La crisis constitucional y sus causales decisivas

La crisis constitucional y sus causales decisivas

La Geopolítica y la Corrupción son raíces profundas de la crisis constitucional actual. 

En el pasado mes de abril estuve meditando acerca d los trastornos nuestros y me dije: Debo preparar una entrega de La Pregunta acerca de Lula, el del Brasil guía y su banco estatal, así como de las obras públicas vitales de los pueblos y las delicadas concesiones  que conllevan.

Todo para explicarme cómo pudo ser posible que tantos gobiernos sucumbieran a las tentaciones de la enorme empresa que fuera Odebrecht, que hacía las veces de un dispositivo estatal.

Terminé persuadido de que fue así como se pudo abrir el campo más extenso de oportunidades para el hundimiento, que no se hizo esperar.  No sin pesar entendí que lo de Alan García sólo era la primera muestra trágica del desastre.

Llegué a considerar la preparación de una conferencia de índole criminológica cuyo contenido podría resultar interesante, sobremanera, porque en La Pregunta desde  hace ya un tiempo considerable he versado mucho acerca de la Delación Premiada, la prisión de Lula, la destitución de Dilma, etc.

El hecho es que fue un error colectivo, muy generalizado y explicable, ver como una realidad seria la empresa constructora.

Se decía, entonces, “es cierto que sabe construir, que sus recursos son incalculables” y, además, tenía la enorme ventaja de que iniciaba las obras con el financiamiento bancario sobreasegurado.  No se sospechaba de la peligrosidad de los adendos y los sobreprecios que se irían desarrollando sobre la marcha, donde residirían muchos de los componentes del escándalo final.

El funcionariado más frágil, sobre todo, tenía poco que ver porque las gestiones de las obras provenían de los niveles superiores, casi con un carácter no declarado de ayuda de Estado a Estado.  En el fondo, era una macro trampa. 

Tengo la esperanza hoy de poder emplazar al lector con las escuetas afirmaciones precedentes en la comprensión del vastísimo fenómeno criminal en que devino la presencia y participación de Odebrecht, a escala continental, en los más importantes esfuerzos de construcción de infraestructuras vitales de los gobiernos y naciones de nuestra América.

Lula y el milagro económico de un Brasil emergente, mundializado en su ascenso a la condición de nueva potencia asociada a otras economías crecientes, ofrecían un contexto de euforia que naturalmente el poder de la Gobernanza en sus dos vertientes, pública y privada, recibiría como una inmensa bandeja de oportunidades y tentaciones demasiado fascinantes para las prácticas de política y negocios típicos de Latinoamericana.

Con una institucionalidad famélica recibiendo ese flujo de recursos resultaba una experiencia propicia  para generarse  un desorden epidémico que se llevó de encuentro la escasa reputación del quehacer político, así como la idoneidad de los capitales que obran en esfuerzos  comunes con el poder político, dándose un balance de rufianismo  en esa correlación entre lo público y lo privado.

La dinámica esencial de este naufragio  comenzó a expresarse de este modo:  un proyecto de obra soñado  y necesitado por el pueblo  por largo tiempo, prometida su ejecución  por los programas de todos sus partidos políticos, de repente pasaba a hacerse factible de inmediato por obra del milagro que vendría de Brasil con sus manos generosas y abiertas para el financiamiento precoz desde un poderoso banco estatal y por detrás una aprobación activa de gentes de la política mundial que venían sacando de la pobreza a millones de sus rezagados sociales y económicos.

El Partido de los Trabajadores, bien con Lula, ora con Vilma, era como un espejo que revelaba verdaderos nuevos tiempos.  Desde luego, a esta fiesta del optimismo  asistiría inevitablemente la corrupción como la dama indispensable, favorecida por las urgencias crónicas en que viven nuestros pueblos. 

Ocurrió que, en principio, nadie suponía que en medio de aquel  entusiasmo subyacían cosas tan negativas  como la mala índole  del amañamiento de licitaciones, sobornos, sobrevaluaciones y prácticas  dolosas de todo género.  Entre nosotros, por ejemplo, se decía con frecuencia: “construyen caro, pero lo hacen muy bien”.  La gente como que admitía  que, aunque cara la obra, estaba hecha y parecía  resignada alegremente a que así fuera. 

Luego, al explotar el escándalo de Brasil, que se conoce como Lava Jato se desataron todos los demonios del escándalo y se ha podido ver sus magnitudes para el asombro inagotable del mundo.

Esa es una raíz fundamental de la conflictividad nuestra de hoy y su crecimiento y desarrollo ha sido lento pero impresionante porque es parte de un árbol de corrupción de fronda continental.

En el presente, cuando ya la crisis constitucional nuestra se evidencia como catástrofe, es lógico que uno, al reflexionar sobre estas cosas, tenga necesidad de ser muy sereno para ser justo y resultar certero en el análisis.

Comienzo por decir: la histeria  es una pésima compañera en la adversidad y los que mandan tienen necesidad de procurarse la calma necesaria para entender que su tiempo de poder se agota irremisiblemente.  Asumir, además, que han sido ellos los que han escogido los riesgos de forzar las instituciones para procurar ir más allá del año veinte detentando al poder. 

Por ello, al producirse una deriva tan sorprendente como el establecimiento un tanto brusco de relaciones diplomáticas con la China popular, se dijo que nos estábamos poniendo con ello “del lado de la historia”, y esto podría parecer como un impresionante gesto de convicciones soberanas.

Ahí sobrevino la Geopolítica como la otra raíz de nuestra conflictividad.  Al divorciarnos tan bruscamente de la China insular para contraer matrimonio con la continental, inmensamente poderosa, el gesto, en términos  teóricos es bellísimo pero no en el orden práctico, pues tiene un alto parecido con el suicidio.  Para no ser así , en medio de la  lucha de imperios que se libra entre la China  y los Estados Unidos, se tendría que no considerar el papel de la geografia  que no es una  aliada  de la  media isla del Caribe donde estamos.  Curiosamente, ahora se agrega  al desfile de gestos el de la pequeña y opulenta isla asiática enviando a su Presidenta en visita de Estado  a la otra parte de la isla nuestra, “casi casi”  como una muestra de autodesagravio, que no deja de ser significativa, pues con el paso que nosotros dimos hubo mucho resentimiento.

El hecho es que  para poder salir ilesos de las consecuencias de ese tráfago de sucesos, nuestros grupos de poder  público-privado, necesitaban  una distancia neta de los azares de Punta Catalina, que al parecer ha sido  la primera bomba  que les cae, quedando pendiente como cosa temible una segunda de liquidación, según los hábitos históricos del imperio más cercano. 

De ahí todo el miedo que implican los atrevimientos de permanecer por los medios retorcidos del soborno  cometiendo un ataque de manada que estupre la Constitución nuevamente, es algo que coloca a los que mandan en una posición de desafío desventurado, sobremanera, porque todo se viene intentando en medio de un repudio creciente de las inmensas mayorías a toda tentativa  de acomodar su permanencia en el mando nacional. 

La situación es muy conflictiva y es una lástima que esté predominando la histeria de energúmenos por encima de las reflexiones dedicadas a medir la naturaleza de los obstáculos que crearan sus propios tumbos ambiciosos.  Más tarde que temprano se intensificarán los vientos de esa tormenta o “el fuego de ese rayo que no cesa”.  La víctima mayor será, en todo caso, la paz nacional.  Y ésto es imperdonable.

Las cosas se han ido deslizando de un modo promiscuo y su acumulación como crisis político-institucional de gran envergadura hace difícil  identificar las  causas esenciales de ese trastorno  que tanto  viene dañando a la República.  China y Odebrecht son los polos del percance, pero el contexto regional es todavía más complejo. 

Aparece por un lado la cuestión de la lucha por espacios y hegemonía en términos comerciales de carácter económico muy obvio; esa lucha entre las dos superpotencias que tercian en el gran evento de la geopolítica del presente mundial es lo que se ve, aunque se soslayan, de momento, todas las implicaciones ideológicas que subyacen como un desmentido potencial del llamado “fin de la historia”. 

Por el otro lado, se silencia que esa tormenta terrible de Odebrecht ha podido tener misiones que van más allá de los típicos escándalos de macro lucro ilícito para convertirse es un instrumental de destrucción de las llamadas Brics, cuyo auge se hace preciso contener. 

Se advierte, pues, que nuestra crisis no es una pueril reyerta doméstica intrapartidaria por el poder.  Lo que está en juego es algo muy potente y peligroso que determina  el imperativo geográfico del Caribe:  Ser parte de una lsla situada en el vientre mismo de una superpotencia que ya supo declarar a Venezuela  como su peligro nacional, desde el tiempo más apacible  de su anterior gobierno y que ahora en términos más enérgicos señala los peligros por sus nombres, entre ellos dos que nos conciernen directamente muy  entrelazados: el tráfico de droga de escala mundial   y la presencia creciente del potencial terrorismo, contra el cual luchan  en otras latitudes devastadas  por guerras que son umbrales del apocalipsis.

Por todo ello resulta penoso comprobar la miopía con que se aborda nuestro conflicto político institucional reduciéndolo al ridículo de un “quitate tú para ponerme yo; banalizando así su dura consistencia.  La realidad es que los que mandan procuran sobrevivir después del torpe y arriesgado paso de meterse entre las patas de esa conflictividad de tres gigantes y uno de éstos cuenta con medios de destrucción masiva de la honra de toda la Gobernanza nuestra, incluyendo el sector intocado que participara en una trágica aventura público/privada como la abismal Punta Catalina.

La superpotencia tiene en sus manos elementos tremendos para devastarnos sin tener que recurrir al odioso procedimiento de descrédito mundial de la ocupación militar extranjera.

La droga y la profundización de la cirugía mayor de Catalina en sus jurisdicciones constituyen un arsenal atómico y están dispuestos a utilizarlo bajo prédicas paradójicamente intachables como el respeto a la Constitución en el Estado de derecho y con ello a la democracia que hemos sabido alcanzar.

Es en una encrucijada como ésta en que la pasión, el miedo, el odio, sentido o por encargo, se dedican a preconizar que todo se hará conforme a la Constitución, sin que resulte un abominable estupro a la honra nacional. 

Concretando, se podría ir creyendo que la reputación de decenas de personajes de nuestro medio social se ha arruinado en un contexto de escándalo de resonancia mundial, al grado de desacreditar nuestras posibilidades de mantener ante el mundo que somos una verdadera nación, organizada en un estado vivo y viable.  Nuestras instituciones y poderes públicos han fracasado al intentar un curso diferente en las reclamaciones de compensaciones y castigos frente a ese fenómeno empresarial gigantesco que, aunque lució por largo tiempo como parte de un Brasil pujante e inconmensurable, terminó por ser un inaudito estercolero.

Se pretendió entre nosotros jugar con la verdad mediante la astucia y hacer exactamente todo lo contrario a cuanto han venido haciendo los demás Estados que fueran escenarios del desastre.  Juzgar a medias, sólo lo posible y conveniente, al tiempo de pactar con la autora esencial de la catástrofe criminal su imperturbable permanencia en sus actividades de constructora de obras, quedaba claro desde el principio que la artificial y fementida declaratoria y el uso del principio de la oportunidad para retraer y mutilar la acusación, para que sólo versara sobre hechos  de solo un tiempo limitado, atraería  la convicción de que se ocultaba  lo peor, lo más grave, es decir los tiempos del poder que había prohijado la exacción más espectacular.

Tengo la tranquilidad de conciencia de haberlo advertido desde muy al principio de tal modo que le señalé al Presidente del gobierno al cual había pertenecido que el pacto judicial celebrado con aquella empresa sólo iba a servir para hacer prueba de que ésta nos tenía apresados en sus manos por hechos más comprometedores en su gravedad penal.

En efecto, tuvo que estallar la bomba de las revelaciones más duras por obra del aporte de pruebas sensacionales transferidas al periodismo de investigación organizado, que como todos sabemos acaba de electrocutar con las plantas eléctricas de Punta Catalina al gobierno que asumiera su construcción como su máxima insignia. 

Los efectos colaterales se van sintiendo en forma aterradora y la abismal crisis político-constitucional se impulsa en base a los temores que engendra el desastre de Odebrecht.

Me ocurre que en medio de ese limbo a que me he estado refiriendo, recibí la honrosa invitación a participar en un valioso esfuerzo de la Coalición  para la Defensa de la Constitución, consistente en formar parte de un grupo primario de abogados  que servirá de eje para la canalización  de todas las evidencias de hechos posibles cometidos por  elementos  del sector público, como del privado, destinados a desafiar y desconocer la Constitución de la Republica nuevamente.

Tenía ya preparadas las cuartillas del inicio de esta entrega y me propuse conservarlas para ensamblar la cuestión vital del ataque a la Constitución, generador de una peligrosa crisis institucional con las otras cuestiones de China y Odebrecht como causales subyacentes del histérico temor que impulsa todos los peligros.

Asistí a una rueda de prensa  al efecto para dar a conocer los alcances de la iniciativa y luego de leer el documento, en la sesión de preguntas, tuve que explicar mi posición especialísima ante el trastorno y procedí a dar un testimonio que resumo de este modo: a) que para mí se estaba en presencia  de un nuevo ataque  a la Constitución  que ya en el año quince calificara  como un estupro,  éste en su versión peor, la de la manada delictiva que es la coalición de funcionarios; b) que la Constitución del año 10 ordenó que se dictara una Ley de Referendo y ya vamos por nueve años sin cumplirse el mandato; c) que la Constitución para la protección y salvaguarda de su eficiencia estableció el  Referendo en dos vertientes: el consultivo y el aprobatorio, lo que hubiese favorecido la reforma constitucional, dado que su fuente suprema es la voluntad popular; y d) que esa modalidad del Referendo aprobatorio de la reforma es la única ocasión en que la Asamblea Revisora no es la autoridad máxima, sino el pueblo.

Pero bien, en esa intervención en la rueda de prensa dejé de decir algo, todavía más grave, como es el hecho de que en el año 15, cuando la crisis se originara en ocasión de procurar la primera reelección del Presidente, se firmó un pacto auténtico dentro de la dirección del partido de poder refrendado por su Comité Político y en su comité central, siendo ambos homologados por un fallo del Tribunal Superior Electoral.

Pude decir y no lo dije por razones de tiempo que el error para la solución de aquella crisis consistió en llamar candados a unas iniciativas acordadas para introducir el aumento de la mayoría cualificada a tres cuartas partes de los legisladores para poder aprobar la ley de convocatoria y que se propondría la Ley de Referendo, que ya estaba en su quinto año de exigencia.

Al banalizarse un hecho jurídico tan importante con el nombre de candado, eso quedó como una obligación convenida entre partes políticas que podría ser desconocida o despreciada por alguna de ellas, cuando en realidad se estaba en presencia de un mandato imperativo de la Constitución, cuyo incumplimiento implica colocarse en una posición de desacato al alto fin pautado por ella.

Quiere ésto decir que todos los funcionarios que tienen la facultad de la iniciativa de proponer legislación, entiéndase el poder ejecutivo y los legisladores, están bajo un apercibimiento de no haber puesto en práctica tal mandato, lo cual significa incurrir en una violación constitucional por omisión, lo que constituye una modalidad delictiva de enorme envergadura.

Es decir, que ahora cuando los legisladores deciden modificar la Constitución, mediante todos los retorcimientos imaginables, no están comprendiendo que ellos son reos potenciales de desacato.  La Constitución en realidad lo que quiso en el año 10 fue sobreasegurar que su modificación, como un hecho fundamental que es, pueda convertirse en una práctica deportiva conforme a los intereses personales, grupales o sectoriales.  Es el pueblo en Referendo el que tiene que decidir esas cosas y no los legisladores, como el propio poder ejecutivo en contumacia, por no cumplir su mandato de blindaje y sobre su propia falta volver de nuevo a desfigurarla en sus telos sagrados de estabilidad y fortaleza.

El Estupro a la Constitución ahora se quiere desconocer poniéndola a decir Sí, porque ella indica que la Asamblea Revisora es la que puede hacerlo y establecer cómo son los procedimientos legislativos para organizar su ley de convocatoria. 

No.  Es un tipo de desafío y de revocación de cosas acordadas por esa Constitución, que se corresponden con la importancia de la etnia de los asuntos que tienen que ser sometidos al tamiz legitimante de la voluntad popular mediante la puesta en vigencia del Referendo.

No sé si ustedes, amables lectores, pueden entender mis aprehensiones.   ¿Esperamos los hechos para comprobar mis fundamentos?

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Un limbo insondable

Un limbo insondable

No cesan los tumbos y cada dia aumenta más la incertidumbre.  Muchas veces alego tener como ventaja la vida prolongada y me parapeto en la mención de la experiencia, pero no como un modo de demandar el acierto, sino más bien para preservar la buena fe de cuanto advierto.

La ancianidad no es necesariamente declinación; tiene conmovedores momentos que sirven para la recordación constructiva de hechos y circunstancias que ocurrieran hace mucho tiempo, pero que conservan la fortaleza de ser precedentes interesantes para el cálculo de las magnitudes de los desastres por ocurrir.

Hoy quiero recordar, sin ánimo de agravio, un limbo social y político que se presentara en el año sesenticinco, días antes de estallar la legendaria tragedia de la revolución.  El régimen de facto que sobreviniera al espanto de la supresión del inerme ensayo democrático, luego de un tercio de siglo de opresión, no atinaba a definir cuál sería la salida de aquella traumática situación de facto.  La demanda de la restitución de la democracia y la vuelta a un estado de derecho era creciente y en medio de aquel torvo contexto de guerra fría la crispación popular era inquietante.

La cabeza política del poder, que no se había visto envuelta en los momentos del siniestro madrugonazo, cuando se le vio luego entrar a dirigir el mutante Triunvirato, significó una leve esperanza de apertura y de vuelta a la normalidad en términos democráticos, en razón de que se le reconocía una innegable bonhomía. 

Sin embargo, ocurrió que vino a primar el contexto de la conflictividad mundial para trabar una solución nacional ordenada.  Un nefasto personaje centroamericano de gran poder y bien colocado en la sensitiva capital de Occidente que era entonces Washington, se adueñó considerablemente de la capacidad de decisión del joven gobernante de facto, al grado de llevarle a cometer errores como uno que he citado en mi programa La Respuesta.

Me refiero a una sana advertencia que le hiciera un joven oficial de policía a quien el gobernante estaba protegiendo mediante su traslado a la guarnición más poderosa de nuestras fuerzas armadas, en ocasión de una airada discrepancia del joven oficial con un Jefe de Policía reconocido por su índole autoritaria.

Ocurría que en el entonces principal barrio residencial de Gazcue habían nacido y se habían criado, tanto el presidente del Triunvirato y sus valiosos hermanos, como el joven oficial policial.  Tal era el enclave afectivo y fue por puro acaso un tercer amigo, también oriundo del prestigioso barrio, quien se encontró con este último y le pregunto:  “-Francis, cómo ves tú las cosas?  -Ramón dile a Donny que fije la fecha de las elecciones, que la guardia está conspirando y lo van a tumbar.  -¿Tú te atreves a decírselo?  -Claro que sí”.   

Y así se produjo el encuentro entre los tres amigos de infancia de Gazcue. “ -Ah, tú Francis con tus cosas de siempre– le respondió el presidente del Triunvirato.   “-¿Tú crees que  yo estoy aquí sólo porque  quiero? No. A mí me sostiene aquí la potencia  más grande de la tierra”.

Eso mismo se lo dijo al día siguiente en un desayuno a dos prominentes ciudadanos tíos del gobernante el arrogante consejero extranjero de mención exclamando para cerrar las explicaciones:  “-Señores, el poder no se entrega”.

Días después en conferencia de prensa el obnubilado Presidente reaccionaba de este modo cuando una joven periodista le planteaba como un posible problema la no fijación de fecha para las elecciones:  “-Yo no sé.  A Dios que reparta suerte”.  Tal fue la airada respuesta.

Y en efecto, tan sólo días después hubo reparto de suerte, no porque la dispusiera Dios; pareció más bien obra del Diablo:  Una revolución seguida de una intervención militar extranjera, diez mil muertos, decenas de miles de heridos y daños asombrosos de todo género. 

Desde luego, el joven oficial policial de la sana advertencia pasó a ser el héroe nacional que encabezara la resistencia a todas las ofensas de la patria malherida.

Ahora, cuando siento la incertidumbre crecer en este limbo y leo en la prensa la expresión del presidente democrático nuestro que dice, al desgaire, “casi casi estoy por hablar”, en relación al gravísimo conflicto  de una reelección de tercer periodo, pienso que su ausencia de comprensión es trágica, sobremanera cuando se entiende que la ilegitimidad que surgiría de todo ello es muy capaz  de engendrar rebeldías catastróficas por ser los tiempos actuales tan azarosos en tensiones y luchas de espacios de escala mundial en una nueva versión de ominosa guerra fría entre China y Estados Unidos de Norteamérica.  Uno, representando la historia, según la versión del propio Presidente al establecer relaciones diplomáticas formales; y el otro, por natural argumento a contrario, la antihistoria.  ¿Quieren ustedes una muestra de tumbo más neta que ésta?

En suma, nuestras circunstancias son muy aciagas y no las merecemos según se ha hecho mediante la implantación de un desequilibrio institucional que habrá de excitar aventuras trágicas contra nuestra paz.

Me dije, meditando a fondo, este limbo prosigue y La Pregunta que habrá de salir a la luz pública, en medio de ese filoso ambiente de desatinos, me servirá para plantear un convencimiento como éste:  La verdad es que resultará poco menos que imposible contarle esta tragedia a la historia.  Son tantos los errores y tan variadas las perversidades que resultará muy difícil cuantificar las consecuencias de estas perturbaciones de nuestra normalidad democrática.

Parecería que por lo bajo la sinuosa insidia de la traición está empujando en este caos la posibilidad de que nos degrademos en términos extremos y nos hagamos inviables, tan poco factibles como Estado, a imagen y semejanza del estado tribal que nos asecha incesantemente, pretendiendo que nosotros somos usurpadores y que el territorio que ocupamos es su Décimo Departamento, según les señalaran sus sanguinarios ancestros.

En verdad, lo que se ha hecho para dañarnos cada dia ofrece un menú de vértigos ante nuestra descomposición integral y generalizada.

Los libros dedicados a tratar los temas de descomposición social de los pueblos, escritos para otros medios sociales tenidos por más avanzados, en realidad, sólo nos ayudaron a columbrar  cómo sería  el desastre  entre nosotros, pero  apenas  han  servido  para armarnos de presentimientos, pues, cuando ha llegado la realidad de la inminencia del colapso, es cuando uno cae en cuenta que por mucho horror  que nos enseñaran esos libros jamás tendríamos  una visión aproximada de cómo nos podrían desintegrar.

Ahí tenemos un cementerio de paradigmas y pseudoparadigmas, como la familia, aquejada de ruptura; la política envilecida hasta no poder fijar límites, el comercio y los negocios por igual, en manos de la exacción y del lucro insaciable; la amistad moribunda; el sosiego público destruido,   las creencias, costumbres, tradiciones y valores agredidos, en fin, todas las fibras del tejido social de la nación que han sido alcanzadas por la infección catastrófica e la anomia trituradora que terminaría por hacernos irreconocibles.

Se intenta ciertamente disimular los estragos y esconder los escombros de  nuestro ser nacional y se dice que todo es culpa de los tiempos en una humanidad  sumida  en un desorden  inmenso, aunque engalanada por progresos tecnológicos inauditos.  Se silencia, no sin malicia, que todo ello es devorador de valores tenidos como eternos en la fase del atraso  civilizatorio que ellos afirman ha vivido el mundo en los últimos siglos.

Ha entrado a escena esa ramera de la Moda de brazos del Consumismo alucinante y todo lo que viene se tiene como nuevo y estupendo y se ha dejado el pasado como algo inútil abarrotado de ridículas leyendas, de falsos méritos sin ningún merecimiento, en gran medida dándole la espalda a Dios.

  Se pretende hacer tabla rasa de cuanto ha existido bajo la consigna sobreentendida de que hay que desarrollar nuevas escalas de valores, promoviendo cosas que sólo por injusta obra del atraso se tuvieron como vicios reprensibles.

Así el crimen ha pasado a ser un glorioso Cid de un supuesto progreso verdadero y se nos dice que no hay por qué temer a los avances transformadores de los nuevos tiempos.  Lo que se tuvo como el mal ha pasado a ser el flamante bien de este presente que no tiene nada de desquiciante.

Frente a ese panorama pensé en lo trágico que resulta convencerse de que no cabe ya la expresión inmemorial del dolor “mañana lloraré”, cuando se presienten los males.  Pienso que me equivoqué, pues ya lo estoy haciendo ahora, con ésta que es mi queja.

Y lo peor a mis años es que no puedo desentenderme  de lo que ocurre en este ocaso.  No puedo ejercer el egoismo de decir “yo cumplí y ya estoy listo para partir”; y con ello consolarme.

Pero no es posible hacerlo cuando se ha amado tanto la familia y, sobre todo, la patria, que no pudo sacar del corazón la tormenta de vilezas.  El sufrimiento para acallar este dolor hay que esperar que llene el último aliento.

Desde luego, debo enfatizar que no ignoro la existencia de muchas virtudes y esperanzas que permanecen aún entre nosotros; sé bien  que nuestro pueblo ha sabido sobrevivir de muchas maneras en sus adversidades; conozco algo de sus pocos auges y sus  muchas caídas; he conocido de su historia cómo  han sabido obrar sus puñados de héroes y mártires en las horas terribles. 

Y eso es lo único que me salva del desaliento de llegar a creer como posible la rendición del pueblo nuestro.

Con la ayuda de Dios saldremos a camino como siempre.  Eso espero, aunque no esté para verlo y solo quiero que no se agote mi abominación frente a todos aquellos que pudiendo salvarnos nos hundieron.  Se pasaron a la traición y fueron incapaces de comprometerse en la defensa de todo cuanto hemos sido como pueblo.

¿Creen ustedes insondable este limbo?  ¿Son fantasiosos mis presentimientos y temores?  Les dejo ésto como tarea a sus conciencias.

La hora torva nos abruma

La hora torva nos abruma

Un sistema político consagrado al naufragio se empeña instintivamente en acelerar su hundimiento.

Jean-Paul Sartre

La realidad nuestra tiene un truño sintomático, como si fuera ya inevitable el temible colapso de nuestro estado de derecho.

Quizás sea yo quien menos debe sorprenderse porque era algo que comencé a presentir desde hace mucho tiempo.  Para ser exacto, en la misma transición de gobiernos del año 12. 

Los egos encabritados no tuvieron reposo y así se fue malogrando toda posibilidad de que se aposentaran la comprensión y el buen sentido para organizar la nación, como una manera de ponerle su “traje de tormenta” para enfrentar los retos cruciales de su supervivencia. 

Un error tras otro, siendo los peores los hijos de la codicia en maridaje con el odio, fueron labrando los desencuentros necesarios para abismar todo intento de fraternizar, como en otros tiempos se hiciera, cuando el Guía vivía. Cuando el faro aún alumbraba, del cual quise hacer las veces de un insomne vigía, una vez desapareciera la luz de su pensamiento.  Todo fue en vano.

Los resultados de aquella siembra de rencores se fueron acumulando y todas las voces de alerta de peligros fueron sofocadas y despreciadas como necias ocurrencias muy ajenas y distantes de la pretensa proeza de crear “un antes y un después”, que era supuestamente lo que se venía a hacer bajo el arrogante predicamento de “lo que nunca se hizo”.

Y no le faltaba razón para alucinarse de tal modo porque tenían la asistencia de un marketing de fama mundial que así lo recomendaba.  El lema era separarse, marcar distancia, no sólo del inmediato gobierno precedente, sino de la propia historia porque llegamos a oir, como no se había oído nunca, que vendría una patria nueva, que aquella patria vieja fundada por Duarte era obra de élites y que todo el sacrificio y las lágrimas y la sangre de nuestros héroes y mártires eran cosa de un estéril pasado. 

La patria la traían ellos en sus manos, como una propiedad de vivos.  Ellos eran los vivos. ¡Nada estaba bien antes de llegar ellos!   Lo vendrían a hacer bien, como nunca antes, y se verían cosas que jamás se hicieran.  Y en verdad, amargamente, no les faltaba razón, pero hacia lo peor.

Un ejemplo vivo y en curso de lo que escribo es la prolongada ocupación de tropas militares con sus armas de guerra en el Congreso. 

De seguro ésta es la más patética, porque es una experiencia nefasta la de comprometer a los que constitucionalmente están reputados como guardianes protectores de la Constitución, para convertirlos en protectores coactivos de más de un centenar de legisladores en procura de eliminar una disposición, un mandato propiamente de la Constitución destinado a prohibir la reelección para un tercer período de quien es el primer mandatario de la nación.

Es bueno detenerme en este punto y transcribir el Artículo 6 de la Constitución de la República, a fin de explicar los alcances de la supremacía de la Constitución que está siendo desafiada, cuando no abatida:

“Artículo 6.- Supremacía de la Constitución. Todas las personas y los órganos que ejercen potestades públicas están sujetos a la Constitución, norma suprema y fundamento del ordenamiento jurídico del Estado. Son nulos de pleno derecho toda ley, decreto, resolución, reglamento o acto contrarios a esta Constitución”.

Pero, la euforia enfermiza de los grupos de poder es inagotable torpe, desafiante, trágica, y ellos todavía persisten en la falsa creencia de que han sido la diferencia cualitativa en nuestra historia, al grado de que en el momento mismo en que la nación se sobrecoge por la emoción al cumplirse 110 años del nacimiento del Prócer de la República que es Juan Bosch y no dedicarle una sola palabra de recordación a ese activo que ha debido ser sagrado para poder justificar su presencia en el poder.

La vanidad los ha perdido.  Es más, recuerdo cuando en un evento de la Transparencia Internacional celebrado en el año 15, fue cuando mejor se reveló esa misteriosa enajenación de los egos al hablar de “un antes y un después”.  Desde luego, ya había pasado el tornado de Juan Dolio, que con el atrevimiento de citar a Mandela humilló a los grandes nuestros.

Era un tiempo, claro está, en que se podía todavía regodear la arrogancia de ser los mejores hijos de esta tierra.  Abraham Lincoln, ese héroe mundial de la libertad, fue quien mejor supo reprochar a los farsantes cuando dijo: “Se puede engañar a todo el pueblo parte del tiempo y a parte del pueblo todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo.” 

Joao Santana ha sido el farsante que más ha influido en los peores errores del poder político de la República.  La justicia de su país ha hecho el trabajo de castigarle por sus engaños en su patria, pero entre nosotros la execración será infinita por los daños que infligiera con su siniestra imaginación de brujo encantador de atrevimientos. 

Lo columbré desde aquel momento en que el Presidente de la República al juramentarse por ante la Asamblea Nacional hizo un alto para improvisar su gratitud inmensa ante aquel hombre, “sin cuyo trabajo no se hubiera alcanzado el poder”.  Es decir, todos los que contribuimos a que ese gobierno fuera un hecho sobrábamos, porque la magia de aquel brasileño sería la encargada de la hazaña.  Y, en verdad, se ha visto que hay otras hazañas terribles que fueran hijas de su nefasta compañía en el puente de mando.

La realidad viene a ser que con su truño nos indica que trae su morral pleno de trágicas vicisitudes como amarga lección.

Así pues, no es un momento cualquiera éste en que vemos saltar por los aires la cohesión del partido de Juan Bosch.  Todo se va derrumbando.  Han triunfado aquellos que de muchas siniestras maneras se propusieron dividirlo y con ello buscar su  deseada salida del poder. 

No les ha importado, a su turbio entender, que la República quede sometida a una dura prueba de desórdenes institucionales, ni de que su paz se pueda hundir en terribles discordias y desorientaciones, de esas que en cuestión de horas suelen convertirse en tragedias de guerra civil. 

Ahora, cuando arde la región y se hace crucial nuestra unidad nacional es cuando se desploma el legado de Juan Bosch y se nos quiere llevar a los lugares donde habitan los desastres peores. 

Se van abriendo, no “los malos caminos” que el Prócer daba por cerrados, sino verdaderas avenidas para la  llegada de todos los trastornos, el caos incluido, y lo que es todavía más grave, la odiosa experiencia  de llegar a perder nuevamente la soberanía, una vez lograren  equipararnos con el humeante desorden  del vecindario; el pretexto sería la pacificación de la isla toda, a imagen y semejanza de los años 15 y 16 del pasado siglo, para disfrazar los designios de cambiar nuestros destinos vitales.

Lo ocurrido en el momento que ésto escribo  es un principio de ejecución de un  golpe estado y lo tipifica la presencia activa, sostenida, torva e intimidatoria  de tropas militares desde una madrugada  nefasta alrededor del Congreso Nacional.

Me veo precisado a transcribir otros dos artículos de la Constitución nuestra, como una manera de describir las magnitudes del daño institucional en curso. Veamos:

DE LAS FUERZAS ARMADAS

Artículo 252.- Misión y carácter. La defensa de la Nación está a cargo de las Fuerzas Armadas. Por lo tanto:

1) Su misión es defender la independencia y soberanía de la Nación, la integridad de sus espacios geográficos, la Constitución y las instituciones de la República;

2) Podrán, asimismo, intervenir cuando lo disponga el Presidente de la República en programas destinados a promover el desarrollo social y económico del país, mitigar situaciones de desastres y calamidad pública, concurrir en auxilio de la Policía Nacional para mantener o restablecer el orden público en casos excepcionales;

3) Son esencialmente obedientes al poder civil, apartidistas y no tienen facultad, en ningún caso, para deliberar.

Párrafo.- Corresponde a las Fuerzas Armadas la custodia, supervisión y control de todas las armas, municiones y demás pertrechos militares, material y equipos de guerra que ingresen al país o que sean producidos por la industria nacional, con las restricciones establecidas en la ley.

Artículo 73.- Nulidad de los actos que subviertan el orden constitucional. Son nulos de pleno derecho los actos emanados de autoridad usurpada, las acciones o decisiones de los poderes públicos, instituciones o personas que alteren o subviertan el orden constitucional y toda decisión acordada por requisición de fuerza armada.

Pero debo confesar que estoy cerca de mi fatiga vital y reconozco que no parece posible ya intercambiar ideas en medio del tremedal de pasiones y temores que nos abate.  Temo que todo cuanto hoy invoco resulte inconducente. 

Si embargo, tengo la satisfacción moral de haberlo advertido desde hace tanto tiempo y que me resulta indiferente que no se me hiciera caso alguno, pues todo cuanto se hizo para hacerme aparecer como un trasnochado y nostálgico amonestador incapaz de comprender la naturaleza  de los “altos fines” que procuraban en sus sórdidas iniciativas de poder, los hechos me han venido a socorrer y a salvar del desprecio artificial que utilizaran para desalentarme.

El poder se encargó, como siempre, de enajenarlos utilizando su instrumento esencial: el desencuentro.  Viejos compañeros se convirtieron en nuevos adversarios y se dejaron dominar por todas las aberraciones de los egos sin importarles la deshonra de perder la reputación que por inercia del prestigio de Juan Bosch habían recibido, no como regalo, sino como legado del Prócer, es decir, con todas las obligaciones de compromiso y entrega al servicio de la Patria  que lo llevaran a la gloria, la cual no puede invocarse con palabras y gestos vanos y plañideros, sino emulando sus ejemplos.

Expuestos como estamos a los mayores peligros, en medio de las abjuraciones de quienes debieron velar por la preservación de tantos valores perdidos en las riñas inmundas, pienso que el pueblo tiene todo el derecho de exigir que cesen éstas y que  se comiencen  a rectificar todos los errores, peores  que todos los crímenes contra nuestra supervivencia como estado libre e independiente.

Derecho a demandar que se desagravie nuestra Constitución por los insolentes intentos de desconocerla nuevamente  hasta convertirla en inútil bagazo de  pujos  de un estado de derecho inexistente, que es lo que ellos piensan que tienen de frente. 

El pueblo tiene derecho a demandar que  le  devuelvan  el decoro y la probidad  de su inmarcesible Prócer, que desde ultratumba sigue siendo eje del ideal de conducta que él encarnara a través de su vida brillante, bajo el asalto de tantas maldades que lo creyeron ver en momentos dados como un vencido, que se tragaría la historia, y que su coraje terminaría por demostrarles que sería la gratitud nacional la encargada de glorificarlo y situarlo de tal modo que su recuerdo, o la simple evocación de su nombre, tengan la fortaleza de las mejores amonestaciones de las inconductas.

Es un momento, en suma, muy complejo, y yo tengo por mi experiencia de vida prolongada el sobresalto de que se nos está sumiendo en una etapa de nuestra vida republicana tan desastrosa como inmerecida.  Aguardemos de todos modos los acontecimientos y no perdamos la fe de que siempre la Divina Providencia nos ha acogido en nuestras desgracias.

¿Piensan ustedes que mis reflexiones, garabateadas en medio de la torrentera de perversidades en curso, tienen algún fundamento?

El debate nacional y sus falencias. II

El debate nacional y sus falencias. II

Prometí y cumplo ofreciendo un segundo ejemplo de lo que llamo “hechos solapados del debate nacional” que se da con la cuestión del establecimiento de relaciones diplomáticas plenas con la China popular. 

Se produjo un enorme revuelo por el momento y la forma en que se llevara a cabo el sorprendente paso.  Se fijó la atención sobre dos únicos aspectos, el de la abrupta ruptura con Taiwán y el desagrado norteamericano por la nueva posición dominicana que al decir de su presidente “nos puso del lado de la historia”.

Desde luego, el debate, aunque un tanto silencioso, versa más como trastorno relacionado con una cuestión de espacio, ganado por China y perdido por Estados Unidos, dentro de los términos de la gran guerra de comercio que libran las potencias. 

Se debate por lo bajo, en forma asordinada, que ésto acarreó un severo veto a los propósitos de permanecer en el poder de los grupos gobernantes, porque así lo impone la geografía dado que estamos en el vientre mismo del coloso más cercano.

 Todo ello  sin que salgan a relucir cuestiones más delicadas como son las ideológicas, de las cuales se hacen muy vagas menciones,  soslayando la muy sensitiva cuestión de que es el partido comunista chino el que se entiende y maneja las estrategias de las nuevas rutas de la sal, como de las franjas de expansión por todo el mundo que acomete esa superpotencia emergente que es China.

Este, que ha debido ser el aspecto esencial se calla y propiamente se busca descartar su sensible importancia, como si se estuviera asumiendo ya como verdad eterna la proclamación que se hiciera del llamado “fin de la historia”; como si no fuera posible ver los resultados que en un plazo de no más de una década se producirían en el orden político e ideológico, cuando comiencen a regresar  nuestros  jóvenes beneficiados de becas para destrezas y formación revolucionaria, muchos de ellos sacados de la trágica condición de ser “NI-NI” para pasar a ser cuadros sociales y políticos vigorosos bajo tutela del impresionante Partido Comunista Chino.  Eso tan decisivo no es parte del debate nacional. 

Y debo echar por delante mi convicción de que es tanta la desorientación y son tantas las deformaciones y carencias de nuestras juventudes que todo cuanto China emprendiere para ponerlos de su lado podría resultar comprensible, quizás hasta justo.  Claro está, sería bajo otro modelo de estado nación, pues se trataría de algo que lo va a enfrentar la potencia del norte de muchos modos inverosímiles, en medio de una tensión  epidémica en la región, que ya se está viendo en curso guiada por la conflictividad de los trémulos escenarios de Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Como se advierte, la situación creada es muy sensitiva pues no se trata de un hecho aislado, algo que ocurrió y desaparece, sino de la generación de un estado de cosas que habría de perdurar todo el tiempo que viene. 

Lucha de espacios entre colosos de la tierra que hace ineludible entender que la tensa y crucial disputa estará dominada por imperativos geográficos, vale decir, las presagiosas y dramáticas tensiones de los mares del sur de China, se trasladarán así a El Caribe como cabeza de playa de la mayor confrontación de la historia por la hegemonía en el continente americano.

Lester Thurow en su obra La Guerra del Siglo XXI en gran modo lo previó al señalar el alto precio que pagaría su país por descuidar a la América Latina, considerándola como su “patio trasero” y dirigir sus capitales de inversión para Asia.

Alertaba el pensador, más bien, la previsible actitud de los descuidados y olvidados de América Latina, al entender que sólo se explotaban sus recursos naturales, por lo que se sublevarían.  Es decir, el autor norteamericano no podía prever que cincuenta años después vendría por ruta de sal una China convertida asombrosamente en potencia mundial.

Fijen su atención, pues, en esas implicaciones, tan sólo mostradas a grandes rasgos y piensen en las magnitudes de los sucesos que nos aguardan.  Pero todo eso no ha merecido ser parte del debate nacional.  Una clara y trágica falencia.

Pero bien, hasta aquí llevo mi esfuerzo de mostrar cómo no tenemos debate sobre una cuestión tan crucial como esa.  Por razones de espacio en esta entrega se comprenderá mejor el porqué me detengo para dar paso al tercer ejemplo como dimensión de trasfondo de nuestra tragedia:  el Pacto Implícito a que me he   referido al tratar la cuestión de la pérdida de soberanía y de nuestra integridad territorial y los daños y perforaciones padecidas por nuestra ya enferma identidad.

El debate sobre lo más crítico que es ésto, toca a veces la fusión previsible por reabsorción en un esperpéntico Estado Binacional; no toca nunca la confluencia del Crimen Organizado, con los propósitos del gran capital nuestro y del vecino Estado, al amparo de una Geopolítica multinacional que cree plausible liberarse de las incómodas corrientes migratorias del pueblo haitiano y procura  vaciarla sobre nosotros, sin reparar en el alto grado de desgracia que ésto significa.

Debajo de las solapas de ese debate está el Pacto Implícito, porque tanto al capital en la isla como al Crimen Organizado del mundo les domina la idea de explotar un mercado de veinte millones de consumidores, para uno, así como la posible condición de “puerto libre” para el tráfico de drogas y capitales oscuro y grises para el otro.

Desde luego, todo cuanto vengo exponiendo se contrae a la promesa que hiciera de poner tres ejemplos de hechos solapados en el debate nacional, siendo la droga el tercero, pero al llegar al umbral de éste me quiero quedar, de momento, en las menciones que hago del Pacto Implícito porque lo de la droga debe ser tratado más adelante, en trabajo aparte, con mayor detenimiento; la razón es que, en realidad, el debate sobre la droga no existe.  Lo que tenemos más bien es una torrentera de noticias, informaciones espectaculares de tráfico, de muertes y algunas alusiones raudas a sus riquezas.  Propiamente no hay establecido un debate a fondo.  Por ello me permito hacer una deriva hacia un cuarto tema que no había contemplado originalmente, pero que obviamente resulta de un interés supremo: el Terrorismo. 

El Terrorismo es algo de lo que se oye hablar entre nosotros como una ocurrencia terrible pero lejana; que destruye el medio oriente o que ha sabido hacer apariciones en otros continentes, especialmente Europa y tal como se vio en los Estados Unidos, con la terrible e infame voladura de sus Torres Gemelas destruidas y sus tres mil muertos, así su ataque al centro fundamental de su dirección militar.

Aquí no se piensa que puede estar ya entre nosotros el Terrorismo.  Se podría decir que tampoco hay debate al respecto, pese a ser el más aterrador componente del dolor del mundo. 

Medio se sugiere que para nosotros no es prudente tratarlo porque sería una manera de involucrarnos entre sus objetivos y no es así.  Pienso que ya existen pruebas alarmantes y, sobre todo, ya han aparecido los anuncios responsables de que es una verdad de a puño el terrorismo entre nosotros, aunque latente, por lo que nuestras preocupaciones mayores deben de estar dirigidas hacia ese tema terrible.

Lo quiero hacer en una forma breve, aludiendo sólo a tres revelaciones sobre esa realidad mortífera que constituye el macrofenómeno criminal del terrorismo. 

  1.  Me refiero a una revelación hecha en Rusia por el Vicealmirante Igor Kostiukov del 25 de abril, señalando el sufrimiento en América Latina de campos de entrenamiento yihadistas y que extremistas islámicos vinculados al EI y Al Qaeda están operando en la región. En dicha publicación se dice: “Rusia denuncia surgimiento en América Latina de extremistas vinculados al EI y Al Qaeda y de campamentos yihadistas”. 
  •  El Primer Ministro de Jamaica Andrew Holness, el 5 de febrero advertía sobre ese peligro del terrorismo, incluso aludiendo al futuro de los destinos turísticos de la zona, y concluyendo con la afirmación:  ‘Si bien los países de la Caricom nunca se consideraron en riesgo de tales actividades criminales, los recientes ataques terroristas en destinos turísticos como Barcelona, París, Túnez, Egipto y otros demostraron que no podemos subestimar ninguna amenaza”.

Hubo una tercera revelación más certera y vigorosa del Departamento de Estado de los estados Unidos de Norteamérica contenida en 7 páginas sobre Seguridad y Desarrollo del Caribe, pero en la misma se hicieron cinco afirmaciones específicas al peligro del Terrorismo y daba por un hecho la formación de grupos del EI, al cual calificaba como “pequeño pero potente” que ya está en la región.

Queda claro que Estados Unidos con su sistema de inteligencia en la región está totalmente persuadido de esa realidad y la advierte, porque sabe lo que son los vuelos desde Nigeria a Haití y maneja en profundidad la participación de grupos radicales del Islam operando estacionados en Venezuela, de seguro bajo la logística iraní que eventualmente puede procurar represalias o ataques directos en presencia de los abismales conflictos que le están enfrentando con Irán.

Pienso que no les resultará difícil comprender a ustedes frente a cuál panorama estamos situados verdaderamente y el porqué yo expreso esta queja básica de que en el debate nacional hay una pobreza extrema de información y conceptos; algo que nos hace muy vulnerables para que nos arrastren en un momento dado los “hechos solapados” que sirven de tema a estos esfuerzos de La Pregunta.  ¿No les parece justo el planteamiento?

El debate nacional y sus falencias I

El debate nacional y sus falencias I

Las solapas del debate  público nuestro guardan hechos que permanecen ajenos al análisis y sólo se sabe algo de ellos cuando el pensamiento reflexivo los detecta y los muestra como componentes importantes a considerar.

Lo penoso es que al ser tan ruidoso y vacuo el debate el señalamiento de los hechos solapados no es considerado seriamente y es muchas veces tildado de impertinencia especulativa de parte de aquel que incurre en el pecado de pensar al margen de la garata en que ha devenido la deslucida experiencia del debate.

Resulta más grave el asunto, pues los estridentes y estériles exponentes de los desvaríos más aventurados tienen a flor de labios su desprecio de todo lo que les parece corriente de contra opinión que les salga al paso.  Y ya cuentan para ello con un argumentario potente al guarecerse en la supuesta ventaja de contar con las brillantes y ágiles fuentes de la tecnología de punta que va imperando en el mundo. 

Se creen y quieren hacer creer que la difusión vertiginosa y fulgurante de lo digital es una moderna cantera de conocimientos certeros, capaz de generar una especie de nuevos y pequeños sabios, confundiendo con ello que una cosa es la información y otra el conocimiento.  Son tozudos y van muy lejos en esa cuestión de entender que pensar y meditar es una práctica arqueológica.

Y ésto resulta más lamentable, especialmente cuando versa el debate sobre los escabrosos temas de la política y el Poder.  Aquella advertencia Martiana de que “en política hay cosas que se ven y cosas que no se ven”, los tragicómicos contendientes del debate a veces la recuerdan, pero casi como una ingenua ocurrencia, un simpático y pequeño misterio de acertijo, jamás como una sabia invitación al análisis profundo capaz de desentrañar el sentido de muchas cosas solapadas que pueden ser causas reales, aunque inéditas, de todo cuando se discute.

Se trata de la nueva y fascinante ola digital que tiene algún efecto paralizante de la delicada función de pensar y a la vez enfervoriza al debatiente hasta exponerlo a cierta condición de vértigo robótico. 

Ahora, entre nosotros se está dando la situación excepcionalmente desgraciada de que el vocerío del debate público es cada vez más desatinado y las cosas vitales que subyacen en sus solapas no les conciernen, a pesar de estar a punto  de desperezarse  y comenzar a desmentir con la fuerza de su realidad toda la hipócrita bazofia que  ha pretendido apoderarse de supuestas verdades, que sólo son sus verdades particulares, a las cuales creen acreditadas porque han llegado por las redes al conocimiento de las muchedumbres.

No niego, claro está, la enorme importancia de las redes como arma defensiva del oprimente control de la información que mantuvieron los intereses creados durante largo más de un siglo, pero, tampoco descuido la apreciación de sus riesgos de anarquía babeliana, sobre todo, su capacidad de desorientar el debate esterilizándolo al pretender democratizarlo sin filtros de razón y lógica.

El hecho es que es un signo muy ominoso eso del debate como bronca tabernaria.  Para lo único que puede servir es para señalar la inminencia de una ruina social ensordecedora.

Se oyen ciertamente más voces, lo admito, pero para suprimir el silencio se sacrifica la comprensión y lo que va quedando como balance es el travieso extravío.

Entonces, sólo entonces, es cuando se siente más el pesar de haber perdido las voces de los guías esclarecidos.  Se ha ido quedando acéfala la orientación y la sociedad permanece a merced de todas las opciones de descalabro.  Una sola palabra podría valer para explicar el todo: fracaso. 

¿Dónde está la voz de Bosch?  ¿Y este aquelarre no es una insolente ofensa a su memoria?  Decir con Bécquer: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”  No importan las dimensiones del prócer.

Voy a tratar de exponer el primer ejemplo, de tres, acerca de lo que está solapado en el debate de hoy, si es que todavía éste merece tal nombre.  No el de zumbido de enjambre.  Pero, no quiero hacerlo sobre el tema político.  Es preferible ver y oir pasar sus miserias y rogar a Dios que nos proteja de este alud de sinrazones que tanto daño inflige.

Mis consideraciones de hoy las reservo para considerar en ese primer ejemplo un tema que con solo nombrarle nos estremece: Odebrecht.

Hemos visto que está partido en dos hemisferios el expediente entre nosotros, en el tiempo mismo en que son tan alarmantes las características que ha asumido el escándalo como azote continental.

Nosotros nos limitamos a dividir el conflicto en dos partes, de una de las cuales se viene conociendo en justicia, siendo la más inexpresiva de sus magnitudes, dado que se limita a examinar los hechos más remotos y a manejar los montos menores de las exacciones.  La otra parte se ha preferido evadirla o sofocarla, siendo la más gruesa en montos y la más reciente en tiempo.

¿Qué significó ésto? Que el debate, tanto en el plano judicial como en el social, para lo que ha servido es para exacerbar una agresiva y morbosa murmuración acerca de la parte sofrenada, desconocida, no trascendente.

Pero las sospechas se han convocado para ir presionando por el esclarecimiento de ese lado oscuro del satélite de escándalo en que devino aquella gigantesca empresa paraestatal de un país inmenso, montada a horcajadas en los financiamientos fáciles de un banco estatal y amparada en el aura de un líder sensacional, de extracción obrera, que conformaban un espejismo de posibilidades de progresos indescriptibles.  Esto, aparte de su condición de constructora eficaz, aunque onerosa.

Por ello, al solaparse esos hechos tan potentes es imposible dejar de ver el desastre de un debate nacional que tuvo preludios estridentes y sensacionalistas, de innegables alcances dramáticos, pero que no ha sido capaz de ocultar la deliberada mutilación de ese expediente colosal, al grado de que cuando lo poco que está en justicia se sintió sediento de que las pruebas transportadas pudieran ser controvertidas y se espantó  la acusación que había pedido la diligencia, después de haberle sido acordada por el juez que conoce de los méritos de la imputación. 

Extrañamente la acción pública se retrajo y confesó “que ya no tenía interés en ello”.  ¿Por qué no fueron a fortalecer con las declaraciones de los “delatores premiados” las pruebas transportadas?  Parece que ésto se ha originado porque Brasil sigue siendo un volcán quizás más violento cuando se vé la lava del segundo ordenador de la super empresa derramando tragedias nuevas, como lo fuera el suicidio de un político importante del Perú.

Ese primer hemisferio a conocer en justicia del que hablo resultó partido en dos partes y lo que se advierte en la apreciación pública es que todo cuanto fue archivo provisional no ha pasado de ser una versión moderna de la espada de Damocles que el pueblo cree ver y la define con su vieja mención popular de “presos de confianza’’.

Tal es la situación.  La otra parte que estaría por venir sigue bullendo en otros niveles, uno en el sur y otro en el norte, que es lo que puede exponer a la República a un colapso de su reputación mundial, pues cuanto surgiere vendría desde fuera y nos señalaría como incapaces de asumir el trastorno por medios propios con todas las responsabilidades que entrañare.

Todo ello indica que esa empresa constructora de fama mundial que ha producido efectos devastadores en otras naciones, tanto en el sur como en el centro y el norte mismo de América, podría alcanzar a la región del Caribe, no ya como réplicas de su terremoto gigantesco originario, sino daños directos y centrales, toda vez que ella hizo trascender la información de que concentró la totalidad de sus “operaciones estructuradas” en nuestro país por brindarle éste las mejores y mayores garantías de seguridad.

Observen que estoy utilizando nociones telúricas para explicar mejor cómo podríamos llegar a ser objetivo esencial de las contingencias de aquellas “operaciones estructuradas” para otras latitudes.  En todo caso, lo que se advierte es que el debate entre nosotros ha resultado mudo frente a esos peligros mayores, sin dejar de ser muy estridente en su principio, cuando no aparatoso, en las manifestaciones de menor entidad. 

Agréguese a ello que fuimos los únicos en continuar relaciones con la super empresa satanizada y con ello evidentemente se abría paso la inferencia de que nos tenía en sus manos, por lo que no podíamos hacerle exigencias similares a las que se le han hecho en otras partes al ser perseguida y proscrita.

Pero bien, ahora viene a ocurrir algo de mayor envergadura.  En el Brasil se re encienden las pasiones y se produce una situación que luce ser irrepetible: el “juez héroe” que fuera Sergio Moro, el que encarcelara al excitante líder obrero Lula, según parece sufrirá una experiencia de cambio de papeles, pues está amenazado de ser reputado en lo adelante como un villano autor de persecución política, mientras que el otro podría emerger como la víctima de castigos innobles, que lo único que procuraban era impedir que Brasil le eligiera presidente.

Debo asegurarles que es ese el panorama en curso y que es muy preocupante que así sea, porque el “juez glorioso”, bajo asedio, es ahora  la cabeza de la dirección de la acción pública como Fiscal General de esa nación y cuenta posiblemente con un arsenal de inéditas y graves pruebas de otros hechos que podría utilizar en defensa de la imputación que se le hace de persecutor político y abrir así nuevas vertientes de su acusación, que ya no se limitarían a “un apartamento de playa que Odebrecht reparara y que la difunta esposa del Lula legendario lo vio sólo una vez”, sino más bien de la imputación de haberle hecho entrega Marcelo Odebrecht de 40 millones de dólares para la campaña del aguerrido Partido de los Trabajadores.

El juez “glorificado”, ahora en aprietos, y el ex presidente obrero tienen pendientes enfrentamientos en términos mucho más dramáticos y severos que los conocidos originalmente.

Ahí entramos nosotros, como Caribe, en un escenario posible de enormes calamidades.  La Catalina y su turbia licitación y, sobre todo, el muelle de sobrediseño clandestino que generara un cobro de setecientos millones de dólares, ya en términos de reclamo en arbitraje internacional.  Lo grave de esta dimensión de la tragedia es que podría alcanzar a la experiencia del esfuerzo público-privado que se ofreciera con mucho entusiasmo en el tiempo en que no se sospechaba que podría aparecer el fantasma infernal de Lava Jato.

Así, pues, la constructora paraestatal tiene cuentas por arreglar muy  graves y aunque ella no ha revelado plenamente en qué consistió la concentración de sus “operaciones estructuradas” en los últimos dos años antes del escándalo, es previsible que la defensa del juez Moro enfoque ese aspecto, que para nosotros abriría una escabrosa fase de degradación imposible de ser contenida por controles domésticos, porque sus implicaciones internacionalizadas no tienen límites en sus horizontes.

Como se advierte, en las amplias solapas de los debates acerca del Caso Odebrecht, figuran hechos y cosas que podrían gravitar en nuestros destinos con una fuerza que tan sólo pensarla horroriza.

Pero bien, hago un alto y dejo de tratar sobre ésto para dedicarme a oir esos pasos de animal grande del desastre que puede provenir, tanto del sur como del norte de América.

Es una forma de cuidar, quizás, la posibilidad de que se me siga imputando como fabulador, simplemente porque parece que cometo el pecado de pensar sobre los hechos solapados en el debate nacional.

En la segunda entrega de esta Pregunta citaré los otros dos ejemplos prometidos:  China, de una parte, y sus “encantadoras relaciones” diplomáticas y plenas con la República y, de la otra parte, el Crimen Organizado y su tratamiento lamentable entre nosotros.

¿Creen ustedes que debemos insistir en luchar para enfrentar esas falencias del debate nacional?

¿Qué ocurre?

¿Qué ocurre?

Mis esfuerzos por procurar un mejoramiento de la malherida cohesión del partido de poder he terminado por considerarlos inútiles. 

Los sostuve sólo porque desde el año noventa y cinco del pasado siglo mi conferencia La Nación y los Partidos había servido de base a la formación del Frente Patriótico que alcanzara el poder un año después.

La crisis enorme del año noventa cuatro que fuera engendrada por una imposición aplastante del poder extranjero paradójicamente fue la que sirvió para  concitar  el encuentro político más trascendental de nuestra historia entre los dos líderes mayores  de la República.

 
Si algún mérito tuvo mi propuesta básica del Frente Patriótico fue el de advertir que esos dos dominicanos, Juan Bosch y Joaquín Balaguer; podrían poner de lado sus duras desavenencias para confluir en esfuerzos conjuntos de resistencia y desafío a las pretensiones de la geopolítica que estupraran la Constitución reduciendo a dos años el periodo presidencial y así salir a corto plazo del líder no vidente y muy achacoso que obstruyera sus preferencias.

Desde luego, ya es parte de nuestra historia la proeza de “los viejos” confluyendo en una inflexión patriótica inimaginable, dadas las tremendas separaciones que mantuvieron por décadas.

Hoy lo que se percibe en el ambiente nacional es una malsana actitud de no temer al deshonor; parecería abrirse paso el convencimiento de que la palabra carece de valor y que empeñarla es un necio lisio de otros tiempos cuyo cumplimiento se ha tornado ridículo, cada vez más.

Algo que es fácil detectar en esa depreciación del honor personal se revela en una generalizada y zumbona pérdida de respeto por la verdad; todo en capacidad de darle cobijo a las mayores desvergüenzas.

Y es profundamente deplorable que así sea, pues el ser nacional se apoca y envilece con la suma de la pérdida indetenible de autoestima de muchos  que van careciendo de ideales y valores por los cuales luchar hasta los mayores sacrificios.

Es alarmante, pues, nuestro creciente desinterés por los principios; y lo peor es el momento en que ésto ocurre, cuando más necesitamos blindarnos ante los peligros de todo género que nos asedian y abaten. 

Se ha demacrado el prestigio del “pequeño y legendario pueblo” que supo vadear tantos obstáculos y adversidades, desde la cuna misma de su independencia, para el asombro del mundo y que hoy se le ve sumido en absurdas pugnas de sus hijos que han ido superponiendo sus pasiones e intereses personales por encima del destino común de millones de compatriotas cuyo desaliento se viene fraguando como si fuera un caldo de cultivo indispensable para su malogramiento.

La anomia que nos asfixia no es fruto del acaso; en su generación se han empeñado muchos designios malvados que saben de la necesidad de macerar la índole dominicana como cuestión previa a la destrucción del Estado que alberga a esta “indómita y diminuta nación” que habita en la parte Este de la isla de Santo Domingo.

Se nos dice que los tiempos del mundo son otros y ciertamente son muy borrascosos y es poco lo que se prestan para la esperanza del reconocimiento de la justicia universal.  Al contrario, hemos sido escarnecidos por las infamias más detestables, al grado de que ya podría parecer inútil rememorar al poeta Villaespesa, cuando en plena ocupación militar extranjera, perdida la libertad, nos brindaba su generosa solidaridad y exclamaba en uno de sus versos: “Santo Domingo, ten fe y espera”

Claro está, también eran muy trágicos aquellos tiempos en que se libraba la máxima guerra conocida hasta entonces, que luego, como bien se sabe, vino a resultar el útero de la barbarie de la otra guerra horrible, cuyos efectos en forma muy diversa y misteriosa todavía se sienten como desventura.  El Mediterráneo es el mejor testigo de que no ha habido receso en las locuras del mundo.

Entre nosotros lo peor es que se está avivando un peligroso frenesí que va anulando totalmente la posibilidad de razonar acerca de las consecuencias que habrá de tener un nuevo ataque al orden constitucional.  Y no ha sido por falta de advertencias muy frecuentes invitando a la reflexión y a la reconciliación.  Todos los empeños han sido vencidos por las incontenibles pasiones de la ambición.

Cito con frecuencia un episodio que aprendí de mis mayores de lo que ocurriera como desgracia fundamental de la República en el año veintiocho del siglo pasado.  Se trata de “la Prórroga” del mandato presidencial de cuatro años, que estaba pautado en la Constitución del venticuatro y decidió la aventura política ponerlo de lado para afincarse en el período de seis años de la Constitución del año siete, que según los leguleyos de siempre era el que le correspondía al Presidente Vásquez por haber sido electo en el marco de aquella Constitución.

Insisto, he escrito bastante sobre aquel umbral de la tragedia que fuera “la Prórroga”, pues tres años antes de mi nacimiento fue precisamente mi padre quien expresara la más tajante y certera objeción, así como la clarividente admonición de lo que podría azotar el país como catástrofe.

Se rehusaba mi padre a complacer la invitación expresa del presidente Vásquez de que se incorporará en “la gran polémica sobre la Prórroga” y sus palabras al brillante hombre público que fuera el Dr. José Dolores Alfonseca resultaron proféticas, cuando le dijo:  ”Alfonseca, dígale a don Horacio que se deje de pamplinas; que dé elecciones en el veintiocho; que le va a  traer a la Republica una tirana sin nombre, que tendremos que llorar lágrimas de sangre”.

El frenesí en la polémica fue de tal grado que sirvió de base para cuando llegara el desastre llamarle a éste “la más bella revolución de América”.  Ahora cabría preguntar: ¿Cuántas y cuáles serían las modalidades de la tragedia a presentarse?  Muchas, muchas, pero la más previsible, cercana y abarcante se puede señalar con una sola frase: la pérdida de la Paz, que es un vientre sombrío, capaz de parir todos los horrores.

En fin, el hecho es que ya no tengo ilusión de que se pueda lograr la unidad reconciliatoria porque ésta se ha perdido por obra de factores diversos que no es posible aislarlos, ni ponerlos en reposo.  Son de extracción profunda de la condición humana en sus peores versiones: el odio, la ambición, la envidia, el miedo, el arrogante poder de la intolerancia.

No cabe duda, es incalculable la magnitud del daño a producirse mediante el nuevo atropello programado contra la Constitución.  Las ambiciones y temores de irascibles grupos de poder son capaces de comprometer la normalidad institucional nuestra, agraviando, no sólo la paz, que vendría a ser gravemente perturbada, sino a desencadenar la ruina de la cohesión nacional que tan crucial resulta para resistir los perversos ataques externos, de una latencia temible.

Así, el fracaso del sueño que ha sabido ser nuestra patria se expresa en una degeneración social de nuestra traumática escala de valores, que se lograra labrar mediante tantos sacrificios, tantas lágrimas de sangre, de legiones de nuestros héroes y mártires, que supieron caer en la esperanza de que nosotros, los del hoy abyecto, seríamos merecedores de su sacrificio. 

Bastaría hacer la comparación y el contraste entre el Junio del 59 de las inmolaciones y este Junio de las ambiciones y traiciones del presente.  60 años después de aquella inflexión suicida de tanta juventud heroica y valiosa, avergüenza apreciar las torpezas y dislates de la lucha de poder de las juventudes de hoy.

Claro está, no puedo limitarme a esas reflexiones de mi pesimismo sin explicar a grandes rasgos cómo se fue derramando la desgracia sobre el pueblo nuestro. 

En primer lugar, la Droga como dolencia trágica de juventudes y, peor aún, como detentadora de riquezas asesinas, no han encontrado resistencia en su toma de poder multiforme.  Los sectores más obligados a proteger la suerte nacional en ese campo huyeron “con el rifle y los cien tiros”, así como una comunicación social que ha ido hundiéndose desde el asordinamiento de las quejas y reproches en los momentos en que se entronizaba el comercio de lesa humanidad, hasta llegar hasta ahora a lamer las mieles de sus riquezas  y ofrecerle servicios de ataques absurdos desde los medios digitales de su propiedad, en la cual operan pseudoperiodistas como peones, tratando de degradar a quienes hemos tenido el coraje de enfrentar a ese  flagelo del mundo.

Ahora reproducen sus infamias hechas librejos y dicen que el autor de esta Pregunta ha fracasado en la lucha contra la droga y que “su reinado ha fracasado”

Sé muy bien que no es conveniente ocuparse de los esputos ni de las escorias que propician esas infamias, pero, debo hacer constar que en mis trabajos y mis compromisos con la sociedad para permanecer en esa trinchera tan crucial, desde el plano del asesoramiento de los Jefes de Estado que me ha tocado asistir, nunca dejé de reconocer el fracaso de nuestro Estado, como el de otras decenas de Estados del mundo, ante los embates del Crimen Organizado. 

Por ello se me oyó clamar por décadas hasta enronquecer, la necesidad de una Jurisdicción Nacional Especial con jueces espigados y sobreprotegidos, como una manera de salvar a la República del hundimiento penoso de su aparato judicial, que no ha podido bregar con la opulencia y los miedos del espanto de la droga.

Esto sólo como una especie de digresión lo inserto, porque hay cosas verdaderamente importantes y mayores que tratar.

Por ejemplo, la clase política y el empresariado en los más altos niveles creyeron posible la convivencia con el Crimen Organizado, implícita, no pactada, y en un oscuro daltonismo se confiaron que aquel fenómeno criminal era domesticable, o no peligroso, sin medir las dimensiones de ese poder que se venía asentando en términos aterradores.

Esos han sido algunos de los escabrosos senderos que se han tenido que recorrer hacia el desastre, pero, mi pesimismo lo conservo en mi morral de mendicante en las luchas, no sólo contra la droga y su infernal negocio, sino en otros campos de nuestra descomposición.  Obviamente, late mi corazón y creo en la salvación del pueblo nuestro hasta el último aliento.

En efecto, cada día se nos ofrece más claramente el proceso del colapso social nuestro.  Comenzando por el desapego y el afecto intrafamiliar; los hermanos de hoy mantienen separaciones inconcebibles ajenas a nuestras tradiciones; los amigos, por igual, son más distantes y desleales y hasta la relación de padres-hijos se va destemplando, incluso ya ofreciéndole al Parricidio un impresionante espacio y una sobreacogedora frecuencia. 

Todo ello en una sociedad que supo vivir siglos manteniendo relaciones sólidas de fraternidad y vínculos sagrados en la relación filial y el respeto hacia los padres, al grado de que en el ordenamiento penal donde figura el parricidio como crimen atroz, pasó a ser letra muerta el artículo que lo tipifica, lo que nos hace pensar en la conveniencia de estudiar las normas de cultura que la Escuela Penal Germana desarrollara como tesis convincente de las razones culturales que están en las bases de toda tipificación de crimen y delito.

Entre nosotros, el fenómeno se va dando de tal modo que las infracciones penales se están cometiendo bajo métodos desconocidos por el medio social, muchas veces de extrema crueldad y de saña inconcebible que se distancia de los hábitos y costumbres del pueblo nuestro, cuyo desconcierto estremecido es sorprendente.

Todos esos cambios en el modus operandi del crimen son tributarios del amazónico rio de miedos y temores que se traducen en las conciencias personales y colectiva como pruebas de que la autoridad no es garante de su seguridad y respeto, debido a que el desafío del crimen la ha estado venciendo e imponiéndose sobre sus mecanismos de protección y resguardo, especialmente su aparato judicial, que es percibido por el instinto público como poco confiable para lidiar con los tormentos.

A todo ésto se pueden agregar otros percances y descalabros, no menos importantes, como la caricatura que ha pasado a ser la escuela como alternativa de apoyo a la formación de conductas del niño que le llega desde el desastre de la familia rota.  El maestro, tal como los padres, son objeto de los mayores desdenes cuantas veces se quiere organizar el progreso y el futuro de la familia, tan agrietada que mueve a la expresión de que “hay poco que hacer”.

Ha triunfado el desorden, en dos palabras.  El sistema de partidos, de su parte, sigue con sus sórdidas bregas por el poder y ésta es una lóbrega faceta del hundimiento, porque ha debido ser cuna y eje de los paradigmas para promover los ejemplos y los estímulos.

En suma, me toca preguntarles, amables lectores, ¿creen ustedes que la comparación entre los meses de junio del cincuenta y nueve y del diecinueve bastaría como prueba de la hecatombe?  Eso espero.

“El Viejo Juez”. Reminiscencias

“El Viejo Juez”. Reminiscencias

Este es un relato que quizás tiene como virtud la descripción de situaciones vividas por el autor en ocasión de sus primeros años de ejercicio del Derecho Penal en la década del ’50 del siglo pasado.

No hubo necesidad de ayudar en las expresiones del juez, del representante de la acción pública, ni del abogado postulante y sólo se acudió al auxilio del mejoramiento de los términos, sin alejarse de la realidad de tantos sentimientos respetables, cuando se aludía al calvario de la Madre.

De todos modos, puede resultar interesante leerlo porque se refiere a una época de endurecidas restricciones de la libertad ciudadana, pero se daba el caso de que, así como aparecían muestras de jueces arbitrarios, un tanto ignorantes como drásticos, figuraba como contraste la presencia de profesionales del Derecho de mucha experiencia que el régimen de fuerza en forma extraña, pero cierta, mantenía como una especie de lujo, por lo que no era frecuente que  los magistrados, muy calificados, fueran dañados, corrompidos o intimidados por las “instrucciones del poder”. Este tenía, desde luego, su manera de utilizar algunas jurisdicciones para intentar darle forma tragicómica a sus peores abusos amparándolos en fallos judiciales.

Por ejemplo, había una jurisdicción en primer grado que en una de sus Cámaras mantenía un juez que se hiciera famoso por su humor tétrico, dado que su misión era condenar irremisiblemente, por lo que se le llamaba a su jurisdicción “la cámara de gas”.

En pocas palabras, la justicia se desvanecía totalmente sólo cuando había de por medio intereses de la política y de cuestiones relativas a la opresión, pues, en los planos ordinarios, particulares, resultaba impecable y muy respetada sin que ningún tercero se atreviera a andar con proposiciones non sanctas.  

Eso fue, en realidad, un gesto un tanto maniático, pero permanente, del régimen que siempre resultaba extraño y chocante.  Desde luego, si había un interés directo o indirecto del Jefe de la Nación, no se podía hablar de justicia en ningún caso.

Lo interesante del asunto podría surgir del contraste entre aquella justicia asimétrica del poder despótico y la fase posterior que sobreviniera como si fuera un fascinante manojo de esperanzas de mejoramiento y sustitución de aquel estado de cosas.  Preciso es decir que muchos de aquellos Jueces eran de edad avanzada, trabajaban en las Cortes, primordialmente, y también eran catedráticos de la Escuela de Derecho de la Universidad única, que tenían predilección por el estudio profundo de la doctrina y la jurisprudencia del país llamado el “origen de nuestra legislación” que fuera Francia.   

Sus sentencias resultaban sólidas, cultas e irreprochables en lo ético y de muchas maneras el juicio penal que ellos dirigían era un evento impresionante.  

Hoy, en cambio, cuando se analizan a grandes rasgos las características de la justicia, hay que tener sumo cuidado para no resultar injusto ni exagerado en la cautela que se ha de tener, pues existen muchos jóvenes Jueces y aún dentro del propio Ministerio Público inspirados sanamente en ideales de justicia.

Claro está, es preciso admitir que, por desgracia, también es mayor la sospecha pública ante la lenidad maliciosa, corrupta y desorientada, de un número creciente de jurisdicciones que se han guarecido en el laberinto de la nueva normativa procesal penal y sus estériles tecnicismos, en su condición de terceros imparciales, que yo muchas veces llamo “testigos de piedra”, lo que les crea conflictos enormes de credibilidad cuantas veces se realiza esa crucial y difícil experiencia de establecer las pruebas que se correspondan con sus fallos.

El hecho es que la búsqueda de la verdad en justicia sigue siendo tarea poco menos que imposible.  De todos modos, vamos a leer el relato y al final, como siempre, una corta reflexión:

El Viejo Juez Relato 6

Vincho

Medio dormido, parecía prestar escasa atención al joven abogado.  Los alegatos eran ardorosos y apasionados. Sobre todo aquel que se fundaba en el histórico reproche del Dr. Marat en El Discurso del Ladrón, que consagrara la más violenta protesta de la indefensión de un ajusticiado ante la soberbia del poder en la Francia pre-revolucionaria.

El joven abogado parecía complacido y solidario con la tónica de Marat y leía en forma meticulosa y acentuada partes de aquella queja enorme de un desesperado contra la justicia.  En medio de una sala en profundo silencio su voz retumbaba:

– Cubierto de harapos y acostado sobre la paja, cada día instalaba el aflictivo espectáculo de mis llagas; si se me ocurría implorar auxilio ¿qué mano caritativa venía en socorro mío?

Hizo una pausa calculada el defensor, como esperando que se organizaran las emociones del auditorio y talvez las de la propia conciencia de piedra que juzgaba y agregó a seguidas:

– Desesperado por vuestras negativas, falto de todo y acosado por el hambre he aprovechado la oscuridad de la noche para arrancar en un transeúnte un leve auxilio que su dureza me negaba.  Y porque he usado los derechos de la naturaleza me enviáis al suplicio. ¡Jueces inicuos!

Se detuvo el abogado como si buscara ofrecer su opinión personal sobre el juez, al través de aquella execración legendaria.  Pensaba que así decía algo que quería decir, pero en un marco de cita memorable.

No perdió tiempo y en ese momento su voz se enronqueció para implorar sin perder dignidad y prosiguió con su quimérico afán de defensa.

Propiamente gritó:  

– Acordaos que la humanidad es la primera de las virtudes y la justicia la primera de las leyes.  Con la narración de vuestras crueldades los mismos caníbales se estremecerían de horror. ¡Bárbaros! bañaos en mi sangre puesto que es preciso para asegurar vuestras injustas posesiones en medio de los tormentos que voy a padecer; mi único consuelo será reprochar al cielo el haberme hecho nacer entre vosotros.

Parecía que el joven abogado no vertía el alegato con tanto furor acusatorio a nombre de su defendido solamente sino que más bien hablaba en representación de los pobres de la tierra.

Desde luego, no dejó de advertir una sonrisita del Viejo Juez que podría ser un presagio oscuro de la tormenta de su castigo.

Queriendo universalizar la queja se refirió a una obra de un ruso inmortal, La Resurrección, donde aparece una imputación al poder que fuera como un iracundo resabio de la historia.  Algo que le permitiera no provocar más de la cuenta al energúmeno que hacía las veces de juez en un país de oprobioso atraso.

Fue entonces cuando dijo como si hablara consigo mismo:

– ¿Por qué y con qué derecho unos pocos hombres se abrogan el poder encarcelar, castigar, atormentar, pegar, desterrar y condenar a muerte a sus semejantes, siendo así que ellos no difieren de los que por su orden son castigados, encarcelados y desterrados?

Llegaba así el momento en que el joven abogado contenía su fogosidad,  siempre receloso de que el Viejo Juez en medio de su vago letargo pudiera llegar a exasperarse; que asumiera un desagrado peligroso en su conciencia tan saturada de prejuicios hostiles.

Fue abandonando el tono virulento de su perorata. Puso suavemente de lado la desafiante queja social del Dr. Marat, sin renunciar a su  preocupación de que el Viejo Juez pudiera salirse de su aparente catalepsia. Entonces hizo un cambio brusco en su innegable elocuencia.

Su habilidad incontestable se hizo cargo de la técnica del discurso y se refugió en el drama del juicio a Sócrates.

Con voz muy estremecida citó los cargos contra el Filósofo buscando conmover el espíritu de quien juzgaba y exclamó:  

– Oíd Magistrado como viene desde el fondo perdido de la historia la trama de la invicta injusticia.  Oíd Magistrado esos cargos y haced uso de la ira que os provoquen para hacer un reajuste en la suerte desgraciada de este mendigo de piedad, que se os trae para ser sancionado tan seguramente.  Oid esta ignominia. Ha obrado contra las leyes, sin creer en los dioses del Estado y, por añadidura, introduciendo cosas nuevas y demoníacas; ha obrado también contra las leyes corrompiendo a la juventud.

El abogado pausó serenamente.  No se podía negar que el Viejo Juez resultó impactado de alguna manera por el giro brillante del discurso.  Así como estuvo de hosco y bronco frente al desafío tremendo de Marat, no dejó de enternecerse ante la posibilidad de una injusticia al oír del juicio al Maestro Sócrates.  Era una manera inteligente de invitarle a recordar el trágico instante en que se abrevara la cicuta para deshonra de la justicia de todos los tiempos.

El reo, más joven que el abogado, seguía las peripecias de los debates por su libertad.  Aunque no entendía, sentía cierto miedo secreto frente a aquella temible conciencia de quien tendría la última palabra de su suerte.

¿A cuáles cargos respondía Rafelito?  Que así se llamaba el joven ajusticiado.

Se trataba de un caso extraño porque las cosas robadas eran 2 libras de arroz, 2 libras de habichuelas y algunas mentas.  Hasta ahí se podía pensar en el robo simple, de poca entidad penal y social. Se prestaba para entenderlo todo como una travesura, hija de una inocua inmadurez.

Sin embargo, al tratarse de una Pulpería mayor y haber mediado fractura de aldabas y cerraduras de ventanas, en horas de la noche, esas dos circunstancias bastaban para criminalizar gravemente el caso y poner a aquel joven a merced de castigos mayores de años de privación de libertad y de trabajos públicos, como era entonces.  Peor aún, imponerle la desaprobación vitalicia de su sociedad por haber sido encontrado culpable de robo calificado.

Había alcanzado la mayor edad apenas una semana antes de la fecha en que cometiera el hecho.  Seguía siendo en verdad un virtual adolescente. Su desarrollo mental no iba acorde con su crecimiento físico y el almanaque resultaba insuficiente como para hacerle hombre hecho y derecho, capaz de lidiar con cosas tan terribles como la culpabilidad y la responsabilidad de un crimen tenido por “gravemente infamante”.

El joven abogado al asumir la defensa más que a esas razones que jurídicamente podían ser eficaces, atendió a las lágrimas de los padres y los hermanos que como familia estaban convencidos de que el mundo había terminado para ellos.

Se sabía en toda la comunidad, desde luego,  que el juez era particularmente enconado y severo con el crimen de robo. Que tenía convicciones aberradas y fuertes que le surgían de la comparación fatua entre el trabajo decoroso y la vagancia vergonzosa.  

Para aquel hombre, bajo el encargo de la República de juzgar y especialmente de condenar en su nombre, nadie merecía más el castigo de la ley que aquellos detestables “amigos de lo ajeno”.

Era toda una espesa filosofía de vida que en un juez terco, aunque bondadoso para algunas cosas, resultaba  de extrema peligrosidad.

Se aseguraba que para ese juez no había enemigo público peor que el ladrón.  Se llegó a decir que era tanta la antipatía que sentía por el robo que resultaba chocante su extraña benignidad y su inconcebible indulgencia para quienes derramaban sangre.

Sin dudas padecía algún tipo de daltonismo moral.  En todo caso, era una pata de mula su conciencia tan endurecida en la rutina de  decisiones ciegas tomadas frecuentemente bajo el predicamento lamentable de que para ser justas tenían que ser severas.

Pero él dormía tranquilo y muchas veces cuando explicaba sus rigores de conciencia se conformaba diciendo:  “Lo cierto es que el ladrón nocturno no va necesariamente a robar, pues si tiene que matar, mata; por eso entiendo que es el peor de todos.”

En suma, el joven abogado sabía frente a qué muro ciego y sordo exponía.  Por ello buscó un último refugio en la atormentada madre que decidió ir al juzgado para estar en éste como si fuera su cruz.  Era el lugar donde su familia sería sacrificada y ella no podía estar ausente.

Ninguno de los otros quiso ir a la sala de audiencia.  Todos temieron al escarnio. Menos ella por la condición suprema de madre.  El drama de siempre. El manto junto al dolor.

Ella que le parió con sufrimiento; que lo acunó y cuidó como si no hubiese salido jamás de sus entrañas, no se rendía. Llorosa, se empecinó en esperar el milagro de que se hiciera justicia.  

Tenía una confusión desdichada porque no comprendía nada de la responsabilidad penal y el carácter eminentemente personal de ésta.  Por el contrario, ella concebía el caso, no solo frente a su hijo menor, sino como una experiencia en la que se jugaba el destino de toda la familia.

El abogado, que había pasado muchas horas preparándola, con mucha pena comprobaba que ella se había alojado en la esperanza.  Que no podía imaginar la segura condena porque olvidaba que sólo en el misterioso tribunal del amor de madre ningún hijo resulta culpable.

Cuando el joven abogado creía progresar en la dureza de sus explicaciones técnicas, acerca del ineludible castigo, la madre se evadía hacia su inagotable ternura que se negaba a ver de otro modo su criatura.

En fín, siguió el debate, ahora entre el defensor y un truculento fiscal que con suma torpeza entendía que ese juez tan viejo era una autoridad insuperable y que cuanto hiciera para castigar al reo sería como un mandato divino.

El estrafalario representante de la acusación pública llegó tan lejos en el  dictamen que, al fundamentar sus 10 años de trabajos públicos, hizo uso de un criterio siniestro y atemorizante.

Con violencia descontrolada le planteó al juez este argumento:

– Es más, todo ladrón es enemigo de los hombres de trabajo y nuestro máximo y supremo líder ha dicho “que sus mejores amigos son los hombres de trabajo”.  En consecuencia, este caballerito es un enemigo jurado de nuestro inmarcesible Jefe.

Nada más convincente en aquellos tiempos.

El Viejo Juez cayó en cuenta de que le habían propuesto un argumento poderoso que venía a reforzar sus recias convicciones.  Cuando le tocó dictar sentencia del máximo de 10 años quiso cumplir con una formalidad del antiguo Código consistente en aconsejar y advertir al reo, una vez condenado, acerca de la necesidad de su enmienda.

No fueron más de tres las sentenciosas advertencias del juez.  Naturalmente le habló de la enmienda, así como de su posible regreso a la sociedad, que debía de ser a su mejor nicho, el del trabajo.  En fin, una serie de estupideces. No otra cosa podía ser en aquel contexto tan drástico y deshumanizado.

El Viejo Juez, creyendo que había cuidado bien su tranquilidad de conciencia, oyó a una mujer muy delgadita y angustiada que gemía y que parecía no entender la ocurrencia.  Le dijo al guardia que custodiaba al prisionero:

– Déle paso a esa señora, a ver qué quiere.”

Casi desmayada la pusieron en su presencia y le espetó:

– Usted es la madre; debiera sentir vergüenza en lugar de llorar; aquí se acaba de hacer justicia.

La cara de pavesa y el murmullo que saliera de aquella boca en rictus de dolor  extremo bastaban para derribar las mayores durezas. Sobre todo, cuando se la oyó decir:

– Señor juez, yo vine a buscar piedad, no justicia.  Yo sé que es muy difícil para el pobre alcanzar esto.  Pero vine como sierva de Dios a esperar de usted, que cree en él y talvez le teme, a ver de qué modo no me destruían mi criatura.   Yo soy lavandera; su padre un peón ocasional de cualquier camionero. La vida nos ha sido muy adversa y este último niño no llegó a madurar; no pudimos mantenerlo en la escuela. Usted, juez, ahora nos lo quita y lo condena.  Y esto a todos nos mata y enlutece. Usted sabe lo que es la cárcel y El Sisal y El Pozo. ¿De qué enmienda usted habla si aquellos son cementerios de hombres vivos? Pero, no lo maldigo y solo le pido al Señor que nunca en su familia ocurra una desgracia parecida.

El Viejo Juez no había tenido en cuenta esos lados de la vida, tan parecidos a la muerte.  Se retiró con un timbrazo, aunque sabiendo que en esta oportunidad no podría sentarse tan desentendido en la hora de la cena.   Sobremanera, al dormir junto a su conciencia.

Para la madre no todo había pasado.  Al llegar a la casa vio un tumulto de amigos y vecinos sin comprender bien los motivos de su alboroto.

Sólo al acercarse entendió que había una nueva estación en su calvario.  Ramón, su marido, se había colgado de la matita de mango del fondo del patio.

Lejos de llorar, la madre enmudeció.  Cayó en un estado de cerrado silencio y todos se asombraron de su extraña calma.  Su dolor había rebasado todas las dimensiones. Eran tan grandes las cosas padecidas que Dios parecía tomarla en sus manos con un esmero especialmente piadoso.

Los otros hijos no.  Allí todo fue llanto y desesperación.  Hubo maldiciones. Los propios vecinos se arremolinaron en una dolorosa y temible solidaridad.

En fin, era de nochecita y se pensó en el cementerio del día siguiente.  Este seguía siendo el único y final sendero.

De los muchachos, algunos trabajaban y estudiaban.  Sus elementales relaciones afectivas en el pueblo funcionaron, tanto para el ataúd, como para el entierro.  Todo dentro de una honda desolación.

Venía a complicar las cosas el hecho de que el Viejo Juez vivía en las inmediaciones del cementerio.  La calle que llevaba a éste pasaba frente a su casa, junto a su galería.

La familia del magistrado se inquietó.  Temió que los vecinos del suicida se tornaran agresivos y vocearan algunos insultos a la excesiva sentencia que tantas consecuencias ya había regado.

Pero el Viejo Juez creía en la fortaleza del poder que servía desde hacía tanto tiempo.  Se rehusó a aceptar las insinuaciones de que saliera, así fuera para los momentos que pasara el cortejo.  Sin embargo, por mínimo y modesto que se viera, no dejaba de pensar que fue su fallo inmisericorde el encargado de hacerlo particularmente serio.  Causa posible de algún desencuentro.

Pero no pasó nada.  El Viejo Juez permaneció imperturbable y confiado.  Había funcionado el férreo orden.

Claro, quedaban cosas que no eran cabos sueltos.  El dolor de las víctimas y las conciencias turbadas de quienes propiciaran la imperdonable obscenidad  del exceso.

La madre permaneció impertérrita mucho tiempo.  Los vecinos pudieron ver un cambio asombroso en su forma de ser.  Había dejado de cantar cuando lavaba por motivaciones muy obvias. Se aumentó mucho su fe y se refugió plenamente en sus incesantes oraciones que terminaron por no entenderse.  No se sabía si eran de queja o de ruego.

Los muchachos se fueron desperdigando por la vida.  Y no les iba mal. Las hembras lograron matrimonios estables aunque muy modestos.  Los dos varones mayores se abrieron paso a fuerza de estudio y sacrificios.

La única que permanecía inmóvil como una roca era la vieja.  Todo lo que recibía o producía estaba reservado para enviar paquetitos al preso.

Intentó verlo en el infierno del presidio de El Pozo y allí un  guardia que mucho sabía de aquella ciénega de tormentos le aconsejó no volver.  Mejor era que no lo viera porque estaba muy flaco y estragado. Le dijo que se hablaba de una posible tisis.  Que lo mantenían muy apartado en una barraca allá por los montes.

El día que regresó con esa noticia por primera vez la madre lloró durante semanas.  Pero no decía nada que no fuera: confío que Dios me lo devuelva cuando menos lo espere.

Como era natural comenzaron a manifestarse los achaques.  Su salud se fue ensombreciendo y los mismos hijos al visitarla pensaron que el fin estaba cerca.

Fue tal vez por eso que cuando vino a verla un vecino para darle una confusa noticia, permaneció indiferente.  Como si ya no le importaran las buenas o las malas noticias.

El vecino se estremeció ante su ausencia cuando le dijo:

– Doña Lala, ví a Rafelito que lo llevaban en un camión que le llaman ‘el gancho’.  Me dijeron que iban para El Sisal de Azua; talvez sea mejor, allá es más seco y no hay tantos mosquitos ni lodo.  Sobre todo por esa enfermedad de sus pulmones.

La madre se arregló levemente el pañuelo de cabeza y musitó:

– Ay vecino, esa criatura yo la puse hace tiempo en manos de Dios.  Usted verá que lo traerán en una caja algún día. Entonces será libre.  Y olvídese, que no tendrá un lugar incómodo cuando llegue al cielo. Yo solo espero ese día glorioso para irme también.  Después de todo, he terminado por creer que este mundo es todo el infierno. Pienso que los sufrimientos de mi criatura lo  purificarán. Usted algún día lo sabrá.

Mientras esos eran los términos de la tristeza y la resignación entre las víctimas, no ocurría así en la seguridad de vida del Viejo Juez y su distinguida familia.

De sus hijos, el primero ya era Juez de Primer Grado.  De mucha promesa, según le aseguraron quienes le promovieron.

La hembra había casado muy bien con un acaudalado empresario y no se sabía cuanto tiempo pasaba en casa y cuánto en el encantador extranjero de la buena vida.

El menor era un destacado gerente que ya tenía fama por su habilidad en los negocios de éxito.

Así cuando en el octavo año de la prisión murió el joven reo, el Viejo Juez aún gozaba de buena salud y de un retiro honorable.

Se sentaba en la misma galería junto al cementerio.  Casi no se enteraba de quiénes desfilaban en el incesante viaje final con una indiferencia que parecía hacerlo ajeno a esa posibilidad suya algún día.

En cambio, en el otro hemisferio de la pena, ya de tarde, un camión se detuvo en la puerta de la casita de la lavandera.  Un corpulento sargento entró y le dijo:

– Doña, reciba su hijo, está muerto; hay que enterrarlo en una hora porque murió de los pulmones.  Recíbalo y póngase en movimiento.

La madre permaneció impasible frente al anuncio.  En su rostro, lejos de verse expresiones de dolor, se advirtió una extraña satisfacción de paz cuando  exclamó:

– Al fin llegas, hijo mío; ahora descansarás y nos iremos al reino del Señor sin tanto dolor como hemos vivido.  Vecino, ayúdeme en los trotes de los papeles y avísele al abogado que lo defendió para que al menos lo sepa. No creo que venga.

Y se equivocaba.  El abogado fue presuroso a estar junto a la gente que con tanto honor había inútilmente defendido.

El cortejo fúnebre de esta ocasión fue muy tranquilo, aunque tristísimo.  Sólo el Viejo Juez se dio cuenta en su casa de que esa mujer muy delgada y angustiada que iba junto al féretro bastaba para indicarle quién era el muerto.  En cierto modo su muerto.

El Viejo Juez vio más, pues el abogado iba también en un solemne silencio.

Todo pasó así y cada quien estuvo en su puesto, pese a que sabían la cadena de sufrimientos que precedieran esa muerte.

Algún tiempo después, el abogado recibió la invitación de un amigo para que le acompañara a la casa del Viejo Juez.

Creyó al principio el abogado que quizás el juez tenía algún comentario, que no un remordimiento.  Que a lo mejor quería departir sobre otras cosas. Ya se había fogueado en grandes pugnas penales y era un buen interlocutor.

Al llegar observó que una joven muy fina y educada lo condujo a la habitación principal y allí vio postrado al Viejo Juez. Su impresión fue de que habría algún arrepentimiento naciendo.

Pero no solo fue eso.  El abogado quedó en estupor cuando el Juez con lágrimas rodándoles por sus arrugadas mejillas le dijo, no sin trabajo:

– Te he mandado a buscar porque mi hijo menor está preso.  Le acusan de crímenes muy graves de fraude y quiero saber si tú puedes hacerme la defensa.  Estoy acabado y me muero de vergüenza.

El defensor cabal que era el abogado no podía recibir la distinción del encargo sin gratitud ni nobleza.    Por razones de tacto elemental calló, al tiempo que se desplomaba en llanto el viejo.

Tuvo la tentación de vengarse moralmente, en nombre de la madre y del reo ya muerto.  Pero se contuvo con mucha dignidad y altura.

Fue el Juez quien habló:

– Mira, nunca olvidé la defensa del joven ladrón aquel.  No te niego que íntimamente me burlé de tu pasión en los alegatos.  Mi corazón de piedra no se perturbó por tus súplicas. Y ahora, cuando paso por lo que paso, es cuando más me remuerde.

– Hubo algo que me taladró mucho, cuando la pobre madre me dijo que me encomendaba a Dios, y que ojalá no ocurriera algo así en mi familia.  Y todo ha sido peor y de mayor ofensa. Sin proponérselo, presumo que me expuso a la maldición.

– Abogado, no sé, tengo un miedo tremendo, porque no puedo alejar de mi conciencia que Dios me ha castigado por impiadoso.  Dígaselo a ella y pídale por mí perdón.

– Ahora bien, no solo le mandé a buscar para la defensa de mi hijo.  También tengo la obligación de contarle algunas de las cosas que me han atormentado durante los últimos tiempos.  Quiero que algún día las relate. Y le debo prevenir de que lo que le habré de decir no lo siento ahora, cuando atrapa la desgracia a mi familia.  

– No.  Es algo que viene desde que vi pasar el entierro del padre de su defendido.  Para mí fue una sorpresa el suicidio. Tenía por sabido que en esos niveles de pobreza no existía el honor.  Mi soberbia era algo inconsciente. Creía sobreentendido, que la honra solo contaba en las capas altas y acomodadas de la población.

– Imagínese lo que pasé cuando me encontré de frente con una realidad tan diferente.  Es decir, que mi fallo había sido capaz de arruinar la reputación de una familia pobre.  Que en justo desprecio de mi estúpida arrogancia el cabeza de aquella familia se había inmolado.  Lo cierto es que se desataron los espantosos reclamos del peor remordimiento.

– Ahora me ocurre algo todavía más grave.  Lo que hizo el padre de aquel joven, yo no he sido capaz de hacerlo, cuando se hunde mi hijo en el escándalo y arrastra a toda la familia.  

– No he vuelto jamás a dormir tranquilo.  Mi desasosiego ha sido un sufrimiento sostenido desde entonces.  

– Y pensar que usted me ofreció los argumentos y la oportunidad para poder  acomodar mi conciencia con la legalidad. Todo eso aumentaba mi desdicha. –

–  Por ejemplo cuando analizó el significado de la naturaleza de las cosas robadas.  

– Las dos libras de arroz, posiblemente conectadas con alguna carencia vital en la infeliz familia con sus dificultades terribles del alimento del día a día.

– Las habichuelas que de seguro correspondían al mismo ímpetu subyacente de allegar un recurso tan crítico a la madre.

– Que era posible que el niño al percibir aquellas privaciones ancestrales, como fatalidades de la familia, se quiso rebelar y desafió el orden establecido, tan injusto.

– Freudianas fueron las reflexiones acerca de la primera infancia y yo solo atiné a reirme íntimamente.

– Aquel alegato formidable de que la cantidad del alimento robado era indicativo de una hambre eterna.  Que no buscaba lucrarse, sino alimentarse, sin que el deber del trabajo fuera una exigencia posible, pues para su propio  padre también el trabajo había sido algo inalcanzable.

– Pero todavía me fue peor con las pocas mentas.  Eso me convocaba a una experiencia de ternura compasiva, cuando aducía que era la mejor manera  de entrever la inocencia del niño pobre, bajo la dureza de no haber sabido nunca del encanto de los caramelos.  Ni aún en sus fechas personales propias.

– Recuerdo cuando usted acotó:  “Él jamás oyó cantar cumpleaños feliz, porque su indefensión no le permitía tener edad, que era un dato perdido en las injusticias de la tierra.”

– Hoy cuando contrasto su significado con los millones defraudados por mi hijo entro en desesperación, porque la caridad que no tuve para las mentas robadas, ahora innoblemente la pretendo para mi hijo.

– El juicio es muy insano.  Es más bien un patíbulo. Y yo me siento un verdugo con cuanto hice; solo cuando veo la dureza de la respuesta de la vida es que comprendo esa experiencia.  Cuando a mí llega el deshonor a cargo de mi hijo. Hay mucha cobardía en todo ello.

– Todas esas invocaciones tan nobles me señalaban el camino hacia el perdón controlado.  A dar una muestra mínima de la misericordia que debe haber en cada fallo condenatorio.

Se fue apagando su voz entrecortada entre sollozos y mantuvo una mirada  perdida que revelaba una despedida liberadora.

– En fin, desatendí las lecciones de una defensa excelente.  Peor aún, le subestimé por joven y ni siquiera atendí a los gritos del pasado que citara en Marat y Tolstoi.  El propio Jiménez de Asúa con su mención del juicio a Sócrates.

– Todo eso me traspasó y taladró desde el momento mismo que supe del suicidio del padre.  

– En suma, lo sentí hace tiempo.  Se lo he querido contar ahora que la deshonra está sobre nosotros.

– Pienso que al sentirme un juez impenetrable solo era un tonto.  A partir de la injusticia inmisericorde del exceso de castigo, ya sé que he sido un simple malvado.

– Al cura no le podía contar estas cosas en la última confesión, que está a punto de llegar por mi cáncer pulmonar.  Ahora que ha apretado el paso con este nuevo cáncer familiar, que nos devora a todos, he decidido hacerle depositario único de mi fracaso.

– He pensado mucho en usted, abogado.  He preferido que sea usted quien me oiga y de algún modo  busque indulgencia para mí; que lo que he sido en realidad es un equivocado.

– Vaya y pídale a la madre, que es la que más me duele, que en nombre de su Dios, que es el mío y de todos nosotros, me perdone.  Aunque lo haga con imperdonable retraso.

Estremecido por el silencio el joven abogado se fue arrellanando en la mecedora junto a la cama y pensó que sería difícil la paz para aquel hombre desvanecido y lloroso que le hacía tales confesiones.

Sintió piedad por él.  Casi se lo manifestó, no sin decirle:

– De lo que usted puede estar seguro, Magistrado, es que defenderé a su hijo con el mismo empeño que defendí aquel desventurado joven.  Ojalá encontrar un juez penetrable por el amor que resulte condescendiente. Su mejor atenuante está preestablecida pues está inserta en el esprit de corp de ustedes los jueces.  Al ver éstos a su hijo como reo, puede que resulte más fácil defenderle.

Antes de despedirse, finalmente, le dijo al Viejo Juez:

– Oiga usted esto, yo también estoy desalentado en la tarea de abogar por otros.  Son tantas las desigualdades y las acechanzas en cada conflicto, que hacer justicia es un menester muy escabroso y frustrante.   No crea que sus fantasmas le son exclusivos.

– Todos los tenemos.  Tanto los que acusan como los que defienden.   Aunque no niego que la peor parte del tormento está a cargo de quienes juzgan.

– Ya tengo esa amarga experiencia, mi querido Magistrado.  Y en premio a su paz necesaria, no voy a cobrar la defensa porque esto también me hará sentir mejor frente a aquellos infelices a quienes defendiera con mucho desprendimiento.

Cuando terminó aquella escena el abogado se fue caviloso a ver a la madre y ésta lo oyó pacientemente, no sin comentar:  

– Abogado, lo que usted no podrá hacer en favor del hijo de él será hablar de la justicia en nombre de los pobres.  Ellos son ricos. De todos modos, yo se lo confié todo a Dios. No es a mí a quien toca perdonarle. Yo me iré pronto, pero no tengo miedo.  Voy desde la desventura. Y usted sabe bien cuánto allá se nos quiere.

Para el abogado resultó indeleble la lección.  No se separó jamás de la compasión y quedó decidido por los pobres de la tierra.”

Creo que el propósito de reproducir ésto resulta constructivo pues innegablemente una de las aristas más mortificantes y duras de la conciencia pública de hoy es una indetenible convicción de que el delito, en todos los grados y variables de su aparición, ha pasado a ser una experiencia casi indiferente para la justicia y especialmente el juicio penal ha perdido su connotación extrema de evento impresionante y aleccionador.  Todo ello porque, entre otras cosas, el Ministerio Público en gran medida ha dejado de representar a la sociedad y se ha dejado a cargo del particular agraviado por el delito todo el peso de la acusación. Así, las víctimas se han ido llenando de temor, tanto como para no atreverse ni siquiera a constituirse en Queja y mucho menos dispuestas a comparecer y dar seguimiento al curso de la experiencia bajo juicio desempeñando el papel de acusador privado.

Hubo un cambio, naturalmente, en el sistema procesal y, del inquisitorio, se pasó al adversarial acusatorio (el llamado Juicio entre Iguales) y con ello se ha visto turbada muy gravemente la comprensión pública, cada vez más atemorizada ante el avance agresivo e insolente del crimen.

Ocurre lo peor cuando se trata de experiencias de modalidades delictivas relacionadas con la condición de organizado, muy especialmente por el uso de una opulencia aterradora que corre pareja con un miedo difuso que va apocando la capacidad del trato público.  Parecería que está en curso una odiosa privatización de la justicia donde el socio comanditario más poderoso de la sociedad está resultando el crimen, mientras sus víctimas quedan como ejemplos increíbles de impotencia e indefensión.

Así las cosas, se puede afirmar sin temor a equívoco que ya existe un crimen como el de la droga, que pese a que es el que tiene el mayor número de víctimas en el mundo, no tiene acusación privada.  Vale decir, sus víctimas no están representadas en los juicios de sus victimarios y la responsabilidad de la acusación queda en manos de un apalastrado Ministerio Público que, cuando no resulta cómplice, se comporta con un amedrentamiento imperdonable.

De todos modos, con esta entrega de hoy termino de cumplir mi palabra de que mis 6 Relatos serían llevados a la consideración de ustedes, amables lectores, que de algún modo resultarán mi innominado jurado.  

¿Les ha parecido a ustedes laudable el esfuerzo?  Esa es una respuesta difícil de conocer, de momento, pero siempre he confiado en aquella máxima del Dante: “Dejad al tiempo la ardua sentencia”.

Mi creencia, les aseguro, seguirá siendo que esa “abeja reina” de la colmena del crimen que es el negocio de la droga terminará por establecer la impunidad bajo la categoría de norma degradante de todo el organismo social.  El peligro es tan cierto que, en sentido figurado, hay motivos para echar de menos al “Viejo Juez”, aunque no fuera así jamás en relación al arbitrario Fiscal del relato.