Mis Advertencias Globales III

Es aconsejable mantener bajo observación toda la gama de experiencias de vida con que uno cuente a fin de apreciar en retrospectiva dónde pudo haber error o acierto para con ello reajustar los rumbos en este valle de lágrimas que es la existencia, que demanda tanta lucha desde la cuna hasta el sepulcro.

En estos días últimos se me hizo indispensable transcribir en las dos precedentes entregas de La Pregunta una Conferencia que dictara en Bruselas el día 4 de junio del año 2012, en el importante evento “XVI Reunión de Alto  Nivel del Mecanismo de Coordinación y Cooperación en Materia de Drogas (UE-CELAC” y pensando en ello me decidí en esta ocasión a reproducir, también, una experiencia vivida dos años antes, en la cual dictara una Conferencia en ocasión del “Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano”, llevado a cabo en el Hotel Dreams, Bayahibe, La Romana, el 29 de junio de 2010.

Es decir, que por haber recibido y retenido el reconocimiento de mi experiencia en Bruselas, ahora me he sentido estimulado a confiar en la utilidad de transcribir otra en esta ocasión, en dos entregas, porque entiendo que resulta provechoso compartir con mis lectores en este tiempo algo que se dijera ante un público altamente especializado, constituido por un número impresionante de Almirantes de América Latina y los Estados Unidos.

Pienso que mis amables lectores de hoy son parte de aquello, de algún modo, de lo que fuera tratado en el 2010, porque necesariamente les conciernen sus implicaciones; además, difundir esfuerzos de tal tipo es constructivo y sirve para dimensionar la calidad de los esfuerzos que he podido modestamente realizar en mi lucha de advertencias globales sobre el trastorno inmenso de la sociedad mundial y el ataque del Crimen Organizado, ya como estructura paraestatal en muchas partes el mundo.  Veamos:

“SEGUNDO SYMPOSIUM CONTRA EL NARCOTRÁFICO MARÍTIMO EN EL CONTINENTE AMERICANO. Hotel Dreams, Bayahibe, La Romana, 29 de junio 2010

Es difícil imaginar algo más oportuno que esta experiencia del Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano. 

En realidad, lo que nos convoca es una extensa y generalizada convicción de nuestras naciones, organizadas jurídicamente como Estados, de que existe, de manera incontestable, un fenómeno criminal global que ha alcanzado alarmantes niveles de opulencia y destrezas delictivas en capacidad de desafiar y dañar realmente a todas nuestras sociedades en términos jamás vistos.

Estamos aquí reunidos porque todos representamos las trágicas preocupaciones de nuestros pueblos acerca del curso que describe tal desafío, en neto detrimento de sus valores de todo género.

La gentileza del Vicealmirante Homero Luis Lajara Solá, Jefe de Estado Mayor de la Marina de Guerra de nuestro país, me ha traído a participar en el Symposium, entendiendo que podría aportar modestos conocimientos relacionados con la [Evolución y las Nuevas Modalidades del Narcotráfico y el Crimen Organizado en la Republica Dominicana”.  Agradezco, pues, el honroso encargo así configurado y tengo la ilusión de ser útil al transmitirles mis impresiones sobre el tema.

Buscaré hacerlo bajo un predicamento testimonial, que tiene como único indicador de certidumbres mi tiempo de vida, que me ha permitido la dedicación tan prolongada a la observación del fenómeno criminal, amparándome inevitablemente en mi segunda naturaleza de abogado, de intenso ejercicio penal durante más de cinco décadas.

Les pido recibir mis palabras con amable comprensión e indulgencia y lo único que se me ocurre, al ofrecérselas, es rememorar aquella advertencia que hiciera la legendaria penitenciarista Concepción Arenal a fines del Siglo XIX:   “No hay arte en mi trabajo, ni aspiro que tenga otra belleza que la verdad.”

Desde luego, quiero también citar al iniciar este intento de contribuir la frase triste, casi un presentimiento, del más puro soldado de la Independencia Americana, Antonio José de Sucre:  “La comisión que llevo tiene espinas.”

Ello así, porque no encuentro otra forma de describir la gravedad de los riesgos que entrañan la resistencia y lucha contra el crimen organizado, ya establecido plenamente como industria ilícita transnacional de participación global, que va imponiendo con sus características y variables causales la necesidad de políticas públicas, en base a un enfoque de planificación efectiva.

La República Dominicana resultó predispuesta por la geografía, tanto para favorecer el paso de las gestas mayores, como para las sombrías preferencias del crimen organizado, cinco siglos después.

En el centro del Caribe, como la viera su poeta nacional Pedro Mir, “situada en el mismo trayecto del sol[, se le ha ido colocando como escenario para que gran parte del infortunio del quebranto de la drogadicción, pase por su suelo hacia las naciones de alto desarrollo de América del Norte y de una Europa renacida de las cenizas de la hecatombe de sus guerras inenarrables.

Ahora bien, para abordar la explicación de la presencia de un fenómeno tan peligroso en nuestro medio social, he creído lógico usar un método consistente en fijarle lo que yo llamo edad del  conflicto.  Me favorece la encomienda del programa.

Ciertamente, nuestro caso es propicio para ponerle una fecha a su nacimiento y seguir esbozando cómo fue su primera infancia, su adolescencia y su terrible capacidad de daños estructurales una vez se hiciera adulto.

Se debe de partir de este punto: en nuestro país no se conocía, ni se tenía una idea aproximada, de lo que era la droga.

En el tiempo duro de opresión y privación absoluta de libertades públicas, la noción de droga era rotundamente desconocida.  Porque ambos males no suelen cohabitar.  Poco después de aparecer las libertades, las prácticas democráticas y el establecimiento del estado de derecho, fue cuando se comenzaron a insinuar las drogas ilícitas en nuestro medio.  Nacía nuestra infección alrededor del año mismo de 1961 en que se dictaba la Resolución Única de la Organización de Naciones Unidas declarando el narcotráfico Crimen de Lesa Humanidad.

En efecto, todo pareció arrancar con mayor fuerza con la presencia de ejércitos extranjeros en nuestro territorio, particularmente de tropas norteamericanas que, al amparo de alegatos injustos, en tiempo de guerra fría, vinieron a contener un levantamiento patriótico en el cual habían coincidido en forma espectacular pueblo y fuerzas armadas, buscando reponer la constitución democrática del año 1963, que había sido desconocida en la loca aventura de un golpe de estado contra un gobierno encabezado por una de las mayores glorias nuestras: Juan Bosch.

Las circunstancias nacionales se transformaron de manera aciaga y dramática, mientras se intentaba convencer al mundo de que en el seno de tal movimiento habría especímenes muy aguerridos del comunismo y que era necesario evitar una nueva “Cuba en el Caribe”.

El paso de los años ha sido el encargado de rendir un veredicto histórico en cuanto al carácter injustificado de aquella imputación.  El gran líder nacional, que fuera maltratado y desconocido, sobrevivió largo tiempo, tanto como para fundar otro partido político importantísimo, cuya gente hoy gobierna, dando permanentes muestras de tolerancia democrática y de civismo.

La intervención militar extranjera, en ocasión de los sucesos de aquella guerra civil del ’65, obró como un muro de contención en contra de una verdadera normalización democrática y no se quiso advertir que, independientemente de lo odioso que resultaba el malogramiento de nuestra soberanía, habría efectos de daños colaterales muy graves.  Fue el tiempo en que se produjo la aparición profusa y preocupante de estupefacientes en nuestras calles, muy al alcance de nuestra vulnerable y estremecida población.  Bueno es no olvidar que la resistencia patriótica nuestra, encabezada por el glorioso coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, se producía en el mismo tiempo histórico en que se libraba la trágica Guerra de Vietnam, de cuyos efectos residuales todos tenemos informaciones impresionantes.

Claro está, ese fenómeno criminal de la comercialización de la droga sólo se abrió paso lentamente.  Era el tiempo en que la oferta esencial de Colombia venía siendo labrada en su crecimiento por los carteles criminales, aún en ciernes.

Lo cierto fue que aquella experiencia de gran desgracia institucional de desdichados desórdenes públicos nos resultó muy traumatizante.  Se vio claramente cómo se resentía la nación en su inestable equilibrio, al abrirse una etapa de desasosiego de nuestras familias que en forma incesante tendió a evadirse del suelo patrio. 

Se produjeron muestras numerosas de desaliento y escepticismo frente al destino nacional. Se abrió espacio a una dramática esperanza de procurar una salida hacia otros lares, como alternativa única.  Algo que pareció convertirse en impronta nacional.  La violencia imperdonable ejercida contra el gobierno constitucional y luego la negación de su restitución tan drástica y obtusa, habían desajustado la nación hondamente.

Al Sobrevenir así un periodo de incesante dispersión y desasosiego, fueron legiones los jóvenes nuestros que se fueron a la aventura de la azarosa emigración, con sus turbadoras cargas de vacíos vitales, en medio de una desorientación impetuosa y torva.

Como ha ocurrido siempre en todas partes el crimen organizado se puso al frente del manejo de la droga a ser comercializada hacia los grandes mercados.  Nosotros quedábamos así situados en una sensitiva periferia que durante mucho tiempo sirvió de trampolín para la bifurcación del tráfico hacia América del Norte y Europa.

La característica insidia, ya clásica, con que obra el narcotráfico en sus rutas experimentales, no permitió detectar a tiempo, ni presentir siquiera, todo cuanto implicaba su paso por nuestro territorio.  Logró agenciarse el descuido colectivo hasta llegar a entender la nación que, aunque aquello ciertamente ocurría, se reducía a la utilización de nuestro territorio como mero tránsito, dado que el valor de la droga era muy alto en los mercados de consumo y que nosotros no tendríamos nunca mayores peligros, porque así lo predeterminaba nuestra pobreza de siempre.

Se esparció el convencimiento consabido de que no calificábamos para ser usuarios de la droga y que eso podíamos agradecérselo a la propia insolvencia de nuestro pueblo.  Se dijo, y se llegó a creer, que la insolvencia nos mantendría lejos de la droga, especialmente en la derivación más dolorosa que ésta tiene, el consumo, que es el quebranto, la enfermedad, la epidemia, la violencia y la muerte.

Todo aquello se tornaba más complicado, porque comenzaron a aparecer, a corto plazo, signos de riquezas pintorescas, algo que se sumaba a las extravagancias de los jóvenes que regresaban, de manera temporal o permanente, gozando de incipientes fortunas que no dejaban de tener a los ojos del pueblo, tanto en sus planos de pobreza, como en los limitados bolsones de bienestar, un significado aparentemente ventajoso, que hasta  podría llevarnos a cierta fase de progreso….”

Luego de terminar la exposición, se pasó al almuerzo y fue allí cuando el más importante y distinguido oficial norteamericano, también el mas joven de la delegación de cuatro, al ser cuestionado por un importante mando militar nuestro acerca de cómo le había parecido la disertación del “old man”, que no estaba presente en aquel momento, respondió:  “Muy impresionante; aunque fue con dolor, que  nos enseñó historia”.  Cuando iba a terminar dijo, no obstante: “Pero él está muy calificado para hacerlo”.

Dije al principio que es indispensable recordar y retener las experiencias de vida y a mí la expresión del joven Almirante de que “le había enseñado historia”, “aunque con dolor”, me trajo a la mente el drama íntimo y de conciencia, que de seguro el oficial recordaba ante la mención de las tropas de su patria en una guerra difícil como la de Vietnam, pasando por las calles nuestras tantos soldados que iban, o habían regresado, desde aquel infierno; mi severa advertencia de que nosotros, hasta entonces, no conocíamos la droga, estoy convencido que le conmovió.

Ellos, como nosotros, han padecido daños residuales, colaterales, de aquella hecatombe.  Nuestras bajas sociales son catastróficas, como las de ellos; preciso es compartir la tragedia.

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Mis Advertencias Globales II

En la precedente entrega de La Pregunta se transcribió la primera parte de la Conferencia que dictara el 4 de junio del año 2012, en Bruselas, Bélgica, bajo el título de: “Narcotráfico.  Sus hábiles cursos de acción y las políticas públicas regionales”.

El evento fue muy interesante dado que se trataba de la “XVI Reunión de Alto  Nivel del Mecanismo de Coordinación y Cooperación en Materia de Drogas (UE-CELAC”, lo que le daba dimensiones intercontinentales al examen del gravísimo trastorno que padece la humanidad de hoy, como flagelo.

En efecto, dos días después de cerrados los trabajos la delegación nuestra se reunió con dos representativos, uno de máximo nivel, de la Unión Europea, para explorar las posibilidades de organizar apoyo logístico, como la adquisición de equipos para la mar, en fin, evaluar una coordinación provechosa entre nuestro Estado y la Unión Europea.

En dicha reunión se produjo algo que para mí resultó muy significativo, que lo recibiera con el agrado de que no se trataba de un simple elogio, de esos que en un momento se utilizan en eventos de tal naturaleza; y la señora que encarnaba la representación de más nivel de la Unión Europea en dicha reunión como cuestión previa hizo este reconocimiento: “Antes de entrar en mis tareas de esta reunión quiero manifestar la gratitud nuestra por el valioso aporte que hiciera el conferencista (señalándome), pues nos ensenó cosas que no hemos tenido bien percibidas sobre el crimen organizado y el curso de éste en sus acciones en la región del Caribe.  Y agregó:  “No sé si el doctor Castillo tendría alguna objeción, pero creo conveniente que nosotros acá reproduzcamos su trabajo y lo divulgáramos entre aquellos de los nuestros que tienen responsabilidades en este campo.”

A mi me enalteció mucho y es uno de los motivos que he tenido para reproducir el modesto aporte de referencia en esas dos entregas de La Pregunta; se conecta vivamente con mi interés en reclamar mínimamente que sus alcances constituyeron un esfuerzo de advertencia global, pese a que el palio era regional.  Veamos:

“En el examen de una segunda muestra de curso de acción, he sostenido que Estados Unidos de Norteamérica, que mantuviera durante el período de Guerra Fría una activa y sensitiva presencia, más real que virtual, en la vida nacional nuestra, una vez cesaron las temibles tensiones de la ideología, cuando se vio declinar  todo aquello, y se pudo considerar, incluso, que “el tiempo heroico del idealismo revolucionario” había terminado en nuestro medio (que se había ido a los predios de la nostalgia y la reminiscencia), procedió a apartarse y a descuidarse de lo que ha debido de ser un cometido constructivo de fundamental asistencia internacional.

Eso lo he definido muchas veces como la pro-tutela logística, tan útil para poder armar y reforzar la resistencia de un pequeño estado frente al embate de un Crimen Organizado opulento, cada vez más ávido de ocupar espacios vitales y destituir virtualmente al Estado en muchos de sus ámbitos de misiones y responsabilidades.

Ahora bien, para empeorarnos las cosas, Estados Unidos, frente a una problemática tan antigua y compleja como la colombiana, a fines del siglo pasado buscó pactar con sus gobiernos el llamado Plan Colombia.  Asimismo, frente a las urgencias tremendas que planteaba para México la agresiva actividad de sus Carteles del crimen, logró concertar la Iniciativa Mérida.  Ambos programas han conllevado la inversión de recursos muy cuantiosos y nosotros hemos permanecido propiamente inermes en medio de la tormenta del fenómeno criminal.

¿Cuál ha sido mi queja frente a esas dos Iniciativas poderosas en favor de procurar niveles de interdicción de droga efectivos?  La resumo de este modo: Quienes idearon el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida cometieron el muy grave error de no advertir que el crimen tiene dirección estratégica de eficacia considerable que le derivaría hacia la periferia y que en esa periferia estaríamos tres estados con objetivos de crecimiento de sus operaciones: Haití, República Dominicana y el Estado Libre Asociado de Puerto Rico, con el cual hacemos su tercera frontera en el Caribe Central.

Así las cosas, desde el año 2000 y evidentemente en presencia del gravísimo trauma del 11 de septiembre del año 2001, Estados Unidos, he dicho muchas veces, se fue a sus guerras y no reparó en que nosotros, los débiles del Caribe, seríamos víctimas del arreciamiento del ataque del Crimen Organizado como nunca antes. Algo que ya ha llevado mi inconformidad al colmo de sostener que hemos tenido más bajas sociales que ellos en los trágicos azares de las guerras.

Haití ha padecido, no sólo el incremento posible de esa desafortunada coyuntura de imprevisión que he mencionado, sino que también resultó víctima de un diseño anterior, todavía mas inexplicable y defectuoso, y esto a cargo de la Comunidad Internacional, porque en la hora de decidir su ocupación militar multilateral, sin plan de evacuación, se incurrió en el error de no poner dentro del mandato que las fuerzas de la Minustah  tendrían facultad para perseguir los cargamentos de drogas, pese a que Naciones Unidas fue la autora de la Resolución Única, del año de 1961, mediante la cual quedara la droga reputada como Crimen de Lesa Humanidad.

Se advierte en esta otra fase un curso de acción, más bien impulsado por políticas públicas regionales de gran énfasis, pero imprevisoras.

Desde luego, nuestro caso no ha sido menos grave, bueno es retenerlo, pues pasamos los primeros ocho años de este siglo en un estado de deplorable indefensión y los Carteles de la droga, no solo hicieron un uso creciente e intensivo del tráfico tradicional, marítimo y por la frontera del oeste nuestro, sino que iniciaron operaciones aéreas delictivas.

Los Carteles, claro está, contaron con la benevolencia y la permisividad de un régimen político absolutamente inconsciente y desentendido de tales implicaciones, al grado de permitirles operaciones en puertos y aeropuertos, a veces con normalidad y formalidad de prácticas comerciales típicas.

Ahora bien, una vez aquella permisividad estatal desapareció, aumentaron los vuelos criminales llegando a realizarse MÁS DE QUINIENTOS VUELOS EN TRES AÑOS, como una manera de evadirse de la hostilidad que el nuevo gobierno, que se iniciara en el 2004, comenzara a desarrollar frente a sus operaciones disolventes.

En efecto, se trata de que en el año 2008 el gobierno de mi país, gracias a la cooperación del Brasil, logró obtener el crédito correspondiente para la adquisición de ocho aviones Super Tucanos altamente efectivos, buscando limpiar sus cielos de vuelos criminales y lo ha logrado plenamente.

¿Cuáles siguen siendo los percances fundamentales?  Escogeré uno de ellos: el  tiro libre y los  aterrizajes de vuelos ilícitos en Haití que han servido para que persista la turbación de los mares de Bahamas, South Caicos y la Costa Norte de la República Dominicana, buscando en ésta el movimiento que se puede reflejar en más o menos dos millones de contenedores anuales, que se manejan en sus puertos de gran calado (y un megapuerto de trasbordo trasatlántico), teniendo como trasfondo  las actividades de estructuras lícitas de zonas francas, así como las exportaciones de su producción agrícola.

Sin dudas hemos logrado algún progreso en la resistencia y por eso podemos recibir con agrado una reciente manifestación de aliento, cuando el Comando Sur de las fuerzas armadas norteamericanas acaba de dar un testimonio importante en su revista  orgánica respecto al mérito de la eficacia nuestra al eliminar los vuelos criminales, ya participando en acciones interagenciales. 

Justo es consignar, además, que hemos alcanzado en los últimos tres años niveles impresionantes en la interdicción de drogas en tierra, aún cuando la mar sigue siendo una de nuestras mayores debilidades.

Por todo ello, hay signos, pues, para el optimismo y la confianza de que se está restableciendo la pro-tutela logística norteamericana, especialmente con su auxilio tecnológico en la detección de las trazas de los vuelos criminales.  Esto ha incordiado a los Carteles, de tal forma, que ya están girando nueva vez hacia el oeste, volviendo a Centroamérica, buscando las posibilidades de hacer allí operaciones bajo riesgos menores.

En un evento como éste es donde pienso que se deben decir estas cosas y hasta permitirse algo que no sea un atrevimiento, sino más bien un énfasis reiterativo que merece respeto:  Es necesario e indispensable suprimir los vuelos ilícitos al vecino Estado de Haití, como una manera de privar a los carteles de ese territorio que, como expresara al principio, desde los tiempos de  Duvalier ha estado sirviendo de escenario para todas las inestabilidades y debilidades a que ha sido sometido el hermano pueblo, al grado de que su propio ejército resultó disuelto.

Ahora bien, al enfocar un último curso de acción recién  abierto, desembozado, no debo omitir que nosotros acabamos de tener una experiencia crítica en el orden político.  Se hizo muy evidente, como jamás había sido, que Carteles mexicanos impulsaron y patrocinaron en forma considerablemente abierta a fuerzas políticas en el recién pasado proceso electoral que, de haber triunfado, se hubiese constituido aquello en un dominio espacial  sobre  el territorio merced a una voluntad política superior “predispuesta a no entender”. Esto, sumado al control que tienen los Carteles de los espacios del vecino Estado del oeste, hubiese resultado una desgracia para todos, dado que la droga que pasa por la isla o bien va a Norteamérica, o viene a Europa, con los perjuicios que ésto entraña.

Pienso que este esfuerzo del Mecanismo de Coordinación y Cooperación en Materia de Drogas (UE-CELAC) es muy valioso y que nos corresponde a todos desempeñar tareas intensas y mancomunadas, porque somos los actores naturales de este drama y es algo que nos exige brindar nuestros propósitos de cooperación y aumentar los grados de solidaridad y apoyo, que en el marco jurídico internacional están previstos y pautados, de manera cada vez más enfática y puntual.

Es de toda lógica, claro está, que la Unión Europea, como macroobjetivo del Crimen Organizado, por sus atractivos desdichados originados en la demanda enriquecedora en los niveles más altos de los precios de la diabólica mercancía, debe de participar, como en efecto lo viene haciendo, en todos los aspectos de los acuerdos protectivos y defensivos que están en curso.

Este Mecanismo de Coordinación y Cooperación en Materia de Drogas (UE-CELAC) y específicamente esta Reunión de AltoNivel de Mecanismos de Drogas (RAN), es el mejor escenario para nosotros decir que necesitamos que Unión Europea, mediante una estructura de asistencia más copiosa y sistemática, nos establezca, de ser posible, otra pro-tutela logística.  No le temo a la solicitud porque estoy convencido de que se trata de intereses comunes muy sensitivos.

Precisamente para librar batallas como ésta, y voy resumiendo el final,  nosotros hemos consagrado en nuestra Constitución del año ´10, bajo la rúbrica de Fines de Alta Prioridad Nacional, en sus Artículos 259 y 260, acápite Primero, lo siguiente:  

“Artículo 259.- Carácter defensivo. Las Fuerzas Armadas de la República, en el desarrollo de su misión, tendrán un carácter esencialmente defensivo, sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 260.”

“Artículo 260.- Objetivos de alta prioridad. Constituyen objetivos de alta prioridad nacional: 1) Combatir actividades criminales transnacionales que pongan en peligro los intereses de la República y de sus habitantes; “

Sin embargo, para hacerles una prueba muy elemental de las distorsiones contradictorias en las que podemos estar atenazados, voy a transcribir el Articulo 2 del nuevo Código Procesal Penal que se pusiera en vigencia en nuestro medio al adoptarse el sistema adversarial acusatorio y abandonar lo inquisitorio que mantuvimos por largo más de un siglo, proveniente de la legislación francesa:

“Art. 2.- Solución del conflicto. Los tribunales procuran resolver el conflicto surgido a consecuencia del hecho punible, para contribuir a restaurar la armonía social. En todo caso, al proceso penal se le reconoce el carácter de medida extrema de la política criminal.”

Si se hace un examen de la asimetría de los énfasis del Estado nuestro frente al fenómeno criminal del narcotráfico, contrastando los dos artículos transcritos (el marco constitucional y la derivación adjetiva), habrá que hacerlo ponderando que ese garantismo, tan hermoso como peligroso de la justicia alternativa, que conduce al ideal de que el evento penal sea lo último a lo que se deba recurrir y que se habrán de agotar todos los esfuerzos para el restablecimiento de la convivencia social armónica como cuestión fundamental, no puede convertirse en un estímulo rotundo a la más insolente y generalizada impunidad.

Uno se pregunta: ¿Podrá alguien decirnos de qué modo un medio social como el nuestro podría intentar tan brillante meta frente al Crimen Organizado y la labor incesante de sus bandas organizadas?   Me permito dudarlo.

Es conveniente apuntar que nuestro caso es bien peculiar en razón de tener más de un millón de nuestros nacionales establecidos en los Estados Unidos, así como cientos de miles radicados en Europa, El Caribe y América del Sur, por lo que necesitamos un sistema más eficaz de información compartida y de asistencia recíproca en lo judicial y en lo criminalístico.

Este es un aspecto para nosotros, los dominicanos, de extrema importancia, por lo que todas las prácticas de deportación de nuestros nacionales, particularmente aquellos condenados a penas parcialmente cumplidas, son las que están abriendo posibilidades más peligrosas de toma de espacios mediante la infección desastrosa de organizaciones políticas tradicionales, al través de los diversos movimientos de apoyo externo y de alianzas evidentemente capciosas en las lides electorales que pueden alojar disimulaciones muy hábiles.

Se nos dirá que en estas consideraciones hay aspectos que corresponden totalmente a los fueros de nuestra soberanía; que, por consiguiente, son parte de nuestra agenda de gestión pública.  Sin embargo, frente a tales observaciones, respondo que estoy convencido de que la etnia criminal vastísima y de gran adiestramiento del Crimen Organizado, obliga a los Estados a acoplar apretadamente sus iniciativas y esfuerzos, buscando hacer la resistencia al crimen cada vez más uniforme y compacta, en capacidad de contribuir al desmantelamiento de todas esas redes que se saben tejer entre droga, política,  economía y sociedad.

Si perdemos de vista, pues, que la lucha de que se trata es un problema de disputas por espacios, difícilmente podremos alcanzar niveles satisfactorios en la reacción de las sociedades nuestras buscando proteger y preservar su sistema de valores establecidos.

Concluyo, como invariablemente hacemos los abogados, sugiriendo algunas cosas, a mi modo de ver indispensables para impulsar la eficacia de nuestros esforzados propósitos:

La interdicción de droga de los vuelos ilícitos hacia Haití puede ser gestionada, bien como una ampliación del mandato de ONU, necesariamente transitorio, ora como cosa pautada en un convenio regional multilateral, con la participación fundamental de su gobierno, particularmente destinado a ser el marco jurídico de las tareas interagenciales en el Caribe.

 

  1. Revisar y lubricar todo el estatuto de la política de Extradición; propugnar por la creación de establecimientos penitenciarios manejados bajo patrones de dirección internacional para la terminación del cumplimiento de penas, evitando así la recirculación de agentes delictivos capaces de aumentar la eficiencia de sus operaciones en base a las propias riquezas adquiridas y mantenidas con desafiante seguridad.

 

  1. Es establecimiento de Rayos X de alta resolución y de última generación en los puertos y aeropuertos a fin de reducir al mínimo el carácter aleatorio del control.

 

  1. El proveimiento de recursos apropiados para la obtención de lanchas rápidas en capacidad de resultar efectivas en la caza de naves dedicadas al acarreo de las drogas ilícitas hacia las costas, tanto de República Dominicana, como de Haití; no sin agregar a todo ello la necesidad del financiamiento de radares de superficie y equipos de detección y de navegación suficientemente avanzados, para contrarrestar el siniestro ingenio del Crimen Organizado para el acarreo de sus drogas por la mar.

 

  1. Un sistema de comunicaciones común, así como el entrenamiento de operadores de la ley, para propiciar mejoramientos de todo el sistema de inteligencia sofisticada que permita identificar, no solo la ocurrencia de hechos criminales, sino también la conformación de mecanismos y estructuras alojados en la sociedad tendientes a darle albergue a las tramas del Crimen Organizado, cuyas estrategias son más preocupantes que sus operaciones tácticas del día a día, tan desquiciantes y sanguinarias.

Todo ésto es mi testimonio, que no deja de ser una honrada y sincera exhortación a los representantes de tantas naciones agredidas y turbadas por el crimen, aquí reunidas.  Muchas Gracias.”

Creo que con esta parte última de la Conferencia, tantas veces aludida, he podido cumplir con mi interés de hacer reconocer el grado de legitimidad de mis alegatos, en cuanto a que desde hace mucho tiempo, y desde escenarios bien diversos, he abogado, al menos, bajo una inspiración seria y comprometida.

En la próxima entrega de La Pregunta me propongo hacer algo similar en el sentido de reproducir otra Conferencia de mucha importancia que tuviera a bien dictar en el “Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano”” celebrado el 29 de junio del año 2010.  Ya veremos.

Mis Advertencias Globales I

Es inútil esperar que habré de rendirme; cuantas veces puedo se lo confieso a mis amigos, que no hay que hacerlo frente a mis adversarios porque ya bien me conocen y creen tenerme probado.

En La Pregunta precedente me refería a mis advertencias acerca de los peligros del Crimen Organizado infiltrándose en todos los espacios de nuestra sociedad.

Me vi precisado en mi programa La Respuesta a responder a las afirmaciones de un importante oficial de interdicción de drogas norteamericano, Director del DEA en New York, las cuales fueran vertidas en una entrevista que le concediera al diario El País de España.

Al reaccionar frente a la imputación tan exagerada de que el gentilicio dominicano ya es equiparable con el de mexicano y colombiano en el campo de la droga, porque los dominicanos han propiamente derrotado a la Cosa Nostra arrebatándole un tercio del mercado de la heroína de New York que le proveen los carteles de México , al reaccionar , repito, contra esa capciosa y abusiva afirmación, tuve que hacer en cierta medida alarde justificado de lo que ha sido mi trabajo en esa área tan sensitiva, así como asegurar que mis advertencias habían sido, no solo propias y locales, sino regionales y hasta globales, sin haber sido oídas en ninguno de esos ámbitos.

Hacer afirmaciones tan desafiantes como esas últimas, me obliga a utilizar La Pregunta para ir ofreciendo pruebas documentales de que mis manifestaciones no fueron baladronadas, sino más bien un testimonio serio acerca de trabajos arriesgados e importantes que me ha correspondido realizar en mi vida pública, en ocasión de las cuales pude hacer advertencias severas a los más altos niveles donde se libran las luchas de la humanidad frente a ese nuevo “”azote de Dios””, que no otra cosa es el fenómeno criminal como Atila.

Así pues, hoy entrego la primera parte de mi conferencia en la “XVI Reunión de Alto  Nivel del Mecanismo de Coordinación y Cooperación en Materia de Drogas (UE-CELAC) celebrada el 4-5 de junio de 2012 en Bruselas, Bélgica”.  El título de mi conferencia es el siguiente:  “Narcotráfico.  Sus hábiles cursos de acción y las políticas públicas regionales”.

Cito:

“Agradezco la gentileza de los organizadores de este importante evento, que me han dado la oportunidad de hablar; lo haré desde ideas y convicciones oriundas de dos litorales:  el geográfico y el profesional.

Cuanto exprese, pues, estará condicionado por esos dos factores.  Confío en que este modesto esfuerzo pueda resultar de alguna utilidad en el seno de este Mecanismo de Coordinación y Cooperación en Materia de Drogas (UECELAC). 

Les prevengo que su contenido de testimonio se sustenta en vivencias honradas de bregas dramáticas de la vida pública de mi país, situado en el centro mismo del Caribe.

Pues bien, el hecho de ocupar la tribuna penal desde los 23 años me mantuvo muy adentro de los ámbitos intrincados del crimen tradicional, cuya comprensión y tratamiento se  alcanzan, todavía, al través del uso de las nociones del Derecho Penal, la Criminología clásica y las propias normas procesales penales. 

Sin embargo, a partir del año 1957 comencé a tener noticias concretas y palpables de que en la parte oeste de la isla de Santo Domingo, en el vecino Estado, así como en la Cuba pre-revolucionaria, se venía estableciendo una presencia criminosa  de índole desconocida hasta entonces en la región.

 Fue bien obvio su modus operandi durante el gobierno de Batista en Cuba, como en el régimen de Duvalier en Haití.

 Intuí que esa etnia criminal que se venía derramando exigiría  para su comprensión del manejo de disciplinas que irían más allá del Derecho Penal y la Criminología tradicional; que  terminarían por imponerse preocupaciones de geopolítica criminal, que harían necesario conocer y ahondar en las más vastas nociones de la sociología criminal.

Es decir, que el inveterado conflicto del Derecho Penal de los hechos vendría a rezagarse en su eficacia y que  el crimen de trama y pertenencia a estructuras organizadas vendría a ser imperante.  Esto, de tal modo, que los medios sociales sufrirían ataques de opresiones horizontales y generalizadas, más o menos visibles, en capacidad de desestabilizar las instituciones, turbar la paz e introducir prácticas y componentes muy corrosivos en las costumbres.

Así fue como comencé a pensar en el trastorno que podría llegarnos, algún día, una vez cesara el sojuzgamiento político  que yugulara nuestras libertades por casi un tercio de siglo, hasta el año ´61. 

 Se sospechó que la democracia y las libertades públicas, tan necesarias para el verdadero desarrollo, podrían acarrear algún grado de peligro si esas fuerzas de mafias criminales lograban aposentarse mediante la insidiosa infiltración que caracteriza al Crimen Organizado, cuyas tramas y maquinaciones, inmateriales, inasibles y gaseosas, pasan a ser inadvertidas, mal percibidas, nubladas si se quiere por la violencia sanguinaria de sus hechos.  Algo que se encargaría de extraviar a la autoridad y a la ley, que persistirían en los patrones y predicamentos tradicionales atinentes al hecho  criminal individual.

Naturalmente, aquella percepción primaria me condujo a entender que se enarbolaría el palio de las garantías individuales, de los derechos humanos y fundamentales, de las implicaciones del debido proceso, que tanto favorece el fortalecimiento del estado de derecho; que, asimismo, el garantismo indispensable y generoso de éste podría enviar un estimulante como equívoco mensaje al crimen, que terminaría por despreciar el juicio penal ordinario tomándolo como un insulso pasatiempo de la sociedad, ingenioso y divertido, claro está, premunido el crimen de las vulnerabilidades de un sistema judicial lábil, inexperto y sin tradición.

Sé bien que con ésto esbozo un tema doctrinal vivamente debatido en academias y legislaciones.

 

Lo cierto es que tomó algo más de tres décadas la infiltración de los factores más invasivos del Crimen Organizado entre nosotros y en los primeros tiempos, no fue captada su realidad; aquella oscura y trágica fase de implantación del fenómeno apareció como si fuera parte de un inocuo folklore que se expresaba en el regreso de centenares de jóvenes que habían emigrado, muchas veces en condiciones temerarias, primordialmente hacia Norteamérica, dotados de recursos económicos sorprendentes.

El medio social nuestro, pues, permaneció ajeno y desprevenido en los últimos veinte años del pasado siglo y la toma de espacios del Crimen Organizado se fue acomodando a las diversas ventajas y posibilidades que le pudieran  brindar las instituciones, los estamentos de la política, los cuerpos militares y policiales, los colectivos empresariales y bancarios.

Sobre todo, no alarmó la comercialización expeditiva de activos inmobiliarios, particularmente en las áreas circundantes de costas y playas, que se ha venido a ver como una estrategia de gran alcance, muy silenciosa y efectiva.

Todos sabemos, de muchas maneras, cuál ha sido la potencia de la expansión del crimen del narcotráfico, pero es posible que algunos no tengan una noción aproximada de cómo en nuestro medio se produjo una mutación de las prácticas criminales, que han terminado por constituir un verdadero azote.

 Hasta finales de siglo considerábamos que éramos un territorio de tránsito; ignorábamos que la habilidad para invisibilizar sus movimientos ya había arrancado en su puesta en marcha; y todo ello se vino a desembozar en la primera década de este siglo, que es cuando la sociedad  cae  en cuenta de que no era episódico el excentricismo folklórico de los jóvenes nuevos ricos, sino que se estaba produciendo la apertura masiva y grave de un mercado interno de consumo generador de legiones impresionantes de adictos de ambos géneros, así como un agresivo deterioro de la  seguridad ciudadana y la paz pública. 

Hoy se podría decir, no obstante, que ya es una realidad el hecho de que se está desarrollando un estado de conciencia y alerta propicio para la organización de una resistencia eficaz, aunque estamos muy conscientes de que se ha tenido que pagar un precio muy alto en lágrimas y sangre.

Las voces de advertencias y vaticinios que se levantaran, entre las cuales estaba la mía, muy al principio de la década de los ´80, fueron desoídas y merecieron un generalizado desprecio de muchos modos.  Los medios de formación de opinión y organizaciones de la sociedad civil consideraban tales advertencias simples muestras de un alarmismo infundado, o, en el mejor de los casos, un extravagante exhibicionismo un tanto histérico. 

Aún en estos momentos, siguen desentendidos de obligaciones sensitivas, destinadas a fortalecer el ánimo público, organizando el reproche social debido.  No aparecer  víctimas qué mostrar por haber tratado el tema conforme al duro código del crimen, es harto elocuente: tolerancia  complicitaria, miedo difuso o venalidad.

Sin embargo, el tiempo ha venido a dar algo de razón a quienes produjeron las advertencias y la complejidad de la situación que estamos confrontando ya es admitida como una trastornadora fase de la vida nacional, en la que se pueden avistar signos de descomposición y disolución de imprevisibles consecuencias.

¿Cuál es mi apreciación en el año ’12 de este siglo en relación a las características y las magnitudes del trastorno, en el caso nuestro? “

Como se advierte, de la lectura de esa primera parte de la Conferencia indicada, se trata de un emplazamiento serio de todo cuanto pueda esgrimir en esta interminable y aciaga lucha frente a la cual, como expreso al principio, es inútil pensar que me he de rendir.

La próxima entrega contendrá la reproducción de las partes culminantes de esa Conferencia y, luego, algunas observaciones  respecto a cuáles fueron las reacciones aprobatorias que mereciera.

De experiencias parecidas a esa es que me sale la legitimidad de considerar mis advertencias como globales.

 

 

Advertencias propias y ajenas

No han dejado de ser inefables las explicaciones de quienes intentan justificarse alegando que ha sido demasiado sorprendente, abrupto, casi invisible, el desplome de tantas cosas vitales del pueblo nuestro.  Muchos parecen guarecerse en la ingenuidad de que no les hicieron caso a las advertencias por haber creído siempre que se trataba de incidencias artificiosas, pura pirotecnia, propias de las luchas y pugnas políticas, de las cuales se apartan, con escrupulosa asepsia, como si fuera un mérito mayor, no un déficit o una falencia de su sociedad.

El hecho es que durante décadas no vacilé en señalar los peligros y confieso que no sé todavía cómo pude pasar tanto tiempo predicando en ese desierto del desinterés de aquellos para los cuales mi alarma no era otra cosa que un arma arrojadiza empleada para asediar adversarios y, en el mejor de los casos, para sonar y fulgurar en las lides públicas.  Sin embargo, hoy me compensa que resultan incesantes y copiosos los reconocimientos de ese error de no atender a mis sinceras admoniciones.

Desde luego, de todos los desentendimientos el peor fue el relativo a las “pisadas de animal grande” que ya se sentían del Crimen Organizado, al ocupar todos los espacios para sus estremecedoras operaciones, tanto como tráfico de estupefacientes, como en la cota misma del regreso y reciclaje de sus oprimentes riquezas.

Se me ripostaba que todo lo advertido por mí era fantasioso; algo que sólo podía expresar un “fabulador” o un “malabarista del  juego de palabras” del abogado ducho.  Era injusta la presunción, pues, en todo caso, el abogado que obraba en su nombre y provecho sabía que estaba asumiendo riesgos letales para hacerlo.

Tuvo que encargarse el tiempo de acarrear la razón y ponerla a mi lado y favor, pero a un costo muy alto y doloroso, pues el Crimen Organizado logró asentar todas sus sanguinarias durezas en medio de ráfagas pavorosas de sangre y sufrimiento; se engendró asimismo el consumo, ya como mercado interno de los estupefacientes, desmontando aquella falsa creencia de que nosotros no pasaríamos de ser un mero e insignificante territorio de tránsito de sus operaciones, dado que no alcanzaríamos jamás la solvencia para el consumo costoso de las drogas duras.

De ese modo fueron perdiendo la inocencia y la cándida manera de pretender quedar impasibles, sin mayores preocupaciones, sin suponer lo que entrañaría como ruina de la nación toda.

El tiempo, siempre justo y riguroso, fue poniendo cada cosa en su lugar y hoy nos encontramos atrapados en cruciales vicisitudes que nos atenazan con fuerza, capaces de destruirnos de mil maneras.

En verdad, no nos preparamos para afrontar cuanto se desprendía de esas duras realidades que nos fueran golpeando como conflicto criminoso y epidémico, a la vez.

Es muy obvio, no obstante, que no son tan simples ni lisas esas cosas terribles.  Han concurrido otros muchos factores externos que contribuyeron a que todo se despeñara hacia lo peor; y fue una de mis decepciones mayores la que surgiera precisamente de esa otra experiencia de desinterés e incomprensión de parte de las poderosas instancias que en Estados Unidos han tenido a su cargo dirigir e impulsar la lucha aciaga contra la droga en todas sus versiones de daño.

La inerme población nuestra es posible que para incurrir en su sordo descuido confiara en demasía en que no había mucho que temer porque esa superpotencia estaba en el puente de mando de toda la logística que demandaba tal lucha.  Un evidente error que se incubara, tanto aquí, como allá, por la renuencia a advertir los alcances de la invicta insidia del fenómeno criminal.

Todo se ensombreció, aún más, a raíz del bestial ataque terrorista del 11 de septiembre y la hecatombe nuestra se acentuó hasta llegar a parecer irremediable e irreparable, en un tiempo en que tendríamos que contar con el mayor grado de cohesión y unidad, bajo los peligros en curso por obra de una Geopolítica rematadamente torpe y ciega, decidida a agravar los conflictos del centro del Caribe, fabricando un experimento de Estado Binacional que no pasaría de ser un extenso territorio anarquizado por el vicio y la corrupción, que son el caldo de cultivo por excelencia del Crimen Organizado.

Estados Unidos, se fue a sus guerras y hasta nosotros enviamos cientos de soldados a aquellas lejanías; sólo Dios nos salvó de que no tuviéramos que recibir ni un solo ataúd de aquella desgraciada aventura.  En realidad, nuestra participación fue muy limitada y más bien sirvió de “patente de corso” para que políticas públicas nuestras muy bien establecidas se fueran desvaneciendo y perdiéndose los bríos y la reputación que alcanzáramos en el fin del siglo.

El periodo 2001 al 2009, en efecto, fue el mas devastador; el Crimen Organizado lo comprendió y lo aprovechó hasta la saciedad; el Caribe fue invadido como nunca antes y puesto bajo el peso tremendo de los carteles, por uno de esos movimientos de desplazamientos muy  hábiles que se pusieran en práctica a raíz del asedio creciente para el tráfico central que se combatía en el eje de Centroamérica hacia México.

Mis desoídas advertencias regionales, y aún globales, sólo han podido ser reconocidas en su verdadera naturaleza de honradez, sacrificio y riesgo, cuando la brutalidad de los hechos se ha impuesto; nos han cercado, de tal modo, que nos resulta muy difícil buscar soluciones alternativas salvadoras, precisamente porque esa realidad penosa nos ha estragado de muchos modos, haciéndonos más débiles en los tiempos en que tendríamos que ser más fuertes para enfrentar azares terribles de nuestra propia existencia jurídica como Estado.

Traigo ésto último a colación, otra vez, para que se entienda que es necesario reemprender nuevos énfasis; más complejos y exigentes ciertamente, pero necesarios, desesperadamente imprescindibles.

Advierto que para hacerlo es clave no acomplejarse por el hecho de ser hijos de una pequeña nación; ésto porque allá, en los grandes centros de fortuna y poder, la ruina es mayor y pueden desde aquí humildes ciudadanos luchar y resistir para reajustar tanto desastre, en nombre y representación de valores históricos, como pueblo digno “amaestrado a todas las vicisitudes”, en una “hondonada más”, según lo proclamaran pensadores ilustres nuestros en otras épocas.

Al advertirlo, no quiero asumir posiciones altaneras, ni vanos y ridículos propósitos de desafío; me siento un modesto ciudadano de este infortunado país nuestro, que en el propio seno del gran poder  de la tierra supo advertirle de esas cosas terribles que sobrevendrían, tanto para ellos como para nosotros, si seguíamos viviendo en el error de no temer a la real capacidad destructiva del Crimen Organizado; que no se avergonzaran a considerarlo como el enemigo en una guerra más destructiva que sus trágicas guerras precedentes o en curso.

Por eso, hoy, les digo: no bajemos la cabeza cuando desde medios de comunicación de importancia mundial se realizan entrevistas turbias con propósitos aleves para tratar de degradar al gentilicio Dominicano y hacerlo pasto de oscuros propósitos geopolíticos.  Les digo que todo ello puede retroceder hoy cuando hay evidencia de que muchas de nuestras necesidades más mortíferas son similares a las que ese mando imperial de la actualidad busca combatir en su propio seno, ya considerados como percances catastróficos.

En mi programa La Respuesta del pasado fin de semana comencé a abordar el tema con motivo y en ocasión de las revelaciones que hiciera un importante oficial de interdicción de drogas norteamericano, en las que plantea propiamente que los dominicanos están desalojando a las mafias tradicionales del gran mercado de heroína de New York; que, a su decir, los dominicanos manejan hasta la tercera parte de la heroína de la ciudad más importante de esa gigantesca nación.  Si se quiere una muestra aterradora de exageración y mala fe no hay que buscar otra.

Para decirlo con seriedad, no es enteramente cierto el abuso, sino más bien una exagerada imputación publicada para otros fines, pues cuando se analizan las causales y los orígenes de esa supuesta aparición sorprendente de legiones de dominicanos traficando con ese “éxito inverosímil”, en el fondo, lo que hay que pensar es que se procuran objetivos diferentes; que se tiene en mente cumplir designios malvados de trama contra la supervivencia del Estado nuestro.

Como ya señalé, esa puede no ser ahora la estrategia a seguir por ese importante y potente mando nuevo del Norte.  Nosotros como pueblo tenemos necesidad de entrenarnos para comprender  por dónde están sembradas y cuántas son las dianas con las que se busca echarnos a perder, paralizando toda acción o altivez en la resistencia; obligar a compartir y repartir las responsabilidades y las naturales culpabilidades en la generación del actual “infierno en la tierra” en que han devenido las operaciones del tráfico de drogas, con sus riquezas inmundas y la desoladora epidemia que ha diezmado a millones de seres humanos, con siniestra preferencia por sus juventudes.

Este viejo guerrero que escribe no incurre en el error de resentirse por el hecho de no haber sido oído en sus advertencias; al contrario, lo que busca es animar a sus compatriotas, que constituyen las enormes mayorías de gente generosa y honrada, para librar las batallas por venir.

Cuando titulé estas cuartillas como inadvertencias, hablé en plural, las propias y las ajenas, y no sólo eso, las otras muchas entrelazadas que conciernen a nuestra soberanía, a nuestra autodeterminación, a nuestro territorio, en fin, a nuestra Independencia.

¿Qué hacer? sigue siendo la más apremiante pregunta.  Cada quien que arrime su hombro a esa cruz.

La verdad, como siempre, está a merced de la elocuencia de los hechos.  Y lo penoso es que no hay tiempo que aguardar, pues, cuando éstos la demuestran podría estar todo perdido.  No olvidar que la patria no se sobrevive.

Aberraciones Sintomáticas

Desde hace mucho tiempo vine advirtiendo a mi sociedad de que se estaban produciendo cambios drásticos en el comportamiento colectivo nuestro, muy preocupantes.

Recuerdo que fue en ocasión de un accidente automovilístico, en el que perecieran varias personas, cuando uno que superviviera milagrosamente me contó algo que había ocurrido, peor que el accidente mismo.

En principio, fue tal la emoción dolorosa que sentí que me negué a creer cuanto relataba el superviviente.

La trágica narración consistió en ésto: “Después de perder el control el conductor, a causa de un aceite derramado inexplicablemente en el pavimento, cayeron por un barranco, dando volteretas sucesivas; tan sólo quedó un silencio profundo interrumpido nada más que por los ayes desfallecientes de los moribundos.  Siguieron luego voces de gente que bajaba al hondón que, a primera vista, se limitaban a vocearse entre sí que tuvieran cuidado con el fuego posible del auto destrozado.

¿Cuál fue la sorpresa desgarradora del superviviente? Que dos de los irreales rescatistas traían garrotes y apalearon a todos, excepto a él, que por fortuna había resultado con heridas en la cabeza que sangraban mucho y eso le permitió simular que ya estaba muerto.

En el desvalijamiento que hicieran todos, eran más de veinte los vecinos, arrasaron con cuanto pudieron llevarse, relojes, anillos, dinero, hasta una pequeña muñeca de peluche que todavía conservaba en su pecho una niña muerta.

Penosa fue la espera de un auxilio verdadero; algo que sólo el superviviente sufrió, pues los demás habían sido rematados.

Grande también fue la sorpresa de los que habían detenido la marcha de sus vehículos para auxiliar a los caídos; gracias a algunos curiosos niños que se aglomeraron en el borde de la carretera, pudieron enterarse de la desgracia acaecida.  “Aquí hay uno vivo”, fue la expresión de alguno de los que asumieron realmente el gesto solidario de rescatarles.

Fue un horror oír aquel relato que me llenó el alma de sombras y pensé que ya mi país era otro, no el que conocía desde niño, cuando la suerte del prójimo recibía la garantía mayor de aliento, asistencia y consuelo, de parte de los testigos consternados.

Desde entonces comencé a divulgar mi inmensa inquietud al respecto porque lo sentí como un comportamiento tan aberrante que resultaba un síntoma ominoso de grandes descalabros y estragos a sufrir por el ser nacional.

De eso hace, ya, mucho tiempo; el necesario para irme enterando con mayor frecuencia de que la espantosa práctica criminal descrita ha terminado por ser más temida que el propio accidente; éste se ha convertido en botín y simplemente basta con ultimar a los accidentados para robarles sus pequeños teneres, sin importar el valor de lo saqueado; es ya tan común y corriente que se le tiene grima miedosa mucho más que al accidente, porque se produce en el más impresionante escenario de agonía, sangre y dolor de los desventurados que perecen.

Síntoma aleve de un proceso de deshumanización en niveles de la población que siempre supieron reaccionar generosamente en el auxilio de cualquier desconocido, fuere cual fuere el evento que le colocara en riesgo de muerte; así era el pueblo nuestro y jamás se supuso que ese acudir espontaneo del vecindario ante el desastre dejaría de estar presente, cual Cirineo.

Asimismo, se comenzaron a producir en aquellos tempos, ya en el medio urbano, otras manifestaciones de conductas aberrantes, especialmente cuando traían del exterior el cadáver de algún joven dominicano baleado en el infierno del tráfico de drogas y sus secuelas de sicariato, ajustes de cuentas y otras causas muy propias de aquel ámbito de enormes riesgos.

Los sepelios comenzaron a llamar la atención por la asistencia cada vez más masiva de gente de todas las edades y género; se oyeron canciones como trinos, muchas de ellas alusivas al menester tenebroso en que había caído el difunto;  “el empolvado” se le llamaba, que ya era parte del ideario lóbrego de mucha juventud nuestra, fugada bajo consigna como ésta: “Me voy pero vuelvo, rico o empolvado”; como si se estuviera fundando una casta paradigmática que pudiera resultar atractiva para legiones de miles de verdaderas bajas sociales.

A todo ésto se agregaba mucho alcohol y “viajes de drogas”, duras y dulces, todos arremolinados alrededor de la bandera dominicana cubriendo el ataúd que encerraba al primer actor de la triste experiencia.  Desde luego, sin dejar de entonar el himno de la patria.

Se trataba de una aberrante manera de exaltar como héroes o próceres de la nación a aquellos desechos, que ya se insinuaban como pequeños “benefactores” de la familia que había quedado en la tierra, ciertamente bajo el agobio de la enfermedad, el desempleo y la pobreza.

En esos jóvenes acribillados han estado cifradas las esperanzas de muchas familias por alcanzar riquezas soñadas, sin importar su oriundez.  Y por donde pasaba el cortejo, la otra parte de la sociedad, aún libre de la maldición, fue controlando su asombro porque presentía que había algo de metamensaje de siniestro poder en todo aquello; así se fue sofocando la alarma hasta llegar a ser percibido como algo interesante, folclórico, cuando no una hazañosa ocurrencia.

No se quiso ver como algo sintomático del acercamiento de grandes males y trastornos sociopáticos que irían enfermando y dañando a la sociedad, haciéndola girar alrededor del eje tenebroso del crimen, de un lado, y del otro, el quebranto de la adicción, que ya se ha hecho cargo de decenas de miles de jóvenes de ambos sexos con sus cerebros gravemente calcinados.

Nadie le dio crédito oportuno a las advertencias de que aquello era una especie de diseño satánico de una sociedad de zombies como la que está en curso todavía, para nuestra honda desgracia.

La dura realidad era que se trataba de otras aberraciones sintomáticas para las que no estábamos preparando respuestas, ni teníamos idea siquiera de lo que significarían como descalabro del alma nacional.

Ahora bien, no han cesado de aparecer otras muchas aberraciones de magnitudes abismales que han venido a condensarse como todo un pesado síndrome de fatalidad, una tara letal para nuestra supervivencia.

En fin, al irme acercando a esas otras muestras de descomposición de la sociedad debo aludir, aunque sólo ligeramente, a otro fenómeno que viene desconcertando al vasto hemisferio sano y valioso que aún conservamos.  Está conectado con lo que en buena técnica se denomina “decepción cognitiva de la población”, ante el desvanecimiento imparable de la autoridad de su Estado.

Hay una sensación angustiosa de creciente indefensión que se está experimentando y que lleva en su seno un contenido de miedo pavorosamente generalizado.  Los ciudadanos se sienten huérfanos de protección de su Autoridad, y el Crimen, que lo sabe, se empeña en remarcar su prevalencia aterradora, como un hecho cumplido.

Sin embargo, es justo decir que no todo el medio social se atemoriza y ya van apareciendo dispersas señales de inconformidad airada cuando gradualmente en las comunidades surgen iniciativas para enfrentar el difuso, pero penetrante, ataque del Crimen.

Se advierten reacciones de defensa compartida, socializada, al grado que en algunos barrios se extiende el compromiso de velar mutuamente por la seguridad entre los vecinos, bajo la mística de que se hace para proteger el sueño, la vida y la honra de cualquier hogar agredido.

Desde luego, tal conflictividad es en realidad materia de ponderaciones mayores, pues, las ideas del linchamiento, así como toda acción de defender al débil, honrado y dañado, implica una derogación caótica de la autoridad estatal, bajo reproches muy deshonrosos.

En ese mismo orden de ideas, finalmente, quiero referirme hoy sólo a una ocurrencia de estos últimos días, capaz de reflejar otras dimensiones aun más potentes y complicadas como síntomas del colapso catastrófico de una anomia total.

Se ha detenido a un oficial menor de la autoridad policial, luego de más de seis años de una borrosa diligencia de captura, por la comisión supuesta de más de treinta asesinatos.

Se extiende, no obstante, el descreimiento de la población y se ven claramente sus dudas frente a los pasos de la Autoridad, al colmo de que las mismas estructuras de investigación y juzgamiento parecen totalmente oscurecidas y desechables, sobremanera después de las últimas excarcelaciones tortuosas que presentan dolosas y obscenas características de fugas convenidas.

Pues bien, ¿qué ha ocurrido en ocasión de la captura del oficial aludido?  Que el mismo resulta vitoreado y aplaudido por numerosos grupos de ciudadanos de los lugares e inmediaciones donde aquél obrara; se está exigiendo que se le respete, se le reintegre a su institución y se le envíe a prestar nuevos servicios, como una manera de restablecer la seguridad perdida allí.

Ante mi nuevo asombro ¿cuál ha sido mi última y mayor sorpresa?  Alguien que me merece crédito, me dijo: “No se alarme, doctor, pues entre esos manifestantes de apoyo a ese verdugo, habían madres de hijas adolescentes violadas y asesinadas por otros verdugos” y agregó:  “Es posible, casi seguro, que el oficial se cebara en el crimen y utilizara aquellas ocasiones de “vengador justiciero” para hacer tareas independientes, bien remuneradas, de Sicariato; es por ahí por donde va el desorden.”

Midan ustedes, pues, las dimensiones del síndrome y díganme si no cabe preguntarse aquello que se llegara a plantear en el campo ideológico, en horas de grandes ideales políticos, en una inmemorial y elocuente expresión:  ¿QUÉ HACER?

Tanto derrumbe fue muy insidioso al venir; al menos yo sabía que no había sido invitado, sino que lo empujaban otros buscando aplastar nuestra buena índole de pueblo que aún pervive.

De todos modos, por aquello de caer “con las botas puestas” insisto en decir que no siento ningún encono de desoído; lo que más deploro es presentir el futuro inmediato, ya sin poder arrimar más mi hombro cansado.

En las próximas entregas de La Pregunta, como blog, insistiré en adentrarme lo más que pueda en esa jungla que se nos ha impuesto de parte de aquellos que nos preferían más como arrabal que como pueblo.  Sé que lo necesitaban para su esperpéntico experimento con nuestro Estado, nido de una legendaria y pequeña nación que es la nuestra.

El Río Social y sus Nieblas

En los medios sociales se mueven hechos y circunstancias continuamente, de tal modo, que su apreciación se hace cada vez más difícil.

Siempre me ha servido de guía, para fijar mis posiciones y hacer mis decisiones, una enseñanza de Bergson acerca del error seguro de quien, al obrar, no toma en cuenta el sostenido proceso de mutación de las cosas y dijo:  “Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento continuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

En efecto, lo de hoy deja de serlo a cada instante; en el nuevo hoy inminente que se desplaza vienen enigmáticos bajeles repletos de cambios incesantes.

El río no es el mismo, se diría, y en su ancho cauce vienen y van acontecimientos desconcertantes, fugaces a veces, y esquivos a toda observación siempre.

Ya lo sabía, casi desde adolescente, porque lo oí en labios de mi inolvidable e inmenso maestro don Andrés Avelino al comentar a Heráclito y sus concepciones del cambio perpetuo; el río dejaba de ser el mismo a cada tramo de su corriente, por lo que nadie podría bañarse dos veces en el mismo río.

Mi gratitud ha sido constante por tal enseñanza, pues siento que me armó para enfrentar la vida y sus sorprendentes meandros.  Se dirá, además, que no sólo deja el río de ser el mismo, sino que por ese ancho y sinuoso cauce en que vive están las tripulaciones tormentosas que gozan con enarbolar, como norma o misterio, lo inaudito.

Ahora bien, debe quedar claro que esa premisa de indicación de cómo debe ser asumido el presente, no puede, ni debe, conducirnos a renegar del pasado y sus lecciones; hacerlo así sería dar paso a las torpezas de las improvisaciones, abrazarnos a conductas obtusas de reacción sobre la marcha, sin mirar atrás, ni recordar nada de lo sucedido.  Eso sería rendirnos al letal relativismo del “eso es así”, “tal como lo ves”; “no intentes contrastarlo con pasado alguno”, “mucho menos pretendas formular previsiones y advertencias acerca del porvenir”, “precisamente por las mismas razones de que todo es cambio”.

No en vano se activó la vieja alarma cuando se dijo que desconocer el pasado es una manera exacta de oscurecer el futuro al hacer del presente el único y dominante referente.

Entre nosotros ha sido extremadamente complejo el fenómeno en la medida en que han ido apareciendo horizontes y azares diversísimos en el proceso público, en todos los tiempos.

Galíndez, en su tesis suicida, planteó que una vez terminara el imperio rotundo de la fuerza y aparecieran las anheladas y merecidas libertades públicas sobrevendrían conflictos con efectos tan devastadores como aquello, pero en otros órdenes, dada la esterilización que sufriera la sociedad, hasta la impreparación; incapaz de hacerse cargo del desarrollo de un régimen democrático genuino.

Tan amarga premonición la hacía como secuela de la opresión que durante un tercio de siglo aplastara toda posibilidad de sobreponer virtudes nuevas sobre los poderosos vicios estructurales, de una falsificación tan abrumadora de instituciones que realmente no existieron, a pesar de que el régimen las invocaba como su marco de albergue.

Es decir, el autor de la tesis pronosticaba que previsiblemente no sabríamos lidiar con el futuro una vez terminara el espanto opresivo de generaciones.

En mi primer viaje al exterior, a los 27 años, allá por el año ‘58, pude leer la tesis en New York, pues, aunque iba en diligencia de salud, como siempre lo seguí haciendo, pude compartirla y discutirla con algunos de los buenos amigos y familiares que permanecían en un exilio multicausal.

No he vuelto a leer la tesis de Galíndez, pero la retengo en esa reflexión nodal que cité y pienso que ha sido por la impresión que me produjeron aquellas afirmaciones tan pesimistas y desalentadoras hacia un futuro de la post-dictadura.

En verdad, ahora es cuando lo entiendo mejor y puedo apreciar en retrospectiva todo cuanto ha ocurrido luego, en otro período de nuestra historia de más de medio siglo.

Ha ocurido de todo.  Lo más destacable en el orden político sigue siendo la elección democrática ejemplar de un hombre brillante y decente, seguida del odioso manotazo de la intolerancia arrogante de los intereses, de todo tipo, que pretendían un país en otros rumbos; la lógica guerra civil y la intervención militar extranjera no se hicieron esperar y se inició una etapa apasionante de utopías, desajustes, represiones, sin ningún atisbo de enmiendas.

En fin, a todo ello vino a agregarse, en medio de la guerra fría, la llegada inverosímil al poder de alguien a quien se execrara como antihistórico rezago del horror “del régimen desaparecido”.  En esos contextos sucesivos las esperanzas de redención se dijo que galopaban con bríos nuevos y las luces frescas de “las generaciones jóvenes y capaces”.  Y sus tragicómicas “manos limpias”.

No es posible describir la catástrofe de la decepción y la ruina de los sueños cuando había vuelto algo que se consideraba escándalo insólito; en fin, aquel hombre gobernó veintidós años, en dos fases diferentes, que se han ido reexaminando con pasiones languidecientes y sus haces, que sólo ofrecían sombras, han dejado entrever luz, sobre todo, por el efecto comparativo de las hazañas de aquel anciano ciego, con las inepcias de tantos que alardearan de contar con todos los atributos y virtudes para alcanzar el progreso. “Las generaciones jóvenes y capaces” han sido frustratorias, decepcionantes, al grado de percibirse, ya, más bien como farsa.

En fin, amenaza el presente con ser escenario de nuevas comparaciones; se van tomando renglones por renglones, es decir, educación, salud, deuda pública externa e interna, seguridad individual y familiar, soberanía, territorio; los resultados son chocantes y decisivos en cuanto a que conducen a una amarga reflexión del ciudadano de a pie, que tiene perfecto derecho a preguntarse: ¿De qué me sirve contar con la expresión libre del pensamiento tan extensa de que disfruto?  ¿De qué me sirve que me hayan cambiado el asesinismo, por la orden vertical del despotismo, por el asesinismo difuso, extenso y generalizado del Crimen Organizado?  ¿Por qué perdí la gratuidad y la calidad de la enseñanza de otros tiempos, para caer en un proceso de industrialización de la misma en deriva hacia los esfuerzos privados?  ¿No era acaso la escuela pública de entonces el elemento de integración más formidable porque a ella concurrían los hijos de todas las clases?  En suma, ¿por qué han cambiado los términos de consideración y respeto de los valores fundamentales de la Patria que se han tornado tan lábiles, indefensos y decadentes en grave amenaza de nuestra supervivencia?

Esas reflexiones me traen la tesis de Galíndez a la mente y confieso que me da la razón al expresar respeto por la capacidad penetrante de sus vaticinios.

Pero el asunto es aún más trágico porque de todos esos ríos cargados de acontecimientos, sucesos y circunstancias del orden político, se puede desconfiar y censurar porque, en definitiva, son caídas y reyertas de luchas sórdidas de poder.  Pero, son afluentes tributarios del otro río, el Amazonas, que no cambia ni renuncia a su poder, por donde vienen, desde hace largo más de un sigo, acontecimientos vitales relativos a nuestra supervivencia.

Desde luego, no es este espacio suficiente para tratar tantas cosas y observen que al insertar la mención de las nieblas del río social como título, lo que busqué más bien fue convocar los presentimientos del peligro de no entender cuánto está en juego; la comprensión es muy necesaria de los hechos y circunstancias de hoy, pues cuanto ocurre es un agresivo crecimiento de daños silentes inveterados.

El trastorno ha sido perenne, desde el nacimiento mismo del Estado-Nación; lo que ahora resulta diferente es la variación que se ha introducido en los métodos para hacerlo desaparecer haciéndole sólo parte del esperpento de un Estado Binacional.  Pero, esta es otra historia que habremos de contar.

 

Venezuela y su laberinto

Ya, con esta última entrega de La Pregunta sobre el tema de Venezuela y su laberinto, me siento más compensado, aunque no tranquilo.

Mi esfuerzo ha consistido en reproducir artículos que escribiera para el Listín Diario que datan de los años 2, 3, 7 y 15 de este siglo, a fin de demostrar desde cuándo y cómo quedé marcado por un pálpito mortificante en relación a la suerte de aquella nación hermana, colocada y expuesta como está a graves conflictos políticos-sociales, de los cuales no hay atisbos de solución, que se han ido apoderando de la angustia de gran parte del mundo.

La tesis que he sostenido es la existencia de dos fases distintas en el drama de Venezuela.  Una, muy originaria que pareció definitiva y crónica, la de la exclusión social y la pobreza de inmensas mayorías de su población, en medio y en presencia de una fortuna vejaminosa de minorías dominantes, de las cuales el sistema de partidos políticos resultaba un instrumento para saciar hasta el hartazgo los grupos rapaces que manejaban a mansalva la riqueza petrolera.

Por otra parte, una clase media extensa y acomodada que servía de prueba de una calidad democrática que llegara a alcanzar la categoría de paradigma latinoamericano.  En el fondo, era pura apariencia el progreso de la nación como un todo, porque debajo yacía la exclusión social más irritante que es la miseria de muchedumbres privadas del acceso al banquete de los recursos naturales más colosales de la tierra.

Caracas, a la cabeza, anticipaba que se estaba urdiendo la ira social necesaria para que, una vez apareciera en el cuartel una voz de justicia y de esperanza, se generara la capacidad de suprimir aquel estado de cosas de dos Venezuelas superpuestas. Una, bajo delirios saudíes; la otra, enterrada en la desesperanza y la fatalidad de un porvenir eterno de graves carencias.

Chávez fue ahí que surgió y la redistribución del ingreso petrolero que impulsara, por primera vez en la historia, arrancaba de la taumaturgia de las manos poderosas recursos asombrosos para ir a parar a las necesidades múltiples e infinitas de la Venezuela sumergida.

Mi tesis se completaba describiendo cómo las dos Venezuelas, ya no superpuestas, sino en una vertical de frente a frente, se han venido confrontando, teniendo como eje el poder político excitante del llamado Socialismo del Siglo XXI.  Se ha dado el siempre traumático cara a cara de la exclusión versus la inclusión sociales, que es el escenario soñado en las luchas de los pueblos en procura de sus imperativos de igualdad y felicidad progresivas.

El cuartel, que obrara en la primera fase y prohijó el sueño de su encuentro con los ranchos, es decir, del “pobre en su choza” de que habla el himno nacional de Venezuela, se dice que  ya no es el mismo cuartel hoy, sino que, por el  contrario, éste es más consciente y responsable, dado que tiene tareas directas en la dirección del desarrollo del progreso y que gracias a ello se le ha dado paso abierto a la inclusión social más espectacular que viniera a suprimir a la odiosa exclusión de siglos, ya mencionada.  Se afirma que su cuartel está suficientemente ideologizado para que no se pueda pensar siquiera en marcha atrás.

Es ahí donde está el meollo del grave trastorno, pues podría ser cierto eso siempre que la economía no la hubiesen descalabrado en las magnitudes que lograran hacerlo y no aparecieran los fantasmas que acarrea todo proceso de cambio drástico reflejado en pobreza, arbitrariedades, rencores, intolerancia, en fin, los amargos y estériles repudios de las peores insatisfacciones, particularmente cuando éstas están alentadas desde afuera por mil razones conocidas y por conocer de tan alevosa índole.

Los elementos probatorios de ruinosa desorientación y pobreza son alarmantes; el exilio masivo, no de élites solamente, sino de franjas de clase media y populares, testifica muy adversamente contra los que detentan el poder; ese tipo de reproche, crecientemente airado y torvo, es de mal agüero, pues no se trata necesariamente de la visión de los explotadores anteriores que están en fuga y que andan agenciándose la intervención militar extranjera para volver a disfrutar de las mieles de sus sempiternos privilegios.  No es ilusorio el sufrimiento de tanto pueblo en agobio.  Pueblo, netamente pueblo, de la inclusión como de la exclusión, es el que está experimentando las calamidades terribles del desabastecimiento que le impone como dogal una economía desplomada.

En fin, el hecho es que la deriva de los alegatos y percepciones cada día suman una mayor intensidad como desencuentro y ocurre en este umbral de sucesos como siempre pasa en las guerras: que la verdad es la víctima por excelencia, “la primera baja”.

Al cuartel habrán de llegar los vientos de las disputas de las dos Venezuelas contendientes y necesariamente va a reflejarse en el agrietamiento posible y natural de su unidad , que es el oxígeno de la paz.  De ahí es de donde ha provenido mi apego mayor a mi fe por lo que he rogado durante más de quince años invocando: Señor ampara a Venezuela.

Ampara Señor a Venezuela II

Tal fuera el título de mi artículo de diciembre del año 2002 publicado en este mismo diario.  Vuelvo a reproducir mínimamente de aquel artículo algo que puede ayudar a la comprensión de lo que ocurre hoy.

Dije: “No le ha bastado al Coronel haber obtenido el poder en pruebas repetidas de urnas.”

Agregué, además, “Parece que no le sirve de nada no tener presos políticos, ni ejercer persecuciones que conduzcan a la degradación de las torturas.”

Insistí, aún más:  “El hecho es que no le han dado tregua los poderosos sectores que, no solo perdieron comicios sucesivos, sino que también se quedaron sin partidos políticos capaces de albergarles y salir a pedirle al pueblo su apoyo electoral en un tiempo previsible.” 

Buscando fijar bien la legitimidad invencible de aquel líder de excepción, apunté: “Entonces se vio venir claramente la coacción hacia las plazas.  Pasó con fugaz, raro y trágico ‘éxito’ el 1 de abril, hasta caer en lo de hoy:  La paralización de la producción petrolera y, desde luego, la indispensable sangre inocente de las protestas callejeras.’’

 

Pero, fui más lejos en la premonición de desastres y señalé: “Si Chávez no abrió presidios, había la necesidad de producir los muertos en tumultos porque ha contado con un apoyo profundo de las fuerzas armadas, especialmente en sus bases, así como de los pobres de Venezuela, sensiblemente movilizados para defender resultados electorales donde ellos se expresaron”.  Inserté, incluso, esta patética afirmación:  “Huele a guerra civil y se ha comenzado a ver la magnitud de la tragedia en perspectiva. Hay quienes advierten crecientemente que puede ser horrible la experiencia”.

Yo fui partidario de Chávez y apoyé su gesto intrépido cuando se le llamabam “Coronel Golpista”.  Estando en el calabozo, luego de su legendaria expresión de “por ahora”, planteé mi convencimiento de que veía similitudes considerables entre Chávez y Nasser.

Es decir, liderato militar sensacional y apoyo profundo de las masas.  Uno, encabezando el anhelo nacional por el control del Canal de Suez, la Presa de Asuam sobre el Rio Nilo y, sobre todo, el panarabismo.  El otro, con Bolívar como perpetuo desvelo y el panamericanismo como sueño, junto a su sensibilidad desafiante ante la letal pobreza de la otra mitad de su pueblo; de consiguiente, no se trataba su alzamiento de un vulgar “gorilazo”.

Pero bien, Hugo desapareció cuando más indispensable era contar con su vida y Nasser también desapareció por un abrupto paro de su corazón.

¿Quiénes le sucedieron? Al líder árabe otro jefe militar de gran prestigio que, luego de su muerte, cuando ya era un hacedor de paz formidable, se daba paso a otro líder militar que pareció perpetuase hasta estos días, tan grávidos de sucesos presagiosos.  A Hugo, en cambio, le sucede, a grupas del inmenso apoyo de su cuartel amalgamado con las esperanzas de progreso de masas preteridas, Nicolás, que es del orden civil con determinaciones ideológicas que, por fortuna, ya no tienen la capacidad de inquietar ni generar recelos como en tiempos de guerra fría aunque otros son los intereses del asedio de las desestabilizaciones de los objetivos más sórdidos del egoísmo y el lucro.

Como se ve, los párrafos transcritos de mi artículo sirven para hacer confrontación con las circunstancias actuales y deducir que lo planteado allí, Hugo vivo, no es enteramente alegable en el hoy de Nicolás.  Vale decir, se destaca el hecho de haberse perdido en elecciones parciales, aunque, justo es reconocerlo, luego de terribles deformaciones a escala mundial, cuando ya no está Chávez.

¿Qué va quedando como enigma tremendo? La cuestión de saber qué ocurrirá, una vez se comiencen a templar las tensiones entre una mayoría de asamblea opositora y un ejecutivo vehementemente determinado a defender los resultados al presente de la revolución Chavista. Ahora, cuando el cóndor ya plegara las alas con su muerte.

¿Qué nos espera? El liderato militar mezclado con el apoyo de masas populares ha desaparecido.  Faltaría por saber si la estructura militar podrá permanecer monolítica.  Su eventual agrietamiento con apoyo de masas respectivas, ¿no es una versión del posible desastre de una guerra fratricida?

Yo me atreví a llevar en el bolsillo el día de su funeral unos pobres versos y aquí va una muestra:  “Serás leyenda en tus queridos cuarteles que oirán las pisadas del Padre Libertador, tal como lo sentiste en el umbral de calabozo de tu rebeldía…  …Ahí vivirán los ejemplos, y tu recuerdo potente, por encima del olvido, será tu Aló Presidente”.

¿Comprenden ustedes de dónde provienen mis pesares por la suerte de Venezuela?Ayúdala Señor, que lo merece.”

 

Ahora bien, sucede que me asalta un recuerdo doloroso que se refiere a una ocasión nuestra en que un gobernante de facto, que personalmente tenía virtudes innegables, pero que estaba políticamente equivocado, cuando la prensa le asediara en cuanto a saber cuándo se reanudaría el proceso democrático tan vilmente suprimido, utilizó una expresión lapidaria que vino a ser anuncio de tragedia cuando dijera: “Si se tranca el juego, como dice usted, periodista, a Dios que reparta suerte”.

Lo que vino fue la desgracia de la sangre de la desdicha del odio fratricida de la guerra, y ésta, tan pronto evidenció la posibilidad de un triunfo moral del orden democrático por resucitar, fue derribada por el manotazo de la intervención militar extranjera vergonzosamente amparada en la falsa versión de constituir una Fuerza Interamericana de Paz (FIP), bajo palio de OEA.

Nuestra guerra civil fue contenida y suprimida en muchos de sus posibles  desenlaces, pero se hizo preciso malograr más de diez mil vidas, decenas de miles de heridos y daños de todo orden, verdaderamente inenarrables.

¿Podría pensarse en una solución parecida en Venezuela, una vez se estableciere allá un espanto de tal tipo?  No.    Por razones diversas se entiende que no es posible; se aduce la vastedad del territorio, la historia misma que la consagra como útero de múltiples procesos de independencia que serían obstáculo y freno que respetaría la Comunidad Internacional.

Se da por sobreentendido que su innegable y antigua importancia lo impediría, aunque se tenga la necesidad de contener el sobresalto de pensar hoy en Siria y la Mesopotamia y sus guerras violentísimas que han destruido el más rancio abolengo de la cultura, ya con la participación entrelazada de las dos superpotencias en capacidad de pulverizar la tierra si por algún error o acaso se desencadenare la real apocalipsis que insinúan tales conflictos.

Desde luego, se han de reconocer las diferencias que hacen las distancias de las problemáticas.  Aquí no hay bases navales qué proteger y sería un escenario de conflictos de Geopolítica por estrenar.

En el mundo de hoy, tan convulsionado y sujeto como está a letales desenlaces, lo más aconsejable es no dar nada por seguro, estable y permanente.  Todo cabe y de ahí es la oriundez de todos los recelos, pálpitos y presentimientos.

Precisamente los artículos reproducidos en los años mencionados se originaron en un tiempo que hacían previsibles resultados fatales, a escala mundial, y por eso dos veces invoqué a Dios para el amparo de Venezuela.

Hoy, años después, aumenta mi alarma y ruego por la región toda, de seguir predominando la malicia, las maniobras, las ambiciones, en fin, todo cuanto concurre a situaciones tan aciagas.  Quizás por ello recordé aquello nuestro de “A Dios que reparta suerte”, para variar su contenido y rogar a Dios que imponga la razón en todos los hombres que conducen los destinos de los pueblos que, en definitiva, son las víctimas mayores de los horrores de la incomprensión y los violentos desencuentros; peores éstos cuanto más sean obra de los hijos de una misma tierra.

He reservado mis últimas palabras, ex profeso, para consignar mi escepticismo frente al presente que se quiere ofrecer como un camino promisorio de soluciones.  A mi modo de ver, gobierno y oposición están dando tumbos y no son las deserciones penosas de esta última las que van a servir para legitimar el gobierno, estando como están de por medio tantos otros intereses peligrosos.  Pero, esto sería tema a tratar más adelante, según marquen las circunstancias del azaroso trayecto por cumplir.