Pedro y el peligro de un Bogotazo

El amigo salió cabizbajo de mi despacho y no dejó de preocuparme su visita; llegó  alarmado por el programa de La Respuesta, porque creyó ver en mí una disposición demasiado fuerte hacia el conflicto, cosa ésta que él daba por abandonada,  o, por lo menos, muy alejada de mi ánimo, pensando en que el correr de los años me había apaciguado. 

Hasta yo llegué a creer eso último, pero presiento que la elocuencia de los hechos que han venido siendo vaticinados en ese programa está sustituyendo las voces y ésto va a implicar necesidades de nuevos combates y como tengo los arsenales repletos, entiendo que tendré que seguir haciendo un uso creciente de los mismos para que las voces se pongan a la altura de los hechos.

Oí al amigo con interés, como siempre, porque conozco de su integridad bondadosa y nunca le he visto  armado de dobles intenciones, ni de propósitos malsanos, es honesto y recto.  Por eso, cuando  le oí expresarme  su alarma por mi endurecimiento guardé un respetuoso silencio, casi como si asintiera  a sus razones.

En verdad él vino a hacerme, no un reproche, sino una velada advertencia del aumento de mis riesgos personales y familiares al expresarme en forma tan desafiante cuando analizaba el grave incidente de frontera, en el cual un grupo de prestigiosos profesionales de la medicina que participaba en una  excursión, resultó víctima de una vejaminosa experiencia de  secuestro virtual, sufriendo una angustiosa amenaza frente a una turba de alrededor de 200 antisociales, armados de colines, machetes, palos, piedras y armas de fuego.

Tuvieron que recurrir esos profesionales  al degradante ardid de hablar en inglés y exhibir la simulada condición de ser ciudadanos norteamericanos, cosa ésta que hicieran por indicación  de alguien de los lugares que se lo propusiera  como única manera  de salvarse de peligros mayores.

Dejé que mi buen amigo terminara su exposición, nada necia, y me dediqué a darle mis razones para obrar en la forma en que lo hiciera en el programa.  Se conmovió, no me queda duda, cuando le dije:  “Tú eres estudioso y te sobran conocimientos de la historia nuestra.  Sé bien que oíste hablar desde muy joven delas Vírgenes de Galindo y de cómo la atrocidad cometida por los salvajes  ocupantes de nuestra patria contra aquellas  jóvenes violadas y asesinadas resultó un componente poderoso del ideal de la independencia que se impondría muchos años después”.

He creído siempre que sucesos muy especiales como aquellos, la violación y muerte de las tres vírgenes de Galindo y el asesinato de su padre, don Andrés, son los que han sabido alimentar las fibras del patriotismo y los que hacen estallar jornadas heroicas relacionadas con la independencia perdida, o la libertad sojuzgada, o, en todo caso, el cobro de graves ofensas y daños denigrantes de la soberanía. 

En realidad yo me sublevé espiritualmente frente a aquellos hechos de la frontera que he señalado y le dije al amigo:  “No pierdas de vista que para quien tiene años advirtiendo de cosas tan graves por venir en su patria, sucesos como esos resultan muy capaces  de impresionarle de tal forma que llega a pensar que estuvo a punto de producirse lo vaticinado como gran tragedia nacional,miserablemente incubada”. 

“Es mi caso, amigo, por eso me oyó usted  comentar el otro crimen, el de Hatillo Palma, y el brutal estupro de una honesta madre, mientras dormía en su hogar, en su propio lecho, ultrajada por tres salvajes en manada,violada y milagrosamente perdonada en su vida. Sabe usted que  los ciudadanos que la acompañaron a mi despacho luego,en la voz del de mayor edad expresaron su enorme tristeza, no sólo por el cobarde  estupro múltiple, sino porque los oficiales militares y policiales nuestros les confesaron que ellos sabían quiénes habían sido los autores de la atrocidad, pero que no podían detenerlos ni para interrogarlos, porque“les quitaban la ropa desde Palacio”

Observe, amigo, que hay un rasgo común entre los hechos recientes y aquel relatado por mí con vehemencia, pero muy  fehaciente. 

La autoridad nuestra está instruida para no actuar.   Eso lo sintieron dos soldados portando fusiles de alto calibre M-16, pero no podían intervenir en apoyo de aquel grupo de ciudadanos sometidos a una ocurrencia tan peligrosa como repugnante.

¿Qué sentí yo cuando oí a una gloria de la medicina nacional narrar aquel espanto?  Ira y un hondo temor con tan solo imaginarme que aquellos bárbaros pudieron haber descubierto que  eran dominicanos sus  apresados, no norteamericanos, y entonces les hubiesen  hecho daños puntuales, dentro de esas  indefinibles violencias, bien contra la vida,ora contra su indefensión, que les permitiera a sus verdugos llevárselos a aquel lado para poder hacer las consabidas exigencias de valores  para su rescate.

Lo dije en La Respuesta y lo repito hoy en La Pregunta: si eso se hubiera producido, el desorden subsecuente en la República pudo ser de gran magnitud y en cuestión de horas quedar convertido en sublevación popular, a imagen y semejanza de lo ocurrido en el trágico abril del año ochenta y cuatro, con el terrible y monstruoso ingrediente de que ahora lo que se desarrollaría como choques de poblaciones, ambas armadas, sería algo en términos de guerra con el extranjero, no de guerra civil, y que ésto desataría una  incontrolable participación militar, pues el cuartel se erguiría para irse a pelear con el pueblo en un torbellino de indignación.

Mira, le dije, eso está comprobado.  Los grandes estremecimientos de los pueblos muchas veces son detonados por hechos que les desquician propiamente, en un momento dado, y sólo te voy a citar el asesinato de Jorge Eliezer Gaitán, que provocara El Bogotazo y  años de gran violencia y de una guerra civil que se resiste a terminar, pese a un esfuerzo de paz descomunal como el llevado a cabo en la hermana República de Colombia. En el caso nuestro, se tiene que hablar de recuperar la independencia.

Es más, entre nosotrosmismos el sacrificio  de las Hermanas Mirabal fue vital para  que pudiera culminar  aquel espanto con un magnicidio, que fuera seguido del exterminio de familias heroicas enteras del país que ofrendaron sus vidas a cambio de la libertad.

En fin, en la última experiencia fronteriza de violencia  presagiosa se dieron algunas de las graves posibilidades de un conflicto de insondables consecuencias, muy catastróficas,como suelen producirla esos choques sangrientos de poblaciones, y no hay que dejar de pensar, asimismo, que con ello se haría posible una ocupación militar multilateral, pero en la isla toda, como sucio preludio de la desaparición dedos Estados, uno de ellos ya colapsado, refundido en un siniestro experimento de carácter Binacional, dentro del cual nuestro pueblo pasaría a ser víctima de un  abominable procedimiento de cirugía mayor de la injusticia internacional.

Todo ello pudo sobrevenir y ha servido la ocurrencia para saber que la chispa incendiaria  de la pradera reside en esos gravísimos incidentes de espoleta.

Luego, se produjo una situación irritante  que se vino a sumar al descontento  tan generalizado, cuando el gobierno entró en pánico  y desde el siniestro litoral de la traición del poder político, se hizo circular la orden superior de  banalizar aquella horrible amenaza, que pudo ser ocasión para comprometer la supervivencia misma del Estado nuestro.

Se dijo que los soldados habían obrado muy bien al negar protección al grupo agredido y humillado; es decir, que nuestros eminentes médicos no tenían de qué quejarse, que habían salido bien librados, sin un arañazo, luego de tres desesperantes horas de  terror, y se dijo, además, que la seguridad fronteriza es un hecho real, más allá de cuanto pudiera decir el eximio cardiólogo  nuestro Pedro Ureña, cuyo nombre lo he querido asociar en el título de esta pregunta al de Jorge Eliezer Gaitán, aunque no sea el médico un líder político como aquél, pero sí porque es un activo social muy relevante, sensitivo y emblemático de nuestro pueblo.

Al aumentar la indignación pública dije en mi Respuesta cosas que hoy reafirmo, como ésta: ni un soldado nuestro del rango que fuere, activo o retirado, creyó la versión  dada por el Ministro del ramo, incluso, dije que éste mismo es previsible que no crea lo que tuvo que decir al obedecer la orden superior nefasta del litoral político de quitarle hierro y fuego al conflicto.

El amigo oyó con paciencia  mis explicaciones y en forma un tanto enérgica me dijo: “Mira, yo pienso como tú  y creo que diría cosas más duras ante estas reiteradas ofensas que se nos hacen, pero tú has sido muy atacado y perseguido por esas fuerzas de la traición y lo que tú has hecho es responderles con la afirmación de que ha habido un pacto implícito entre  las fuerzas combinadas de la Geopolítica del Norte precedente del gran capital en sus techos extremos, los penthouses, y el Crimen Organizado  de la droga.  ¿Tú crees que eso es poca cosa?  Te van a destruir y es lo que a mí me preocupa”, me dijo el amigo cuando se iba cabizbajo de mi despacho.

No lo quise detener y me propuse decirle desde aquí, en La Pregunta, que no sólo he hablado de ese siniestro pacto implícito, es decir, sin acuerdo previo, pero de empuje conjunto para converger en una isla única convertida en un extenso puerto libre de perdición para el vicio y sus enormes riquezas.

He dicho más, pues también he advertido del sucio maridaje del gran capital, de aquel lado, con la droga mundial desde hace décadas, hoy en estrecha relación con los más encumbrados de este lado, participando en actividades de negocios conjuntos.     

El amigo que me visitara, de seguro, me ha oído hablar, además,  desde La Respuesta de mafias tradicionales de la Calabria, que participan ya de los llamados negocios lícitos, como los lácteos mundiales, aquí presentes, así como en los ámbitos oscuros y excitantes  de compañías en bancarrota que puedan operar en los no menos escabrosos antros de la energía, la construcción y los combustibles. 

Es más que seguro que  mi conmovido amigo me ha oído describir operaciones del Estado nuestro con mafias de México, beneficiándolas con el arrendamiento de gran parte de nuestros ingenios azucareros, pasándole por encima a la rotunda oposición que le hiciera en mi calidad de Presidente del Consejo Nacional de Drogas.

Es decir, que fueron los mismos que leyeron la resolución del organismo estatal competente, desde la  modestia aparente de ser apenas Secretario de Actas y Correspondencia, aunque tuviera el trasfondo de una agencia extranjera que ha debido de ser fuente de apoyo y no foco de socavamiento contra pequeños Estados, que terminan por ser los que se han adueñado de poderes, no virtuales, sino reales y patentes para entregar la independencia nacional.

Sé bien que después de tratar esos, y otros temas parecidos en su gravedad, no van a cesar los ataques a mí y a mi familia, pero  le aseguro a mi amigo que esos ataques contra nuestra honra y consideración sólo servirán para reanimarme a volver al combate, ahora que quedan pocas cosas inéditas de sus maldades y desafueros desde el poder, donde han podido abolir y usurpar autoridad desde las sombras, como siempre, obrando con el sigilo de ofidio que les caracteriza.

Los espero, ya con impaciencia, porque quizás sea el último servicio que me quede por ofrecerle a mi patria, desde esa trinchera dedicada a desenmascararles.  Dios, que me ha consentido tanto tiempo de vida, sabe que ese empeño de defensa de la patria frente  a sus traidores se aviene muy bien a lo que ha sido el amparo de su gracia a este pueblo tan traicionado y vilipendiado.

A mi querido amigo quiero dedicarle la reproducción dela inmensa reflexión del maestro de maestros que fuera Eugenio María de Hostos, prócer de mil modos, acerca del significado de nuestra sagrada Independencia:

”La lucha que sostuvo el pueblo dominicano contra Haití no fue una guerra vulgar. El pueblo dominicano defendía más que su independencia, defendía su idioma, la honra de su familia, la libertad de su comercio, la moralidad del matrimonio, el odio a la poligamia, mejor destino para su raza, mejor suerte para su trabajo, la escuela para sus hijos, el respeto a la religión de sus antepasados, la seguridad individual y la facultad de poder viajar al extranjero.  Era la lucha solemne de costumbres y de principios que eran diametralmente opuestos; de la barbarie contra la civilización, de la luz contra las tinieblas, del bien contra el mal.”

(Prólogo de El Derrumbe, Juan Bosch)

Creo que es la mejor manera de animar al dominicano de hoy que no ha dejado de tener alientos formidables para cumplir sus deberes ante los peligros de la independencia nacional. Bastaría con recordar aquel canto que se entonara en la epopeya del ’65: “A luchar soldado valiente que empezó la revolución” y otros de sus versos gloriosos.

¿No les parece a ustedes que ha de estar llegando la hora  de las inmolaciones y los mayores gestos de virilidad patriótica? 

Al amigo que levante la cabeza  y se ponga firme porque vendrán, no chispas, sino brasas y teas, a incendiar la pradera de nuestra dignidad de siempre.

Estuvimos al borde de eso, paradójicamente teniendo como víctimas a profesionales dedicados a la salud y a la vida, no a líderes políticos, que pudieron ser colocados por el destino en el principio mismo de la grandiosa gesta de recuperar todos nuestros atributos perdidos de soberanía.

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