí, que Dios ha de querer no versen sobre el Caso Odebrecht, pues el drone que es la Procuraduría podría eventualmente embarazarse con preguntas de algún joven Fiscal que tenga carrera política pendiente en esa potencia del Norte y quiera subir la escala de la investigación de ese caso. 

En verdad, no hay dudas de que el coraje cuando se acompaña del rencor vuelve al error político un arma peligrosa, pues un embarazo de tal tipo podría estar asistido del hecho de que funcionarios del Ministerio Público de aquella importante nación han estado aquí mismo largos meses familiarizándose con las entrañas de ese expediente de escándalo mundial que es Odebrecht.  Bastaría para afrentar al Procurador formularle estas preguntas: ¿No cree usted que el expediente ha sido mutilado?  ¿No tiene usted en sus gavetas dos querellas presentadas por la sociedad civil contra el propio Presidente de la República relacionándolo con la otra fase contenida, posterior al año 2015? 

No hay forma de que las obsesiones se despejen y puedan aparecer la sensatez y la prudencia cuando se trata de ejercer el poder.  Esa modalidad en la cuarta dimensión de la persecución lo que podría hacer es arrojar más sombras sobre la luz que se aguarda, parida por dos plantas portentosas de energía pendientes de ser puestas en operaciones, muy necesitadas de que no se ensombrezca en términos de infligir graves daños a nuestra normalidad institucional y nuestra paz.

En fin, todas esas sombrías incursiones de los ciegos drones del poder son indicativos de que muchas de sus bajezas se ponen a cargo el gobierno en su parte más sensitiva, quedando la impresión de sentirlo muy ensoberbecido y temeroso, a la vez, en medio de un proceso menguante de legitimidad. 

Es por todo ello que he evocado mis advertencias sobre la necesidad de los referendos para el año diez y seis y, según parece, ahora se avecina una nueva aventura de ataque a la Constitución, pero tendría que estar al amparo de un miedo social impuesto por el uso desquiciante de medios oprimentes como la delación premiada y el espionaje.

¿Creen ustedes, amables lectores, que hay exceso en mis aprehensiones y reprimendas?

Miriam, un símbolo intocable

Miriam, un símbolo intocable


Miriam Germán Brito es un exponente innegable de lo que debe ser un juez.  Cuatro décadas del tormentoso diario vivir nuestro han bastado para que esta valerosa mujer pudiera aluvionar una reputación intachable de probidad  y competencia alcanzando la  condición de ícono de la justicia nacional.  La he observado y valorado a considerable distancia todo ese tiempo y doy testimonio de que jamás oí ni pude entrever que acerca de sus méritos excepcionales las peores sentinas de maledicencia hicieran circular siquiera un envenenado rumor, alguna sospecha, de que aquel ejemplo invicto de conciencia hubiese flaqueado tanto en su inexpugnable independencia como en la sabia rectitud de sus fallos.

Un verdadero lujo moral de nuestra judicatura, que ha sabido pasar por tiempos terribles de injusticias, vendavales de torvos peligros y siempre su sereno coraje y sus conocimientos profundos del derecho se han impuesto en desafío del poder cuyos excesos y abusos la han considerado siempre como un abrojo insalvable.

Estoy triste, muy triste, porque tuve que saber de un repugnante espectáculo que se montara en la propia casa de gobierno, que tuvo por misión tratar de destruir moralmente a ese monumento de virtudes.  Fue una escena terrible de atropello aquella abrupta y aleve acusación, que desconocían algunos de los miembros del Consejo de la Magistratura, planteada por el joven Procurador de la República, que no tuvo reparo  al emprender su desconsiderado ataque que el mismo nacía envilecido por el soporte anónimo de dos cartas, que no fueran  propuestas en la fase previa de la evaluación, ni comunicada lealmente como cuestión previa a la magistrada infamada, privándola así, de consiguiente, de organizar su defensa ante el desdichado intento de lanzarla al escarnio público, como pretendió hacerlo su enconado acusador.

El artículo veintiseis del propio reglamento del Consejo, pudo  impedir el odioso atrevimiento  y subleva saber que entre altos funcionarios del Estado de los tres poderes público allí presentes, encabezados por el Presidente de la República, se pudiera perpetrar el asalto a la conciencia pública agrediendo con tan viles instrumentos a uno de sus más altos valores éticos, que se podría bien describir  con aquella frase de Bolívar al recibir la terrible noticia del asesinato de del Mariscal Sucre, exclamando “fue un lampo de nieve en el pantano”.

No otra cosa ha sido Miriam Germán Brito.  Pero no se detuvo su acusador  y  fue tan arriesgado que incurrió en la comisión  de grave delito al citar y leer una carta expresa, dirigida a él, no al Consejo, que es lo más grave, en la que relata  una vaporosa  versión de que supuestamente la magistrada irónica  le había invitado a su  residencia para proponerle algo impropio  preguntándole si se podía hacer algo para favorecer  a un sujeto reputado como un narcotraficante bajo juicio en un Tribunal Colegiado del cual ese juez denunciante formaba parte.

En realidad, se trataba de una denuncia tan grave que el deber del jefe del Ministerio Público le imponía la obligación legal de abrir una investigación secreta para identificar si había méritos en la misma, todo en procura de abrir, o no, un formal proceso  criminal. 

La denuncia de un crimen impedía al Procurador utilizarla  en una sesión de evaluación de jueces del Consejo de la Magistratura y darla a conocer con sorpresa tóxica, incluso, sin haberla compartido en Cámara de Consejo con los demás miembros y, peor aún, sin haber advertido  y notificado a la dama ultrajada y hasta al propio cuerpo judicial de máximo nivel que es la Suprema Corte de Justicia, donde ella ha brindado la protección de su prestigio personal a esa sensitiva instancia suprema tan injustamente acosada y denostada.

El procurador prefirió la televisión para inhabilitar a esa juez que hace algún tiempo, en una audiencia para conocer medidas de coerción en un escabroso proceso penal, llegó a advertir sanamente al Ministerio Público de la necesidad  en que estaba de fortalecer sus estructuras de pruebas porque según su apreciación seria y precoz en ese nivel primario del juicio, parecían flojas. 

Ese es un dato interesante que debe retenerse, pues una vez el Caso Odebrecht pasó a la jurisdicción de Instrucción el juez apoderado, que ha realizado trabajos de indagatorias interesantísimos, acogió una propuesta del propio Ministerio Público en el sentido de ir a interrogar a trenticuatro funcionarios de aquella empresa en Brasil y vino a ocurrir  que el juez, que había motivado su aprobación del trámite transnacional, quedó defraudado, pues no se hizo la diligencia peticionada y el Ministerio Público se ha limitado a decir en esta hora que ya no es necesario.  Es decir, que esa crucial diligencia de interrogar a los delatores premiados de Brasil ya no le parece al Ministerio Público pertinente, a sabiendas de que hay un déficit peligrosísimo por falta de contradictoriedad de las pruebas, que siendo transportadas tenían que ser sometidas a confirmación por interrogatorio de los delatores premiados y ser éstos, a la vez, interpelados por la defensa.

Parece que de algún modo el Ministerio Público fue desalentado, aconsejado o mandado a desechar ese trámite; y es natural, porque Odebrecht sigue siendo un volcán en Brasil, ahora con el Juez Mouro, ya como Fiscal General y una administración del gobierno diferente, muy combatida por las corrientes progresistas que encabeza el Partido de los Trabajadores de aquel país, que ha tenido que pasar por el trance de ver a su líder popular más importante encarcelado y sometido a importantes procesos criminales.

¿Cuál es el peligro que corre la acusación parcial existente en el Caso Odebrecht?  Muy grave, pues se ha tratado de utilizar las llamadas pruebas transportadas, que si no son controvertidas no tienen eficacia y el caso se puede caer por su impertinencia. 

Sería una nueva manera de revelarse la brillantez de la juez Miriam German Brito.  No perder de vista que está al frente de la Instrucción un joven juez, brillante e íntegro, lo que hace más que posible que puedan prevalecer las exigencias técnicas de las pruebas y el caso podría no llegar al fondo, o una vez llegado a éste, desplomarse.  No olvidar que se trataría de una eventualidad en la cual sería culpable el Ministerio Público por la  cesación de justicia premiosa de impunidad en un caso que es miembro de una familia de fraudes colosales a escala mundial, que tiene ramificaciones profundas y delicadas  en la región del Caribe, para ser más preciso en nuestro propio país, donde ellos afirmaran que en sus últimos dos años de operaciones las cumplían entre nosotros por las seguridades que se les ofrecían.

Volviendo a la denuncia del juez, debo decir que no es éste el lugar más propicio para examinar por cuáles razones ese juez pudo denunciar a alguien como la juez infamada, quien refirió que para ella había sido durante mucho tiempo, cuando ella servía en los grados inferiores, como un hijo. 

Sólo pienso que estamos viviendo tiempos de violentas pasiones, de miedos y odios viscerales entre gente de mucho poder y que caben todas las posibilidades en ese terrible menester de otorgar premios e imponer castigos que se reserva el poder siempre. 

Lo cierto es que entre el carácter anónimo de las cartas, cosa prohibida por el reglamento, y la carta del juez denunciante, constitutiva de denuncia expresa de crimen, que por tanto era irrevelable, dado que servía de umbral a una puesta en marcha de la investigación criminal correspondiente, se han encargado de reducir a cero la posibilidad de lograr el descrédito de Miriam Germán Brito y las reacciones han sido demoledoras, tanto por las redes sociales como desde el centro mismo de la consideración  de centenares de profesionales del derecho.

Es más, al momento que escribo percibo que se está encrespando la protesta en el seno mismo del poder judicial que parece alarmado, no tan sólo frente al desconsiderado trato a esa importante juez de la República, sino por los métodos del aborrecible espionaje montado que bien puede estar operando en penoso detrimento de todos.

De las muestras que me han proporcionado del descontento generalizado por la vergonzosa ocurrencia la más atractiva es la manifestación por Twitter de un reconocido abogado que expresó su queja por el hecho de que en el espionaje montado se incurrió en el error, no se sabe si intencional, de señalar su oficina como si fuera la de otro distinguido letrado que lleva su mismo apellido, que no está en los lugares y que es abogado de uno de los implicados en el Caso Odebrecht.    

El jurista refiere en su queja que, ciertamente, entre él y la magistrada agredida existe una buena amistad y que intercambian libros y piezas culturales, pero que respeta  a esa magistrada y por ello se solidariza con ella en estos momentos de tan injustos tormentos por los que atraviesa. 

La nota cómica, que no deja de colarse en cualquier drama serio, consiste en que los “calieses” tampoco se dieran cuenta de que la oficina denunciada en las cartas anónimas en realidad es de ese notable constitucionalista, que es defensor de un destacado ministro del gabinete en un juicio por delito de palabra y no de abogado de ninguno de los acusados del Caso Odebrecht.

Es más, se está en presencia de una encrucijada que sólo ha dado lugar para ejercer y poner en práctica maldades y, como siempre ocurre, la mano de Dios los ha confundido.  Si se cae la acusación en el Caso Odebrecht tendría el Procurador la necesidad de explicar quiénes pudieron convencerle de que no era necesario viajar a Brasil a interrogar a los “delatores premiados” para  hacer controvertibles las pruebas documentales de sus declaraciones y someterlas a las refutaciones del contradictorio.

La jueza Miriam Germán, una vez más, repito, tenía razón y lo que le ha ocurrido lo ha movido el rencor, así como los miedos inconfesables que andan por ahí haciendo de las suyas.

El espectáculo, en todo caso, resultó deprimente, pero, no hay mal que por bien no venga.  Ha servido para activar las alertas de cuanto nos está asechando como desmanes residentes en los planes del poder y parece que el ataque a muchos de sus mejores hijos e hijas figura como un modus operandi a desarrollar.

El pueblo es justo gracias a sus instintos prodigiosos para advertir que el montaje de la acusación es solo la punta de iceberg de otros gravísimos trastornos.  Por ello mi desagrado lo establezco en una lapidaria conclusión: Lo que ocurrió con el intento de destruir a Miriam Germán Brito, si bien es cierto que se tramó en su perjuicio, también tenía efectos nocivos contra la República, tan necesitada como está de conservar y enaltecer sus  valores verdaderos.

Por último quiero referirme a un aspecto muy sensible y doloroso que sólo sirvió para poner en evidencia el ánimo enconoso que impulsaba la acusación. 

Me refiero a la sobre protección que la madre tuvo que explicar daba a su hijo autista, luego de demostrar en forma rigurosa la composición de su familia, caminando con la frente en alto por encima de aquel sembradío de desconsideradas violaciones de sus fueros íntimos que deberían estár blindados por  nociones protectivas de normas constitucionales, incluso, protegidos por la propia ley adjetiva.

No.  Había cierta saña cruel en el espectáculo.  No se tomó en cuenta  que además de ser una juez  formidable, a toda prueba, Miriam Germán Brito es también madre y ciudadana que merece el respeto debido que acuerda el estado social democrático de derecho a todos, brindando ese estatuto como garantía de esas seguridades  de gozar de un fuero personal  que jamás  puede ser profanado sin delinquir por incursiones de algún poder rencoroso, que en el caso, vale decir, se hace muy obvio porque la juez que anticipara trastornos probatorios graves  en el juicio Odebrecht, bajo acusación mutilada, pasó a ser pieza de caza para la soberbia persecutoria, inconforme por aquella admonición sabia y sana que no se observó, o que se dejó a medio talle, cuando se intentó, de la cual se han desprendido falencias que podrían servir de bases a sucesos y acontecimientos de repercusiones nacionales constitutivas de un verdadero terremoto.

Basta recordar y mantener presente para temer ese hundimiento de que existen dos  querellas severísimas de la sociedad civil que duermen en las gavetas del propio  Procurador  contra el Presidente de la República buscando redimensionar el Caso Odebrecht   en términos catastróficos. 

Podría terminar todo ésto como el Rosario de la Aurora y tendríamos los dominicanos que abrevar tragos de estridentes  y amargos escándalos que sólo aseguran degradaciones de gran daño.  Ha sido por ello que he sentido este malévolo tollo como un ataque a la República en el penoso proceso de tribalizarnos según los planes consabidos que existen para nuestro eventual malogramiento como Estado.

¿Creen ustedes justas mis consideraciones?

La Región como réplica de la guerra fría

La Región como réplica de la guerra fría

La región arde y está punto de estallar.  No he sabido jamás de una atención mundial tan concentrada y crispada sobre América Latina, con excepción de la crisis de los misiles en Cuba.

Lo que hoy se ha vuelto a sentir como miedo es de la misma etnia, aunque permanezcan solapadas las causales ideológicas y sólo se atienda a las luchas por espacios del comercio y recursos naturales que han sabido ser ciertamente umbrales de grandes tragedias. 

En todo caso, es innegable que se libra una batalla entre los poderes de la tierra, aparentemente enredados por intereses mercantiles, pero se conserva un contexto profundo dentro del cual está la ebullición de una ideología subyacente que reaparece rediviva, con su ancestral capacidad para disputar el poder, bajo el alegato de que quienes la sustentan son mejores guías de los pueblos. Esto, bajo palio de socialismo del Siglo XXI, que busca darle una lección permanente a aquellos que creyeron en el fin de la historia cuando implosionara el macroútero que fuera la Unión Soviética.

Y lo peor es algo que resulta más desconcertante porque en la actualidad no se plantea la bipolaridad como motor de las grandes tensiones surgidas, sino que están en las bregas, no sólo las dos superpotencias ya conocidas en sus pugnas de otros tiempos, acompañadas ahora de una tercera superpotencia, de población milenaria que ha logrado niveles impresionantes en lo económico, lo militar y lo espacial. 

Es decir, luego de la implosión desintegradora de la Unión Soviética el Occidente se perdió en la interpretación de lo que había sucedido y obró con la seguridad de que también vendría un espectacular desplome de la Rusia residual que innegablemente se sintió semi-hundida en un proceso espectacular de decadencia en manos de una asombrosa gansterización que parecía apoderarse de sus recursos naturales, muy capaz de malearla de forma definitiva y terminante.

Confiado estuvo occidente en que se desvanecería aquella nación, pese a que supo ser en todas las fases de la historia mundial un importante centro de poder, cosa ésta que puede exhibir ofreciendo como signos probatorios y elocuentes de ello las trágicas frustraciones de Bonaparte y Hitler, en dos siglos diferentes.

Occidente creyó que no era necesario temerle al “General Invierno” y sus nieves y creyó que no habría resurrección de poder alguno, al tiempo que emprendía el sueño de establecer un dominio mundial globalizante, borrador de fronteras y naciones. 

Craso error.  Bastó que apareciera  un hombre  que sus primeros años los viviera  en el infierno del asedio de la entonces Leningrado, ya vuelta a ser la legendaria  San Petersburgo, que tomara las riendas del poder  sin las decadentes  expansiones etílicas de un tragicómico como Yeltsin; eso sólo sirvió para que Rusia se reacomodara en el palco primordial del poder planetario nuevamente; la ideología, claro está, puesta en obligado reposo y todo dentro de marcos y patrones democráticos, según se afirma de buena raza.

Por otra parte, el Lejano Oriente se reservaba la inmemorial posibilidad de reafirmar su importancia en esta ocasión, no ya por obra de un pueblo valeroso de gran genio que habita en las islas del sur del coloso dormido que era China, el Japón, sino que emergió como algo que no se sospechaba ni temía; una China expansiva hacia el exterior, capaz de proezas tales como la de desarrollar una economía de proporciones indescriptibles bajo la dirección de un partido  comunista, pero dentro de prácticas  de comercio capitalista. 

Ha sido esta sabia nación la mayor sorpresa al surgir, no sólo en los ámbitos de los negocios, sino hasta en los planos inimaginables de llegar a ser potencia espacial.  Se advierte así porque nosotros, los oriundos del Caribe y de la propia América Latina, estamos en medio de un mundo diferente.

Asímismo la Europa, que fuera no sólo madre de cultura y de pueblos, después de haber sido escenario de dos guerras de horror irrepetible, que luego pareciera una gloriosa ave fénix que de sus cenizas se levantaba, reasumió su prestigio para seguir siendo la brillante madre de civilizaciones y se fue percibiendo durante un tiempo largo como la otra dimensión de potencia del gran poder económico del mundo.

Desde luego, había estado montada sobre los hombros del otro coloso, el de los dos océanos, que luego de las guerras asumía la condición de haber sido el apoyo decisivo para las victorias, al tiempo que ofrecía en la última singulares y generosos medios de reconstrucción, no sólo a la Europa devastada, sino también en el Oriente mismo a favor de sus propios vencidos, confirmando con ello su reputación de pueblo excepcionalísimo.

Pasó el tiempo y éste resulta siempre un implacable juez para poner a prueba y juzgar a los pueblos.  Se intentó la globalización que se encargaría de convocar una contraparte poderosa, la de las economías emergentes, las BRICS, al tiempo que el coloso del Norte perdía importancia pues lo infinitos recursos de su economía se fueron escurriendo en torrentera hacia provechos de lucro movidos por el núcleo duro de sus capitales que se fueron habituando a la recomposición de un nuevo puente de mando mundial.

Apareció entonces el vendaval Trump como tropiezo de tales planes y con ello se incorporó un componente muy dramático y resistente a los planes fraguados.

Claro está, China y sus excitantes perspectivas de nuevas rutas de seda y de sal fue la que suscitó los cambios más sensitivos y espectaculares en la Geopolítica mundial, aunque quedaba cubierta por el aura de los negocios, en principio.

Entre los balances a considerar figura el hecho de que Rusia y China, entrelazadas en sus remotas fronteras, se han dedicado a intercambios de gran amistad, muy lejanos de aquellos otros tiempos de gravísimas confrontaciones de toda índole.

Así las cosas, esas dimensiones nuevas de las tres superpotencias, están obrando en los continentes más deprimidos donde residen los pueblos del tercer mundo, con su pobreza, sus guerras y sus revueltas religiosas, especialmente en la Mesopotamia y en el África del Norte.  Todo ello sin contar con el resto del continente de recursos inmensos en sus suelos e indefensión trágica de sus pueblos.

Nuestra América Latina, sólo ahora es cuando parece estar entrando en esos campos minados de riesgos y tribulaciones de alcances indefinibles.  Naturalmente, ésto hace sentir a los pueblos estremecidos por cuanto puedan tener estos tiempos de umbrales y de presagios de desastres.

Se debe atender lo que viene aconteciendo en Brasil, Ecuador, Bolivia, Perú, Argentina, para poder columbrar lo que significa esta situación de Venezuela a punto de estallar.  Ésto sin dejar de considerar las vertientes de Cuba y Nicaragua.  Sólo haciendo una observación de conjunto de tal tipo se puede llegar a tener noción de lo que está en curso y en juego en Venezuela.

Desde mi programa La Respuesta y modestamente desde este blog La Pregunta he realizado esfuerzos de advertencias relativas a la debilidad interna al crujir las instituciones vitales nuestras y, sobre todo, las relativas al proceso de desencuentro odioso entre sus dos líderes mayores, el presidente de la República y el presidente del partido de poder.  He sostenido muchas veces que en la medida en que estemos en precario hacia adentro, serán más menguadas nuestras posibilidades de resistir frente a cuanto nos venga desde afuera como daño turbulento. 

Tenemos ya sembrado el horror de la pérdida creciente de nuestra soberanía y de nuestra integridad territorial y sabemos cuáles fueron las maquinaciones que condujeron a esta corrosiva invasión insidiosa que tendría, incluso, la posibilidad de justificarla la Geopolítica mundial, sólo bajo el alegato de que la invasión de “extranjeros ilegales” a nuestro territorio no ha sido tal, pues desde el poder se estuvo invitando en forma obvia, directa, “que vinieran hacia acá”, “que no se quedaran allá”, “que aquí se estaba mejor”, según se pudo ver en la campaña política electoral del año ’16.

Debo decir algo que me ocurre en el sentido de que no he podido separar mis análisis de las cosas que he vivido o aprendido como precedentes y en estas últimas semanas preparé un trabajo para este blog que podría parecer al presentársele hoy como una extrapolación carente de sentido.  No es así, porque se refiere a España y a ésta no la he podido remover nunca como espejo de muchas maneras. 

Su guerra civil, su propia dictadura, su prolongada transición y ahora, el nuevo brote de Cataluña, que parece que está amenazando como nunca antes con su independentismo la vital integridad territorial.

Eso me llevó a citar a un personaje de su política de nombre Alfonso Guerra, que ha sido un socialista que durante los años de poder de Felipe González pareció hacer las veces de un blindaje, muy mordaz y agresivo.  Ese hombre se peleó con todo lo que de un modo u otro turbaba la gestión de gobierno en aquellos primeros tiempos de la transición.

Desde este lado del Atlántico lo alcancé a ver siempre como un agresivo guardián que suscitaba con sus hirientes y agudas alusiones reacciones irritadas, no sólo de sus adversarios políticos, sino que sus efectos llegaban hasta aquí y nos producían cierta desaprobación, pese a la enorme distancia que nos separa.

Recuerdo claramente con cuánta dureza se le respondía y confieso que hasta llegué a sentirme solidario, de algún modo, con quienes le perseguían por todos los medios infamantes que alcanzaran límites sensibles de su propia familia. 

Ahora resulta, al cabo de cuatro décadas, que me encuentro con que quien mejor enfoca y trata la actual conflictividad de España, a mi entender, es Alfonso Guerra.  Estoy ansioso por que llegue a mis manos su libro reciente “La España en la que creo”.  He dicho que sin leerlo ya estoy convencido de que ese libro podría ser de mucha utilidad para la comprensión de las complejas y siempre explosivas circunstancias de España, nuevamente atrapada en la inminencia de su desintegración por obra del embate independentista de la Cataluña supremacista.

Debo advertir, claro está, que mis apreciaciones están condicionadas  por nuestras circunstancias nacionales, en el sentido de que  tenemos un componente delicado que es ese que indico, el de la enemistad capital que se ha venido sembrando entre dos líderes fundamentales, según dije, uno, presidente de la República y el otro, presidente del partido de gobierno, ambos inmersos en las clásicas disputas entre algunos áulicos que quieren mantener el poder como una manera de ellos permanecer, mientras que el otro,  que ha sido tres veces presidente, vuelve al ruedo enarbolando la defensa de la Constitución que él impulsara en el año diez, bajo el predicamento de que corren peligro la democracia y el estado de derecho si se intenta una nueva modificación constitucional que abra las puerta a un tercer período presidencial.

Es decir, ha sido para mí  sorprendente encontrarme con las posiciones de ese político socialista español Alfonso Guerra amonestando certeramente  al presidente Sánchez  sobre el manejo de la cuestión  catalana y los peligros de poner de lado la obligación sustancial de convocar elecciones, según su sostenida renuencia hasta hace unos días; la necesidad de alejarse de la artificial mayoría, que si bien sirvió para un voto de censura, podría ser ruinosa para permanecer  en compañía  quienes inobservaron la Constitución para enfilar hacia la independencia  de Cataluña  dentro de un proceso de apertura desintegrante del Estado.   

Alfonso Guerra fue notable en los primeros gobiernos de la transición que hoy se trata de abatir, como he apuntado, pero es seguro, más que seguro, aunque no lo revele, que debe tener muy amadrigado el presentimiento de que si las cosas seguían como venían sucediendo, el Artículo 155 de su Constitución podría recrudecerse pero ya quizás por el anómalo y arriesgado ademán de sus ejércitos, que pueden llegar a tener convicciones delicadas ante estos embates contra la Corona y la supervivencia de España como se le ha conocido históricamente.

En fin, todo eso se vino escribiendo desde hace algunos días y a medida que aumentaban las tensiones en la región meditaba más, tanto, que en mi Respuesta última hablé del electrizante tema sosteniendo que lo ideal era alcanzar una pacificación de los espíritus y tratar de concertar una salida negociada en un gran pacto patriótico entre el Chavismo cívico-militar y la enardecida oposición.  Desde luego, apartando del poder a tres elementos que constituyen los factores más irritantes para todo acuerdo:  Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y la docena de militares de alto rango que constituyen la cúpula militar.

Ya han comenzado a hablar los Sargentos que se han refugiado en Brasil y Colombia en ocasión del desastre del impedimento de permitir la llegada de alimentos y medicinas por obra de la Comunidad Internacional.

Hice uso en mi programa televisivo de la experiencia nuestra de los años sesenta y uno y sesenta y dos, y conté lo que me ocurriera al atreverme a responderle a una comisión de OEA, presidida por el Canciller de Panamá entonces, que nos visitaba para determinar si era posible levantar las sanciones del bloqueo total que se había acordado en Costa Rica en el año sesenta, con motivo del gravísimo atentado de bomba contra el presidente de Venezuela Rómulo Betancourt.

Era yo entonces un joven diputado de apenas dos meses en ejercicio que señalaba en su respuesta a la comisión investigadora, que lo había inquirido, en cuanto a quiénes deberían de dirigir la transición y dije:  Joaquín Balaguer, el que está en Palacio, que había quedado como Presidente a la muerte de Trujillo y resultaba muy apropiado para dirigir la transición  que ya se advertía como necesidad ineludible. Claro está, la carcajada de los comisionados de OEA fue ensordecedora y treinta años después, en el año noventa y dos, tuve la oportunidad de explicarle a un Vicepresidente panameño que había venido a los festejos del Quinto Centenario del Descubrimiento aquella escena, sin dejar de mandarle a decir a quien fuera Canciller de Panamá, ya muy ancianito, que el hombre que le había señalado aquel joven diputado en el año sesenta y uno para dirigir la transición dominicana, estaba cumpliendo su cuarto período presidencial, ya al borde de ser un no vidente.

En suma, cuanto he rememorado de la transición nuestra lo he hecho para sugerir que quizás el actual Canciller de Venezuela puede resultar el más conveniente para encabezar las escabrosas diligencias de impulsar y establecer  la transición en Venezuela.  Ustedes me podrían preguntar ¿por qué?  Porque parece tener la serenidad adecuada como la preparación indispensable, al tiempo que es el esposo de una de las hijas de Hugo Chávez.  Claro está, todo con el apoyo de aquella vastísima parte de las fuerzas armadas  bolivarianas que no van a seguir sosteniendo la influencia de su seguimiento  en medio de un desprecio internacional  enorme  para con Nicolás Maduro, quien ha pretendido llevar a cabo la imposición del “socialismo del siglo veintiuno”, el mismo que Chávez invocara siempre, pero que una vez sometido y derrotado en referendo, fuera replegado como algo inaccesible, según lo dictara la prudencia de aquel gran líder militar y popular.

He creído que si Nicolás realmente entiende que lo ha hecho bien podría volver al proceso democrático en poco tiempo. Tal fue mi percepción en cuanto a Balaguer y éste volvió al poder y gobernó veintidós años luego, en periodos separados, hasta una edad muy avanzada.  Desde luego, son las circunstancias y los tiempos absolutamente diferentes, pero se trata en todo caso de transiciones que siempre tendrán rasgos comunes. 

Por ello, cuando aparece en la prensa la noticia de que Elliot Abram, un funcionario norteamericano de armas a tomar, venía conversando con el canciller yerno del líder desaparecido, se me prendió una fascinante curiosidad y sentí cierto grado de sugerencia de que por esos caminos podría venir la solución de la paz para la vuelta leal y limpia de la voluntad del pueblo en elecciones.

Tal como expresara al principio, el tiempo es el únicos juez justo y confiable para decidir acerca de qué modelos de sistema deberán imperar en los gobiernos futuros de esa hija predilecta de Dios, que es Venezuela, dotada de todos los recursos imaginables, para su desarrollo y su felicidad, que hoy está desgarrando al mundo despavorida con su pobreza inexplicable.

Sé bien que es muy difícil hacer pronósticos institucionales, pero el trágico éxodo de millones de sus hijos nos obliga a anhelar su paz en medio de los trastornos e incertidumbres presentes porque la desdicha de Venezuela hay que luchar para abatirla, pues ella lo merece como la hija bendecida de Dios que ha sido, atrapada en esa enorme desgracia de las pasiones de sus hijos obnubilados.

¿No creen ustedes que estamos viviendo momentos inusitados?  ¿No le dan ustedes crédito, mis amables lectores, a mi afirmación de que vivimos en América Latina dentro de un mundo diferente?

La Fatiga y la Patria

La Fatiga y la Patria

La fatiga es un límite, una advertencia de algún final o de algún alto.  Que cesen y recesen los esfuerzos por muy válidos que hayan sido es su significado esencial. 

Lo penoso  es cuando se presenta en medio de incertidumbres recrecidas, cuando hay tantas cosas por hacer; entonces quien se fatiga puede sentirse vencido y entender que sólo le queda rumiar el fracaso de no haber podido seguir  sus luchas esterilizadas por la falta de resultados patentes. 

Es esa una de las encrucijadas vitales más difícil de superar, que es prueba fuerte de la verdadera calidad de los ideales  alegados como causas de esas luchas.

¿Qué buscaba el sujeto en su beligerancia?  ¿El éxito personal o satisfacer la necesidad de servir a los demás?  ¿Su amarga fatiga que lo detiene dará paso a resentimientos y frustraciones típicos del fracaso ante los empeños asumidos y no alcanzados?

La prueba es exigente, pues de ahí saldrán a relucir los elementos de juicio que permitirían calificar la participación de todo aquél que se haya impuesto tareas de interés general, sobremanera, cuando éstas conciernen a valores tan altos y sensitivos como la soberanía y la propia supervivencia de la patria.

He terminado  muy convencido de que para poder pasar esa prueba lo más necesario resulta tener como eje irremovible dos valores fundamentales: la compasión y el desprendimiento.  La primera, para la entrega total sin medir riesgos porque está de por medio la suerte de los suyos; y el otro, el desprendimiento, para no esperar beneficios del orden del éxito personal,  que es una farsa; estar preparado para soportar la ingratitud  como el olvido y el desinterés posibles de parte de aquellos por los cuales se ha luchado.

Pues bien, en mis cavilaciones de estos días decidí  buscar muestras de mi participación pública en política y me encontré con mi libro “El Remolino del Juicio, Quirino como trasfondo”.  Fue editado en el año 2006.  Lo reexaminé  y encontré cosas valiosas que retener, entre ellas unas que aparecen  bajo los epígrafes  finales, que hoy quiero  reproducir por las menciones que tiene sobre los valores patrios superiores que han sido representados por aquellos cuyos sacrificios constituyen  las otras dimensiones gloriosas de nuestra  patria.

Por ello en este mes en que se le honra cabe citar algo de mi modesto libro.  Veamos: 

“XVII.     GALERIA DEL RESPETO.

Belisario, general romano, víctima del Emperador Justiniano,  quien le dejara ciego por fuego en prisión, convertido en paria, no abjuró de su fe.  A la plebe indignada le respondía: “¿en qué país no se ve siempre a los hombres de bien víctimas de los malvados?”.

A su propia hija la consolaba diciéndole: “Privándome de la vista no han hecho más que lo que iban a hacer la vejez o la muerte”.  “Quien se da todo entero a la patria debe suponerla insolvente, porque lo que expone por ella, en realidad, no tiene precio.”

Ese espíritu sublime le confesaba a la hija su indiferencia por la ceguera, y hablaba de la muerte al servicio de la patria de una forma tan alta que pasó a ser un modelo histórico de entrega y sacrificio.

Esas son las determinaciones más impresionantes.  Cuando no se busca el aplauso de multitudes y, si éstas lo prodigan, no envanecen.

Como si prefirieran la ovación del silencio, que siempre trae el deber cumplido cuando se le sirve a la patria en los letales e insomnes peligros de siempre.

José Horacio Rodríguez, Felipe Maduro, José R. Cordero, Guillermo Sánchez Sanlley, Gustavo Mejía Ricart, Leandro Guzmán Abreu, sin desmedro jamás del heroísmo de sus doscientos compañeros caídos, eran profesionales de gran éxito que vinieron a ofrendar sus vidas por la libertad de su pueblo.

Son héroes de la última y verdadera hornada.  No tenían necesidad de renunciar a su seguro bienestar.  Menos optar por la muerte.

No buscaban, asimismo, las Hermanas Mirabal y Manuel Aurelio Tavárez Justo y sus cientos de compañeros sacrificados, nombradía, riquezas ni provechos.  Prefirieron los peligros que les conducirían también a la muerte, guiados por la obsesión de libertad para su patria.

No procuró el Capitán Eugenio de Marchena, ni Narciso Viloria, ni los Hermanos Dondo y Papito Hernández, ni Amado Koury, como las decenas de soldados y oficiales de artillería que cayeran en el empeño libertario escalar por senderos de éxitos, buscando felicidades particulares.   Por el contrario, no midieron riesgos y se pusieron al servicio de la libertad de su patria, ofreciendo sus jóvenes vidas.  Parecieron soldados del Ejército de Mella.

Rafael Fernández Domínguez, Juan Miguel Román y millares de compatriotas no se lanzaron a los abismos de la muerte para fines egoístas e indecorosos, cuando buscaban restablecer el régimen de derecho perdido, y no temieron a las fauces de la guerra.

Así ocurrió con millares de dominicanos caídos en esas luchas terribles por su pueblo desde el tiempo inmenso del principio de la República.  No ansiaban el aplauso de multitudes;  se resignaban a la insegura recordación de la gloria.  Como si hubiesen estado junto a Martí, cuando le hacía la advertencia a Gómez de la posible ingratitud de los hombres, como todo premio.  No les disuadió en el empeño glorioso de servir, lo precario que pudiera ser el recuerdo de los beneficiarios de sus inmolaciones.

De los soles de la independencia de nuestra República, los que la fundaron y lucharon por ella, no es necesario hablar.  Nos bastan los héroes de las últimas jornadas, sin incurrir en la imperdonable omisión de recordar a Francisco Alberto Caamaño Deñó, quien encabezara la defensa de la soberanía y la dignidad nacional con el arrojo y el desprendimiento de la leyenda heroica.

Todo eso fue renunciamiento sin límites y sacrificio generoso frente a aquellos peligros terribles a que nos abocaron los sucesos siempre tristes de la patria.

En este hoy tan difícil, nuevos y devastadores peligros amenazan a esta  sociedad ultrajada, tan estremecida por temores y desorientaciones.  Se habrá de seguir confiando en el puñado de siempre y en la Divina Providencia para salvarla de su inminente perdición.

Este libro es una modesta contribución a los esfuerzos de rescate del aciago momento en que vive.  Ojalá se conserven y entiendan algunas de sus advertencias, expresas o implícitas.

Esto porque nunca será tarde para servir a la “seguridad de la familia humana”, tal como dijera el Premio Nobel de la Paz en el año de 2005, en el acto de su exaltación, Mohamed El Baradei. 

Aquel ciudadano egipcio de fe musulmana se preguntaba en su conferencia magistral: “¿Pero porqué nos ha eludido esa seguridad hasta ahora?  Creo que es porque nuestras estrategias de seguridad no han estado a la altura de los riesgos que afrontamos”.

He ahí una reflexión interesante formulada por el Presidente del Organismo Internacional de Energía Atómica.

Si a ella se le suma la lista de las cinco categorías de amenazas que confronta el mundo, fácilmente se caerá en cuenta de por dónde andan las preocupaciones que pretende transmitir el autor en el humilde esfuerzo de este libro.  Como cualquier otro que se hiciere en el mismo sentido.

Enumeremos esas categorías.  Según un informe de expertos de alto nivel de Naciones Unidas:  1º) Primero, la pobreza, las enfermedades infecciosas y la degradación ambienta. 2º) Los conflictos armados, tanto internos como entre Estados. 3º) LA DELINCUENCIA ORGANIZADA. 4º) El terrorismo y 5º) Las armas de destrucción en masa.

De ellas señalaremos con más énfasis la tercera.  Porque es a ésta a la que corresponden algunos aspectos conflictivos que emanaron de la experiencia del juicio menor por difamación.  Fueron vertientes que iban más allá de los protagonistas envueltos en la confrontación y, que más bien, atañen a estamentos nefastos, de nuevo cuño, que van adueñándose de los mecanismos de control social más importantes.  Esto trasciende a los actores envueltos en la trifulca judicial.

De esas categorías el Premio Nobel de la Paz dice:  “Todas ellas son amenazas sin fronteras, de las que han quedado obsoletas las nociones tradicionales de la seguridad nacional”.

XVIII.    EPILOGO.

El trasfondo del juicio mayor que propusiera la acusación privada para engendrar el juicio menor fue una torpeza sin nombre.  Quizás oportuna.  Talvez sin proponérselo introdujeron esa experiencia criminal de tanta envergadura como base de una maldad, de tipo puramente político, y vino a resultar que aquel evento mayor, como lo es toda estructura internacional de tráfico de drogas, no podía ser manejado a su manera como algo distante y separado.

Fue su insensatez.  Siempre beligerante y agresiva, la que los llevó al exceso de presentar aquello como tema de controversia judicial.

Por ello, han sido tan lamentables los fallos.  Porque eran tópicos esos que no se prestaban a majaderías de la acusación ni a concesiones simpáticas, dado que hay una fauna de la droga, ausente físicamente del juicio, pero muy atenta a la simbología de sus decisiones.

Las “mortificaciones familiares” que han alcanzado el rango de fuente de daños hay que admitir que fueron realmente totales y serias.

El acusador privado, el imputado y los jueces de primer grado y del nivel más alto, fueron sometidos al agobio de las mortificaciones familiares, de un modo u otro.

El grado de apelación, que obró más bien como un piquete de fusilamiento judicial, decididamente no es merecedor de ningún comentario.

La cuestión es saber quién desencadenó todo aquello; qué persiguió la acusación privada al solicitar cien millones de pesos como justa reparación de agravios agenciados por sus pasiones; quién propuso un trasfondo tan espinoso en el tinglado del juicio montado.

El ímpetu díscolo del interesado oculto fue determinante para crear esas situaciones tan mortificantes para todos.  Exacto para él, que mantiene una aberrada actitud de gozo con las exhibiciones más infelices de poder y mando.

Ahora, naturalmente, se hace necesario separar esas manías persecutorias enfermizas de lo que es el interés público, que necesariamente tenía que ser informado, protegido y alertado de cuanto pueda originar su indefensión.

El autor ha sido, mal que bien, un dispositivo de vigilancia social contra la delincuencia organizada.  Esa colmena de espanto de abejas asesinas que tiene su reina en la droga.  Sus análisis no son hijos de rejuegos malvados sino frutos de una alarma necesaria.

Castigarlo, condenarlo, era una manera de mermar aspectos de la defensa pública.  No era prudente hacerlo, sobre todo porque podría entenderse como premio a los poderosos ausentes del juicio.  La fauna que tiene entre sus fines y propósitos establecer que todo cuanto le señale su capacidad de daño debe reputarse mentira condenable.

Se puede apreciar, pues, porqué se engendró el remolino del juicio; porqué hubo amontonamiento de gente o confusión de unos con otros por efecto de un desorden.

Quirino no es Quirino.  Ni será Quirino.  Se trata de un fenómeno criminal de potencia aplastante que sólo se insinuó al través de ese hombre.  O de ese nombre. 

Son muchas las otras estructuras que permanecen, agazapadas, pero activas en el tráfico diabólico.  Es muy honda su infiltración en los sectores más insospechables de la vida nacional.

Todo cuanto siembre pesimismo, impotencia, temor, será ventaja para el crecimiento asegurado de ese mortífero flagelo social.

Fue una imperdonable imprudencia pretender agenciarse satisfacciones insanas, de corte político, tomando una ocurrencia como aquel juicio mayor para fabricarse unos agravios personales o “mortificaciones familiares” capaces de suscitar castigo.

Ese atrevimiento del sometimiento penal, en realidad, fue movido por el odio y la ignorancia.  Arriesgaron demasiado con tal de castigar al adversario político incoercible.

No estaban en condiciones de comprender las dimensiones de su error y en lugar de procurar satisfacción por medio de aclaraciones o rectificaciones, siempre posibles, les cegó la obsesión de la venganza.  Se arrimaron así a la sentenciosa reflexión del general romano mencionado: “¿En qué país no se ve siempre a los hombres de bien víctimas de los malvados?”.

Podría parecer, no obstante, que se obraba así,  porque quizás no era un asunto meramente personal y roñoso.  Sólo ellos sabrán de alguna otra raza de móviles ocultos que pudieran hundirlos en tanto error.

Desde luego, de por medio ha estado la otra dimensión jurídica del conflicto, la tercera, que corresponde de manera irrestricta al interés común.  La del manejo de los análisis y contraanálisis que siempre requerirán aquellas cuestiones que correspondan al litoral de la droga.  Fue ahí que se perdieron.

La verdad final era que, al menos el acusador privado formal, no tenía necesidad de instrumentalizarle el odio al otro.  Tenía más bien medios muy apropiados y sólidos para reclamar alguna aclaración o rectificación sobre lo sostenido en los análisis que quiso invocar a rajatablas como calumniosos.   No lo hizo, ni le interesó intentarlo siquiera.

Y tenía la posibilidad de hacerlo en un ámbito tan natural como son las relaciones familiares antiguas.  Dejó de lado la oportunidad de utilizar viejos aprecios desprendidos de situaciones afectivas bien establecidas; se dejó arrastrar a la aventura de abrir un juicio.  Pareciera que todos se acogieron complacidos a la innoble ventaja posible de poder manipular fallos.

Ocurrió lo de siempre.  El juicio ideado desempeñó su inveterado papel de caja de Pandora; y destapó lo imprevisible.  Nos internó a todos en un área de delicadísimas implicaciones socio-criminales.  Algo que se llevó de encuentro los desacuerdos sórdidos interpersonales, que son tan frecuentes, para abrir puertas a una comprensión pública más vasta acerca de otras cosas graves que tanto conciernen a la comunidad.

Eso ha sido todo.  Nada nuevo bajo el sol.  Una ocurrencia mínima se convirtió en máxima por su insuperable elocuencia y la capacidad de desatar sucesos y averiguaciones muy gruesas.  Cosa muy diferente de las triviales  incidencias del chisme bullanguero.

El libro es oriundo de esos lares.  Porque el juicio menor de difamación se encargó de convertir aquello en un campo de batalla mucho más importante.

Se brindó al pueblo la oportunidad de refinar su temor y su alarma contra todo lo que busque amordazar las voces que han estado a la orden de su difícil servicio.

¿Porqué luchar?  Parecerá simplista la explicación, pero no.  En San Francisco de Macorís el autor pudo comprender una vez más la validez de ese tipo de lucha que le mantiene atado a deberes complicados.

Doce mil estudiantes, de todas las escuelas de la Provincia Duarte, en el día del natalicio del Padre Fundador de la República, hicieron exhibiciones inolvidables de destreza y creatividad, plantel por plantel, sin importar lo remoto que fueran.

Se llevaron los niños y adolescentes todas las luces y palmas del desfile.  Muy por encima de la marcialidad de los soldados y de los bríos evidentes de las fuerzas vivas que les precedieran.

En un acto de esa naturaleza es donde mejor se comprende porqué es que se debe luchar contra la droga y el crimen.  Hacen brotar las verdaderas justificaciones de los esfuerzos de defensa de tantas alegres promesas de la patria.

Sintió el autor hasta las lágrimas, el llamado profundo de esas tareas por cumplir.  Se sobrecogió, no obstante, al pensar si hubiera sido condenado penalmente por difamación, consagrado como difamador, cuánto hubiesen perdido de seriedad sus advertencias que deben ser parte mínima de una logística de defensa de esos valores.

En una batalla como la que se libra contra esos males que amenazan arrasar la familia dominicana, no es bueno deshonrar y disminuir a quienes están en sus fragores del debilitado lado de la ley. 

Ahora bien, por favor, el autor sólo querría obtener de sus lectores la indulgencia de que le consideren simplemente de buena fe.  Alguien confiado en que serán otros mejores los que darán los pasos necesarios para incorporarse en ese conflicto tremendo que nos derriba.

Ese es el único ruego del autor, a quien le ha intrigado siempre llegar a saber qué angustia llevó a aquel portento de la poesía universal que fuera Neruda a escribir estos versos sencillos:  “No digas nada, no preguntes nada, cuando quieras hablar quédate mudo, que un silencio sin fin sea tu espada y a la vez tu perfecto escudo”.

Aquello pareció un quejido del alma luminosa del poeta ante la incomprensión de sus presentimientos.  O de sus fatigas. 

Resultaba una premonición muy anticipada de la tragedia que amortajaría a su patria.  Antes del tiempo en que terminaría por morir envuelto en lágrimas ocultas y un enorme silencio.  Moría sin decir nada; lo había dicho todo.

Fue la mejor execración de aquel desastre de la barbarie mucho antes de que ésta apareciera.  Se trataba del presentimiento sublime del genio.

Su brillante pueblo en una recuperación de leyenda lo sigue recordando con asombro de gloria.

Entre nosotros ocurre que los hombres comunes quedan confinados en sus propias limitaciones.  En la carencia de la milagrosa visión para hacer las advertencias que eviten las tragedias, los sombríos colapsos de la libertad, de la paz, de la felicidad y hasta de la propia soberanía.  Y esto cuando de su nación se quiera hacer una cosa muy distinta a lo que tanto defendieran sus caídos y sus sagrados referentes.

Todo en un tiempo en que a los verdaderos héroes de la patria se les quiere hacer tragar por una historia deformada, que buscan validar las trapacerías del vicio y la corrupción.  La que desvanece los valores que han defendido con su generosa sangre. 

Esos son los nuevos peligros.  Los de la descomposición que barre la decencia y el idealismo para dar paso indefiniblemente a lo peor.  A las excretas sociales que han vendido su alma al diablo a cambio de riquezas insolentes.  Todo en procura de un poder insaciable y múltiple que permita dominar y retorcer en nombre de las más oscuras maldades.

Es hora de responder y luchar.  En esto no hay detalles perdidos ni miedos posibles.  Sólo así, sobreviviremos con honor, teniendo familia y con ella patria.

Sobre todas las cosas, recordar al final que cuanto se ha expuesto es en su conjunto hijo de presentimientos muy meditados, que los hechos se han prestado para confirmar en muchas de sus predicciones.

En el medio social nuestro, la realidad es que puede ocurrir todo.  Cualquier cosa.  Porque andan sueltos elementos y componentes de violencia criminosa en manos de exponentes desastrosos de soberbias y ambiciones, en un tiempo difícil como es la hora.

Sería conveniente, pues, cerrar todo lo escrito con este pensamiento de un antiguo católico Quinto Septimio Tertuliano:  “Se deja de odiar en cuanto se deja de ignorar.”

Es decir, el odio perdurará mientras perdure la ignorancia.  Entender con ello que estamos muy comprometidos en otra lucha vital, la del saber.

El contraste resaltante entre la prudencia, el comedimiento y las luces de quien nos gobierna hoy, frente a la ignorancia, el extravío y las sinrazones de quienes lo hicieran antes, nos aseguran un precario equilibrio de la paz verdadera.

Por eso son las advertencias.  Sin importar ser desoído.  En verdad, el autor está cristianamente acostumbrado.

Cuando se leen esas cosas, sobre todo cuando se han escrito, es cuando  desaparecen todas las fatigas porque se llega a comprender que ellos se inmolaron  y de seguro  tenían el anhelo al caer de que las causas por las cuales ofrendaban sus vidas valiosas fueran defendidas, sin fatigas, hasta el último  hálito por quienes pudieren quedar en esta tierra de nuestros amores.  Ahí es donde residen el honor y la vergüenza. No hay fatiga posible, la patria así lo espera y exige.

Así, pues, en este mes en que se le honra a sus padres Duarte, Sánchez y Mella, a su gloriosa madre María Trinidad, no se les podría rendir un homenaje mayor que esa evocación del sacrificio de sus mejores hijos.  ¡Que mueran las fatigas!  ¡Que vivan los deberes para con la patria!  ¿Comparten ustedes esos sentimientos?  En nombre de Dios, que así sea.

Asediarla, enfermarla y matarla. La sombría consigna.

Asediarla, enfermarla y matarla. La sombría consigna.


Cuantas veces se sabe con certeza de algún caso de adicción de un joven o una joven la actitud que se asume  generalmente es la de una  débil compasión por algo que ha ocurrido a otros, ajenos y distantes, que por alguna razón no supieron guiar a la víctima del quebranto; lo más que se evidencia es un  disimulado gesto despectivo para la familia que padecerá la desgracia y a la vez se asume cierto aire de superioridad, como sintieran que eso no ocurrirá entre los suyos; que la pasada cruz que llega así no les concierne tanto pues se sienten  seguros de que no podrá llegar hasta ellos.

Naturalmente, eso se daba más y la frecuencia era mayor sólo en aquel tiempo en que la tragedia estaba muy larvada, pero en la medida que fue creciendo y su presencia de exterminio se hizo una realidad pavorosa y siendo tan vastos sus daños, se comenzó a socializar el pánico, confeso o no.

Ciertamente, la toma de conciencia de ese tejido  social,  así agrietado por el egoísmo no vidente, tiene dificultades para reapretarse  y abandonar su deterioro; algo que le permita aferrarse a la solidaridad en la resistencia frente al mal que nos flagela a todos; un adicto, en verdad, es una sensible baja social, no hay duda alguna; sus  posibilidades de recuperación son difíciles de lograr, no sólo  en nuestro medio social sino a escala mundial y cuando se alcanza el proceso de relativa curación que pueda servir de pie a su  reinserción, ésta resulta un tanto quimérica, pues el regreso estará marcado por duros e inclementes prejuicios.

En medio de mis afanes y luchas, jamás pude imaginar que llegaría a un ocaso tan triste que me permitiría comprobar la devastación de nuestras juventudes.  Y mi congoja se ahonda porque he dedicado casi la mitad de la vida a vaticinar tiempos tormentosos para mi pueblo y lo hice con mayor ahínco, alojando en mis advertencias contra el crimen de la droga el mayor esfuerzo, por ser éste un agente fundamental de la destrucción de nuestra suerte nacional.  Su insidia supo refugiarse en un diabólico pacto implícito entre la Geopolítica implacable, los más altos niveles de opulencia del capital y su poderosa naturaleza de Estado paralelo virtual.

Así pues, a medida que el crimen se fue abriendo paso la atención la concentraba en su siniestro  modus operandi, pero confieso mi prolongado error de no prepararme para cuando apareciera  el horror de sus daños en la salud de legiones de jóvenes que serían barridos en términos epidémicos.  Sabía, claro está, de la reputación mundial del crimen de la droga como el gran mal de los tiempos y que sabe erigirse sobre sus daños inmensos a la humanidad toda como si fuera un imbatible rayo.  Es más, lo utilicé para justificarme ante los míos, sobresaltados por los tantos riesgos asumidos en cuanto al porqué ese fundamento de ruina y destrucción de juventudes propias y del mundo mismo era la verdadera causa que entendía crucialmente en necesidad de defensa.

Sin embargo, así lo confieso, no logré apreciar las magnitudes de los daños y he pasado a la amargura de irlos conociendo ya con nombres de muchos entre los centenares de miles de damnificados.  Tal ha sido la fatalidad de nuestros estragos.

Pero bien, sin detenerme a suturar heridas del presente, pienso que de todas las etapas de la patria nuestra ésta es la más sombría, precisamente por esa peste que nos diezma juventudes, al tiempo que para hacerlo corren ríos de dineros ensangrentados que sirven para el soborno de las conciencias y a ratos para la falsa caridad de mitigar el hambre del pueblo hundido en la enfermedad y la desesperanza.

Parecería que para poder vencerlo era necesario enfermarlo y sumirlo en el desaliento; esa ha sido la lóbrega lógica de la traición que no duerme en su incesante socavamiento multiforme.  Por ejemplo, ahora se apresta a sembrar el caos en la fuente vital que ha sido la voluntad popular legislando de forma temeraria, obligando a lo imposible al órgano rector electoral; abriéndole paso así a discordias infinitas más que previsibles de cuatro mil precandidatos del plano municipal, en la más atroz siembra de rencores imaginables; todo con el propósito de desintegrar aun más las organizaciones políticas, grandes y pequeñas. 

Más aún, todo ello sin reparar que se estará entregándoles decenas de alcaldías y ayuntamientos a los dictados de los puntos de drogas, que son los arroyos tributarios del río de dineros ensangrentados de que hablo.

En resumen, los momentos actuales son más aciagos que nunca, rodeados como estamos de conflictivas pendencias políticas de sinrazones fenomenales; divididos y fragmentados en forma perversa, incluso, en los planos de mayor de responsabilidad; en un tiempo en que la seguridad pública e individual están perdidas y bordeando el peor de los abismos que es el de nuestra juventud atrapada en el letal quebranto, que se refleja como una dolorosa tragedia de bajas sociales y humanas irrescatables.

En todo caso, se debe hablar de una traición impenitente que sigue trabajando en las sombras, por lo bajo, esperando tan solo un cambio en los vientos del norte para poder dar el zarpazo final del sacrificio de nuestra existencia como estado nación.

Tuvimos el pronóstico muy a tiempo y no lo atendimos; nos ha dado trabajo inmenso tomar conciencia y hacer el diagnóstico para los remedios y por eso, al analizar en retrospectiva la situación, desde sus raíces, se hace tan complejo el análisis. 

Voy a dar una prueba de eso cuando de mi libro “El Remolino del Juicio, Quirino como trasfondo”, editado en abril del año 2006, transcribo algunos párrafos del umbral de su presentación.  Con ello lo que busco es persuadir al lector de que en lo profundo de este desastre estuvieron el error y la miopía de sectores de poder, tanto de la política como de los llamados fácticos, que bloquearon la inflexión más prodigiosa que hemos tenido en favor de la justicia social y del rediseño de una sociedad más justa y equilibrada. Veamos:

“I.       DE LAS ADVERTENCIAS. (Del Remolino, abril 2006)

Al escribir surge siempre la inquietud de saber lo que debe predominar.  Las ideas o los sentimientos son el dilema.  Se hace necesaria la elección.  Parece   aconsejable tomar partido por las ideas porque se elimina así la especulación meramente subjetiva, pues sólo si los sentimientos se expresaren regulados por ideas quedarían dotados de una fuerza especial de razón.

Es bueno tener esto en cuenta en el umbral mismo de esta modesta contribución al mejoramiento del entendimiento público.  Esto así, porque siempre será de temer que el pueblo siga dependiendo de informaciones mordientes e inseguras en aspectos cruciales de su suerte.

No es agradable, por supuesto, la ingrata tarea de hacer advertencias para resultar desoído.  La misión de advertir es dura, aún en el momento mismo en que los hechos se ponen de lado de quien hiciera la admonición.  Cuando ya se han producido los males y perjuicios que fueran anticipados como reales, siendo apenas latentes en el momento del vaticinio.

No se niega que los vaticinios tienen siempre algo de aventura, pues jugar a la clarividencia es arriesgado por lo que tiene de adivinatorio.  Y es que en los pronósticos sociales aparecerá cierto vacío que expone mucho al reproche del descreimiento.

 En fin, la experiencia de advertir o aconsejar a un medio social dado no deja espacio a la alegría.  Ni siquiera cuando llega la oportunidad en que se comience “a caer en cuenta” y a exclamar, no sin pesar: “No hicimos caso y cuántas cosas indeseables nos vienen ocurriendo; tenían razón los alarmistas que creímos ver y desechamos”.

Para entenderlo cabalmente hay que haberlo padecido.  Porque es algo que se asume en medio de recelos sarcásticos y de mal disimiladas actitudes de desdén de quienes  dudan en enjambre del vaticinio.  De ahí el frecuente repudio bajo imprecaciones: “Es pura farsa eso de sospechar y anunciar contratiempos”.  “Se trata de un mesianismo ridículo de impostores.”

Pues bien, este es un esfuerzo, el de hoy, una especie de alto que quizás sirva para descifrar los alcances de algunas posiciones asumidas por el autor en  inhóspitas bregas públicas nacionales.

Lo habría podido hacer antes, claro está, porque no han sido pocas las veces en que los hechos han sabido concederle algún grado de apoyo y reconocimiento.

El ejemplo más acabado de esa posibilidad lo ha sido el incremento desbordado y turbulento de las marginalidades en las ciudades y pueblos mayores de la República.

El autor debe haber pronunciado millares de discursos y decenas de conferencias acerca del esfuerzo social-agrario del año 1972.  De la desesperada necesidad que había de una aplicación idónea y profunda del mismo.  De la buena coyuntura que era para organizar una sociedad más justa y equilibrada mediante la redistribución del ingreso que aquello entrañaba.

Se abogó por una estabilidad balanceada del conglomerado rural, haciendo girar sus intereses vitales alrededor de la modificación del régimen de tenencia de tierras.

Lo que se propuso fue sustituir la subcategoría de desheredados por la categoría de ciudadanos.  Se proclamaba basándose en serenas convicciones que aquel programa de justicia social era un dignificante estatuto de vocaciones;   un acceso a la titularidad de la tierra de resultados sociológicos impresionantes, que se planteaba como tarea nacional.

El autor recuerda de aquellos afanes dos trabajos significativos.  Una  conferencia que versara sobre “Tenencia de Tierras, Tensiones Sociales y Marginalidad”; y un artículo titulado “Dos Naciones y Sólo Una Tierra”, que conmoviera hasta el entusiasmo al director de la revista donde se publicaba, Orlando Martínez.

Era una manera de sentirse condecorado para siempre por aquel ángel de la pluma en el tiempo de presagio de su inmolación desgarradora.

 Las advertencias fueron severísimas en cuanto al terrible fenómeno de la marginalidad y el hacinamiento que generaría el desarraigo de las masas campesinas.  Esta era una realidad trágica que se venía alojando en las periferias sumergidas, atraídas por las luces engañosas de lo urbano.  Se podían palpar sus hondos resentimientos, sus soberbias contenidas, su frustración y desamparo.   Algo que se tornaría seguramente en incoercible violencia colectiva, a partir de la primera generación descendiente.

Los odiosos intereses que se oponían lograron finalmente, con el auxilio mixto de política y comunicación social, derrotar todos esos clamores.   Se dijo que era intolerable el trabajo de “posesos  fundamentalistas” que lo único que propiciaban  con sus alegaciones era la perturbación de la paz y de la normalidad social, tan necesarias para el desarrollo nacional.

Han transcurrido más de treinta años.  Ahora no se sabe qué hacer con las violencias y rebeldías urbanas reflejadas en sangrientos  ataques a la seguridad individual y al sosiego público.

Total, a fin de cuentas, cuanto se reclamaba era la aplicación de las leyes de la República, como inigualable coyuntura para hacer justicia social de provechos estratégicos incalculables.  Para evitar desgracias sociales que nos arrastrarían a todos al pesimismo, al temor y al desconcierto.

 Todo aquel anhelo agrarista fue el trance de compromiso que se le propusiera  al egoísmo de un bienestar de capas indolentes, detentadoras de resortes múltiples del poder social y económico.  Alegaron que se trataba de provocaciones insolentes, no de un reclamo de justicia grávido de dignidad y misericordia.

No salvó al programa agrario ni siquiera su fuente legal.  Fue inútil la circunstancia de provenir de la determinación de un líder conservador, de verdadera excepción, que daba aquel paso sin los estremecimientos de los hechos revolucionarios.

Así las cosas, se pudo sospechar entonces que el malogramiento de aquellas esperanzas constituyó una tentación para el autor reclamarse algún seguimiento políticamente capitalizable.

La realidad demostraba rudamente que siempre fue tarde.  Lo que vino a afligir al medio social, producto de aquella miopía torpe, también afligió al autor y, de consiguiente,  no resultaba posible la alegría de señalar algún acierto.   Porque quedábamos todos muy atormentados.  Que es lo que ocurre cuantas veces nos abismamos como pueblo en errores y extravíos.

II.                 UN ALTO. (El Remolino, abril 2006)

El alto que se ha decidido hacer hoy, para el autor resulta tan necesario como impostergable.

Se trata de considerar en forma virtual el apremiante asunto del narcotráfico.  Ese fenómeno criminal de envergadura universal que viene devastando la sociedad en todos los órdenes.

Es necesario tener presente que esto no aguarda la comprobación de que los remedios se han hecho tarde.  No comprenderlo así sería una ruina irreparable.  Hay que asumirle con una visión de conjunto, penetrante, que alcance a sus signos menos visibles.  A sus insinuaciones más distantes.

El autor no estaría en condiciones, desde luego, de poder contar las veces que ha tratado el luctuoso tema.  Mucho menos reproducir los incesantes y dramáticos llamados que se han debido hacer en procura de que la sociedad no se dejara infiltrar por la venenosa práctica criminal.  En ocasiones lo ha hecho bajo advertencias espectaculares de cómo esto se podría producir y cuáles serían las nefastas consecuencias de su insidia.

Se ha venido advirtiendo a los gobiernos; al empresariado; a los partidos políticos; al congreso; al evento electoral; a los cuerpos armados, militares y policiales; al sistema judicial; a la comunicación social, en fin, a todos y cada uno de los componentes fundamentales de la nación constituida en Estado.

En eso se ha sido necio, si cabe, al insistir y persistir en la denuncia de la gravedad de esas experiencias de disolución nacional que pueden resumirse en una palabra, ciertamente lapidaria: gansterización.

Las pugnas han sido inagotables.  Por ello sería difícil, poco menos que imposible, hacer un esfuerzo narrativo para recontar los choques y peripecias en esos empeños de advertencia.

Consuela saber, sin embargo, que el pueblo no ha sido un convidado de piedra en esta ocasión, que ya ofrece pesarosas características de encrucijada.  Ha ido comprendiendo las razones de los alertas.  No ha tardado en ir reconociendo, en medio de sus angustias, cierto mérito a quienes hayan tenido el denuedo de involucrarse en los trabajos de tan arriesgado servicio público.

El pueblo ha comenzado a atribuir crédito en esa lucha a quienes se esfuerzan por librarla enfrentando las filosas desigualdades existentes entre el litoral de la ley, muy acobardado, y el crimen insolente, más desafiante que nunca.

Es por ello que el alto que hoy se hace no es tan amargo y frustrante.  Se sienten los estímulos sociales a no desmayar en los emplazamientos.  Aunque todo sigue siendo muy escabroso y sea tan penoso confesarlo.

Naturalmente, de todas esas pugnas se podría hacer abundante prueba, pues el autor conserva más de mil horas grabadas de su programa televisivo La Respuesta, que ya tiene dieciocho años de tórrida existencia.  Pero, esa será otra historia.

Lo que se propone es analizar la cuestión de tipo judicial que le fuera impuesta por querella, convirtiéndole en imputado de violación a la Ley de Expresión y Difusión del Pensamiento,  así como de los artículos del Código Penal relativos al cuidado del honor y la consideración de las personas y al castigo eventual de aquellos que, haciendo de la palabra un flagelo, hieran o dañen esos valiosos bienes jurídicamente protegidos. ……..” (Fin de las citas)

Como ustedes podrán apreciar, en la entrega de hoy de La Pregunta he movido y removido deliberadamente algunas nociones y componentes de nuestra dramática conflictividad porque todo esto permite, tal como anticipé, tomar una simiente de explicación al  hablar de un programa agrario de gran énfasis, que fuera contenido y desnaturalizado con graves  consecuencias reflejadas en el desarraigo campesino; señalar, además, la generación de marginalidades urbanas de explosiva latencia, capaces de derribar la seguridad pública individual en las arremetidas de su criminalidad inmanejable.  Esto, para tomarlo como muestra de lo imperdonable que resultó haber conspirado contra aquella coyuntura de hacer una sociedad más justa con una redistribución del ingreso real y bien fundada en la incorporación directa del campesino en la producción y en la dignificación de su acceso a la tierra, dotándolo de medios de estímulos y protección de techo, salud, deporte, educación, crédito, asistencia técnica en los propios lugares de su nacimiento.

Los aros de rebeldía innominados se pudieron evitar y con ello las degradantes aberraciones que sirven de caldo de cultivo a la droga, como las bandas, el Sicariato, en fin, las aberraciones que enferman a las sociedades, sobre todo cuando la peor de las bajas se expresa en un tiempo en que ha ido muriendo el paradigma más alto que ha existido, que es el trabajo honrado que ennoblece a la familia.  No las riquezas fáciles y sanguinarias que la destruyen.

Soy un convencido pues de que al regresar de esos frentes de luchas luego de haber estado en el vientre de ese desastre catastrófico de anomia que nos atormenta, puedo gritar, señalar y acusar al vil egoísmo de los poderes fácticos y a la tortuosa conducta de la política que se conjuraran para hacer abortar aquel alumbramiento tan maravilloso de justicia social.  Por eso, hoy, cuando nos encontramos en plena cosecha de esos terribles males que fueran presagio de muerte, desplome y desaparición de nuestra sagrada patria, es cuando quedo más amargado con la comprobación de que había que enfermarla para extinguirla.

Todo ésto me ha llevado a recordar mis versos sociales cuando luchaba y reclamaba por el campo en aquel entonces y en el poema dedicado al viejo campesino que cavilaba en la enramada, junto al pilón envuelto en el humo de su cigarro, sintiendo que el programa social agrario destinado a ellos estaba siendo tiroteado, yo interpretaba en mis modestos versos sus frustraciones y de todas las menciones quiero sólo transcribir ésta muy breve: “¡Señor dónde está tu mano? ¿Te han dejado manco estos hombres locos?”

Se hace necesario formular la pregunta de rigor: ¿Apostarían ustedes, amables lectores, a que Dios estará ausente de nuestra trágica suerte de mañana?  Al menos yo no lo creo de tanto que confío en su Divina Providencia, en su eterna justicia.

La demolición de la honra y las incógnitas de su paternidad

La demolición de la honra y las incógnitas de su paternidad

En la entrega precedente de La Pregunta cumplí con la promesa que hiciera de transcribir una carta que dirigiera al Presidente  de la República  dos meses después de iniciado su primer mandato. 

Era mi deber, pues ya desempeñaba las funciones de Asesor en Políticas  relativas a la droga y su infame tráfico.  Procuraba con ello edificarlo pues es una materia ésta que requiere para su manejo y conocimiento cierto grado de dedicación y estudio, sobre todo alguna experiencia en el trato con los expertos y responsables internacionales más versados.

Hubo quienes  en ocasión de la publicación de mi carta consideraron  que había algo de indiscreción de mi parte y otros llegaron a verla como una velada reprimenda al Jefe de Estado por haber éste  señalado como causa del incremento de la criminalidad la cantidad de “dominicanos deportados”, luego de haber cumplido tan solo parte de sus penas.

En realidad ambas apreciaciones no se correspondían con la calidad de mis propósitos pues en la Respuesta cuanto hice fue explicar  con detenimiento los efectos nocivos  que   saben desprenderse cuando la autoridad  pueda dar explicaciones  deprimentes.  Algo injusto resultaba desconocer que yo he escrito mucho sobre la necesidad de un Tratado Bilateral con Estados Unidos para poner a funcionar el cumplimiento residual de penas de los deportados en el país, luego de levantarse un establecimiento penitenciario de estándares internacionales, bajo control de algún organismo que concurriera con la autoridad nacional.

Hablé, además, de la decepción cognitiva social como un peligroso  estado de ánimo público e indiqué que ésto se presentaba con mayor fuerza y velocidad cuando la crítica dura proviene de un nivel  sensitivo de la autoridad, señaladamente en el nivel más alto que es el de la  presidencia.  En verdad, lo traté con el debido respeto al lamentar su reacción un tanto emocional ante los sucesos criminosos recientes y dije que se venía luchando desde hace mucho tiempo y especialmente por los gobiernos de PLD, pero que también era necesario hacer comprender al pueblo que se trata de un fenómeno criminal de opulencia espantosa que viene desafiando a Estados de alto desarrollo, como a los periféricos, al grado de lucir a veces como un virtual Estado paralelo.

Alentaba al pueblo en La Respuesta a no desfallecer y confiar en sus instituciones aunque seguirían apareciendo muestras graves de grupos aislados de policías y militares desertando de deberes de fidelidad hacia la República que les ha confiado sus armas; pero que las instituciones tenían que ser estimuladas porque dentro de ellas la inmensa mayoría tiene conciencia clara  de los peligros y necesidades de su pueblo y el crimen no podrá avasallarlas ni destruirlas.

Hoy, pues, continuo con mi incesante empeño de animar al pueblo  a que cierre filas con la autoridad, donde  están en la línea de fuego muchos de sus hijos, que se han sabido perder y caer en sus arriesgados servicios y cometidos.

Durante ese tiempo, preciso es decirlo, siempre insistí en prevenir a la autoridad que nunca incurriera en el error de hablar o suponer que en ese frente terrible de batalla habría éxitos y victorias fulgurantes; que lo único recomendable era reputar con modestia los logros y progresos como un mejoramiento relativo del sensible desempeño.

Se trata de una regla de prudencia recomendada a la autoridad en todos los niveles, obedeciendo a la convicción de que el Crimen Organizado es el desafío más duro y persistente que enfrenta nuestro  Estado, como los demás del mundo en los tiempos actuales.  Su capacidad para infiltrarles y pudrirles desde adentro no tiene precedentes de comparación.  Su elasticidad disimulatoria resulta casi infinita, pues su opulencia para el soborno, así como sus temibles métodos de intimidación, se han encargado de ir arrancándoles espacios a los Estados que los dominaran por siglos.

Pues bien, en la presente entrega de hoy tengo que hacer un importante paréntesis para referirme a una muestra escalofriante que puede servir para comprender mejor cuanto afirmo. 

Acaba de ocurrir algo en nuestro medio social que podría ser prueba de muchas de mis apreciaciones; se pretende repetir un mecanismo de extorsión degradante consistente en propalar al través de unas revelaciones de un convicto que acarreara cientos de toneladas de cocaína para incluirlo en el debate nacional; se procura que  sus palabras pueda determinar  quién puede o no puede optar por la candidatura presidencial  en la República para el año veinte. Se hizo por primera vez en el año quince con un tétrico éxito con sabor de victoria pírrica a mediano plazo. 

Se logró ciertamente imponer una reelección presidencial tan pronto quedó intimidado el precandidato que contaba con una vasta popularidad, con la experiencia de tres periodos presidenciales ejercidos con notables resultados y por añadidura presidente del partido de poder. 

Es innegable que se logró, no obstante, aplastarle para el júbilo de muchos ignorantes e inconscientes de las implicaciones que sobrevendrían.  Por ejemplo nuestro posible hundimiento en la calificación de Narcoestado.  Así de delicado resulta implicar a los Ex Jefes de Estado.  Ahora lo acabamos de ver en el juicio espectacular del Chapo Guzmán, donde la autoridad de México de todos los niveles ha quedado marcada por la deshonra que desde el crimen le han impuesto.

Se pudo así consumar entre nosotros el siempre trágico tramo de una reforma constitucional traumática y anómala que dos de los principales ministros del gabinete, en extraña paradoja, publicaron y pusieron a circular un libro calificándola como una “repugnante negociación mercantil”, al referirse a la compra y venta de los legisladores que constituirían la Asamblea Revisora, no sin antes asegurarse de la abominable ventaja de su “reelección por reelección”. 

Lo más pintoresco ha resultado que los ministros en este período  subsiguiente, lejos de experimentar alguna hostilidad, han incrementado su importancia decisiva para trazar estrategias muy sensitivas para el gobierno al cual pertenecen, aunque éste evidentemente ya padece de estragos insondables.

El hecho es que el Capo convicto, proclamado por sus áulicos como “capaz de cambiar el rumbo de nuestra historia”, ha reaparecido y no le faltan razones para sentirse seguro y muy bien promovido, no importa el alto precio a considerar con que se ha alcanzado tal vanagloria. 

El asunto es muy grave y está precedido por esa experiencia anterior que incluyó excarcelación del convicto a medio término del cumplimiento de pena en el extranjero, cosa ésta que le dio un sesgo de fuerza mayor irresistible  que pudiera, si no justificar, explicar su regreso protegido  bajo el amparo oficial que prohijaba  un recibimiento de una especie de héroe a premiar, dado los “altos servicios” que vendría  “a prestar a la patria”.

El poder no comprendió entonces la nocividad del trato que se hiciera con el Capo y éste, al regresar, ya cumplida su “alta misión”, se dedicó a reclamarle la total devolución de sus bienes, así como a exigir el pago de los doscientos millones de pesos que “a su sagrado decir’” le adeudaba el gobierno; cosa ésta que reclamaba con menciones de importantes personajes de éste.

Lo de “a su sagrado decir” viene del hecho de que un encumbrado exponente del periodismo, amigo incomparable del vecino Estado al decir de un presidente nudista, invocó el evangelio de Juan para endiosar la palabra del Capo: “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. 

En cierto modo había algo de verdad en cuanto a que salía libre, pero para el disfrute pleno de sus riquezas ganadas en la desastrosa lid de haber hecho “cambiar los rumbos de nuestra historia”.  Por supuesto, queda claro que no hubo nada de la verdad de Juan y sí pudo haber mucho de la maldad del diablo.

Pues bien, viene a ocurrir cuatro años después que “la epopeya del crimen” no había muerto.  Lo despertaron ahora para cambiar de deudor, pues ya no es el gobierno quien debe por sus servicios, sino el precandidato que vuelve a aparecer con un apoyo concreto de dos millones de formularios de aprobación de su precandidatura para el año veinte, quien, además, escribe un notable artículo en el diario decano de nuestra prensa explicando con mucha eficacia cómo opera el narcotráfico, especialmente reiterando el interés de reforzar los puertos y aeropuertos, depurar y fortalecer las instituciones de interdicción policiales y militares.

En esas condiciones he comenzado a desarrollar una tesis sobre la siniestra novedad aparecida y digo:  Al haber pendiente de ventilación dos gravísimos casos de tráfico marítimo de droga y figurar en uno de ellos el segundo hombre de la banda del Capo histórico, podría resultar razonable entender que ésto alarmara a las superestructuras de drogas regionales ante la posibilidad de que volviera al poder un hombre que le había extraditado cuadros fundamentales, especialmente en el año once, cosa ésta que el Capo histórico ha sentido en forma muy sensible y peligrosa. 

He creído que en esas circunstancias se pudieron movilizar las revelaciones del Capo, quien al parecer viene a prestar nuevos servicios en esta ocasión, pero, no se sabe si por torpeza o por afecto el Capo ha confesado  una amistad antigua con otro expresidente, el que lo ascendiera en las filas militares, que lo hiciera jefe de campaña en dos provincias del suroeste y que terminara por decirle pasando frente a una de sus fincas en el año doce a una importante periodista de la República lo siguiente:  “Uno en la presidencia no se puede dar cuenta cuando se asciende a un sargento o a algún oficial menor de quién se trata, yo no conozco ese señor”, refiriéndose al Capo. 

Pero se había construido una pista de aterrizaje importante con cuido militar en Elías Piña que se reputara en principio como para incremento del turismo, aunque se le oyó decir al Jefe de Estado de entonces algo alarmante al responderle a una legisladora que preguntaba ingenuamente: “¿Para qué necesita Elias Piña una pista de turismo, si lo que hay que hacer es repararle dos puentes?”  A lo que le respondió el Jefe de Estado: “Oh, Berenice, para traer droga!”  Desde luego, la pista fue destruida tan pronto se produjo el cambio de gobierno en el año cuatro.

El hecho es que el Capo en su nuevo “servicio a la patria” se ha encargado de confesar con entusiasmo su devoto seguimiento a ese otro expresidente, al cual no le diera un solo centavo en su campaña, en las que él incluso participaba como encargado del suroeste.  Así lo afirmó en su primera proeza del año quince.  Ha terminado innegablemente por echar al agua a su gran amigo de siempre, no habría otra conclusión posible.

Pero volviendo a los dos expedientes de tráfico de droga marítimo que resultan clave, el compadre, su Frank Nitti, interrogado por cuatro horas en fiscalía por oficiales de drogas  y acción pública extranjera, no bastaba para hacer desconfiar al Capo de su leal integridad.  Lo que sí puede inquietar es la perspectiva de que el hombre de su desgracia, que le extraditara, volviera al poder, no tanto para él sino para la superestructura criminal de la región. 

Quiero en ésto no omitir una observación y es la relativa a que en el cobro retomado frente al nuevo supuesto deudor, el Capo utiliza el tono temible del argot consabido cuando hablaba de que “él sólo quiere que le devuelvan en forma pacífica” su dinero.  “Pacífica” es el término que sabe albergar profundas amenazas.  Y todo ésto no es una suposición fantasiosa pues están las estructuras del tráfico que también temen y detestan la posibilidad de este hombre que trajera los Super Tucanos para barrer los cielos de sus vuelos criminales interdiarios de otros tiempos.  Y es en cosas como esas donde duermen todos los peligros de la muerte. 

Esta experiencia actual es peor que la precedente por razones como las expuestas, incluso el propio Capo quizás no se dio cuenta de cuántos aspectos gravísimos confirmaba con sus confesiones de amistad y seguimiento político, al expresarse en forma tan altiva  ferviente y sincera.

Mis amables lectores habrán podido apreciar cuán fluida es la dinámica del crimen y cómo su tratamiento en el análisis no puede ser estático, pues ocurre que cada día aparece un  sorpresivo escenario de nuevos  eventos criminosos.

Por ello es esta entrega, que estaba programada para transcribir segmentos de dos conferencias y un discurso de los años diez, once y doce a fin de demostrar desde cuándo se ha venido tratando el gravísimo trastorno de la droga en nuestro país, especial y señaladamente durante los gobierno del PLD.  De repente surge el más reciente  y siniestro  episodio  del Capo  que “cambiara el rumbo de nuestra historia en el año quince”. 

Se pretende a imagen y semejanza de aquella experiencia bloquear e impedir nuevamente que  el presidente de ese partido de poder, aunque cuente ya con cerca de dos millones de inscripciones en su seguimiento electoral para el año veinte, pueda optar por la candidatura presidencial.

¿Qué he tenido que hacer?  Darle cabida a esta contingencia acusatoria de mala índole, desde luego  reservándome el deber de cumplir la promesa de recrear mis dos conferencias así como mi discurso al recibir el doctorado Honoris Causa  que me otorgara el Instituto Superior para la Defensa (Insude).

En todo caso, lo interesante de esta experiencia de análisis es la forma en que se pueden entrecruzar e interconectar personajes y sucesos.  Ustedes podrán comprobarlo en la medida que los hechos que están en curso vayan siendo explicados en sucesivas entregas de La Pregunta.  Algo que para mí resulta muy ventajoso es la oportuna posibilidad de ir adelantando datos, informaciones y componentes desde mi programa La Repuesta. Creo que todo va a resultar muy útil.  Espero no defraudarles. ¿Les parece  apropiado este ejercicio de puntualización de hechos y circunstancias?