De los enconos y las ilusiones

De los enconos y las ilusiones

El encono personal es capaz de anular la razón plenamente.  Una vez se instala, se puede dar por seguro que el sujeto se obnubila y sus acciones no tendrán propósitos que estén atados a altos fines colectivos, en ningún caso. 

Su participación en algún proceso que requiera deliberación es poco menos que estéril, pues habrá un punto de partida en la toma de posición, rígido e inmutable, en cuanto a que no se admitirá nada que signifique desaprobación del odio que amadriga su encono.

En las luchas por el poder político es donde ocurren esos naufragios del alma con mayor virulencia.  La historia nuestra registra casos inverosímiles de desencuentros entre líderes, cuyas rivalidades han surgido luego de existir una larga y agradable amistad, a veces tan originaria que se remonta a esfuerzos conjuntos valiosísimos, como los que requiere la fundación de un partido político.  Peor aún, si llegaba a ser el más importante durante décadas.

Basta retener lo ocurrido entre dos hombres de condiciones excepcionales en lo humano y cultural, que fueran en el año treinta y nueve del pasado siglo quienes fundaran un partido político en un exilio interminable, como doloroso.

Yo tuve la oportunidad de conocer y saber de lo que entrañó aquel esfuerzo porque uno de mis hermanos mayores, Narciso, de alma y coraje singulares, militó desde la fundación de aquella organización política y fue testigo honrado de la manera en que se fueran separando sus máximos líderes, pese a que la causa común que los inspirara cada vez resultaba más desesperante. 

El relato que me hiciera de las desavenencias del exilio se quedaba corto y sólo se pudo ver su culminación trágica veinticuatro años después, cuando la República se disponía a disfrutar de una democracia ejemplar, al producirse su malogramiento.

Fue el veinticinco de septiembre del año sesenta y tres el que convocó la suma mayor  de enconos personales para labrar aquella desgracia nacional de ver  morir, apenas a siete meses de haber nacido, aquel esfuerzo hacia la democracia permanente, luego de décadas de anhelos por la  libertad.

Quien prometió que en sus manos no perecería la libertad,  ese aciago día cayó privado de la suya  individual, mientras su pueblo retrocedía hacia los abismos de  las  nuevas incertidumbres de sus  destinos, que tan solo un nombre de paraje de montaña hace la prueba de la atrocidad del infortunio: Manaclas.

Luego vinieron la revolución, una pérdida lacerante de soberanía y un millar de  azares odiosos, hasta rejuntarse los tumbos al llegar el entre siglos, cuando se propusiera nuevamente  la esperanza de la democracia que ciertamente pareció haber regresado aunque  bajo asechanzas terribles de pérdidas de independencia y otros tipos de opresión, como la del Crimen Organizado.

Pues bien, casi desapercibida pasó una causa genérica de todas nuestras actuales vicisitudes: el encono personal.

Y es que se van las ilusiones y sólo las regresan los recuerdos en un tropel de desengaños.  En las luchas públicas es donde el drama del desencanto muestra más oportunidades para generar héroes o villanos y los grandes  de la historia  se fraguan en sus vicisitudes, como se hunden en el olvido  aquellos  vencidos por el encono.

El sesenta y tres fue la ilusión y la desgracia, a la vez, nació y murió el ideal del goce democrático pleno.  Los enconos prevalecieron, pero vendría la rebeldía como parto en el sesenta y cinco y entre sus dolores  el  sacrificio de la pureza de Manaclas sería un pujo muy alto, tan alto como la montaña que lleva su nombre.  

Haber vivido aquello y sentirlo como tragedia es indispensable para  poder contarlo. 

Desde luego sólo trato de hacer un espejo con la recordación de  la hecatombe  para los que hoy tienen el destino de su patria en sus manos  y parecen deambular, en un baile de San Vito, sin presentir siquiera cuánto de aciago traerían sus enconos, sin reaccionar ante el barranco del error.

Juan Bosch prevaleció y sólo supo del descanso cuando lo procuró la muerte; luchó y no cejó;  pasó por encima de todos los abrojos levitando sin rencores, convocando a un futuro que no podría ver.

He ahí su grandeza, cuando sus bríos ignotos sólo dormitaban en el umbral de su ancianidad.  Fundó partido, como escuela, cual si fuera la liberación de su patria la única ilusión posible. 

Don Juan será, de todos modos, la vara de medir el traje de la historia por su fe y su abnegación en darle a su pueblo una nueva y quizás última oportunidad de una paz democrática; obró como si lo imaginara desde  aquellos tiempos odiosos en que fuera la víctima preferida del escarnio y la persecución y volvió a insistir  en el sueño que fuera tronchado,  labrando  los surcos del porvenir.

Y es en medio de tantas incomprensiones turbulentas, como las de hoy, cuando su figura se engrandece cual si fuera otro coloso de Rodas para que sirva de legado el ejemplo de sus advertencias y reproches eternos.  

Desde luego, esa penosa separación de dos hombres tan importantes del exilio  dominicano a que me he referido era una pérdida de cohesión  y fortaleza que, después, cuando se pudo alcanzar el poder, se reflejó con enorme  crudeza en la trágica mañana de los rencores donde el Presidente era prisionero de la fuerza, mientras que el otro hombre brillante, médico y académico sobresaliente, firmaba un ignominioso documento notarial que vendría a sustituir la malograda Constitución junto a todos  los siniestros  verdugos de la misma.

No se encuentra una manera de explicar una situación tan triste, pues ambos eran modelos de probidad y patriotismo y habían luchado juntos por devolverle la libertad a su pueblo.  El encono personal fue el fantasma que los alejó y no pudo contar la República con la unidad de esos hombres de inteligencia excepcional, obrando de conjunto.

Todo lo que vino después como sufrimientos nos deja ver lo nefasta y dañina que resulta la enemistad entre los de mentes privilegiadas o en aquellos que detentan posiciones decisivas por obra de la pasión que suprime la fraternidad.

Claro está, que ha habido en nuestra historia otras muestras tremendas de esa desdicha.  Lo de Cáceres y Vásquez fue abismal y abrió las puertas para que fuerzas oscuras, que ellos habían combatido y derrotado, escogieran el asesinato de uno, que torció rumbos fundamentales del país, que quedaba enredado entre las guerras fratricidas y las traiciones institucionales que sirvieran de umbral a la pérdida total y ruinosa de la soberanía.

Lo que finalmente sobrevino de opresión huelga señalar cuánto de espanto tuvo.  Pero se pueden citar otras experiencias  de desencuentros enconosos como el de Peña Gómez y Majluta, que partieron en dos el legendario partido del año treinta y nueve; como  también Salvador Jorge Blanco y Antonio Guzmán, que arrojara una trágica determinación suicida.  En fin, el encono ha sido la peste de la política en los niveles más altos de poder. 

El pueblo nuestro, no obstante, pudo conocer de una experiencia ejemplar.  En el año noventa y cinco del pasado siglo, cuando Joaquín Balaguer y Juan Bosch dieran una prueba enorme de conciencia en cuanto a la necesidad de vencer y poner de lado todo vestigio de animadversión o encono que pudiera quedar como consecuencia de sus ásperas confrontaciones, para poder formar el Frente Patriótico que respondiera a la violenta intromisión extranjera en el año noventa y cuatro.  

Surgieron ilusiones fascinantes de aquella experiencia de fin de siglo.  Es innegable  que el  partido que fuera concebido como una luminosa estrategia por Juan  Bosch ha logrado agotar casi cinco períodos presidenciales en  una paz democrática notable, aunque, preciso es decirlo, los fines esenciales que fueran señalados de forma enfática y augural por los dos líderes del Frente Patriótico han sufrido un  desvanecimiento progresivo en los aspectos más sensitivos relacionados con la soberanía y  la integridad territorial.  Todo ello en medio de un alarmante deterioro de la seguridad pública e individual que amenaza con pasar a ser letal anomia.

Ahora bien, cuando creo llegada la hora de los reproches sanos, me ha ocurrido algo extraño pues me puso a pensar un trabajo periodístico sobre un hombre de la política española que nunca me resultó atractivo. 

En efecto, en el diario El País de España apareció una Crónica acerca de las posiciones de Alfonso Guerra, quien fuera el Vicepresidente más poderoso del primer socialismo que gobernó tras la dictadura.  En ella se hacen adelantos de su nuevo libro, “La España en la que Creo”, con el que busca interpretar  y recomendar salidas y soluciones  a las crisis multiformes por que atraviesa España.

Me ocurre que como he aconsejado tanto leer porque vale la pena y meditar una corta obra de Paul Preston, titulada “Las Tres Españas de 1936”, mi interés en saber qué podría decir este Barón del partido socialista me llevó a leerlo y en verdad resultó interesantísimo encontrarme con que los párrafos citados en la crónica son una verdadera joya de admonición.

Voy a transcribir tan sólo algunos de ellos, que se refieren a consideraciones sobre el extinto Adolfo Suárez, quien desempeñara un crucial papel en la dramática transición hacia la democracia de España al desaparecer Franco. Veamos:

La Transición y la amistad con Suárez

Una situación bien diferente al escenario político de hoy. Durante la Transición, los dirigentes políticos y sociales trabajaron para lograr un acuerdo que garantizase lo que la presión popular exigía, un acuerdo que consolidara la vida en libertad. El protagonismo estuvo en el pueblo por su presión social permanente, pero también en personas concretas como Adolfo Suárez, Felipe González, Fernando Abril Martorell, Miguel Roca, Santiago Carrillo, el cardenal Tarancón y, de forma intensamente simbólica, el rey Juan Carlos.

(…)

Se han oído muchas historias de animadversión entre Adolfo Suárez y quien esto escribe. No hagan caso. No cuentan la verdad. He tenido la fortuna de mantener una intensa relación personal con Adolfo, durante su mandato y especialmente después de su salida del poder, lo que ha meritado el privilegio de poder visitarlo aun en la enfermedad, lo que agradezco personalmente a su hijo.

Hay un momento que recuerdo con fuerza emocional: sus palabras que tengo anotadas desde la noche en que las pronunció. Habían transcurrido 11 meses desde que recibiera una llamada de Adolfo, en enero de 1981, anunciándome que iba a dimitir de la presidencia del Gobierno.

Estábamos, pues, en diciembre de 1981, en una grata conversación de sobremesa, cuando le dije: “Adolfo, el día que me anunciaste la dimisión estuviste hermético; hoy, pasado casi un año, ¿podrías decirme cuál fue el impulso que te llevó a aquella decisión?”.

Se estiró en el asiento, quedó unos segundos pensativo, y con voz profunda pero suave dijo: «Al final estaba solo: el partido dividido, un Gobierno inoperante, los poderes fácticos en contra y los canales de diálogo con la oposición cortados. No había otra decisión».

Estaba contemplando la soledad del corredor de fondo, desclasado del grupo y conductor del mismo, venerado y abandonado, líder y nada. Fue el momento en que comprendí que la amistad no es otra cosa que una negociación siempre inconclusa de dos soledades. Le sentí más amigo que nunca.

Asomó una sonrisa en sus labios y dijo: “En lo personal, tengo totalmente superada la erótica del poder, estoy dispuesto a aportar todo lo poco o mucho que de activo político me quede para hacer posible vuestra gobernación del país, como vosotros me habéis ayudado a mí”. Mi reflexión fue: “No ha dejado ni un día de pensar en España”.

Como dijo el poeta Hölderlin: “Algunos hombres se ven obligados a aferrar el relámpago con las manos desnudas”. Así fue Adolfo Suárez.”

Alfonso Guerra  había sido el más cáustico y agresivo de los socialistas y al cabo de los años en una nueva encrucijada de España que tiene como eje crítico el gravísimo trastorno de Cataluña, amonesta certeramente al presidente Pedro Sánchez, porque sabe bien lo trágico que ha sido el enconoso desencuentro en España y teme válidamente que  la Cataluña  pueda resultar un detonante  pavoroso si se sigue una política que debilite  la Constitución y arruine la Corona, porque presiente que terminarían por hablar sus ejércitos reaccionando contra la desintegración del  legendario Estado español.

Recuerdo haber conocido del comentario que hiciera el genial don Miguel de Unamuno acerca  de un libro  muy desafiante que escribiera Manuel Azaña antes del año treinta y seis sobre la posibilidades  revolucionarias y comentó don  Miguel, al saber que el libro había tenido poca demanda: “Hay que tener  cuidado con Azañita, pues es muy capaz de hacer una revolución, con tal de que el libro se venda”.  Y pareció que la muerte se sintió alentada por el comentario y hubo un millón de muertos, y luego décadas de opresión rotunda.

A Danilo Medina y Leonel Fernández les aconsejo leer el libro de Alfonso Guerra, al menos los párrafos que he citado, porque para la conflictividad nuestra son los más pertinentes.

Quiero cerrar estas meditaciones con una sola pregunta:  ¿No les parece a ustedes, amables lectores, noble la recomendación?

Advertisements

El Surco Generoso y mis Meditaciones

El Surco Generoso y mis Meditaciones


Los días entre dos años siempre sirven para la meditación y el pensar profundo; resulta conmovedor sentir cómo al letargo melancólico del fin de año se le puede paliar con el horizonte de esperanzas del nuevo que le sucede.

Me ocurre que cuanto más vivo comprendo mejor el significado de esa confluencia que baña el espíritu porque, si bien luce que el letargo se debe a los tropiezos, percances y frustraciones de lo vivido, rebrota la espiga de la ilusión de que las cosas que han ido mal pueden reconducirse siempre que se aguarde con serenidad lidiar con las incertidumbres del porvenir.

Sé bien que es difícil deponer en tiempos como éstos las agendas grávidas de expectativas, metas de provecho y superaciones individuales, en favor de propósitos encaminados a servir a los demás.

Por ello sigue siendo el desprendimiento la acción más exigente de abnegación, altruismo y grandeza espiritual.  Aquél que logra alcanzarlo como virtud sincera podría aspirar a que, a la larga, se le reconozcan algunos méritos en su sociedad.  Desde luego, sin olvidar que la ingratitud es insomne y no sabe descansar.

En todo caso, servir y luchar por otros es el gesto más bello del ser humano; es cuando habla y manda más fuerte la conciencia que sabe anteponer el bien común como algo muy por encima de las enfermizas conveniencias personales.

Ahora bien, cuando aparecen las obligaciones sagradas de servir a la patria, ya se trata de una dimensión trascendental que es donde nacen y reposan el heroísmo y la proceridad de los elegidos.  Y ésto es otra cosa, aunque siempre se mantiene abierta la invitación a todos sus hijos para trillar esos sublimes senderos.

Y es que la tierra donde se nace y se habrá de morir es la madre de todo el pueblo y ahí es donde reposan las amarguras, el sudor y las lágrimas de tantos que se fueran para siempre, tal como lo hiciera su anónima descendencia, que también luchara por los que viven y permanecen y por aquellos que están aún por venir a compartir suerte, desgracias, júbilos y tristezas, en suma: esa es la patria. 

La que alberga los valores por los que hay que afanar con más denuedo para alcanzar algún día su mayor felicidad y su seguro progreso, bien alejada de todo riesgo de extinción por obra de los oscuros intereses de la codicia, la Geopolítica y la más alta traición.

Preciso es, pues, alentar incesantemente la compasión por los rezagados, excluidos y oprimidos y entender que ésto debe prevalecer en las tareas inmensas de protección y defensa de esta tierra bendita, por la que se debe estar siempre presto para ofrecer todos los sacrificios y asumir los mayores compromisos a fin de engrandecerla bajo la consigna de que no se puede, ni se debe, sobrevivirla.

En mi caso, modesto por cierto, sólo quise emprender los caminos de los deberes  que imponen las luchas tratando de no  levitar en predios vaporosos de envanecimiento; mis huellas siento que están ahí y a veces me permiten regresar, por ellas mismas, desde la ancianidad hasta la juventud recordando sólo lo poco que pude hacer, así como los sacrificios que fueron necesarios al  asumir mis responsabilidades.

Siento así, al comenzar a bajar la colina, la agradable sensación de no haber padecido vanidosos engreimientos, ni vanaglorias;  que todo cuanto hice fue bajo creencias y empeños honrados, sin que me perturbaran los  falsos y fugaces éxitos, ni me abrumaran las que he terminado por llamar “mis amables derrotas”, que, en verdad,  resultaron mis mejores fuentes de enseñanza. 

Todo ese proceso espiritual, claro está, se desarrolla bajo la severa y justa apreciación de la conciencia, que no es sobornable  como juez y mantiene los remordimientos entre sus armas preferidas para el castigo, así como sabe conservar su paz inigualable como premio para el descanso. 

Es tan fascinante como indescriptible la vida cuando se llega a sus confines y la soledad parece que se apropia de la existencia que queda. Encuentro en ella una paz asombrosa y la disfruto como si estuviera en un palco preferente, el de la edad avanzada, esa temida y deprimente etapa para muchos que, por desgracia,  no han contado con  el milagro de la salud y han quedado muy inermes, atrapados  en medio del terrible desamor de los suyos, con frecuencia imperdonable, sin poder hablar, ni escribir para  algún relato de cosas que pudieron vivir; sin que las puedan recordar porque las estranguló una despiadada insignificancia.

Doy  gracias a Dios porque he podido  hacer la travesía favorecido por la conservación de memoria  y palabra, de las cuales entrego cada semana muestras, tanto en mi hora de televisión adorable  de La Respuesta, que me ha acompañado durante más de tres décadas, como en mi nuevo amigo que  es este Blog,  La Pregunta, sin que sean éstas mis últimas armas, sino más bien los lechos de mi conciencia libre de remordimiento.

Naturalmente, sería injusto si callo mi entorno familiar, mi madre, la esposa, los hijos, los nietos y sobre todo la buena tierra de mi Estancia  María Virgen, que es el cofre inmenso de los recuerdos de infancia  y de la evocaciones de mis mayores  nacidos en ella por generaciones. 

Creo que todo eso está en la base  de mi agradable retraimiento.  Es lo me sirve  como hábitat; algo que me ha permitido cambiar sin trauma el tórrido estrado penal de mis pasiones por el surco generoso, por el que escribo hoy esta entrega de La Pregunta.

En estos días me quedé hasta la prima noche  viendo sembrar  un maíz dulce a un grupo de trabajadores de la Estancia.  ¿Por qué hacerlo hasta tan tarde, sábado y en día de reyes, podrían  ustedes preguntarse?

Lo imponía así el requerimiento técnico de la siembra de las plantitas traídas desde Moca, para ser más exacto, desde la Estancia Nueva, la otra cuna donde mecieran a mis mayores originarios.

Los consejos y la dirección de amigos generosos me llevaron a intentar la sofisticada experiencia de sembrar una  variedad  de maíz, sorprendentemente delicada, y fue mi complacencia comprobar que sin la mística solidaria de los trabajadores no hubiese sido posible vivir tan plenamente la experiencia. 

Me conmovió oir cuando uno de ellos, muy risueño, me dijo: “Quédese con nosotros y no se apure que hoy sembramos lo que haya que sembrar.” Y agregó:  “Le pedí a la casa una silla para usted y así  se queda entre nosotros hasta que terminemos la tarea,”. 

¡Cuánto he agradecido la oportunidad de ver hasta el anochecer a trabajadores dominicanos, muy jóvenes  y fuertes, doblados sobre la tierra  con el alegre ánimo de quienes con mucha fe   trabajaban como si fueran a levantar un templo! 

Me fui hundiendo  en mis recuerdos de infancia y alcanzaba a ver a lo lejos el noble robledal que me viera crecer y  llegué hasta las lagrimas, que sólo las confieso hoy por lo aleccionadora que resultaba esa prueba, tan útil  para el ánimo decaído de la patria  a la que se ha querido deprimir y convencer de que ya no tiene hijos para trabajar su buena tierra.  Eso que vi y sentí terminó por renovarme bríos inverosímiles.

Pensé, además, en algo que me había ocurrido en días recientes  camino de las Cuevas de Cevicos, donde me reuniría con un grupo de nuevos miembros de la F N P, dentro del proceso de reorganización que impulsan sus jóvenes dirigentes. 

Tuve que tomar el camino de Las Guáranas y, al pasar, uno de mis acompañantes pareció ver en mí una actitud  extraña, un tanto melancólica, y se interesó en mi silencio repentino cuando me dijo:  “¿Qué le parece este  nuevo distrito municipal de Las Guáranas, tan bonito?”  Le respondí que no podía imaginarse lo que yo sentía.

En efecto, le di una explicación brotada del hondón de mis recuerdos y le indiqué que en el año setenta y dos del siglo pasado todo ese entorno era de sabanas, pajonales y precarios potreros, cuando vine a  dirigir las  audiencias populares de la aplicación de las Leyes Agrarias, porque existían graves complicaciones relativas a la cuota-parte debida con motivo de la construcción del canal lateral Las Guáranas y ésto se complicaba con exigencias de aplicación de la Ley de Latifundio; todo muy hibridado y revuelto, por lo que ahora, cuarenta y cinco años después, al encontrarme con ésto del nuevo distrito municipal, me hace sentir una experiencia espiritual inigualable.

Me asaltó la convicción de que los esfuerzos legales por la justicia social no habían sido baldíos.

Ya me había ocurrido, hace apenas diez años, otra experiencia parecida cuando la organización nacional de parceleros me invitó a recibir una placa de reconocimiento por lo que ellos entendían fueran mis méritos en la ya remota tarea de aplicación de las leyes agrarias de aquel valeroso programa de reforma del régimen de tenencia de tierras, que fuera obra de un brillante estadista: Joaquín Balaguer.

En efecto, asentí a la invitación y lo más emocionante que  encontré no fue la entrega de la placa de reconocimiento, ni las palabras de un  legendario dirigente campesino nuestro, cuyo nombre es  justo traerlo al recuerdo, Polín Germosén.  Lo  que verdaderamente me conmovió fue ir conociendo  una impresionante cantidad de jóvenes profesionales de ambos sexos, que habían preparado el hermoso agasajo en el Club de Ranchito, junto al legendario Río Camú.

La presencia de delegaciones de parceleros de todo el país,  y muy especialmente de decenas de sus descendientes, me conmovió hondamente, pues  me reencontré con muchos de aquellos que fueran admirables compañeros y auxiliares en el apoyo durante los cruciales esfuerzos por darles la dignidad de las parcelas  y hacerlos ciudadanos económicos, no claque electoral desdichada.

En fin, la confluencia de esos recuerdos me ha hecho feliz al experimentar todo ésto en el tiempo mejor de la vida, que es en el que me encuentro. 

Por eso relato, conmovido, esas tres experiencias: la siembra del maíz dulce por manos jóvenes dominicanas; la prosperidad  creada por el trabajo de tantos que no conozco, hoy, pero que convirtieran aquellos eriales y pajonales en verdes y doradas parcelas y el encuentro con la pléyade de jóvenes profesionales,  hijos  e hijas de los empobrecidos peones que fueran dignificados con el acceso a la propiedad de la tierra en las grandes luchas por hacer cumplir sus leyes. 

Recordaba cómo ellos para manifestar su cambio progresivo evidente, nos comenzaban a decir: “Ya somos otros, pues podemos llamar a un médico de noche si enferman los niños”.  Me resultaba hondamente reconfortante conocer a muchos de éstos, hechos ya médicos.

Pensar y recordar cuánto arriesgué para  contribuir a que esos sueños se cumplieran, así como poder, medio siglo después, ver y palpar aquello, me resultó algo muy entrañable.  Sobre todo, por mi sano asombro y por sentir que cuanto pude hacer dentro del programa agrario tenía algo que ver con el progreso y la felicidad de esa franja noble de nuestro pueblo.

Y sentí la satisfacción mayor al convencerme de que había obrado bien y que es muy grato entender que hubo desprendimiento y abnegación de otros tantos que, como yo, asumieron tareas tan sensitivas.  Que permanezcan anónimas es quizás lo que mayor valor le atribuye, pues lo que verdaderamente te enaltece y te hace merecedor del reposo de tu conciencia es comprobar que cumpliste tus deberes y que éstos no fueron estériles.

Pero bien, no he terminado todavía.  Al regreso de aquellos viajes de mis recuerdos, caminando sobre mis propias huellas, me invadió un temor del presente. 

He sabido  del júbilo  del Presidente de la República cuando asiste a las emocionantes entregas de títulos de propiedad a parceleros.  Y no dudo de la buena fe que  le inspira al hacer justicia social de tal modo, pero, me temo que no está advirtiendo el error que se comete cuando se entrega el título a ese héroe del trabajo que es el parcelero, sin antes tomar las previsiones de examinar cómo ha evolucionado la familia; sin saber cuántos y cuáles de los hijos se decidieron a proseguir sobre la tierra.  Haciendo tradición.

Ésto, porque la buena nueva, de innegable provecho, de que esos hijos hayan acudido a las pródigas universidades para hacerse de profesiones liberales diversísimas, en el fondo no es tan buena noticia, dado que el predio donde nacieran, el que diera los frutos para hacer posible su formación, quedará  expuesto a ser transferido o devorado por la precariedad del desfallecimiento del cabeza de familia, que ha agotado todas las jornadas, para ir a parar en manos de la usura, cuando no del dinero ilícito, con todas las implicaciones que ésto conlleva.

Me he recordado muy bien de mis conversaciones con el presidente Balaguer sobre el tema, pues yo sostenía con vehemencia que  la dignificación sólo se lograría por la titularidad de la tierra y el presidente me observaba con mucha sabiduría lo peligroso  que podría resultar una contra-reforma por vía de la recirculación  de la propiedad.

Él tenía una preocupación permanente por las dificultades y limitaciones del parcelero para poder  lidiar  con obligaciones y compromisos complejos, con los cuales no tenía  familiaridad al carecer de aptitud  para los negocios inherentes de la comercialización.  Por eso me indicaba que en sus Leyes había introducido cierto estatuto restrictivo y condicionante para las transferencias, por ser éstas tan arriesgadas que vinieran a comprometer la eficacia profunda del programa.

El sabio presidente creía más en las cooperativas, es decir, en el colectivo, aunque después fue cediendo y reconociendo que ahí tendría también las dificultades de indefensión el precario peón,  tomado en cuenta de repente por su Estado para incorporarlo a la condición de ciudadano económico, parte directa y sensible en la producción nacional.

Es bueno retener, finalmente, que entonces no se podía suponer siquiera cuanto habría de llegar luego como peligros sociales catastróficos teniendo al crimen de la droga como líder, en capacidad de malear  las prácticas de labranza y, lo que todavía resulta más delicado, la presencia masiva de extranjeros, ya no tanto como jornaleros, sino como titulares de la tierra.

Mi estado espiritual, según se advierte, en esa coyuntura de entre años, me sirvió para una gimnasia de la memoria, aunque sólo con las vivencias social-agrarias, pues las otras de mis trabajos  profesionales y de la propia participación en política, resultan infinitas.

El surco generoso ha vencido en mi interés y afortunadamente me hace sentir todavía útil para hacer lo más que pueda en las postrimerías de mi vida en favor y provecho del progreso de la mejor gente nuestra.  El campesino, que vence todas las fatigas, que todavía permanece cercano a la descripción que yo hiciera en uno de mis versos, donde lo aludía como “piragua al garete, en la hidropesía que le da la muerte, siempre cercado por penurias fuertes.”

El hecho es no cejar en los empeños por su redención y creo que todavía lo hago en su favor con esta entrega de La Pregunta. ¿No les parece?

¿Renuncio o persisto en mis demandas de unidad nacional?

¿Renuncio o persisto en mis demandas de unidad nacional?

          

Apenas a horas de llegar el Año 19, me abrumaba el pesar; es tal su carga de enigmas que el otro, moribundo, se empezaba a olvidar, como si se simplificaran sus tribulaciones que fueran tan presagiosas. 

No creo recordar un paso de un año a otro tan singular y ésto se relaciona con el hecho de que los peligros de la patria se han venido condensando, recreciéndose más bien, y al obrar sobre la conciencia nacional, ésta despierta convicciones rotundas muy generalizadas  e inequívocas de que ha llegado la hora de  grandes definiciones.

“To be or not to be, that is the cuestión”; el inmortal dilema del Hamlet, lo tenemos presente; ser libres o no ser libres, que es lo que a nosotros nos obliga a comportarnos según lo concibieran los gloriosos sueños fundacionales que parecieron amenazar con perderse en la inmensidad de un mar de ingratitudes y traiciones. 

Es como si las urgencias sagradas de servir se desplegaran en un nebuloso campo de batalla donde no cuentan ya los años, ni los meses, ni los días, y tan sólo se espera la hora en ese tiempo para entrar en ella, bajo el convencimiento de no habría desdicha mayor que la de perder algo que no se puede perder y menos sobrevivir: LA PATRIA.

Para mí resultan muy mordientes esas consideraciones porque tengo que sofrenar y poner de lado la ira que me asalta con tan solo pensar en los esfuerzos que he hecho en favor de una unidad nacional cerrada y fuerte entre nosotros, algo que nos permitiera blindarnos ante los males agresivos que nos imponían los poderes de la tierra, favorecidos por una traición más audaz que la de Troya.

Confieso mis íntimas dificultades para contener y desechar ese sentimiento, tan enemigo de la razón, que es la ira; pero, debo sobreponerme para seguir animando la lucha inevitable que nos llama a rebato desde los campanarios de nuestro honor de pueblo, que tan silenciosos permanecían. 

El hecho es que, aún así, no agoto mi reclamo a los líderes mayores de la República para que rectifiquen el rumbo de sus desencuentros, sin dejar de advertirles que lo que viene como conflicto terminal puede pulverizarles su importancia innegable.

Ciertamente todavía conservan poder de atracción sobre masas notables, pero serían éstas las mismas que en un instante serían capaces de desconocerles y derivar hacia canteras de indescifrables energías para la defensa de esa causa que, “por desesperada que sea, siempre será la causa del honor”, según lo enseñara el ideal más alto de patria que fuera Duarte.

Ahora bien, si me detuviera en esa descripción de mi estado de ánimo al arribar el nuevo año, eso quizás podría ser una especie de brindis al sol, un tanto melancólico, un rapto depresivo de alguien que ya cumple, o está por cumplir, su tiempo de vida y se aflige ante lo que cree ver como el final de su nación.

Sin embargo, tal no es el caso, pues lo que procuro es identificar, con renovada certeza, todo cuanto se nos ha venido encima y demandar sacrificios para enfrentarlo con la mayor firmeza.

Cuando lo hago, comienzo a traer mis iniciativas de alerta, desgraciadamente desoídas, a fin de someter a la consideración de cuantos me lean la calidad de mis móviles, esencialmente en las ocasiones en que me dirigiera a las expresiones más netas del liderato político en los últimos veinte años. 

Preciso se hará, al examinar estas pruebas que someto, atender a las fechas en que se manifestara el interés de hacerlo.  Es por ello que seleccionaré sólo algunos párrafos de mis cartas de advertencia, redactadas bajo un solo y mismo texto para que no pudiera la intriga infamar diciéndole acaso a uno de sus destinatarios que al otro no se le escribía en los mismos términos.

Veamos el primer ejemplo, quizás el más convincente, por haberse enviado la comunicación en la transición, es decir, cuando se había alcanzado la victoria electoral del año dos mil doce, y había buenos signos de que se habían superado las desavenencias de seis años atrás que alejaran severamente a esos dos líderes nacionales.

En efecto, de la carta de fecha 15 de junio del año 2012 extraigo estos párrafos que, aunque se explican por sí mismos, podrían merecer alguna explicación que mejore la visión de contexto:

“… Esta carta de texto único está dirigida a dos amigos con el propósito, también único, de hacerles una advertencia que puede resultar solemne porque se refiere a los peligros que merodean la marcha del progreso nacional y la felicidad de nuestra amada patria. 

Ustedes, amigos, tienen la misión fundamental de servir a su pueblo.  Lo han venido haciendo en tiempo y circunstancias disímiles, pero indivisibles, pues ha sido desde la atalaya del partido de Juan Bosch que se han propuesto para gobernarle: uno, que lo ha hecho de forma brillante durante tres períodos, y, otro, que acaba de ser investido con la responsabilidad de hacerlo bajo mandato popular de niveles muy altos, en una clara muestra de fe del pueblo, que ha sostenido  y preservado su sensitivo encargo por encima, y más allá, de situaciones difíciles que fueran sabiamente superadas.

Pero bien, es ahora cuando comienza el largo y más exigente trecho de seguir haciéndolo en un tremedal ominoso de crisis, a todas las escalas, que habrá de requerir una cohesión sagrada en el mando público, una dedicación leal y limpia de sus hombres esenciales que tienen como obligación ineludible desarrollar la fraternidad en los términos más puros que se puedan concebir.

Creo mi deber, pues, expresarles mis apreciaciones, que no son aprehensivas, acerca de esta etapa a punto de iniciarse.

¿Me aprobarían ustedes, mis queridos amigos, que lo hiciera por medio de un ejemplo de nuestra historia, que me tocara aprender en la adolescencia misma, oyendo la voz más insospechable de malicia y de pasiones del abuelo?

Lo haré así, en la esperanza de que pueda llegar más lejos esa vivencia de mi ayer que mis palabras de hoy hasta el convencimiento de ustedes, en cuanto a que ambos, juntos, sólo juntos, resultan cruciales para la suerte nacional en todos los órdenes.

La vivencia de la adolescencia, desde luego, fue corroborada después por el conocimiento y el aprendizaje de la historia y esto me anima a enarbolarla como una experiencia nada despreciable.

Ramón Cáceres Vásquez y Horacio Vásquez Lajara, hijos de hermanos entrañables, en las postrimerías del siglo XIX participaron en una hazaña liberadora y fueron decisivos en su empeño de gran aliento por la libertad.

Fue un tiempo aquel en el cual ellos propiamente constituían un solo ser.  Lo entendieron y practicaron, casi como una religión, porque estuvieron conscientes de que sólo su unidad monolítica podría lidiar con las circunstancias azarosas que sobrevinieran al magnicidio.  En efecto, cedieron donde tuvieron que ceder y estuvieron presentes donde tuvieron que estar durante los tres años subsiguientes a la gesta.

Sin embargo, Horacio y Mon, la unidad dialéctica vital del país, fueron minados y separados en forma lenta e insidiosa por la intriga política y por ese laborantismo sórdido de las apetencias y de las ventajas de sectores que resultaron capaces de destruir aquella unidad, cuya pérdida se pudo traducir ulteriormente en manifestaciones de rencorosos desencuentros, al grado patético de que, cuando Cáceres ya preconizaba a viva voz que a las elecciones del ’12 tendrían que acudir hombres de mayor cultura y más experimentados, después de una gestión de gobierno brillante y constructiva, el otro, que era un ser humano esencialmente bueno y generoso, fue incapaz de contener el lúgubre propósito que manifestara uno de sus áulicos, en visita que se le hiciera al exilio, de llegar hasta los términos del asesinato, propósito éste frente al cual Vásquez guardó un trágico silencio.

Mi abuelo, primo hermano de los dos, compañero de armas y de exilio en Cuba, ya caído Vásquez en el ’30 y durante los tiempos de opresión de la tiranía que se iniciaba, no dejó nunca de lamentar en la familia lo que él entendía que había sido una fatalidad para la República: la separación entre los primos Mon y Horacio.

Hablaba con tristeza y explicaba los detalles de la urdimbre y señalaba que habían sembrado cizaña de todo tipo para asegurar el alejamiento, que luego resultara una causa puntual del hundimiento de la República:  primero, por las  guerras interminables que subsiguieron al asesinato de Cáceres; y luego, la primera intervención militar extranjera,  hasta que, finalmente, un Horacio vetusto, enfermo, confundido por las camarillas, cometiera el extravío de la prolongación del período presidencial, algo que resultó umbral de una espantosa etapa de opresión de cerca de un tercio de siglo.

Ustedes, amigos, no son hombres de guerra como aquellos, ni son las circunstancias de la nación las mismas, pero, las intrigas, las disimulaciones y los socavamientos incesantes y peligrosos que se suscitan en el ámbito donde obra la participación de ambos, siguen siendo idénticas y por ello hay la necesidad de prevenirlas y el único modo de hacerlo es trabajar en su contra, buscando animarles a ustedes a mantener una relación permanente, fluida, respetuosa, que blinde esta nueva unidad dialéctica indispensable, constituida por dos hombres jóvenes dotados de atributos y virtudes innegables, que pueden impulsar de conjunto el país.  Uno, gobernando con total independencia, como es lo saludable; y el otro brindando una permanente asistencia de su apoyo, su comprensión y de su interés de que las cosas marchen cada vez más hacia mejor, como Dios manda.

No consentir jamás el agrietamiento de la amistad es la clave; estar siempre en guardia frente a las corrosiones murmuradoras de individuos y sectores; atender, incluso, con severo esmero la propia línea de conducta de los más allegados de las familias respectivas que, por desgracia, y así lo confirma mi vivencia (aunque no debo revelarles detalles por una sensible prudencia), es uno de los medios que se utilizan para separar a los hombres decisivos de poder. …

… ¿Cuál puede ser la resistencia máxima del país?  La clarividencia de sus dos hombres públicos fundamentales de hoy: el Presidente que ha sido y el Presidente que está por asumir.

De la armonía impenetrable y sabia que ustedes logren establecer y sostener, dependerá el porvenir de nuestro pueblo que, de otro modo, quedará expuesto al caos, la inestabilidad, el desorden o a cualquiera otra aventura aciaga de poderes anómalos.

Tal es el barranco que se abriría si lograren los turbios intereses del provecho repugnante de sujetos y sectores dañar la buena y leal amistad entre dos hijos valiosos de nuestra tierra. …”

Otra carta, ésta del 20 de mayo del año 2014, contiene estos párrafos:

“Durante las últimas semanas he estado cavilando acerca de los trastornos posibles de la necesaria cohesión del Partido de la Liberación Dominicana, (PLD), tanto en sus cuadros intermedios, como en sus bases.  Huelga referirles mi aprehensión, además, sobre las ya claras tensiones que se van esparciendo en ocasión de la experiencia de precandidaturas.

Mi percepción sigue siendo de la que el país, nuestro pueblo, no puede ser expuesto a una experiencia de nocivos desencuentros en el seno de una organización política que ha sido eje-rector de un bloque de poder que está por agotar un cuarto período de gobierno.  …

… Todo lo expuesto entonces refuerza mi convencimiento de hoy de que el país necesita desesperadamente que ustedes conserven una unidad invencible, que le permita confiar en que de la deliberación contínua y sana que llevaren a cabo, surgirán los derroteros únicos que debemos de recorrer en el mediato futuro. …

… Ahí no caben ensayos ni experimentos.  Lo más pertinente es que el país haga uso y cuente con sus activos políticos mejor dotados, ya probados; precisamente para evitar que, fruto de una fragmentación de la unidad interna de la organización política eje, se cuelen nuevas aventuras, tal como ocurriera en el aciago año 2000.         

He pensado, en resumen, que deben ustedes dos sistematizar sus encuentros y compartir incesantemente sus preocupaciones y proyectos, pues, por encima del ventajismo de las intrigas colaterales y de toda esa escoria de ambiciones que suelen constelar los lideratos, está la agenda país  como imperativo dominante. …”

Decidí escribir en aquellos  momentos y a los pocos que supieron de ello les pareció extraño que lo hiciera, pues las cosas se asumían como  muy normales dado el júbilo del éxito electoral y  nada hacía sospechar que hubiera algún retroceso en la amistad restablecida,  en apariencia. 

Yo tenía, en cambio, cierto sobresalto, dominado por lo que enseña el elemento histórico.  No en vano había hecho alusión directa cuando le transmitía a los líderes lo que aprendí del abuelo, que era equidistante en la lealtad afectiva entre los primos hermanos que fueran dos presidentes legendarios de la República, Cáceres y Vásquez. Hijos los tres de hermanos muy unidos.

Desde luego, me había cuidado de no enseñarle a ninguna otra persona el contenido del texto de la carta del 12 de junio de 2012; mis amigos y mis propios hijos supieron que yo les había escrito a Leonel y a Danilo, pero no lo que les decía acerca del valor de la unidad nacional y de lo vital que resultaba que ellos encabezaran el ejemplo. 

Sabía, claro está, del nefasto papel de los grupos de amiguetes, de las camarillas y de lo difícil que se hacía siempre incorporarlos al servicio de la concordia y la armonía.

Del abuelo también aprendí cómo se las ingenian para predominar las rencorosas aversiones de los afluentes y tributarios de ese temible y turbio río que es el poder político. 

Pero bien, ya está el Año 19 vigente.   En realidad, su carga de enigmas es el resultado de la acumulación de hechos  tan  netos, como descalabro, que se fueron abriendo brechas para  dejar de  entrever solamente sus magnitudes peligrosas, y pasar al  convencimiento de que no  había fantasía  en su señalamiento, pues  iban más lejos de ser signos presagiosos.

El primer intento de explicación de mis sospechas en cuanto a que las cosas podrían complicarse surgió de algo que mis hijos cometieron el error de no decírmelo cuando ocurriera, sino mucho después de haberse firmado el Pacto de Alianza entre  el Partido  de  la Liberación y nosotros, en su versión de cuarta generación, para su firma.  

Se llevó a cabo el ceremonial en la Escuela de Formación Política Presidente Ramón Cáceres y todo resultó agradable; pareció una experiencia confirmatoria de que entre los líderes, el presidente de la República y el candidato de entonces, existía una sólida estructura de afecto y confianza que sobreaseguraba la unidad nacional. 

Los discursos fueron emocionados y sugerentes de una buena sintonía.   ¿Cuál fue mi primera sorpresa, días después?  Mis hijos me relataron el peligro en que había estado el Pacto de Alianza; me explicaron que habían recibido una Minuta para que fuera aprobada por nosotros y que, sólo por acaso, fue reexaminada por uno de ellos, el menos político y más abogado, que se asombró del contenido del borrador de Pacto y dijo: “Es necesario reformarlo y ésto no se le puede enseñar al viejo”.  Se refería a mí.

En efecto, el Pacto de Alianza se reformuló sustituyendo todas las admisiones deshonrosas que se pretendía someter al propio Presidente para que fuera firmado por él a propuesta nuestra. 

Era inconcebible que se le diera curso a esa ofensa primaria y demoledora de la unidad y que el presidente Leonel Fernández no resultare ofendido con tan indecente propuesta en la que se pretendía una admisión catastrófica de que en sus gobiernos se habían cometido crímenes económicos múltiples  y graves, pues de haber ocurrido así hubiera resultado una  confesión de culpabilidad, que habría sido suficiente para arrestarle tan pronto quedare  investido el nuevo presidente.

En verdad, quiero ser justo, tan pronto se le hizo saber al candidato nuestra negativa a admitir  tales  confesiones  de los crímenes y delitos supuestos de aquellos tres períodos  de gobierno, según se me explicó, reaccionó favorablemente a que fuera reformulado considerando inadmisible la Minuta-Propuesta. 

Yo no tenía la más remota información de que ese impasse se había producido y pienso que mis hijos salvaron el Pacto de Alianza al no ponerme al día sobre aquella felonía atroz. 

Pero era un tiempo en que tampoco yo conocía el entorno de sombras que podía haber detrás del candidato; es más, al director esencial de emboscadas de aquella etapa, que resultó ser hoy una versión de Primer Ministro, yo lo vine a conocer después de la victoria electoral en una cena de hotel, cuando le pregunté en la mesa a alguien si ese señor era un corresponsal de alguna agencia de prensa extranjera.

Como siempre ocurre, el tiempo se encargó de ir desnudando las cosas y, ya siendo gobierno, al cual yo pertenecía, me encontré con que el arquitecto de aquella minuta, al parecer, tenía una especie de obsesión en establecer que entre Leonel Fernández y Danilo Medina habría una diferencia tan profunda en sus gobiernos, que se podría hablar con toda propiedad de “un antes y un después”.  Un antes de niebla y un después de transparencia.

Me pude dar cuenta paulatinamente de que había peligros de jungla y que la sinceridad, como la lealtad, pasarían a ser moneda de curso corriente.  Y lo que resultaba más chocante era que se invocaba, a veces, con mucha firmeza y aparente entusiasmo la memoria de Juan Bosch, como si se estuviera por hacer un esfuerzo para restablecer el prestigio perdido de su partido en aquellas pruebas de tres períodos presidenciales.

Todo quedaba de tal modo que el joven aquél al que había definido Juan Bosch como “una mina de oro” en el año ’95, no pasaba de ser un indolente rufián.

En fin, unas tramas sensacionalmente siniestras que luego las pude apreciar, ya como gobierno, de parte de la decisiva influencia de lo que he llamado “el injerto”. 

Fue así donde comencé a dudar crecientemente de la reconciliación entre los líderes como algo duradero y luego se sumaron otros episodios que me fueron aumentando la desconfianza, hasta convertirla en repugnancia.    Entonces, en fecha 26 de diciembre de 2013, volví a escribirles a los líderes con expresiones como éstas:

“… Lo hago de este modo porque el contenido de la carta dirigida a él creo que es de vivo interés y de una muy sensible significación para usted, como Jefe del Estado, cabeza de la nación, circunstancias éstas que me han llevado a trabajar con modestia y sinceridad de animarles y estimularles a esfuerzos conjuntos y a iniciativas de gran unidad nacional que nos puedan preservar de daños inminentes, de dimensiones catastróficas. …”

En todo caso, les ruego que observen con cuidado las distintas fechas de remisión de esas cartas, más bien de algunos de sus párrafos esenciales, porque sólo así se salva de sospecha de oportunismo mi empeño de contribuir al fortalecimiento de la unidad nacional en el presente, precisamente en ese crucial y decisivo nivel del liderato. 

Pero, el tiempo, repito, en su incesante exhibición de pruebas nuevas, trajo al ambiente nacional una muestra horrible de persecución contra el expresidente Fernández, decididamente organizada, impulsada y tolerada desde los círculos más altos de poder, aunque revestida con un engañoso apoyo del poder extranjero que encabezaba entonces la conspiración contra la República. 

La nación fue testigo de la maniobra política más repugnante que se haya podido producir en todos los tiempos de la política nacional buscando invalidar a un potente candidato del propio partido.

Y no quiero significar con ello que fuera obra urdida por el líder presidente, pero sí creo que incurrió en algo de muchos modos peor: lo consintió, estando de por medio la disputa por la candidatura presidencial y nada impedía entender que las bajezas obraban en su favor, por lo que pienso que jamás debió consentirlas, porque el odio que se podría generar vendría a convertirse en un foso ominoso, al parecer insalvable. 

Los grupos que fraguaran la maldad mafiosa de pretender matar moralmente a un hombre que ha sido tres veces presidente, han terminado por empavorecerse y cuando se acerca la hora de salir del poder los asaltan las temibles tentaciones de evitar que aquél que fuera su víctima pueda volver, cosa ésta que se hace obvia aceleradamente. Y todo ello resulta un cáncer pancreático para el porvenir de la República.

Sé bien que la maldad es la práctica que más temores y pavores engendra y que cuando esos desquiciamientos remordidos están en posiciones de poder y mando, pueden convertirse en los peores riesgos del pueblo. 

Es posible que se puedan reproducir maniobras nuevas, de todo género, y que puedan llegar al colmo de preferir un caos que les permita intentar evadirse de sus responsabilidades, cuando ya aquél lóbrego sueño de “un antes y un después” ha desaparecido, penosamente.    

El año ’15, no es ocioso recordarlo, no es el ’19.  Y por eso cito a Bergson, a quien desde muy joven seguí en mi formación profesional.  Veamos: 

“Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento continuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

Ojalá ésto sirva como nueva advertencia; es lo que me propongo en este año ‘19 tan cargado de enigmas, según dije, desde el principio de esta Pregunta.

Así las cosas, cabe preguntarse: ¿Renuncio o persisto en el propósito de unidad nacional, que en cierto modo me ha obsesionado?

Si atendiera a los rencores y estrafalarios desquites de la política habitual, renunciaría; en cambio, si pienso en la República, debo persistir en demandarla, porque ella está muy por encima de las roñas y bajezas de los odios interpersonales.

En suma, los dos líderes visibles y de mayor nivel tienen el deber de confluir porque han sido los beneficiarios de cinco mandatos presidenciales y ellos mejor que nadie pueden enmendar y corregir los rumbos brumosos del desastre y proteger así a su atormentado mandante que es el pueblo.

Predicciones desoídas y hechos cumplidos

Predicciones desoídas y hechos cumplidos

Todavía están dispersos mis continuos esfuerzos por advertir al pueblo de los peligros y riesgos que corría, particularmente acentuados en los últimos tiempos.

Hablé largamente sobre la seguridad pública que terminaría por perderse, con sus efectos demoledores en la seguridad individual; traté, asimismo, de los efectos terribles de la corrupción administrativa, pública y privada. Incluso, participé en procesos que fueron inútiles y frustrantes, pues luego de dos mil horas de juicios televisados la experiencia fue sepultada en alzada con una carta presidencial de dos párrafos.

Abogué por la alarma necesaria cuando se oían ya las pisadas del animal grande que es el Crimen Organizado y el Narcotráfico con sus secuelas terribles de la adicción al consumo. Sobre todo, fui insomne y persistente en sostener que toda aquella descomposición nos iría degradando hasta hacernos fácil presa del descrédito mundial y que éste sería utilizado por la Geopolítica para despojarnos de nuestra independencia, y con ésto de todos los atributos de soberanía y autodeterminación, borrándonos del mapa de los Estados-Naciones del mundo.

Llegó a parecer mi insistencia como algo necio, brotado de una mente tórrida, apasionada y agresiva, que tan sólo imaginaba esos fantasmas como una herramienta de la lucha política donde terciaba. Se me acusó de hacer las veces de un enfebrecido Catilina, enemigo del sosiego público.

Y pareció durante un largo tiempo que la razón estaba del lado de quienes me increpaban como un “fabulador”, un “orfebre del denuesto”, capaz de “ensañarse” con todos aquellos que lo adversaran.

Fue tanto así, que hasta mi santa madre se angustió antes de morir y ya en agonía me preguntó: “Dime hijo, y si todas esas cosas que tú crees no resultan así, ¿cómo te harás en el futuro?”

A ella le respondí: “Madre, no se preocupe, que muchos de ellos que me persiguen, no lo harán bien ni por error, y los hechos me darán la razón.”

Consecuente con el epitafio que le dedicara en su sepulcro, que reza: “Ahora tu recuerdo es la luz”, en la navidad pasada medité hondamente y llegué muy lejos por los senderos de mi conciencia y he quedado preparado para decirle a esa Madre indeleble: “He cumplido, Madre, y me han defendido los hechos, como te dije.”

Y lo anterior no es una forma de divagar, sino más bien un modo de poder emplazarme para cuanto llegue a escribir bajo el título de hoy “Predicciones Desoídas y Hechos Cumplidos.” Claro está, que necesitaré otras entregas más de La Pregunta para hacerlo, en los momentos apropiados.

¿Cómo lo emprenderé? Pienso que una manera de intentarlo sería la más convencional, es decir, editar una veintena de Conferencias y algunos discursos pronunciados en lugares bien diversos, nacionales y extranjeros, porque ahí está contenida una gran parte del empeño. Así se hará, eso pienso, si me alcanza el tiempo o mis descendientes cumplen con el encargo de hacerlo.

Afortunadamente este blog La Pregunta me ha resultado un medio fascinante para ir anticipando esas cosas, sobremanera, porque si bien debo fijar y precisar las predicciones desoídas, será aún más necesario correlacionarlas con el presente de los hechos consumados, en razón de que es ahora cuando los peligros y riesgos han dejado de ser posibles para convertirse en temibles realidades con las cuales habrá que lidiar como nunca antes lo hemos hecho dado que está de por medio nuestra independencia y la propia supervivencia como Estado, ya en trance de colapsar para siempre.

Fue obedeciendo a esas meditaciones que escribí la última Pregunta del pasado año dedicándola intensamente a sobreasegurar mi condición de testigo de excepción de cuanto ha ocurrido y prometer ser militante seguro de las luchas por librar, desde luego, en el tiempo que me pueda quedar de vida y bajo la determinación de cumplir mis deberes hasta el último hálito y, como se dice popularmente, “con las botas puestas”.

Pienso que, quizás como testigo resulte más sólido, pero que al enfrentar los peligros y riesgos, ya muy presentes, como militante de la defensa de la causa nacional, in extremis, creo que serán los jóvenes quienes tendrán que aportar el arrojo suficiente para encarnarla.

El fuego de mis palabras de antes, en la tribuna como en la pluma, ya sólo sería posible apreciarlo como un recuerdo agradecido, talvez con algún remordimiento. En cambio, las luchas por venir demandan y esperan las apasionadas determinaciones del compromiso que para mí, naturalmente, me podría resultar de difícil cumplimiento por el paso del tiempo en su marcha incesante hacia los lares comunes de lo desconocido.

Veamos cómo puedo hacer lo que me toca. En primer lugar, reclamar en términos serenos, pero enérgicos, la unidad nacional más plena; que no nos separen consideraciones ideológicas ni prejuicios de todo género.

En segundo lugar, ir describiendo mis advertencias pertinaces que giraron alrededor de tres ejes, como dijera anteriormente: la seguridad pública que se perdería, el tráfico grueso de drogas que se implantaría con sus dos rabos de fuego, el lavado de capitales y la desgarradora adicción al consumo, y la corrupción multisectorial que serviría de contexto y caldo de cultivo para una nueva y desgraciada experiencia de otro “Derrumbe” nacional.

Todo aquello planteado durante largo más de veinte años no dejaba de ser una temeridad como pronóstico, sobre todo, porque se proponía como un proceso de disolución previo y necesario para poder adelantar el mayor y más letal de los peligros: la pérdida de la independencia y la eventual conversión de hacernos parte de un extenso puerto libre para albergar todos los vicios y degeneraciones que pudieran sobrevenir de la fusión con el Estado Nación más pobre y desdichado del mundo.

Así, pues, en la amable soledad del fin de año me sentí animado a pensar sobre esos aspectos de la vida nacional, tan delicados e importantes, en los cuales supe ser actor o testigo cercano y, como expresé, la vida prolongada que me ha traído al escenario penoso de ver cumplirse tan fatales pronósticos.

No en vano desde la antigüedad personajes como Cicerón y Catón trataban la cuestión de la ancianidad, dándole a ésta una connotación interesante, que para algunos pueblos de hoy sigue siendo muy respetable.

Entre nosotros, en presencia de la ancianidad, se expresa muchas veces una forma que no deja de tener sabiduría, aunque parezca picaresca, cuando se felicita con motivo de un nuevo año a alguien y se debe cambiar el más por el menos, y se dice: “Le felicito por un año más de vida”, pensando el festejado, quizás, que el buen deseo calló la otra expresión “un año menos”.

Y es que la edad que apaga e ilumina es una fase muy interesante de la vida; la estoy pasando y siento que es cuando puedo testificar con mayor certeza y sinceridad acerca de cuanto ocurre, porque conocí de lo acaecido en otro tiempo y éste puede ser un referente muy útil, siempre que se conserve la salud mental, así como que la memoria no haya declinado en forma anómala hacia la merma, o que se esté confundido por falsas percepciones originarias acerca de ese pasado referido.

Cuando se conserva la capacidad de revisar, reajustar y se tiene el valor moral del reconocimiento de errores, aunque sea en la intimidad de la conciencia, se será más apto para alejarse de las turbulencias de las emociones pasionales que forman pareja con los bríos de la juventud.

Es en ese proceso de cambio paulatino donde se apersonan todas esas modalidades del buen juicio reconocido como respetable, que se reputa como la experiencia. La reflexión es entonces cuando reclama mejor su espacio y el consejo se torna más confiable.

Desde luego, no estoy convocando con estas meditaciones, ni remotamente, la idea de infalibilidad, ni de superioridad en el parecer o el vaticinio, pues el error, como la malicia, son maleantes contumaces que perduran y son muy innatos de la condición humana.

Lo que sostengo es que ese tiempo de las edades sucesivas le brinda a uno la oportuna posibilidad de ver, apreciar y aconsejar de forma más seria y constructiva acerca de la inmensa variedad de temas que conlleva la vida, tanto la individual como la colectiva.

Ahora bien, ¿por qué acuden a mí en estos momentos estas reflexiones? ¿Cuál es el interés que puede subyacer debajo de estas confesiones? ¿Persuadir a otros por vanidad o fortalecer la tranquilidad íntima? ¿Qué se busca, o se quiere, rumiando esas cosas que son más bien del alma?

En mi caso, servir, no otra cosa. Los momentos que me ha tocado vivir en el ocaso son muy sensitivos y peligrosos. Muchos de sus rasgos son sorprendentes, aunque pudieron percibirse como presentimientos. La suerte de la República, que desde siempre ha sido azarosa, se tornó tragedia mayor e inminente en los últimos tiempos porque ingresaron a su conflictividad nuevos componentes, a los que me refiero al principio, que fueran partes de mi beligerancia extrema en la lucha política, refutadas como hijas de mi supuesta “imaginación fabulatoria”.

El Crimen Organizado, por ejemplo, lo vi llegar y asentarse y sostuve con alarma que terminaría por minarnos y que especialmente por nuestra situación geográfica, quedaríamos muy expuestos y lábiles ante su curso de acciones.

Quizás el mayor contenido de verdad de las advertencias se pudo contener y desviar por mucho tiempo, pero en mis esfuerzos nunca dejé de afirmar que serían los hechos, como dije, los que terminarían por hablar en mi lugar. Y ésto parecía debilitar mis posiciones y yo mismo me consolaba diciendo: “De seguro que ya no estaré aquí cuando pasen esas cosas, pero serán y vendrán en días aciagos”.

En definitiva, ¿cuál ha sido mi realidad? Que mi tiempo de vida se ha prolongado tanto que he terminado mutando mi condición de actor a la de testigo y me encuentro con que me entristece y debo aborrecer la razón que me vienen dando los hechos, esos terribles y elocuentes agentes de destrucción masiva que han sabido arrasar con la felicidad y la paz de los pueblos.

Lejos de solazarme, pues, debo acongojarme dado que mis pronósticos cumplidos son tormentos de mi pueblo, y así quiero confesarlo ahora, cuando ya me siento a salvo de la falaz imputación de padecer de una “imaginación retorcida”.

Pero hablé de otros componentes de nuestra conflictividad de hoy, como indiqué en el principio, y debo precisar que también anticipé, desde un tiempo todavía más lejano, que en la medida que se bloqueara o frustrara aquel enorme esfuerzo de justicia social que fuera el Programa Agrario que asumiera el presidente Balaguer en el año setenta y dos, se aumentaría el desarraigo campesino y que nuestras ciudades mayores serían cercadas por marginalidades que a la larga se volverían peligrosas canteras de rebeldía; que había necesidad de aprovechar aquella legislación contra la traumática exclusión de nuestros campesinos para desarrollar una sociedad más justa y equilibrada mediante el uso de lo que llamé “estatuto de vocaciones”, al referirme al acceso del campesinado a la titularidad de la tierra donde nacieran para hacer de ellos ciudadanos incorporados directamente en la producción nacional, bien dignificados, no siervos electorales ocasionales.

Cuando sostuve esas cosas al desempeñar funciones puntuales en aquel programa agrario también fui incomprendido y maltratado como alborotador de la paz jurídica de la nación, no importando cuánto de injusta fuera aquella aberración de los egoísmos del provecho de la propiedad frente a la desnudez de los desposeídos.

Los hechos vendrían con su morral de pruebas a sumarse a nuestros tumbos debilitantes que tanto abonaron muchos de los desastres actuales, cargados de agresividades delictivas, originadas en el desarraigo y los trastornos de identidad de su descendencia.

Me ocurre así que la mirada en retrospectiva que hago en el presente la tengo que hacer abarcando toda la amplia gama de trastornos entre los cuales se destaca primordialmente el más temible y dañoso, el de la droga en sus dos vertientes: la del tráfico y la del consumo, preciso es repetirlo, obrado ya con intensidades crecientes para nuestro ruinoso hundimiento.

En suma, mis alegatos tenían más de prédica que de discurso y de lo que me siento cada vez más seguro es de que no mentía en mis alertas. Por eso que expresé en el principio sobre la vida prolongada y el testimonio posible, una vez superadas las pasiones y conveniencias convencionales del charlatán que es el éxito.

Desde luego, todo ha convergido en un estado de cosas muy desastroso porque en la medida que esos fenómenos descritos se hicieron coincidentes aumentaba la debilidad del ser nacional y vendrían los llamados cambios de paradigmas y los conflictos incontenibles en el otro lado de la isla, con droga aplastante y desoladora desertificación, sumadas al caos sociopolítico insalvable que movería a la Geopolítica, ya no regional sino cuasi mundial, si se considera la intrusión de Unión Europea, al sumarse a un proyecto tan terrible como lo es la desaparición de un Estado, so pretexto de salvar a otro. Es eso un crimen internacional neto.

Desde luego, por encima de todas las consideraciones precedentes, hay que invocar la crucial y sagrada necesidad de conservar la paz. Ahí es donde han residido mis energías para la denuncia, teniendo ésta tanta capacidad de daño, no sólo en mi perjuicio, sino de muchos de los míos, arrimados a los abismos de esas luchas

La Paz. Todo dependerá del tamaño del hartazgo que generen las causales de su turbación. Y todo ésto a sabiendas de que es muy difícil tomar la medida de la exasperación de los pueblos. Aquellos que se conjuran para dañarles suelen incurrir en el error de entender que han podido degradarlos, confundirlos, de tal modo, que no tendrán reacción alguna por grandes sean los desmanes, abusos y ofensas en su contra.

En nuestro caso, cada día se hace más obvio que sus socavadores siguen perdidos en el error de creer en demasía, que ya ha llegado a un nivel de indiferencia frente a sus derogaciones de soberanía, que se pueden ahondar los agravios hasta lograr la entrega total y definitiva de su existencia.

Es decir, son tantas las aberrantes imputaciones de que es “pueblo en degeneración”, que “se hunde lentamente en el desarraigo”, el “desaliento”, el “pesimismo”, la “abulia”, que “no será capaz en ningún caso de sublevarse”, ni “lanzarse a la guerra a morir”, según reza su canto esencial; que todo está listo para hacer y deshacer con su honra y consideración.

Se han acumulado las maquinaciones de la traición de tal modo que ha terminado por perder el más mínimo presentimiento del desastre que ha urdido. La invasión inducida desde el poder se creyó que sería prueba primaria de que el plan hacia el Binacional es algo factible.

Claro está, contaron con innegables respaldos de muchos litorales de gran poder, a escala mundial, y confiaron mucho en sus propias perversidades, muy convencidos de que hemos sido una ficción, un tragicómico invento de élites en el año cuarenta y cuatro, sin detenerse a considerar lo que fuera la restauración de aquel sueño, que era lo único que le faltaba para consagrarse como una epopeya perpetua. La Gesta de la Restauración del año sesenta y tres fue eso, precisamente como reacción popular a la entrega de la traición. Sus héroes fueron tan nobles que por encima de los méritos que pudieron confundirles y envanecerles, se inclinaron ante el carácter fundacional del sueño de Duarte, del año cuarenta y cuatro.

La índole profunda del pueblo sigue siendo la misma y aquellos que al servicio de los viles intereses que alientan y pagan esa traición están a punto de confrontar los primeros contratiempos de sus siniestros planes. Aprenderán cruentas lecciones de patriotismo de parte de este pueblo que han querido deprimir endilgándole denostaciones despectivas como aquella de que “ni agradece favores, ni guarda rencores”.

Es sólo cierto lo del rencor porque en medio de su crónica pobreza ha sido generoso; como también es incierto que no sabe ser agradecido; quizás sea por ahí por donde deambulen la mala opinión y el desacierto de la traición, que no supone siquiera lo que le espera como respuesta a sus maldades.

Una última consideración se refiere a que en los últimos días del año se ofrecieron algunas pruebas sintomáticas de cómo se está moviendo lentamente el hartazgo dominicano. Entre ellas dos fueron muy sensitivas: las emboscadas de las firmas de dos Pactos internacionales patibularios de la ONU, para nosotros letales, y el anuncio, tan sólo eso, de una marcha de extranjeros legales e ilegales, en reclamo del reconocimiento de derechos supuestos, que constituirían ataques a la organización constitucional nuestra.

Ambas eventualidades precedidas por un gravísimo incidente fronterizo que estuvo a punto de degenerar en tragedia con la muerte o los daños posibles a un numeroso grupo de profesionales, a la cabeza de los cuales estaba un eminente médico nacional.

Me ocurrió que, a pesar de ser un impenitente generador de alertas, no había alcanzado a ver la reacción que podría suscitarse como consecuencia del aumento y la revelación de los peligros.

Confieso mi asombro y debo reconocer que las redes fueron las que facilitaran la condensación de ira mayor que he percibido en los últimos tiempos; una experiencia impresionante, que afortunadamente amainó, al parecer porque de algún modo aquella parte del poder que fuera arrastrada a la pasividad complaciente ante la trama medular de la traición, impidió que llegara más lejos en sus atrevimientos.

En todo caso, lo destacable ha sido la airada reacción de hartazgo y exasperación del pueblo, que ojalá y Dios lo quiera no se llegue a reencender por motivaciones fundamentales y pase a turbar y dañar gravemente la paz de la República.

Esperemos que el nuevo año que apenas empieza, no resulte una “caja de pandora” incontrolable y que la República reciba el inmenso beneficio de la unidad y reconciliación de todos aquellos que no han advertido plenamente qué es lo que está en juego.

Paz y dicha para todos, es mi ruego.

Dos inteligencias superiores y el aumento de nuestros peligros

Dos inteligencias superiores y el aumento de nuestros peligros

Esta es la última entrega de La Pregunta de este año ’18 y habrán podido observar sus lectores cómo en la penúltima precedente inserté algunos párrafos de la autobiografía del expresidente norteamericano Bill Clinton, que titulara Mi Vida. 

Buscaba explicarme algunas de las vertientes más sensibles de los peligros padecidos por nuestra supervivencia como Estado.  Mi empeño ha sido detectar la magnitud y densidad del  afecto admirativo de un Jefe de Estado tan poderoso y colegír la necesaria parcialidad que  guiaría a sus decisiones y determinaciones.

Consideré así utilizar sus propias revelaciones, entregadas en sus Memorias, sin sentirme en necesidad de acotarlas, refutarlas o interpretarlas,  pues se explican por sí solas.  Todo resulta muy obvio y está  brillantemente escrito como para servir de  prueba contundente de que en la hora de asumir posiciones en ese nivel de tanta importancia, el viejo plan del Estado Binacional recibiría  un fortalecimiento decisivo.  “Un tiro de gracia”, diría el gracejo popular.

Y fue un peligro no solapable, sino esencial, que luego se recreció, aún más, cuando después de dejar de ser presidente, tan solo unos años después, pasó a ser un representante personal de otro presidente que lo invistiera de facultades implícitas de Alto Comisionado en Haití, a fin de que monitoreara y controlara su conflictividad permanente, que en los últimos años ha alcanzado agudizaciones colosales.  Sin olvidar la enorme desgracia de un terremoto.

Ese otro presidente norteamericano, no menos brillante, Barak Obama, en Lima, Perú, pronunció un discurso de cierre en una actividad importante como la Cumbre de Líderes del Foro de Cooperación Asia –  Pacífico (APEC), con un mensaje muy conmovedor, dándole seguridades a “sus hermanos de Haití”, del sagrado compromiso de Estados Unidos que no le fallaría en su solidaridad y rescate.

Quiero decir con todo ésto que nuestra suerte parecía quedar atada y sellada para el infortunio de desaparecer, en un tiempo que coincidía con aquellos espectaculares ensayos de la Primavera Árabe, para el norte de África y la Geopolítica de entonces  lucía como un fenómeno dominante e imbatible, capaz de liberar pueblos, fabricar Estados y transformar naciones, sin atender con detenimiento las implicaciones religiosas, porque todo se hacía en pos del “desarrollo democrático”.

Se podría decir que nosotros estábamos alojados en un quirófano de dimensiones inusitadas, aguardando entre el sueño expresado en Lima por Obama y el interés  acentuado de Clinton, que coincidían en ese tipo de apreciación, a saber: salvar a Haití aunque se hundiera la República Dominicana.  Como si se dijeran: “Vamos a hacer un Estado mixto muy aventurado a ver qué resulta a la larga que, al menos, nos alivie de sus dramáticas migraciones.”

Fue por todo ello que me decidí a leer en la oportunidad debida el voluminoso libro de Clinton, buscando en él alguna explicación razonable acerca de esos nuevos peligros que venían a sumarse a nuestra desgracia de Estado bajo asedio, víctima de una campaña atroz de descrédito mundial. 

En verdad, cuando lo hacía estaba bajo la enorme conmoción de haber comprobado algo que jamás se había orquestado como descalificación tan extensa e injusta en perjuicio de la República Dominicana bajo la acusación de ser culpable de mantener lo que han llegado a llamar “un Apartheid del Caribe”.

No es ocioso precisar que aquello ocurría cuando  la  Organización de  Naciones Unidas (ONU)  estaba  a la mitad de camino de su  fracaso en el vecino Estado  Fallido de  Haití, cumpliendo un mandato  destinado a “asegurar y  preservar su paz”, gravemente perturbada por sucesos políticos tremendos.

El contexto se había tornado en una inminente experiencia de Geopolítica inimaginable y se advertía el propósito de igualar al Este con el Oeste de la isla de Santo  Domingo, asumiendo que hay ineptitudes gemelas para poder hacer el buen gobierno.  Desde fuera se pudo llegar a tener la visión de que se trataba de un conflicto tribal  que eventualmente podría hacer recordar  a Ruanda  y su sangrienta matanza  entre Hutus y Tutsis y su millón de vidas destrozadas en las barbas mismas de la inerte Organización de las Naciones Unidas.

Los actores internacionales que aparecían  a la cabeza  de los fementidos esfuerzos para  buscar soluciones a esa conflictiva  situación  de tan siniestro diseño eran ONU y OEA, como organismos  multilaterales.

De su parte, Estados Unidos, la Unión Europea y Canadá aparecían como las naciones más interesadas de Occidente, claro está, contando con la participación de múltiples sectores de poder, de todo género, entre  ellos la  Nación del Islam, cuyo liderato originario, el Dr. Louis Farrakhan, mantuvo relaciones estupendas con el presidente Obama, antes de la tragedia de su muerte, desde los tiempos  de su  brillante paso por el Senado de los Estados Unidos.

Como se puede advertir, todos esos factores de gran poder no desperdiciaban la coyuntura tan propicia  que le ofreciera la perpetua “facción traidora”  de nuestra patria, de la cual nos había prevenido la clarividencia gloriosa de Duarte. 

Sin embargo, es bueno consignar que no me quedé sólo en las apreciaciones anteriores, sino que también señalé la participación de otro actor en la tragedia  que goza ya de un poder de tal magnitud que se le reputa como un virtual Estado paralelo; que sabe obrar  en forma  insidiosa e implícita en cuantas  cosas sean ventajosas para  el auge  de sus riquezas, como lo es el Crimen Organizado.

Fue así como durante toda aquella mortificante etapa de nuestra desgracia pude llegar a saber cuánta era la importancia de las actitudes íntimas de los dos presidentes norteamericanos, uno, Obama, que investía al otro, Clinton, ambos sensiblemente atentos y empeñados en echar hacia adelante el esperpento del Estado Binacional.

Fue de esa curiosidad por saber el papel de Bill Clinton en todo aquello que surgió mi decisión de transcribir de su autobiografía “Mi vida” algunos de sus párrafos puntuales.   En efecto, aprendí mucho del porqué de su predilección por Haití y de su escaso interés en comprender el drama nuestro. 

Es por todo ello que en la entrega última de La Pregunta de este año ha sido invitada su autobiografía, ésto sin dejar de repetir que dentro de las mil ciento catorce páginas de su volumen en once de ellas aparecen menciones cruciales y significativas de Haití.  En cambio, en el único párrafo en que se hiciera mención de nosotros sólo se reservaron palabras compasivas sobre la no videncia de Balaguer, aunque le reconocía una mente activa todavía, sin destacar el esfuerzo que él había hecho por establecer los cuatro campamentos de diecinueve mil refugiados cada uno, que le fueran rechazados con mucha dignidad por aquel anciano ciego.

Para el presidente Clinton, y así se transcribió en La Pregunta precedente, los consejos del expresidente Carter, el Senador Noon y el General Powell de que no invadiera a Haití para reponer a Aristide como su presidente, fueron desoídos.  Que su decisión era profundamente impopular y de poca aceptación en su Congreso y que aún así él se impuso y produjo la invasión, la cual consideró de este modo en su autobiografía: “Pág. 713: Como los acontecimientos posteriores demostraron, había algo de razón en sus afirmaciones”.  (Se refería a sus Comisionados desoídos).


Es increíble que una inteligencia superior como la suya se empecinara en reponer a aquel personaje, por muy alta que fuera su estima.  Y voy a darle apoyo transcribiendo algo de la obra memorable, “El G9 de las Mafias del Mundo”, cuyo autor fuera largos años Jefe de la Inteligencia Criminal de Francia, Jean-Francois Gayraud, que en su Introducción apunta con acierto lo siguiente:

“En febrero de 2004, Jean-Bertrand Aristide, primer presidente de Haití elegido democráticamente, huye del país a causa del estallido conjugado de una rebelión armada y de las presiones de la comunidad inter­nacional. ¿Cómo analizar este acontecimiento político? ¿Fue una victoria sencilla y simpática de una oposición cansada de los métodos dictatoriales de un presidente elegido en las urnas? La res­puesta es negativa. En realidad, Jean-Bertrand Aristide había con­vertido Haití en un narco-Estado, y, por su parte, los rebeldes también tenían fuertes intereses en el tráfico de cocaína proce­dente de los carteles colombianos. ¿Qué buscaban los sublevados, la libertad, o el reparto de la renta criminal originada por el tráfico de droga? Es posible que ambas cosas.”

Pero bien, no quiero entrar en refutaciones y voy a limitarme a transcribir dos páginas fundamentales de la autobiografía “Mi Vida”, porque reseñan una experiencia vital del tiempo en que Bill Clinton es previsible no soñara con llegar a la presidencia.  Se trata de dos episodios que uno, al leerlos, piensa que podrían ser triviales o quizás corresponder a una preocupación teológica, uno de ellos, y el otro, de un género distintos, como lo es el sentimental.  Veamos:

“Pág. 195 Una noche me subí a un autobús hacia la Universidad de Lumumba para cenar con Nikky y algunos amigos suyos.  Uno de ellos era una mujer haitiana llamada Héléne cuyo marido está estudiando en París.  Tenía una hija que estaba viviendo con él.  No tenía dinero para viajar, y no se habían visto en caso dos años.  Cuando me fui de Rusia unos días después, Héléne me regaló uno de esos típicos sombreros de piel rusos.  No era muy caro, pero ella no tenía dinero.  Le pregunté si estaba segura de que quería dármelo.  Respondió: “Sí. Fuiste amable conmigo y me has dado esperanza”.  En 1994, cuando era presidente y tomé la decisión de derrocar al dictador militar de Haití, el general Raoul Cédras, y devolver el poder al presidente democráticamente elegido, Jean-Bertrand Aristide, pensé en aquella buena mujer, por primera vez en muchos años, y me pregunté si alguna vez había logrado volver a Haití.”

Esto ocurrió en Moscú.

Vamos a ver lo del vudú, ya en Puerto Príncipe:

“Pág. 273: La religión y la cultura del vudú me interesaron particularmente, pues había aprendido algo acerca de ello en Nueva Orleans; era de un culto que en Haití con el catolicismo. 

El nombre de la religión tradicional haitiana procede el dialecto fon de Benín, en África occidental, donde se originó el vudú.  Significa “Dios” o “espíritu”, sin las connotaciones de magia negra y brujería que se le atribuye en muchas películas.  El principal ritual del vudú es un baile durante el que el espíritu posee a los creyentes.  El día más interesante del viaje fue cuando tuve la ocasión de asistir a una ceremonia vudú en directo.  El contacto de David en el Citibabk de Port-au-Prince se ofreció a acompañarle, y también a Hillary  y a mí, a un pueblecito cercano para que conociéramos a un sacerdote vudú muy original.  Max Beauvoir se pasó quince años en el extranjero estudiando en la Sorbona de París y trabajando en Nueva York.  Tenía una preciosa esposa francesa de pelo rubio y dos hijas pequeñas muy inteligentes.  Fue ingeniero químico hasta que su abuelo, un sacerdote vudú, le escogió en su lecho de muerte para que le sucediera.  Max era creyente así que lo hizo, aunque sin duda fue un reto para su esposa francesa y sus hijas, de costumbre occidentales.

Llegamos a la última hora de la tarde, una hora antes de que empezara la ceremonia del baile.  Max permitía que los turistas asistieran al ritual pagando una entrada, así sacaba algo de dinero con el que cubrir parte de los gastos.  Nos explicó que en el vudú, Dios se manifiesta a los humanos a través de los espíritus que representan a las fuerzas de la luz y de la oscuridad, del bien y del mal, y que conviven en un cierto equilibrio.  Después de que Hillary, David y yo termináramos nuestro breve curso de teología del vudú, nos escoltaron de nuevo a un claro y nos sentaron con otros invitados que habían venido a ver la ceremonia en la que se invoca a los espíritus y estos poseen los cuerpos de los creyentes durante el baile.  Después de unos minutos de rítmicos movimientos al son de los tambores, llegaron los espíritus y tomaron el cuerpo de un hombre y de una mujer.  El hombre se frotó una antorcha ardiendo por todo el cuerpo y caminó sobre ascuas sin quemarse.  La mujer, en pleno frenesí, gritaba repetidamente; luego agarró un pollo vivo y le arrancó la cabeza de un mordisco. Finalmente, los espíritus se fueron y los poseídos cayeron al suelo, exhaustos.

Unos años después de presenciar aquella extraordinaria escena, un científico de la Universidad de Harvard llamado Wade Davis, que estaba en Haití en busca de una explicación al fenómeno de los zombis, o muertos vivientes, fue también a ver a Max Beauvoir.  Según cuenta en su libro El enigma zombi, con ayuda de Max y de su hija, Davis logró desentrañar el misterio de los zombis, que aparentemente mueren y se levantan de sus tumbas de nuevo.  Estos, como castigo por algún tipo de crimen, toman una dosis de veneno elaborado por una sociedad secreta.  El veneno, la tetrodotoxina, se extrae del pez globo, y en dosis adecuadas es capaz de paralizar el cuerpo y reducir la respiración a niveles tan bajos que incluso los médicos creen que la persona a la que examinan está muerta.  Cuando pasa el efecto del veneno, el individuo simplemente se despierta.  Se conocen casos similares en Japón, donde el pez globo es un manjar si se prepara debidamente; de lo contrario, al ser muy venenoso, puede causar la muerte.

Describo mi breve incursión en el mundo del vudú porque siempre me han fascinado la forma en que las distintas culturas tratan de buscar un sentido a la vida y a la naturaleza, y la creencia, prácticamente universal, de que hay una fuerza espiritual no corpórea que actúa y que está presente en el mundo desde antes de que apareciera el hombre, y que seguirá aquí cuando nosotros nos hayamos extinguido.  La noción de la manifestación de Dios en la religión haitiana es muy distinta de lo que creen la mayoría de cristianos, judíos o musulmanes, pero sus experiencias documentadas ciertamente confirman el viejo dicho de que los caminos del Señor son inexcrutables.”

A manera de conclusión me quiero referir, así sea brevemente, al hecho de lo cambiantes que son las circunstancias y cómo nosotros, que fuimos llevados al borde mismo del naufragio, nos hemos encontrado con que la mar revuelta por donde se nos llevaba, casi de repente se tornó menos tormentosa, todo porque  en el centro del poder mundial han ocurrido acontecimientos  inverosímiles, pues, como si fuera otra tormenta mayor ha aparecido un presidente norteamericano que ha fundado sus desafíos a los intereses más poderosos de la tierra, enarbolando entre sus más audaces banderas la de un celo nacionalista enorme por la conservación de los fueros territoriales y jurídicos de su gran nación, actitud ésta que la resume en un breve lema: “American First”. 

Se trata de un gobernante que fue capaz de advertir en  su campaña presidencial que la ONU estaba plagada de tecnócratas que se la pasaban  en cosas inútiles y si mal no recuerdo les llamó “unos bebe café”.

Es para no creerlo, pero para nosotros los dominicanos en las posiciones del presidente Trump parece que hemos encontrado una repetición providencial, que nada tendría que envidiar a la aparición de aquel glorioso Senador que fuera Charles Summer, quien en el siglo diez y nueve salvara nuestra independencia, por lo que la gratitud nacional ha resultado inextinguible.

Ahora, cuando los patíbulos de los Pactos de ONU se han diferido, ojalá que para siempre, lo que falta por hacer corresponde a nosotros para sellar esa grieta de los peligros letales de la patria. 

Debo terminar.  Lo haré con una reflexión relativa a que esas dos inteligencias superiores de los Expresidentes norteamericanos, con sentimientos tan elevados y coincidentes acerca de la desventurada nación que aún se conserva en el marco de un Estado Fallido como percance mundial irremediable, pudieron haber alcanzado el triunfo final de sus propósitos redentoristas, siempre que en las elecciones del Norte, la no menos brillante Hillary Clinton hubiese resultado ganadora. 

Así, desde el Everest de poder que es Washington, la ejecución final de la República Dominicana hubiera podido asumir una suerte parecida, guardando rigurosamente las distancias, con aquella SOLUCION FINAL de la diabólica barbarie nazi contra el pueblo judío.  Sólo el poder infinito de la Divina Providencia ha podido salvarnos.

Feliz año nuevo para todos los lectores de La Pregunta.

Se despejan incertidumbres y faltan cosas por hacer

Se despejan incertidumbres y faltan cosas por hacer


Esta nueva entrega de La Pregunta debe versar sobre el tiempo inmediato, en curso, para menguar el desagrado de nuevas y abruptas sorpresas; debe parecer parte de una serie interminable, pues el tema de la Patria es eterno y, por consiguiente, su atención ha de ser fluida y permanente.

Tales fueron mis reflexiones inmediatamente después de lo ocurrido en ocasión del zarpazo que se lograra esquivar, sólo eso, que estaba programado para ser perpetrado en Marraquech, Marruecos.

Ya vimos cómo naufragó la traición al no poder darle la extremaunción a la República allí, cuando todo parecía tan bien preparado desde Panamá, luego de un tiempo de rondas sucesivas a las cuales se asistiera con penetración de topo y sigilo de serpiente.

Se quedaron, pues, “comprados los vuelos y reservados los hoteles” y es previsible que se llegaran a asustar al comprobar, quizás por primera vez, que una cosa es “llamar al maligno caballero aquél y otra cosa es verle llegar”. 

El pueblo nuestro, en verdad, se encrespó y dio claras señales de que si se firmaba en Marruecos el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, los dominicanos tendrían una de sus típicas reacciones, ya frente a  la maquinación mortal que aquella trampa gris encerraba.

Pero bien, en la entrega precedente dije que la traición no desistiría, que sólo había simulado tolerar un ejercicio de arrepentimiento activo, algo que en la técnica penal más sólida y permanente se reputa como ineficaz para eliminar el crimen, ya que éste, aún no consumado, queda en fase de tentativa, que es considerada como el crimen mismo.

Y es que la aprobación primaria de Panamá no fue un simple acto preparatorio, sino un acto de ejecución, que sólo lo pudo contener la presión popular que se hiciera presente anunciando calamidades graves como respuesta airada al atentado antinacional.

En definitiva, no hubo desistimiento voluntario sino un simple compás de espera que en la tenebrosa lógica de la traición y en su iracundo encono no ha dejado de ofender al propio Presidente de la República, porque columbró las magnitudes del percance que hubiera resultado de la ratificación en Marruecos y los trastornos posiblemente irreparables para la paz nacional, con ruina insondable para sus instituciones.

Ahora bien, se ha reanudado el peligro y no ha tardado en aparecer la actividad aleve de la traición y ya se habla de un nuevo pacto que vendría a sustituir, de forma agravada, los daños terminales planeados para la ratificación en Marruecos.  Me refiero al Pacto Mundial sobre Refugiados.

Lo primero a considerar en esta fase es que la lucha por la independencia sigue confrontando el mayor peligro, que se mantiene redivivo; por lo que hay que ser más estricto y diligente en el cuido de la soberanía; que lo que se debe enfrentar, de momento, es que se pretenda cambiar de domicilio a la vileza, es decir, mudarse del Pacto Migratorio de Marruecos a New York para aprobar el otro señalado más arriba.  

Ocurre que en lo de New York se alberga una especie de máscara de hierro y ternura, pues se trata de refugiados, no de inmigrantes del mundo, protegidos por el palio de décadas que ha ido tejiendo la ONU para atender a esa desgraciada falencia de la humanidad.  Se habla de refugiados por razones económicas, catástrofes naturales, guerras y hundimientos irreversibles de carácter ecológico y se ha de encargar de entenderse con ello el ACNUR de ONU. 

Nuestros precedentes han sido funestos en el trato con esa rama operativa de ONU, siempre que se retengan las acusaciones de carácter mundial que nos hicieran desde Noruega y otras partes como un Estado odioso, de población xenófoba, persecutora, supremacista, generador de Apatridia.

Nosotros, ciertamente, hemos estado padeciendo una invasión masiva de una población sobre nuestro territorio luego de aquella campaña diabólica de resblandecimiento de nuestra honra ante el mundo; nosotros hemos tenido que padecer, además, un gobierno infiltrado profundamente por la traición, que terminara por animar y estimular las avalanchas en aquellos spots televisivos del portal mismo de la presidencia donde se proferían expresiones nefastas de: “Ven pa’ca”.  “No te quede’ allá, aquí ‘tá mejor”.

Se logró con ello elevar la presencia de ilegales a un nivel asfixiante de más de millón y medio de invasores inducidos que supuestamente vendrían a trabajar, desalojando a los nuestros del empleo.  Trabajar se decía, no deambular por las calles y caminos de ciudades y campos en forma tan masiva y preocupante que la sociedad nuestra ha terminado por ser llevada a presenciar prácticas y costumbres inconcebibles, como lo son la satisfacción de necesidades fisiológicas como la defecación en lugares públicos.  Asímismo, hemos tenido que padecer la reducción del acceso pleno a los servicios de salud y educación de nuestros atormentados y carentes, que también son millones. 

Creo que tal vez el Sudán del Sur o Somalia puedan ofrecer una tragedia de pobreza y arrasamientos tan desoladoras como la de Haití.  El Expresidente Clinton en su brillante autobiografía, Mi Vida, le dedicó once menciones en once páginas diferentes de las 1,114 que contiene el libro.  Voy a transcribir sólo algunos párrafos, entre las decenas que tiene, para reflejar lo decisiva que ha sido la participación de esa figura pública tan importante del mundo y con ello poder entender mejor cuanto ha ocurrido, y ha estado a punto de ocurrir, como hecatombe nuestra.  Veamos: 

“Página 583: Cuanto tomé posesión del cargo teníamos una perrera llena de ruidosos mastines, con Bosnia y Rusia a la cabeza, aullando a todo volumen, y algunos más, entre ellos Somalia, Haití, Corea del Norte y la política comercial de Japón, gruñendo en segundo plano…”

Más adelante, dentro de un párrafo mayor, dice:

“Pag. 690: “Aumenté las sanciones económicas contra Haití a causa de la permanente persecución, asesinato y mutilación de los seguidores de Aristide, por parte del teniente general Raoul Cedras. Nombré a Bill Gray jefe del Fondo Escolar de Negros Unidos y expresidente del Comité Presupuestario del Congreso, asesor principal mío y de Warren Christopher sobre Haití.  Y Paula Jones me demandó.  En una semana de lo más habitual.”  …

“Pag. 713:  En septiembre, la crisis en Haití llegó al límite.  El General Cedras y sus matones habían intensificado su reino del terror, ejecutaban a niños huérfanos, violaban a mujeres jóvenes, asesinaban a curas, mutilaban a gente y dejaban los cuerpos en medio de las calles para aterrorizar a los demás y destrozaban los rostros de las madres con machetes, en presencia de sus hijos.  En aquel momento, ya llevaba dos años tratando de alcanzar una solución pacífica y estaba harto.  Hacía más de un año, Cedras había firmado un acuerdo para traspasar el poder, pero cuando llegó el momento de irse sencillamente se negó. “Era hora de echarlo, pero la opinión pública y la tendencia del Congreso eran contrarias a esa idea.  Aunque el Caucus Negro del Congreso, el Senador Tom Harkin y el Senador Chris Dude me apoyaban, los republicanos se oponían firmemente a cualquier acción; la mayoría de demócratas, incluído George Mitchell, pensaba que trataba de arrastrarlos a otro precipicio sin el apoyo  de la ciudadanía ni el apoyo del Congreso. Incluso había una división interna en la administración.  Al Gore, Warren Chirstopher, Bill Gray, Tony Lake y Sandy Berger estaban a favor.  Bill Perry y el Pentágono estaban en contra, pero habían preparado un plan de invasión por si yo daba orden de atacar…. El 16 de septiembre, en un intento de última hora de evitar una invasión, envié al presidente Carter, a Colin Powell y a Sam Nunn a Haití para tratar de persuadir al General Cedras y a sus seguidores en el ejército y en el Parlamento, de que aceptaran pacíficamente el regreso de Aristide; Cedras debía dejar el país. Por distintas razones, todos se mostraban en desacuerdo con mi decisión de utilizar la fuerza para devolver el poder a Aristide.  Aunque el Centro Carter había supervisado la arrolladora victoria de Aristide en las elecciones, el presidente Carter había desarrollado una relación con Cedras y dudaba del compromiso de Aristide con la democracia.  Nunn estaba en contra de la vuelta de Aristide hasta que se celebraran elecciones parlamentarias porque no confiaba en que Aristide protegiera los derechos de las minorías si no existía una fuerza de compensación establecida en el parlamento.  Powell pensaba que solo el Ejército y la policía podían gobernar Haití y que éstos jamás colaborarían con Aristide.  Como los acontecimientos posteriores demostraron, había algo de razón en sus afirmaciones.  Haití estaba profundamente dividido, económica y políticamente; no poseía ninguna experiencia democrática previa; no había clase media como tal y tenía una escasa capacidad institucional para gestionar un Estado moderno.  Aunque Aristide volviera sin complicaciones, quizá no lograría gobernar. …”   

“Pag. 748 se lee: Mi decisión de devolver el poder a Aristide, en Haití, también era impopular, ….” 

Y finalmente un último párrafo de la página 888 que dice: 

“El último día de Septiembre asistí a la ceremonia del John Shalikashvili y le entregué la Medalla Presidencial de la Libertad.  Había sido un soberbio presidente de la Junta de Estado Mayor, había apoyado la expansión de la OTAN, la creación de la Asociación para la Paz y el despliegue de nuestras tropas en más de cuarenta operaciones, entre ellas Bosnia, Haití, Irak, Ruanda y el estrecho de Taiwan.  Yo había disfrutado mucho trabajando con él.  Era inteligente, iba al grano cuando hablaba y estaba completamente comprometido con el bienestar de los hombres y mujeres que vestían uniformes. Nombré al General Hugh Shelton para que le sustituyera, pues me había impresionado la forma en que había llevado la operación de Haití…”

Las citas precedentes serían siempre una muestra nimia de su interés por Haití, al cual volviera años después de su presidencia desempeñando las poderosas funciones de representante personal del Presidente Obama.

Ahora, cuando se está por firmar el Tratado Internacional sobre Refugiados bajo impulso de ONU, a escala mundial, lógicamente se incluyen normas de control protectivo y regulatorio de los refugiados, y seguramente no aparece un caso tan especial y  complejo como el de la República Dominicana en el este de la isla de Santo Domingo, que ha tenido que sufrir desde el tiempo colonial, luego del Descubrimiento, siglos de conflictos incluyendo la dejación bipolar de una España decadente, así como el enorme poder del Rey Sol Luis XIV, quien dos siglos después del Descubrimiento alojó en la parte oeste de esta isla la nueva colonia, propiciando la concentración de todo el drama de las islas menores del Caribe, concentrando toda la tragedia de la esclavitud llevada a cabo por las durezas ignominiosas de las potencias colonizadoras de entonces.

Ahora vamos al grano:  Siendo Haití el más desventurado y pobre, al menos en la América, y uno de los más carenciados del Mundo, bastaría un solo brote de su violencia inveterada que, sumada a la aterradora desertificación de sus suelos, vendrían a ser causales para organizar derrames inauditos de poblaciones de millones de refugiados, bajo control y dirección de la ACNUR de ONU.  Penosa tomografía de nuestro destino.

Es más, cuando se quiere demostrar la frialdad de los cálculos para la destrucción del Estado Dominicano también hay que citar de nuevo al Presidente Clinton cuando le hizo aquella fatal propuesta al Presidente Balaguer del establecimiento de cuatro campamentos de diez y nueve mil refugiados  cada uno, brotados de los sucesos políticos que se estaban produciendo en Haití en ocasión del derrocamiento del Presidente Aristide.  Balaguer se rehusó con mucha determinación y respondió: “Háganlos o levántenlos de aquel lado. Es ese un asilo territorial inadmisible que destruiría nuestra Soberanía.”

En su autobiografía Clinton le reserva al Dr. Balaguer estas líneas nada más:  “ Pág. 739: El 9 de diciembre me encontraba en Miami para inaugurar la Cumbre de las Américas, la primera reunión de todos los dirigentes del hemisferio desde 1967.  Los treinta y tres presidentes democráticamente elegidos de Canadá, Centroamérica, América del Sur y el Caribe se encontraban, allí, incluidos el presidente de cuarenta y un años Aristide, de Haití, y su vecino, el presidente Joaquín Balaguer de la República Dominicana, que tenía ochenta y ocho años; estaba ciego y enfermo, pero su mente seguía funcionando a la perfección.”

Pero bien, tenía  ya escritos los párrafos precedentes de esta entrega cuando el pasado domingo apareció en la prensa la importante información de que el Estado Dominicano no firmaría el Pacto Mundial sobre los Refugiados, que sería conocido en la Asamblea General de la ONU a celebrarse en New York el lunes recién pasado.

Me decidí a conservar lo que había escrito y limitarme a ofrecerle  al Presidente Medina un sincero reconocimiento por haber impedido que se consumara  el crimen  de lesa patria, tal como lo acababa de hacer mediante la negativa a ratificar en Marruecos el otro Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular.  Se está con ello saliendo la República de una peligrosa emboscada.  Pero falta mucho por hacer

En verdad, ambos pactos internacionales resultarían mortales para nuestra supervivencia y estremece tan sólo pensar lo que hubiese constituído esa ocurrencia.  Todo ello coincidiendo con el drama escenificado mediante asedio presionante de desarraigados centroamericanos, , tanto de Estados Unidos como de México, con eventuales y gravísimos daños en las tensas relaciones entre estos importantes Estados de Norteamérica, que lucen embarazados ante el fenómeno inusitado de las grandes avalanchas de desposeídos, presionados éstos a emigrar de sus lares nativos por el Crimen Organizado y contenidos por la legítima facultad de rechazarlos, especialmente por el Super Estado al que se anhela llegar como un sueño

Entre nosotros la balcanización inevitable que hubiese podido sobrevenir en la isla de Santo Domingo, también sumada a la explosiva situación de la Región cuando se atisban ominosos signos de conflictos mayores, teniendo a Venezuela como vórtice de una tragedia inmensa de guerra civil, agravada con la eventual presencia de fuerzas multinacionales, resulta sencillamente indescriptible como espanto.

Tan solo imaginarlo sobrecoge.  Es por ello que alentar y felicitar al Presidente Medina es un gesto justo que sirve, además, para hacer un sano provecho de la dramática encrucijada  donde ha tenido que decidir en términos críticos, para que pase a considerar la necesidad de reorganizar  el desorden, restablecer la normalidad en todo aquello que generara  aquel extravío  en la dirección de la política exterior nuestra, que yo no me he cansado de resumirlo en la simple  indicación de que  a Danilo Medina lo hubiera favorecido mucho el uso privativo de la  facultad  constitucional exclusiva ,terminante y expresa para dirigir la política exterior.

Diciéndolo de forma aún más simple: lo válido reside en cuanto expresó en su discurso de La Habana;  sostenerlo y no consentir que eso fuera abrogado por la abusiva audacia de Juan Dolio era su deber. 

Admito, no obstante, que la geopolítica de entonces era muy propicia para hacer y deshacer, aunque alego que ha habido cambios profundos en el poder del Norte y ahora ocurre que nuestros riesgos y necesidades convergen plenamente con las convicciones y acciones de esa potente ojiva de poder de la Geopolítica actual.

Es más, pienso, y quizás con ello me voy muy lejos, en que no se debe negar de antemano la posibilidad de que en ese gobierno aparezcan responsables, no carentes de erudición, capaces de retener la respuesta que le diera el inmenso Presidente Lincoln al secretario Seward, cuando éste medio cuestionaba la capacidad de su presidente para manejar la política exterior.  Aquel gigante lo amonestó de este modo: “En cuanto a Santo Domingo,  estoy  permanentemente atento a los sucesos que ocurren allí”. Se refería, claro está, a la Anexión a España del año 1861.

Presidente Medina, los tiempos nos son favorables.  Anímese a una rectificación profunda de los gravísimos  errores cometidos.  Tenga presente que la historia sólo tendrá interés en juzgarle a usted, pues los traidores de la sombra sólo se merecen el desprecio lapidario de su zafacón de olvido.  Trabaje con móviles trascendentales por la unidad monolítica del pueblo nuestro para salir a hacer la decorosa defensa que merece ante el mundo.

Sabedor de que me excedí en el espacio, agradezco su atención y les pregunto: ¿Creen ustedes, amables lectores, que estoy en lo cierto?

La Fallida Extremaunción de Marruecos

La Fallida Extremaunción de Marruecos

No creo apresurarme al juzgar cuanto ha acontecido en los últimos días entre nosotros; me resulta fácil no precipitarme pues desde hace mucho tiempo he venido tratando  de convencer  de que nos rondaban peligros ciertos que no eran productos  de una imaginación alarmada.

Confié todo el tiempo en que serían los hechos mis auxiliares por excelencia para hacer la prueba de cuanto advertía; que su elocuencia sería superior a la delas palabras, a las cuales rebasarían en la demostración de la realidad tormentosa que, más que aguardarnos, nos acompañaba con un puñal al seno.

Creí ciegamente en ello y fui apuntando cómo la ocupación de nuestro territorio de forma masiva dejaba de ser insidiosa para convertirse en un fenómeno palpable que la familia nacional lo contemplaría con tan sólo salir a la calle y contar mentalmente cuánto venían a resultar ellos, los extranjeros, y cuántos de los nuestros podrían estar circulando en esas calles de Dios.  Ésto, sin contar el trato hospitalario asimétrico en nuestros establecimientos de maternidad en perjuicio de nuestras parturientas.

Pensé siempre que serían las obras de construcción las que se encargarían de revelar la ausencia de trabajadores nacionales y, en cambio, mostrarían la presencia masiva de obreros extranjeros.

En fin, hice descansar mi confianza en esas pruebas tan fehacientes de conversión demográfica para sentirme seguro de que no exageraba ni mentía en mis alertas de peligros graves para la patria. 

Sin embargo, no dejé de sentir un pálpito íntimo de que vendrían hechos y sucesos, no necesariamente materiales, sino jurídicos mucho más potentes que serían capaces de activar el convencimiento público de forma rotunda, casi con fuerza de preludio de una sublevación popular de proporciones impredecibles.

En efecto, así ha resultado al brotar la información desde un prolongado silencio de que nuestro Estado iría a Marraquech a ratificar el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular.

Ya lo habíamos aprobado en Panamá el quince de julio de presente año luego de haber participado en seis rondas de sesiones desde el año dos mil quince.  Todo dentro de un sombrío sigilo, a nuestras espaldas, como en las más rancias traiciones.

No se nos informó nada acerca de esa fase de la cirugía mayor de la extirpación de nuestra frontera jurídica constitucional que ampara y protege nociones tales como soberanía, territorio, nacionalidad, identidad, autodeterminación y, en suma, todo lo que alberga el blindaje del Estado para poder supervivir.

Nos traicionaron.  Lo venían haciendo desde aquella horrible campaña de descrédito que nos reputaba como escenario de un odioso Apartheid en el Caribe.

Ahora han pretendido consumar el crimen tremendo de esa alta traición colocándonos bajo la égida de la Organización Mundial de las llamadas Naciones Unidas, que durante la campaña de destrucción de nuestra honra, como pueblo, supo mandar a su Secretario General a exigirnos que consintiéramos este horror que ahora nos han pretendido tender como trampa, con el concurso de la facción traidora.  Algo que estuvo a punto de acontecer.

En fin, durante los últimos seis años, esas cosas se fueron aluvionando y acentuando y no tengo que hacer mayores esfuerzos para probar que dicho proceso de socavamiento y entrega progresiva de nuestra soberanía nunca perdió nuestra atención ni fue objeto de descuido. Por el contrario, reaccionamos como organización política y nos separamos de forma drástica, tanto del gobierno, como de una alianza de muchos años con el partido de poder, en medio de protestas y emplazamientos, cargados de consejos y amonestaciones que fueran desoídos con olímpico desprecio.

Podríamos hoy, con todo derecho, reclamar algún merito en la vigilancia y cuidado de los valores esenciales de nuestra patria. Pero no, pues nuestro interés es avivar las alertas, clamar por el redoblamiento de las energías para llevar a cabo la total liberación de tantos peligros que nos han cercado gravemente.

El crimen sigue redivivo y su tentativa, bien honda por cierto, no desaparece por la retractación que se acaba de producir, ni por la no asistencia siquiera a Marruecos a la ratificación de lo firmado y aprobado en Panamá, luego de intensos trabajos preparatorios, donde se puso en evidencia que nuestras delegaciones fueron las más activas y dinámicas para alcanzar ese imaginario logro.

Ahora es cuando nos vamos enterando en retrospectiva que las lisonjas y las pérfidas animaciones hacia el error estuvieron circunvalando la idea de lograr un galardón prestigioso como un Premio Nobel de la Paz, por la contribución inmensa de connotación mundial  de sacrificar la propia patria con tal de salvar  otra declarada inviable  desde el año cuarentiocho   del pasado siglo, cuando nacía “la mentada  ONU”, como un arrepentimiento cuasi divino de todas las ideas que concitaran las guerras. Que luego se ha visto frustrada por una torrentera interminable desangre y tormentos de los pueblos en los distintos continentes.

Al hablar de “la mentada ONU” lo hago en recordación respetuosa de un tratamiento de recelo y desconfianza que don Juan solía utilizar como forma de expresar la reacción invencible de su decoro como víctima que fuera de un vil derrocamiento, apenas siete meses después de haber accedido al poder en una verdadera gesta democrática.  De tal crimen se supo recrecer su proceridad y ahora es cuando su evocación es más imperativa.

Pero bien, es preciso en estos momentos hacer un recuento superficial de los aspectos que fueran incesantemente tratados por nosotros, como una manera de reafirmar nuestra coherencia al servicio de la suerte nacional.

Creo innecesario describir en detalles lo que fuera aquella infame campaña de ofensas y degradaciones que se montara a escala mundial con el inequívoco propósito de desfigurarnos, de tal modo que fuera inútil todo intento de defensa de nuestro pueblo. 

El siniestro plan de reabsorbernos en un esperpéntico Estado Binacional pareció tan bien montado que cundió un   desconcierto aparente, sobremanera por la articulación meticulosa de las presiones de los distintos elementos que concurrían al patíbulo nuestro. 

ONU y OEA, bien concertadas, ofrecieron el palio a los múltiples factores de coacción que nos enroscaban.  Así se pudo saber de visitas incesantes, desde el Vice Presidente Biden y varios Secretarios de Estado del gabinete  del presidente Obama, hasta  las más altas representaciones de la Unión Europea; no cesaron permanentemente los asedios del llamado Grupo Kennedy, así como del Caucus Negro y su potente influencia, sumado a la beligerancia de la Nación del Islam, que venían a agregarse a la muy influyente participación que el matrimonio Clinton representaba.  El marido, virtual gobernador de Haití, en su condición de representante del Presidente Obama, y una “ilusión certera” deque la esposa resultaría irremisiblemente la primera mujer en gobernar a los Estados Unidos de Norteamérica.

El contexto era abrumador, de proporciones planetarias, y tenía a la vez un trasfondo ominoso, pues se había venido confirmando con su ejecución la inviabilidad del Estado vecino, tal como lo diagnosticara el informe originario de expertos que propiciara la propia ONU en el año de mil novecientos cuarenta y ocho.

Ya se sabía de la infuncional e inútil permanencia de fuerzas militares multilaterales durante cerca de catorce años, la Minustah, dando un certificado final de la inviabilidad de   Haití, que con sus suelos arrasados ha asumido la categoría trágica de catástrofe humanitaria mundial.

Fue en el marco de todas esas adversidades cuando tomó mayor cuerpo el plan de subsumirnos mediante la fórmula del Estado Binacional y sólo llegó a faltar la inflexión final que vendría con el triunfo electoral inalcanzado de la señora Clinton.

Hasta ahí llegaron las cosas. Pero ese engendro, pese a autoproclamarse como un gesto supremo de defensa de los derechos humanos, sigue teniendo el contenido espantoso de la injusticia que es urdir nuestro sacrificio.

La diabólica Globalización, que asumió con complacencia la ignominia, ha terminado por crispar y sublevar a Estados de enorme importancia con la cuestión de las migraciones y para nosotros ha resultado ésto algo providencial, pues el viento ha cambiado favorablemente para que se puedan apreciar y oir nuestras quejas y razones. 


Tenemos una oportunidad coyuntural  inigualable para ejercer nuestros derechos mancillados; ahora, como nunca, se ha debido  emprender el camino de las enmiendas y rectificaciones de los terribles desmanes contra nuestra supervivencia, pues el trastorno del colapso de ésta es algo mucho más grave que lo  puramente migratorio, ya que se trata de la mudanza de un pueblo sobre el territorio de otro a fin de refundirlos en un solo estado que por razones con inescrutables raíces históricas necesariamente vendría a degenerar en un caos violentísimo, sólo concebible en los puertos  libres y de perdición  para el lucro inagotable del Crimen Organizado del mundo, entre otras cosas.

En suma, como una manera de ir concluyendo, la fracasada extremaunción de la República Dominicana en el escenario montado por ONU en Marruecos ha servido como experiencia para demostrar muchos aspectos detestables de la gravísima emboscada que se tendiera contra nuestra supervivencia.

Lo verdaderamente sobresaliente y de mayor impacto fue el artero intento de abatir las normas constitucionales básicas nuestras, bajo la anestesia de un letal cloroformo, como lo es la declaración del “carácter no vinculante” del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular.

Una falacia venenosa, pues desde el momento mismo que se hace la falsa concesión de que los Estados conservan en plenitud su soberanía, pero que al acordar sus tareas institucionales relativas a esa materia, quedarán sujetos a las normas internacionales que la organización mundial controlaría, se están aboliendo todos los atributos de soberanía que en la propia  Carta  fundacional del organismo se proclamara con un énfasis terminante, según parece, dedicado solamente a favorecer la aprobación de su nacimiento, tres años después de que terminara la matanza de los siglos que fuera la Segunda Guerra Mundial.

El pacto es “no vinculante”, según se dice, pero sólo para los Estados poderosos, receptores de migraciones, y por las otras razones superiores, como son las de la fuerza; algo de lo que carecen los pequeños y débiles como el nuestro, que no estamos padeciendo un trastorno migratorio, sino una invasión ocupante del territorio nacional que tiende a borrarnos como Estado y como Nación.

Por eso irrita tanto oir a los rufianes y sofistas de la traición hablar del carácter “no vinculante” del Pacto trampa. Por ello las batallas a librar serán duras y cruentas y hay que procurar que se emprendan desde ahora y mantenerlas para siempre.

Sólo el denuedo inmolatorio de los pequeños y débiles puede frenar las ignominiosas felonías de esa farsa que viene resultando la organización mundial, tan repleta de burócratas ideologizados, expertos en idear siglas estériles y engañosas.

Los mismos que en los trances tremendos de los pueblos en los hondos abismos de sus guerras opresivas se saben desvanecer miserablemente como lo hicieran en ocasión de la Apocalipsis de Ruanda o en el infierno del genocidio camboyano.

No es ocioso, pues, comprobar la posible existencia de una cercana imagen y semejanza entre “la “mentada ONU” y aquella Sociedad de Naciones, hija del idealismo del Presidente Wilson buscando establecer vanamente la paz perpetua, luego de la hecatombe de la Primera Guerra Mundial.

En realidad, el trato miope dádoles a los vencidos de esa guerra mediante las exigencias absurdas de compensaciones humillantes, fue lo que dio pie al otro mayor espanto del año treinta y nueve del pasado siglo

Ahora se pueden oir claramente por dónde andan trotando nuevos errores, pero ya a cargo de la Globalización buscando aniquilar fueros de pueblos de altísimo desarrollo, tal como nos lo indica el  ejemplo de una Europa crujiente a punto de agrietarse, que ha tenido en sus bases el azuzamiento de las marejadas  de un Mediterráneo grávido de niños muertos.

Uno se pregunta, ¿por qué no asumen la responsabilidad de ayudar sinceramente a los pueblos en los sitios mismos de la oriundez de la tragedia?  ¿Por qué no hacer mini planes Marshal planetarios, sin necesidad de abatir o anarquizar los fueros de naciones de alto desarrollo, que tan sólo derramando recursos relativos, pero sistemáticos, lograrían la redención del hombre sobre la tierra.

Parece que la rentabilidad del Leviatán de Davos entiende que el camino no es ese porque, a la larga, si se fortalecen las naciones en desgracia se haría más difícil la Gobernanza mundial que se persigue, sobre todo, la apropiación y explotación de sus recursos naturales.

En un orden de ideas diferente, mucho más sencillo y quizás trivial, y con ésto termino, cabe observar cómo han quedado los traidores de nuestra Patria al fracasar el plan de la extremaunción en Marruecos.  Hemos visto que supieron enconarse con el gobierno al cual han infiltrado, condicionado y desorientado, porque incurrió en lo que ellos ven como pecado: retractarse en un ejercicio de arrepentimiento activo, que no borra la tentativa de crimen, que es crimen, el que se diera con la firma en Panamá como acto de ejecución a consumarse en Marruecos. 

Se han quedado vestidos para asistir al funeral de la República en Marruecos y están inconsolables, aunque sólo por su aplazamiento, pues truenan contra el gobierno y su retractación, su no ratificación y negativa a asistir siquiera a la fallida extremaunción de Marruecos, sólo para mantenerlo amedrentado, inerme y paralítico, esperando cambios en los vientos del Norte.

Es por eso que no ha dejado de resultar cómico oírles tildar al gobierno de “hacer el ridículo”, como una manera de seguir inhibiendo todo esfuerzo por restaurarle al Fallo 168 del Tribunal Constitucional su merecida majestad de ser el esfuerzo más vital para nuestra organización en presencia del caos de poblaciones que se han propuesto llevar a cabo.

Hacer el ridículo junto a otros Estados tan importantes del mundo, en realidad, no avergüenza ni denigra; mayor es el ridículo de quedarse vestido para asistir al acto de extremaunción perseguido por sus traiciones a nuestros destinos de pueblo libre y soberano.  ¿No les parece entonces a ustedes lógico su enojo y frustración?

En resumen, la inmensa y dolorosa realidad de la tragediareside en querer reputar lo nuestro como un trastorno migratorio, esencialmentemanejable, y no como un conflicto internacional entre dos pueblos, uno, relativamente próspero y encaminado y el otro, penosamente arrasado por la pobreza y la devastación de suelos y costumbres que lo han colocado en el extremo de lo que dice llorar la  falsa compasión  del mundialismo retórico que se convoca en Marruecos para adelantar planes, que Dios ha de querer no resulten tan miopes y perversos como aquel Tratado de Versalles entre las dos innombrables guerras del pasado siglo.

En cuanto a nuestro particularísimo caso, al menos ha aparecido una oportunidad de salir a hacer la defensa de nuestro derechos y poner en evidencia la validez de nuestros reclamos en cuanto a que la tragedia de la inviabilidad de Haití sólo se debe afrontar  en Haití; esto, siempre que  la solvencia del alto desarrollo de los poderes de la tierra se decidiere a hacerlo; nunca a un precio tan alto como nuestra supresión y eliminación como Estado.

¿Estamos contestes en ésto?