EL DIA DESPUÉS

Esta Pregunta se redacta un día después y se podría decir en ella: “Nada nuevo bajo el sol.”  Tal fue mi reacción cuando se me preguntó acerca de lo que vendría luego de las elecciones regionales de Venezuela.

Quise con ello destacar que la naturaleza y profundidad de mi pálpito miedoso de un final trágico de todo aquello no permitió hacerme ilusiones con tal evento electoral.  Peor aún, sentí que me aumentaba el pesar ante aquellas maniobras recíprocas de gobierno y oposición; uno, confiado en su constituyente a legitimar por la simple votación; y la otra, la oposición, entendiendo que, mal que bien, de todos modos, podría resultar la prueba electoral un plebiscito para echar del puesto de mando a Nicolás.

Dos visiones miopes, torpes, que se venían a sumar a la sinergia de oras muchas artimañas reciprocas, sin dejar de usar la palabra diálogo, que ha alcanzado el rango de un engañoso burladero.

Los intereses envueltos y confrontados, en realidad, son otros.  Lo que he llamado el enfrentamiento de las dos Venezuelas, está muy por encima de la capacidad y destreza de los actores políticos del presente, casi como dijera Winston Churchill “porque estamos en un tiempo de grandes acontecimientos para hombres pequeños”; naturalmente, eso dicho en el umbral infernal de la segunda guerra mundial, lo que obliga a cuidar las distancias.

Pero bien, aguardemos nuevas y peores apreciaciones del conflicto y dejemos que sean los hechos los que hablen, con la fatalidad que siempre suelen representar para la paz y la felicidad de los pueblos.

De momento, me dedico a reproducir un artículo que resulta hoy muy significativo, que publicara en fecha 13 de enero del año 2003, bajo el título de Lula y Chávez.  En este artículo de hoy, así reproducido, están radicadas mis aprehensiones de siempre, mi pálpito.  Veamos:

                                                         LULA Y CHAVEZ

“El poder es como un explosivo; o se maneja con cuidado, o estalla.” Enrique Tierno Galván

 Te vamos a permitir ser y llegar hasta cierto punto.  Una vez llegues ahí seremos nosotros los encargados de fijarte tus límites y alcances posibles.

Si te avienes a nuestros intereses y propósitos, si decides hacerte, si no instrumento de los mismos, al menos un aliado sobreentendido; si no los enjuicia, ni denuncia, ni reta, ni combate y te haces bien indiferente a lo que puedan significar, cuenta con nuestra aprobación y virtual estima.

Sería esa una manera de considerarte uno de los nuestros, alguien confiable que no turba nuestros provechos.

Eso sí, para el supuesto de que llegares a sentir remordimientos, o de algún modo desagrado, por la suerte de la generalidad de la nación, no se te ocurra señalarnos a nosotros, en nombre de alguna ideología o al amparo de ninguna ética, como autores posibles de desigualdades; jamás comente, incluso, nuestro egoísmo y nuestro frío silencio ante la tragedia de la pobreza de mayorías, pues nos veríamos en necesidad de sacrificarte y destruirte, precisamente en el propio sentir de esas masas irredentas que tanto te conmueven.

Nosotros tenemos el dominio absoluto de la información y sabemos manejarla, de tal manera, que imponemos las convicciones públicas, tanto como para hacerte despreciar por aquellos a quienes tú osares defender.

Ellos, los desharrapados, nos respetan a nosotros, porque somos más fuertes y contamos con un enjambre de defensores que acudirían en nuestra protección y defensa y tú, en cambio, con tus ideas de redistribución de ingresos y tus sensibilidades de justicia social no tienes ninguna posibilidad de ser oído siquiera.

Es ese una especie de catecismo para la actividad en la política del mundo en este presente tan válido y brillante en lo tecnológico y tan seco y duro en lo ético.

Las relaciones de poder han girado en el sentido peor, pues los acontecimientos sucedidos no son realmente como son, sino como se presenten y se diga que son.

En las sociedades, el condicionamiento del entendimiento público, así como las posibilidades de compensar y castigar, se han ido situando en manos de grupos poco tangibles, vaporosos, cuyos rostros no son conocidos, que se han agenciado medios sofisticados de dominio que les permiten determinar cómo deben ser las cosas, conforme a sus filosas conveniencias.

El hombre público habrá de ser robotizado a fin de mantener sobre él controles efectivos, aunque se le permita la apariencia del discurso propio y la ilusoria posibilidad de abanderarse con alegados valores y principios de la comunidad y hasta hacerse capaz de referencias al denominado “bien común”, que naturalmente sólo se ha de permitir como práctica de retórica social.

El nuevo orden de cosas reposa, desde luego, sobre otras consideraciones que nada tienen que ver con esas sensibleras cuestiones que tanto influyeran para determinar la historia relativamente reciente.

Muerta la ideología, lo más indicado habrá de ser someterse a los nuevos dictámenes del lucro, los rendimientos y la eficiencia.

Ahora bien, en América Latina esas peripecias del rediseño del poder político y del dominio es obvio que experimentan dificultades para domesticar las fuerzas sociales que se engendran del fenómeno combinado de la demografía y la pobreza.  En otras latitudes está ocurriendo lo mismo, en cuanto a la incomodidad de masas, que no terminan de ser controladas, cuyas reacciones se hacen cada día más activas y potentes.

Concentrándonos en el ámbito nuestro, las últimas escenas transmitidas del ascenso a la presidencia de Lula son reveladoras de excitantes cuestiones.

Lula lució impresionante en su hermoso discurso porque mostró una queda dignidad de viejo luchador por reivindicaciones sociales en el marco de la guerra fría, atrincherado entonces en convicciones severísimas del marxismo que resultaban temibles.

El Lula de hoy hizo un inteligente recuento de los distintos jalones de la historia política de su Brasil y observó cómo, no obstante, permaneció la pobreza durante todo el tiempo.  Era una fina y profunda manera de pasar cuenta a todos los que le adversaran y desoyeran, cuando no era posible atender a sus posiciones, por razones obvias.

Desde luego, hablaba hoy desde el pedestal de una posición política abrumadora, derivada de unas elecciones libérrimas (mecanismo del sistema) que no dejaron duda del querer del pueblo. 

Fue admirable la sinceridad de sus lágrimas y la noble convocatoria a todos los actores y agentes de su sociedad para acudir a una regeneración nacional, para cuya obtención invocó dramáticamente el hambre de 54 millones de sus hermanos y compatriotas.

Viendo y oyendo a Lula, al pasar las cámaras hacia Chávez y Fidel Castro, es natural que el pensamiento se internara en las interrogantes y en las inquietudes que pueden columbrarse en el horizonte de las realidades de los intereses.

¿Hasta cuándo conservará Lula la prodigiosa aura de elegido del pueblo?  ¿Cuándo comenzarán las exigencias de hacer en meses lo que no se pudo hacer en siglos?  ¿Se le dará sincero concurso?  ¿No se le obstruirá hasta hacerle frustrante?

El análisis a contraluz de Lula es más plausible con Chávez como fenómeno popular, que frente a Castro, porque éste emanó de una revolución, que no de elecciones, y su larga permanencia en el poder, luego de colapsar el campo socialista, lo deja en el mundo como una leyenda rezagada de los tiempos de la guerra fría y de las bregas ideológicas.  Esta es otra historia, obviamente.

Es con Chávez la comparación o la asimilación más lógica que de Lula se puede hacer, aún cuando se conserven las diferentes procedencias de ambos hombres, uno del proletariado, otro del cuartel, pero, ambos llegando a ser depositarios de la esperanza de sus pueblos consagradas en elecciones de innegable pureza. Lo destacable sigue siendo el fenómeno común de la fuente pública de sus poderes.

Lula, como Chávez, aparecen como encarnaciones de los delirios de los pobres de sus pueblos, para quienes la invitación a permanecer esperanzados en un desarrollo en plena tormenta neoliberal carece de valor, por lo que no interesa a su causa.

¿Se harán practicables los cambios en libertad?  ¿No fue acaso el drama de Allende y su Chile la prueba más feroz de las dificultades? 

Preparar los ánimos para nuevas pruebas de incomprensión y tensiones infinitas parece ser lo que está en la agenda de los pueblos nuestros, sin que sea fácil preparar salidas intermedias que respeten la equidad, ajena a falsas caridades.  Lo que se ha pretendido hacer con Chávez se podrá intentar con Lula, nadie lo dude.

La cuestión será determinar si las capas sociales representadas por ellos, que se expresaran en pruebas democráticas irrefutables, también podrán ser contenidas y limitadas, todo el tiempo.

La variación de los contextos es obvia.  Chávez está muerto, soportando impertérrita su memoria las bajezas que todavía se urden para ofenderla.  Lula está bajo asedio mortal en procura de su muerte moral bajo una lluvia de procesos de índole criminal, porque si se presenta como candidato presidencial en el año 2018 es previsible que cincuenta y cuatro millones de brasileños nuevamente lo asuman como guía.

Están las economías emergentes, las Bricks, abriéndose paso en el comercio mundial, y esto tiene muchos ingredientes estimulantes de los peores conflictos.  Vendrá la ofensiva a escala mundial contra el proceso electoral regional venezolano y las acusaciones van a encontrar buen prado porque están precedidas de muchas ilegitimidades y los poderes de la tierra han venido trabajando por años en la crucifixión de esa experiencia social y política del chavismo, que no cuenta, por desgracia, con el carisma fascinante del gran líder desaparecido y que tiene que debatirse en términos muy difíciles,  atacado, ya, por esa feroz coronela que es la economía.

Como se vé, el proceso electoral regional de Venezuela es posible que pase a ser un cartucho más de la carga de dinamita que se ha venido acumulando para volar la experiencia del chavismo, que no cuenta ya con el “sublime aliento” que invoca el himno nacional de Venezuela, que fuera canción perenne de su líder.

Por ello he insistido mucho en la extracción de ese liderato y, ya, desde el año 2003, según se advierte en el artículo transcrito, aludía al contraste de esa extracción con la condición de proletario de Lula.  Algo que, guardando las distancias, otra vez, se podría extrapolar a la extracción de Nicolás.

Todo ello girando alrededor del calibre del blindaje de la unidad de las fuerzas armadas bolivarianas de Venezuela.  Ahí es donde está la clave de todo. Ellas, como todas las otras fuerzas armadas del mundo que hacen las guerras, tienen ahora la crucial obligación de preservar la paz y el único camino plausible es su unidad.   Sobrevivir y no consentir que se ahogaren sus lealtades en ese insondable océano de los intereses y sus maquinaciones.

¿Hasta cuándo podrían mantenerse esa unidad, bajo el agobio presionante, desesperante, de la calamidad económica?  Ahí está el enigma.  Por eso mi pálpito sigue siendo razonable.  De ahí mi reacción ante el significado de las elecciones regionales:  “Nada nuevo bajo el sol”.

Veremos en las próximas preguntas otros artículos de esos años para mantener la secuencia de la prueba de la coherencia que pretendo tener.

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MÁS SOBRE VENEZUELA

Esta otra entrega concierne al drama de Venezuela.  El título del articulo a reproducir es “Intereses Creados y Pobreza” y es de fecha 6 de enero del año 2003.  Catorce años es su edad, tres años menos que el tiempo de poder del chavismo. Lo que procuro con esto es hacer prueba de coherencia, de mi parte, en el sentido de que cuantas cosas pude advertir y escribir sobre ese sensitivo tema de Venezuela lo he mantenido propiamente intacto.

Partí de hacer dos entregas primarias que titulé “Caracas y mi Pálpito”.  Pálpito en el sentido de temor o presentimiento de que, algún día, sobrevendrían trastornos allá muy graves, según se podía colegir de la simple observación de Caracas y sus ranchos.

Ese contraste era una especie de placa tomográfica, cuando no de resonancia magnética, de la tremenda desigualdad entre pobreza y riqueza, tenido eso como signo claro de que la equidad y la justicia social habían estado ausentes, casi como si se tratara de una traumática contumacia.

Rogué al preguntarme: El dia que el cuartel venezolano, tan profesional como estaba hace cincuenta años, cuando conocí Caracas, se haga cargo de la desgracia de esta pobreza de tantos frente a una presencia de tanta holgura de unos pocos, ¿veremos fenomenales acontecimientos y cambios revolucionarios?

Ya en aquella ocasión recibía, después de llegar, unas opiniones de dos generales venezolanos a quienes conociera gracias a relaciones familiares, Homero y Alberto Leal Torres.

El primero, Ministro de Defensa, y el segundo, en sensitivas tareas de logística y estrategia, que me respondieran ante mis manifestaciones de elogio a la profesionalidad del cuartel venezolano, que ciertamente “eso constituía un gran mérito, pero que les preocupaba el incesante desorden escandaloso puesto de manifiesto en el quehacer político, pues era previsible que entre los cadetes, los oficiales jóvenes y soldados, surgiera la inconformidad básica que ha servido siempre de lazarillo a las más ciegas rebeldías” .

Como si estuvieran presintiendo que ya por ahí podrían andar los tenientes evocando las botas del Libertador para subvertir un orden de cosas injusto, aunque recubierto por el oropel de la democracia.

Luego se vio ocurrir cuando un teniente Chávez formara un movimiento bolivariano capaz de interceder en la suerte de la Venezuela sumergida, la de los excluidos, que es a lo que se refiere el artículo que es el invitado de esta pregunta de hoy:

INTERESES CREADOS Y POBREZA

Desde siempre se ha tenido la exclusión, como la inclusión que es su reverso, en un lugar distinguido para la explicación de conductas individuales y sociales.

Cual que fuera el ámbito en que actuara en individuo, se ha contado mucho con saber si, por el resentimiento de entenderse excluido o por la vanidad de saberse incluido, ha podido incurrir en tales o cuales acciones u omisiones.

La rebeldía social, así como la agresividad criminosa individual, los desórdenes de personalidad y los hábitos viciosos de jactancia y falsa suficiencia, siempre han sido examinados haciendo partir la observación del punto de saber en qué lado “de la cancha” estará el sujeto, individual o colectivamente.

Luce cómodo el método, aunque demasiado simplificador.  Desde luego, tiene en su favor experiencias de comprobación muy numerosas y convincentes.

Ahora cuando se desarrolla el drama de Venezuela se oyen voces muy altaneras buscando reducir la cuestión a una confrontación insondable entre incluidos y excluidos.

Se dice que son dos pueblos en paralelas los que se enfrentan.  Uno, constituido por las clases media y alta que se sienten excluidas del sueño bolivariano de Chávez, y otro, que reúne todos los más pobres que se saben incluidos en los empeños mesiánicos del singular liderato popular y militar.

Parece atractiva la tesis. Sobre todo, porque nos libera de analizar los otros componentes del conflicto que residen necesariamente en los predios de los intereses creados.  Nos excusa, según parece, recordar todas las luchas de ese generoso pueblo por su progreso en libertad, a quien se le dijo que sólo tendría lugar aquello en el marco de la democracia representativa.

Y a ello se acogió el pueblo, durante décadas, y fueron violadas y desconocidas mil promesas de los líderes y partidos políticos del sistema, que de haberse cumplido mínimamente, hubiesen servido para un real desarrollo generalizado en capacidad de evitar la inexplicable tisis de la pobreza, que es la médula de la más profunda sublevación del pueblo pobre, dados los inmensos recursos naturales con que se ha contado.

No ocurrió nada de lo prometido.  Al contrario, se cebaron los políticos y hombres de negocios en el saqueo, hasta alcanzar la más alta y escandalosa paradoja de un pueblo inenarrablemente pobre en servidumbre de camarillas grotescas de la política y los negocios, que supieron dotarse de una sofisticada y poderosa comunicación social de masas para mantener y defender el inicuo adefesio de la “democracia Venezolana”.

Se trata netamente de excluidos de los legítimos beneficios de aquellos que constituyen las mayorías del pueblo, frente a partes menores de la población, de clase media, que no les fuera tan mal como a los de abajo, cuya beligerancia ahora la motivan las élites poderosas para combatir todo eso que Chávez trae en su discurso redentorista.

¿Chávez es sólo Chávez?  ¿No hay, acaso, una dimensión más profunda en las entrañas de una Venezuela excluida y frustrada por el crimen?  ¿No será esto lo que mantiene una unidad asombrosa entre el pueblo de los cerros y el pueblo de los cuarteles?

La realidad es que Chávez ha dado lecciones memorables de democracia en el mejor sentido de la palabra.

No ha dado señales de las muy típicas y conocidas del despotismo, que Venezuela ha sabido padecer.

Sus palabras, no hay dudas que inquietantes, se reducen a describir anhelos públicos que fueran secuestrados por décadas, cuando la insolencia de los venezolanos más aptos para el robo avergonzaron a su pueblo ante el mundo excluyéndolo de la participación en todo intento verdadero de progreso colectivo.

Ha sido, pues, obra directa de la corrupción y el crimen económico, de todo pelaje, la pobreza recrecida del pueblo que inició su desencanto con el sistema de partidos políticos cuando eligió con “fuerzas sueltas” a un Caldera valetudinario, que no podía por esa y otras razones evadirse de la camisa de fuerza del “mecanismo rector” de la política y la comunicación de Venezuela.

Chávez emergió como una acentuación del desencanto y practicó en las instituciones la cirugía mayor del cambio de la constitución y asumió, de forma pintoresca, su propia defensa, sabedor de que si dejaba en manos de la prensa el relato de los hechos en muy poco tiempo lo deformarían hasta hacerle desaparecer.

Es ahí donde se encuentra el nivel más sensible del trastorno.  Chávez le tomó la palabra de los cambios políticos, de verdad, lo que ha enfurecido a quienes hicieran el monopolio de esa palabra de los cambios en democracia, de mentira.

La clase media verdaderamente puede sentirse amenazada de exclusión porque no es protagonista de los cambios prometidos a los de abajo, que los esperan dentro de libertades públicas notables, con la garantía del cuartel solidario con su causa.

Ha sido enorme la demostración de poder de quienes han llegado hasta a comprometer la estratégica riqueza petrolera en la parálisis.  La respuesta no ha sido menos imponente y el pueblo luce dispuesto a todo, a todo, con tal de mantener la esperanza.  Conoce demasiado el otro camino, que fuera abandonado.

Resalta en medio de esa prueba de fuerza que son pocas las bajas y que el gobierno se empeña en ser mucho más democrático que quienes le quieren derrocar.  La guerra civil se emboza y nadie duda de su inminencia siniestra y artera.

Venezuela ha tenido plumas insignes que han narrado y novelado su pasado.  Los venezolanos saben de ello, se conocen y saben que tienen motivos sobrados para contenerse, ante el baño de sangre que ha sido tan trágico entre ellos.

Conocen las durezas posibles, que han servido, a veces, para la gloria, y otras para la ruina.  Tales con las lecciones de Páez o de Boves.

Recuerdan perfectamente a Crespo, Mocho Hernández, Cipriano, Gómez y están convencidos de que, si se abate la fatalidad de una guerra, terminaría el pueblo sin tiempo ni razones para detenerse a comprobar quién fue excluido o incluido.

Basta al venezolano retener lo escrito por Uslar y Herrera Luque, para solo citar dos de sus eminencias, y esto les hace sentir su índole sumergida de violencia sin par.  Ojalá este freno psicosocial, a grupas de la historia, contenga la desgracia que todos tememos y oramos porque no sea.

La única y mayor sombra seguirán siendo los intereses creados, que no son susceptibles de enmiendas cuando de ellos se trata.  Pobreza e intereses creados.  He ahí el drama.  Nadie lo dude.”

Les aconsejo, pues, al tiempo que les ruego comprensión, en cuanto a que mis vaticinios se han venido cumpliendo y las dos Venezuelas, superpuestas horizontalmente, que fueron separadas, hoy se encuentran verticalmente enfrentadas:  la primera, la sumergida, que se mantuvo tanto tiempo bajo el descuido despectivo por su suerte de la clase dominante y los partidos políticos, muy excluida; y la otra, superpuesta, muy opulenta y segura de su desarrollo y destino.  La excluida, abajo, ha recibido beneficios sociales, económicos y de todo género que no se siente ya excluida.  En cambio, la otra, sí experimenta la angustia de la exclusión, pese a las riquezas de sus capas superiores, pues se entiende que el proceso público le ha segregado.

Optó esta última por apelar a una coronela tremenda en las guerras llamadas de baja intensidad como es la economía y apretó todas las presiones y maniobras para su descalabro, porque sólo así podía volver al poder aprovechando el fracaso del sistema centralizado del socialismo del Siglo XXI.

Por ello ganó elecciones nuevamente y alcanzó su asamblea nacional de control mayoritario.  La otra, en cambio, desde el poder responde con sus apelaciones incesantes al “Comandante Eterno Hugo Rafael Chávez Frías” para llevar a cabo una nueva prueba popular que le permitiera agenciarse otra asamblea, pero de carácter constituyente. Y por ahí vienen todos los sucesos de los últimos tiempos que han sabido poner al mundo en ascuas.  Falta por saber cuánto durará la blindada unidad militar para que la tragedia de la guerra civil asome su ensangrentada cabeza.

Veremos en otras tres entregas venideras otras perspectivas que encierra el conflicto, artículos cuyos títulos son:  Chávez y el Iter Criminis; Lula y Chávez y nuevamente, en su tercera entrega Ampara Señor a Venezuela.  Veremos.

Venezuela, preocupación de todos

En mi programa televisivo La Respuesta anuncié que haría algunas entregas de La Pregunta relacionadas con el preocupante y muy grave caso de Venezuela.

La idea es reproducir algunas de las cosas que sostuve en el año 2002, cuando Chávez era una realidad de poder y estaba enfrentando la espesa y peligrosa resistencia de aquella parte de Venezuela que permaneciera largo tiempo superpuesta sobre la otra Venezuela, la sumergida, que él había asumido como su tarea esencial de gobernante dentro de un proceso de cambios revolucionarios.

Lo he querido hacer así para ratificar mis posiciones desde el principio y con ello dejar bien claro que cuanto opine hoy, así como en el tiempo que me sea posible hacerlo, se corresponde con mis convicciones originarias.

Chávez fue un fenómeno único en la historia de nuestra América, porque encarnó un liderato profundamente popular, pero su extracción era, a la vez, profundamente militar.

Pobreza de los ranchos y rebeldía del cuartel se conificaban en Chávez; era algo que estaba más o menos diseñado y resultaba más que posible presentir, cuando se aprecia en retrospectiva la erupción del Caracazo y el alzamiento tres años después encabezado por el joven coronel.

Desde luego, hay muchas cosas que se deben precisar hoy en procura de cuidar la justicia histórica.  Una de ellas, que para mí resulta siempre atendible, es recordar el papel crucial que supo jugar un expresidente venezolano que simbolizó la más alta expresión de la doctrina demócrata-cristiana, Rafael Caldera, quien pronunciara dos discursos cruciales en su condición de senador vitalicio y como expresidente de Venezuela, tanto en ocasión del Caracazo, como luego, en el dramático momento del alzamiento militar fracasado.

Hoy traigo la primera muestra con el artículo que escribiera en el Listín Diario en fecha 11 de noviembre del año 2002, bajo el título: “Presidente Chávez, reflexione”:

PRESIDENTE CHAVEZ, REFLEXIONE

Por:  Marino Vinicio Castillo R.

En estos días estuve ausente dos semanas.  Creo que me convino la ausencia porque sentí mejorar las perspectivas y reflexiones acerca de algunos tópicos, nacionales e internacionales.

 Ví a Venezuela, por ejemplo, desde el exterior y confieso que turbaron mi espíritu preocupaciones que no había sentido antes con esa intensidad.

 Aquél entrañable pueblo se está seccionando peligrosamente y parecería un indetenible proceso de ásperos desencuentros que podrían reproducir etapas de luchas fratricidas parecidas a las del último tercio del Siglo IXX que terminaron por ser puestas en el reposo por una larga tiranía.

 Los ánimos son cada vez más irreconciliables; las tramas hieden por doquier; las fuerzas de oposición, en lugar de avanzar hacia la organización de respuestas ordenadas, ahora, cuando todavía no hay un preso político, se alojan en la exigencia tremenda de un abandono del poder de alguien que ha merecido sucesivas calificaciones populares para estar donde está.

 En las disputas se advierte una alta presencia de sin razón, que si se le descuida terminaría por cerrar los caminos civilizados, abriéndole trocha a la aventura, que sabe no arredrarse ante posibilidades tan díscolas y turbulentas como el magnicidio, o la decisión de las Fuerzas Armadas protagonizando un encarnizado proceso de poder desde los fusiles. Recordé haber leído dos obras, cuya lectura recomiendo, una de Carlos Seco Serrano, “La Historia del Conservadurismo Español”, y la otra de Paul Preston, “Las Tres Españas de 1936”.

 Quien lea esas contribuciones notables se convencerá de que esto que España tiene hoy como democracia admirable funciona dentro de una monarquía parlamentaria, que le ha permitido un progreso impresionante. Fue todo cuanto buscaron en el Siglo IXX don Francisco Martínez Rosa y Cánovas del Castillo, entre otros, dentro y fuera del poder, proponiendo la conveniencia de una tercera vía entre monarquía, república que hiciera esto que finalmente se alcanzara, un siglo después.

 La otra obra sobre “Las tres Españas” es una desgarradora descripción de breves cortes biográficos de los hombres fundamentales de la guerra civil del ’36 y a uno le queda el amargo sabor de que se pudieron evitar un millón de muertos y una prolongada dictadura, de haber habido en tanta gente brillante un mínimo de sensatez, menos pasión imperante y la visión clara de que tenían que eludirse de los terribles efectos de las influencias del fascismo y del comunismo, que ya se aprestaban para la conflagración de los sesenta millones de muertos del ’39. Hombres ilustres que no comprendieron la necesidad de rehusarse a pasar a ser cambio experimental de armas y determinaciones como sólo España podía hacerlo.

 Así, el pensamiento vuela y se asienta en la Venezuela de hoy y llega acompañado del convencimiento de que el presidente Chávez, sin tener un preso político, lo que es su máxima gloria, se está atrayendo antipatías y violencias, cada vez menos solapadas, de una oposición que lo tuvo que aceptar como una respuesta lógica y aprobada de Venezuela a los sectores que la saquearon en forma infame desde la política y los negocios.

 Chávez, así lo reconocí desde su prisión, ha sido un signo inequívoco de la necesidad de cambios políticos drásticos en un corrompido sistema de partidos.  Naturalmente, él ha intentado en lo económico y social acciones de legislación profunda sobre las tenencias de tierras que  del estatuto de la pobreza petrolera y con ella concita una resistencia mayor y peligrosa.  Lo que pone a cavilar es advertir que el presidente se ha dejado provocar y no ha buscado la serena prudencia que, aún cuando ha de ser bien enérgica, serviría para salvar la índole y la imagen de sus propósitos generosos.

 Chávez no está reparando lo mucho que él significa para Venezuela, por lo que no debe llevar a términos enconados de conflictiva confrontación ideológica sus visiones y principios ardientemente nacionales.  La ideología que se le ha colocado como compañera de viaje como pareja es incómoda; tiene un historial intimidante; sus centralizaciones se desplomaron en lo que fuera el útero soviético y, en fín, Chávez no ha debido fallar en la evaluación del significado de lo que es el terrorismo para el mundo de hoy.  Su error ha sido aparecer de algún modo amortiguando sus devastadores fines. 

 Él, que no es represivo, aunque constatatario, ¿qué hace con esas posiciones tremendistas y marchitas?  ¿cree él que, luego de lo ocurrido en la ex Unión Soviética, es prudente animar a los nostálgicos tropicales para apoyarse en ellos en el auge de su sueño bolivariano?

Yo, que he sido su ferviente y desinteresado admirador, estoy preocupado y me temo que el presidente ha perdido, de algún modo, aspectos fundamentales de su orientación a favor de su lucha por el progreso venezolano, al prohijar la impronta de que obra dentro de una ideología en precario, que él no necesita porque proviene del cuartel donde Bolívar, aún, “deambula taciturno, con sus botas calzadas”.

 Si sobreviene la inmensa tragedia de la guerra civil en Venezuela, toda la América nuestra tendrá que lamentar, sin que haya manera de predecir cuánto.

 Reflexione, pues, presidente Chávez, y reduzca el encono; dedíquese a introducir métodos sanos de gobierno en su rica nación que eso sólo haría las veces de revolución.   Son tantos los recursos, que su buen uso sería pura gloria.

 Piense en el Coronel Nasser para la preservación del decoro; aparte a cuanto Largo Caballero aparezca grávido de intransigencias e incitaciones; a los cacerolazos déjelos sin argumentos que puedan atraerles aliados peligrosísimos.

 Usted, presidente Chávez, es de un gran corazón y lo prueba la ausencia de presidios y persecuciones.  Toda América le agradecerá su simple ejemplo de adecentamiento, pues es esto lo que fundamentalmente falta en la dirección de nuestros pueblos.  La oposición, de su parte, que se organice sin la afrentosa compañía y presencia del escándalo precedente que fuera causa esencial del fenómeno Chávez y sus hermosas quejas bolivarianas.

 Nuevos partidos, nuevos hombres y mujeres que, en las ideas, más que con las plazas, preparen lo que ellos dicen representar.  Tal ha de ser la disputa, no el infierno de la guerra y el caos.”

 Cuando escribí aquel artículo tenía muy presente las dolorosas enseñanzas que me quedaron de la lectura de una obra, a mi entender indispensable, para comprender verdaderamente la tragedia de Chile que tuviera como inflexión suprema la inmolación de aquel ilustre Presidente que fuera Salvador Allende.  La obra se titula “Memorias Testimonio de un Soldado”.  Su autor fue el general Carlos Prats González, quien fuera Ministro de Defensa del Presidente Allende, que llegó a confiar en él plenamente y que luego fuera asesinado mediante explosión de su auto, junto a su desventurada esposa.  La obra se publicó a instancia de sus hijas.

El general Carlos Prats González, era ferviente partidario de la estricta doctrina de la prescindencia del poder militar y el respeto debido a la Constitución y al poder civil en cuanto a no deliberar ni decidir cosas que quedaren fuera de sus altas misiones de fuerzas armadas.

El brillante general Schneider, que era el líder fundamental que había encarnado como ningún otro tal doctrina, servía a las fuerzas armadas chilenas en esos planos de dignidad y respeto que las rediferenciaban de la generalidad de las armas de América Latina.  Fue asesinado dos años antes de la tragedia del 11 de septiembre de 1973, en pleno centro de Santiago, en lo que fue un claro acto preparatorio de la hecatombe. A esa etnia del decoro y del honor militar pertenecía el general Carlos Prats González.

Pues bien, Allende, médico, dirigente socialista, hombre de enorme decencia, que alcanzara la presidencia en su quinto intento por decisión congresional y que contara en principio con el voto demócrata cristiano para asumirla, fue víctima atroz de la bestialidad desprendida de la desnaturalización de aquellas fuerzas armadas.

Una vez en el poder, el doctor Allende, entre las pasiones ideológicas más extremas como fueran las del MIR, recibió la visita prolongada de más de un mes del símbolo continental que fuera Fidel Castro y terminó en un charco inmenso de sangre, todo bajo un control siniestro de un poder extranjero implacable.

Es el diario de aquel soldado un testimonio potente para comprender las causales de que aquellas fuerzas armadas, repito, pasaran de la estricta obediencia al poder civil al oprobio con una subversión sanguinaria que diera paso a una dictadura de más de tres lustros en ese pueblo brillante que es Chile.

Son muchos los libros que se han escrito para recordar los extremos horribles de esa represión, pero, me voy a limitar a recomendar dos para los que quieran, tantos años después, llorar sobre aquellos sucesos tan luctuosos y desgarradores.  Las obras son  Yo Augusto de Ernesto Ekaizer y Los Zarpazos del Puma de Patricia Verdugo.

Volviendo a Chávez, cuando escribí el artículo que reproduzco no percibía que la honda extracción militar del coronel Chávez blindaría la unidad de sus fuerzas armadas y las pondría a salvo de toda división fratricida.  Esa unidad, hemos visto, aún se mantiene.  Esto, desde luego, sin dejar de considerar el alevoso golpe de estado del año 2003, en el cual se comprometieran las cúpulas de aquellas fuerzas armadas con el asalto de un empresariado feroz que llegó a derogar la Constitución por decreto.

En sucesivos artículos que irán apareciendo en La Pregunta del futuro inmediato se podrá apreciar mejor el tipo de dedicación que he mantenido sobre ese fenómeno político-popular de Venezuela, que al cabo de 17 años, hoy, ha terminado por ser la preocupación dominante de los pueblos, tanto de América Latina como de otros lares mundiales.

 

Naciones Pequeñas de Pequeños Hombres

Era el mes de octubre del año 94 del pasado siglo y la República acababa de pasar por una crisis política enorme que desembocara en un estupro constitucional consistente en mutilar el periodo presidencial de cuatro años, dejándole un tiempo de solo dos años.

En las elecciones de mayo de ese año un legendario líder nacional alcanzó la victoria y se disponía a agotar un sexto período, pero tal eventualidad levantó una resistencia de fuerzas mixtas, vale decir, de litorales de la política que habían sido derrotados y un poder extranjero intransigente que no consentía que aquello se consumara.

Lo cierto es que un mes antes de esas elecciones una firma encuestadora de fama mundial, que entre nosotros ha sabido ser la guía por excelencia para darle fundamento a las posibilidades de los candidatos, le había dado a ese anciano ciego un punto por encima de un candidato excitante y fogoso, líder de un partido de oposición muy combativo.  Esto, sin embargo, no fue óbice  para que se desarrollara una campaña a escala mundial señalando que las elecciones habían constituido un fraude colosal y que, de consiguiente, eran inadmisibles sus resultados; así nació la crisis y el poder extranjero se hizo cargo de dirigirla y controlarla.

El título de esta Pregunta, es el mismo de un artículo que publicara en el diario El Caribe a mi firma el 13 de octubre de 1994 y al entregarme un amigo la copia de ese diario, que yo la tenía perdida, me di cuenta de que había una coherencia muy densa entre las cosas que planteara en ese artículo y muchas de las que he estado formulando veintitrés años después.

Fue por ello que en mi programa La Repuesta prometí traer como invitado especial tal artículo y con ello hacer una prueba fuerte y simple de mis posiciones en el tremedal de las circunstancias nacionales que hoy amenazan desembocar en crisis aún mayores que la referida.

Traigo, pues, algunos fragmentos del artículo atinentes a los propósitos que persigo:

“Nuestra organización política descansa en una base mentirosa.  Mentira en la elección; mentira en el Ejecutivo; mentira en el Legislativo; mentira crasa en la justicia; mentira irritante en los partidos políticos; mentira carnavalesca en la prensa.  La falla de lógica, de sinceridad, en todo nos pierde irremisiblemente”.  Pelegrín Castillo. Diario de Cárcel 1912.  Fortaleza San Luis, Santiago.”

Cuando leí la amarga reflexión hecha por mi padre no supuse que la ausencia de sinceridad en nuestro quehacer público podría ser un quebranto socio-ético de tanta magnitud.

Lo aprecié ciertamente, desde la adolescencia, como una fatalidad crónica, aunque imaginé durante la prolongada opresión en que naciera y me hiciera adulto y cabeza de familia que los valores del espíritu aplastados y comprimidos rebrotarían en las horas de libertad y democracia, según se prometía.

En verdad, la carencia de sinceridad se intensificó y se hizo más profusa en sus manifestaciones hasta alcanzar la trágica configuración de una verdadera cultura del cinismo, donde la simulación hace estragos en los bríos vitales de la nación, a fuerza de lisonjas, permisividades y mixtificaciones.

Ahora, en estos precisos momentos nacionales, es cuando más se evidencian las características de esa patología social que es la hipocresía, cuyas conveniencias soterradas guían la generalidad de nuestras determinaciones.

Queda claro que a su aceleración y desnudez siempre ha contribuido la tóxica influencia de los propósitos extranjeros, al programar sus oscuros fines bajo una irritante apelación a supuestos principios, puramente retóricos, cubiertos por el palio de la retorcida invocación de mejoramientos de las iniciativas democráticas; todo ello a cargo del atajo de la complicidad nacional para la cual los designios de tales poderes son los únicos que cuentan y cuya imposición la proclaman inexorable, como algo dotado de la enorme fuerza de los fenómenos telúricos, a escala de catástrofe.

Y ha sido así desde la fundación del Estado Nacional, en mayor o menor grado.  Desde luego, no es éste el espacio para reseñar las vicisitudes todas, aunque sí vale la observación sustancial de que hemos sobrevivido hasta hoy, pese a sedicentes infiltraciones, porque en las horas de grandes pruebas del destino histórico la nación pequeña ha contado con el sacrificio de los grandes hombres de su glorioso puñado de siempre.

Luego de esos fragmentos vino una cita insigne de don Américo Lugo en su carta memorable y viril a Trujillo, en el año de 1936.

Proseguí en mi artículo con los fragmentos siguientes, los cuales inserto porque coinciden plenamente con la anterior Pregunta, relativa al instinto de conservación y el Ser Nacional.  Fue entonces, cuando pasé a referirme concretamente a la crisis del modo siguiente:

“Aún así, como poniendo de lado tan amargo vaticinio, hijo de un pesimismo muy extenso, la sociedad nacional tuvo vientre para alumbrar hazañas en la reclamación insomne de la libertad, en abundante vendimia de martirios y de heroísmos.

Para los adocenados que abjuran hoy de los ejemplos, bastaría enumerar jornadas de coraje y patriotismo tales como Luperón, el 14 de junio, el 30 de mayo, el 65 y el indómito ademán de la pureza que fuera Manaclas.

Están ahí:

“NO SON PATRIMONIO DE NADIE EN PARTICULAR.  LA UNICA MANERA DE HONRARLAS ES OFRENDAR LA DISPOSICION DE IMITARLES, EN CUALQUIER EDAD Y TIEMPO, SIN PRECLARIFICACINOES OPORTUNISTAS DE VANO USUFRUCTO.”

 “… Ahora resulta que está de moda argüir que la simple recordación de tales cosas es pura ridiculez.  Se trata, claro está, de una diabólica fórmula de desaliento de quienes se llevan el índice a los labios frente a la ocupación militar del Estado vecino, porque confían en que tan fementida reposición de poder será algo más que “democracia de misiles” , sino más bien un taller de aboliciones de soberanía en la isla toda.  1915 fue seguido de 1916.  Es necesario retener a Lugo en las citas sobre el pasado, adecuándolo a las presentes circunstancias de federalización, así como a los ya esbozados planes de “provisionalidades”.

En realidad, confrontamos una perversa modalidad de abatimiento que parece hacer innecesarias las discordias y rencillas incoercibles de siempre, tan animadas por las intrigas foráneas, con su corro interno en su perpetuo empeño de debilitar al Ser Nacional hasta la agonía de sus arrestos y la yugulación de su memoria social.

Se nos ha zarandeado de lo lindo en las cuestiones institucionales, hasta hacer tabla rasa de la identidad individual, so pretexto de un perfeccionamiento electoral, socavando y aberrando la plataforma básica de la nacionalidad, haciendo de ésta una bagatela obtenible por dolo, propiciado por los propios poderes públicos, en una experiencia detestable donde resulta doloroso y difícil separar la torpeza de la perfidia. 

No ha terminado de pasar el asombro frente a sucesos como éstos:

  1. Un presidente de la República de la república relatando la parte final de una visita de un Procónsul, en medio de una manipulación post-electoral, elevada a categoría de crisis regional, cuando aquel le lanzaba el llamado dardo de los Partos y le espetaba: ¿y qué haríamos si llega el 16 de agosto sin la Proclamación (ritual constitucional para anunciar un nuevo presidente)?
  2. Una fría y meticulosa Embajadora declararse “decepcionada” por el fallo del más alto Tribunal Electoral, único competente para dirimir las cuestiones electorales muy esperanzada en que abortaría la Proclamación, que era lo definitivo, a su entender;
  3. Un alto dirigente del partido de oposición de mayor nivel de competencia CONFESANDO haber sido portador de una propuesta a otro partido de oposición para “no proclamar”, al declarado vencedor por el organismo electoral, confluyendo así con los propósitos manifiestos del Poder Extranjero, dentro de un estatuto neto de Complot;
  4. La celebración de un ceremonial presidido por el Jefe del Estado para anunciar con “bombos y platillos” la superación de una gigantesca manipulación de prensa, extranjera y nacional, destinada a la intimidación de imponer sanciones contra la Nación por la alegada trapacería de sus políticos de poder, algo que correspondía, en más alto grado, a unos llamados “asesores”, fabricantes de colchones anti-fraude de gran destreza.

En fin, nunca el filósofo F. Lassalle había recibido un apoyo más conspicuo y de grupos más notables, en cuanto a su teoría de que la Constitución es un “pedazo de papel”, mención ésta que le fuera endilgada  como estigma a quien presidiera aquel “parto de los montes”.

Todos los episodios precedentemente señalados constituyen lo que se vio, pero, no fue todo lo que ocurrió, que no se vio.

El poder extranjero goza de tanta eficacia en su potencia que está confiado en el secreto reverencial para el otro dardo de los Partos que lanzara su Procónsul, mucho más venenoso, desde luego, pues fue una instigación a mando decisivo contraria a lo preceptuado en el artículo 93 de la Constitución, que prevé la obediencia, no deliberante, de los cuerpos armados.

Hubo un bello gesto de un soldado nuestro que permanecerá marchito por el silencio subsecuente, demacrado en la hondonada del reconocimiento de su acción como algo de tan difícil identificación como saber acerca del “soldado desconocido”.

Hoy me decido a revelarlo porque pienso en el alerta inmenso en que se ha de mantener a la nación.  Un episodio como ese debe conocerse, sobremanera, porque la incitación era una trampa mucho más filosa que el tranque institucional en el campo político.

La inferencia clara y única es que de haberse dejado tentar el soldado por el pérfido emisario, con su oferta de apoyo, hubiese sido una maniobra más de la geopolítica en curso, capaz de servir para barrernos del mapamundi, al menos con la configuración que nos crearan nuestros Padres Fundadores, tan ilustres y puros como los de ellos.

Reaccionemos, en suma, contra la maldición de siempre que nos escupe el desprecio de los poderosos:  “Nación pequeña, de pequeños hombres.”

Ese soldado nuestro no fue nada pequeño en su gesto, aunque quede el muñón de la censura a su mutismo, temeroso, quizás, más que de la ira de los amos, del veneno de los siervos.

Me atrevería a agregar a las mentiras imprecadas por mi padre en 1912, una, peor que todas, la mentira taimada y concebida de los “silencios”.

En resumen, no podría atribuirle importancia alguna a esa coherencia de mis posiciones si no revelara, al cierre de esta Pregunta, que la realidad de aquella crisis estaba domiciliada en la negativa rotunda del anciano estadista ciego a consentir el establecimiento de diecinueve campamentos de “refugiados”, supuestos desde luego, en el territorio nuestro.  Aquel gesto valeroso de rehusarse a consentir el agravio a nuestra soberanía y nuestro territorio privó de su triunfo a aquella leyenda del poder dentro de nosotros bajo la campaña mediática más horrible y desconsiderada de acusaciones y dicterios a escala mundial.

Vuelvo al cerrar esta Pregunta recurriendo al Dante en aquello de “Dejad al tiempo la ardua sentencia”.  Todo se ha ido viendo y percibiendo de la peor manera:  la traición se injertó y dominó al poder.  De ahí mi indeclinable coherencia en el reproche y la premonición.

 

 

 

 

 

 

El Instinto Supremo

El instinto de conservación es el de mayor intensidad en el ser humano; se le ha tenido siempre como eje de los demás, como si los agrupara y los hiciera sus dependientes.

Ningún otro se le compara, pues viene intrincado con la propia existencia, cuya seguridad y permanencia se procura con todas las reacciones posibles que tiendan a su protección.

De ese instinto primario deriva la generalidad de los componentes de la conducta; es su parte más íntima y profunda y está alojado en el infra-yo como su selva proditoria.

Los miedos al peligro son muy inherentes; la respuesta a todo cuanto comprometa la existencia se provee en seguida, sin aplazamiento, y es así como el deambular por la vida queda signado; más allá de los conocimientos adquiridos, por encima de las variables circunstancias de placer, felicidad, pesar o cualquiera otra de las interminables contingencias de la existencia.

Todas quedarán sometidas a un control vitalicio de ese instinto de conservación de la vida o de la integridad de ésta, cuantas veces se les expongan a riesgos.

Sin embargo, ocurre que la vida va dando muestras de situaciones singulares en medio de las cuales hasta el propio instinto de conservación es puesto de lado, desoído, postergado.

Existen, por ejemplo, los casos del valor personal probado, no simplemente del valor pregonado. Se ve en las guerras formales o en aquellos sucesos que exigen hacer la prueba de valor hasta llegar el sujeto a su desafío, sin temer asumir el peligro de perder la vida; sin importarle tal perspectiva.

Por el contrario, aparece la otra vertiente en que se opta por retirar todo empeño de exhibir valor y dejar que el instinto de conservación se exprese plenamente, aunque ésto implique el escarnio de la cobardía.

Quede claro que no es éste el lugar adecuado para ponderar, siquiera, esos temas, que están reservados para la sabiduría de los tratadistas, especialmente los que se han internado en la exploración que implica el conocimiento de la sicología individual profunda.

Mi esfuerzo de hoy, pues, está restringido a tocar el suicidio como tema, más en el plano social, que en el individual.

¿Qué ocurre con el suicidio? Se le llama muchas veces muerte por “manos propias”; se hace evidente que opera entonces algún factor potente que resulta capaz de vencer al inacabable apego por la preservación de la vida, así como de la integridad física del ser humano.

Las explicaciones son diversísimas, pero, las predominantes proceden de la ciencia médica, puntualmente de áreas de ésta que entienden de los trastornos de la mente y la personalidad.

Se le dá entonces al importante evento del suicidio una explicación que cada vez resulta más escueta, y al parecer más convincente, como lo es el diagnostico de depresión; que puede llevar al suicida a la encrucijada de la decisión de poner fin a algún sufrimiento del cual ha buscado librare con la muerte, procurada muchas veces con callada conformidad, sin temor ni arrepentimiento, con frecuencia acompañada de una extraña alegría final.

Pero, ocurre que esa manera de simplificar algo tan complejo no basta para llegar a comprender plenamente todo cuanto encierra como drama.

Ahora bien, tal como apunté, mi interés de hoy es tratar el suicidio como probable signo social que pueda estar señalando algo más vasto, quizás motorizado por otros factores que acuden e inducen los desplomes personales que preceden, es decir, todo sobre esa escabrosa socialización del suicidio, que pasa a ser un síntoma, más que un signo, de cosas que aquejan a la sociedad como conjunto en sus desenlaces ruinosos.

Sabido es que en las grandes caídas y colapsos de las economías, por ejemplo, de todo o parte del mundo, se producen suicidios como resultado de las bancarrotas de la gente del comercio; sabido es también que en esas etapas espantosas de grandes sufrimientos por la opresión política, como por ejemplo en el régimen nazi, el suicidio no sólo se hizo un hábito realmente, sino que se llegó a utilizar en forma compulsiva de castigo de aquellos que, de un modo u otro, el poder consideró traidores e inservibles; pero preciso es retener que la historia conserva ejemplos épicos y notables de grandes expresiones de valor en los que se ha optado por la muerte antes de recibir el deshonor de la derrota, en cualquiera de sus modalidades.

Como se advierte, en la vastedad de esos campos se hace algo menos que imposible toda descripción. Por ello lo que busco de forma más puntual es descifrar cuáles son los mensajes que nos está enviando el suicidio a la sociedad nuestra de hoy, donde y cuando se alega un estado agradable de bienestar y pujanza y la economía se dice que es promisoria.

¿Por qué con tanta frecuencia viene el suicidio enlutándonos? ¿Qué tienen de advertencia casos como los que genera la usura exigente y despiadada que malogra al deudor atolondrado, a veces por sumas mínimas? ¿Por qué esos casos tan desconcertantes como un pastor cristiano que se lanza de un puente por tal motivo o una joven profesora que no resiste ser descolocada y separada de sus tareas? y otros tantos, que se van por las veredas enigmáticas de la muerte por “obra de sus propias manos”. ¿Qué está ocurriendo, en realidad? ¿Por qué está produciendo tantos estragos este sombrío fenómeno, casi epidémico, que arrastra a adolescentes, ancianos y tanta gente en plenitud?

La suma de tantas depresiones individuales que contribuyen con el alarmante fenómeno del suicidio epidémico, se podría suponer que terminaría por arruinar la comunidad, hija de la historia, que alberga al Ser nacional. Esa noción del Ser nacional es la que podría estar en juego en momentos como éstos.

Pero, asumir tal cosa es el error de quienes traman contra la nación; piensan que la depresión se haría colectiva y que la misma terminaría hundiéndose en el desaliento y la entrega, no importándole cuánto de ignominioso sea el destino propuesto.

Ocurre todo lo contrario. Lo cierto es que la minoría generosa y abnegada que llamo siempre medular ha sabido dar pruebas portentosas en tiempos de grandes desventuras.

En lo político existen episodios colosales de compromiso con la patria: Las expediciones armadas de Luperón del 47 y el 14 de Junio del 59; Manaclas del 63 y gestas de arrojo inmenso, a sabiendas de que serían barridas familias completas, o en grave riesgo de muchos de los suyos. No otra cosa fue el año 61 y su 30 de Mayo. ¿Cuánto tiempo y espacio necesitaríamos para evaluar y describir el sacrificio de las Hermanas Mirabal?

Nadie ponga en duda que han sido centenares los dominicanos que asumieron los riesgos y sacrificios mayores, conscientes de que les esperaba la muerte. Pusieron de lado el instinto de conservación individual y familiar para servir al instinto supremo de la conservación de la nación.

Ya, mucho antes, el honor del Capitán Raúl Saviñón en el año 30, que se negara a entregar su fortaleza y se decidiera por el pistoletazo en la sien porque él “no traicionaba”, así como el complot de artillería del Capitán Marchena”, que hiciera perder las vidas de decenas de jóvenes oficiales y soldados en el año 46, fueron muestras gloriosas de entrega a la lucha por la libertad de su pueblo.

Pero hay más. Cuando uno se aparta del litoral de las armas y la guerra y se dedica a recordar y citar sólo algunos de los casos de inmolación para interceder por el prójimo abocado a alguna situación de muerte.

Dos ejemplos, que me sirven de bálsamo espiritual por el solo hecho de recordarlos y que me ayudaran a terminar estas cuartillas de La Pregunta: Jorge Rizek, apacible, amable y laborioso comerciante de mi pueblo, se lanzó sobre los alambres de electricidad de alta tensión que mataban a un niño inocente que volaba su chichigua de cola metálica. Jorge no conocía ni sabía del niño por el que también moría.

Y el otro, el inolvidable arrojo de José Miguel Lacay, un joven y gentil deportista que, al ver zozobrar la goleta Puerto Plata en las enfurecidas aguas del malecón nuestro y sus temibles arrecifes, se rebeló contra la resistencia y los ruegos de la multitud que gritaba: “no te tires, no te tires”, y se lanzó para no aparecer jamás. Tan sólo quedó el llanto de su novia Teresa y de su amigo Mimín, que enronquecieron pidiéndole que no lo intentara. Eran desconocidos los caídos en el naufragio.

Ya antes, en esas mismas rocas habían perecido tres dominicanos cuyos nombres no llegué a conocer y solo quedó el monumento que se les levantara en el lugar y aquel verso sencillo: “Al ver la nave zozobrar perdida, un noble gesto les costó la vida”. No sé si se conserva el olvidado monumento.

Como esos ejemplos se podrían citar miles de dominicanos que han sabido entregar sus vidas por otros.

Tengo un profundo convencimiento, si se quiere misterioso, de que todos esos sublimes gestos auguran que, en medio de tantas vicisitudes, como las de hoy, saldrán las energías para salvar al Ser nacional que tanto se ve zozobrar.

En la índole profunda de nuestro Ser nacional no están dormidos ni caídos los impulsos de salvación; no ha desaparecido el instinto supremo de su conservación. La índole prevalecerá, hoy, mañana y siempre.

EMELY SOMOS TODOS

Así rezaban algunas pancartas de las muchas que se enarbolaran en las enardecidas protestas multiprovinciales producidas en ocasión de la muerte espantosa que se diera a una joven oriunda de Cenoví.

Los alcances de esas manifestaciones son para meditarlos profundamente.  Comenzar por reconocer que el nombre de Emily asumió resonancia y significado de forma febricitante; preguntarnos, además, qué fue lo que electrizó la nación toda, que hasta el lugar donde viviera la joven víctima se hizo común y familiar al conocimiento público, sin necesidad de mencionar la jurisdicción territorial a que pertenece. Se clamaba, “Emely, la niña de Cenoví”; esa ha sido la expresión conmovedora de la inmensa mayoría de los dominicanos.

Es ese un primer signo a considerar; desde luego, sin dejar de mencionar el papel de las redes que a la sociedad la mantuvieran incesantemente informada, especialmente en la etapa turbia del post-crimen, donde intervenían esos componentes detestables de la ocultación de cadáver, de las explicaciones televisivas mentirosas, de parte de quienes habían sido autores reales del hecho tremendo, que pretendían convencer al público de que estaban muy empeñados en que apareciera Emely con vida, la misma vida que ellos habían destrozado.

El suspense y la mordiente curiosidad que se desprendió desde su seno se encargaron de elevarla ira pública hasta alcanzar niveles de furor.

Emely, recién salida de la adolescencia, quedó embarazada por su novio, también muy joven; se produjeron imágenes, fotos y revelaciones

contrapuestas; de un lado, la madre, en el papel inmemorial de Dolorosa; y la otra madre, haciendo alarde de una serenidad pasmosa, rogándole a Emely que volviera.

Ahora bien, es esta situación que se describe mucho más compleja que lo que se pueda pensar con ligereza; “Emely somos todos”, es una expresión típica y consagrada de lo que en buena técnica criminológica se entiende como “la saturación criminal del medio social”.

Vale decir, es nuestro caso, el crimen que se viene abriendo paso con sus tenebrosas hazañas y se llegan a asumir éstas como algo imposible de describir; se hacen tan incesantes y cotidianas que la sociedad parece rendida y resignada a que eso, así implantado, siga siendo así, sin que se turbe la convivencia, ni se despierte mayor alarma; cuando luce el medio social perplejo, si no descorazonado y su impotencia parece refugiarse en un espeso y brumoso temor colectivo que la gente común lo define calladamente con una expresión seca y desoladora:“Ésto está perdido, no hay nada qué hacer”.

En realidad, la sociedad se resiente y es cierto que tiende a postrarse cuando esos atrevimientos del crimen se muestran fuertes frente a un Estado, cada vez más apocado y deslucido, porque su autoridad proverbial se revela considerablemente perdida, lo que hace presentir que el Estado virtual que viene fabricando el crimen ya es dominante, tanto como para no temerle por vetusto e infuncional.

Se desconocen y arrumban sus leyes y no se intimidan sus agentes ante las estructuras lábiles y precarias de la autoridad encargada de conocer y fallar sobre su conducta; aunque tales fallos se dicten con la vacua pretensión de obrar “En nombre de la República y por Autoridad de la Ley”, según se sigue haciendo; llegado ya el tiempo en que se carece de la imponencia de una reacción enérgica del Estado real ante el desafío que entraña todo crimen.

Para mí resulta una experiencia difícil y pesarosa hablar y escribir de estas cosas, porque pasé décadas advirtiendo a mi sociedad acerca de ese duelo entre la ley y el crimen; sostuve que la ley estaba perdiendo gradualmente, pero en forma indetenible, y que llegaría el tiempo en que el desgaste del respeto debido a la autoridad viniera parejo como un estímulo creciente que serviría para retroalimentar la capacidad generalizada del crimen, que terminaría por hacer burla de esa autoridad y que esto resultaba peligrosísimo porque la gente perdería toda fe en su Estado y no pocos preferirían el silencio, la indiferencia o, de ser necesario, la aprobación complicitaria del desastre criminoso en desarrollo.

Lo predije insistentemente y recibí una miope atención que prefirió hacerme blanco de menosprecios bajo el señalamiento de que había mucho de fábula, lo que resultaba muy apropiado para descalificarme en ese ámbito de lo criminal tan sensitivo, como lo habían casi logrado creando en el ámbito político un falso personaje de mí, realmente inexistente, pero muy necesario para ellos en sus tareas y planes de depredar la nación por encima de mis denuncias y acusaciones insomnes.

Naturalmente, se trata de ámbitos diferentes, pues, con el crimen no es posible jugar como en la política en sus luchas y bregas de poder. El crimen golpea muy duro con dolor y las lágrimas que acarrea, no es un fenómeno trivial, es algo terrible, por lo que resulta más difícil descalificar en ese ámbito a quienes han tenido el valor de advertirlo y denunciarlo.

Yo lo sabía desde el principio y por eso aguardé paciente a que llegara el momento en que los hechos criminales hablaran y se encargaran de demostrar hasta dónde han llegado y amenazan permanecer, ahora y para siempre, con sus odiosos y aterrorizantes métodos y hábitos.

Pero bien, lo que muchos desconocen es que los medios sociales, aunque lleguen a parecer en un momento dado muy arrabalizados, siempre conservan una médula dura y es del silencio profundo de sus dolores de donde comienzan a brotar las reacciones.

Olvidémonos de la autoridad y de la parafernalia de la justicia; no confiemos tanto en la propia comunicación social, pues será esa carga abrumadora de pesares y llantos la que el día que menos se espere se hará presente con sus indómitas protestas, exigencias y reclamos con la fuerza moral inmensa con que obra todo agredido.

Son incontables los precedentes de la barbarie criminal que nos arropa.  Recordemos  y retengamos casos emblemáticos procedentes del litoral terrible de los atracos: Vanesa, Francina y otros centenares de asesinadas y violadas; no obviemos, claro está, que el crimen sabe derramarse en otras formas y nos ataca desde el horrendo Sicariato con las ejecuciones más inconcebibles y las causales más abarcantes y diversas que se pueden imaginar; ya se sabe amargamente del encargo de matar al acreedor para saldar el compromiso; de la muerte trágica del  coheredero hostil o incómodo y hasta del desgraciado espécimen del adicto matando a padres y abuelos, en procura de bienes, porque necesita pagar su trágica droga, que lentamente lo malogra.

Pienso, en fin, que haría muy bien aquél que se dedicara a entregarle al país un repertorio descriptivo de los últimos mil crímenes cometidos entre nosotros para con ello ilustrar acerca de la forma en que nos hemos saturado y porqué ya se hace verosímil, cuando no inminente, un estallido.  Entonces, sólo entonces, se comprendería mejor porqué cada nuevo crimen podría ser la última gota para el derrame de las protestas contra la impunidad y porqué habrían de ser tan duros los reclamos de justicia contra todo lo que ha contribuido a esa ruina.

Abro un paréntesis bien premeditado, pues si me lo callo no tendría manera de explicar la omisión.  Se trata de que “esa saturación criminal del medio social” de que hablo, no son los que verdaderamente la alcanzan y condensan los crímenes y delitos de derecho común, tipificados desde siempre en nuestros códigos en ocasión de conflictos interpersonales, desavenencias por intolerancia o desencuentros violentos.

No.  El gran autor de esa saturación criminal del medio Social es el contexto sombrío que le impone a la sociedad un fenómeno criminal que entre nosotros apareciera hace más de cuatro décadas:  el Narcotráfico Internacional y sus operaciones, primero, de tránsito en el territorio nacional y; después, las operaciones concretas de muertes, secuestros, riquezas inenarrables y adicción epidémica; en fin, todo lo que es a escala mundial.

Tal contexto tiene dirección transnacional y se sabe infiltrar en las estructuras tradicionales del Estado; participa en ámbitos de precaria licitud, muy grises, en

el movimiento fundamental de la economía; enferma hasta la muerte juventudes; corrompe la autoridad e infiltra instituciones del orden civil; es decir, un cubrimiento total de la sociedad que tiene entre sus metas ejercer un dominio con su presencia, indetectable en el principio y después

considerablemente invisible todavía en las áreas más sensitivas del dominio de sus oprimentes controles.

Ese contexto muchas veces lo he descrito como la abeja reina de la colmena del crimen, pues casi todas las derivaciones en el propio ámbito de la criminalidad común se aceleran en una forma u otra, estableciendo vínculos y relaciones con sus apretados nudos de mando.

En la política se ha visto esto hasta la saciedad; confían en que, a no muy lejano plazo, podrán controlar, no solo la votación de la soberanía popular, que hoy se persigue en forma abierta al margen de las organizaciones políticas, sino también el control de los miedos sociales a fin de que estos no se puedan manifestar como resistencia.

Claro está, esa es una percepción del crimen que se apoya en sus hechos desalmados; en su “plata o plomo”, en su “silencio obligatorio” para todos los demás, por lo que confían plenamente en que la “saturación criminal del medio Social” no se va a producir porque el contexto criminal se encargará de garantizar que así sea; es decir, que no habrá insurgencia alguna porque se ha ido matando al idealismo, como también al paradigma del trabajo digno, al tiempo que se acredita la indecencia de las riquezas fáciles; están convencidos en sus pactos implícitos que esta sepultada cualquiera muestra de queja social.

Pero tratar este tema requeriría un espacio mayor que éste.

Otra parte de este paréntesis es el crimen en la pareja; el estremecedor hecho del feminicidio de la esposa o la novia muertas que ofrece un giro de características catastróficas. Sin embargo, es una etnia criminal que requiere otras ponderaciones porque los hechos tienen mucho que ver con valores familiares, desconocidos con la grave ruina de una orfandad inmerecida; asimismo porque son seguidos muchas veces de suicidio y destrucción de la familia toda. Esto obliga a un tratamiento cuidadoso y enérgico, pero diferente.

Ya encontraré el tiempo y el espacio de hacerlo.

En suma, es de un hecho como éste del asesinato de Emely y del ya formado ciudadano de su vientre, de donde surge algo que hace las veces de fumarola de ese indesechable volcán de la ira pública, de la airada inconformidad de todos como rezaran aquellas pancartas, que fueron esgrimidas posiblemente sin saber que esa expresión “Emely somos todos”, es un verdadero lema al amparo del cual se podrían producir conmociones totales con efectos y consecuencias inenarrables, en todos los órdenes.

Es preciso reiterar, desde luego, que la explosividad abrupta de la protesta no es una improvisación espontánea del ánimo público sublevado.  Se trata más bien de una acumulación de recelos, miedos, iras contenidas, hondos temores y hasta humillación que experimenta el medio social como secuela de la frecuencia creciente del accionar devastador del crimen.  Este parece hacerse un afrentoso compañero que pretende se le apruebe como aceptable en el día a día del resto de la colectividad, la laboriosa y digna, que parece agachada y resignada a que la sangre la inunde como un fenómeno natural y que quienes la derraman pasen a ser respetables.

Es de ahí de donde se desprende la falsa sensación de conformidad, de anuencia y aceptación casi apacible, que ausenta todo el reproche y presenta a la comunidad moralmente castrada.  He ahí el error.

La saturación criminal del medio social”, repito, es un proceso de acumulación y de alarmas silenciadas, de iras irreveladas y sólo cuando llega algún hecho que ofrezca determinados componentes especiales pasa a ser el detonante precipitador de la deflagración de las impresionantes protestas sociales, convocadas sin diálogo ni exclusiones, para emplazar a los poderes públicos a que abandonen toda tibieza; a que se aparten en sorda y cínica indiferencia;; a que recupere el Estado el valor perdido para ejercer su tutelar violencia legal frente a los que le  desafían desde el litoral del crimen, buscando imponer otra tutela de carácter difuso que genere temor y procure obediencia a sus dictados, no menos severos y sombríos que los que ha podido padecer el pueblo en tiempos de opresión política, antes de llegarle el juguete de lujo del Estado

Social de Derecho, así sea para poder oír hablar de él como una utopía.

“Emely somos todos”, en verdad, más que un sentimiento generalizado de solidaridad con el dolor de su familia destrozada por la pérdida es más bien un gesto de respuesta airada y decidida al crimen y a sus aberraciones prepotentes que pretenden que la sociedad prosiga asustadiza, arrodillada entre lágrimas y gemidos en un huraño duelo.

La autoría intelectual del crimen en el caso de Emely, no es ocioso apuntalo, se prestaba a ofrecer un ingrediente muy irritante y perturbador: la extracción muy humilde de ella, que pareja con su candorosa belleza reñían con la aprobación de la madre del novio; ahí pareció originarse un repudio prejuicioso al nacimiento del hijo, sin rango antes de nacer, para que una persona vinculada al poder político lo pudiera acoger como un nuevo y tierno miembro de la familia.

El aparente letargo de un medio social no puede mantenerse todo el tiempo.  Por eso apunté al volcán como referente, dado que éste, ante de sus demoledoras erupciones históricas, sabe recordarle al hombre de tiempo en tiempo cuál es la magnitud de sus energías. Que nadie lo dude, “Emely somos todos”, es parte de esa lava social que ya se está sintiendo llegar.

Caracas y mi Pálpito y II

Siempre me ha gustado hurgar en documentos y noticias relativos a las actitudes de los actores de las grandes tragedias de guerras que han sabido desgarrar a los pueblos, en los tiempos previos, durante su inminencia.

Quizás las más dramáticas serían las suscitadas en los treinta días del julio trágico que precediera a la Primera Guerra Mundial, es decir, el lapso entre éstas y Sarajevo, escenario del magnicidio del Archiduque Francisco Fernando de Austria, que fueran descritos por una pluma como la de Emile Ludwig en forma tal, que cuando uno termina de hacerlo acaba por llorar si piensa en los diez millones de muertos que fuera el saldo horrible de aquella megatragedia.

Asimismo, de la guerra civil española, como el umbral sangriento que fuera de  aquella otra catástrofe mayor de la Segunda Guerra Mundial,  leí una obra de Paul Preston, bien breve por cierto, “Las 3 Españas del Año 1936”, en la que figuran los días y semanas precedentes al alzamiento militar, que sobreviniera luego como dictadura por obra de la guerra, y en tal obra aparecen las descripciones del quehacer de quienes fueran actores decisivos en la vida pública española de aquella víspera ominosa, José Antonio Primo de Rivera, Pilar Primo de Rivera, Salvador de Madariaga, Julián Besteiro, Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Dolores Ibárruri, Francisco Franco,  José Millán Astray y Gil Robles.   Al leer todo aquello también se termina por llorar al pensar en el millón de muertos y los inmensos sufrimientos que entrañara aquel espantoso conflicto.  No hay manera de dejar de deplorar cómo entre tanta gente importante se impuso la odiosa incomprensión que lleva a los letales desencuentros.

Pues bien, e estos días, en la última entrega de La Pregunta, pensando en Venezuela, como todos debemos hacer desde el amanecer hasta el desvelo, sugerí que podríamos estar cerca de sufrir, más que de ver, otra guerra de umbral allí, según se advierte como van las posiciones de la intransigencia; no de las ideologías propiamente, sino de los intereses mundiales del comercio y sus espacios, que tantas veces han sido contexto de los peores conflictos armados de la historia.

Hice uso de una forma coloquial, bien elemental, apartándome deliberadamente de los enredos de opinar y pretender determinar cosas como quién resulta más legítimo, así como la calidad del origen de las Asambleas en disputa, la Nacional o la Constituyente, una, alegando votos de 14 millones y otra, proclamando 8 millones de votos en su favor; ambas que han terminado por ser estrambóticas, particularmente la Constituyente, sitiada por las invencibles sospechas de fraude y simulación artificiosa del sufragio.

Tampoco quise terciar en el juego de las anulaciones respectivas de los poderes públicos uno frente a otros, ni mucho menos me detuve en el deslucido papel del Poder Judicial dictando resoluciones trascendentales y haciendo revocación de éstas en horas, como si se estuviera obedeciendo a los abismales enconos que se han engendrado con tozudez suicida.

A lo más que llegué fue a hablar del pálpito triste que tuve al conocer a Caracas y sus asimétricos perfiles humanos; las luces en sus cerros por la noche deslumbrantes y sus ranchos de miseria expuestos al sol en el duro arenal de la pobreza del día siguiente.

Es más, me expuse a que cualquier lector hostil me reputara como muy ingenuo, cuando no ignorante, al no enfatizar en las cosas gruesas que hay de por medio como la guerra económica del desabastecimiento socavador, el centenar de muertes en protestas, como un exilio masivo y popular derramado por toda América en forma nunca vista; en fin, todo cuanto se ha venido produciendo como colapso de los sueños del gran líder, ido a destiempo.

He preferido quedarme en los hondos presentimientos de una gente sencilla y por eso me vinieron a la mente algunos de los personajes cuyos nombres ya mencioné, para tratar de atraer algún grado de atención a la alarma que me atrevo a propalar.

Por ejemplo, Manuel Azaña era un gran orador y polemista y se le ocurrió escribir un libro con un contenido verdaderamente avanzado, de grandes proyecciones de futuro, de corte revolucionario, pero sobrevino el percance de que tuvo escasa venta.

Don Miguel de Unamuno, al leerlo, comentó: “Hay que tener cuidado con Azañita, porque es bien capaz de hacer una revolución con tal de procurarle venta a su libro”. El genio de don Miguel de Unamuno, según parece, hacía un ejercicio de presagio, aunque en términos irónicos y simpáticos.

Una vez estalló la guerra, tan cruenta y terrible como fuera, no recuerdo si fue él o cuál otro de los de la Generación del 98, en una pesarosa muestra de arrepentimiento y de sensitivo remordimiento, decía: “Ésto no es; que no es ésto”.  Eran tales ya las crueldades, que aquella constelación de intelectuales y espíritus superiores se desmayaba en el asombro poderoso de cuanto ocurría.

No creo inútil traer a la actualidad de Venezuela lo valioso que fuera aquel “Por Ahora” de Chávez y echarle de menos en los labios de Nicolás, luego de que Ramos Allup pronosticara aquel desatino en la Asamblea Nacional, pues, aunque surgiera del voto popular, no podía ser asumida con los efectos de un Referendo Revocatorio, capaz de anticipar una derrota de un presidente legítimamente elegido.  No creo ofender ni faltar a la verdad cuando hago un ejercicio serio y admonitorio estando tan cercanos los barrancos.

Aquello ha sido pura reyerta en desdén de la Constitución que Chávez prohijara y que la supiera respetar tanto, pues, cuantas veces enfrentó disensiones y obstáculos graves su recurso a la mano era el pueblo y la voluntad de éste que quedaba siempre incólume, al grado de que cuando por fracciones perdiera un referendo, que se proponía para conducir a una  profundización de su revolución, algo que ahora se ha pretendido en medio de violaciones y desavenencias incalificables, Chávez, el inmenso y carismático líder reconoció el revés en una prueba dada desde el poder, cuando se podía suponer estaba en condiciones de dar el manotazo odioso de siempre que es el desconocimiento de la voluntad popular.

Mi recordación, pues, no es ociosa ni necia, cuando confronto estas actitudes con las citadas de la tragedia española.  Lo que trato es de extrapolar ésta a la región nuestra.  Por eso retengo las actitudes del líder popular y militar que fuera Chávez y la otra, paradójicamente oriunda del orden civil y político parlamentario contra un gobierno de legitimidad innegable, pero que no tuvo la clarividencia de un nuevo “Por ahora” cuando le resultara adversa la prueba en el plano congresional.

En verdad, lo que me ocurre es que no me abandona todavía el pálpito aquél que experimentara cuando conocí Caracas; más bien se me recrece.  Ahora que me vuelve el cuartel como grave preocupación y me tumba el ánimo y me sobrecoge, porque serían terribles los azares a desprenderse de su agrietamiento, de sus mortíferas divisiones de siempre.  Todo ello puede entrañar la guerra civil al hibridarse parte de ese cuartel con fuerzas populares, de tal modo, que nuestro drama del año 65 del siglo pasado sería un juego de niños.

Temo que si estalla una conflagración como la que está merodeando a Venezuela se podrían presentar variables imprevisibles para sofocar los enardecidos pechos de las discordias y apagar las llamas de las teas de un rencor, que se ha venido fabricando entre los actores de la tragedia, que podría alcanzar efectos y proporciones regionales, con la equivalencia de guerra de umbral de alcances indefinibles y de todo género.

Pero, como prometiera al principio, voy a tratar de referirme, ahora que termino, a una de mis experiencias de averiguación de personajes y de móviles y actitudes de éstos en las vísperas del estallido de las grandes conflagraciones que han estremecido la historia.  Ésta va de muestra:

Francisco Largo Caballero es todavía recordado por su verbo de fuego y una intransigencia beligerante descomunal que lo hacía un agente de combustión inapagable.  Visitó a Cuenca, una comunidad muy deprimida, en la campaña electoral propuesta por la Segunda República, tan sólo dos meses antes del alzamiento y se refirió a dos candidatos a Diputados que irían por aquella jurisdicción, José Antonio Primo de Rivera, cabeza esencial y fundador de la Falange, y Francisco Franco, el más joven de los generales de España.

Largo Caballero, más o menos, alertó del peligro con su vibrante discurso: “Habéis visto en estos días a dos candidatos sorprendentes, pero, tengáis presente que el único y más peligroso para la democracia y la Republica es ese Franquito que anda por ahí; yo le conozco, supe de él cuando hacía muchas cosas duras en África; es el único general de esos ejércitos capaz de derrotar al gobierno republicano”; y concluyó diciendo: “Es muy frio y resuelto”.

Días después ambos candidatos, sin que aquel señalamiento fuera causa, renunciarían de sus aspiraciones electorales.

Y Franco no era el señalado por la generalidad de España; es más, no estaba en la conspiración plenamente; Sanjurjo, Mola y otros eran los importantes.  Pero, el misterioso designio del destino lo deparó de tal modo que pudo mantener cerca de cuarenta años a España bajo su férula de Caudillo “por la gracia de Dios”, según la adulación obediente lo pregonaría.

Los que creen en la unidad monolítica y permanente de ejércitos y armadas harían muy bien en dedicarse a pensar en las enseñanzas temibles de la historia.

En fin, cuando Nicolás exclamó en un momento dado “El diálogo va por las buenas o por las malas’’, fue cuando mejor aprecié el grado de las tensiones existentes; ahora cuando me entero que Ramos Allup, aquel de los seis meses de la exigencia al gobierno legítimo, era el primero que se hacía candidato para la Asamblea Constituyente, la de los ocho millones de votos, él que tanto se vanagloriaba de su Asamblea Nacional de los 14 millones, completé mi decepción y perdí con ello toda esperanza de que sea la paz, la sagrada paz de siempre, la que prevalezca.

Ha sido mi interés permanente citar a Bergson cuando escribiera “Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento contínuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

Ahora, con Venezuela colgada del alma, me apena que Nicolás, ni la mediocre oposición multicéfala, hayan comprendido eso que el filósofo francés advertía.

No está Chávez, ni tampoco se vislumbra un Caldera; parece que serán de los ciegos y violentos acontecimientos los prospectos de actores, salidos de las dos muchedumbres de esa Venezuela, partida ahora verticalmente, cuando su felicidad resulta perseguida por tantas rudas y fanáticas posiciones de intransigencia rotunda de los que desempeñan papeles difíciles, cuando no imposibles, de guías conductores.

Y no me consuela el hecho de haber sentido aquel pálpito, ya tan remoto, cuando amenaza estar a punto de cumplirse.  Al contrario, todo ello me aterra.

El himno de Venezuela, lo plantea todo; Nicolás aduciendo contra “el vil egoísmo que otra vez triunfó”; la crujiente oposición, de su parte, invocando la advertencia: “Y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio.”  No es difícil, pues, entrever la guerra como un trágico fantasma, ante el clamor mundial de la santa paz, que tanto ha rogado el peregrino Papa Francisco.