Todavía están dispersos mis continuos esfuerzos por advertir al pueblo de los peligros y riesgos que corría, particularmente acentuados en los últimos tiempos.

Hablé largamente sobre la seguridad pública que terminaría por perderse, con sus efectos demoledores en la seguridad individual; traté, asimismo, de los efectos terribles de la corrupción administrativa, pública y privada. Incluso, participé en procesos que fueron inútiles y frustrantes, pues luego de dos mil horas de juicios televisados la experiencia fue sepultada en alzada con una carta presidencial de dos párrafos.

Abogué por la alarma necesaria cuando se oían ya las pisadas del animal grande que es el Crimen Organizado y el Narcotráfico con sus secuelas terribles de la adicción al consumo. Sobre todo, fui insomne y persistente en sostener que toda aquella descomposición nos iría degradando hasta hacernos fácil presa del descrédito mundial y que éste sería utilizado por la Geopolítica para despojarnos de nuestra independencia, y con ésto de todos los atributos de soberanía y autodeterminación, borrándonos del mapa de los Estados-Naciones del mundo.

Llegó a parecer mi insistencia como algo necio, brotado de una mente tórrida, apasionada y agresiva, que tan sólo imaginaba esos fantasmas como una herramienta de la lucha política donde terciaba. Se me acusó de hacer las veces de un enfebrecido Catilina, enemigo del sosiego público.

Y pareció durante un largo tiempo que la razón estaba del lado de quienes me increpaban como un “fabulador”, un “orfebre del denuesto”, capaz de “ensañarse” con todos aquellos que lo adversaran.

Fue tanto así, que hasta mi santa madre se angustió antes de morir y ya en agonía me preguntó: “Dime hijo, y si todas esas cosas que tú crees no resultan así, ¿cómo te harás en el futuro?”

A ella le respondí: “Madre, no se preocupe, que muchos de ellos que me persiguen, no lo harán bien ni por error, y los hechos me darán la razón.”

Consecuente con el epitafio que le dedicara en su sepulcro, que reza: “Ahora tu recuerdo es la luz”, en la navidad pasada medité hondamente y llegué muy lejos por los senderos de mi conciencia y he quedado preparado para decirle a esa Madre indeleble: “He cumplido, Madre, y me han defendido los hechos, como te dije.”

Y lo anterior no es una forma de divagar, sino más bien un modo de poder emplazarme para cuanto llegue a escribir bajo el título de hoy “Predicciones Desoídas y Hechos Cumplidos.” Claro está, que necesitaré otras entregas más de La Pregunta para hacerlo, en los momentos apropiados.

¿Cómo lo emprenderé? Pienso que una manera de intentarlo sería la más convencional, es decir, editar una veintena de Conferencias y algunos discursos pronunciados en lugares bien diversos, nacionales y extranjeros, porque ahí está contenida una gran parte del empeño. Así se hará, eso pienso, si me alcanza el tiempo o mis descendientes cumplen con el encargo de hacerlo.

Afortunadamente este blog La Pregunta me ha resultado un medio fascinante para ir anticipando esas cosas, sobremanera, porque si bien debo fijar y precisar las predicciones desoídas, será aún más necesario correlacionarlas con el presente de los hechos consumados, en razón de que es ahora cuando los peligros y riesgos han dejado de ser posibles para convertirse en temibles realidades con las cuales habrá que lidiar como nunca antes lo hemos hecho dado que está de por medio nuestra independencia y la propia supervivencia como Estado, ya en trance de colapsar para siempre.

Fue obedeciendo a esas meditaciones que escribí la última Pregunta del pasado año dedicándola intensamente a sobreasegurar mi condición de testigo de excepción de cuanto ha ocurrido y prometer ser militante seguro de las luchas por librar, desde luego, en el tiempo que me pueda quedar de vida y bajo la determinación de cumplir mis deberes hasta el último hálito y, como se dice popularmente, “con las botas puestas”.

Pienso que, quizás como testigo resulte más sólido, pero que al enfrentar los peligros y riesgos, ya muy presentes, como militante de la defensa de la causa nacional, in extremis, creo que serán los jóvenes quienes tendrán que aportar el arrojo suficiente para encarnarla.

El fuego de mis palabras de antes, en la tribuna como en la pluma, ya sólo sería posible apreciarlo como un recuerdo agradecido, talvez con algún remordimiento. En cambio, las luchas por venir demandan y esperan las apasionadas determinaciones del compromiso que para mí, naturalmente, me podría resultar de difícil cumplimiento por el paso del tiempo en su marcha incesante hacia los lares comunes de lo desconocido.

Veamos cómo puedo hacer lo que me toca. En primer lugar, reclamar en términos serenos, pero enérgicos, la unidad nacional más plena; que no nos separen consideraciones ideológicas ni prejuicios de todo género.

En segundo lugar, ir describiendo mis advertencias pertinaces que giraron alrededor de tres ejes, como dijera anteriormente: la seguridad pública que se perdería, el tráfico grueso de drogas que se implantaría con sus dos rabos de fuego, el lavado de capitales y la desgarradora adicción al consumo, y la corrupción multisectorial que serviría de contexto y caldo de cultivo para una nueva y desgraciada experiencia de otro “Derrumbe” nacional.

Todo aquello planteado durante largo más de veinte años no dejaba de ser una temeridad como pronóstico, sobre todo, porque se proponía como un proceso de disolución previo y necesario para poder adelantar el mayor y más letal de los peligros: la pérdida de la independencia y la eventual conversión de hacernos parte de un extenso puerto libre para albergar todos los vicios y degeneraciones que pudieran sobrevenir de la fusión con el Estado Nación más pobre y desdichado del mundo.

Así, pues, en la amable soledad del fin de año me sentí animado a pensar sobre esos aspectos de la vida nacional, tan delicados e importantes, en los cuales supe ser actor o testigo cercano y, como expresé, la vida prolongada que me ha traído al escenario penoso de ver cumplirse tan fatales pronósticos.

No en vano desde la antigüedad personajes como Cicerón y Catón trataban la cuestión de la ancianidad, dándole a ésta una connotación interesante, que para algunos pueblos de hoy sigue siendo muy respetable.

Entre nosotros, en presencia de la ancianidad, se expresa muchas veces una forma que no deja de tener sabiduría, aunque parezca picaresca, cuando se felicita con motivo de un nuevo año a alguien y se debe cambiar el más por el menos, y se dice: “Le felicito por un año más de vida”, pensando el festejado, quizás, que el buen deseo calló la otra expresión “un año menos”.

Y es que la edad que apaga e ilumina es una fase muy interesante de la vida; la estoy pasando y siento que es cuando puedo testificar con mayor certeza y sinceridad acerca de cuanto ocurre, porque conocí de lo acaecido en otro tiempo y éste puede ser un referente muy útil, siempre que se conserve la salud mental, así como que la memoria no haya declinado en forma anómala hacia la merma, o que se esté confundido por falsas percepciones originarias acerca de ese pasado referido.

Cuando se conserva la capacidad de revisar, reajustar y se tiene el valor moral del reconocimiento de errores, aunque sea en la intimidad de la conciencia, se será más apto para alejarse de las turbulencias de las emociones pasionales que forman pareja con los bríos de la juventud.

Es en ese proceso de cambio paulatino donde se apersonan todas esas modalidades del buen juicio reconocido como respetable, que se reputa como la experiencia. La reflexión es entonces cuando reclama mejor su espacio y el consejo se torna más confiable.

Desde luego, no estoy convocando con estas meditaciones, ni remotamente, la idea de infalibilidad, ni de superioridad en el parecer o el vaticinio, pues el error, como la malicia, son maleantes contumaces que perduran y son muy innatos de la condición humana.

Lo que sostengo es que ese tiempo de las edades sucesivas le brinda a uno la oportuna posibilidad de ver, apreciar y aconsejar de forma más seria y constructiva acerca de la inmensa variedad de temas que conlleva la vida, tanto la individual como la colectiva.

Ahora bien, ¿por qué acuden a mí en estos momentos estas reflexiones? ¿Cuál es el interés que puede subyacer debajo de estas confesiones? ¿Persuadir a otros por vanidad o fortalecer la tranquilidad íntima? ¿Qué se busca, o se quiere, rumiando esas cosas que son más bien del alma?

En mi caso, servir, no otra cosa. Los momentos que me ha tocado vivir en el ocaso son muy sensitivos y peligrosos. Muchos de sus rasgos son sorprendentes, aunque pudieron percibirse como presentimientos. La suerte de la República, que desde siempre ha sido azarosa, se tornó tragedia mayor e inminente en los últimos tiempos porque ingresaron a su conflictividad nuevos componentes, a los que me refiero al principio, que fueran partes de mi beligerancia extrema en la lucha política, refutadas como hijas de mi supuesta “imaginación fabulatoria”.

El Crimen Organizado, por ejemplo, lo vi llegar y asentarse y sostuve con alarma que terminaría por minarnos y que especialmente por nuestra situación geográfica, quedaríamos muy expuestos y lábiles ante su curso de acciones.

Quizás el mayor contenido de verdad de las advertencias se pudo contener y desviar por mucho tiempo, pero en mis esfuerzos nunca dejé de afirmar que serían los hechos, como dije, los que terminarían por hablar en mi lugar. Y ésto parecía debilitar mis posiciones y yo mismo me consolaba diciendo: “De seguro que ya no estaré aquí cuando pasen esas cosas, pero serán y vendrán en días aciagos”.

En definitiva, ¿cuál ha sido mi realidad? Que mi tiempo de vida se ha prolongado tanto que he terminado mutando mi condición de actor a la de testigo y me encuentro con que me entristece y debo aborrecer la razón que me vienen dando los hechos, esos terribles y elocuentes agentes de destrucción masiva que han sabido arrasar con la felicidad y la paz de los pueblos.

Lejos de solazarme, pues, debo acongojarme dado que mis pronósticos cumplidos son tormentos de mi pueblo, y así quiero confesarlo ahora, cuando ya me siento a salvo de la falaz imputación de padecer de una “imaginación retorcida”.

Pero hablé de otros componentes de nuestra conflictividad de hoy, como indiqué en el principio, y debo precisar que también anticipé, desde un tiempo todavía más lejano, que en la medida que se bloqueara o frustrara aquel enorme esfuerzo de justicia social que fuera el Programa Agrario que asumiera el presidente Balaguer en el año setenta y dos, se aumentaría el desarraigo campesino y que nuestras ciudades mayores serían cercadas por marginalidades que a la larga se volverían peligrosas canteras de rebeldía; que había necesidad de aprovechar aquella legislación contra la traumática exclusión de nuestros campesinos para desarrollar una sociedad más justa y equilibrada mediante el uso de lo que llamé “estatuto de vocaciones”, al referirme al acceso del campesinado a la titularidad de la tierra donde nacieran para hacer de ellos ciudadanos incorporados directamente en la producción nacional, bien dignificados, no siervos electorales ocasionales.

Cuando sostuve esas cosas al desempeñar funciones puntuales en aquel programa agrario también fui incomprendido y maltratado como alborotador de la paz jurídica de la nación, no importando cuánto de injusta fuera aquella aberración de los egoísmos del provecho de la propiedad frente a la desnudez de los desposeídos.

Los hechos vendrían con su morral de pruebas a sumarse a nuestros tumbos debilitantes que tanto abonaron muchos de los desastres actuales, cargados de agresividades delictivas, originadas en el desarraigo y los trastornos de identidad de su descendencia.

Me ocurre así que la mirada en retrospectiva que hago en el presente la tengo que hacer abarcando toda la amplia gama de trastornos entre los cuales se destaca primordialmente el más temible y dañoso, el de la droga en sus dos vertientes: la del tráfico y la del consumo, preciso es repetirlo, obrado ya con intensidades crecientes para nuestro ruinoso hundimiento.

En suma, mis alegatos tenían más de prédica que de discurso y de lo que me siento cada vez más seguro es de que no mentía en mis alertas. Por eso que expresé en el principio sobre la vida prolongada y el testimonio posible, una vez superadas las pasiones y conveniencias convencionales del charlatán que es el éxito.

Desde luego, todo ha convergido en un estado de cosas muy desastroso porque en la medida que esos fenómenos descritos se hicieron coincidentes aumentaba la debilidad del ser nacional y vendrían los llamados cambios de paradigmas y los conflictos incontenibles en el otro lado de la isla, con droga aplastante y desoladora desertificación, sumadas al caos sociopolítico insalvable que movería a la Geopolítica, ya no regional sino cuasi mundial, si se considera la intrusión de Unión Europea, al sumarse a un proyecto tan terrible como lo es la desaparición de un Estado, so pretexto de salvar a otro. Es eso un crimen internacional neto.

Desde luego, por encima de todas las consideraciones precedentes, hay que invocar la crucial y sagrada necesidad de conservar la paz. Ahí es donde han residido mis energías para la denuncia, teniendo ésta tanta capacidad de daño, no sólo en mi perjuicio, sino de muchos de los míos, arrimados a los abismos de esas luchas

La Paz. Todo dependerá del tamaño del hartazgo que generen las causales de su turbación. Y todo ésto a sabiendas de que es muy difícil tomar la medida de la exasperación de los pueblos. Aquellos que se conjuran para dañarles suelen incurrir en el error de entender que han podido degradarlos, confundirlos, de tal modo, que no tendrán reacción alguna por grandes sean los desmanes, abusos y ofensas en su contra.

En nuestro caso, cada día se hace más obvio que sus socavadores siguen perdidos en el error de creer en demasía, que ya ha llegado a un nivel de indiferencia frente a sus derogaciones de soberanía, que se pueden ahondar los agravios hasta lograr la entrega total y definitiva de su existencia.

Es decir, son tantas las aberrantes imputaciones de que es “pueblo en degeneración”, que “se hunde lentamente en el desarraigo”, el “desaliento”, el “pesimismo”, la “abulia”, que “no será capaz en ningún caso de sublevarse”, ni “lanzarse a la guerra a morir”, según reza su canto esencial; que todo está listo para hacer y deshacer con su honra y consideración.

Se han acumulado las maquinaciones de la traición de tal modo que ha terminado por perder el más mínimo presentimiento del desastre que ha urdido. La invasión inducida desde el poder se creyó que sería prueba primaria de que el plan hacia el Binacional es algo factible.

Claro está, contaron con innegables respaldos de muchos litorales de gran poder, a escala mundial, y confiaron mucho en sus propias perversidades, muy convencidos de que hemos sido una ficción, un tragicómico invento de élites en el año cuarenta y cuatro, sin detenerse a considerar lo que fuera la restauración de aquel sueño, que era lo único que le faltaba para consagrarse como una epopeya perpetua. La Gesta de la Restauración del año sesenta y tres fue eso, precisamente como reacción popular a la entrega de la traición. Sus héroes fueron tan nobles que por encima de los méritos que pudieron confundirles y envanecerles, se inclinaron ante el carácter fundacional del sueño de Duarte, del año cuarenta y cuatro.

La índole profunda del pueblo sigue siendo la misma y aquellos que al servicio de los viles intereses que alientan y pagan esa traición están a punto de confrontar los primeros contratiempos de sus siniestros planes. Aprenderán cruentas lecciones de patriotismo de parte de este pueblo que han querido deprimir endilgándole denostaciones despectivas como aquella de que “ni agradece favores, ni guarda rencores”.

Es sólo cierto lo del rencor porque en medio de su crónica pobreza ha sido generoso; como también es incierto que no sabe ser agradecido; quizás sea por ahí por donde deambulen la mala opinión y el desacierto de la traición, que no supone siquiera lo que le espera como respuesta a sus maldades.

Una última consideración se refiere a que en los últimos días del año se ofrecieron algunas pruebas sintomáticas de cómo se está moviendo lentamente el hartazgo dominicano. Entre ellas dos fueron muy sensitivas: las emboscadas de las firmas de dos Pactos internacionales patibularios de la ONU, para nosotros letales, y el anuncio, tan sólo eso, de una marcha de extranjeros legales e ilegales, en reclamo del reconocimiento de derechos supuestos, que constituirían ataques a la organización constitucional nuestra.

Ambas eventualidades precedidas por un gravísimo incidente fronterizo que estuvo a punto de degenerar en tragedia con la muerte o los daños posibles a un numeroso grupo de profesionales, a la cabeza de los cuales estaba un eminente médico nacional.

Me ocurrió que, a pesar de ser un impenitente generador de alertas, no había alcanzado a ver la reacción que podría suscitarse como consecuencia del aumento y la revelación de los peligros.

Confieso mi asombro y debo reconocer que las redes fueron las que facilitaran la condensación de ira mayor que he percibido en los últimos tiempos; una experiencia impresionante, que afortunadamente amainó, al parecer porque de algún modo aquella parte del poder que fuera arrastrada a la pasividad complaciente ante la trama medular de la traición, impidió que llegara más lejos en sus atrevimientos.

En todo caso, lo destacable ha sido la airada reacción de hartazgo y exasperación del pueblo, que ojalá y Dios lo quiera no se llegue a reencender por motivaciones fundamentales y pase a turbar y dañar gravemente la paz de la República.

Esperemos que el nuevo año que apenas empieza, no resulte una “caja de pandora” incontrolable y que la República reciba el inmenso beneficio de la unidad y reconciliación de todos aquellos que no han advertido plenamente qué es lo que está en juego.

Paz y dicha para todos, es mi ruego.

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