La “Delación Premiada” como eje de grandes acontecimientos

La “Delación Premiada” como eje de grandes acontecimientos

Entre los pueblos, avanzados y rezagados, se está imponiendo un fenómeno de alcances delicados, como lo es el uso creciente que se está haciendo de la “Delación Premiada”, llámesele a ésta como se quiera: “cooperación eficaz”, “testigo de la reina”, etc..

El hecho es que el Estado ha ido perdiendo terreno en la conducción y control del complejo y sensitivo proceso de investigación de las infracciones de carácter criminal y ha preferido recostarse en una comodidad aparente, pero potencialmente perversa, como lo es la declaración imputatoria de co-imputados.

Se utiliza un método un tanto repugnante, como lo es desplegar un rigor acusatorio extremo, en principio, contra uno o algunos, todo en el interés de doblegarlos a fin de que, sólo si cooperan,  puedan reducirse las largas penalidades con que se les amenaza en el inicio mismo del proceso de investigación. 

Se da así una experiencia inexplicable, pues en sus Códigos Procesales Penales la generalidad de los Estados, cuando se está conociendo el juicio de fondo, no les dan valor alguno a las declaraciones de co-imputados.  Éstas, en cambio, las reciben con beneplácito y premio al emprender la investigación.  No sin razón un autor clásico, como el italiano Nicolao Framarino Dei Malatesta, expone en su obra notable La Lógica de las Pruebas:

“Por fortuna esta hipótesis de impunidad, como premio de las revelaciones, ha perdido toda su importancia en vista de sus peligros.  La promesa de impunidad, más que freno para el delito, por la desconfianza que entre los cómplices inspira, es una incitación al mismo, por la seguridad que da a cada cual el tener siempre abierto el camino para eludir el castigo. La promesa de impunidad, CONTRATO INMORAL ENTRE LA LEY Y EL DELINCUENTE,además de ser un error jurídico, es un error probatorio; de un lado, incita al delito y corrompe y perturba a la sociedad con la impunidad de un delincuente, que puede ser peor y más perverso; y de otro, destruye todo criterio probatorio ,provocando por obra de la ley en la conciencia del acusado un gran impulso hacia las relevaciones falsas”, pág. 239 Ob. Cit.

Pero, la realidad es que el Estado prefiere lubricar los ejes de su investigación a como dé lugar y no le obstruye en ese propósito la circunstancia del mar de pasiones e intereses que puede estar detrás de esas delaciones que premia.

Se conforma así el Estado con obviar trámites y esfuerzos para  alcanzar su verdad judicial y permanece haciendo alarde de eficacia en cuanto a que todo lo relativo a ese  sensibilísimo  aspecto de la convivencia que es la seguridad, si es turbado, tarde o temprano habrá castigo.  Así se proclama, con el énfasis de que no habrá crimen de autoría impune. 

Con esa insegura y vidriosa sensación de certeza, el Estado aspira a seguir mereciendo  plena confianza de la sociedad y que ésto sea tan justo que sirva para mantenerla confiada y tranquila en cuanto a que no le fallará al ejercer el monopolio establecido para que sea él, sólo el Estado, el encargado responsable de perseguir, juzgar y castigar a los autores de crímenes y delitos, según fuera pactado desde hace siglos.

Y en efecto, así pareció ser por mucho tiempo, y se consideró como un paso de progreso de la humanidad porque así dejaba de existir la tentación de la brutal destreza de la tortura, que gozara de  mucha preferencia de parte del poder y que costara enormes luchas y sacrificios superarla como barbarie. 

Los pueblos, en medio de sus miedos individuales, parecieron sobreponerse  a esa barbarie creando la organización jurídica del Estado, desde la cual el poder obraría con sus reglas preestablecidas. 

Los miedos hobbesianos sirvieron de fundamento para instalar como válido el dominio del poder como un Leviatán.  Y era explicable, porque en los tiempos remotos los pueblos fueron conviniendo en que el individuo era muy débil para obrar aisladamente y que así quedaba muy expuesto a daños, dentro de una indefensión debilitante, lo que hacía necesario que todos cedieran derechos contando con que la organización como Estado respondería siempre de su seguridad física y jurídica.

Pero, al pasar los tiempos se va comprobando que el Estado ha venido fracasando en esas encomiendas.  Se ha acelerado el proceso de su sustitución y el individuo cada día duda más de las garantías de su eficacia. 

Eso, cuando se da en el orden puramente civil, corresponde a las presiones privatizadoras, que son incesantes, pero, en cambio, cuando se trata de  conflicto y trastornos en  los planos  públicos, la cuestión  se complica, pues hay de por medio otros tipos de valores e intereses que tendrían que ser tratados de un modo diferente al de los negocios  y sus  bregas insomnes de competencia y provechos privativos.

La justicia penal es la que está sirviendo mejor de escenario para las mayores tensiones y desajustes en tal sentido.  Ya se le quiere arrebatar abiertamente al Estado el papel  esencial de ejercer su tutela difusa; se aboga por las llamadas “soluciones alternativas” y la experiencia de juicio penal, en sí, es considerada como una posibilidad extrema, casi indeseable, sólo posible después de haberse agotado los esfuerzos por restablecer  la paz social y la la normalidad turbadas por el delito. 

El enjuiciamiento penal se va  destituyendo porque cada vez más el Estado se muestra menos capaz de hacerlo, según se acordara en su origen.  A ese género de decadencia es que pertenece la “Delación Premiada”. 

Sin embargo, todo eso no resiste un análisis serio; lo que ocurre en el fondo es que ha venido desarrollándose un duelo,  ya desigual, entre Gobernanza y Gobernabilidad.  ¿Quién es que manda realmente?  Los intereses supra estatales de la globalización, de escala mundial, teniendo el beneficio particular como único norte para vencer el tradicional papel del Estado.

Algo peor aún es que no solamente están apareciendo en el campo penal esas aberraciones.  Ahora ha surgido con mucha fuerza una corriente peligrosísima que podría dar al traste con todo cuanto se ha tenido como ideal, comenzando por el Estado de Derecho. 

La detentación del poder ha quedado sujeta a una serie de contingencias y acechanzas inverosímiles. Voy a aludir, para hacer prueba de esto, sólo algunas experiencias que se están viviendo en la actualidad a escala mundial.

España, por ejemplo, está permanentemente estremecida por escándalos de corrupción diversos, sucesivos y muy numerosos y en medio de la ventilación de esos trastornos en justicia están apareciendo componentes más delicados aún, como lo son aquellos que conducen a que, en ocasión de un juicio criminal, pueda caer un gobierno, como se diera en el caso de la llamada “Trama Gürtel”.

Pero, a todo ello se le van sumando variables escandalosas, tales como las revelaciones del tesorero de un partido político, ya sometido a juicio, que ayudó al derrocamiento del gobierno mediante un voto de censura, todo en base a que en el fallo que resolviera la cuestión de la “Trama Gürtel” se introdujeran Considerandos de reproche al testimonio dado por un Jefe de Gobierno, que finalmente cayó expulsado por la vía indicada.

Luego, se ha pasado a debatir acerca de cuáles ingredientes ideológicos primaron en el ánimo del juez redactor, que extrajo del testimonio prestado por el Presidente del Partido, Jefe de Gobierno, la complicidad de éste, que no había sido convocado como acusado.

En Argentina lo que se está viendo habría la necesidad de preparar una Enciclopedia Penal, porque se están investigando y por juzgar decenas de casos de defraudación pública a cargo de un grupo de poder, obrando alrededor de una presidencia que lograra el fuero senatorial como refugio, pero que está a punto de ser despojada; todo para que ésto llegara a los términos que ha llegado, se han estado montando en forma abrumadora sobre acusaciones en base a las delaciones premiadas. 

Es más, hay una especie, la más desconcertante, que la describen en la afirmación de que un chofer de un Ministro se decidió a llevar un cuaderno secreto en el que apuntaba lo que oía en las conversaciones del Ministro con sus cómplices, así como las diligencias que supuestamente le ponían a hacer.  Ese documento, que llaman “Los Cuadernos de las Coimas”, está impulsando acusaciones severas que podrían tener repercusiones importantes para los destinos del poder político en Argentina, con todo cuanto pueda derivarse de acontecimientos como esos.

Vuelvo a España, un ex Comisario de Policía que grababa a todos los funcionarios, jueces y fiscales con quienes conversaba, que ahora algunos han pasado a ser Ministros de otro gobierno, o para mejor decirlo, de ambos partidos. El testimonio de ese señor Comisario, que está encarcelado, y que posiblemente esté negociando penas benignas “en base a sus aportes”, se viene a sumar a la hecatombe.

Dimisiones de Ministros, destitución de funcionarios,aniquilamiento de carreras de mujeres legendarias de la política española.  Todo, apoyado en grabaciones tomadas sin autorización de juez, en forma aleve, traicionando la lealtad esencial del diálogo. Un negocio insondable.

Ni hablar de Brasil, con su Lava Jato y con su Odebrecht, que han encarcelado y que buscan encarcelar gran parte de la clase política de ese país, incluso, de otros países de América Latina como Ecuador, Perú,Colombia, Venezuela, Panamá, México y República Dominicana. 

Son las delaciones de la autora principal, Odebrecht, al través de sus funcionarios sometidos a proceso, condenados o por condenar, las que están sirviendo de sustento a este tsunami continental. Ésto, sin olvidar que esa autora principal ha tenido que pagar multas importantes de miles de millones de dólares, tanto a Estados Unidos como en Suiza, pero que su poder es tal que está llevando a cabo lo que ellos llaman una “honda regeneración”.    

Todo ese desastre último se está sustentando en “Delación Premiada” mediante testimonios y revelaciones de más de setenta imputados, a los cuales se les han propuesto penas muy altas, sólo rebajables si ofrecían la cooperación de la “Delación Premiada”.

La situación, en principio, parece aceptable y hasta justa, porque el clamor de los pueblos es luchar contra la corrupción que sustrae y dilapida recursos que han debido ser reservados para la satisfacción de sus necesidades en salud, pobreza, exclusión, en definitiva, para su suerte. 

Lo que resulta cuestionable es la utilización de esas fuentes imputatorias en las que los Estados ejercen una especie de extorsión primaria con las penas altas y pasan a aprobar todo cuanto les diga el que se encuentra en ese estado de necesidad, en el umbral de un castigo penal fuerte.  Muchas veces, exportando al exterior cajas de cargos imputatorios conteniendo pruebas que no han sido controvertidas, ni en el lugar donde se ofrecieron, ni en el lugar donde van a ser examinadas por los jueces finales. 

 Así las cosas, el mundo en la actualidad tiene que entrenarse en ciertas destrezas para percibir si todo cuanto se ha hecho es justo o si, por el contrario, otros muchos de los factores vitales y profundos de esos desastres están permaneciendo protegidos yen un margen pecaminoso, gozando de una impunidad blindada por sus riquezas que han servido para guerrear con el propio Estado, arrodillarlo, descomponerlo y sustituirlo, por obra de mandatos siniestros de esa Gobernanza de enorme potencia, aunque a veces muy invisibles y de difícil identificación.

¿Qué hacen los pueblos? ¿En quién confiar?  La prensa, que alcanzó la categoría y el rango de cuarto poder, sumado a los poderes clásicos del Estado, es decir, el judicial, el ejecutivo y el legislativo, ha estado sufriendo descalabros y socavamientos que van arruinando su credibilidad, sobremanera, porque la potencia de los intereses de la Gobernanza se ha adueñado de su propiedad y control. 

Entonces, en medio de todas esas cosas aparecen las redes digitales, a las cuales se les podría llamar en principio “el quinto poder”, pero en manos plenas de la población, sin los filtros ni controles tradicionales de la prensa, teniendo una influencia enorme en la formación de opinión pública.  Un laberinto infernal por donde circulan muchas mentiras y muchas verdades.  ¿A quién creerle, Dios mío?

Como ustedes advertirán, las reflexiones de hoy las hago en La Pregunta bajo la necesidad de confesar que estoy en gran modo agobiado por la incertidumbre y por el claro desorden que advierto en la dinámica social a escala mundial de los pueblos avanzados y rezagados, metidos en un mismo paquete de conflictos de proporciones apocalípticas. 

¿No les parece a ustedes que una reflexión de este tipo, aunque muy modesta, puede resultar útil en estos momentos?  Sólo tengo una ventaja para creer que tengo razón y es que se está abriendo paso el fenómeno, de tal forma, que aunque escabrosa, podría a la postre servir de camino hacia desenlaces capaces de definir y configurar mejor los trastornos de las sociedades del mundo. 

Esa razón a que aspiro es que los hechos están hablando con tanta fuerza y elocuencia que la palabra misma ha entrado en crisis, tanto oral como escrita, y estamos quedando expuestos, como humanidad, a que puedan sobrevenir situaciones no solubles por el consenso y el entendimiento, sino muy penosamente acompañadas de sinrazones y desencuentros fatales, de los cuales conserva la historia horrorosas consignaciones. 

Paradójicamente, sólo de las crisis agudizadas podrían surgir las oportunidades de salidas satisfactorias, acorde con los valores fundamentales, es decir radicados en la paz moral, la ética, la compasión solidaria, y todo cuanto los pueblos estremecidos por la confusión y el escándalo aspiran merecer.

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