Las convicciones esenciales se deben mantener expuestas a la luz del sol como si fueran las señales inequívocas de cuál habrá de ser la posición del sujeto una vez lleguen los momentos precisos de las decisiones.

En las luchas de poder el liderato  verdadero se funda en la fe  debida a esas convicciones que revelan la integridad de aquellos que tienen potestad de indicar  el rumbo.  Gran parte del desastre de nuestro quehacer político se origina en que es la astucia, no la entereza, la que se encarga de  emboscarlo  todo.

Es por ello  que cuenta la intriga con tan buenos caminos y caninos para sus asaltos y salteos.  De ahí es que se desprende el penoso relativismo muy generalizado, casi cultural, con que se trata y desprecia el ordenamiento jurídico y de cualquiera norma y precepto que ordene, restrinja o prohiba  algo se dice: “Eso dice ahí”. “Ya veremos qué vuelta  le buscamos.”.

No creo que aparezca otra cosa que  degrade más que esa inferioridad nuestra para  organizar  nuestra convivencia en un régimen social democrático  dentro de un estado derecho, real y efectivo, no declamatorio ni meramente formal.

Ahora, en esta etapa tan crítica, se puede apreciar  mejor lo dañino que resulta carecer de esas  condiciones relativas a la integridad y sinceridad de las posiciones.

Basta  observar cómo los propios poderes públicos se comportan  frente a la Constitución  y las leyes adjetivas.  Es decir, ya no se trata del individuo en desobediencia de su estado.  No.  Son los encargados de su aplicación que juraran respetarlas y hacerlas respetar los que juegan con ellas cual si fueran naipes.

Al comprobar  la cantidad de leyes que fueran ordenadas por la Constitución dentro de los razonables plazos propuestos, que no se han aprobado o iniciado, o que han sido desaparecidas y extraviadas luego de propuestas, aparecerán mil razones  para el desaliento que nos puede llevar a rendirnos y terminar por   exclamar:
“Todo ésto está perdido”.  “No hay nada que hacer”.  “Nos hundimos”. “A Dios que reparta suerte”.

Esa última expresión la diría por error, sólo por ello, un gobernante nuestro  en el umbral de un estallido revolucionario en favor de la restitución  de una Constitución  desconocida.

Aquello fue una prueba inmensa de que no todo estaba perdido.  Que siempre aparecerá  la reacción del pueblo en defensa decorosa  frente  a las viles perversiones de ese  despectivo: “Eso dice ahí’.  ‘Le buscamos la vuelta”.

En ese caso, naturalmente, fueron millares los muertos  y heridos, sin contar los daños de todo género  de una guerra civil y una intervención militar multinacional bajo palio infame de OEA.

Lo que ocurre en estos momentos resume nuestros extravíos de forma pavorosa y esto se hace obvio, como descalabro, cuando se analizan en retrospectiva los  hechos y peligros propuestos en este azaroso presente.

Por ejemplo, si se hubiese dictado la Ley de Referendo  en los cinco años subsiguientes  a la aprobación de la Constitución del año diez, no hubiese sido posible  hacer cuanto se hizo para lograr la modificación  de la misma a fin de hacer posible la reelección; y sería más sólida y sana  nuestra  fortaleza institucional.

La legitimidad  surgida de aquellas pruebas  de aprobación popular nos hubiesen blindado los mandatos renovados bajo auspicios legales   tan respetables como lo son cuantos  rebroten de una voluntad de  aprobación, confirmación y ratificación en la voz del pueblo, con tan sólo decidir entre un sí y un no.

Se me diría que soy ingenuo, por decir lo menos, pues todo lo pongo a depender de un o un no del parecer público, sin tener en cuenta el montón de intereses y conveniencias inconfesables que siempre están de por medio  en esos trances.

Y me tocaría responder que es precisamente en esa simple  aprobación  o desaprobación  del pueblo donde residen sus  grandes valores, entre ellos el de parir la legitimidad con la que pueda hacer el alarde de proclamase como beneficiario de un auténtico estado de derecho.

Así de simple es la cuestión; pero nadie debe engañarse y pensar  que de no hacerlo así no se desprenderán consecuencias. Y no es una invocación de una posibilidad imaginaria, pues para ello traje  al inventario de las preocupaciones de hoy el  trágico precedente  del sesenta y cinco y la expresión aquella tan premonitoria y fatídica:  ¡A Dios que reparta suerte!

Lo que me propongo con todo ésto es ratificar mi creencia de que el condicional que se suele expresar mediante la reflexión de: “Si se hubiera hecho de tal o cual modo distinto, no hubiese pasado”, no es un idiotismo como aquel que ya va en desuso: “Si mi papá no estuviera muerto, estuviera vivo”.

No.  Se trata de un condicional que evoca una perspectiva cierta, algo que no sólo se pensó cuando había ocurrido lo otro, sino que era una posibilidad previsible.  Tampoco se refiere el condicional a los fenómenos naturales de proporciones telúricas:  “Si no hubiera ocurrido el terremoto o pasado el huracán, otra cosa hubiese sobrevenido”.  Estaríamos hablando entonces de causas de justificación por fuerza mayor.

Se trata, más bien, de acciones debidas por mandato de una Constitución  que en previsión  de establecer  mecanismos  para la aplicación de sus normas, requirió que se dictaran leyes reglamentarias, de carácter adjetivo y oriundas del seno mismo del poder legislativo, dentro de los cinco años subsiguientes a la proclamación de esa Constitución, mandato éste desconocido por omisión deliberada  constitutiva de un verdadero desacato.

Como se advierte, la utilización del condicional “si se hubiera obedecido el mandato” cabe y otras hubiesen sido las circunstancias y las características de los hechos, por haberse albergado las experiencias en el seno del poder popular que, como se dice precedentemente, con un o un no aseguraba la legitimidad, que es el oxígeno crítico de la paz y la normalidad de la dinámica institucional toda.

Cuando escribía estas cuartillas me conmovió recordar lo que mi padre reflexionara en su diario de cárcel en la fortaleza San Luis de Santiago en el año mil novecientos doce, cuando se destrozaba una vez más la República en una prolongada y sangrienta revolución.

Mi padre, el engrillado alumno del maestro Hostos, desde su rebeldía indómita, en medio del desaliento escribía lo siguiente:

 “Nuestra organización política descansa en una base mentirosa.  Mentira en la elección; mentira en el Ejecutivo; mentira en el Legislativo; mentira crasa en la justicia; mentira irritante en los partidos políticos; mentira carnavalesca en la prensa.  La falta de lógica, de sinceridad, en todo, nos pierde irremisiblemente”.

Pregunto, amables lectores, ¿se le podría cambiar simplemente la fecha del año doce por la de este hoy deprimente?  Ciento seis años después, ¿no sigue siendo válida y certera aquella queja?

En realidad, esas atrofias institucionales están siempre presentes en las desgracias de los pueblos de escaso desarrollo.  Y no debe consolarnos que, después de acaecidos los hechos, podamos echar de menos las cosas que se debieron y pudieron hacer y no se hicieron,.  No es posible poner al pueblo a ser una versión de “caja negra” para examinar las causas del desastre del vuelo, sólo cuando ésta aparezca.  Se ha estado, por el contrario, en presencia de tormentas muy duras y el naufragio ha sido tan inminente como cierto.

En los tiempos actuales del mundo, desde luego, se está haciendo cada vez más difícil, aún en los medios de gran desarrollo, bregar con los hechos y circunstancias, pues entre la posverdad y la velocidad olímpica y horizontal de la tecnología digital, no se puede llegar a saber a ciencia cierta por dónde está la siempre laboriosa mentira.

Ahora acabo de ver una prueba, al parecer insípida, cuando se publican  en la prensa cinco fotografías con sus nombres debajo, de cinco ciudadanos que podrían ser  jueces del Tribunal Constitucional.

Entre todos, sólo hay un juez, respetable por cierto, pues los demás son distinguidos abogados  de ejercicio que han tenido  la representación de causas  políticas de poder  de gran énfasis, relativas  a la propia subsistencia de la Republica, sin contar otros importantes procesos constitucionales de gran envergadura, pero de índole ordinaria.

Pues bien, si los eligen sus propios mandantes para ir a impartir justicia ya se saben los contenidos de sus fallos.  Bastaría leer sus instancias y artículos donde figuran sus opiniones.  Si mañana ocurren tragedias montadas en esas felonías, tendríamos que mantener el triste lamento: “Caramba, si se hubiesen elegido jueces y no abogados en ejercicio, esto no hubiera sido tanto así.”

En la última  expresión de mi padre en la cita  de su desaliento rebelde se  lee: La falta de lógica, de sinceridad, en todo, nos pierde irremisiblemente.”

Pues bien, hoy  cuando escribo horas después de haberse  producido una experiencia  de reconciliación  proclamada entre los líderes reales del partido  que fundara  un prócer inmenso de la República,  que ya  ha obtenido el favor popular para cinco  periodos presidenciales, sólo quiero traer aquella amarga amonestación de mi padre, engrillado en la fortaleza San Luis, repensando quizás lo que le enseñara el maestro Hostos, a quien don Juan denominara El Sembrador, acerca de los valores superiores de la condición humana.

Pero, ocurre que se me entrecruzaron las conmociones, pues también de don Juan acababa de leer en su obra seminal “Crisis de la Democracia” estas admoniciones:

 “La falta de sentido patriótico de la clase media dominicana, en conjunto, es algo desolador.  Uno no puede comprenderlo.  Yo, por lo menos, no puedo entender que no se ame a la patria como no puedo entender que no se ame a la madre.  Me digo que esa ausencia de amor a la propia tierra se debe a su inseguridad, a su insatisfacción, a la angustia en que viven los dominicanos de clase media; pero no lo acepto.  Sin amor es imposible hacer algo creador.  La gallina, que es considerada como el más cobarde de los animales domésticos, se lanza como una pequeña fiera emplumada sobre el que se acerque demasiado a sus polluelos.  El amor hace fuertes a los débiles y valientes a los cobardes.  El amor obra milagros.”

Lo ideal sería que ellos, los líderes, en la dimensión en que se encuentre don Juan, le manden un mensaje con su unidad como para decirle: “Maestro, usted no aró en el mar. Nos guía el amor a la Patria en nuestras decisiones.”

Es decir, que frente a la declarada reconciliación de que se habla he querido reflexionar más desde la esperanza, sin ningún recelo y por eso no invoco “Los Idus de Marzo”, de Thornton Wilder, al hacer realidad la ficción de la advertencia a César cuando se dirigía al Senado.

Y no le temo a soñar desde la esperanza si ésto me ayuda a retraer los miedos.  Precisamente, luego de escribir estas cuartillas, me encontré con Borges, el luminoso ciego argentino, quien le respondía a un diario de su país la solicitud de su opinión sobre el regreso de la democracia y la terminación del odioso régimen militar.

El diario en cuestión, El Clarín, reproduce las premoniciones de Borges, que son hermosísimas, al cumplirse treinta y cinco años de aquella excepcional situación en favor de la libertad; de ella voy a transcribir sólo el final: “La esperanza que era casi imposible hace días es ahora nuestro venturoso deber.  Es un acto de fe que puede justificarnos.  Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la Patria.”

Desde luego, el periódico al reproducir el vaticinio penetrante de Borges no hizo comentarios; como si se lo dejara a la apreciación del sentimiento público argentino de hoy y que sea el pueblo el que juzgue los tumbos frustrantes de los sueños.

Procuro con todo esto que los líderes separados reexaminen sus conciencias y se propongan a obrar ante los terribles riesgos nacionales con la sinceridad que echaba de menos mi padre desde las rejas del rebelde que siempre fuera y con el amor a la patria que don Juan reclamaba a los jóvenes de extracción popular.

En su caso, ellos, los líderes, que ya por sus méritos se encuentran en el nivel de la clase media alta y todo lo que entraña su paso por el poder como clave decisiva para marcar rumbos, les toca hacer un ejercicio profundo de sinceridad patriótica.

Esto, porque no son los intereses sombríos de la baja política lo que está en juego; es la propia supervivencia de la patria común la que necesita de su desprendiendo y comprensión, para que no siga la intriga haciendo de las suyas en sus maquinaciones interminables.

Que no simulen nada.  Que se acerquen cada vez más y desoigan los temibles consejos de los que viven azuzando los egos absurdos, que tan nefastos resultan cuantas veces la sinfónica  de las ambiciones se dedica a  interpretar  cual partitura patética “El Choque de Trenes”.

Con la mayor humildad quiero sentar en la sala de la ilusión  mis primeras admoniciones en este aporte de hoy, cuando expreso nuevamente:

“Las convicciones esenciales se deben mantener expuestas a la luz del sol como si fueran las señales inequívocas de cuál habrá de ser la posición del sujeto una vez lleguen los momentos precisos de las decisiones”.

 “En las luchas de poder el liderato verdadero se funda en la fé debida a esas convicciones que revelan la integridad de aquellos que tienen potestad de indicar el rumbo.  Gran parte del desastre de nuestro quehacer político se origina en que es la astucia, no la entereza, la que se encarga de emboscarlo todo”.

Se me ha hecho preciso repetirlas, y me excuso, pero esos señalamientos son vitales para organizar la resistencia nacional.

En definitiva, después de opinar mil veces sobre el tema de la sagrada unidad nacional para enfrentar las indescriptibles adversidades, ¿no creen ustedes que me asisten razones para  escribir esta Pregunta?

Aguardemos, en todo caso, que se allegue Marzo;  sobrevivamos estos ciento y tantos días que faltan para saber qué ha podido ser la unidad entre los líderes nacionales mejor establecidos y configurados; dónde ha podido ir a parar la sinceridad necesaria  para hacer un templo de la República;  inviolable, porque así lo ha dictado una historia amarga y brillante.

Confiemos en Dios  y que sea Él quien nos libre  de los abatimientos que nos puedan seguir imponiendo las traiciones.

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