“Ya ha llegado entonces la época de la                                                                     vida en que no se espera que nadie                                                                          llame  a nuestra puerta, a no ser el                                                                           viento o la muerte”. 
                                                           Versos clásicos dedicados a la                                                                                   ancianidad, que así la describen.


Un maestro de la criminología como lo fuera Alfredo Nicéforo hizo la cita en su obra magistral, Criminología, cuando trataba acerca de la edad y el delito.  Me tocó estudiarla cuando ejercía intensamente en el estrado penal en el tiempo de mi primavera de vida pública profesional, y es ahora en el invierno pleno de mi vida cuando comprendo mejor aquellas enseñanzas ejemplares.

En estos días, como parte de mi ya apacible quehacer de los tiempos finales, en los confines de la vida, me dediqué a procurar en el silencio de mis anaqueles el tomo IV del brillante tratado y gocé hondamente el reencuentro.

Pasaron por mi mente los recuerdos de tantas defensas que hiciera apoyado en el hombro amable de su sabiduría y se me hicieron presentes las emociones entonces sentidas.

En verdad, se trata de una experiencia de vida inigualable tan conmovedora que tomé la decisión de traer a esta Pregunta de hoy una de las muchas afirmaciones del Maestro acerca de esta interesante etapa de la vida en que me encuentro.

Recuerdo que me tocaba defender a un acusado de edad provecta que respondía a una acusación de asesinato y ocurrió que uno de los testigos clave, de cargo, terminó por ser imputado como el verdadero autor del crimen.

En el juicio, al controvertir las pruebas, yo no me dediqué únicamente al trabajo de demolición de la acusación pública fundándome en la interpretación eficaz de los hechos y circunstancias de la causa, sino que, además, no olvidé la personalidad del acusado, el abuelo mansoque durante muchos años había exhibido una hoja de vida irreprochable.

El tribunal que conocía del caso, así como la misma Corte que confirmara el fallo de descargo del acusado originario y entendiera del giro que había dado la nueva acusación del autor verdadero, no dejaron de incluir en sus consideraciones el atractivo aporte que la defensa había propiciado, casi como si fuera una novedad intrépida, porque desgraciadamente la defensa penal nuestra no ha sido prolífica en los señalamientos de esos aspectos tan sensitivos en la hora de examinar la personalidad del acusado y cuando se procura determinar la culpabilidad y de ella derivar la responsabilidad correspondiente.

Pero bien, de la obra mencionada extraigo un párrafo, entre muchos, porque quiero hacer uso de su mensaje, no ya para la cuestión penal propiamente, sino para los otros ámbitos en los que se debaten conflictos inmensos, especial y señaladamente aquellos que conciernen a la República, que en el fondo pasó a ser con el tiempo mi defendida fundamental cuando emprendiera la deriva desde el estrado penal hacia la causa política nacional.

Veamos este único párrafo:

“Está bien; pero aquel destacarse, o poco menos, de los cuidados, afanes y hasta pasiones del día, ¿no implicará también acaso cierta serenidad de juicio y cierto equilibrio en el proceder y el apreciar?  Tanto más cuanto ello sucede cuando más debe hacerse esta apreciación y proceder con la ayuda de una larga experiencia, que es el peculio del viejo. No sin razón la historia de los pueblos, comenzando desde la que se inició entre las fieras y la barbarie (por más que, en gran parte, la historia de los pueblos sea la historia de la fiereza y la barbarie) siempre aconsejó la formación de un consejo de ancianos que, procurando ver desde lo alto a los hombres y los acontecimientos, pudiese comprenderlos mejor en su conjunto y en su desarrollo completo y sucesivo.”

La obra en cuestión fue traducida por un autor inmortal de la apasionante ciencia de la criminología, don Constancio Bernaldo de Quirós, uno de sus padres, y al reexaminarla me he sentido  vivamente emocionado.

Pensé que todas esas nociones que aprendiera para ayudarme en los esfuerzos de mis modestas defensas realmente contribuyeron a formarme y en cierto modo dotarme de fortaleza y comprensión de las tantas  cosas  que he encontrado en mis otras luchas, en los campos aciagos de la vida, particularmente el de la política.

La manera de recibir y apreciar cuanto ocurre en sus excitantes ámbitos es muy diferente a como se acometían en el fragor de aquellas luchas de contingencias y sucesos siempre premunidos de una índole astuta, adicta a la simulación artera. Una es la confrontación en los bríos de la juventud y otra muy diferente es la que se puede ver desde la cima de la colina de la vida.

En momentos como éstos que vivimos es más conveniente que nunca creer en las tres virtudes que destacaba Cicerón al referirse a la ancianidad: paciencia, tolerancia e indulgencia.  No preferir en ningún caso la tea, pues ésta resulta, sin quizás, la conducta más apropiada para enfrentar tan complejo plexo de sinsabores y maldades.

De ahí mi cautela del presente al realizar el análisis y formular los emplazamientos consiguientes, sobre todo, cuando se responden con ellos provocaciones inmundas; primordialmente ahora que los enemigos de la República están diseminados y entremezclados implícitamente con componentes muy sombríos como lo son las acechanzas del Crimen Organizado, que ha llegado muy lejos en la toma y control de partes sensibles de la agrietada sociedad nuestra.

Así resulta que es hoy más difícil hacer la identificación y medir las magnitudes de esos peligros contra la propia supervivencia de la patria.  Sus múltiples maneras de expresarse ocultan designios tenebrosos contra muchos de los cuales se ha de lidiar en el día a día. 

Las preocupaciones por saber ¿tú quién eres? ¿con quién estás? han pasado a ser muy incómodas de descifrar, porque las maquinaciones de la traición han resultado perversas, en grado extremo, dado que ha obrado con lo que llamo muchas veces “el sigilo del ofidio constrictor” que aguarda y ataca sólo cuando ya su víctima le parece presa fácil.

A veces ocurren hechos que resultan cortocircuitos de chispas capaces de disparar las alertas.  El ejemplo mayor de ellos se advierte cuando se produce alguna ocurrencia o suceso en nuestra moribunda frontera y se comienzan a expresar muchas voces importantes, tenidas como neutrales, acerca del linaje de los sucesos. 

Por un lado, claro está, brota el enardecimiento que suscitan los sentimientos de inseguridad y surge como repudio o reproche de todo cuanto se ha hecho y consentido hacer para que tal estado de cosas llegara al desastre que ha terminado por ser.

Otras veces se presentan con prédicas y monsergas relativas a lo delicado que es turbar el comercio; alegan que el mercado del Oeste es como si fuera el oxígeno para que pueda vivir la gente del Este de la isla. Como si se tratara de un vínculo simbiótico, dentro del cual en el Este no se hizo nada nunca y sólo comenzó a progresar cuando abrió sus brazos y llamó a todo el Oeste a derramarse sobre su tierra.  Que es cuanto ha ocurrido.

Desde luego, se trata en ésto último de una falacia descomunal, inaudita, que sólo la puede engendrar un espíritu de voraz explotación, de provechos y ventajas comerciales capaces de aniquilar toda idea de frontera, soberanía y patria, con tal de que aumente el balance de beneficios de sus negocios.

La patria es otra cosa, sin embargo, para la inmensa mayoría del pueblo del Este de la Isla, que ha sabido luchar, trabajar, sufrir y vencer las más desgarradoras vicisitudes que el destino le ha impuesto.

Pero lo cierto es que la hora es crucial.  Hemos estado inmersos en densas incertidumbres, durante los últimos años especialmente.  Ahora aparecen nuevas sombras donde se han podido apreciar los alcances de los planes de la traición,que han terminado por presentar como una posibilidad, no sólo la liquidación,sino la inhumación de la República envuelta en un pabellón siniestro de un falso mundialismo que lo único que ha hecho es insultar a su pueblo, degradarlo, presentándolo ante esa “Comunidad Infiernacional” que hoy nos acosa desvergonzadamente, como una ficción miserable, obra de élites xenófobas, supremacistas, odiosas y persecutorias de seudos independentistas.

Aquí, en este nivel de La Pregunta se comienza a explicar el significado de su título: ¿Por qué han sido letales las incertidumbres? ¿Por qué ha sido lamentable la ausencia de la palabra del Presidente? 

Hemos tenido siempre a la mano el contraste chocante de aquella ocurrencia del discurso de La Habana y su desmantelamiento en Juan Dolio, cuando el Presidente de la República era propiamente desmontado de su condición de jefe de la política exterior, según lo consagra la Constitución de la República.

La gran felonía ha sido tratar falsamente el trastorno como migratorio cuando en realidad ha sido un conflicto internacional de suplantación, superposición y refundición de naciones asimétricas, de lengua diferente, tradición diferente, creencias espirituales distintas, que supieron guerrear largos años para quedar cada quien en su lugar.

Es la gente del pueblo del Este de la isla la que derrotó ejércitos de  España, gracias al sacrificio y el arrojo de sus hijos y de sus hijas para restablecer su independencia después de haberse cometido el archicrimen de la anexión. Ésta, que durante más de un siglo se tuvo como la más alta traición contra la patria que fuera entregada; que  sólo ha sido superada por la amenaza de este nuevo fantasma de una Organización mundial compuesta por Estados, que en su carta constitutiva estableciera que no tendría jamás poder para determinar las políticas internas de los Estados miembros, porque se respetaría su soberanía y su autodeterminación y que ha terminado por ser un supuesto e inservibleinstrumento de la paz mundial.

¿Qué hicieronfrente a la tragedia inmensa de Ruanda y su millón de muertos? ¿Qué hicieron durante los catorce años que permanecieron en Haití durante su ocupación militar y multilateral? Burócratas internacionales vilmente condicionados por ideologías oriundas de los entresijos hediondos de la globalización.  Ese esperpento que se le ha llamado no sin justicia como la más odiosa manifestación del imperialismo mundial, residente en Davos, en las mansiones de los capitales asombrosos.

Estaban escritos los párrafos anteriores cuando debimos detener  la conclusión de esta entrega para dedicarnos a aguardar lo que una Comisión de alto nivel del gobierno nuestro le explicaría al pueblo, a  las cuatro de la tarde de martes, en cuanto a la posición definitiva del gobierno en lo relativo a la ratificación del Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular,que viene apadrinando la Organización de Naciones Unidas.  Y es aquí cuando el título de esta modesta entrega cobra verdadero sentido, pues no ha debido hablar una Comisión, ha debido hablar el Presidente y aprovechar la ocasión para explicarle la tragedia posible al resto del mundo, que no participa de los designios de la “Comunidad Infiernacional” en este tema.

Explicar cuáles nuestra peculiar, exclusiva y única situación y justificar el predicamento máximo de lo que se puede hacer en medio de esta gran tragedia del vecino Estado, es decir, que vengan las economías del mundo a hacerse cargo de las soluciones, cada día más difíciles, que podrían salvar a ese pueblo que ofrece la muestra más pavorosa de pobreza y atraso como catástrofe humanitaria.  Pero nunca a costa del sacrificio de nuestro Estado y de nuestra nación.

Debió de hablar el Presidente con el mismo énfasis que lo hiciera en La Habana y así las incertidumbres todas hubiesen sido barridas.

¿Cuál es mi actitud de hoy desde la ancianidad en que me encuentro?  Decirle a dos hombres públicos nacionales de enorme importancia, el Presidente de la República y el presidente del Partido de la Liberación Dominicana, que son ellos los que deben de unir sus mejores esfuerzos para hacer ese alegato defensivo de la suerte nacional.  Que son ellos los que tienen el deber moral de evitar que el Partido de Juan Bosch pueda ser considerado por la historia como el artífice del hundimiento y que sus siglas se puedan leer a futuro como Partido de la Liquidación Dominicana.

Afortunadamente, la Comisión tranquilizó los ánimos de la nación que estaban a punto de estallar.  Transmitió el mensaje pero ocultó que se estuvo trabajando durante tres años en seis rondas sucesivas en el tratado, hasta que se llegara a Panamá donde se firmara.

Nosotros, los dominicanos, no supimos nada de que en la sombra y el silencio del palio siniestro de Naciones Unidas se nos estaba preparando para darnos la estocada final de Marrakech, Marruecos.

Sigue siendo un crimen cuanto se hizo, no obstante, aún cuando algunos aleguen que hubo un arrepentimiento activo al no Ratificar.  Le toca al Presidente de la República ahora la tarea de hacer el Desistimiento formal y expreso de la firma que lograra la traición infiltrar en la reunión de Panamá, pues la tentativa del crimen se castiga como el crimen mismo y sólo el desistimiento, no el “arrepentimiento activo”, puede hacer desaparecer el crimen.

Confieso, finalmente, que advertí en el ánimo público una sublevación tan generalizada y agresiva frente a ese martes, ayer a las cuatro de la tarde, que me lució como un punto de inflexión horrible hacia la pérdida total de la paz nacional.  Gracias a Dios se ha podido contener el desacierto.

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