Un proverbio chino dice: “Los buenos sentimientos son buenos compañeros”; en él se revela la simplicidad profunda de ese pueblo milenario.  Desde luego, no queda duda de que, una vez se invierte el aserto lo que queda es que “los malos sentimientos son malos compañeros”.

Ellos toman siempre el lado benigno en sus ejercicios maniqueos y dejan lo negativo como advertencia implícita a su prójimo.

En estos días  se ha asentado en el árbol nacional esa ave gigantesca y antigua que es China, convertida ya en una novedad  muy excitante, dado que es una superpotencia  económica, de gran poder en todos los órdenes, que se derrama por todo el orbe con sus nuevas rutas y franjas de seda y de sal.

El nuevo gigante se allega a los pueblos del tercer mundo con una facilidad asombrosa; con  bríos inimaginables ofrece sus hombros para caminar en el pedregal de la exclusión y la pobreza de esos pueblos y es inacabable la curiosidad  por saber hasta dónde pueden ser vencidas las necesidades y desventuras de los mismos.

Ocurre algo, además, pues ahora libra una  batalla colosal  con otra superpotencia en los ámbitos sensitivos del comercio, teniendo ambas de trasfondo hondos recelos ideológicos y cuentas históricas delicadas por zanjar, saldar o acomodar.

Así las cosas, el contexto nuestro se ha transformado totalmente pues estamos situados en el mismo centro de las disputas, asumiendo éstas las características de los trastornos  regionales porque así lo determina el autoritarismo inmemorial de la geografía.

Son muchas las expectativas, como inagotable el suspense, al presentarse la cuestión de saber cuál habrá de ser la suerte nuestra que deambulamos entre los talones de tales gigantes.

A mí me asalta, como siempre, el interés de ir un poco más lejos  de lo que ofrece como menú el debate.  Y me he puesto a revisar recuerdos de mi juventud.

Uno de ellos ha sido procurar un libro hermosísimo que escribiera  Pearl S. Buck, una escritora norteamericana nacida en China hija de un predicador cristiano.  Anhelo volver a leerlo para confirmar el porqué me impresionó tanto  su lectura; su titulo es “La Buena Tierra”.

Debo decir, claro está,  que la autora recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 1938, siendo la primera escritora norteamericana en recibirlo.

Luego me puse a pensar en uno de esos azares de la historia que parecen haber pasado desapercibidos y que de repente lucen dignos de ser recordados para contrastarlos con sucesos actuales.

De ellos cito un ejemplo, que es para hoy no creerlo:  Luego de la guerra de independencia norteamericana, sólo hubo dos ocasiones  de nueva guerra entre  los británicos y Estados Unidos, que fueron las siguientes: En mil ochocientos doce cuando se produjo el ataque a la Casa del Presidente y al Palacio del Congreso hecho por un grupo de soldados británicos.  Y el otro incidente, menos notable, fue en ocasión de la guerra del opio, cuando los norteamericanos se rebelaron contra los ingleses y amenazaron con la guerra, muy airados frente al crimen que se estaba consumando de llevar a China a la férula del consumo del opio.

En realidad, lo que quiero es destacar que existe un inmenso material histórico y literario acerca de China que duraría una eternidad intentar conocerlo.  Se podría, quizás, comenzar a  tener una idea de cuán descomunal ha sido esa nación, con sólo citar su edad multimilenaria.

Caminar con los zancos de la imaginación por su legendaria  muralla y atreverse siquiera a darle un simple repaso a sus dinastías.  Sería ésta una forma de llegar a suponer porqué hoy se está dando esta muestra tan sensacional de convivencia entre las prácticas del capitalismo y la muy rigurosa dirección centralizada del comunismo.  Sabemos ya cuánto se disputó la hegemonía en este campo con la otra superpotencia que fuera la desaparecida Unión Soviética.

Se trata, en fIn, de la China que hizo la proeza de interpretar las necesidades de su pueblo, a ser abatidas, desde el “pensamiento luminoso” de su gran líder, el campesino  guerrero y pensador que fuera Mao Zedong.  Claro está, contando con una índole  étnica perpetua, que es la que le permite hoy y la hará por muy largo tiempo objeto del asombro del mundo.

¿Cómo se ha podido producir  este excepcional fenómeno de pasar de ser una impensable población asolada por las guerras internas, invasiones y arrasamientos de múltiples calibres, hasta lo que hoy procura ser la poderosísima hada-madrina de medio mundo?

Decía el gran líder chino: “El campesino ve lo que es” y con ello quería destacar cómo se alejaba del error de la especulación, que siempre resulta insegura y maleable.  Y uno se siente tentado a pensar  que ahora, cuando ese medio mundo precario  se acerca  a esa China inmemorial, ésta lo asume como un “buen compañero” y una vez se ensayen los acercamientos se comienzan a oir los amables y profundos proverbios sobre la amistad, la lealtad y la comprensión reciproca del nuevo trato.  Reglas que lucen muy impregnadas de las otras enseñanzas superiores que guían a aquel pueblo sorprendente que tiene las inmemoriales enseñanzas de Confucio como eje esencial del comportamiento de su inmenso colectivo.

Pero bien,  me ocurre que siempre estoy atento a recordar también cosas nimias que puedan de repente volverse interesantes. Vaya el ejemplo:  En Nagua vivió un laborioso comerciante chino, de quien sólo recuerdo su nombre criollo, Julio Wom.

Mi hermano mayor, Américo,  abogado  como yo, ya fenecido, cuando estaba en su retiro virtual trabó una agradable relación de amistad con Julio y éste le fue ofreciendo pruebas crecientes de confianza, hasta que un día  le mostró fotos donde aparecía vestido de oficial del ejército de la China Popular.

Le llegó a confesar que estuvo en los azares de la Gran Marcha y ese día mi hermano, según me contaba, en su grato humor en la amistad, le dijo:  “Caramba Julio, ya sabía que tú no podías ser cualquier cosa” y pensaba: “Este Chinito que anda por aquí entre estos baratujales, debe estar huyéndole a algo grave que cometiera”.

Contaba mi hermano que Julio se río amablemente y le dijo:  “No, no tengo nada malo escondido, ni cuenta pendiente.  Pero Américo, cuando tú vas a un pueblo y no encuentras chinos es porque ahí no  hay porvenir.  Ustedes tienen mucho porvenir”“Ah, Julio, ¿entonces tú eres un explorador de avanzada?”.  Y a ésto le contestó sonriente el amable chinito,  “Puede ser, de algún modo”.  Tuve la oportunidad de conocer luego al personaje.

En estos días he pensado en él, pues murió hace algún tiempo y creo que su descendencia prosigue la  tradición del negocio, pero ya en una encantadora colina de la nueva Samaná, a pocos minutos de dos aeropuertos, cerca de una estructura de cruceros turísticos; en fin, en el medio mismo del progreso dominicano.

Se podría decir que Julio tenía razón, pues han llegado los chinos; desde luego, después, como ellos suelen hacer sus cosas en su paciencia de siglos.

En estos días tuve oportunidad de leer un interesante artículo internacional en el cual se le rendía tributo a la memoria de Teodoro Petkoff Malek, calificándole como un Titán en las luchas públicas venezolanas.  Me llamó la atención sobremanera la cita que se hace de un juicio genial de la inmensa gloria de la Colombia del Caribe, que fuera el Gabo, cuando dijo refiriéndose al personaje: “No le tiene miedo al tiempo y eso es lo que mejor define su vida: le alcanzará para todo”.

Pienso que China tampoco le ha tenido miedo al tiempo, parece haberlo vencido y talvez si se sigue la perspectiva descrita por el Gabo le alcance el tiempo para todo.

Cuando la veo llegar y se anuncia en forma febricitante su eventual papel de cabestrillo salvador de nuestros achaques, yo también me he ido a mi vieja práctica de recordar cosas y pienso que todos sabemos de la calidad humana superior de los miembros de la muy antigua colonia China que ha vivido entre nosotros: pacíficos, amistosos, trabajadores, excelentes y consecuentes amigos, que jamás se les ha visto ni sentido en actividades peligrosas, ni antisociales.

En mi familia, al menos,  conservamos muy buenos recuerdos de nuestros amigos chinos, casi todos provenientes de Cantón organizados en familias muy sólidas; de los Joa, el inolvidable Alberto y los demás Kansin, Emilio, Francico, Mencon, Sigin y otros no menos virtuosos.  De los Sang,  Rafael, Joaquin, Kikua, Antonio.

Creo que muchos amigos de esa ejemplar colonia saben el   enorme aprecio que le ha tenido la sociedad dominicana en general y ya, cuando han desaparecido muchos de ellos, se conserva la más grata recordación en familias y comunidades para con sus amables y bondadosos chinitos.

Eso puede tener un inestimable significado, pues, aunque lo que se está proponiendo ahora es algo de mucha mayor envergadura, ya con la República Popular China, que abarcarán múltiples y muy sensitivos aspectos de la vida nacional, nada impide que siga siendo ponderable la generalizada aprobación de aquellos modestos y esforzados emigrantes que han vivido entre nosotros por mucho más de un siglo.

Pero, todo lo expuesto podría ser meramente anecdótico ante el nuevo tipo de relación  que se establece, ahora en medio de expectativas sensacionales de todo tipo.

Por ello asumo de otro modo el enfoque.  Por ejemplo, Chou En-lai, en el libro escrito por Richard Nixon, Líderes, es descrito por el ex Presidente americano como el más impresionante  y sabio de todos los líderes extranjeros tratados por él.

Cuenta Nixon que cuando lo abordó sobre el conflicto de la separación de Taiwán, él le dijo:  “Los chinos primero son  chinos y luego pueden ser comunistas”, “que no se preocupara por el cañonazo diario tirado desde Kemoy, pues ellos eran todos chinos y que resolverían los problemas entre chinos pues sólo había una China”.  Agrega el expresidente que al preguntarle por el tiempo que eso podría demandar, si mal no recuerdo le fue fijado entre cincuenta y sesenta años.

Lo cierto es que está a punto de vencerse el plazo estimado y el asunto  que estuvo casi resuelto  con aquello de “una sola nación y dos sistemas” se ha empeorado en gran modo, al grado de que aparece una reflexión muy reciente de un importante hombre de poder norteamericano, como lo es el Vicepresidente Pence, quien dijo:  “Nosotros queremos una sola China, pero democrática como Taiwán”.

Es conveniente retener tal juicio, pues hay una presencia nacionalista en el gobierno de la próspera isla que aunque sabe que tiene inversiones inmensas de capitales en el continente también sabe que desagrada al mando del Partido  Comunista Chino y por ahí se han ido colando filosas tensiones.

Es conveniente, en el mismo orden, ponderar  estos aspectos, que no son anecdóticos, para poder entender que, si bien es cierto  que en la guerra de comercio en curso se atiende más como causa de las tensiones la lucha por los espacios y los negocios, están bien solapadas preocupaciones ideológicas muy activas, sobre todo, cuando se piensa en que para la administración Trump no resulta cierto aquello del fin de la historia, en ocasión de la estrepitosa caída de la Unión Soviética; es más, ha combatido la aparición de la globalización y el libre mercado del neoliberalismo, contra viento y marea.

Los chinos se han encargado  de demostrarle al mundo que ellos han sido  capaces de alcanzar  el ultra-rango de superpotencia económica bajo la dirección de un Partido  Comunista; algo que no se pudo soñar en la propia Unión Soviética.

El ejemplo resulta impresionante y es previsible que cuando Trump declara a China como el mayor de los peligros, sus razones sean oriundas de la ideología y no tanto de los trastornos del comercio.

Particularmente yo me inclino por esa interpretación de las tensiones, pues si el buen observador no se distrae podrá ver las BRICS y lo que viene sucediendo en Brasil y otras naciones, ya en una deriva conservadora que está llevando a las izquierdas a la necesidad de reinventarse.  China puede proveer formación y destreza para las juventudes del mundo con una eficiencia mayor a la que ofreciera siempre la madre Unión Soviética.

En verdad, ¿será todo eso sólo fruto de conflicto de intereses económicos?

¿Acaso  no se advierte que el ejemplo chino derramado por medio mundo puede resultar una ubre más segura y efectiva  como guía atractiva para las redenciones de masas inmensas de excluidos sociales?

Creo que de ésto es que se trata.  Por ello, cuando un buen dominicano se inquieta y piensa que las relaciones se establecieron  en tiempo imprudente y de forma enojosa, no se puede pretender ofenderle ni reputarle  como un rezagado social o político.  Lo más lamentable que puede ocurrir cuando  se suscitan situaciones tan complejas, es perderse en el diagnóstico.  No  saber, ni comprender, de qué se trata, en realidad.

¿Les parece a ustedes, amables lectores, que se deben formular muchas preguntas sobre temas tan trascendentales?

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