De las Previsibles Tormentas Electorales

El proselitismo puede expresarse en forma abierta y pública porque  su puesta en práctica está protegida  por  la frondosa copa del árbol constitucional.

Suprimirlo o contraerlo resulta contraproducente y sólo se hará plausible hacerlo si se manifestare como jolgorio turbulento  que pueda dañar y obturar  la paz y tranquilidad públicas.

Es decir, se podría corregir, contener  y sancionar, pero ya por razones y motivaciones de orden público, algo diferente al ámbito electoral.

Esa posibilidad está perfectamente definida y bien tipificada como infracciones  contra  la tranquilidad y el orden públicos.  Medidas de control existen que llegan a alcanzar rango constitucional, según se prevé en el artículo 264 sobre Estado de Conmoción Interior, que reza de la manera siguiente: “Artículo 264.- Estado de Conmoción Interior. El Estado de Conmoción Interior podrá declararse en todo o parte del territorio nacional, en caso de grave perturbación del orden público que atente de manera inminente contra la estabilidad institucional, la seguridad del Estado o la convivencia ciudadana, y que no pueda ser conjurada mediante el uso de las atribuciones ordinarias de las autoridades.”

El proselitismo político, pues, no el religioso o de índole parecida, ciertamente se puede desbordar en la euforia de las convocatorias de gran éxito y ésto haría razonable cierto control coercitivo por violar normas de pacífica convivencia; algo más que aceptable, pero estará la cuestión a cargo de la decisión y de las acciones de la autoridad ordinaria.

Bueno es apuntar que, sólo el día de las elecciones generales, la Constitución ordena que todas las fuerzas armadas y del orden pasen a la subordinación del máximo organismo electoral, lo que se explica dada la naturaleza de ese día excepcional donde se dirimen los poderes públicos superiores.

Ahora bien, hay que retener que son los partidos políticos los del encargo constitucional de trabajar a lo interno por el desarrollo democrático en procura de alcanzar el ideal del Estado de Derecho.  Obviamente, para que ello sea logrado es el proselitismo el medio por excelencia para hacerlo.

Sin embargo, ha ocurrido que el máximo organismo electoral en una inexplicable iniciativa se ha propuesto restringir, y así se lo ordenó a la autoridad civil y policial, toda actividad proselitista que no sea bajo techo; se supone que sin promoción trascendente; quizás dentro de un riguroso sigilo.

Es más, según se ha llegado a colegir, todo se dirige a garantizar la paz y el sosiego público y otros han ido más lejos, aún, y asumen que la medida es provechosa para asegurar la igualdad entre precandidatos y organizaciones.

Es alarmante todo ello; algo que no resulta inaudito, pues el importante organismo llegó a elaborar una verdadera jurisprudencia electoral al dictar cuatro resoluciones (tres de precedentes y una propia), negando la posibilidad de hacer lo que ahora se hace.  Que no se entienda ésto como irónica alusión “al hacer lo que nunca se hizo” que fungiera como un prometedor lema de campaña.

He pensado, además, en una injusticia subyacente, adicional a cuanto expongo como deplorable.  Se trata de saber si la preocupación del organismo electoral llegó a considerar la verdadera naturaleza de las Marchas Verdes.  ¿No se plantean en ellas exigencias políticas como la renuncia o la destitución del Presidente de la República, bajo acusaciones terribles?  ¿No se asoman violentísimas diatribas contra políticos y organizaciones en febriles pancartas y proclamas?  ¿No es ese un modo de recoger repudio terminal y desestabilizador demandando la revocación del gobierno libremente elegido por el pueblo?

¿Qué hacer, entonces?  Pensar siquiera en prohibir las Marchas Verdes sería un desatino atropellante contra las libertades públicas.  Más grave ahora cuando se le agrega el sobrenombre de “Marcha del Millón”, no se sabe si de verdes o de todos los colores. Es como si se estuviera abriendo una competencia entre “los millones”.

El hecho es que todo ésto se evidencia como un tollo, salido de la airada intolerancia de sectores de poder que se han inquietado con la aparición de “un muerto” que al parecer “sólo estaba descansando”; una especie de Frankenstein electoral a quien se creyó abatir para siempre por obra de una de las más terribles y siniestras tramas de descrédito de nuestra historia.

En todo caso, ha sido una verdadera lástima infligir un daño tan grave a un organismo tan vital de la República, que lo menos que merece es esta exposición tan precoz de su reputación, que tanto debe preservarse y fortalecer, para cuando lleguen las tormentas de elecciones sucesivas, tan dramáticas como desconocidas en sus secuelas previsibles.

Este es  otro aspecto, muy sensible, de carácter logístico que debe  ser ponderado con suma  atención, pues se trata de que el adelantamiento de  la experiencia electoral en el plano congresional y municipal se complica cuando aparece la tentación  legislativa de encargar al  organismo superior electoral de  organizar, no sólo la experiencia de ensayo de certamen separado, que tiene un sólido rango constitucional, sino también como tarea adicional y previa la organización de las primarias  abiertas o cerradas de los partidos políticos; algo que  degeneraría en un seguro cometido de imposible cumplimiento, a menos que lo que se persiga sea un caos que malogre  las elecciones en serie en su totalidad, a imagen y semejanza del vecino Narcoestado.

Es muy fácil entender tal cosa, ahora que los “planes de fusión de la isla” han confrontado la contrariedad del retraso que implica no contar con la fuerza de una locomotora, de marca Clinton, como cabeza impulsora de la estrategia de la Geopolítica que con tanto éxito lograra implantarse en nuestro perjuicio.

La  lógica de la traición es tan funesta como simple al asumir que si la administración de gobierno  en el Norte tiene programas en curso para su caso en cuestiones migratorias, territoriales y de su seguridad, similares a las desesperadas necesidades nuestras, lo que cabe es desordenarnos en términos “tribales” y ganar tiempo con la imposibilidad de hacer  elecciones ordenadas, pacíficas y limpias, al tiempo que se destruye el sistema de partidos políticos a fuerza de escándalos, que hacen suponer la necesidad de  actos sucesivos de protestas propiciatorias de parte de  la auto-erigida sociedad civil en su peculiar proselitismo,  alegando tener las reservas monopólicas de la capacidad y la  honradez  que requiere el “buen gobierno”.

No es ocioso recordar, no obstante, que en un pasado muy reciente nuestro organismo electoral superior gozó de una reputación internacional que se puso de manifiesto en experiencias de asesoramiento a organismos gemelos de Centro y Sur América, cosa que trascendiera en reconocimientos múltiples de niveles presidenciales desde el extranjero.

Esta posible excelencia había que derribarla bajo deshonroso tratamiento y, ahora, parece que se intenta, nuevamente, por desgracia, por otros medios más sofisticados, frente a esta otra excelencia que nos brinda la composición de la actual Junta Central Electoral.

Derriscarnos en la anarquía del desorden electoral podría llegar a ser una ignominia más de las apetecidas por la traición, que ya se puso de manifiesto al aprobar  la calificación que se le diera a la modificación constitucional  que acomodara la traumática  reelección recién pasada, la cual fuera descrita  como “hija de una repugnante operación mercantil”  “de compra de conciencia de legisladores”.

Es una lástima que teniendo, como tiene, una calidad humana tan reconocida como sobresaliente la gente que dirige nuestro organismo electoral superior, se nos prive de aprovecharla plenamente y, por el contrario, lo que se hace es tenderle emboscadas para llevarla a una mengua de su credibilidad y al consiguiente autodescrédito.

Lo peor para un pueblo es que las fuerzas agazapadas en  la urdimbre del poder lancen desde las sombras de sus designios verdaderas redes de atrapamiento y engaño moviendo a error sus instituciones claves más sensitivas; todo  en desmedro del prestigio básico necesario para el ejercicio enérgico de los atributos de su soberanía plena.

El objetivo esencial es descalificarnos, exhibirnos ante el mundo como incapaces de organizarnos, de elegir nuestros gobernantes, que son millares; en fin, hacer la prueba de que lo que somos y hemos sido es un montón abigarrado de inconductas impenitentes que para llegar a organizarse mínimamente lo procedente es refundirlo con el desastre vecino, propiamente para poder ejercer tutelas internacionales de virtualidad fideicomisaria.  Un extenso “puerto libre” para favorecer el narcotráfico, el contrabando, la trata de todo género y el terrorismo, es lo que se pretende a la larga.

Todo ello está en juego.  Por eso, volviendo al error de la coerción del proselitismo, me inclino por emprender el amable camino de sano consejo y recordarles a los responsables máximos de cuidar de nuestra suerte que “rectificar es de sabios” y que si lo hicieren,  lejos de disminuirse, se agigantarían en la consideración pública, que aunque está muy enervada, puede ser sólo como presagiosa calma chicha  anunciadora de tormentas.

No había terminado esta entrega de La Pregunta, cuando estalló el Narco Estado vecino.

Violencias y arrasamientos en lugares inusitados que son reveladores del desastre que ONU, al fracasar en sus inútiles 15 años de ocupación militar multilateral, describiera como muy viable, en posibilidad de crecer seguramente hacia el progreso.

Es nuestro espejo aquello, que nadie lo dude.  Y ahora más que nunca es cuando la unidad nacional debe ser considerada, más que como indispensable, imperativa.

Ha sido mi ruego frenético de siempre, infortunadamente desoído.  ¿Aguardo a que sigan hablando, aún más, los hechos y las circunstancias para poder hacer un ejercicio de rendición de cuenta de mis deberes cumplidos?  ¿Realmente lo necesito?

Ésto lo dejo, nueva vez, a merced de su apreciación en conciencia.

 

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Mi Padre, su desaliento y su último viaje

Algunos amigos me censuran por lo que dicen es mi pesimismo de los últimos tiempos.  Incluso, no entienden porqué teniendo una buena salud mantengo esa insistencia en aludir al final cercano.  No entienden plenamente el divino diseño de la vida, ni cómo el ser humano se puede ir acomodando a la idea realista de que habrá un inexorable tiempo en que ya no se estará presente.

Mayor es su error, en mi caso, pues la exposición de mi vida desde hace décadas, derivada de algunas de mis luchas, necesariamente me familiarizó con esa posibilidad de desaparecer por causas no naturales, pero muy previsibles dados los tiempos terribles que nos ha tocado vivir: la Dinastía del Crimen Organizado, se podría decir.

Pero bien, a los buenos amigos hay que agradecerles su interés de saber de uno, triste sería su indiferencia.

Por ello, en honor a su reclamo respondo a una cuestión relativa a algo que planteara en mi anterior entrega “Mi Madre tenía razón”.  Lo haré con un dejo natural de relato, que tan útil y apropiado me resulta para organizar los recuerdos.

Veamos el intento como si fuera una post data de la entrega de La Pregunta precedente.

Era el principio de la década de los años veinte.  El legendario abogado desayunaba en el Hotel Colón de Santo Domingo, cuando se presentara a su mesa un joven oficial de la recién creada  Guardia Nacional, en plena ocupación militar de la República Dominicana por tropas norteamericanas.

Le dice el oficial al abogado: “Quiero tratarle, don Pelegrín, un grave caso que me ocurre”; “Siéntese y acompáñeme a desayunar. Explíqueme qué le pasa”, responde el ya famoso abogado. “Me acusan de haber violado una joven en San José de Los Llanos, nada menos que en una iglesia y soy inocente”; “quieren arruinar mi carrera, todo porque el día de la Independencia, el 27 de Febrero, ordené izar la Bandera Dominicana en la fortaleza de El Seibo”

 “¿Tiene usted testigo de tal cosa?”, pregunta el jurista y responde el oficial: “Por supuesto que sí, Don Teófilo Hernández”. “Cuente entonces con que lo habré de defender, porque ese sería un testigo muy serio y confiable.”  Terminado el desayuno se despidieron con agradable cordialidad.

Pelegrín Castillo y el joven militar, Rafael L. Trujillo M., no se volvieron a ver más y según pareció éste resolvió el grave caso ante un Consejo de Guerra de un modo no judicial, en base a las posibles influencias de sus mentores extranjeros.

Pasaron algo más de diez años y en un almuerzo en la Masión Presidencial el flamante Presidente dominicano Rafael Leonidas Trujillo Molina le respondía  a un político intrigante que en la sobremesa le dijera: “Usted, Presidente, no tendrá seguridad en su gobierno mientras Pelegrin siga conspirando en el Cibao”.  “Usted está equivocado”, le repuso el Presidente“Don Pelegrín lo que está es muy enfermo en su finca en Los Cerrejones del Yuna”.

 Llamó de inmediato a un oficial, oriundo de Puerto Rico, que se quedara en el país y luego fundara una  familia muy amable y prestigiosa, ordenándole el Presidente lo siguiente:  “Flores, vaya de inmediato a los Cerrejones del Yuna y dígale  a Don Pelegrín que he sabido de su grave quebranto; que regrese a su casa  y si tiene interés de salir al extranjero tiene el permiso de mi gobierno, y dígale también  que si necesita recursos se los daré”

 Mi padre agradeció el gesto, aunque le dijo al oficial Flores: “Yo le agradezco, además, su oferta de recursos pero no los necesito, pues tengo casos en justicia que me los cubrirían”.

Ese era el mismo hombre que tres meses después, muy estragado por el cáncer, escribiría en el buque del viaje a Francia en los términos que explico al principio de La Pregunta precedente como un relato del alma.

Una útil reflexión final consistiría en preguntarse: ¿Por qué aquél hombre de poder, tan implacable con los demás frente a éste otro, que lo combatiera con tanta vehemencia, se comportaba generosamente?  Según he creído siempre lo favoreció porque existe un extraño componente psicológico en el autócrata que lo lleva en sus hondos resentimientos a no olvidar agravios para la venganza rencorosa, pero también a no olvidar favores o distinciones para hacer algún ejercicio de gratitud.

Ese es el enfoque técnico más aceptable.  Desde luego, en nuestro caso su índole endurecida proclive a la intolerancia criminal no desapareció, pues, tres lustros después de aquella prueba de generosidad frente a un adversario, resultaba ahorcado en una de sus fortalezas un hijo de aquel hombre, sin que se dudara de que fue un castigo a la rebeldía de ese hijo que llevaba el nombre de Hostos Pelegrín, en honor del Maestro que lo había forjado.

Es más, en el único artículo periodístico que escribiera en su vida aquella fuerza de la naturaleza  que fuera ese hombre de poder en el diario La Información de Santiago, se dedicó a elogiar al general Manuel Marcelino (a) Jimaquén, un exponente de nuestra Manigua, a quien el brigadier Trujillo de entonces reconoció al grado de afirmar que aquel modesto soldado de Samaná le había servido a la República tanto “como un hombre de vanguardia, como lo hicieran Santiago Guzmán Espaillat o Pelegrín Castillo”.

Sin embargo, un importante miembro de mi familia tuvo siempre un parecer diferente en cuanto al permiso de salir “al extranjero” aludido y nos dijo siempre:  “Lo dejó salir, porque sabía  que  ya no regresaría”.  “Era una manera  de dejar que fuera el cáncer el encargado  de matarlo, no su gobierno, que Pelegrín combatiera desde que se comenzara a avizorarse que vendría, como vino”

De todos modos, he querido traer esa entraña de mi orfandad en honor de su memoria y resaltar la limpia integridad con que obraba en sus luchas y posiciones aquel ser humano sometido a tantas vicisitudes que no lograran vencerlo.

Quiero ir más lejos y relatar hoy, como lo he hecho pocas veces, algo que ocurriera la misma noche del treinta de mayo en el rutinario paseo de Trujillo por el Malecón.

Un importante diputado M.A.P., tenido como su amigo incondicional, le dijo:  “Jefe, por poco tiene usted un tiroteo hoy en la Cámara; el amigo J.S.” (también diputado), “se molestó mucho con uno de esos jóvenes que usted ha nombrado allá porque le faltó el respeto (GGC) cuando se discutía la abolición del Concordato; lo retó de mala manera”

 “Suerte que otro joven que usted también trajo de San Francisco tuvo una intervención brillante y apaciguadora, demostrando que no se podía hablar de suprimir el Concordato sin antes hacer una Reforma Constitucional, porque el mismo figura como parte de la Constitución y que, además, no era aconsejable olvidar que nuestro pueblo es predominantemente católico, por lo que habría que pensar, en todo caso, en las razones que pudo usted tener para darle tal rango al acuerdo con la iglesia”

Según otros dos testigos muy idóneos, V.A.P. y P.P., que así lo refirieron, se produjo cierto asombro de muchos del grupo ante la reacción de Trujillo, que fue muy extraña al limitarse a decir:  “Ese es el que se parece a su padre”.

En realidad, una respuesta difícil de explicar dado el encono que había ya entre ese hombre de poder y la iglesia, que tanto apoyo le brindara durante décadas.  Dos horas después caía abatido en el magnicidio que cambiaría nuestra historia.

He ahí una muestra de la compleja psicología del autócrata que podía llegar hasta al respeto admirativo de quien lo había adversado, pero que había tenido un gesto gentil cuando solicitó sus servicios siendo apenas un anónimo teniente.

Aquel hombre, autócrata por antonomasia, como se explica en la psicología individual profunda, era tan capaz de recordar agravios para vengarlos y de no olvidar condescendencias en los tiempos en que todavía no era poder, y resultar luego capaz de gestos de gratitud, o de admiración, por quien le combatiera en la plaza pública valerosamente.

Era el mismo hombre que lo había invitado a desayunar y a explicarle porqué requería su defensa en ocasión de un expediente repugnante como lo era la violación de una joven en un templo; el profesional importante que accediera a ser su eventual defensor, siempre que se contara con el testimonio de alguien tan prestigioso como don Teo Hernández, ofreciendo su versión acerca del izamiento de la bandera el día de la Independencia.

A mis amigos vivo amonestándoles cuando lucen desconectados de los vínculos fuertes, quizás misteriosos, que se establecen en el espíritu al examinar el presente y evocar el pasado, como una manera de vislumbrar cosas delicadas de futuro.

Nosotros estamos en momentos muy aciagos, afrontando peligros especialísimos sobre aspectos de la vida nacional tan sensitivos que entrañan posibilidades muy dolorosas como lo sería la desaparición, o la descomposición galopante e indetenible de las esencias del Ser nacional.

De ahí es que cuantas veces escribo, o expongo en la televisión, aparecen elementos, si no indescifrables, complejos, que a mis amigos les pueden quedar en el terreno de la duda y con ello terminar por no comprender hasta dónde quiero llegar en la calidad profunda que quiero atribuirle a mis reflexiones.

Me cuido mucho de mis evocaciones para mantener los hechos y los recuerdos intactos, pues, contar los hechos de otro modo al que ocurrieran es la mentira; negarlos, o silenciarlos incluso, seguirá siendo mentira.  Asímismo cuando se fraguan o inventan los hechos; entonces se trataría de un crimen, pues la intensidad del engaño es de índole perversa y los designios pueden obedecer a propósitos puntuales de daños, a menos que se trate de una fantasía hija de algún trastorno de una imaginación enfermiza, pues entonces lo que merecería es compasión.

La política nuestra está pasando posiblemente por una fase de descomposición sin retorno. Muy malsana, pues la mentira ha asumido un rango de dominio permanente en sus peores modalidades.  Se asumen hechos inexistentes como reales y con ellos se trabaja como instrumentos que sirven para destruir todo cuanto huela o hieda a seriedad; se trata de que aquél que mienta más y mejor se impone, o pretende imponerse, sin temer  el descrédito propio que pueda avergonzarle.

El hecho es que ese aberrante estado de cosas se aluviona peligrosamente y del marasmo creado a base de felonías la fe pública desconcertada se puede fugar quedando sólo un tóxico humo de falsedades, como si fueran méritos.

Que yo recuerde, nunca he visto en mi larga vida una postración tan ruinosa de los valores nuestros, penosamente en los momentos en que más se necesitan éstos para enfrentar la catástrofe urdida y puesta en marcha por poderes de la tierra que han contado con la asistencia y ayuda de la facción traidora de siempre.

Al afirmarlo, como lo hago, creo que es justo citar el convencimiento de mi padre cuando en el año 12 del pasado siglo, en su diario de cárcel donde pasara un año engrillado, escribió estas dos muestras de honda frustración.  Es una forma de asegurar algún referente, de tiempos parecidos, y de hombres de integridades de excepción como mi padre, que escribiera en el cadalso:

 – “Se ha perdido la fe en la verdad, en la virtud, en el bien, en la dignidad ciudadana, en la justicia, en la ley, en el poder, en la palabra del hombre honrado, en la lealtad del amigo, en la elevación del sacerdote, en la religión.  Parece que asistimos a la catástrofe final de esta asendereada República.  ¡Qué puede uno esperar, por optimista que sea, en un país donde no se cree en la posibilidad de la virtud. La política lo ha echado a perder todo!” (Pelegrín Castillo. Diario de Cárcel 2012. Fortaleza San Luis, Santiago)

 – “Nuestra organización política descansa en una base mentirosa.  Mentira en la elección; mentira en el Ejecutivo; mentira en el Legislativo; mentira crasa en la justicia; mentira irritante en los partidos políticos; mentira carnavalesca en la prensa.  La falla lógica, de sinceridad, en todo nos pierde irremisiblemente”.  (Pelegrín Castillo. Diario de Cárcel 2012. Fortaleza San Luis, Santiago).

Cabría repetir que La Pregunta precedente tuvo como título Mi Madre Tenía Razón y agregar hoy: ¿Mi Padre también la tuvo?  La respuesta la dejo a merced de sus conciencias.

En resumen, esas evocaciones de mi padre y de su tiempo me fortalecen, pero alguien podría pensar que son hijas de la melancolía  de mi temprana orfandad, que quizás dio paso a una imaginación consoladora.

Es por eso que quiero cerrar esta entrega con una cita, sólo una, del notable y respetado historiador nuestro don Vetilio Alfau Durán, que escribió lo siguiente:

“Su campaña provocó la nueva alianza progresista de 1930, esfuerzo desesperado en que los políticos depusieran sus personales intereses para salvar la República. Su palabra ardorosa resonó en manifestaciones públicas en esta Capital, en San Francisco de Macorís, en Santiago, en La Vega, no solamente condenando el hecho de fuerza del 23 de febrero, sino señalando los peligros que entrañaba aquella cuartelada.  Durante la campaña patriótica de 1930 su pluma y su verbo estuvieron al servicio de la República y por la magnitud de sus esfuerzos, por la sinceridad de sus actos, quedó consagrado como un gallardo defensor de las libertades públicas”.

Tamaño compromiso, que mucho significa también para estos tiempos.

Mi Madre tenía razón

Mi extinto padre, a quien no llegué a conocer, fue un abogado muy notable tal como me lo fueran describiendo testigos de su vida desde la adolescencia.  Mi inclinación por la abogacía, que a mi madre le pareciera tan innata, se fue fortaleciendo a medida que los relatos de recuerdos me llegaban desde voces disímiles y profusas.

Luego, al recibirme de abogado, fui conociendo con mayor conciencia las razones de su innegable fama.  Leí sus memoriales, sus defensas escritas, penales y civiles, y a ellos se sumaban los testimonios ya más puntuales sobre verdaderas hazañas procesales y defensas de estrado, que no me dejaron dudas de que aquella vida tan intensa, a la cual se agregaban sus azarosas vicisitudes en sus tres incursiones en la política, como ministro, legislador y orador combatiente, fue una honrosa experiencia de méritos y virtudes que tendría que asumir como bitácora de mi vida.

Escribí hace cuarenta años  unos versos a su memoria bajo el título de La Elegía Personal del Huérfano y, ahora, cuando he caminado al lomo de tantos años los quiero bajar del cuadro que cuelga en la pared  principal de la oficina que él fundara en el primer año del siglo veinte.  Helos aquí:

ELEGÍA PERSONAL DEL HUÉRFANO

              I

En verdad,

padre

no conozco la alegría

ni el rostro de la suerte

¡Año que tengo de vida!

Año que cumple tu muerte!

             II

En la orfandad

me marcó la tristeza,

me oprimió la soledad

amarga

interior

y fuerte

de llorarte sin lágrimas

sólo con gestos

¡Porque te perdí

Antes de tenerte!

III

Tengo que imaginarte,

reconstruirte,

fundar una memoria

sólo para ti,

lanzarme en la oscuridad

que ocupa el lugar de los recuerdos

y asirme al hilo de versiones

de quienes te tuvieran

y hacer penumbra al candil

de evocaciones

de los que te lloraron.

                 IV

Ha sido un Vía-Crucis

De ausencia y soledades

Desde la inconsciencia

De mis gritos lactantes.

¡Antes de presentir

que tu caída

sería tara y vacío de toda mi vida!

                           V

No niego

padre,

que de mi orfandad

nacieron cosas buenas,

quizás

mi fortaleza.

                 VI

Mi devoción por Francia

sin conocerla,

porque su suelo

hizo argamasa

con la cal de tus huesos.

Desde niño

la ví por el cristal

del océano inquieto

como la otra patria,

distante y amorosa,

depositaria de tu osamenta,

que es mi osamenta.

                   VII

Mi falta de miedo

por la muerte.

No sé, padre,

las veces

que la he visto de frente

he sentido la invencible esperanza

de tu encuentro

y de verte.

                  VIII

Sobre todas las cosas,

padre,

 mi infinita fe en Dios.

Presumo que a El

te encomendé,

sin oraciones.

Que sentí gratitud

por tenerte entre justos

a su diestra.

                  IX

Desde muy tierno

sentí su presencia

con mimoso secreto

cuidar del huérfano

que no viste pequeño.

Sé que reclamaste esa presencia,

en tu último hálito

y en la final fulguración

de tu conciencia.

Santo Domingo, D.N.

14 de Septiembre de 1976.

En el 45 Aniversario de su Muerte.

 

Ahora bien, podrían mis lectores inquirir el porqué de este gesto de mi nostalgia.  Y yo les diré que lo hago porque quiero aludir a un aspecto de aquella vida que para mí representa lo más conmovedor que pude recibir como legado, por lo mucho que me enseñara acerca de las pruebas de honradez que pudo dar aquel profesional y hombre público de nuestro país.

He conservado con celo de cofre las cartas y apuntes de recomendaciones que escribiera a bordo del buque que le llevaba a Guadalupe, rumbo a Francia, donde le aguardaba y retendría la muerte.  Leer esas meditaciones es someter a prueba el alma y saber cuán cerca están las lágrimas que no pude derramar junto a tantos que lamentaran su desaparición.

Pero hoy lo que quiero es traer dos rasgos de aquellas meditaciones del padre que se ausentaba para siempre.  Una, relativa a la honradez y probidad de aquel coloso del deber, cuando instruía hacer tales o cuales gestiones de procurar modestos cobros por servicios profesionales prestados; comprobar con cuánta dignidad advertía la manera de hacerlo, sin atropello, ni nada compulsivo, pese a las necesidades de su salud que sería sometida al cuidado oneroso de un eminente cirujano referido por su entrañable amigo y hermano Heriberto Pieter.

Conocer de la conmovedora manera que aquel hombre marchaba hacia la muerte, en plena pobreza, después de haber sido  el profesional excepcional que fuera, así como el notable hombre público, es una especie de cátedra deontológica perpetua; de ejemplo exigente para los suyos de lo que debe ser el paso por la vida con limpieza moral; tanto como si fuera una lección suprema  del valor de la conducta correcta, así como del respeto debido en lo profesional frente a quienes habían requerido sus servicios eminentes; saber de cómo la estricta honestidad de abogado que supiera asumir tantos riesgos y responsabilidades por ellos, y al borde  de la muerte, no perdía  la compasiva dignidad de cobrar humildemente; una señal del ser humano superior que fuera.

Por otra parte, aquél que fuera alumno predilecto de inmenso Eugenio María de Hostos, El Sembrador, se iba abatido por la desgracia de su pueblo apresado, ya, por los rigores terribles del despotismo, que él, más que ningún otro, había  señalado desde la plaza pública en memorables discursos, cuando expresara “que la República lloraría lágrimas de sangre, bajo el yugo de una tiranía sin nombre”.

Esas fueron sus palabras antes de bajarlo entre vítores de muchos jóvenes dominicanos que habían asistido a la Plaza De Colón, que lo cubrieran con una bandera, que aún conservo, para llevarlo en hombros todo El Conde.

Al llegar el diciembre del año treinta, muy vencido, escribió su inolvidable carta pública renunciando a la condición de dominicano, declarándose ciudadano del mundo desde las soledades de los Cerrejones del Yuna, donde pasaba ya por el calvario del quebranto final.

Siempre pregunté a los mayores míos qué pudo llevarlo a esa decepción tan tremenda y dolorosa y fue mi madre la que me dio la explicación más veraz y convincente, cuando me dijo:  “Mi hijo, cuando fue juzgado en Santiago por ofensa a las fuerzas armadas norteamericanas en el año 20, por el caso que llevara contra un Mayor oficial de sus filas por asesinatos múltiples; ahí mataron a tres testigos del caso y descargaron a  Bakalú, que así le llamaban a aquél verdugo.  Entonces, a tu papá lo hicieron preso y lo engrillaron para llevarlo en un buque de guerra a Sánchez, para juzgarlo en Santiago, donde una Corte Marcial lo descargó luego de un juicio terrible.  Entonces él se retiró de la vida pública y se dedicó al ejercicio de su profesión.  Cuando el primo Horacio se metió en la prórroga, para el año 28, vino Alfonseca a pedirle de parte de Horacio que interviniera en la polémica nacional relativa a saber si era o no constitucional aquella aventura; se molestó y le hizo advertencias muy duras a Chuchú para que se lo dijera al primo  Horacio y después, cuando venía el treinta,  un grupo de ciudadanos supuestamente distinguidos le hicieron una solicitud pública a tu papá para que abandonara su retiro y se sumara  a la lucha para impedir a Trujillo.  Así lo hizo y, como era él, se arriesgó más que nadie y, no sé mi hijo, cómo pudo salvar su vida.  Sufrimos mucho aquellos tiempos y ya tenía el cáncer que lo llevó a la muerte.”

Esas fueron, más o menos, las palabras de mi madre.  Y agregó entonces con rostro triste:  “Lo que escribió en el barco cuando iba para Francia se debió a su desengaño, porque de los cien ciudadanos que habían pedido que volviera a la tribuna para atajar a Trujillo, la inmensa mayoría ya estaba transada con éste:  “Mi hijo, que te sirva de lección.  La tragedia de la política nuestra es que así como hemos tenido tanta gente buena que se ha sacrificado por la patria, lo que más abunda es la falta de lealtad y de vergüenza en los hombres de la política.”

He meditado mucho en estos últimos tiempos y tengo que reconocer que mi madre tenía la razón.  ¿No les parece a ustedes que he tenido motivos para hacerlo?  ¿No he advertido hasta el cansancio de los peligros que atravesamos? ¿No he clamado por la unidad interna, de todos los buenos dominicanos, para enfrentar de forma compacta cuanto nos amenaza la supervivencia como Estado?

Dejo mis preguntas en las puertas de sus conciencias y tal vez, en otras dimensiones, llegue a saber que han podido tener alguna utilidad mis advertencias y presentimientos.

 

Ganas de Llorar

El fuego amigo es una de las modalidades peores del dolor en batalla; cuando se cae por obra de los propios, bien por un deplorable error ora por oscuros designios, se consagra la guerra como el más aterrador absurdo.

En política, que es su prolongación, ocurre que el desencuentro surge en las mismas trincheras compartidas cuando aparecen los enconosos resentimientos que abaten las lealtades; a partir de ahí todo es desastroso, como si se estuviera cumpliendo la eterna fatalidad del cainismo de las Escrituras.

En mi ejercicio profesional he podido comprobar que la más lamentable  especie de desavenencia es la desprendida  de la enemistad inconcebible entre hermanos; lo he palpado, especialmente en ocasión de las separaciones que imponen los procesos de partición de bienes indivisos; he llegado a estar muy cerca  de casos en que el odio surgido de las disputas  de los intereses  ha sido capaz  de suscitar  la posibilidad  horrible del derramamiento  de  la sangre común, viniendo todos del mismo vientre.

En trances extremos, cuando se intenta mediar y, de ser posible armonizar, me he convencido de que es más difícil e inalcanzable lograrlo entre hermanos que cuando se trata  de violentas diferencias entre particulares y terceros.

En la política, volviendo a ella, es la historia la depositaria encargada de conservar las más trágicas muestras de ejemplos de cómo aquellos que anduvieron juntos, compartiendo riesgos y avatares, asumiendo responsabilidades comunes y siendo partícipes en los mismos empeños, bajo las mismas creencias e ideales, terminaron fulminados por las asesinas intrigas de las ambiciones demenciales de los corros y cortejos que se desarrollan en las bregas y luchas de poder.  A partir de ahí es cuando los enfrentamientos hacen de las suyas y se abre paso a las maldades más odiosas e inverosímiles.

Los egos son el caldo de cultivo, la pasta por excelencia, donde corroen las celadas y engaños de los elogios excitantes; se hacen presentes, por consiguiente, el vanidoso  egoísmo y la airada  intolerancia  que mueve al fatal convencimiento de que el prestigio y la gloriosa reputación del éxito no se comparten; que son patrimonio exclusivo de aquel  dominante que se imponga finalmente; el pueblo simple se hace eco de esa aberración en sus adagios cuando dice: “dos gallos no caben  en el mismo rejón”.

En verdad la humanidad en todos sus tiempos ha sido víctima de esa incapacidad del hombre de poder sobreponerse a esas inferioridades y convertirse en un modesto, pero grandioso, exponente del desprendimiento generoso que lo pueda llevar a la inmolación por sus ideales y sueños sin aguardar ni reclamar gloria alguna.

El éxito alienante conduce al delirio de grandeza y éste a los peores extravíos de las disociaciones de las realidades con sus árganas repletas de desengaños.

Si los pueblos del mundo hubiesen contado con la entrega generosa de sus conductores, a salvo de la maldición de las rivalidades y antagonismos con sus compañeros de otros tiempos, otra hubiese sido su suerte en el disfrute de la paz y la armonía del quehacer del esfuerzo conjunto.  No ha sido así y, por el contrario, lo que se hace es atribuirle a la condición humana todos los fracasos de la fraternal convivencia, como si fuera algo inevitable,  hasta justo y comprensible llegan a considerarlo.

Pero bien ¿A qué se deben tantas “monsergas”? ¿Por qué tantos circunloquios para tratar la actualidad nuestra y sus desencuentros en curso?

Lo hago y sé bien que al hacerlo me expongo a la exasperación de mis lectores, porque  lo que padecemos hoy  como separación y disputa entre dos hombres decisivos del poder, no es una simple cuestión del manido “choque de trenes”; se trata más bien de una encrucijada, en la que estamos. que para  afrontarla y resolverla se hace imprescindible una unidad  nacional blindada, debidamente guiada por una voluntad política superior cohesiva, bien compartida, entre los líderes en capacidad situacional de proteger la República.  Es de ahí de donde me surgen esas reflexivas admoniciones.

A veces siento ganas de llorar, ojalá pudiera, porque he sido tan insistente sobre esa cuestión de la unidad que ha llegado a parecer una necedad, una ingenua pretensión, una piragua al garete en ese mar de pasiones e intereses.

Sin embargo, mis aprehensiones no han sido hijas de la histeria, ni de ninguna paranoia social fantasiosa que me pudiera llevar a la alarma de considerar moribunda nuestra Soberanía.  Las pruebas de sus fundamentos han sido copiosas y abrumadoras y por ello no he temido ni arredrado al denunciar y señalar los riesgos, peligros y daños de un colapso inminente de nuestro Estado,.

Hoy, por hoy, tres fenómenos atenazan el destino de nuestra suerte, de tal modo, que uno cualquiera de ellos sin necesidad de confluir con los otros dos, podría socavar el equilibrio de nuestras instituciones; desde luego, en medio de la pérdida de nuestra paz.

Tres denominaciones, sin tener identidad alguna entre sí, nos dan tres dimensiones de nuestro desastre: Odebrecht, China y Droga.

He venido tratando los temas que ellos constituyen, tanto desde mi programa televisivo La Respuesta, como desde mi blog La Pregunta, que son mis pulmones para alertar y animar a los mejores instintos de defensa del pueblo ante el arrollador paso de esas tormentas que pueden desaparecer nuestros valores, que en todos los órdenes, hasta ahora, han sido reconocidos como cualidades de la República Dominicana.

No hay hipérbole en eso que afirmo.  Más bien, podría haber mucho de testamento, pues estoy en la más fascinante etapa de la vida, del otro lado de la colina; cuando el pecado de mentir más se desvanece, cuando el creyente se apresta al sublime encuentro en otra vida más gloriosa que la llevada en este valle de lágrimas, tan plagada  de dolores e incomprensiones.

En forma breve, a grandes rasgos, se puede uno asir al temor de lo que puede ocurrir, de repente, mediante el simple examen de las aciagas circunstancias padecidas en la mordiente actualidad.

Me refiero al hecho de que, por ejemplo, el imputado  sobresaliente  de Caso Odebrecht, que ha hecho  citar más de un centenar de testigos, esté preparando una desesperada respuesta a la acusación para el caso en que sus hijos,  ofrecidos tan solo y por ahora como testigos del Ministerio Público, puedan perder tal condición y se haga posible  su imputación eventualmente como coautores o  cómplices por los roles que jugaran en apoyo a las profusas operaciones financieras de más de treinta sociedades  comerciales propiedad de su padre.

Es más, ya se están esgrimiendo en las protestas, que podrían llegar a ser multitudinarias, quejas de la mutilación de la acusación en ese aspecto tan sensitivo.  Se oye decir  en la marejada de rumores y comentarios levantados que existen vídeos, muy protegidos en el exterior,  similares o muy parecidos a los tristemente famosos  Vladivideos del Perú que determinaran tantos acontecimientos terribles en aquella nación hermana.

La amarga  convicción  que se asoma es la de entender que todo el entramado de los poderes públicos nuestros está  a merced de un banquillo de imputados, en manos de quienes tienen la  capacidad de reventar  la ilegitimidad  que se pudo originar para atentar contra la Constitución de la República, crimen éste que haría a Odebrecht autora de un macro-crimen, que la haría deudora de Estado nuestro de decenas de miles de millones de dólares, mucho más de lo que tuviera que pagarle a Suiza por haber dañado la reputación de su banca.

Si por daños a la banca Suiza se pagaron dos mil millones, nuestro estado de derecho costaría diez veces más, sin que le pudiere salvar el criterio de oportunidad que se utilizara en ocasión de los sobornos, de los cuales la empresa brasileña propiamente paraestatal se sirviera para asegurarse una impunidad tabernaria.

Si muchos legisladores dominicanos pudieron ser alcanzados en una venta de sus votos para violar la Constitución y hacer posible la reelección, ésto por obra de una empresa extranjera, se estaría en presencia de un golpe de estado constitucional inaudito que podrá ser asombro del mundo.

Esa podría ser una mera especulación, se me diría; pero,  teniendo un horizonte tan vasto acerca de cuanto viene aconteciendo con el  megacaso Odebrecht, no es descartable  que éste obre entre nosotros en los peores términos, precisamente  por lo declarado por su más alto nivel de mando, en el sentido de que todas sus “operaciones estructuradas” se habían concentrado en nuestro país por ofrecer mayores seguridades y garantías para las mismas.

Ahora bien, si se piensa que, en realidad, están concurriendo en el tiempo y el espacio los tres fenómenos mencionados, se hace necesario esbozar siquiera ligeramente como podrían aportar daños, aún peores, las otras dos vertientes del conflicto de nuestra supervivencia en precario.

Lo de China, creo que hay consenso en cuanto a su inoportunidad, por lo mucho que significa la inconmensurable guerra de comercio emprendida entre dos potencias económicas mundiales, que para colmo  nos tendrán en el Consejo de Seguridad de ONU, en necesidad de hacer contínuas definiciones en los  trastornos descomunales que allí se ventilan, donde el vertiginoso juego entre el veto y el voto nos  habrá de exponer a dificultades mayores.

Nosotros, sin unidad interna, víctima de una horrible campaña de descrédito mundial como cuestión previa a un Estado Binacional de caótico pronóstico.  Preciso es retenerlo y reiterarlo.

Y es entonces, ahí,  donde emerge esa otra trágica implicación de llegar a considerarnos un enorme almacén de drogas de cerca de un 15% de toda la del mundo, no ya el antiguo corredor de tránsito y transbordo; ahora,  vinculado a Venezuela, uno de cuyos gobernantes decisivos ya tiene proceso crucial abierto en el Norte, bajo acusaciones severas de  participación en la comercialización de la droga en el Caribe, al cual se describe como una nueva estructura de tráfico de cocaína, según denuncia  preparatoria  de alcances planetarios.

En fin, todo ello da ganas de llorar, si pudiéramos hacerlo, en los momentos más críticos de nuestra historia, donde el reclamo de sacrificios a los hijos de esta amada tierra, no se hará esperar, aún bajo fuego amigo como están, víctimas de una cohesión saboteada y rota por las intrigas de las bajezas de los torpes desencuentros de quienes debieron brindar su cerrada defensa, necesariamente a ultranza, como todas las de su género.

¿Se podría llorar ante la presencia de Dios, toda esta debacle?  Elija usted su camino hacia el desconsuelo, o rebélese para luchar por impedir tanta injusticia, para con un pueblo tan sufrido y noble.

Ambiente Nacional Enrarecido y II

Tal como prometí en la entrega anterior, prosigo tratando el tema del enrarecimiento del ambiente nacional; quizás parezca necia mi insistencia pero ocurre que en mi prolongada dedicación a advertir al pueblo nuestro en sus riesgos y peligros, he comprobado que se hace necesario persistir en las explicaciones para vencer ese nocivo letargo en que viniera cayendo en los últimos tiempos.

Las maquinaciones de la traición lograron alojarse en el seno mismo del descuido de un partido que al asumir el poder se fue separando de sus esencias teleológicas de liberación, al grado de suscitarse una decepción en sus filas mismas que parecen añorar con cierto dejo de nostalgia la grandeza del líder fundador desaparecido en sus premoniciones luminosas acerca de la liberación nacional.

Los descalabros sufridos en áreas tan sensibles como la soberanía y la integridad territorial han llevado a temer que el desencanto y la frustración de sectores muy valiosos y sensitivos del pueblo terminen por darle carta de ciudadanía a la insultante mofa de que el partido se ha convertido en el Partido de la Liquidación Nacional, no de la Liberación.

Ha sido en los momentos actuales cuando se han agudizado más los traumas de esa ya larga experiencia de ejercicio del poder y se advierte, aunque en forma todavía soterrada, cómo muy valiosos cuadros profundos de esa organización se tornan recalcitrantes a aceptar que los cuerpos extraños traídos, en ocasión del crecimiento partidario y del disfrute del poder, sean de un material humano tan taimado, capaz de urdir o participar en planes contrarios a la suerte nacional.

Ahora bien, tal como prometí, reasumo el tema del enrarecimiento del ambiente nacional y pienso que puedo ofrecer un testimonio de excepción en relación a las duras imputaciones del Informe del Insight Crime, que se refiere a la aparición de una superestructura de tráfico en el Caribe que tiene como ejes fundamentales a Colombia, Venezuela y República Dominicana, sirviéndole el Mar Caribe de escenario.

He vivido bien de cerca la tragedia del fenómeno de la droga abatiéndose contra la salud, la seguridad y la convivencia pacífica y ordenada del mundo, especialmente porque serví funciones de alto nivel en las políticas públicas nuestras, presidiendo el Consejo Nacional de Drogas, como desde la asesoría de políticas antidrogas de dos Presidentes.

Eso me permitió participar en múltiples experiencias regionales, como mundiales, según expresé en la entrega precedente, llegando a conocer y tratar a gente experta y representativa de alto nivel con muchos de los cuales compartí inquietudes y experiencias comunes.

Desde luego, durante ese tiempo me mantuve muy atento a las circunstancias nacionales desprendidas desde el incesante ataque del Crimen Organizado y pronuncié decenas de charlas y conferencias, así como he sabido utilizar la tribuna de mi programa La Respuesta, de 30 años de edad, para darle tratamiento privilegiado con intensa frecuencia al importante tema de la droga en todas sus abismales vertientes.

Puedo ser testigo de excepción, pues, para analizar, evaluar y acreditar o no, el contenido del Informe en cuestión y decir que el mismo plantea, casi como tesis, el hecho de que ha sobrevenido un fenómeno criminal potentísimo que en su apreciación ingenua, para ser benigno, evolucionó de manos de la importancia de nuestra economía, con nuestros grandes puertos y aeropuertos, nuestra industria turística y su enorme flujo, naturalmente contando con la ubicación geográfica central en el Caribe que ya permite una posibilidad de gran plataforma de distribución de escala mundial, incluso, mediante acuerdos y tratos directos de dominicanos con las mayores mafias del mundo.

A ello se agrega un ingrediente muy filoso cuando habla de la existencia de una protección de la autoridad, tanto la de la propia interdicción, como del ámbito político.

Así quedamos insertos en un rango criminal de grandes alcances, que viene a sumarse a todo el proceso de descrédito contra nuestro pueblo, surgido en ocasión a los ataques a nuestra soberanía e integridad territorial, tan gravemente violadas de forma masiva.

Confluyen, pues, esas dos calamidades y, por consiguiente, aumentan nuestras desgraciadas encrucijadas de poder desaparecer y ser reabsorbidos en una versión experimental, más sensitiva que la muy remota de los Tamiles en Sri-Lanka.

Se diría que, si somos xenófobos, persecutorios y despiadados con el pueblo “emigrante, inocente y pobre”; si, además, somos un insolente asiento del crimen mundial, es lógico esperar que la Geopolítica se sienta animada a llevar a cabo el experimento, a lo Mengele, de la balcanización de la isla toda, confiada en que, en todo caso, si no es posible consumarla, se podría intervenir con fuerzas militares multilaterales a imagen y semejanza del ensayo de quince años practicado en el territorio vecino bajo el palio sacrosanto de la ONU.

Tales desenlaces no son imaginarios ni ficticios, son fatalidades seguras que se cruzan en nuestro camino de casi dos siglos de independencia.

Cabe ahora comenzar a hacer enmiendas a las sesgadas formas de apreciar las cosas del Informe de imputación agravante.  Lo primero es decir que eso que se plantea como un espectacular hallazgo no tiene nada de nuevo; se lo estuve anticipando en foros y conferencias a los centros de poder de Norteamérica y Europa, y, tal como señalé en la precedente entrega, hubo dos pruebas clave al respecto:  Una, en el Departamento de Estado de fecha 27 de mayo de 2010, en una reunión de las pequeñas naciones del Caribe, y, la otra prueba en Bruselas en fecha 4-5 de julio de 2012; sosteniendo en ambas como tesis muy válida que la Iniciativa Mérida, como el Plan Colombia, llevaron a sus auspiciadores a olvidarse de la habilidad del tráfico internacional de drogas que se derramaría en el Caribe central.

Esos ejes de mi queja ya los había visto consagrarse como algo muy preocupante cuando asistiera en el año 1998 a una reunión en Guadalupe, acompañando al Presidente Leonel Fernández y en presencia del entonces Presidente de Francia, Jacques Chirac, pude oir a la delegación de Martinica abominar con violencia de la condición de Narcoestado de Haití señalándolo como vergüenza del Caribe y gran percance del mundo.  Las imputaciones de inconcebible dureza se le hicieron al Presidente haitiano René Preval, allí presente, sin que éste pudiera dar una mínima respuesta a los degradantes cargos.

Pues bien, ocurre ahora que en el Informe señalado se apaga la importancia de Haití en ese campo porque se hacía necesario multiplicar el papel de la República Dominicana como depositaria del grueso del tráfico de drogas regional, cosa ésta que yo anticipé hasta enronquecer como tormenta a la vista.

Yendo más lejos, he sostenido que ha existido un Pacto Implícito entre la Geopolítica (UE, Cánada y los Estados Unidos de Obama), parte del alto empresariado dominicano y el narco-empresariado haitiano, de carácter tripartito y connivente, dado que tiene en el trasfondo la trama al Crimen Organizado para el cual la fusión en un Estado Binacional en la Isla de Santo Domingo de dos naciones tan disímiles sería un éxito, tal como ocurriera con el tráfico similar de Kosovo, cuando su legendario Frente de Liberación Nacional terminara por ser una estructura altamente organizada y eficaz para la entrada de toda la droga por Los Balcanes hacia el mercado de Europa, bajo el dominio de la importante mafia Albano-Kosovar.

Ojalá que el diseño del Muro Trump contenga alguna previsión respecto al aumento del tráfico y sus monstruosas implicaciones en el Caribe, como consecuencia del cierre rotundo del ingreso por su larga frontera.  Algo que evite hundir, aún más, al Caribe en la reputación repugnante de ser “paraíso del tráfico de drogas”.

Ahora nos llega, por otra parte, para complicar más el enrarecido ambiente nacional, el triunfo diplomático, que así se le reputa, de ingresar por dos años a la condición de Miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Una exposición arriesgada, imprudente, de emboscada, pues en ese Consejo de Seguridad es donde con mayor frecuencia e intensidad aparecen las confrontaciones de los conflictos mundiales debatidos por las grandes potencias.  Ésto equivale a decir que vamos a estar permanentemente expuestos a fijar posiciones, y ya vimos cuánto trabajo nos dio asumirla una posición en OEA frente al drama de Venezuela. Decisión que fuera correcta,  en el sentido de que reducía los riesgos institucionales a que nos exponía la abstención o el apoyo al Presidente Maduro en esta experiencia de censura continental, tan enigmática y peligrosa que bien podría resultar un umbral de una dolorosa e incalculable tragedia de confrontación sangrienta en esa nación tan querida que es Venezuela.

En suma, creo que mis advertencias todavía están confrontando el velado rechazo del recelo, aunque parecería que lo más obvio es entender que es bien fácil mirar lo que viene; es como decir “si viene, lo puedo mirar porque viene y se acerca; si pasa desapercibido, nada más elemental es que se aleje y deje de verlo”, pero con consecuencias tan desastrosas como inmerecidas.

Y eso que generalmente resulta simple, en lo personal, no es así cuando se trata de hechos sociales y políticos de efectos colectivos; es decir, convencer a una sociedad de que le viene algo que debe mirar y prevenirse, que es una tarea muy ardua y de escasas posibilidades de ser comprendida. Para los pueblos mirar lo que viene es poco menos que imposible, a veces, porque son como niños y no bastan las buenas intenciones ni la clarividencia de las advertencias; los pueblos tienen una especie de ingenuidad que les priva de saber a tiempo de qué se trata.

Desde luego, preciso es retenerlo, también cuentan los pueblos con un misterioso morral de instintos que los protegen y les permiten reaccionar, aunque sea dentro de una trágica demora, lo que hace más temibles e imprevisibles sus respuestas.

En el nuestro hay un retardo innegable en la toma de conciencia y es ahí cuando sobrevienen las amargas decepciones de creer “que se ha predicado en el desierto”, “que se ha  arado en el mar”, tal como lo han afirmado muchos de los grandes de la historia al sentir la decepción de haber  luchado por advertir, sin ser oídos.

Claro está, surgen otras expresiones que preludian optimismo y que ahora están muy en boga “se puede, se puede”, “alguien lo dijo”.  Ésto  puede darse aún cuando sea un poco tarde para reaccionar sin mayores sacrificios.

Las circunstancias nacionales, pues, no sólo se han enrarecido, sino que ya lucen presagiosas de percances verdaderamente inusitados.  Lo más penoso y desconcertante es la miopía que aqueja a tantos sectores tenidos por largo tiempo como vitales para la protección y defensa de la República en múltiples niveles y facetas; se han entorpecido de tal modo que sus silencios e inepcias se han convertido en acciones típicas de complicidad por omisión deliberada de resistencia a las malignas maquinaciones que han venido arruinando nuestra existencia de Estado libre e independiente.

La clase política, los intelectuales, los amos de la economía, los propios trabajadores nacionales, las iglesias, los depositarios de las armas de la República, las juventudes, en fin, la nación toda ha llegado a parecer paralizada, inerme, ante todos los riesgos y peligros impuestos a nuestro Estado, tan averiado de mil modos por el conjuro de presiones y compulsiones externas, de brazos con una “facción traidora” peor que la señalada en los orígenes de nuestra independencia por el impoluto Padre Fundador de nuestra amada República Dominicana: Juan Pablo Duarte y Diez.

Ambiente Nacional Enrarecido I

La situación nacional se ha enrarecido en una forma muy preocupante.  Se ha presentado una deriva sensibilísima hacia rumbos y ámbitos complejos como los que puede generar el trato pleno y formal con la China Popular, dejando un Taiwán desagradado que  también afronta preocupaciones y trastornos relacionados con su eventual “aislamiento” internacional como Estado.

A ello se agrega, entre nosotros, la aparición de un Informe de inteligencia transnacional relativo al tráfico de drogas, de gran calado y permanente, que tiene como escenario el Mar Caribe, al tiempo que se hace un señalamiento peligroso de interrelaciones entre República Dominicana y Venezuela como ejes fundamentales de tal fenómeno.  Este sesgo escabroso de la Geopolítica Criminal le ha generado a un estado de cosas, que venía de por sí turbado, horizontes borrascosos de imprevisibles consecuencias.

En este último orden de ideas, se trata de un informe aparecido en redes y en la prensa de Europa en el cual una entidad denominada  Insight Crime hace una especie de ejercicio de tesis cuyos propósitos más netos aparecen revelados en los últimos tres párrafos, los cuales se encargan de configurar lo que se persigue con ese análisis descriptivo  del fenómeno criminal que se expone, casi con cierto asombro de hallazgo.

Se afirma en dicho informe, de forma terminante, que la República Dominicana dejó de ser un sitio “de tránsito” y “de transbordo” de drogas, porque ésta se interna en su territorio y ya hay grupos formales de operadores directos de dominicanos que negocian con otras mafias importantes del mundo su venta.  Se aduce que la droga viene de Venezuela, pero que se origina en Colombia y pasa por el Apure  y la Guajira para ser embarcada en  lanchas rápidas que se encargan de transportarla con disimulación hazañosa, pero que una vez almacenada en el país, al parecer contando con apoyo de autoridades, incluyendo el posible nivel político, pasa a ser una actividad de gran envergadura del tráfico mundial de drogas.  Se hace entonces la advertencia, en el referido Informe, de que las fuentes que le alimentaron se negaron a identificar esta última parte del apoyo posible.

Ésto es muy preocupante, sobre todo, cuando en el informe se aduce que la interdicción internacional de drogas tiene cinco expedientes gruesos abiertos.  Decididamente hay que admitir que esta fase de la revelación lo que insinúa es que se podría montar un asedio al poder político nuestro que podría llegar a afectar la propia estabilidad de nuestras  instituciones.

Esto sería catastrófico en unos momentos tan especiales como los derivados de la cuestión del flamante trato con China, sobre todo, si a ello se le agrega un enigmático y prolongado interrogatorio llevado a cabo por oficiales extranjeros en la Fiscalía del Distrito Nacional nuestro, porque el mismo pudiera ser preludio de una “Delación Premiada” que serviría para la acusación de un político venezolano que acaban de investir como Vicepresidente de aquel país, a quien según parece se le ha abierto proceso criminal junto con amigos, familiares y relacionados en Estados Unidos de Norteamérica.

Si la autoridad norteamericana logra elementos probatorios de calidad, es más que seguro que el proceso así abierto se alimentaría con ingredientes de corresponsables dominicanos, cuya identificación a lo mejor ya tienen, a pesar de la renuencia de las fuentes que nutrieron al informe en cuestión.

Si se toma en cuenta la nueva índole de la autoridad norteamericana actual y su posible inconformidad con la cuestión China,  no es descartable que podríamos pasar a ser noticia desagradable en el mundo.

Así las cosas, la cuestión del enrarecimiento de nuestro presente me ha llevado a la necesidad de revisar cuidadosamente todo el material acumulado, tanto en La Respuesta como en la Pregunta, en lo relativo especialmente a mis sanas y acuciantes advertencias al propio Presidente de la República y a toda la clase política respecto a la necesidad de dotar a la República de una defensa cerrada y eficaz frente a tantos peligros y daños propuestos.

Ocurre que es ahora cuando se va viendo mejor el cuadro de riesgos nacionales y por ello enfatizo la imperiosa necesidad de la unidad nacional, pues la “traición” entre nosotros está muy atenta a nuestra destrucción como Estado y no descarto que de algún modo, si no aconsejó, pudo aprobar el error del nuevo trato con la China Continental en lo que parece propiamente nuestro ingreso al alero tutelar de las Brics, ya no por la vía brasileña, sino por la propia China.  No había una oportunidad mejor que ésta para el desacierto.

Ésto último es alarmante porque es lo que el Occidente está resintiendo, según los dictados de sus intereses comerciales; el error de tomar la iniciativa en estos momentos y casi como exabrupto frente a un aliado de setenta años que pudo merecer un trato más considerado y respetuoso se torna singularmente como perturbador porque, tal como refiero anteriormente, también Taiwán está temiendo el aislamiento internacional que lo pueda llevar a la condición de ser una mera Provincia y el centro de gravedad de esa situación conflictiva está en Norteamérica, más que en el Estrecho de Taiwán, quizás por éste.

En fin, para nosotros la problemática actual ha resultado muy enredada y parece que hemos perdido una coyuntura de oro para hacer valer nuestras razones y agravios frente a la administración Trump, que tendría posiciones muy favorables para nuestro drama y para la revocación de tantas iniquidades internacionales cometidas.  Parece que preferimos irnos por la tercera “ruta de la seda” y ahora nos pueden acabar de destruir bajo la reputación de ser puerto libre para el tráfico infame; un real paraíso para el Crimen Organizado mundial.

Volviendo al reportaje de Inteligencia referido, acerca del tráfico de la droga en el Caribe, se debe decir que, en todo caso, se trata de la revelación más severa que se ha hecho en la descripción concreta del papel  desempeñado  por la República Dominicana en la creación de una superestructura, que ya no es una simple y tradicional “ruta de tráfico”; algo que va más allá y se convierte en un escenario geopolítico multivalente, situado en una región geográfica especialmente dotada para servir de centro estratégico  de redistribución de operaciones criminales múltiples, incluso, constitutivo de contexto propicio para las expresiones mayores  del terrorismo que viene siendo el eje de los peores conflictos de la humanidad de hoy.

Al triangulizar el modus operandi entre Colombia, Venezuela, República Dominicana y acentuar  la existencia de estructuras operativas permanentes, muy bien articuladas, para lo cual  ha sido clave nuestra economía, destacándose los puertos y aeropuertos, se está poniendo  de lado la condición de Narcoestado de Haití, que mereció una mención ligera, muy mínima y fugaz en el Informe, al tiempo que se produce una inflexión inusitada  de la importancia de nuestro Estado, se hace muy obvia la preocupación creciente del centro de poder mundial que tiene al Caribe como vientre crucial.

A todo ello se agrega la conflictividad de la política regional y el innegable drama de una Venezuela atrapada entre un asedio económico muy severo y una trágica estampida a  todos los niveles de su  población que sirve  de presagio  de que lo peor está por llegar; no otra cosa plantea el reportaje al enfatizar los nexos de venezolanos  y dominicanos en niveles muy delicados, participando en el fenomenal y peligroso tráfico de drogas denunciado cuyo modus operandi describe con crudeza.

En suma, lo que quiero poner de relieve, ahora, es lo que he venido vaticinando con absoluta precisión desde hace mucho tiempo. En dos de mis actuaciones, una en Washington en el Departamento de Estado y otra en Bruselas, de fechas 27 de mayo de 2010 y 4-5 de junio de 2012, en las cuales pronunciara un discurso y una conferencia respectivamente, en mi condición de Asesor de Políticas Antidrogas de dos Presidentes de la República, expuse el grueso de las circunstancias reveladas en el Informe de Inteligencia reciente con la misma intensidad de su alarma.

Claro está, admito que no me pude imaginar entonces el contexto mundial que sobrevendría: Trump, Maduro sin Chávez, Siria, Irán, Corea, Jerusalén como iniciativa de respaldo y Golán como horizonte de guerra peligrosa, Ucrania y Crimea.  Asimismo, no era posible imaginarse la aparición de lideratos tales como Xi Jinping y Vladimir Putin en capacidad de incidir en forma decisiva para el control del mundo y de sus “espacios vitales”.

Por todo ello es que se puede afirmar que el tiempo nuestro como Estado-Nación está muy enrarecido.  No medir la magnitud de ello y creer que lo que ocurre está bajo control porque “nada nuevo hay bajo el sol” es puro error y cuanto más se ignore esa mutación dialéctica menos se entenderá el papel del Crimen Organizado, abriéndose espacios con sus capitales y sus miedos.

De mantenerse este limbo-jungla nuestro sin definiciones apropiadas, peores serán las consecuencias, de todo orden, que vendrán.

Cabe preguntarse entonces: ¿Qué hacer? En la próxima  entrega de La Pregunta seguiré tratando el explosivo tema con mucha fe en que pueda ayudar a despertar las indiferencias letales que nos abaten.

La cuestión de saber de los errores

No es fácil comprender lo que ocurre con los pueblos y sus equivocaciones, comenzando por la falsa  creencia que se asume de que lo colectivo hace el acierto.  “Tanta  gente no puede estar equivocada”, se dice para  confiar y aprobar  un sentimiento público bien generalizado.  En bien o en mal, fuere cual fuere su contenido, a veces acreditado como rumor que, “si es público y extenso parece verdad”.

“Vox populi vox  Dei” se ha expresado siempre como verdad genuina,  porque es oriunda de las entrañas anónimas del pueblo y la historia ha fracasado en hacer la prueba de que no es tanto así, como se piensa, y, muy por el contrario, sus muestras indican que mientras más masivos sean  los frenéticos convencimientos colectivos, mayor resulta la presencia temible del error agazapado que puede alcanzar niveles de delirio.

Si se quiere  una muestra remota de ello basta evocar  a Pilatos inquiriendo a la multitud acerca de su preferencia  para el perdón y cuál era su convicción para el sacrificio.  Junto a aquella injusticia aterradora se ha sabido siempre del clamor de muchedumbres como caldo de cultivo de los peores desastres padecidos contra la humanidad de manos del engaño para la opresión y el dominio.

Los nazis  fueron los ases del control criminal  al grado de llevar a un pueblo muy brillante al ímpetu de los exterminios siguiendo ciegamente  a la expresión criminosa del espanto que fuera Hitler.  La muerte de sesenta millones  de seres humanos  no fue suficiente como ejemplo para barrer con la maldad sobre la tierra, quizás porque  también estuvo la maldad en términos de barbarie en el campo mismo de vencedores de la guerra horrenda.  Y ha continuado la tragedia en otros muchos escenarios, ya con nuevos y distintos actores.

Ahora, en este tiempo  histórico, se nota más que nunca que los mayores equívocos se deslizan vertiginosamente con gran éxito en su invisibilidad porque  así se lo permiten las tecnologías de punta, contando con astutas “compañeras sentimentales” como las encuestas y la post verdad.  Ésta última de brazos con el marketing cobrando un gran espacio con sus mórbidas elaboraciones, muy prestas a no dejar establecer verdades perdurables.

Sé  bien que me expongo al desdén de los “progress” cuando  acudo con insistencia a la cita de Bergson en aquello de decir y creer que:  “Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento continuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

Lo hago porque estoy convencido cada vez más de esa densa verdad, que ya venía de Grecia, en vuelo de siglos, sembrando de pruebas el escenario mundial de que el error, tanto de los pueblos en sus clamores, como de los que les gobiernan en sus decisiones, no tiene un fundamento más frecuente que ese de no comprender que lo que ayer fuera de un modo ha dejado de serlo al momento crítico de asumir posiciones y tomar decisiones.

Todo ello es un pan nuestro de cada día.  Verdad y post verdad aparecen hoy como la más compleja y decisiva contienda y no se han hecho esperar las bregas y preocupaciones por los procesos de desinformación, el cuido de la libertad de expresión y el temor por la implantación de controles coercitivos que prohibieran esa vastísima extensión que se le ofrece al pueblo para que logre hacerse reportero, columnista, editorialista y dueño del relato social integral y pleno.  Una auténtica tormenta planetaria es lo que está apasionando al presente en términos de vehemencia demencial.

Ahora bien, cuando el fenómeno se dá a escala mundial resulta más delicado en su importancia, precisamente por sus enormes alcances y sus proporciones globales.  Por ejemplo, cabe preguntarse: ¿Qué está ocurriendo en Estados Unidos?  Lo nunca visto ni esperado: un hombre vs todo lo tenido como poder eterno.

Se sostiene esto en forma abrumadora, pero, se hace necesario averiguar si sólo se trata de un hombre o son sentimientos acumulados en una población numerosísima que lució mucho tiempo  desentendida de su suerte, dejándola en manos de grupos de intereses diversísimos, no coincidentes enteramente con su visión del “excepcionalismo”grandioso de otros tiempos.

Se le llegó a ver más bien en plena decadencia, como si buscara ocasos de todo género en vida, economía, creencias y costumbres, propiamente barrida por el vendaval de la globalización.

Lo cierto es que no se quiso admitir esa modalidad de acaso y se ha preferido el desprecio hiriente a la supuesta ignorancia del hombre que, pese a los tremendos acontecimientos desencadenados y a los vaticinios de desastre, cada vez aparece con mayor apoyo público en medio de una economía que parece levantarse de una prolongada catalepsia.

Será el tiempo en todo caso, una vez más, el encargado de rendir la “ardua sentencia”, en cuanto a saber por dónde anda el error: si en el pueblo que lo eligió o en los agresivos “resistentes” de los intereses que no se resignan al inquietante nuevo estado de cosas.

He ahí el meollo de las tramas diversas y recíprocas que se vienen esgrimiendo, dando paso a incertidumbres escabrosas, sin que aparezcan claramente sus desenlaces.  Y ésto al mundo lo estremece.

Veamos, por otra parte, nuestro caso.  Como nación y como Estado,  hemos venido siendo vilmente zarandeados, llegando a parecer  obligados a aceptar como inevitable y correcto  lo que venían  propulsando los predecesores del fenómeno Trump, el tsunami político del momento.

Al menos tal es la pretensión de  los “progress” y “avanzados” del humanitarismo supremacista que no nos admiten la esperanza de que sea precisamente lo que ellos combaten como atraso traumático de la historia lo que resulta más válido y conveniente para ayudarnos a rectificar, revocar y reajustar los tantos agravios y daños sufridos en nuestra independencia, mediante reducción artera de nuestra soberanía  y ocupación  descarnada de nuestro territorio.

Así las cosas, hoy nos toca decir que quienes  han salido a defender entre nosotros esos valores, han debido hacerlo en el tiempo precedente para combatir los aprestos hacia el Estado Binacional, que ya ha llegado a asumir rasgos de peligro inminente; no se hizo y se creyó especialmente en que era un expediente a cumplir, nuestra liquidación como Estado; sobre todo se confió mucho en los resultados electorales de aquella gigantesca nación, cuando se pensó en que no podía ser esta versión que consideran ha puesto al mundo en ascuas peligrosas.

Hoy, sin embargo, viendo lo de Irán, sabiendo lo de Siria, observando el paso a Jerusalén como gesto disuasorio de toda aventura en Golán y siguiendo las vicisitudes de las Coreas, es cuando más deberíamos comprender que los pueblos todos tienen intereses que han de ser defendidos como sagrados y nosotros no estamos excluidos de los deberes de esa hidalguía.

Por ello no podemos ignorar los cambios profundos que acontecen al tomar nuestras decisiones y asumir nuestras posiciones conforme lo indiquen nuestros más convenientes intereses.

Pues bien, en medio de ese pedregal donde vagamos descalzos, ocurre algo sorprendente y se nos traza una dimensión asiática fascinante: ser parte del proyecto de “la tercera ruta de la seda” de la china inmemorial.

Debo decirlo, China Continental es una realidad innegable como potencia; el comercio ensayado con ella durante cierto tiempo era provechoso para ambos, pero abandonar a Taiwán también resultaba delicado, porque esto forma parte de conflictos mayores intervenidos entre  superpotencias, enredadas en la más peligrosa versión de la guerra, que es la del comercio, que tantas veces ha servido de umbral a las otras guerras de exterminio.

Lo prudente hubiese sido aguardar; incluso, hasta trabajar con el favor que nos daba el hecho de ser uno de los últimos Estados que le quedaban a ese brillante, aunque pequeño, Estado, para involucrarlo en apoyo verdaderamente importante a nuestra necesidades de infraestructuras  fundamentales  para un futuro de seguro progreso.

No se hizo así y creo que fue un error que necesariamente va a activar preocupaciones en el centro de poder mundial, que por mil razones  no debemos marginar, sin prever su enojo por las repercusiones posibles contra intereses estratégicos  sensibilísimos, que tienen como escenarios lugares que fueran remotos en otros tiempos, pero que hoy resultan, más que cercanos, familiares.

Sabremos, pues, de ocasiones aciagas de contrariedades y trastornos que no han debido suscitarse.  Es muy difícil saber por dónde están los lados de la historia, especialmente después de la desastrosa apreciación de que habría llegado su final.  El debate profundo está domiciliado en saber cuál habrá de ser la suerte de la globalización que se proclamará como el principio subsecuente de una nueva historia.

Basta aludir al estrecho de Taiwán, el mar del sur de China, Japón, Corea del Sur, para comprender qué estamos exponiéndonos, sin necesidad, a contingencias complejas, cuando en realidad nuestras urgencias están aquí, aguardando evitar un caos generalizado que podría llevarnos a la condición de “puerto libre abierto al crimen del mundo”, situados como estamos en el centro mismo del Caribe, “en el mismo trayecto del sol”, como dijera nuestro poeta nacional, sin presentir siquiera que el propio sol no podría abatir las sombras del desorden de Geopolítica urdido, no sólo por los predecesores  de Trump, sino  como obra conjunta de algo que he llegado a llamar la “Comunidad Infiernacional”.

Caben todas las preguntas, pues, acerca del papel de los enigmáticos errores que nos conciernen.  Volvamos a depender del tiempo, que puede ser hasta breve, para saber por dónde anda ese contumaz impenitente que es el error.