No creo apresurarme al juzgar cuanto ha acontecido en los últimos días entre nosotros; me resulta fácil no precipitarme pues desde hace mucho tiempo he venido tratando  de convencer  de que nos rondaban peligros ciertos que no eran productos  de una imaginación alarmada.

Confié todo el tiempo en que serían los hechos mis auxiliares por excelencia para hacer la prueba de cuanto advertía; que su elocuencia sería superior a la delas palabras, a las cuales rebasarían en la demostración de la realidad tormentosa que, más que aguardarnos, nos acompañaba con un puñal al seno.

Creí ciegamente en ello y fui apuntando cómo la ocupación de nuestro territorio de forma masiva dejaba de ser insidiosa para convertirse en un fenómeno palpable que la familia nacional lo contemplaría con tan sólo salir a la calle y contar mentalmente cuánto venían a resultar ellos, los extranjeros, y cuántos de los nuestros podrían estar circulando en esas calles de Dios.  Ésto, sin contar el trato hospitalario asimétrico en nuestros establecimientos de maternidad en perjuicio de nuestras parturientas.

Pensé siempre que serían las obras de construcción las que se encargarían de revelar la ausencia de trabajadores nacionales y, en cambio, mostrarían la presencia masiva de obreros extranjeros.

En fin, hice descansar mi confianza en esas pruebas tan fehacientes de conversión demográfica para sentirme seguro de que no exageraba ni mentía en mis alertas de peligros graves para la patria. 

Sin embargo, no dejé de sentir un pálpito íntimo de que vendrían hechos y sucesos, no necesariamente materiales, sino jurídicos mucho más potentes que serían capaces de activar el convencimiento público de forma rotunda, casi con fuerza de preludio de una sublevación popular de proporciones impredecibles.

En efecto, así ha resultado al brotar la información desde un prolongado silencio de que nuestro Estado iría a Marraquech a ratificar el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular.

Ya lo habíamos aprobado en Panamá el quince de julio de presente año luego de haber participado en seis rondas de sesiones desde el año dos mil quince.  Todo dentro de un sombrío sigilo, a nuestras espaldas, como en las más rancias traiciones.

No se nos informó nada acerca de esa fase de la cirugía mayor de la extirpación de nuestra frontera jurídica constitucional que ampara y protege nociones tales como soberanía, territorio, nacionalidad, identidad, autodeterminación y, en suma, todo lo que alberga el blindaje del Estado para poder supervivir.

Nos traicionaron.  Lo venían haciendo desde aquella horrible campaña de descrédito que nos reputaba como escenario de un odioso Apartheid en el Caribe.

Ahora han pretendido consumar el crimen tremendo de esa alta traición colocándonos bajo la égida de la Organización Mundial de las llamadas Naciones Unidas, que durante la campaña de destrucción de nuestra honra, como pueblo, supo mandar a su Secretario General a exigirnos que consintiéramos este horror que ahora nos han pretendido tender como trampa, con el concurso de la facción traidora.  Algo que estuvo a punto de acontecer.

En fin, durante los últimos seis años, esas cosas se fueron aluvionando y acentuando y no tengo que hacer mayores esfuerzos para probar que dicho proceso de socavamiento y entrega progresiva de nuestra soberanía nunca perdió nuestra atención ni fue objeto de descuido. Por el contrario, reaccionamos como organización política y nos separamos de forma drástica, tanto del gobierno, como de una alianza de muchos años con el partido de poder, en medio de protestas y emplazamientos, cargados de consejos y amonestaciones que fueran desoídos con olímpico desprecio.

Podríamos hoy, con todo derecho, reclamar algún merito en la vigilancia y cuidado de los valores esenciales de nuestra patria. Pero no, pues nuestro interés es avivar las alertas, clamar por el redoblamiento de las energías para llevar a cabo la total liberación de tantos peligros que nos han cercado gravemente.

El crimen sigue redivivo y su tentativa, bien honda por cierto, no desaparece por la retractación que se acaba de producir, ni por la no asistencia siquiera a Marruecos a la ratificación de lo firmado y aprobado en Panamá, luego de intensos trabajos preparatorios, donde se puso en evidencia que nuestras delegaciones fueron las más activas y dinámicas para alcanzar ese imaginario logro.

Ahora es cuando nos vamos enterando en retrospectiva que las lisonjas y las pérfidas animaciones hacia el error estuvieron circunvalando la idea de lograr un galardón prestigioso como un Premio Nobel de la Paz, por la contribución inmensa de connotación mundial  de sacrificar la propia patria con tal de salvar  otra declarada inviable  desde el año cuarentiocho   del pasado siglo, cuando nacía “la mentada  ONU”, como un arrepentimiento cuasi divino de todas las ideas que concitaran las guerras. Que luego se ha visto frustrada por una torrentera interminable desangre y tormentos de los pueblos en los distintos continentes.

Al hablar de “la mentada ONU” lo hago en recordación respetuosa de un tratamiento de recelo y desconfianza que don Juan solía utilizar como forma de expresar la reacción invencible de su decoro como víctima que fuera de un vil derrocamiento, apenas siete meses después de haber accedido al poder en una verdadera gesta democrática.  De tal crimen se supo recrecer su proceridad y ahora es cuando su evocación es más imperativa.

Pero bien, es preciso en estos momentos hacer un recuento superficial de los aspectos que fueran incesantemente tratados por nosotros, como una manera de reafirmar nuestra coherencia al servicio de la suerte nacional.

Creo innecesario describir en detalles lo que fuera aquella infame campaña de ofensas y degradaciones que se montara a escala mundial con el inequívoco propósito de desfigurarnos, de tal modo que fuera inútil todo intento de defensa de nuestro pueblo. 

El siniestro plan de reabsorbernos en un esperpéntico Estado Binacional pareció tan bien montado que cundió un   desconcierto aparente, sobremanera por la articulación meticulosa de las presiones de los distintos elementos que concurrían al patíbulo nuestro. 

ONU y OEA, bien concertadas, ofrecieron el palio a los múltiples factores de coacción que nos enroscaban.  Así se pudo saber de visitas incesantes, desde el Vice Presidente Biden y varios Secretarios de Estado del gabinete  del presidente Obama, hasta  las más altas representaciones de la Unión Europea; no cesaron permanentemente los asedios del llamado Grupo Kennedy, así como del Caucus Negro y su potente influencia, sumado a la beligerancia de la Nación del Islam, que venían a agregarse a la muy influyente participación que el matrimonio Clinton representaba.  El marido, virtual gobernador de Haití, en su condición de representante del Presidente Obama, y una “ilusión certera” deque la esposa resultaría irremisiblemente la primera mujer en gobernar a los Estados Unidos de Norteamérica.

El contexto era abrumador, de proporciones planetarias, y tenía a la vez un trasfondo ominoso, pues se había venido confirmando con su ejecución la inviabilidad del Estado vecino, tal como lo diagnosticara el informe originario de expertos que propiciara la propia ONU en el año de mil novecientos cuarenta y ocho.

Ya se sabía de la infuncional e inútil permanencia de fuerzas militares multilaterales durante cerca de catorce años, la Minustah, dando un certificado final de la inviabilidad de   Haití, que con sus suelos arrasados ha asumido la categoría trágica de catástrofe humanitaria mundial.

Fue en el marco de todas esas adversidades cuando tomó mayor cuerpo el plan de subsumirnos mediante la fórmula del Estado Binacional y sólo llegó a faltar la inflexión final que vendría con el triunfo electoral inalcanzado de la señora Clinton.

Hasta ahí llegaron las cosas. Pero ese engendro, pese a autoproclamarse como un gesto supremo de defensa de los derechos humanos, sigue teniendo el contenido espantoso de la injusticia que es urdir nuestro sacrificio.

La diabólica Globalización, que asumió con complacencia la ignominia, ha terminado por crispar y sublevar a Estados de enorme importancia con la cuestión de las migraciones y para nosotros ha resultado ésto algo providencial, pues el viento ha cambiado favorablemente para que se puedan apreciar y oir nuestras quejas y razones. 


Tenemos una oportunidad coyuntural  inigualable para ejercer nuestros derechos mancillados; ahora, como nunca, se ha debido  emprender el camino de las enmiendas y rectificaciones de los terribles desmanes contra nuestra supervivencia, pues el trastorno del colapso de ésta es algo mucho más grave que lo  puramente migratorio, ya que se trata de la mudanza de un pueblo sobre el territorio de otro a fin de refundirlos en un solo estado que por razones con inescrutables raíces históricas necesariamente vendría a degenerar en un caos violentísimo, sólo concebible en los puertos  libres y de perdición  para el lucro inagotable del Crimen Organizado del mundo, entre otras cosas.

En suma, como una manera de ir concluyendo, la fracasada extremaunción de la República Dominicana en el escenario montado por ONU en Marruecos ha servido como experiencia para demostrar muchos aspectos detestables de la gravísima emboscada que se tendiera contra nuestra supervivencia.

Lo verdaderamente sobresaliente y de mayor impacto fue el artero intento de abatir las normas constitucionales básicas nuestras, bajo la anestesia de un letal cloroformo, como lo es la declaración del “carácter no vinculante” del Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular.

Una falacia venenosa, pues desde el momento mismo que se hace la falsa concesión de que los Estados conservan en plenitud su soberanía, pero que al acordar sus tareas institucionales relativas a esa materia, quedarán sujetos a las normas internacionales que la organización mundial controlaría, se están aboliendo todos los atributos de soberanía que en la propia  Carta  fundacional del organismo se proclamara con un énfasis terminante, según parece, dedicado solamente a favorecer la aprobación de su nacimiento, tres años después de que terminara la matanza de los siglos que fuera la Segunda Guerra Mundial.

El pacto es “no vinculante”, según se dice, pero sólo para los Estados poderosos, receptores de migraciones, y por las otras razones superiores, como son las de la fuerza; algo de lo que carecen los pequeños y débiles como el nuestro, que no estamos padeciendo un trastorno migratorio, sino una invasión ocupante del territorio nacional que tiende a borrarnos como Estado y como Nación.

Por eso irrita tanto oir a los rufianes y sofistas de la traición hablar del carácter “no vinculante” del Pacto trampa. Por ello las batallas a librar serán duras y cruentas y hay que procurar que se emprendan desde ahora y mantenerlas para siempre.

Sólo el denuedo inmolatorio de los pequeños y débiles puede frenar las ignominiosas felonías de esa farsa que viene resultando la organización mundial, tan repleta de burócratas ideologizados, expertos en idear siglas estériles y engañosas.

Los mismos que en los trances tremendos de los pueblos en los hondos abismos de sus guerras opresivas se saben desvanecer miserablemente como lo hicieran en ocasión de la Apocalipsis de Ruanda o en el infierno del genocidio camboyano.

No es ocioso, pues, comprobar la posible existencia de una cercana imagen y semejanza entre “la “mentada ONU” y aquella Sociedad de Naciones, hija del idealismo del Presidente Wilson buscando establecer vanamente la paz perpetua, luego de la hecatombe de la Primera Guerra Mundial.

En realidad, el trato miope dádoles a los vencidos de esa guerra mediante las exigencias absurdas de compensaciones humillantes, fue lo que dio pie al otro mayor espanto del año treinta y nueve del pasado siglo

Ahora se pueden oir claramente por dónde andan trotando nuevos errores, pero ya a cargo de la Globalización buscando aniquilar fueros de pueblos de altísimo desarrollo, tal como nos lo indica el  ejemplo de una Europa crujiente a punto de agrietarse, que ha tenido en sus bases el azuzamiento de las marejadas  de un Mediterráneo grávido de niños muertos.

Uno se pregunta, ¿por qué no asumen la responsabilidad de ayudar sinceramente a los pueblos en los sitios mismos de la oriundez de la tragedia?  ¿Por qué no hacer mini planes Marshal planetarios, sin necesidad de abatir o anarquizar los fueros de naciones de alto desarrollo, que tan sólo derramando recursos relativos, pero sistemáticos, lograrían la redención del hombre sobre la tierra.

Parece que la rentabilidad del Leviatán de Davos entiende que el camino no es ese porque, a la larga, si se fortalecen las naciones en desgracia se haría más difícil la Gobernanza mundial que se persigue, sobre todo, la apropiación y explotación de sus recursos naturales.

En un orden de ideas diferente, mucho más sencillo y quizás trivial, y con ésto termino, cabe observar cómo han quedado los traidores de nuestra Patria al fracasar el plan de la extremaunción en Marruecos.  Hemos visto que supieron enconarse con el gobierno al cual han infiltrado, condicionado y desorientado, porque incurrió en lo que ellos ven como pecado: retractarse en un ejercicio de arrepentimiento activo, que no borra la tentativa de crimen, que es crimen, el que se diera con la firma en Panamá como acto de ejecución a consumarse en Marruecos. 

Se han quedado vestidos para asistir al funeral de la República en Marruecos y están inconsolables, aunque sólo por su aplazamiento, pues truenan contra el gobierno y su retractación, su no ratificación y negativa a asistir siquiera a la fallida extremaunción de Marruecos, sólo para mantenerlo amedrentado, inerme y paralítico, esperando cambios en los vientos del Norte.

Es por eso que no ha dejado de resultar cómico oírles tildar al gobierno de “hacer el ridículo”, como una manera de seguir inhibiendo todo esfuerzo por restaurarle al Fallo 168 del Tribunal Constitucional su merecida majestad de ser el esfuerzo más vital para nuestra organización en presencia del caos de poblaciones que se han propuesto llevar a cabo.

Hacer el ridículo junto a otros Estados tan importantes del mundo, en realidad, no avergüenza ni denigra; mayor es el ridículo de quedarse vestido para asistir al acto de extremaunción perseguido por sus traiciones a nuestros destinos de pueblo libre y soberano.  ¿No les parece entonces a ustedes lógico su enojo y frustración?

En resumen, la inmensa y dolorosa realidad de la tragediareside en querer reputar lo nuestro como un trastorno migratorio, esencialmentemanejable, y no como un conflicto internacional entre dos pueblos, uno, relativamente próspero y encaminado y el otro, penosamente arrasado por la pobreza y la devastación de suelos y costumbres que lo han colocado en el extremo de lo que dice llorar la  falsa compasión  del mundialismo retórico que se convoca en Marruecos para adelantar planes, que Dios ha de querer no resulten tan miopes y perversos como aquel Tratado de Versalles entre las dos innombrables guerras del pasado siglo.

En cuanto a nuestro particularísimo caso, al menos ha aparecido una oportunidad de salir a hacer la defensa de nuestro derechos y poner en evidencia la validez de nuestros reclamos en cuanto a que la tragedia de la inviabilidad de Haití sólo se debe afrontar  en Haití; esto, siempre que  la solvencia del alto desarrollo de los poderes de la tierra se decidiere a hacerlo; nunca a un precio tan alto como nuestra supresión y eliminación como Estado.

¿Estamos contestes en ésto?

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