Los días extraños que vivimos obligan a meditar continuamente.    Su paso está sobrecargado de enigmas y ha vuelto la incertidumbre más densa y ominosa que nunca.

Ocurre que uno escribe intentando servir para la orientación y en cuestión de horas se presentan nuevas e incesantes modalidades y vertientes de la conflictividad que nos desquician.

Daba por escrito esto y apareció la carta de César.  Es ésta la que completa la eficacia de la resonancia magnética que yo creo ver en los dos discursos aquellos, gracias a los cuales se pudo localizar dónde está el tumor del odio, del rencor y la envidia  que ha invadido con su metástasis la estabilidad institucional, la democracia y el estado de derecho, cuyo desordenamiento parece ser el objetivo final de designios muy oscuros y peligrosos, aún no revelados plenamente, cuya presencia sólo se ha sentido dependiendo del examen de cálculos de malicias y gestos.

Así, pues, la entrega de hoy, para comprenderla mejor, es preciso recibirla como redactada sobre la marcha de las nuevas circunstancias.

Había escrito y dado por sentado lo siguiente:

Algunos amigos se extrañaron de mi silencio durante la pasada  semana en medio de la tempestad de pasiones que se desatara.

En verdad, me mostré reservado y no quise explicarles las razones de mi silencio y lo hice pensando en que era en mi programa televisivo La Respuesta donde debía hablar.

Confesé en ese programa, que es consorte de La Pregunta, que había callado por sentirme derrotado en un propósito de unidad que llevé hasta el cansancio al exponerlo sin receso en ese programa tan entrañable.

Referí que desde el año 12, en forma quizás sorprendente porque se estaba en el júbilo del triunfo electoral, comencé a advertir en cartas de texto único a los dos líderes mejor definidos del Partido de Juan Bosch acerca de los peligros que podrían estar merodeando esa unidad para enfermarla.  Enronquecí durante años exhortando a los líderes fundamentales de ese partido a que impidieran el agrietamiento que se veía venir, no tan a lo lejos.

Ahora es cuando vengo a tener los hechos encima mostrándome la honda desintegración que ha sufrido y por ello dubité si hablar, seguir haciéndolo, o callar para siempre.

Esa era la elocuencia de los hechos que siempre sugería que aguardáramos porque iba a ser más convincente que las palabras.  Ocurrió de tal modo que todavía no me he podido sentir alegre por cuanto sucedió, al grado de que en el momento mismo en que decía en La Respuesta del pasado domingo, ya con el pesimismo aplastándome, que el Partido de Juan Bosch no existe, en la noche en el discurso de despedida de su Presidente Leonel Fernández, al oir esa misma expresión de sus labios me convencí de que, por mucho que fuera el pesar que me produjera la ruina de la cohesión y la fraternidad, no fueron tan inútiles mis esfuerzos, pues de los lideres advertidos uno llegó a comprender totalmente el desastre que se había logrado imponer.  Sobre todo, porque se apartaba listo para servir al pueblo desde La Fuerza del Pueblo a la conservación del respeto del orden institucional.

Sin embargo, sigo padeciendo una mezcla de tristeza y desagrado por no haber alcanzado tan sano cometido, aunque con la esperanza de que finalmente el pueblo será el encargado de rendir “la ardua sentencia”.

Llegué tan lejos en mi desaliento que recordé unos versos sencillos de Suramérica que siempre me han impresionado cuantas veces he estado al borde de los vertiginosos trastornos de la sociedad nuestra que rezan:  “No digas nada, no preguntes nada; cuando quieras hablar quédate mudo, que un silencio sin fin sea tu espada, a la vez tu perfecto escudo”. 

Podría parecer quizás lo más aconsejable a mis años, pero no puedo hacer receso mientras viva para atender a todas aquellas cosas que puedan significar riesgo y peligro para la República.  Algunos hablan de “caer con las botas puestas”.  Yo prefiero la mía propia, “hasta el último aliento”,  como le decía al padre que no conociera evocando el momento de su muerte en Francia, cuya conciencia al desaparecer de seguro me tuvo muy presente.

Pero bien, he salido del silencio y digo lo siguiente: Se pronunciaron dos discursos en el país, uno, dia domingo y otro, el lunes siguiente.  Lo hicieron los dos líderes que aconsejara neciamente por la unidad y asombrosamente ambos discursos me han persuadido de que resultan de gran utilidad para el país porque fue una especie de duelo y ahí el pueblo pudo apreciar la hondura del conflicto, el espesor del odio y del rencor de uno para el otro.  Claro está, no recíproco. 

Me dije entonces, como ya señalé, mal que bien ésta ha sido una resonancia magnética prodigiosa para que el pueblo se convenciera y juzgara quién puede ser el verdadero culpable de este desastre.

Buscar el culpable significa señalar al que tendrá mayor responsabilidad en los sucesos impredecibles por venir: La turbación de la paz, el desorden constitucional posible, la incertidumbre brumosa de esas pugnas y el consiguiente desajuste, muy inmerecido, que al pueblo se le ha impuesto con esa odiosa acumulación de animadversiones entre dos hombres fundamentales: uno, expresidente de tres periodos, el otro, presidente actual de dos periodos. 

En tal orden de ideas me detengo brevemente para analizarlos a grandes rasgos: en uno encontré serenidad, buena índole, ausencia de ira, conceptos sólidos. Lo pronunció Leonel Fernández y en el mismo hizo un recuento muy meticuloso de su trayectoria desde muy joven en ese partido.  Ese recuento, desde luego, estaba dirigido a su pueblo, particularmente a la parte de éste que milita en ese partido, que es muy numerosa e inocente.

Era necesario hacerlo porque siendo presidente del mismo, anunciaría más adelante su retiro, tanto de su Presidencia como de su membresía. 

Ahora bien, contenía reproches severos, muy severos, pero cuidadosos en su exposición.  Se refirió a la forma en que había sido perseguido sin entrar en mayores detalles, pero a sabiendas de que el pueblo lo conoce; asimismo tocó la manera en que él entiende que se está exponiendo a la República a un trance trágico por la obstinación del Presidente de la República al tratar de mantenerse en el poder contra viento y marea y albergándose innegablemente en todas las malas artes que se han visto en esa pasarela de falsedades. 

Afirmó que estaba emprendiendo la lucha con la fuerza del pueblo, no tanto por una candidatura presidencial, sino para la defensa de la democracia, de la Constitución y el estado de derecho que ésta rige.

Claro está, no dejó de hacer alusión a la experiencia de su lucha contra el intento de su modificación para un tercer período, en el cual venciera, pero todo en un tono elevado, muy correcto, en la exposición que resultaba sabia y persuasiva como corresponde a un intelectual de su categoría. 

Horas después, se organizó, en una forma precipitada y bajo un atolondramiento alarmante, una reunión de las más altas instancias residuales de la dirección de ese partido y la gente entendió que versaría sobre la sustitución de su Presidente y, talvez, otros aspectos organizativos.

Pero no.  Se produjo un espectáculo realmente lamentable: el presidente de la República habló y explicó porqué lo hacía él y no el candidato bajo sus auspicios y desde ese principio hasta el final todo fue rencor, odio, mal contenido, respuestas penosas, algunas de ellas versando sobre méritos históricos propios, jamás vistos, amenazas a compañeros de hacerles perder si no caían en  sumisión a sus propósitos, que aún mantienen una vigencia soterrada difícil de desentrañar, pero seguramente desprovista de la buena fe que se espera de un Jefe de Estado, no de un fogoso representante de una facción del partido de poder.

Un desastre, porque el Presidente, además, aparecía totalmente descompuesto y desenfocado, dado que no encontró el buen consejo del asesor o el amigo que le dijera: “Presidente, si usted le va a dar respuesta a lo del domingo en la noche, lo primero que ha de hacer es sosegarse, no responder en forma improvisada; leer un discurso bien ordenado en el cual usted exprese sus posiciones, porque la improvisación es siempre muy peligrosa, aún para los profesionales de la oratoria.”

El hecho es que se intentó, en principio, montar aquel espectáculo en un coliseo de boxeo, un lugar inadecuado por sí mismo.  Y cuando se hizo la rectificación por montarlo en un alojamiento deportivo, a última hora se vio improvisar un público, especialmente de mujeres del pueblo; valiosas madres, que,  incluso, aparecieron en las fílmicas con sus niños y sus biberones.   Muy deprimente el episodio.

En fin, yo no quiero seguir en detalles zahirientes, ni mofarme de las cosas absurdas que se plantearon, especialmente la relativa a la cuestión de la ayuda que pudo recibir para llegar a ser presidente.

Lo cierto es que, inmediatamente después de sus revelaciones, comenzaron las redes a pasar su confesión del año 12 sobre “los esfuerzos de Leonel Fernández” “que fueron mayores que si hubiese sido en una campaña propia” y que “logró una unidad nunca vista en la historia de los partidos políticos del país””.

Para colmo de mi contrariedad se me mostró, hasta conmoverme, de los archivos de la Fuerza Nacional Progresista su discurso en el mes de noviembre del año 11, cuando se iba a firmar el acuerdo de alianza entre nuestro partido y el Partido de la Liberación Dominicana en la Escuela de Formación Política Presidente Ramón Cáceres.

A mí me apenó oírle y verle cómo expresaba ese aporte que le ofrecía doña Margarita, el segundo frente, y que se podrían imaginar sus compañeros de campaña acerca del crecimiento que iba a aporta Leonel en el tercer frente, que ya estaba montando.

En realidad, he sido un gran derrotado porque demandé con mucha vehemencia, muy a tiempo, la unidad.  Me vencieron los intereses de la intriga y de las ambiciones y he visto llegar el trastorno plenamente.  Estoy triste y muy atormentado por lo que presiento como desgracia de todos.  Me duele haber perdido la apuesta por la armonía; “me venció el infierno”, pensaría mi migo Lidio Cadet.  El tsunami se siente llegar y debo meditar muy hondo cuanto debo hacer.

En suma, tenía escrito lo anterior y de súbito llegó lo siguiente: la carta de César.  Confirmé que los días son muy fluidos y presagiosos.  Lo he aprendido mejor a leer la despedida de César Pina del Partido de Juan Bosch.  Sentí que salía un águila de su nido, aunque con sus alas adoloridas dispuesta a remontar en el cielo ignorado de los principios; sin tener que ir a la tumba del prócer y sobrevolar la bendita tierra que viera nacer y que hoy lo amadriga en sus restos para siempre; sin romerías profanatorias.

César, el alumno, lo ha desagraviado haciéndole saber que aún vive, que tan sólo se ha dañado el armazón de sus sueños, pero que él sobrevive en su enseñanza, por lo que emigrarán legiones en procura de reagruparse para cumplir su sublime obsesión de servir al pueblo.

César, al irse, se lleva más bien otro morral lleno de ideales maltratados para juntarse con otros muchos y marchar hacia las abandonadas cimas de las ideas decorosas que el prócer estableciera como meta suprema.

El partido, ciertamente, dejó de existir pero el gran maestro queda y sus trascendentales propósitos están ahí intactos, aunque ultrajados por las derivas que se han pretendido hacer hacia el oscuro antro del egoísmo, los rencores y el provecho indebido.

César, envuelto en el manto del decoro, se aleja del montón de trabas degradantes con que se intenta cumplir aquel ambiguo programa que se produjera bajo la promesa hecha lema de campaña de que “se haría lo que nunca se había hecho”. 

Era inconcebible, por supuesto, que un Pina pudiera permanecer impasible en un tiempo de poder en que se arranca del vientre de la bandera el hijo amado de su escudo.  Temblaría el altar trinitario donde acudieran brillantemente sus mayores.

Todo este confuso baile de puñales, en medio de los óleos mudos del prócer que se quieren esgrimir como pruebas inverosímiles de aprobación a esta trágica encrucijada de nueva Troya.

En fin, César, con su carta ha atildado las letras del epitafio de su partido entrañable y creo que junto a otros valiosos discípulos del maestro sabrán asumir las responsabilidades de probarle al pueblo que “aunque se apagaron sus faros no se han dormido sus vigías” para dejarle caer en las rocas terribles de las incomprensiones, los desencuentros y las grandes traiciones a la Patria.

Gracias a César por su serena lección.  El pueblo necesita de esos gestos y esas honradas determinaciones.

¿Creen ustedes que soy justo al escribir de este modo?  Así lo espero.

One thought on “Los discursos y la carta de César

  1. Buenas Noches Dr. Castillo mis respetos como siempre. Acabo de leer su escrito de hoy y le dire q no tiene desperdicios. Cesar Pina es un caballero y su renuncia es para formar parte en la continuacion del Legado del Maestro Juan Bosch. Usted lo hace muy bien como lo esta haciendo en sus exposiciones. Nos vemos el Domingo en La Respuesta. Dios lo cuide por siempre Maestro….🙏🙏

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