Relato de un Homenaje

“Ahora tu recuerdo  es la luz”, así reza tu epitafio, madre; lo imaginé al verte amortajada en tu bata simple de algodón.  La sencillez dolorosa de aquel momento la sentí como un ventanal por donde entraba toda la inmensa  luz  de tu vida.  Y entonces, lejos de llorar me creí iluminado, confiado en que la muerte no podría separarnos.

Brotó en mi pecho aquel epitafio y tú has sido la luz en el recuerdo.  No ha habido un solo día sin ti madre querida; te lo aseguro.  Y hoy quiero decirte lo que me propuse: al rendirte un homenaje distinto al de mi memoria de cada día; algo que permanezca más allá de mi nostalgia inseparable.

He levantado  un parque  natural, muy modesto, junto al pequeño río, debajo de los samanes gigantescos, por donde pasaste  un día  atormentada entre rezos.  A ti, madre, he dedicado ese sentido homenaje.

Te oí muchas veces contarlo; se me fue anidando en el espíritu para el relato que hoy hago, cuando recibes junto a todas las Madres de nuestra tierra el más merecido culto de devoción del mundo, el de las Madres, vivas o muertas, no importa ello, porque corresponde al más hondo misterio del amor. Déjame contarlo madre, a mi manera:

Era una tormenta y sus truenos enormes retumbaban sobre las amapolas del cacaotal.  La joven viuda no se desprendía de la cuna donde el niño roncaba la fiebre que lo devoraba.  Lejos del pueblo, ella que se atemorizaba tanto con el viento y la lluvia desde niña, ya era madre y tenía que decidir entre sus temores y sus deberes: o se quedaba guarecida en la casa segura del padre y rezaba, o se lanzaba al vientre de la tormenta que tanto hacia crujir los árboles bajo sus azotes.

Tal fue su dilema, rezar y esperar, o rogar durante todo el camino por el hijo tierno que se perdía.  Por encima  de la tormenta y sus miedos de siempre, su amor de madre prevaleció.  El mundo conoce lo que es la madre cuando la muerte se arrima a la cuna.  Así se emprendió  la miedosa aventura que luego recordara  largamente, siempre con sus angustias frescas.

En realidad nadie apoyaba su decisión en la casa; su padre como sus hermanos no regresaban del pueblo.  Sólo quedaba como hombre un viejo peón que al verle tan atormentada le dijo en voz queda: “Doña Narcisa, la mula baya puede conmigo y el niño, yo la acompaño”.  Era el perpetuo Cirineo que sabe unirse al sufrimiento y lo aligera.

Fue entonces cuando dio la joven viuda los primeros pasos entre lodos y oraciones.  Ella, con su cabeza  cubierta por un lienzo de listado y Justo, que así se llamaba el Cirineo, que no dejó de aconsejarla desde el aparejo que no abriera la sombrilla por los lóbregos rayos.

El camino fue trabajoso y triste por su fango, sus montones de hojas muertas, tantas tórtolas mudas, todo como si estuviera envuelta la madre en un halo de muerte; sólo su fe se hizo trino.

Llegaron, al fin, al camino carretero con la buena suerte de que pasaba un solitario camioncito de aquel año ’32 conducido por un pariente muy cercano del niño enfermo que se detuvo y para el asombro de la joven madre con los brazos abiertos le dijo: “Narcisa, ¿qué está pasando? ¿Qué haces aquí?  Y ella respondió: “El niño que se me muere”.  Ya estaba persuadida de que ese encuentro era parte del milagro, otra versión de Cirineo.

Conservó esa experiencia como su silenciosa y muy íntima hazaña; y no dejaba de ponderar al médico santo que se hizo cargo del rescate del niño en agonía; no cesaba de repetir: “Se juntaron la ciencia y la fe para conservarte”.

Así conservó la experiencia siempre como su silenciosa y muy íntima hazaña y nunca dejó de advertirme, ya hecho hombre: “Preocúpate por saber de Justo y de su familia; él te cargó con tanto amor y me animaba cuando me vio llorar en el momento en que tú volteabas los ojos dos veces”.

En fin, el tiempo quedó en sus manos y hoy, muchas décadas después de la madre muerta, siento que camino sin descanso por su lomo cuantas veces pasaba por el cacaotal y me encontraba con los mismos árboles, ya más que centenarios, los que la vieron pasar y la oyeron rogar a orillas del inocente río; todo en medio del drama de la fiebre implacable que abatía el fruto de sus entrañas.

He pensado tanto en Justo y la mulita baya, y desde mi conciencia me llegaban reclamos y mandatos de gratitud.

En cuanto a ella, me preguntaba: “Ese episodio, ¿lo dejo pasar a lo íntimo y familiar donde puede olvidarse?; ¿lo sitúo entre los tantos momentos de generosidad y solidaridad de la familia de asombrosa unidad?”

Pero me urgían otros elementos del agradecimiento que no podía desechar y recibía preguntas muy hondas: “¿Cuándo vas a honrar a aquella que te diera la vida dos veces? Hazlo, pero en el mismo escenario que le sirvió de viacrucis”.

Hubo de venir una tormenta, mucho tiempo después, que derribó dos de los grandes samanes cayendo sobre el lecho del río dormido; ésto para mí es otro mensaje y le di cumplimiento a ese deber tan hermoso que hoy cuento.

Me sobrevino la ansiedad de cómo hacerlo y pensé: Levantar una cruz en medio del cacaotal junto al río y la familia anciana  de samanes que conservan sus follajes inmensos para la más apacible sombra.

Un parque simple que lleve su nombre, el de la madre, y un puente hecho de la madera de uno de los árboles caídos.  Justo inolvidable sería su nombre.

La cruz será, como ha sido siempre, el centro de cuanto ella nos enseñara acerca del dolor y el perdón.

En lugar de poner a sus pies los sufrimientos de la Madre Eterna, dejarle una alfombra de hojas caídas, tan propicia para el reposo y los silencios.

No en vano pienso, madre, que al dictar tu epitafio cuando fuiste llamada a la casa del Señor y ví claramente la obligación de describirte: “Nos guiaste con tu impar ejemplo y ahora tu recuerdo es la luz. Aguárdanos en Cristo”.

En fin, el parque se llamará:  La Cruz del Rio – Parque doña Narcisa.  Será un sitio para la oración y la meditación de todos; para rogar por la paz del mundo y del pueblo nuestro, para que allá en su soledad mantenga el Señor un lugar donde fijar su mirada.

Creo que he cumplido, madre, y a nuestro Dios entrego este gesto modesto de obediencia en honor de tus sublimes enseñanzas y orientación.  El, que está en todos los lugares y es eterno, sabrá cómo me siento, madre querida.

Una extraña pero necesaria post-data: Cuando escribí ésto creí cumplida mi misión de gratitud, pero me asaltó la inquietud de no callar algo que aconteciera en ese parque Doña Narcisa.  Tomo prestado algo de la paciencia de mis lectores para hacerles otro corto relato coloquial como éste:

Madre, ¿recuerdas la paloma de caoba de “mi sala”?   Al levantar la cruz en tu parque, la pintamos de blanco y la pusimos sobre un tronco de asta junto a ella..  Pero sólo se asentó, sin asegurarla; se haría días después, cuando sus clavos vinieran del pueblo.

Ocurrió que vino un tornado y devastó los platanales, como también derribó algunos árboles mayores en el camino del parque, que se llama “El Sendero de la Cruz”.  Quien diseñó y desarrolló el parque, un sobrino muy querido, llegó a mi lado azorado y me dijo: “Usted sabe que siempre he sido de izquierda, no creyente, pero quiero que me comente algo de lo ocurrido con la paloma”; y agregó:  “Cuando fui a ver dónde habría ido a parar por el viento y alcancé a ver árboles derribados, grande fue mi sorpresa al encontrarla en su puesto”.  “Explíqueme algo de eso porque me ha puesto a pensar la paloma”.

“Sobrino”, le dije:  “Es difícil hacerlo, pero le voy a prestar un libro titulado “En qué creen los que no creen”.  Trata de una polémica entre un importante pensador italiano y un príncipe de la Iglesia, Cardenal; es fascinante leerlo, no sólo por su contenido grávido de sabiduría, sino porque obliga a repensar muchas cosas tenidas por sabidas. A usted le está ocurriendo eso; no sabe que de mi madre aprendí algo que me advirtiera para siempre cuando nos decía:  “Quien está junto a la cruz aguanta las tormentas”.

Madre, lo cuento sólo para hacerte dueña, aún más, de tus orientaciones que tanto me cobijaron en los vendavales; tal como imaginé el epitafio, tu recuerdo ha sido la luz y no  pude separar la supervivencia de la paloma de tu abnegación infinita y pensé que en ese lugar fue donde sentiste el milagro de que la fiebre que devoraba tu niño no te lo arrancara.  Hoy he creído necesario recordarlo.

 

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Anticipos de Mis Memorias en el Umbral

Que el libro está en desgracia se oye decir con ominosa frecuencia; que la prensa tradicional está siendo amenazada en su importancia por las vertiginosas redes y ya esto es objeto de discusiones formales en eventos de nivel  académico; que un presidente con el arma de un twitter de cincuenta  y tres millones de seguidores desafía y entabla pelea con la comunicación social llevándola a peligrosas percepciones de obsolescencia e inimportancia,  incapaz de resultar decisiva en la formación y control de la opinión pública.

Todo ello es pan nuestro de cada dia; verdad y post verdad aparecen hoy como la más compleja y crucial contienda y no se han hecho esperar las bregas y preocupaciones por los procesos de desinformación, fake news, la libertad de expresión y el temor por la implantación de controles coercitivos que pudieren privar a la población de la vastísima ventaja que se le ofrece para hacerse cada quien reportero, columnista, editorialista, en fin, dueño del relato social integral y pleno.

Una auténtica tormenta planetaria es lo que está apasionando al presente en términos de vehemencia demencial.  La razón parece más pateada que las pelotas del futbol.  Huele a Babel.

Pues bien, me ha ocurrido que a mis muchos años me he sentido atrapado con las manos llenas de vivencias por contar y los hijos apremiándome para que escriba mis memorias, incluso bajo  la severa advertencia de: “Si usted no da sus versiones serán otros los que las retorcerán  con pretensiones de hacer historia, cuando ya no pueda  refutarlas, ni enmendarlas”.

A tal asedio suelo responder que ya hemos digitalizado cerca de quinientas horas del programa  La Respuesta, que anda cerca de los treinta años; también que se han recopilado más de cuatrocientos artículos periodísticos, decenas de conferencias y ensayos y que el trabajo ahora será concentrarse en llevar todo a libro.  Éste, sometido como está a un creciente menosprecio.

El inconveniente fundamental es que me encuentro aún en medio de la tormenta y no me siento náufrago todavía y lucho sin cesar para que no lleguen a ser náufragos muchos  hermanos de mi pueblo; y en verdad, el tiempo no me alcanza para tanto.

En esas circunstancias es que me animan los hijos a hacerme cargo de relatar mis memorias y llegan a proponerme que las dicte y hable con mis nietos, que ya son parte del asedio.

Uno de ellos, el más joven, el de las inquietudes literarias más precoces, me hizo un razonamiento interesante al decirme:  “Abuelo, está bien que tu tengas artículos, conferencias y tantas horas de televisión, que te darán más de diez volúmenes de testimonios, pero eso va a parar a anaqueles y bibliotecas, y te digo que yo, que leo mucho porque mi  papá me llevó  a hacerlo, noto que los jóvenes cada vez más se inclinan por las redes ¿Por qué tu no  comienzas a darnos adelantos por las redes?”  Ahí tome la decisión de hacerlo en este blog La Pregunta.

En efecto, escogí para iniciar el método de hacer anticipos de mis memorias, una cuestión relativamente reciente que seguirá siendo de vivo interés para la República, la cual traté en una carta que le escribiera a un Embajador norteamericano, cuyo texto transcribo más adelante, a fin de persuadirlo de la conveniencia de darle curso de investigación a una importante ocurrencia delictiva en la cual aparecían comprometidas dos enormes empresas generadoras de electricidad, que cotizan en bolsa y sólo serían verdaderamente ajusticiables en las sólidas jurisdicciones de su país.

En realidad, ese requerimiento no estaba vertido en la carta misma pues ésta se contrajo a darle una especie de lección o reprimenda a su atrevida ligereza de calificar la corrupción como si fuera un vicio inherente del pueblo nuestro.

Donde aparece la cuestión relativa al expediente de Fonper, como querellante frente a las empresas generadoras de electricidad ,es en una querella formidable, la cual yo exhibí y comenté en mi programa La Respuesta, pidiéndole desde éste a ese señor Embajador que me recibiera para hacerle entrega de la misma a los fines de lugar.  No es ocioso retener que ostentaba entonces la calidad de Director de la Dirección General de Ética e Integridad Gubernamental (DIGEIG).   Veamos su texto:

“AÑO DE LA SUPERACIÓN DEL ANALFABETISMO”.

DIGEIG-2014-479

2 DE DICIEMBRE 2014

 Señor

James Brewster

Excelentísimo Embajador de los Estados Unidos de Norteamérica

Embajada de los Estados Unidos en la República Dominicana

Av. República de Colombia #57

Su Despacho

 Señor Embajador:

Con la mayor cordialidad le escribo a fin de remitirle como anexo un dvd en el cual figura el contenido del programa La Respuesta que desde hace 29 años produzco en la televisión nacional cada domingo.

El objeto de esta remisión consiste en alcanzar la seguridad razonable de que, una vez llegue a sus manos, quedará en condiciones favorables para persuadirse de la validez de mi interés en hacerlo.

Aprovecho la ocasión, Señor Embajador, para significarle que al enterarme de sus pronunciamientos por ante la Cámara Americana de Comercio, al menos lo que reflejara la prensa, asumí la necesidad de responder públicamente a sus manifestaciones que, pese a ser tan válidas en el fondo, se expusieron a la censura de gran parte de la sociedad nuestra, en cuanto a la cuestión de saber si un Diplomático de su nivel podía hacer los emplazamientos que hiciera.

A mí particularmente me pareció interesante y provechoso, quizás porque pensé que deben de ser de su conocimiento las magnitudes de aquel fraude espantoso, de escala mundial en el escándalo, de ENRON, que era la proveedora mayoritaria de energía eléctrica en su país.  Sobre todo, las secuelas espectaculares que ha tenido aquel caso, tales como son los suicidios de algunos de sus directivos, así como la disolución por Orden Federal de aquel importante Instituto Arthur Andersen, que en el campo de la  Auditoría y la Contraloría universales llegó a alcanzar una reputación enorme.

Es precisamente la idea dominante de mi iniciativa, al invitarle a mi despacho, la de tener un intercambio sobre los esfuerzos que se han venido haciendo en nuestro país para adelantar mejoramientos como los que entraña el ideal del GOBIERNO ABIERTO; sobre todo después de haber tenido experiencias tan válidas en nuestro país como la Iniciativa Participativa Anti Corrupción (IPAC), que durante el año 2010 dirigiera con neutralidad técnica irreprochable la autoridad del Banco Mundial.

Pensé, claro está, en que existiendo, como existe, un expediente de tipo criminal tan impresionante como lo es la defraudación de más de TRESCIENTOS MILLONES DE DÓLARES (cerca de DOCE MIL MILLONES DE PESOS), puesto a cargo de entidades de su país, no había una oportunidad más auspiciosa que ésta para recabar algún tipo de experiencia o auxilio de parte de su Embajada en la tramitación de ese expediente contenido en una querella formidable, que yo le aseguro, Señor Embajador, después de haberla leído con detenimiento, refleja una gravedad mayor que, al parecer, la justicia nacional y el propio Control Externo nuestro, no se han sensibilizado con la misma.  Esto quizás obedeciendo al silencio impenetrable que se le ha impuesto en la comunicación social, casi como un dogma.

Debo decirle, Señor Embajador, en otro orden de ideas, que mi experiencia personal, en ocasión del trato con autoridades importantes de su país, resultó siempre agradable y útil hasta el año 2000.  Es decir, cuando en mi condición de Presidente del Consejo Nacional de Drogas (CND) en el período 1996-2000, tuve oportunidades de altísima frecuencia de coordinar los esfuerzos nuestros con gente de tanta importancia dentro del gobierno norteamericano de entonces, como lo fueran el General Barry McCaffrey y la Dra. Janet Reno, con quienes trabajé intensamente tratando de adelantar esfuerzos en esa otra lucha desesperada que el mundo ha venido librando y que parece que está a punto de resultar vencido por obra de la opulencia devastadora del Crimen Organizado y de su menester esencial del tráfico de drogas y el manejo ominoso de sus capitales ilícitos, que ya hemos visto hibridarse en los circuitos legales con expresiones tradicionales, que sí han tenido riquezas irreprochables, pero que no advierten sus peligros actuales.

Fue a raíz de la experiencia de José David Figueroa Agosto y su permanencia inaudita durante ocho años, a la luz pública, pese a ser un fugitivo de una cárcel de Puerto Rico, condenado a 209 años de prisión, cuando comencé a percibir una innegable reducción en el interés de su gobierno de entonces, en todo lo relacionado a la interdicción de drogas. 

Esa situación se mantuvo hasta el año 2007, tiempo en el cual José David Figueroa Agosto fuera beneficiado, tanto de una revocación inmotivada de solicitud de extradición en el año 2001, así como protegido de algún modo, al grado de que en el año 2007, pese haber sido apresado y declarado Extranjero Indeseable, a fines de expulsión, en tan sólo cinco días de trámite se benefició de una inexplicable y abrupta puesta en libertad, que la sospecha pública se inclinara a entender como obra de poderes no insulares.

Ya antes, había tenido la experiencia de conocer a un distinguido Embajador de su país, el Dr. Charles Manatt, y tuve que pasar por la pena de saber de su muerte, cosa que deploré, particularmente porque no tuvo oportunidad de defenderse de la imputación que se le hiciera en su país en cuanto a haber recibido una importante suma de dinero para evitar la extradición de un capo espectacular, oriundo de Jamaica.

Todas esas cosas, Señor Embajador, me permito insertarlas en esta carta, buscando darle una idea siquiera de las características que han acompañado a mis acciones, tanto en la lucha contra el tráfico ilícito de drogas y sus capitales pecaminosos, como de la propia corrupción, que ciertamente constituye un flagelo devastador de la felicidad pública, según se viene viendo en escenarios tan sensacionales como España y su propio país, que es una sólida y ejemplar muestra de la democracia del mundo.

Créame sinceramente interesado que su trabajo tenga el mayor éxito, pero me permito aconsejarle, propiamente sin conocerlo, que es delicado usar el expediente de la corrupción como un arma arrojadiza que pueda servir para la descalificación de opciones políticas, generalmente inmersas en grandes pasiones y disputas insondables.

Ojalá esta iniciativa que he asumido merezca su atención y el respeto al cual me siento acreedor de parte de una autoridad diplomática norteamericana.

Con sentimientos de consideración y respeto, le saluda,

Dr. Marino Vinicio Castillo R.

Director General de  Ética e Integridad Gubernamental

Anexo: citado.”

 

Ahora bien, donde aparece realmente el contenido grueso del episodio es en el DVD que iba como anexo de esa carta, pues ahí solicitaba una entrevista formal para hacer entrega de esa querella que versaba sobre una defraudación del orden de los trescientos millones de dólares, casi once mil millones de pesos, a fin de impulsar una investigación a cargo de la Exchange Commission de su país, porque las firmas comprometidas en el megafraude cotizan en bolsa y corresponden al control disciplinario que su país mantiene acerca de las prácticas corruptas de sus empresas en el extranjero.

Voy transcribir las afirmaciones mas terminantes de aquel programa para que se advierta la gravedad del emplazamiento. Veamos: (Programa La Respuesta del 30 Noviembre 2014:

“ (min.19:31)  Pero, hay otro factor, la Corrupción….. (min. 20:10) Pero el asunto va tan lejos que el Embajador Norteamericano, que ha estado haciendo visitas risueñas, amables, a los candidatos de oposición, va a la Cámara Americana de Comercio en una de las charlas de miércoles y arremete contra la Corrupción. Eso generó en la semana una especie de revolución en la opinión y las redes y todo el mundo hablando: “…Bueno, los americanos están quejosos con la corrupción”.  El usó mecanismos que yo no quiero repetir, porque si me expongo a repetirlos lo voy a zaherir y no quiero zaherirlo, no lo quiero zaherir. Hay quienes han dicho “eso es verdad lo que El dice, que la corrupción es un fenómeno deletéreo horrible que daña los pueblos y al nuestro también, claro está. Como al suyo, como al suyo, como España, como a todos los estados del mundo. Es un fenómeno mundial contra el cual se viene luchando. Pero no debe de decirlo porque como embajador no debe opinar. Gente de mucho criterio, periodistas y comunicadores muy importantes, dicen: “Eso es una barbaridad. Debió de notificársele que no puede hacer eso y si se expone a ser declarado “non grato” porque Mexico tiene una sensibilidad especial y cuando se produce cualquier cosa, aún venga de un Presidente, como es  el caso del Presidente de Uruguay, se le responde de inmediato. Este hombre no es un gobernador, es un embajador.

Bueno, yo leí en la prensa lo que apareció y dije: “que bueno”. Al contrario de lo que otros pensaron “Que bueno que el embajador tocara el tema”. Yo estoy satisfecho. Embajador Brewster, vamos a hacer usted y yo una prueba. Yo soy Director General de Etica e Integridad Gubernamental de este país, de este estado, de este gobierno.  Usted le hizo una exhortación a los empresarios de que deben salir a señalar a los corruptos; escupirles, creo que dijo alguien en la cara, en la calle. Que si usted estuviera en la situación de ellos, los empresarios, usted haría tal cosa. Pues yo le voy a proponer algo Señor Embajador, Mas sencillo, mas institucional. Yo le invito a mi despacho. Yo le invito gentilmente, pero en esa invitación invito la posibilidad de entregarle a usted documentos muy sensibles, muy peligrosos, donde aparecen compañías norteamericanas participando en fraudes inmensos contra la República Dominicana; esencialmente en el área de la energía eléctrica. Su compañía, la de su país, AES, está incluída en esa querella junto con Ege-Haina, ambas cotizando en bolsa y con negocios transnacionales importantes.

Usted me diría, Señor Embajador, y que competencia tiene usted para eso? La tengo toda, porque el Decreto 486 que nos fija la competencia a nosotros como DIGEIG, ciertamente nos confina para las averiguaciones, investigaciones, recibir denuncias y quejas, hacer recomendaciones sobre debilidades y falencias de los servicios en el área del gobierno central, pero nos manda a darle seguimiento a aquellos expedientes que estén en justicia.  Ocurre que en Fonper se presentó Querella. Que la Fiscalía del Distrito pidió a la Cámara de Cuentas que le hiciera una especie de auditoria o experticio, pero pasan los meses, pasan los meses y duerme el expediente el sueño eterno. En medio de un silencio inmenso, Señor Embajador, porque no se toca el tema; porque el tema es de los amos, de los que llaman en Portugal, ahora que ha sido encarcelado su Ex Primer Ministro Sócrates, los DDT (Dueños De Todo), DDT. De eso no se habla. Es posible que en esa exposición suya, Señor Embajador, en su público estuvieran aplaudiéndole gente que corresponden a un fraude de cerca de 11,000 millones de pesos. Yo al menos a usted le daría seguridad inmediata, antes de que vaya a justicia y que se hagan investigaciones especiales, adicionales, la compra del carbón en Colombia que hizo AES durante 3 años.  5 minas vendían a un precio, 4 a un precio y una vendía a un sobreprecio escandaloso.  Esa que vendía con sobreprecio escandaloso, incomparable con las otras minas, era propiedad de Xstrata, la multinacional dueña de Falconbridge, la explotadora del níquel entre nosotros.  Los precios históricos de la comercialización del carbón de Colombia están muy distantes de los precios que vendió esa empresa a sobreprecio a esa mina de Xstrata, que de algún modo tiene relaciones importantes con AES Internacional. Ahí hay solo hay 1,600 millones de pesos. ¿Por qué no aprovechamos su visita, Embajador, o la del funcionario que usted envíe, para yo entregarle ese expediente, a ver si nos hacen el gran favor de someterlo a la Exchange Commission, que es un elemento de control en su medio, Señor Embajador de estados unidos, y nos viene en pago la devolución de 1,600 millones de pesos, como se hiciera una vez con aquellos 38 millones de la azúcar de Golf & Western. Vamos a hacerlo ahora, Embajador, ayúdennos a luchar contra este fenómeno de la corrupción publico privado….”

El hecho es que no obtuve ninguna respuesta del diplomático y sólo semanas después el Presidente de la República en una reunión de trabajo, en entrevista formal a otros fines, me comentó sonriente:  “Ahí recibí una comunicación del Embajador Americano, pero no le he hecho caso y la mandé a archivar”.  No me dijo nada más, pero, con ello me dejaba informado de que se trataba de una queja que a esta fecha todavía desconozco en sus argumentos y razones.

Cuando salí de aquella entrevista recordé vivamente la actitud del Presidente, valga la digresión, cuando siendo Secretario de Estado de la Presidencia del gobierno de Leonel Fernández respondió en televisión en una forma muy terminante que la petición del gobierno colombiano reclamando mi destitución como Presidente del Consejo Nacional de Drogas (hablo del cuatrenio 96-2000), era inaceptable porque yo “era un funcionario que honraba al gobierno”.  Hubo otros términos solidarios y elogiosos, que no es el momento de citarlos.

Se trataba de una seria revelación que yo había  hecho y que fuera considerada difamatoria por el Embajador de Colombia de entonces, que la Suprema Corte de Justicia se rehusó a emprender su conocimiento, luego de haber yo manifestado que haría la prueba de lo afirmado, mediante el “exeptio veritatis”, utilizando un libro importante de  Alain Labrousse donde se describe lo ocurrido en España en ocasión de dos  solicitudes de extradición simultáneas  de Colombia y Estados Unidos, una por tráfico de cocaína de gran escala y la otra por violación a la Ley de Importación de Toros de Lidia de Colombia.

Esta última prevaleció, desde luego, y fueron devueltos a Colombia dos  capos importantes de los Carteles de Cali y Medellín, cosa ésta que suscitara  el escándalo de un soborno por un millón de dólares al Ministerio Público que organizara la componenda.

Según pareció, este aspecto llenó de pavor a los jueces  que iban a conocer de la querella que se presentara en mi contra por difamación, por aquel Embajador, y tuve que presenciar el espectáculo inolvidable de once jueces del Tribunal Supremo salir en estampida de la sala, dejándome solo en el banquillo de los acusados, frente al Procurador General de la República que permanecía, pronunciando una corta defensa que por desgracia no pudo ser conservada por grabación alguna.

Pero bien, esta digresión sólo la inserto a manera de un avance de mis memorias, y resalto la forma terminante de Danilo Medina expresada en la televisión frente a la exigencia del gobierno de Colombia , ante la solicitud de que se me impusiera el despido como sanción por lo que se consideraba como una manera de ultrajar al diplomático que fungía de Embajador ante nuestro gobierno.

Por la forma firme y categórica que  contestó aquel reclamo de mi destitución, le guardé a Danilo Medina una singular gratitud y por ello pensé que era posible que la carta de ahora, enviada por el Embajador Americano, tuviera también otra solicitud de destitución, por otros motivos no menos graves y que el archivo que le diera el Presidente era confiable y sincero como prueba de respeto y afecto hacia mi persona.

Debo resaltar que luego, cuando me aparté del gobierno, mucho tiempo después, lo hice obedeciendo a motivaciones de índole trascendental, bien diferentes, como lo son las relativas a cuestiones de soberanía, identidad e integridad territorial.  No por otros motivos.

En resumen, el caso criminal aludido terminó resuelto en un ignominioso arbitraje internacional, previo desistimiento de toda acción acusatoria de parte de nuestro Estado; así sobrevino una compensación que pudo ser en justicia de más de 300 millones de dólares, se redujo por obra de un extraño consenso que parecía una boda de conciliación intervenida entre el Fonper nuestro y las dos grandes generadoras de electricidad imputadas tan gravemente, las cuales salieron del entuerto pagando apenas unos 30 millones de dólares.

Así las cosas, ustedes han podido advertir en la carta transcrita otra vertiente muy importante de mis memorias posibles sobre temas tan sensibles como el narcotráfico y la tolerancia inconcebible que a ratos supo dar una misión diplomática norteamericana servida en aquellos tiempos en forma deplorable.

Pienso que mi nieto adolescente me dio el sabio consejo de alojar en mi Pregunta esas anticipaciones.  ¿No les parece?

En otras entregas de futuro veremos cosas en las cuales me tocara ser tanto actor como testigo, que merecen ser llevadas al conocimiento del público en estos tiempos de tormentosos umbrales e incertidumbres.

 

Hilar Fino Ante Los Enigmas

Es necesario hilar fino en estos momentos nacionales.  Los hechos y circunstancias se desplazan de forma muy fluida y vertiginosa; sólo por error se podrían desconocer las delicadas implicaciones de nuestro presente.  Y es por ello que, tanto desde mi programa La Respuesta, como desde este blog de La Pregunta, mantengo una permanente alerta de tormenta, poniendo mucho énfasis en no dejarse arrastrar hacia las emboscadas que ha venido preparando la traición contra la supervivencia misma de nuestro estado y la propia nación en él albergada.

Tener conciencia de los peligros y responder con enérgica serenidad a las temibles urgencias que todo ello suscita, resulta clave; identificar con precisión de dónde provienen los riesgos mayores y las formas revestidas por éstos es vital, pues no hacerlo así conduciría al extravío y la desorientación con consecuencias letales para las tareas de la defensa nacional.

La traición ha demostrado astucia, perversidad y habilidad diabólica para adelantar sus siniestros planes; procurará trabajar sumergida en las entrañas del poder político para seguir socavando el andamiaje que nos sirve de base de sustentación porque ha tenido como contrariedad, que entiende pasajera, la pérdida de la locomotora de la Geopolítica que estuvo comandando la trama de nuestra desaparición.

Nuestro pueblo, claro está, sabrá cumplir sus deberes para revocar los atropellos depredatorios de su Soberanía y su integridad territorial; pero si desperdicia la oportunidad, luego tendría que hacerlo a la manera inmolatoria con que ha sabido alcanzar, recuperar y mantener su gloriosa independencia.

En los últimos días, por ejemplo, he percibido que se está desperezando la tranquilidad espiritual de mucha gente valiosa que confiesan lo difícil que les está resultando conciliar el sueño con lo que están viendo que se le viene encima a la tierra de sus amores.

Me toca en ocasiones oírles en su desagrado y he tenido que hacer esfuerzo de persuasión para animarles hacia la calma, que los deje pensar mejor y actuar con mayor seguridad en sus determinaciones.  Les advierto que es hora de convocarse a pensar cuanto se tenga que hacer para enfrentar la traición.

A veces he de reírme, al sosegarles, cuantas veces les aconsejo que, tal como afirmara el padre fundador:  “Por desesperada que sea la causa  de mi patria, siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”. Algunos no lo conocían, otros lo habían olvidado; pero todos se emocionan al oírlo.

Hay quienes desesperan y quieren acción, así sea turbulenta, y les digo que la lucha por librar requiere más de inteligencia que de ímpetu; ésto, en principio, pues los peligros son variados y una de sus peores vertientes es el desorden; algo que pueda servir de pretexto para culminar la odiosa deformación de nuestro pueblo como una expresión tribal sin posibilidades de enmiendas, condenado irremisiblemente al caos y el atraso, en las mismas proporciones del desventurado pueblo vecino.

He creído llegar tan lejos en esa contención de mis innatas tendencias a la beligerancia que en ocasiones me ha costado explicarles a los impacientes, que se me allegan con su alarma, mediante ejemplos de cosas que están ocurriendo con bríos espectaculares que, una vez examinadas con detenimiento, resultan no ser lo que dicen sus actores que son.

El ejemplo más complejo y elocuente, a la vez, es el desbordamiento de grandes masas enarbolando lemas y proclamando exigencias terminantes de renuncia y castigo penal para el Jefe del Estado por hechos de corrupción propios y de su gobierno, como tal.

Es decir, quien oye y ve esas manifestaciones tiende a enardecerse y queda fácilmente convencido de que las razones ya son verdaderas teas.  Sin embargo, cuando se observa más quedamente el portentoso evento de protesta, se puede echar de menos que el otro tema, el de la patria en peligro, por obra de acción o de omisión del gobernante bajo asedio, no se toca ni menciona siquiera.

“Algo anda mal”, es la primera reacción del espíritu, pues si existe una causa que subleva es esa y omitirla de la queja pública es una felonía que lo dice y explica todo.  Y no se puede aducir que lo que ocurre es que esa no es causa del pueblo, pues la traición, que tan adicta es a las encuestas, sabe desde hace mucho tiempo que un ochentiun por ciento no aprueba y detesta la inmigración ilegal; sobremanera, la ocupación de los últimos tiempos, tan masiva como torva.

Pero bien, hoy lo que quiero es referirme a un aspecto de nuestra conflictividad que no hace mucho tiempo tocara, cuando me referí al papel de la “fuerza mayor como  causa  de justificación” del comportamiento del Jefe de Estado  frente a  la agresiva campaña mundial de descrédito a que fuéramos sometidos, al tiempo  que se invadía nuestro territorio y se  perpetraban severas acciones contra  nuestra  Soberanía, Identidad y Autodeterminación de Estado libre e independiente.

Sabemos que se orquestó una campaña terrible en la prensa mundial destinada a deformarnos y hacernos aparecer como un pueblo xenófobo, persecutorio y despiadado que desde su Estado intolerante generaba una apatridia como peste de ciento de miles de habitantes a quienes se les privaba de la posibilidad de acceder a la Nacionalidad Dominicana mediante “injustos fallos, supuestamente fundados en consideraciones detestables de orden constitucional”.

Aquella tormenta que  abatía nuestra independencia se hizo acompañar de visitas incesantes y sistemáticas de exponentes del poder mundial, tales como el vicepresidente de Estados Unidos, el presidente de la Unión Europea, los secretarios generales de  Naciones Unidas y OEA, ministros y representativos  de organizaciones de todo género, todos en concierto, buscando imponernos sus dictados acerca  de la nacionalidad supuestamente negada, cuando no arrancada, “a legiones de seres humanos desconocidos y aplastados en sus derechos humanos fundamentales”.

El odioso e injusto ataque contra nuestra independencia ha sido el umbral de una conversión de nuestro Estado en sólo una parte de un esperpéntico Estado Binacional proyectado, que vendría a servir a la Comunidad Infiernacional para buscar una “solución final” al gravísimo drama de un narcoestado colapsado que no pudo ser rescatado, ni aún con la presencia de más de quince años de fuerzas militares multinacionales bajo palio de Naciones Unidas.

Ahora bien, estas cuartillas no tuvieran razón de ser si no hubiese ocurrido algo singularmente importante cuando en una tarde soleada se anunció desde el gobierno que en horas de la noche se daría a conocer una información que transformaría la nación en un verdadero antes y después.

En efecto, se anunció que la República establecía relaciones diplomáticas plenas con la República Popular China, al tiempo que rompía relaciones en Taiwán, que databan de cerca de siete décadas.

Lo que más asombró de la noticia fue recordar que apenas hacía unos días nos había visitado una flota de tres buques de guerra de aquel Estado, en un gesto de simpatía y solidaridad amistosa; asimismo, desconcertó recordar que el pasado 27 de Febrero, el día de nuestra gloriosa Independencia, en el palco presidencial aparecía personal diplomático y militar de Taiwán presenciando el desfile de nuestras fuerzas armadas, que exhibían parte de los equipos donados por aquel país; vale decir, que lo extraño y sensacional entonces resultaba el anuncio de rompimiento de relaciones que surgía casi como un exabrupto.

Reaccionó Taiwán con ira enconosa y adujo que la China Popular había hecho una operación de compra por soborno de las relaciones formales con nuestro país y desde allá se le respondió, en forma no menos airada, que tal cosa no era cierta, pues esos sobornos precisamente quien solía hacerlos era Taiwán.

En fin, una escandalosa noticia mundial donde aparecimos nosotros como una media isla en la parte Este de la Isla de Santo Domingo, que había sido sobornada, en contraste con lo que había ocurrido en el Oeste, donde se habían rechazado las “ofertas de inversiones y préstamos trampas”, porque se “mantendría la lealtad a Taiwán”.

Se podría pensar en una especie de ecuación con todo ello:  Haití no quiso, nosotros, en cambio, sí quisimos y el previsible enojo norteamericano no se haría esperar, como en efecto ocurriera, y para su prueba basta retener la nota diplomática de desagrado del gobierno del Norte bajo el predicamento de que la iniciativa dominicana “no contribuía a la estabilidad de la región”.  Se podría decir sin exceso de las dos regiones, la del Sur de China y la de el Caribe.

Eso es lo que hasta ahora se ve, pero falta por saber muchas cosas que todavía no se ven.  Por ello es que hay que hilar fino frente a los enigmas abiertos y convenir en que, si bien es innegable el abandono y aislamiento internacional creciente de Taiwán, como también es obvio el incremento de la importancia de las relaciones con la China Popular, ésto constituye un fenómeno al parecer imparable, pero que entraña delicadas implicaciones al asumirlo.

Es claro, además, que en la medida en que China Popular se ha ido convirtiendo en una potencia, en todos los órdenes y a escala mundial, es más que previsible que alcanzará el reconocimiento y la condición de “Buque Nodriza” de todas aquellas naciones menores que faltan por alinearse en sus fascinantes proyectos de triplicar en distintas direcciones su milenaria “Ruta de la Seda”.

Eso es rigurosamente cierto, pero para nosotros lo vital era saber si éste es el momento de hacerlo y sobre todo en la forma poco cuidadosa en que se hiciera frente al pequeño Estado del Pacífico que tiene un enorme prestigio de desarrollo y progreso.

Mi atención la he concentrado, en suma, en determinar por dónde han estado los móviles sinuosos de la traición movilizándose para precipitar el desacierto.

He creído ver una jugada maestra de la traición, aunque todavía sólo como presunción, y me permití en mi programa La Respuesta dejárselo a la conciencia del Presidente de la República como una tarea de examen, de cuáles fueron los consejeros decisivos y finales de ese desatino; saber cuántos paracaidistas del injerto de su gobierno pudieron estar animados a poner de lado, de momento, sus lealtades inveteradas con el Norte, pues si así fue, habría que admitir la existencia, como dijera, de una jugada maestra.

Es decir, lograr el alejamiento o algún grado de desencuentro que nos prive de los provechos posibles de tratar con los que mandan en Estados Unidos hoy, quienes tienen ideas y propósitos en el campo de la inmigración ilegal muy apropiados para comprender nuestros daños y nuestras razones de quejas, frente a lo que patrocinaran sus predecesores en detrimento de la integridad de nuestro Estado, sería una verdadera proeza, casi a nivel de un Talleyrand o de un Metternich.

Si se quería pues, de parte de la traición, una desavenencia considerable con esos que gobiernan Estados Unidos hoy y con ello alejar toda posibilidad de revocar y rectificar los daños y estragos de los tiempos de Obama, Farrakhan, la Nación del Islam, el Caucus Negro, los Grupos Kennedy-Clinton, la Onu y la Oea, hay que consentir que lo lograron, con todos los perjuicios que ello significa para la suerte nacional.

Trump, Kelly, Mathiss, Pompeu, ya pueden tener razones, si no para el enojo, sí para una desdeñosa opinión acerca de la textura y calidad del trato con nosotros, porque nos puedan percibir como aleves y taimados.  La causa de “justificación de fuerza mayor” parecería que se puede mantener en favor de la traición, porque cuentan con el humor agresivo y directo de Trump, aunque lo creen muy fugaz, aguardando su mini-paraíso hacia la consumación del Estado Binacional bajo un diseño a futuro de sus eventuales sucesores.

Haití pareció ver la oportunidad muy propicia para su brindis al sol, pero sólo para mejorar, así podrían creerlo, la opinión que expresara aquel importante Jefe de Estado de escala mundial en cuanto a las “naciones menores”, las cuales execrara considerándolas como meros estercoleros.

Desde luego, todo ésto que se acaba de expresar, casi con acento de post data de estas cuartillas, habrá que tratarse a fondo en otras nuevas entregas de La Pregunta.

¿No les parece interesante desentrañar lo que todavía no se advierte claramente?  Para lograrlo hay que hilar fino frente a sus enigmas.

Acerca de la Jauría

La jauría es el término que se utiliza en las peores especies de pugnas políticas para atribuir a otros un comportamiento de perros en grupo; el noble animal cuando se arremolina en mala compañía y ataca o persigue resulta muy temible y así como es fiel y solidario frente al amo y sus amigos, se torna terrible cuando se agrupa.

En los primeros días de marzo en mi programa La Respuesta, tratando de la erupción en Perú del volcán Odebrecht, al referirme a Marcelo Odebrecht dije que éste azuzó su jauría y los fiscales peruanos se dieron banquete con las revelaciones de Jorge Barata, quien fuera representante del coloso brasileño de la construcción durante mucho tiempo en Perú.

En efecto, decía que el Presidente de entonces Pedro Pablo Kuczynski, tres expresidentes y la cabeza de la fuerza opositora mayor, fueron señalados como receptores de sumas importantes para su respectivas campañas y contra los mismos se han venido implementando ya  acusaciones  desde distintos ángulos; al presidente Pedro Pablo Kuczynski se le  estuvo preparando un  nuevo juicio político ante el parlamento que él no aguardó y presentó renuncia; al expresidente Toledo, se le ha estado presentando la petición de extradición héchale a Estados Unidos y los refuerzos más terminantes son procedentes de esos aportes de Barata en Sao Paulo; al expresidente Alan García se le interrogó y, según parece, hay ya material ofrecido por la “Delación Premiada” como para involucrarlo, tanto a él como a algunos de sus ministros; el presidente Humala permaneció nueve meses en prisión junto a su esposa y, al parecer, con una dosis extrema para inducirlo a una “Delación Premiada” posible, en otras direcciones; y finalmente a Keiko Fujimori la ponen bajo señalamiento acusatorio en una  virtual cuerda floja.  Como se advierte, se trata de una mortífera erupción del volcán Odebrecht que estremece a todo el continente.

Ahora bien, me ocurrió que al mencionar a Marcelo Odebrecht, ya alojado en su mansión, abandonada su celda carcelaria propuesta para diecinueve años, dirigiendo instrucciones a sus canes en jauría, algunos de mis amigos se confundieron y pensaron que el tratamiento que le daba a ese señor como amo  y a sus feroces  subordinados, resultaba como una queja de mi parte, algo parecido a una inconformidad, quizás una reprimenda impropia para “gente que ha estado prestando un valioso servicio a la sociedad en la lucha contra la corrupción y su compañera de ruta que es la impunidad”.

Nada más distante de la verdad que esa inquietud  de mis amigos; por ello me sentí en la obligación de  indicarles cuanto he escrito en  este blog sobre la “Delación Premiada” de  Brasil, que en Perú  se denomina “Colaboración Eficaz”.  Les pedí  que leyeran cinco entregas de este blog titulados “El Testigo de la Reina I, II, III, IV y V”.

Ahí están descritas a grandes rasgos las características del uso de “El Testigo de la Reina”, de origen sajón, que también se le conoce como “El Arrepentido” en otros medios legendarios en la cuestión penal.

El hecho es que ese instrumento de lubricación de la investigación criminal tiene ventajas, así como peligrosas desventajas; por ello cité en el artículo “Los Papeles de Valachi” como útiles que resultaran para descubrir la existencia misma de la mafia americana.  Por ello apunté el caso de Lula como algo delicado, porque  para evitar que sea presidente del Brasil había que encarcelarlo y ví en ello el objetivo esencial del maremoto judicial surgido.  Me referí a las “Economías Emergentes” que intimidan a Davos y su dominio mundial de la economía.  Pero, particularmente cité la opinión, ya clásica, de un eminente maestro de la prueba, Nicolao Framarino Dei Malatesta, que advirtió desde el principio lo siguiente: “Por fortuna esta hipótesis de impunidad, como premio de las revelaciones, ha perdido toda su importancia en vista de sus peligros.  La promesa de impunidad, más que freno para el delito, por la desconfianza que entre los cómplices inspira, es una incitación al mismo, por la seguridad que da a cada cual el tener siempre abierto el camino para eludir el castigo.  La promesa de impunidad, CONTRATO INMORAL ENTRE LA LEY Y EL DELINCUENTE, además de ser un error jurídico, es un error probatorio; de un lado, incita al delito y corrompe y perturba a la sociedad con la impunidad de un delincuente, que puede ser peor y más perverso; y de otro, destruye todo criterio probatorio, provocando por obra de la ley en la conciencia del acusado un gran impulso hacia las relevaciones falsas”.  (La Lógica de las Pruebas, pág. 239

 En fin, se trata de un tema jurídico complejo que no se puede abordar con la superficialidad  del estridente sensacionalismo del clamor público.

¿Por qué escribo nuevamente sobre estas cosas?  Porque se hace necesario medir los peligros de la “Delación Premiada”, pues se está dando el caso de que en aquellos lugares donde se paralizaron las obras, seguido ésto de expulsión deshonrosa, es donde la jauría ha estado más severamente activa; hay una obvia selectividad en el proveimiento de nuevas declaraciones imputatorias en cascada, bien controladas, filtradas y reguladas.

Y eso es grave  cuando se piensa en nuestro caso, pues ha aparecido una reclamación, tan alta como inexplicable, relativa a un muelle que parece  que fue introducido sigilosamente, con dimensiones y características  más allá de las que fueran objeto del diseño aprobado y licitado, que ya de por sí había levantado un tremendo escándalo  de sobrevaluación, al grado que el propio Jefe de Estado amenazó con no firmar el contrato básico después de la licitación, a menos que se consintiera una rebaja de trescientos millones de dólares, cosa ésta que se admitió,  pero sólo en el monto de  cien millones de dólares.  Me refiero, claro está, a Punta Catalina.

Lo más grave resulta que al aparecer los setecientos millones de dólares reclamados por el muelle solapado, esto habrá de discutirse por ante árbitros internacionales y es más que evidente que jamás tendríamos la libertad moral necesaria para oponernos a tan descomunal cobro.  ¿Por qué?  Porque a la jauría le bastaría decir en instancias, que no son obviamente las nuestras, cosas desagradables que incriminen a gente que manejara los expedientes, desde la aprobación de la propuesta financiera, hasta los términos mismos de la licitación tan gravemente controvertida.

Es más, bastaría con pasarlo a la prensa mundial para que se volviera una catastrófica experiencia de escándalo capaz de desestabilizarnos de forma inaudita.  La jauría brasileña es parte de un virtual estado, muy poderoso, que ahora está “emprendiendo esfuerzos de regeneración ética a escala mundial”.

Ahora bien, todos esos aspectos señalados precedentemente me fueron quedando en el tintero, más bien conservados como material de apoyo logístico a futuras discusiones relacionadas con esta escabrosa experiencia por la que estamos pasando.

Sin embargo, se me ha hecho necesario apuntar algunas de las cosas que han seguido ocurriendo alrededor de los casos ya abiertos, para retener sus características y favorecer con ello el profundo y sostenido análisis de las causas y alcances de cuanto ha venido aconteciendo, propiamente en el continente, a raíz de los escándalos originados en Brasil en los cuales esa poderosa empresa figura de forma primordial.

Lo de Perú será siempre bien especial, pues no sólo ha barrido con sus presidentes, cuatro en total, con su oposición mayoritaria, sino que ahora acaba su Tribunal Constitucional de ordenar la liberación del ex presidente Humala y su esposa, después de permanecer más de nueve meses encarcelados, bajo el exacto y obvio fundamento de que “nadie debe ser mantenido en prisión temporal hasta tanto se produzca el fallo condenatorio definitivo e irrevocable”.    Es más que seguro que esa importante jurisdicción peruana lo sabía desde que resultó apoderada por acción de Habeas Corpus, porque así lo  determina la categoría jurídica  fundamental que reside en la presunción de inocencia.

Entonces, no es exagerado preocuparse y pensar que puede estar de por medio un trato de “colaboración eficaz” con los importantes imputados, que puedan servir para otros fines inculpatorios; ya no es tan difícil imaginar quiénes pueden estar propuestos para echar al agua, que no figuran en los procesos, o dentro de estos mismos, por motivaciones inéditas todavía.

Lula pidió a la justicia de Brasil exactamente lo mismo de los esposos Humala, pero no le fue consentida su petición.  Quizás después de las elecciones de octubre puedan complacerlo, siempre que su Partido de los Trabajadores no ganare, pues si lo hiciere, la libertad vendría por otros medios como lo sería considerar “que su condenación fue fruto de una persecución política”.

Pasemos al  Ecuador y allí nos encontraremos con que, condenado y preso como está su ex vicepresidente Glass, falta  el calvario de Correa.  Ya está siendo propuesto, primero, por haber falseado la relación de deuda pública y producto interno bruto, amén de supuestas ventas petroleras secretas y, luego, algo todavía más grave, como imputación de haber recibido millones de dólares de manos de las FARC; ésto, sostenido nada más y nada menos que por su enemigo íntimo, el actual Presidente Moreno, que fuera durante seis años su Vicepresidente.

En verdad, Ecuador representa un enigma interesante a descifrar, pues la Odebrecht le pidió perdón formalmente por haber sobornado y corrompido a funcionarios importantes, al tiempo que le pedía terminar algunas obras  interrumpidas, y hasta emprender nuevas obras, dado “el esfuerzo inmenso de regeneración moral que asumiera”, una de cuyas pruebas residiría en que había prescindido de todo el personal que llevara a cabo los sobornos por los cuales pedía perdón.  Daba seguridades con ello de que la jauría se había desintegrado y el que no estaba preso estaba bajo acusación.  Vale decir, su misión se contraería a servir en la “Delación Premiada”, según se le habrá de indicar desde la mansión que sirve para la prisión domiciliaria del amo de la jauría, cuyo padre llegó a decir, a raíz de su apresamiento, antes de imponerle los diecinueve años para resblandecerlo, que “habría que construir una cárcel inmensa, tanto en Brasil como en otras partes del mundo”.

Esos son los dos casos más avanzados, después de Brasil.  Luego, llega a la fila de imputados el presidente venezolano.  La experiencia puede resultar singularísima, pues se trata de un “juicio de contenido simbólico” por ante jueces exiliados de Suprema Corte, bajo acusación de una fiscal general también exiliada, que afirma tener documentos de Odebrecht donde se habla de decenas de millones de dólares para la campaña de un líder formidable de América Latina, Hugo  Chávez, cuya memoria era previsible  que, al ser agredida post-morten, ya él no podría  defenderla.

Desgraciadamente sus allegados y sucesores, de distintos niveles y matices, han contribuido para hacer eso posible.

Por otra parte, están ahí con menor desarrollo el caso de la Pemex de México y algunos de Argentina bajo menciones severas.  Colombia por igual, bajo fuego graneado contra su funcionariado y hasta el propio Presidente.

Nosotros, por aquí confrontados a una situación delicada y embarazosa: catorce imputados como funcionarios comprometidos en soborno; un nivel de soborno mucho mayor todavía indescifrado y la gigantesca constructora libre de preocupaciones, más bien arrogante, en condiciones de ejercer acciones de extorsión descomunales que podrían desestabilizarnos de muchas maneras.

Lo peor reside en que la puesta bajo acusación de naturaleza criminal de nuestro Presidente hace las veces de “soga a rastro”; y es obra de la misma gente que escribe páginas plenas celebrando lo que llaman “la devastación del nacionalismo” por obra de encuestas absurdas destinadas a medir presencia y grado de ocupación de población haitiana en nuestro territorio.

Yo escribo sobre este tema lacerante porque advertí y sigo advirtiendo de los peligros que todo ésto entrañaría.  Prevalecieron sobre mis sanos consejos las ambiciones e intrigas de muchos que tienen siniestras tareas que cumplir.  Y la jauría amazónica estará lista para entrar en acción, cuando así lo determinaren sus intereses y ventajas.

 

VERDAD – POST VERDAD Y EL CONOCIMIENTO INESTABLE

Creo que en la antítesis que parece suscitarse entre verdad y post verdad lo más aconsejable sería segregar la noción de verdad que figura como eje.  Resultaría más aconsejable quizás utilizar la realidad como eje, pues así se eliminaría la posibilidad  supremacista de lo precedente, tenido como virtuosa verdad, inconmovible por demás, al tiempo que se protegería  la fe posible a ser debida a la validez de una post verdad correcta, no equívoca ni maliciosa.

Me ocurre que al apreciar esto así me condicionan mucho los trastornos que se han generado en ocasión de saber lo que se persigue en justicia como verdad.  Ha sido éste un tema de grandes controversias, al grado de que se ha llegado  a una especie de transacción en el sentido de admitir que sólo lo alcanzable por pruebas asequibles podría ser admitido como  verdad judicial; a ésta se le confiere un valor relativo, dejando lo absoluto sólo como ideal y misterioso objetivo; materia propia de la filosofía, seguida muy de cerca ésta por la teología, obediente eterna  a aquella afirmación de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, cuando respondía a la curiosidad de sus discípulos.

Es decir, que aún contando con los trabajosos y prologados debates penales, cuando llega la sentencia, pese a dictarse en nombre de la República y por autoridad de la ley,  su verdad sigue siendo relativa; se trata más bien de lo que se pudo probar y establecer; algo que siempre estará rodeado por el fantasma del error.

Ahora bien, si eso ocurre en una confrontación de tribunas contestatarias grávidas de normas y preceptos, hechos y circunstancias, apasionadamente controvertidos, no es posible suponer que se puede alcanzar la verdad social, política y económica en el debate público en medio de la torrentera de discursos y pareceres contentivos de designios de todo género.

La retrospectiva más reciente que sirva para examinar el contenido del convencimiento del “fin de la historia” cuando se desplomara la Unión Soviética, nos permitiría encontrar un enjambre de revocaciones, de creencias y expectativas como sólo la ideología sabe parir.  En efecto, aquella experiencia de siete décadas de socialismo absoluto, que se ofreciera como tránsito luminoso hacia la perfección del hombre, se derritió por obra de una implosión íntima, sin que intervinieran fuerzas externas hostiles.

Sin embargo, las décadas no han cesado en su misión implacable de servir de laboratorio de prueba de las utopías y el neoliberalismo, que pareció tan bien propuesto en nombre del individuo y que prometió un progreso excepcional donde no habría exclusión, ni egoísmo, ni explotación, sólo confiando en el hombre para redención del hombre, también se le ha visto demacrarse en el fracaso y aquellas esperanzas de abatir al Leviatán del estado abusador e inepto que sería puesto de lado porque el individualismo se encargaría del futuro del mundo, se le va advirtiendo caer en colapso.

Ahora bien, tal fracaso ha generado reacciones y aparecen personajes y sucesos que se encargan de los cuestionamientos más activos y revocatorios, resultando de todo ésto que quienes son actores de esas conmociones son reputados como  impostores retardatarios que pretenden erigirse en post verdad en detrimento de la verdad establecida y bien consolidada de la super utopía de la globalización.

En fin, no entiendo los fundamentos de la verdad porque ésta no hay manera de consagrarla por medio de las prácticas de poder que desde la política o los intereses dominantes aspira a un reconocimiento como algo intocable, so pena de rechazo de los nuevos actores, reputados como agentes nefastos del retroceso.

Desde luego, se trata de un tema muy complejo, pues en ocasión del asombroso desarrollo tecnológico la comunicación social  ha asumido modalidades  vertiginosas y una horizontalidad tan vasta y generalizada que la constelación de opiniones, informaciones, noticias y apreciaciones no hay manera de controlarlas, menos racionalizarlas, lo que ofrece un amplio campo  para las distorsiones, las manipulaciones y toda una legión de aberraciones en medio de cuya turbulencia, no sólo perece la verdad, como lo ha hecho siempre como primera víctima en las guerras, sino que los hechos mismos se pueden deformar hasta hacerse irreconocibles, perdiendo  el respeto  que desde siempre se les ha reconocido por su terca elocuencia.

Claro está que la sociedad en esa encrucijada ha ido perdiendo la brújula inveterada de su prensa tradicional, porque en el fragor de la batalla campal que se libra las redes obran con las energías letales de las hemorragias; algo incontenible que inunda y se adueña de la opinión publica sin tiempo de analizar los contenidos, en un océano de conjeturas y descalificaciones, donde sucumben todas las ideas relativas a la calidad ética de cuanto se oye o lee en ese maremágnum.

De ahí es que me llegan las dudas y vacilaciones para aceptar  que esas tensiones de la compresión publica puedan ser resueltas dándole  ganancia de causa a lo tenido como verdad frente al post, presumido de maligno o engañoso, pues aunque éste  llega en la pésima compañía de designios y propósitos arremolinados, en desorden manifiesto, no es imposible que puede traer consistentes razones para imponerse frente a realidades injustas que han sido nutridas de otros tipos de engaño y dominio, nada respetables, hasta llegar a ser capaces de de establecerse en los temibles statu-quo.

Esos statu-quo suelen resultar barridos por revoluciones o sustituidos por la aparición de personajes o manifestaciones populares expresadas en referéndum, generándose entonces sus resentimientos contra todo aquello que los abate; quejosos de un caos previsible capaz de desordenar todo lo tenido por válido durante el tiempo de control de sus férulas.

El hecho es que cuando se logra por excepción alguna brecha para colar el entendimiento en medio del tremedal, hasta confiar en que ya el conocimiento es estable, no cesan las ráfagas del violento viento digital que todo lo renueva y desestabiliza; parecería  que la verdad  se hace adicta  a la metamorfosis y los post se suceden  en una dinámica de reinterpretaciones que terminan por ser  un limbo de arrogante ignorancia colectiva.

Lo  único que parece emerger y permanecer en el fondo profundo del saber sería adoptar aquel monumento a la modestia  del “Yo sólo sé que no sé nada” que levantara el sublime maestro glorificado por la cicuta martirizante.  Pero no.  El convencimiento suicida parece ser “Yo sólo sé que lo sé todo”.  Un naufragio de la condición humana sin playa a la vista.

En realidad, la víctima exacta y final va resultando la propia verdad que se enarbola como una vedette de  hit parade; cuanto más espectacular su relato, mayor sería  su credibilidad;  siempre  que se proponga  como un último striptease del desvergonzado éxito, el as de la fama, que tanto nubla todos los valores  y los relativiza a fin de que “nada es nada” y “se puede todo”.

Es como si se quisiera que la sociedad asuma la mayor conformidad y pueda  resignarse a que le sigan siendo administrados los conocimientos en las nuevas versiones de cicutas digitales, que cuentan con el linaje recién estrenado de las tecnologías de punta que tanto fascinan a las masas para  el gozo de los sombríos intereses de los titiriteros de los estamentos dominantes.

En suma, la distorsión se nos presenta como una modalidad de control, difícil de detectar, pues cuenta con  las enormes ventajas  de la velocidad desquiciante de su exposición y del prestigio de ser hija mimada de la civilización, de  último grito, que tiene licencia para matar todo lo establecido y tenido como perenne.

No en vano se expresó ese júbilo cuando se acogiera la novela El Código Da Vinci, que ya tiene vendidos cien millones de ejemplares, traducido a no se sabe cuántos idiomas; pretendió ser una inflexión de post verdad, la más atrevida, que conduce  a negar las señales apocalípticas, de las que forma parte, en base al morboso atractivo de barrer con lo existente.

Incluso, se procura un Jesús banalizado para ofrecérselo a la descomposición de una sociedad nueva, altanera, soberbia y díscola, como la que se busca en nombre y a través de las poderosas post verdades, que sirven de heraldos a los nuevos subyugamientos.

Sus fines y propósitos son tangibles; abjurar y reclutar para el embotamiento. Y es por ello que insisto en declararme escéptico y renuente a participar en esas bregas  nuevas de la verdad, la post verdad y el conocimiento atrapado en ese  choque de trenes.

Dependeré  más bien de mi fe en Cristo y mis instintos para recorrer mi último tramo de vida y no me alentaré con los vítores  estridentes y vacuos  de los flamantes  progresos digitales que son los magníficos auxiliares de la post verdad, tan en recio curso que ha logrado hacer inestable el conocimiento.

Después de Abril, nada resulta tarde

Muchas veces nos encontramos con gente excelente que pide explicación de lo que está pasando.  No me desagrada complacerles, ni les dejo saber que las advertencias son viejas y que no tienen excusa por no atender a sus llamados de alarma.

Creo preferible admitir su distancia del conflicto como algo no perverso, sino más bien como un descuido inocente, derivado de su fe en que otros con obligaciones, medios y facultades se encargarían de atender los peligros.  La inmensa mayoría  de ellos ignora cuán vulnerables les hacía tal indiferencia.

El hecho es que han terminado por tomar conciencia de lo que ocurre y ahora tienen prisa por ponerse al dia de las magnitudes del trastorno.  La  experiencia es interesante, pues sus reacciones  son sinceras  y manifiestan una disposición  impresionante para ponerse a la altura de las circunstancias  de los riesgos y se ofrecen con noble  determinación “a lo que resulte necesario”, para resistir el desastre.

Desde luego, eso no se presenta en frío, pues ya las calles y los caminos de su tierra muestran la presencia, crecientemente airada, del vecino extranjero que  pisa fuerte en sus nuevos espacios; cosa ésta que entienden perdieran  sus  mayores, “despojados y perseguidos” por los nuestros que les arrebataran esta tierra que fuera suya.

Lo que más enardece a esa invasión, que fuera al principio insidiosa y persistente, pero que se ha convertido en un proceso abierto y desafiante, es saberse bajo el amparo de las falacias que la Comunidad Infiernacional que se propuso desacreditarnos con infames ardides que  nos llevaren al desprecio del mundo y poder así  desaparecernos en la más repugnante maniobra de Geopolítica de los últimos tiempos; y ésto que expreso no tiene  la más mínima fibra de odio, tampoco de supremacismo delirante; son convicciones ya cuajadas en realidades innegables.

Nuestro generoso pueblo lo único que ha sabido ofrecer en las vicisitudes de esas  relaciones de vecindad es ayuda y solidaridad.  Consciente como ha estado del  drama de su pobreza y del rechazo universal a su presencia en otras partes del mundo.

Sin embargo, siendo eso así, no se ha querido reconocer nunca como mérito glorioso el gesto nuestro; al contrario, lo que han  hecho es urdir  una siniestra conspiración para despojarnos de nuestro Estado  pretendiendo forzar  una convivencia anómala refundiendo el caos insalvable de ellos con el considerable estadío del progreso nuestro.

Saben que ello significaría un hundimiento total y definitivo de ambas naciones en el cual prevalecerían el atraso y el desorden.  Eso, a muchos Estados donde se alojan naciones que han sabido ser hermanas de la nuestra, poco les ha importado.  Destruirnos bajo pretexto de construir algo esperpéntico, como sería un Estado Binacional, es su perverso y letal objetivo.

Es en un contexto tan inconcebible como ese donde se está practicando el ensayo de  la tragedia; está en marcha la conjura y a los ocupantes invasores, aparentemente desarmados, ya se les ve animados a comportarse como dueños de nuestro territorio: asaltan cuarteles militares para llevarse las armas; defecan en calles y monumentos en pleno mediodía; ocupan la totalidad  del trabajo rural; controlan el ochenta por ciento del trabajo de la construcción pública y privada; se hacen cargo de las camas de nuestros hospitales; abruman las aulas de nuestras escuelas, en fin, toman cual silencioso y masivo asalto la agónica República Dominicana.

Todo aquello buscando una falsificación atroz de nuestra identidad mediante la creación de cientos de miles de falsos dominicanos con el rencor suficiente para involucrarlos en nuestro proceso público y terminar por compartir las tareas de dirección de los poderes públicos desde el congreso, las alcaldías y otras instancias institucionales. Desde luego, también un presidente que resulte favorable a sus fines.

Es ese el domicilio siniestro de los abismos a que nos abocan las primarias abiertas y simultáneas que en el Senado acaba de aprobar; por ahí habrán de venir los “colchones” de un voto étnico, altamente organizado ya, que sería el dueño propiamente de la suerte nacional.

Han contado con el apoyo cómplice de la traición que aprovechó una conveniente coyuntura de Geopolítica, como lo fuera la presencia del Partido Demócrata norteamericano en el poder, el cual proveyó el impulso que aguardaba la conjura.  Es más, tuvieron un Expresidente de Estados Unidos investido con funciones propias de Gobernador Real en el Oeste y esperaban la inflexión final de la llegada al poder, en sustitución del primer presidente afroamericano de la superpotencia, nada menos que a la brillante esposa del Gobernador Expresidente.

 Así quedaría sellado el triunfo de los cálculos conspirativos, dedicados a engendrar el nuevo Estado Binacional.

Ahora bien, probado está que esas maquinaciones experimentan y confrontan inconvenientes y trastornos imprevisibles y muchas veces se ha visto obrar para frustrarlos lo que nosotros los creyentes asumimos como la Mano de Dios.

Es tan injusto lo planeado y son tan desastrosas las seguras consecuencias de los enfrentamientos por venir, que la propia potencia hegemónica puede terminar por preocuparse de los conflictos lógicos que generaría ese atrevimiento una vez llegaren, como están llegando, las tensiones demográficas y los desencuentros indescriptibles de los cuales se están viendo signos muy graves.

El mundo de hoy está pasando por un tiempo sumamente conflictivo y se puede intuir que los planes llevados a cabo destinados a producir situaciones de tal talante, ni siquiera son de fácil agrado para quienes sirven al lado del Presidente Trump, pues esos sí que saben y conocen de los dolorosos desenlaces de esas diabluras de la política y sus sórdidos intereses.

Por ello, en una de mis Preguntas precedentes llegué a proponer a Trump como un acaso; no sólo para nosotros, sino para el pueblo que lo eligiera; y todavía más, para el macro proyecto de globalización que vienen desarrollando los dueños del capital de medio mundo.

Trump ha resultado para nosotros un feliz acaso, aunque no aprovechado por los que mandan, los que mandan aquí, que pudieran estar convencidos todavía de que será un ave de paso, en todo caso.

Destaco siempre mi convencimiento de que esos oficiales brillantes, en retiro, que le acompañan vienen jugando un papel histórico que podría alcanzar los niveles de cuanto hicieran en la post-guerra Marshall, McArthur y Eisenhower.

En fin, me reafirmo. Paradójicamente, la paz está más garantizada por quienes han sido hombres de guerra y puede peligrar más cuantas veces intervienen las causas siniestras que la desatan.

No en vano en mis advertencias durante mucho tiempo me he referido a signos que fueron apareciendo como umbral del conflicto; pensé siempre que nos podría ocurrir algo que un importante periódico nuestro, el Listín Diario, trató en uno de sus editoriales recientes bajo el título muy sugestivo y criollo “Nos cogió lo tarde”.

Uno de los síntomas más preocupantes fue la incertidumbre y sobre ella quiero insistir, porque resultó un caldo de cultivo muy pernicioso.

La incertidumbre se menciona con frecuencia sin detenernos a pensar en sus importantes significados.  Se alude a ella como una explicación de que no se sabe  qué está pasando, ni qué puede ocurrir, porque no hay nada definido ni se ofrecen muestras de  apreciaciones de cómo se habrán de abordar los enigmas que siempre acompañan a las indefiniciones.

Y no hay mayor alarma porque así sea; la tendencia es acomodarse a esperar que  vengan  elementos o señales que  aclaren la situación y entonces, sólo entonces, se  comenzarán a emprender las acciones destinadas a enfrentar  y tratar de resolver lo que se tiene como un limbo de parálisis y vacilaciones.

Es decir, la incertidumbre no se asume como algo grave que presagia dificultades mayores, sino más bien como una neblina inocua y esencialmente pasajera que podría despejarse sin mayores esfuerzos, como suele decir el pueblo llano, “la carga se empareja en el camino”, convencido de que cierta dejadez indiferente podría ser necesaria para salir del paso.

Así resulta que lo cierto puede ser lo incierto; que por ello no se cree en la necesidad de experimentar mortificación alguna.  Cuando ésto se presenta como dilema individual se trata de la puesta a prueba de la decisión del sujeto que puede  al hacerlo, acertar o no, pero que siempre se verá como algo muy personal, según vayan su carácter y su inteligencia respondiendo a las urgencias y apremios de sus intereses.

No ocurre así cuando se trata del colectivo.  La incertidumbre que le sale al paso a una nación es algo mucho más complejo y sensitivo, pues ese limbo mencionado se torna en ambiente favorecedor del incremento de los componentes del conflicto.  Es decir, todo cuanto ha concurrido para amenazar la seguridad del Estado, albergue de la nación, lejos de percibirse o presentirse, como que se envuelve en la niebla de la incertidumbre que ampara a quienes están impulsando las peligrosas acciones del minado y socavamiento de la integridad de la nación sujeta al riesgo mayor de su desaparición.

El enemigo se enmascara en la incertidumbre, pero avanza y progresa en sus planes mientras se mantiene  la indefensión de la víctima de sus maquinaciones, ya traducidas en acciones concretas.  Tal es nuestro caso.  Lo afirmo con certeza, sin dubitaciones, porque como he estado en el campo de las advertencias he tenido mejores oportunidades de identificar la marcha y desarrollo de los hechos y circunstancias descalabrantes.

Lo peor ha sido el retardo que se pudo generar, al grado de impresionarnos para llegar a creer que “nos cogió lo tarde”; no columbrar los alcances del trastorno; ésto, por lo que se ha dicho muchas veces, que la mayor habilidad del diablo consiste en mantenernos en el error de no creer en su existencia.

Por eso se originan, en quienes advierten, las angustias de sentirse en la impotencia del desoído, tal  como ocurre cuando se clama en el desierto.  Las espesas brumas que nos han impuesto no nos han dejado ver ni saber plenamente de qué se trataba.

Ahora bien, he de proseguir advirtiendo.  Me ayuda para hacerlo el hecho de comprobar que ya hay una alarma palpable, todavía larvada, pero augural, de que las reacciones están a punto de asumir la intensidad necesaria como para pensar en aquella conducta dramáticamente descrita en nuestro himno: “Salve el pueblo que intrépido y fuerte a la guerra a morir se lanzó…”.

Parecería eso, a los ojos del desencanto sembrado por la traición, que la premonición es sólo una baladronada retórica, bravucona, quizás paranoica; que ya  no es posible porque ellos se encargaron de intentar desmembrar los símbolos nacionales, entre ellos ese himno que desprecian diciendo que su  heroísmo es supuesto, que se trata de  exaltaciones de fantasías sobre luchas y batallas que no se dieron, al menos en los términos en que se ha pretendido.  No han bastado los doce años de guerras subsecuentes al glorioso febrero del cuarenta y cuatro para respetar la heroica resistencia de parte nuestra.

Por ello se hace necesario destacar que a esa ignominiosa pretensión se le puede responder que ese himno también tiene otras partes del canto que no se dan a conocer, so pretexto de resultar muy larga la elegía; son aquellas que dicen:

Y si pudo inconsulto caudillo

De esas glorias el brillo empañar,

De la guerra se vio en Capotillo

La bandera de fuego ondear.

 Y el incendio que atónito deja

De Castilla al soberbio León,

De las playas gloriosas le aleja

Donde flota el cruzado pendón.

 Compatriotas, mostremos erguida

Nuestra frente, orgullosos de hoy más;

Que Quisqueya será destruida

Pero sierva de nuevo, ¡jamás!

 Que es santuario de amor cada pecho

Do la patria se siente vivir;

Y es su escudo invencible: el derecho;

Y es su lema: ser libre o morir.

 ¡Libertad! que aún se yergue serena

La Victoria en su carro triunfal,

Y el clarín de la guerra aún resuena

Pregonando su gloria inmortal.

 ¡Libertad! Que los ecos se agiten

Mientras llenos de noble ansiedad

Nuestros campos de gloria repiten

¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD!.

Aquella gesta restauradora de la Independencia fue una guerra popular neta; las potencias de entonces no negaron su condición de proeza; el propio Lincoln ya le advertía a su vanidoso Secretario de Estado Seward:  “En cuanto a Santo Domingo, he estado muy atento a los sucesos de allí”.  Se refería a la anexión a España de cuya liberación  no llegara a saber porque  ya había sido sacrificado para dolor perpetuo del mundo.

Los dominicanos sabemos sublevarnos en los momentos precisos y la prueba última y gloriosa del sesenta y cinco así lo  ha demostrado.  Sólo hay que leer las obras excelentes escritas por autores norteamericanos para comprender cuál fue la magnitud del desconcierto  que se produjo en Washington frente al tipo de resistencia  que nuestro pueblo opuso a la continuación del atropello antidemocrático del facto.

El presidente  que ordenara la masiva intervención militar no tenía  una idea clara del pueblo  que se sumaba al levantamiento militar surgido, ni tampoco  los políticos e intelectuales que les servían de consejeros salían de su asombro ante el coraje de tantos desconocidos  de entonces que desafiaban los poderes de la tierra por la  Constitución y el estado de derecho que les habían arrancado a su pueblo.

No crean, pues, los maquinadores de la traición que la incertidumbre los  seguirá encubriendo; se allegan y se sienten de los pasos de las definiciones y tengo la convicción de que el pueblo responderá, una vez más.

Pienso, finalmente, que en el propio centro de poder hay gente al mando que sabe exactamente las magnitudes del cataclismo que se generalizaría en la isla, una vez se intente rematar el odioso plan de nuestra extinción como Estado.  La Balcanización del Caribe no creo que les resulte indiferente a los hombres de guerra, que por fortuna ayudan a gobernar en la potencia mayor de la tierra.  Ellos, según dije, paradójicamente, son mejores garantes de la paz pues saben demasiado de la guerra y nadie en sano juicio puede esperar que los dominicanos se ausentarán de sus deberes para con su patria.

Entonces no habrá incertidumbre.  Otra vez, estaremos reaccionando para que no “nos coja lo tarde”.  Luego de ese legendario abril, “nada será tarde”.

Algún provecho tiene la infamia

Los grandes presentimientos de la historia no tienen todavía una muestra parecida a la expresión del Mariscal Sucre, cuando recibiera del Libertador las instrucciones  de ir al Ecuador  a tratar de organizar aquel enjambre de inquietudes y presagios:  “Esta comisión tiene espinas”.  Luego se supo con su muerte, ya en Colombia, lo que presintió aquel predestinado de la gloria, hijo espiritual de Bolívar; su sucesor previsible, una vez se cumplieran los designios contra el “Padre de las Independencias”, el “Hijo de la Gloria”, y el “Espíritu de la Libertad”, según lo describiera un combativo púlpito criollo de la Caracas de entonces un día de la Santísima Trinidad.

En la vida simple de la gente corriente también se dan casos de recelos instintivos que les hacen sentir con anticipación los peligros, consumados luego como desgracias presentidas.

Tal fue mi caso cuando el primer día del mes de marzo del año setenta y dos del pasado siglo el Presidente de la República me invitó a ayudarle en los esfuerzos de aplicación de su programa social agrario, que tan sólo horas antes se había propuesto por ante la Asamblea Nacional en cinco proyectos de leyes excepcionalmente importantes.

Al aceptar el delicado encargo presentí que mi vida cambiaría sustancialmente para siempre; aquel apasionante proceso de justicia social, durante el tiempo que permaneciera en él con mi ánimo beligerante innato, me fue dando pruebas de lo válido de mi presentimiento de que “esa comisión tendría espinas”.

Una tarde de aquel tiempo me llamó el Jefe del Estado para participarme su interés de asignarme una escolta policial en razón de que tenía información preocupante de que se preparaba un atentado como respuesta a mis endurecidas posiciones en la aplicación de aquellas leyes.

Viniendo la previsión de aquel hombre tan sereno y renuente a aspavientos, quedaba yo definitivamente persuadido de los altos riesgos que entrañaba tocar los duros intereses de la propiedad de la tierra; sentí que todo cambiaría, desde la elemental privacidad de poder andar solo, hasta la naturaleza de mis dedicaciones personales y profesionales; dejaba de ser, en cierto modo, abogado de los tribunales de la República para convertirme más bien en un abogado de la República.

Salí del programa agrario veinte meses después por inconformidad manifiesta con su velocidad enlentecida, pero no me dio la vida descanso, pues aparecieron las durezas del debate político, girando alrededor otros males terribles para la República: la corrupción público-privada, y muy especialmente la presencia de la droga y su tráfico transnacional que aposentaba su insidiosa presencia.

Los riesgos oriundos de las responsabilidades  social agrarias resultaban casi un juego de niños frente  a los retos de estas otras modalidades de compromiso con la defensa de la República; en esta fase, por ejemplo, he tenido que pasar por experiencias tétricas cuando asistiera tres veces a sepelios de hombres jóvenes, humildes, consagrados a brindar protección a mí y a mi familia, arrastrada en cierta forma por mis misiones temerarias de defensa, hasta colocarla en encrucijadas de altos riesgos.

Pues bien, como si todo lo anterior fuera poco, se venían a sumar a esas vicisitudes la misión que me impuse de alertar  acerca del desastre de nuestra soberanía, tan herida de muerte; ha sido de ahí de donde  han emergido nuevos y variados peligros, agregados a los existentes, no sólo girando alrededor del eje previsible  del asesinato físico, sino por el otro odioso medio de la muerte moral, a grupas de las peores infamias, señalándome en este campo como parte de “odiosos grupos de racistas”, “xenófobos”, “persecutorios”, “de falsos nacionalistas, que sólo saben sembrar odios”.

En los últimos días he meditado mucho sobre este último método de combatirnos a todos los que estamos en la honrosa trinchera del patriotismo y, luego de la deprimente  participación de algunos jerarcas  de la iglesia, nada menos  que en el sacratísimo sermón de las siete palabras, donde  dieran pruebas penosas de complicidad  con la trama anti-nacional, recordé  aquel obsceno papel de un renombrado escritor latinoamericano, que desde un diario importantísimo de España pidió formalmente el retiro deshonroso  de esa gloria de la República, cabeza indómita de nuestra iglesia, que sigue siendo Nicolás de Jesús López Rodríguez, nuestro amado Cardenal, bastión esclarecido desde el púlpito que fuera de Meriño y el Padre Castellanos.

Me ha ocurrido que en el influyente diario de mención me cuentan que apareció un ataque similar al de las siete palabras, pero ya con mi nombre, calificándome como “nazi-fascista- trujillista”, según parece bajo encargo de la cueva de la alta traición de la patria.

Yo no hago mayor caso a esas pretensas descalificaciones, ya que la larga vida de sacrificados servicios a mi sociedad se ha encargado de desmentir rotundamente  las infamias; la gracia de Dios me ha permitido acreditarme como un modesto, pero esforzado, defensor de la República, en campos tan sensitivos  como la pobreza campesina, el saqueo de los magros recursos a cargo de los corruptos de la política y el alto empresariado, el narcotráfico y, muy especialmente, la exposición a desaparecer en que se ha puesto la patria misma.

Como en los ejércitos se dice de sus soldados verdaderos, creo poder decir he cumplido; “valor probado”.

Pero debo acentuar aquí un aspecto muy interesante de mi final asunción de riesgos letales y decir que he sostenido como vigorosa tesis la existencia de un pacto implícito en la conjura contra nuestra patria: la Geopolítica de Unión Europea, sujeta como estuvo a la época pre-Trump del poder central de la tierra, el alto empresariado y el narcotráfico internacional.

Conforme a mi entender, no ha mediado acuerdo connivente y previo, excepto el alto empresariado, que sí sabe muy bien que el capital del vecino estado colapsado desde hace décadas está en manos de mafias internacionales.

Pero, el hecho es que todos concurren al objetivo de crear un esperpéntico Estado Binacional, vecino a Puerto Rico, frontera   jurídica de Estados Unidos, que cuenta con seis aeropuertos internacionales y puertos marítimos de transbordo y gran calado.

Esa tesis multidireccional es la que puede estar engendrando el núcleo más denso de las infamias, haciendo las veces de las “patas de los caballos”, debajo de las cuales pueden estar los propósitos más terribles.

Hago un paréntesis, sólo para recordar cómo respondía en la década de los sesenta, cuando la lucha política se desatara, luego de la muerte del dictador; me limitaba a señalar que nací un año después de ser éste poder omnímodo; que conversé apenas dos minutos en mi vida con él, tan sólo dos meses antes de su muerte, y que las fuerzas más puras y revolucionarias de aquellos momentos jamás me hicieron la menor alusión despectiva.  No así las fuerzas cívicas retardatarias donde pululaban abogados adversarios, que no asimilaron jamás mis éxitos profesionales desde el primer proceso penal que me sirviera de debut.

Ahora bien, reconozco que permanecí luego del magnicidio al lado de un gobernante de excepción que supo prohijar la transición y, luego de un exilio que pareciera su tumba, dado el descrédito violento con que lo arrojaron, volvió para gobernar durante cinco períodos que alcanzaran los veintidós años, no sin antes ser declarado Padre de la Democracia por sus propios enemigos y detractores de los primeros tiempos de libertad.  Preciso que no fui su funcionario, fuera de los veinte meses de lucha social agraria

Ese Balaguer que se menciona con desprecio en el importante diario español en ocasión del insulto a mí,  fue el mismo que, ya muy anciano y ciego, se rehusó siendo Presidente a aceptar la propuesta de establecer  diez y nueve campamento de veinte mil supuestos refugiados, algo que le costara el recorte  de dos años de su último período presidencial por obra de un Presidente Clinton, que en su autobiografía dedica once páginas fascinado con sus experiencias vividas en Haití, desde el tiempo en que era Gobernador, y apenas dos líneas  al anciano gobernante que, según le dijeron, “tenía un gran talento”.

Ese anciano ciego, a la maliciosa oferta que de forma insidiosa se le hiciera de un posible Premio Nobel de la Paz, respondió que no necesitaba reconocimientos internacionales pues estaba de por medio la sagrada causa de la patria.

Quizás no sea ocioso recordar que a Trujillo el parlamento haitiano, en el año de 1936, le aprobó su inscripción en Oslo para el Nobel de la Paz, es decir, un año antes del desastre de la matanza del treinta y siete, llevada a cabo en la frontera norte, cuando todavía la principal avenida de Puerto Príncipe llevaba su nombre.

Estas cosas se las dejo como anticipo a los frustrados sicarios de honras que se están movilizando bajo repugnantes encargos.

En suma, hoy lo que me propongo es poner de relieve que la traición está activa, moviendo los hilos de la trama, aunque de manera diferente a como lo estuvo haciendo en el mini paraíso de Obama, cuando se esperaba Hillary, algo que le permitía no confrontar ninguna dificultad para mantener bien vivo el interés norteamericano de re absorbernos en un Estado Binacional oprobioso.

Ahora ocurre que es más difícil convencer a los mandos de allí porque tienen ideas similares para su patria a las que tenemos muchos para la nuestra.

Es por ello que se ve la traición muy empeñada en que se produzcan grotescas intromisiones, como la última y más reciente de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH).  Intrusa y desvergonzada como siempre, vino a liberarnos de una llamada “lista negra”, bien racista, por cierto, por su propia denominación, pero sólo para incurrir en el imperdonable atrevimiento de ordenarnos desechar nuestra Constitución, nuestras leyes y hasta nuestra propia justicia en niveles constitucionales.

Claro está, en ese contexto se hace necesario a la traición abrir fétidas campañas de descrédito a todo aquél que se atreva a invocar amor y respeto por su patria.

De Eugenio María de Hostos se sabe cuanto dijo desde la inmensa tribuna de su condición de maestro de América: “La lucha que sostuvo el pueblo dominicano contra Haití no fue una guerra vulgar. El pueblo dominicano defendía más que su independencia, su idioma; la honra de su familia, la libertad de su comercio, mejor suerte para su trabajo, la escuela para sus hijos, el respeto a la religión de sus antepasados, la seguridad individual…Era la lucha solemne de costumbres y de principios que eran diametralmente opuestos; de la barbarie contra la civilización”.

Ese testimonio responde plenamente, tanto al púlpito desgraciadamente reducido en su trascendencia, como al libelo extranjero que no podrían responder a ese prócer ni que estuvieran dementes, imputándole xenofobia o cualquier otro dicterio de los que utilizan los fusionistas al servicio de los peores enemigos de nuestra patria.

Como podrán ustedes comprender, el título de estas cuartillas “algunos provechos de la infamia”, queda justificado con las múltiples reminiscencias que frente a las infamias de ayer me han servido para ripostar a las de hoy. ¿No les parece?