Apenas a horas de llegar el Año 19, me abrumaba el pesar; es tal su carga de enigmas que el otro, moribundo, se empezaba a olvidar, como si se simplificaran sus tribulaciones que fueran tan presagiosas. 

No creo recordar un paso de un año a otro tan singular y ésto se relaciona con el hecho de que los peligros de la patria se han venido condensando, recreciéndose más bien, y al obrar sobre la conciencia nacional, ésta despierta convicciones rotundas muy generalizadas  e inequívocas de que ha llegado la hora de  grandes definiciones.

“To be or not to be, that is the cuestión”; el inmortal dilema del Hamlet, lo tenemos presente; ser libres o no ser libres, que es lo que a nosotros nos obliga a comportarnos según lo concibieran los gloriosos sueños fundacionales que parecieron amenazar con perderse en la inmensidad de un mar de ingratitudes y traiciones. 

Es como si las urgencias sagradas de servir se desplegaran en un nebuloso campo de batalla donde no cuentan ya los años, ni los meses, ni los días, y tan sólo se espera la hora en ese tiempo para entrar en ella, bajo el convencimiento de no habría desdicha mayor que la de perder algo que no se puede perder y menos sobrevivir: LA PATRIA.

Para mí resultan muy mordientes esas consideraciones porque tengo que sofrenar y poner de lado la ira que me asalta con tan solo pensar en los esfuerzos que he hecho en favor de una unidad nacional cerrada y fuerte entre nosotros, algo que nos permitiera blindarnos ante los males agresivos que nos imponían los poderes de la tierra, favorecidos por una traición más audaz que la de Troya.

Confieso mis íntimas dificultades para contener y desechar ese sentimiento, tan enemigo de la razón, que es la ira; pero, debo sobreponerme para seguir animando la lucha inevitable que nos llama a rebato desde los campanarios de nuestro honor de pueblo, que tan silenciosos permanecían. 

El hecho es que, aún así, no agoto mi reclamo a los líderes mayores de la República para que rectifiquen el rumbo de sus desencuentros, sin dejar de advertirles que lo que viene como conflicto terminal puede pulverizarles su importancia innegable.

Ciertamente todavía conservan poder de atracción sobre masas notables, pero serían éstas las mismas que en un instante serían capaces de desconocerles y derivar hacia canteras de indescifrables energías para la defensa de esa causa que, “por desesperada que sea, siempre será la causa del honor”, según lo enseñara el ideal más alto de patria que fuera Duarte.

Ahora bien, si me detuviera en esa descripción de mi estado de ánimo al arribar el nuevo año, eso quizás podría ser una especie de brindis al sol, un tanto melancólico, un rapto depresivo de alguien que ya cumple, o está por cumplir, su tiempo de vida y se aflige ante lo que cree ver como el final de su nación.

Sin embargo, tal no es el caso, pues lo que procuro es identificar, con renovada certeza, todo cuanto se nos ha venido encima y demandar sacrificios para enfrentarlo con la mayor firmeza.

Cuando lo hago, comienzo a traer mis iniciativas de alerta, desgraciadamente desoídas, a fin de someter a la consideración de cuantos me lean la calidad de mis móviles, esencialmente en las ocasiones en que me dirigiera a las expresiones más netas del liderato político en los últimos veinte años. 

Preciso se hará, al examinar estas pruebas que someto, atender a las fechas en que se manifestara el interés de hacerlo.  Es por ello que seleccionaré sólo algunos párrafos de mis cartas de advertencia, redactadas bajo un solo y mismo texto para que no pudiera la intriga infamar diciéndole acaso a uno de sus destinatarios que al otro no se le escribía en los mismos términos.

Veamos el primer ejemplo, quizás el más convincente, por haberse enviado la comunicación en la transición, es decir, cuando se había alcanzado la victoria electoral del año dos mil doce, y había buenos signos de que se habían superado las desavenencias de seis años atrás que alejaran severamente a esos dos líderes nacionales.

En efecto, de la carta de fecha 15 de junio del año 2012 extraigo estos párrafos que, aunque se explican por sí mismos, podrían merecer alguna explicación que mejore la visión de contexto:

“… Esta carta de texto único está dirigida a dos amigos con el propósito, también único, de hacerles una advertencia que puede resultar solemne porque se refiere a los peligros que merodean la marcha del progreso nacional y la felicidad de nuestra amada patria. 

Ustedes, amigos, tienen la misión fundamental de servir a su pueblo.  Lo han venido haciendo en tiempo y circunstancias disímiles, pero indivisibles, pues ha sido desde la atalaya del partido de Juan Bosch que se han propuesto para gobernarle: uno, que lo ha hecho de forma brillante durante tres períodos, y, otro, que acaba de ser investido con la responsabilidad de hacerlo bajo mandato popular de niveles muy altos, en una clara muestra de fe del pueblo, que ha sostenido  y preservado su sensitivo encargo por encima, y más allá, de situaciones difíciles que fueran sabiamente superadas.

Pero bien, es ahora cuando comienza el largo y más exigente trecho de seguir haciéndolo en un tremedal ominoso de crisis, a todas las escalas, que habrá de requerir una cohesión sagrada en el mando público, una dedicación leal y limpia de sus hombres esenciales que tienen como obligación ineludible desarrollar la fraternidad en los términos más puros que se puedan concebir.

Creo mi deber, pues, expresarles mis apreciaciones, que no son aprehensivas, acerca de esta etapa a punto de iniciarse.

¿Me aprobarían ustedes, mis queridos amigos, que lo hiciera por medio de un ejemplo de nuestra historia, que me tocara aprender en la adolescencia misma, oyendo la voz más insospechable de malicia y de pasiones del abuelo?

Lo haré así, en la esperanza de que pueda llegar más lejos esa vivencia de mi ayer que mis palabras de hoy hasta el convencimiento de ustedes, en cuanto a que ambos, juntos, sólo juntos, resultan cruciales para la suerte nacional en todos los órdenes.

La vivencia de la adolescencia, desde luego, fue corroborada después por el conocimiento y el aprendizaje de la historia y esto me anima a enarbolarla como una experiencia nada despreciable.

Ramón Cáceres Vásquez y Horacio Vásquez Lajara, hijos de hermanos entrañables, en las postrimerías del siglo XIX participaron en una hazaña liberadora y fueron decisivos en su empeño de gran aliento por la libertad.

Fue un tiempo aquel en el cual ellos propiamente constituían un solo ser.  Lo entendieron y practicaron, casi como una religión, porque estuvieron conscientes de que sólo su unidad monolítica podría lidiar con las circunstancias azarosas que sobrevinieran al magnicidio.  En efecto, cedieron donde tuvieron que ceder y estuvieron presentes donde tuvieron que estar durante los tres años subsiguientes a la gesta.

Sin embargo, Horacio y Mon, la unidad dialéctica vital del país, fueron minados y separados en forma lenta e insidiosa por la intriga política y por ese laborantismo sórdido de las apetencias y de las ventajas de sectores que resultaron capaces de destruir aquella unidad, cuya pérdida se pudo traducir ulteriormente en manifestaciones de rencorosos desencuentros, al grado patético de que, cuando Cáceres ya preconizaba a viva voz que a las elecciones del ’12 tendrían que acudir hombres de mayor cultura y más experimentados, después de una gestión de gobierno brillante y constructiva, el otro, que era un ser humano esencialmente bueno y generoso, fue incapaz de contener el lúgubre propósito que manifestara uno de sus áulicos, en visita que se le hiciera al exilio, de llegar hasta los términos del asesinato, propósito éste frente al cual Vásquez guardó un trágico silencio.

Mi abuelo, primo hermano de los dos, compañero de armas y de exilio en Cuba, ya caído Vásquez en el ’30 y durante los tiempos de opresión de la tiranía que se iniciaba, no dejó nunca de lamentar en la familia lo que él entendía que había sido una fatalidad para la República: la separación entre los primos Mon y Horacio.

Hablaba con tristeza y explicaba los detalles de la urdimbre y señalaba que habían sembrado cizaña de todo tipo para asegurar el alejamiento, que luego resultara una causa puntual del hundimiento de la República:  primero, por las  guerras interminables que subsiguieron al asesinato de Cáceres; y luego, la primera intervención militar extranjera,  hasta que, finalmente, un Horacio vetusto, enfermo, confundido por las camarillas, cometiera el extravío de la prolongación del período presidencial, algo que resultó umbral de una espantosa etapa de opresión de cerca de un tercio de siglo.

Ustedes, amigos, no son hombres de guerra como aquellos, ni son las circunstancias de la nación las mismas, pero, las intrigas, las disimulaciones y los socavamientos incesantes y peligrosos que se suscitan en el ámbito donde obra la participación de ambos, siguen siendo idénticas y por ello hay la necesidad de prevenirlas y el único modo de hacerlo es trabajar en su contra, buscando animarles a ustedes a mantener una relación permanente, fluida, respetuosa, que blinde esta nueva unidad dialéctica indispensable, constituida por dos hombres jóvenes dotados de atributos y virtudes innegables, que pueden impulsar de conjunto el país.  Uno, gobernando con total independencia, como es lo saludable; y el otro brindando una permanente asistencia de su apoyo, su comprensión y de su interés de que las cosas marchen cada vez más hacia mejor, como Dios manda.

No consentir jamás el agrietamiento de la amistad es la clave; estar siempre en guardia frente a las corrosiones murmuradoras de individuos y sectores; atender, incluso, con severo esmero la propia línea de conducta de los más allegados de las familias respectivas que, por desgracia, y así lo confirma mi vivencia (aunque no debo revelarles detalles por una sensible prudencia), es uno de los medios que se utilizan para separar a los hombres decisivos de poder. …

… ¿Cuál puede ser la resistencia máxima del país?  La clarividencia de sus dos hombres públicos fundamentales de hoy: el Presidente que ha sido y el Presidente que está por asumir.

De la armonía impenetrable y sabia que ustedes logren establecer y sostener, dependerá el porvenir de nuestro pueblo que, de otro modo, quedará expuesto al caos, la inestabilidad, el desorden o a cualquiera otra aventura aciaga de poderes anómalos.

Tal es el barranco que se abriría si lograren los turbios intereses del provecho repugnante de sujetos y sectores dañar la buena y leal amistad entre dos hijos valiosos de nuestra tierra. …”

Otra carta, ésta del 20 de mayo del año 2014, contiene estos párrafos:

“Durante las últimas semanas he estado cavilando acerca de los trastornos posibles de la necesaria cohesión del Partido de la Liberación Dominicana, (PLD), tanto en sus cuadros intermedios, como en sus bases.  Huelga referirles mi aprehensión, además, sobre las ya claras tensiones que se van esparciendo en ocasión de la experiencia de precandidaturas.

Mi percepción sigue siendo de la que el país, nuestro pueblo, no puede ser expuesto a una experiencia de nocivos desencuentros en el seno de una organización política que ha sido eje-rector de un bloque de poder que está por agotar un cuarto período de gobierno.  …

… Todo lo expuesto entonces refuerza mi convencimiento de hoy de que el país necesita desesperadamente que ustedes conserven una unidad invencible, que le permita confiar en que de la deliberación contínua y sana que llevaren a cabo, surgirán los derroteros únicos que debemos de recorrer en el mediato futuro. …

… Ahí no caben ensayos ni experimentos.  Lo más pertinente es que el país haga uso y cuente con sus activos políticos mejor dotados, ya probados; precisamente para evitar que, fruto de una fragmentación de la unidad interna de la organización política eje, se cuelen nuevas aventuras, tal como ocurriera en el aciago año 2000.         

He pensado, en resumen, que deben ustedes dos sistematizar sus encuentros y compartir incesantemente sus preocupaciones y proyectos, pues, por encima del ventajismo de las intrigas colaterales y de toda esa escoria de ambiciones que suelen constelar los lideratos, está la agenda país  como imperativo dominante. …”

Decidí escribir en aquellos  momentos y a los pocos que supieron de ello les pareció extraño que lo hiciera, pues las cosas se asumían como  muy normales dado el júbilo del éxito electoral y  nada hacía sospechar que hubiera algún retroceso en la amistad restablecida,  en apariencia. 

Yo tenía, en cambio, cierto sobresalto, dominado por lo que enseña el elemento histórico.  No en vano había hecho alusión directa cuando le transmitía a los líderes lo que aprendí del abuelo, que era equidistante en la lealtad afectiva entre los primos hermanos que fueran dos presidentes legendarios de la República, Cáceres y Vásquez. Hijos los tres de hermanos muy unidos.

Desde luego, me había cuidado de no enseñarle a ninguna otra persona el contenido del texto de la carta del 12 de junio de 2012; mis amigos y mis propios hijos supieron que yo les había escrito a Leonel y a Danilo, pero no lo que les decía acerca del valor de la unidad nacional y de lo vital que resultaba que ellos encabezaran el ejemplo. 

Sabía, claro está, del nefasto papel de los grupos de amiguetes, de las camarillas y de lo difícil que se hacía siempre incorporarlos al servicio de la concordia y la armonía.

Del abuelo también aprendí cómo se las ingenian para predominar las rencorosas aversiones de los afluentes y tributarios de ese temible y turbio río que es el poder político. 

Pero bien, ya está el Año 19 vigente.   En realidad, su carga de enigmas es el resultado de la acumulación de hechos  tan  netos, como descalabro, que se fueron abriendo brechas para  dejar de  entrever solamente sus magnitudes peligrosas, y pasar al  convencimiento de que no  había fantasía  en su señalamiento, pues  iban más lejos de ser signos presagiosos.

El primer intento de explicación de mis sospechas en cuanto a que las cosas podrían complicarse surgió de algo que mis hijos cometieron el error de no decírmelo cuando ocurriera, sino mucho después de haberse firmado el Pacto de Alianza entre  el Partido  de  la Liberación y nosotros, en su versión de cuarta generación, para su firma.  

Se llevó a cabo el ceremonial en la Escuela de Formación Política Presidente Ramón Cáceres y todo resultó agradable; pareció una experiencia confirmatoria de que entre los líderes, el presidente de la República y el candidato de entonces, existía una sólida estructura de afecto y confianza que sobreaseguraba la unidad nacional. 

Los discursos fueron emocionados y sugerentes de una buena sintonía.   ¿Cuál fue mi primera sorpresa, días después?  Mis hijos me relataron el peligro en que había estado el Pacto de Alianza; me explicaron que habían recibido una Minuta para que fuera aprobada por nosotros y que, sólo por acaso, fue reexaminada por uno de ellos, el menos político y más abogado, que se asombró del contenido del borrador de Pacto y dijo: “Es necesario reformarlo y ésto no se le puede enseñar al viejo”.  Se refería a mí.

En efecto, el Pacto de Alianza se reformuló sustituyendo todas las admisiones deshonrosas que se pretendía someter al propio Presidente para que fuera firmado por él a propuesta nuestra. 

Era inconcebible que se le diera curso a esa ofensa primaria y demoledora de la unidad y que el presidente Leonel Fernández no resultare ofendido con tan indecente propuesta en la que se pretendía una admisión catastrófica de que en sus gobiernos se habían cometido crímenes económicos múltiples  y graves, pues de haber ocurrido así hubiera resultado una  confesión de culpabilidad, que habría sido suficiente para arrestarle tan pronto quedare  investido el nuevo presidente.

En verdad, quiero ser justo, tan pronto se le hizo saber al candidato nuestra negativa a admitir  tales  confesiones  de los crímenes y delitos supuestos de aquellos tres períodos  de gobierno, según se me explicó, reaccionó favorablemente a que fuera reformulado considerando inadmisible la Minuta-Propuesta. 

Yo no tenía la más remota información de que ese impasse se había producido y pienso que mis hijos salvaron el Pacto de Alianza al no ponerme al día sobre aquella felonía atroz. 

Pero era un tiempo en que tampoco yo conocía el entorno de sombras que podía haber detrás del candidato; es más, al director esencial de emboscadas de aquella etapa, que resultó ser hoy una versión de Primer Ministro, yo lo vine a conocer después de la victoria electoral en una cena de hotel, cuando le pregunté en la mesa a alguien si ese señor era un corresponsal de alguna agencia de prensa extranjera.

Como siempre ocurre, el tiempo se encargó de ir desnudando las cosas y, ya siendo gobierno, al cual yo pertenecía, me encontré con que el arquitecto de aquella minuta, al parecer, tenía una especie de obsesión en establecer que entre Leonel Fernández y Danilo Medina habría una diferencia tan profunda en sus gobiernos, que se podría hablar con toda propiedad de “un antes y un después”.  Un antes de niebla y un después de transparencia.

Me pude dar cuenta paulatinamente de que había peligros de jungla y que la sinceridad, como la lealtad, pasarían a ser moneda de curso corriente.  Y lo que resultaba más chocante era que se invocaba, a veces, con mucha firmeza y aparente entusiasmo la memoria de Juan Bosch, como si se estuviera por hacer un esfuerzo para restablecer el prestigio perdido de su partido en aquellas pruebas de tres períodos presidenciales.

Todo quedaba de tal modo que el joven aquél al que había definido Juan Bosch como “una mina de oro” en el año ’95, no pasaba de ser un indolente rufián.

En fin, unas tramas sensacionalmente siniestras que luego las pude apreciar, ya como gobierno, de parte de la decisiva influencia de lo que he llamado “el injerto”. 

Fue así donde comencé a dudar crecientemente de la reconciliación entre los líderes como algo duradero y luego se sumaron otros episodios que me fueron aumentando la desconfianza, hasta convertirla en repugnancia.    Entonces, en fecha 26 de diciembre de 2013, volví a escribirles a los líderes con expresiones como éstas:

“… Lo hago de este modo porque el contenido de la carta dirigida a él creo que es de vivo interés y de una muy sensible significación para usted, como Jefe del Estado, cabeza de la nación, circunstancias éstas que me han llevado a trabajar con modestia y sinceridad de animarles y estimularles a esfuerzos conjuntos y a iniciativas de gran unidad nacional que nos puedan preservar de daños inminentes, de dimensiones catastróficas. …”

En todo caso, les ruego que observen con cuidado las distintas fechas de remisión de esas cartas, más bien de algunos de sus párrafos esenciales, porque sólo así se salva de sospecha de oportunismo mi empeño de contribuir al fortalecimiento de la unidad nacional en el presente, precisamente en ese crucial y decisivo nivel del liderato. 

Pero, el tiempo, repito, en su incesante exhibición de pruebas nuevas, trajo al ambiente nacional una muestra horrible de persecución contra el expresidente Fernández, decididamente organizada, impulsada y tolerada desde los círculos más altos de poder, aunque revestida con un engañoso apoyo del poder extranjero que encabezaba entonces la conspiración contra la República. 

La nación fue testigo de la maniobra política más repugnante que se haya podido producir en todos los tiempos de la política nacional buscando invalidar a un potente candidato del propio partido.

Y no quiero significar con ello que fuera obra urdida por el líder presidente, pero sí creo que incurrió en algo de muchos modos peor: lo consintió, estando de por medio la disputa por la candidatura presidencial y nada impedía entender que las bajezas obraban en su favor, por lo que pienso que jamás debió consentirlas, porque el odio que se podría generar vendría a convertirse en un foso ominoso, al parecer insalvable. 

Los grupos que fraguaran la maldad mafiosa de pretender matar moralmente a un hombre que ha sido tres veces presidente, han terminado por empavorecerse y cuando se acerca la hora de salir del poder los asaltan las temibles tentaciones de evitar que aquél que fuera su víctima pueda volver, cosa ésta que se hace obvia aceleradamente. Y todo ello resulta un cáncer pancreático para el porvenir de la República.

Sé bien que la maldad es la práctica que más temores y pavores engendra y que cuando esos desquiciamientos remordidos están en posiciones de poder y mando, pueden convertirse en los peores riesgos del pueblo. 

Es posible que se puedan reproducir maniobras nuevas, de todo género, y que puedan llegar al colmo de preferir un caos que les permita intentar evadirse de sus responsabilidades, cuando ya aquél lóbrego sueño de “un antes y un después” ha desaparecido, penosamente.    

El año ’15, no es ocioso recordarlo, no es el ’19.  Y por eso cito a Bergson, a quien desde muy joven seguí en mi formación profesional.  Veamos: 

“Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento continuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

Ojalá ésto sirva como nueva advertencia; es lo que me propongo en este año ‘19 tan cargado de enigmas, según dije, desde el principio de esta Pregunta.

Así las cosas, cabe preguntarse: ¿Renuncio o persisto en el propósito de unidad nacional, que en cierto modo me ha obsesionado?

Si atendiera a los rencores y estrafalarios desquites de la política habitual, renunciaría; en cambio, si pienso en la República, debo persistir en demandarla, porque ella está muy por encima de las roñas y bajezas de los odios interpersonales.

En suma, los dos líderes visibles y de mayor nivel tienen el deber de confluir porque han sido los beneficiarios de cinco mandatos presidenciales y ellos mejor que nadie pueden enmendar y corregir los rumbos brumosos del desastre y proteger así a su atormentado mandante que es el pueblo.

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