“Todo muy aciago”, tal fue la respuesta que me diera una joven estudiante que no hacía suponer que tuviera inquietudes sociales notables; lo que más me impresionó fue oir como una queja muy íntima su expresión; un veredicto bien quedo, como si fuera el de una testigo observadora de su sociedad.

Ese “Todo muy aciago” en sus labios sonó como una misteriosa sentencia del desaliento; un convencimiento triste acerca del destino posible de su patria.

Confieso que con el prolongado paso de los años por mi vida he ido sintiendo cómo se asientan en mi espíritu nuevas y diferentes maneras de recibir y apreciar las cosas.  Cuando las comparo con la pasión con que lo hacía en los tiempos de mis inclementes luchas, pienso que el diseño humano nuestro es prodigioso; que el desierto áspero de las peores batallas de la vida, generalmente absurdas, puede tener al final un oasis para el descanso y el pensar profundo.

Vivir en demasía es una encantadora oportunidad para la reflexión y resulta interesante repasar los recuerdos, saludar los errores y lamentarlos, abrazar los aciertos y terminar  por asumir las  vicisitudes del tiempo presente utilizando una bondadosa paciencia, desterradas ya las pasiones.

A la joven que aludiera al principio pareció conmoverla mi respuesta a su pregunta cuando me dijera:  “Doctor, en su largo ejercicio penal ¿cuál ha sido  la situación más dramática que ha presenciado, o en la que haya sido parte, en esos juicios tormentosos en que se haya visto envuelto?

Se notó asombrada por mi respuesta al decirle que fueron muchas, incontables,  pero que las viví en mi condición de profesional  endurecido por las bregas y que ninguna me arrancó  lágrimas como las de ahora, ya muy alejado del estrado penal, cuando no he podido contenerme, por ejemplo, al ver en la televisión a una joven mujer que desesperada  por la muerte a tiros de su esposo en una de nuestras principales avenidas, utilizaba una expresión desgarradora que a mí me taladró y no pude mantenerme sereno al oirla sollozar,  balbuceando:  “Dios mío, cómo me haré ahora; él era el que le traía  la comida a los niños”.

Se trataba de un humilde chofer de un volteo que había intercedido para evitar que se llevaran prisionero a un jovencito desempleado que había reñido con la autoridad municipal.  Intentó ser un mediador y lo destrozó un escopetazo; el balance horrible ha sido tres pequeños huérfanos y la desesperada indefensión de una madre destrozada.

Fue entonces cuando le dije a mi joven interlocutora que sentí  ganas de salir con mi vieja y olvidada toga a ofrecerle asistencia desinteresada  a aquella pobre gente devastada por la tragedia.

Terminé por calmarme y entonces me dije:  En el fondo  he llorado a distancia, porque lo hice por mi pueblo, que desgraciadamente sigue cayendo en ese abismo tan poblado de huérfanos, de lágrimas y sangre.

Pero no me detuve en el relato de mi experiencia de sufrimientos,  cuando advertí a la joven de que con los años se cambian muchos componentes  de la conducta y es más que seguro que esta ternura crepuscular  que ella pueda apreciar en mí tiene mucho que ver con  el cada vez más cercano viaje final y le dije, además, que a pocos días del episodio contado, me ocurrió que leí en la prensa la noticia de un adolescente que había sido cruelmente apuñaleado para arrancarle un celular, pero que en la nota de prensa se hacía una mención de algo que no era un dato nimio, muy lacerante, como lo era la afirmación de que el celular  objeto del asalto no servía, era una caja vacía, más bien una ingenua pretensión del adolescente, de lucirlo  como prenda aparente.

No conforme con esa otra revelación que le hacía a la joven estudiante, le relaté que no  hacía mucho tiempo una madre desconsolada junto al modesto ataúd del hijo  gemía:  “Ay Dios, tan contento que vino a enseñarme esos tenis que había comprado con su primer salario y lo asesinan para robárselos”.

En fin, guardé silencio sin dejar de pensar en que ese ha terminado por ser nuestro diario vivir, nuestro calvario, y pienso que por ello me resultó tan conmovedor oir a la joven estudiante expresar “Todo muy aciago”.

Pero bien, ¿por qué escribo ahora sobre esas cosas?  Porque  desde mi paz  siento que no debo rendirme; que debo, al menos, servir para ofrecer testimonios  de tantas cosas que nos ocurren, buscando con ello  sembrar de algún modo muchas de mis vivencias, ahora cuando estoy en la edad precisa de hablar en conciencia, cuando no se puede ni se debe mentir.  Busco con ello prender en los que habrán de permanecer por mucho más tiempo la rebeldía mínima para luchar con en el aciago estado de cosasdel presente.

Nos hemos ido hundiendo y hay que  hacer mucho esfuerzo para las enmiendas.  Las fuerzas para hacerlo ciertamente  parecen desfallecidas, pero nosotros como pueblo mercemos un mejor destino y debemos lograrlo, y podremos alcanzarlo siempre que tomemos  determinaciones  comprometidas  honestamente con el ideal de nuestra suerte nacional.

He de luchar por ello hasta el último hálito de vida que me quede y prevengo que no hay detalles en estas cosas tremendas que nos ocurren; todos somos importantes y necesarios; la patria nos aguarda por muy postrada  que parezca.

Eso explica el porqué le he tomado un especial aprecio en estos últimos tiempos al testimonio social, porque he ido comprobando que en gran modo los peores descalabros  nuestros han sido posibles por  la indiferencia  que hemos mantenido, la incapacidad de alarmarnos frente a las mejores  advertencias que nos han venido haciendo, más los hechos que las palabras.

Nuestra  inseguridad de hoy es algo que hemos ido, quizás,  labrando con los enormes descuidos en que hemos incurrido; como si hubiéramos renunciado al  presentimiento protectivo.  No nos preparamos para resistir los ataques del crimen.  Creo que no aparecerá nadie que pudiere  testificar mejor y por más tiempo que yo acerca de como  pudo evolucionar el fenómeno  de la criminalización del medio social nuestro.  Ello, porque quizás fui el mas temerario  en la insistencia de  advertir, sin temerle a que  me llamaran necio.  Aquella gangsterización se veía venir abriéndose paso, generando ese  profundo y difuso temor  que ha ido anestesiando al pueblo,  como si le privara de atisbar siquiera los presagios.

Hago una deriva necesaria y me voy a mi participación en Bruselas, Bélgica, en la XVI Reunión DE Alto Nivel de Mecanismo de Coordinación y Cooperación en materia de Drogas (UE-CELAC-, del 4 y 5 de junio del 2012.  Allí pude hacer una síntesis de nuestro hundimiento paulatino y voy a transcribir sólo los párrafos de introducción, a fin de poner de relieve desde cuándo venía percibiendo los grandes peligros que se cernían sobre nuestra suerte.  Veamos:

Agradezco la gentileza de los organizadores de este importante evento, que me han dado la oportunidad de hablar; lo haré desde ideas y convicciones oriundas de dos litorales:  el geográfico y el profesional.

 Cuanto exprese, pues, estará condicionado por esos dos factores.  Confío en que este modesto esfuerzo pueda resultar de alguna utilidad en el seno de esta Reunión de Alto Nivel de Mecanismos de Drogas (RAN).

 Les prevengo que su contenido de testimonio se sustenta en vivencias honradas de bregas dramáticas de la vida pública de mi país, situado en el centro mismo del Caribe.

Pues bien, el hecho de ocupar la tribuna penal desde los 23 años me mantuvo muy adentro de los ámbitos intrincados del crimen tradicional, cuya comprensión y tratamiento se  alcanzan, todavía, al través del uso de las nociones del Derecho Penal, la Criminología clásica y las propias normas procesales penales. 

Sin embargo, a partir del año 1957 comencé a tener noticias concretas y palpables de que en la parte oeste de la isla de Santo Domingo, en el vecino Estado, así como en la Cuba pre-revolucionaria, se venía estableciendo una presencia criminosa de índole desconocida hasta entonces en la región.

Fue bien obvio su modus operandi durante el gobierno de Batista en Cuba, como en el régimen de Duvalier en Haití.

Intuí que esa etnia criminal que se venía derramando exigiría  para su comprensión del manejo de disciplinas que irían más allá del Derecho Penal y la Criminología tradicional; que  terminarían por imponerse preocupaciones de geopolítica criminal, que harían necesario conocer y ahondar en las más vastas nociones de la sociología criminal.

Es decir, que el inveterado conflicto del crimen vendría a rezagarse en su tratamiento desde el Derecho Penal de los hechos, dado que el crimen de trama y la noción de pertenencia a estructuras organizadas vendrían a ser imperantes.  Esto hacía previsible que los medios sociales sufrirían ataques de opresiones horizontales y generalizadas, más o menos visibles, en capacidad de desestabilizar las instituciones, turbar la paz e introducir prácticas y componentes muy corrosivos en las costumbres.

 Así fue como comencé a pensar en el trastorno que podría llegarnos, algún día, una vez cesara el sojuzgamiento político que yugulara nuestras libertades por casi un tercio de siglo, hasta el año ´61. 

Se entendió que la democracia y las libertades públicas, tan necesarias para el verdadero desarrollo, podrían acarrear algún grado de peligro cuando esas fuerzas de mafias criminales lograran aposentarse mediante la insidiosa infiltración que caracteriza al Crimen Organizado, cuyas tramas y maquinaciones, inmateriales, inasibles y gaseosas, pasan a ser inadvertidas, mal percibidas, nubladas si se quiere por la violencia sanguinaria de sus hechos.  Algo que se encargaría de extraviar a la autoridad y a la ley, que persistirían en los patrones y predicamentos tradicionales atinentes al hecho criminal individual.

Naturalmente, aquella percepción primaria me condujo a entender que se enarbolaría el palio de las garantías individuales, de los derechos humanos y fundamentales, de las implicaciones del debido proceso, que tanto favorece el fortalecimiento del estado de derecho; que, asimismo, el garantismo indispensable y generoso de éste podría enviar un estimulante, como equívoco, mensaje al crimen, que terminaría por despreciar el juicio penal ordinario tomándolo como un insulso pasatiempo de la sociedad, ingenioso y divertido; claro está, premunido el crimen de las vulnerabilidades de un sistema judicial lábil, inexperto y sin tradición.

Sé bien que con ésto esbozo un tema doctrinal vivamente debatido en academias y legislaciones.

Lo cierto es que tomó algo más de tres décadas la infiltración de los factores más invasivos del Crimen Organizado entre nosotros y, en los primeros tiempos, no fue captada su realidad; aquella oscura y trágica fase de implantación del fenómeno apareció como si fuera parte de un inocuo folklore que se expresaba en el regreso de centenares de jóvenes que habían emigrado, muchas veces en condiciones temerarias, primordialmente hacia Norteamérica, dotados de recursos económicos sorprendentes.

El medio social nuestro, pues, permaneció ajeno y desprevenido en los últimos veinte años del pasado siglo y la toma de espacios del Crimen Organizado se fue acomodando a las diversas ventajas y posibilidades que le pudieran brindar las instituciones, los estamentos de la política, los cuerpos militares y policiales, los colectivos empresariales y bancarios.”

Pero al hacer este ejercicio de recuento de hoy no me anima ningún propósito de reproche, ninguna pretensión de amonestar  y menos algún reclamo del vanidoso  mérito que es el  torpe  alegato del “¡Yo lo dije!”.

No.  De lo que se trata  es de mi afán de seguir siendo necio en el mejor sentido de la palabra, en alertar de que el tiempo apremia, a fin de que acudan los sacrificios cuando podemos hacerlo, porque no todo está perdido.

Me he propuesto no desalojar de mis recuerdos aquellos más dolorosos de cosas que han ocurrido como maldiciones de nuestro medio social, como  son los centenares de atentados y ejecuciones contra nuestros seres más vulnerables, las mujeres, los niños, niñas y adolescentes; retener los grados de crueldad  que mediaron en sus trágicas ejecuciones, así como los devastadores efectos destructivos en sus familias, porque entiendo que pueden resultar los mejores estímulos para las reacciones justicieras que  habrán de emprenderse para rescatar a nuestro pueblo de las tinieblas de su terrible inseguridad.

Que nadie quede pues lejos de esos sufrimientos, porque son de todos, hoy mañana y siempre.

Fue un egregio poeta nuestro el que logró describir el dolor común ante la mayor pérdida humana:  Byron Pellerano Castro, dijo:

 “En el cementerio”:    “Junto a una cruz, al expirar el día,/ Una pobre mujer, de angustias llena,/ Sus lágrimas vertía…/ Dolió a mi corazón su amarga pena,/ Y ante el sepulcro de la madre ajena/ Lloré la muerte de la madre mía.”

 Es eso, no otra cosa, llorar ante lo ajeno como algo propio, de todos, como es la madre patria sometida a estas duras pruebas del desvalor en que han caído las vidas de sus hijos para ruina de todos.

Ya terminado el esfuerzo  modesto y doloroso de hoy, se me presentó como un misterioso reclamo de cuanto digo en conciencia, otro caso, el de la joven profesional  de la medicina que regresaba a la casa desde su iglesia, cuando corrió desesperada a refugiarse en una segunda planta de un edificio contiguo hasta ser abatida por sus asesinos que le arrancaron, ya moribunda, un pequeño guillo y una lechoza que llevaba para su cena.

He terminado  por no sentir vergüenza al no retener su nombre, pues me ha bastado conservar el relato de prensa cuando narraba sus desgarradas súplicas porque la dejaran viva.

Es crucial un esfuerzo nuestro más vasto como pueblo para entretejer nuestros miedos, nuestras lágrimas, nuestras angustias y alcanzar el sagrado consenso de que sólo podremos salvarnos de las ruinas de este nuevo y último derrumbe si nos unimos en apretado haz para derribar y abatir los tantos males que nos afligen.

En aquella expresión de la joven estudiante que sirve de título a esta entrega “Todo muy aciago”, veamos el desdichado convencimiento de la comunidad plena y echemos por delante el cumplimiento de los deberes inmolatorios que nos corresponden como hijos de esta bendita tierra.  ¿Acaso no estoy en lo cierto?  ¿Qué esperamos, hermanos en el sufrimiento, para movilizarnos contra el mal?

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