Veinte años de aprendizaje

Tengo necesidad de abrir espacio a la tarea de escribir acerca  de algo que  he considerado una experiencia sensiblemente importante en mi  paso por la vida pública.

No quiero que ésto permanezca distante y olvidado, esperando los esfuerzos finales de mi modesta autobiografía que he titulado “Lo que Pude Vivir”.  Al hacer esto hoy tengo el cuidado de omitir  nombres; de sólo aludir a los episodios y sus posibles enseñanzas.

He creído que hacerlo así resulta más útil y, sobre todo, lo salva  de ser percibido  como un rencoroso  propósito de acusar a entidades, y a su gente, que pudieron haber  sido tocadas en expedientes de  graves y engorrosos hechos.   Lo que procuro al hacerlo así es no convertir esos episodios en argumentos y alegatos típicos de la encarnizada lucha política.

A eso quiero llegar y ojalá sólo sirva sanamente como un medio de entender lo complejo y sensitivo  que seguirá resultando  la presencia y participación del Crimen Organizado en todas las circunstancias nacionales de las últimas décadas y su inevitable y decisivo papel en lo que se ha venido dando como desastre nacional.  Me interno en el intento.

Desempeñé las funciones de Presidente del Consejo Nacional de Drogas entre los años mil novecientos noventa y seis y dos mil del pasado siglo.  Aquello me brindó la oportunidad de  relacionarme con la autoridad de niveles más altos de la lucha mundial contra el trastorno de los tiempos, que es el negocio de la Droga.

Aquello me ofreció un litoral muy vasto que iba, desde el Programa de Naciones Unidas con asiento en Viena, hasta los centros de dominio y control norteamericanos, cuyas estructuras bien diversas abarcan a todas las modalidades del fenómeno criminal.

Esos cuatro años de servicio público resultaron para mí vitales, pues muchas de las cosas de las que había conocido al través del estudio de la copiosa labor de tratadistas y periodistas de investigación las pude encontrar y ver muy de cerca, no ya como relato doctrinario, sino como hechos concretos, convertidos en casos vivos y en curso, con nombres propios.

Pues bien, lo que traigo a contar se originó en el seno de una actividad llevada a cabo en la isla de Antigua, propiciada y coordinada, con participación múltiple del Caribe, por la autoridad norteamericana.  Era el año 1998.

Como siempre ocurría, los temas eran muchos, pero sólo en el tercer día de los trabajos fue que apareció la cuestión que relato en la forma prometida.

Se trató, en efecto, como tema esencial la cuestión del peligroso uso de la banca comercial para las operaciones de lavado de dinero en la región.  Para mi sorpresa, se me acercó uno de los directivos del evento para invitarme a permanecer en el salón de sesiones, pues era del interés de ellos hacer una presentación de muestras de dos casos especiales, uno de ellos que me podría concernir; que si lo tenía a bien podría hacerme acompañar por algún otro miembro auxiliar de nuestra delegación, cosa que se hizo.

Los técnicos que hicieron la presentación habían permanecido en silencio en los dos días precedentes y al comenzar su exposición ante el educado grupo de Ministros que fuera también invitado a permanecer,  se puso en evidencia de que era esa, quizás, una de las partes más significativas de la Conferencia.

Comenzaron por explicaciones relativas al cierre de un banco alemán, hecho por la autoridad de Antigua, luego de descubrir los métodos engañosos que utilizaba la entidad bancaria para burlar las restricciones y controles establecidos.

Cuando llegó el caso de nuestro país fue cuando comprendí de qué se trataba, y porqué pudieron pensar que yo pudiera influir de algún modo para evitar que un banco nuestro prosiguiera con las delicadas operaciones de remesas especialmente desde New York, en medio de depósitos de montos sorprendentes.

Las pruebas exhibidas resultaban preocupantes.  Mi reacción  primera fue de asombro y me decidí a mantenerme cauto, pues no  entendía plenamente qué podía haber debajo  de todo aquello y hasta dónde querrían ellos llegar, pero con mi apoyo.

Al regreso, observé una extrema cautela, pues no  sabía qué se  podría  estar  embovinando en aquella exhibición de pruebas; ya al final de sus explicaciones me dijo el expositor en un tono, más bien amable, “creo que tendremos necesidad de visitarlo”.

En efecto, al cabo de unas semanas de mi regreso, vino a verme un importante funcionario  que servía de enlace entre la Casa Blanca y los distintos departamentos de antinarcóticos y me dio extensas explicaciones de lo que ellos plantearan en la Isla de Antigua.

Se quiso franquear y en tono muy amistoso me dijo:  “No es nuestro interés abrir proceso ante una corte nuestra, pues podría crear conmociones perturbadoras en la banca de ustedes.  Por ello, hemos pensado que una denuncia pública hecha por el presidente del Consejo Nacional de Drogas podría servir para frenar y suprimir la práctica que hemos identificado en ocasión de las remesas”.

No me pareció impropia la previsión y le reconocí validez en cuanto a que la utilización  virtual de ese principio de oportunidad que ellos proponían estaba dentro de los patrones de lucha en los cuales ellos resultan decisivos.  El hecho fue que, sintiéndome parte de una estrategia típica de cooperación entre los Estados, expuse por televisión lo que había recibido en Antigua como información formal y expresa dada por funcionarios competentes de los Estados Unidos.

Lo hice con total independencia, sin ánimo de zaherir y perseguir a nadie, bajo el convencimiento de que era correcto lo tratado en la forma que se hiciera.

Así las cosas, tuvo a bien intervenir un importante tercero, quien se preocupara sobremanera por el contenido de lo planteado por mí en la televisión, lo que lo llevó a propiciar un encuentro en su presencia, pero en la residencia de un importante directivo del banco aludido.

Lo ví bien, porque no me animaba el propósito de generar tensiones explosivas en un área tan sensitiva como lo es la reputación bancaria y, una vez allí, procedí a transferir todo cuando yo había recibido como información y llegué hasta a ofrecer algunas reflexiones sobre la delicadeza del expediente así surgido y hasta me permití hacer una referencia a una importante conferencia de prensa internacional que acababa de dar el Zar de la Lucha Antidrogas de Norteamérica, en un salón del Banco Central, en la cual había explicado en detalle un expediente muy importante denominado “Casa Blanca”, que envolvía a un legendario y respetable banco norteamericano en sus operaciones de México, que había culminado con el procesamiento masivo de decenas de funcionarios importantes de ese banco tan importante.

 Se me  explicó entonces que ellos averiguarían en profundidad qué pudo pasar en sus controles para que pudiera aparecer alguna falla de esa naturaleza y magnitud, porque ellos estaban absolutamente seguros de la corrección de sus operaciones.  Les dije entonces a esos directivos, que entendía necesario que ellos alertaran a sus representantes y consultores situados en Estados Unidos para que, tanto los abogados como los responsables de investigaciones, evaluaran la gravedad del emplazamiento.

Pues bien, días después recibí la solicitud de que recibiera en entrevista formal a dos consultores contratados por el banco, uno de ellos un legendario oficial de investigación, que figura en libros notables que hacen menciones elogiosas relativas a sus méritos cuando era un agente destacado de la Agencia de Interdicción de Drogas fundamental de aquel país.

Ambos, al ser recibidos por mí, me dieron  seguridades de que no habían encontrado anomalías en las transacciones internacionales  del banco, y entonces me permití proponerle a los oficiales retirados convertidos en Consultores desde una empresa de su representación, que contactaran a los funcionarios de su gobierno que  habían planteado  lo de Antigua y precisaran hasta dónde podía llegar lo cierto y dónde podría empezar lo incierto en su emplazamiento.

Les dije más, cuando les propuse que tomáramos una muestra aleatoria dentro de la lista de depósitos mayores para asegurarnos del linaje de esos depósitos, ya que así podrían ellos ayudar, aún más, a reexaminar el trabajo de investigación de los oficiales federales, incluso, que si lo creían necesario y útil yo mismo podría estar presente en las operaciones de control de niveles de depósitos.

No tuve respuesta, ni ahí ni después, a mi propuesta y el asunto se mantuvo sepultado para siempre, sin dar indicios siquiera de sanciones de tipo administrativo, como lo sería la cancelación de licencia para operar allá como banco extranjero.  Esto me hizo suponer que se habían logrado los esclarecimientos debidos.

Ha pasado el tiempo, veinte años de aquello, y confieso que la experiencia me sirvió de mucho para comprender hasta cuáles confines ha podido llegar el Crimen Organizado, no sólo entre nosotros, sino entre los mismos entretelones de la autoridad mundial.

Un lustro después, en el año dos mil cinco, volví a desempeñar funciones relacionadas con las políticas públicas contra el narcotráfico, como Asesor del Presidente de la República, las cuales conservé hasta el año quince, ya para otro Presidente.

En los veinte años transcurridos entre la experiencia de Antigua y el día en que ésto escribo han pasado tantas cosas que sería imposible siquiera enumerarlas, pero no creo que resulte ocioso resaltar y retener algunas predominantes que me sirvieran tanto para organizar mis conocimientos sobre el dramático tema que le sirve de eje a esta Pregunta.

Así, pues, citaré sólo dos cosas que me influyeron directamente para alcanzar lo que tengo ya como convicción consolidada del tipo de lucha que impone ese azote de la humanidad.

El once de septiembre del dos mil uno, que no necesita presentación como uno de los días peores de la humanidad, pues sus destinos quedaron signados por los abismos del terrorismo  como el mayor de los peligros y nadie duda que labró un antes y un después, sobre todo, acentuada la desgracia como ha sido por las secuelas de los tenebrosos e interminables conflictos de guerras que aún permanecen como una maldición de los pueblos.

Estados Unidos se fue a sus guerras a cobrar sus agravios y  ausentó su interés por el Caribe, cosa ésta que el Crimen Organizado aprovechó ventajosamente, pues venía siendo crecientemente acosado por el Plan  Colombia y la Iniciativa Mérida que  lo comenzaba a incordiar, teniendo necesidad de hacer una deriva  hacia el Caribe,  como en efecto lo hizo en forma devastadora.

Pensé en ese interregno de veinte años en la importancia de poner mucha atención a las advertencias que se hicieran en ocasión de la Conferencia de la Isla de Antigua; esto, sobre todo, después de haber venido desde  Viena en el año dos del presente siglo, un especialista colombiano que me visitara, autor de libros notables sobre el tema, quien me confesó su alarma por lo que había encontrado en Santo Domingo;  algo muy diferente a lo que él llegara a conocer en ocasión de las veces que nos visitara en los últimos años del pasado siglo.

Especialmente, me previno ese amigo de que era necesario no poner toda la atención al sanguinario del día a día del Crimen Organizado, ni dejarnos conmover por lo que ocurre en los sótanos  de tráfico de la droga, que la comunicación social sensacionaliza al novelarlo, sino que fijara más bien con mayor intensidad mi interés en “las formas sinuosas, imperceptibles, en que llegaban sus capitales por los Pent House y se internaban en la economía general enfermándola, cual si fuera una ébola”.

Me dijo más: “Doctor, una vez se alojan, pudren la vida toda de la sociedad”.  Recordé Antigua y me entristecí al oir  a aquel notable tratadista dándome una especie de pésame por todo cuanto veía venir contra nosotros, al agregar, no sin pesar: “La miopía de los norteamericanos ha consistido en que todos sus valiosos esfuerzos han estado centrados en la interdicción de la droga, pero  no han comprendido plenamente, no solo la tragedia  del consumo que destruye sus juventudes y exacerba la oferta, sino también el poder aun más destructivo de sus inmensos capitales en capacidad de cancerizar su propia economía”.  “Usted habrá de ver cómo ocurrirán esas catástrofes”.

Ahora bien, quiero ser justo conmigo mismo y respetar mis recuerdos.  Al vencerse ese interregno de veinte años de dudas y desalientos, he creído ver una esperanza, pues es en los Estados Unidos donde ha aparecido en forma sorprendente la reacción más enérgica conocida contra el Crimen Organizado y es desde ese gobierno donde parece emprenderse una severa cruzada contra los vicios y riesgos múltiples del letal fenómeno criminal.

El mundo no sale de su asombro frente a la aparición de un Presidente insospechado, inverosímil, desconcertante, que tiene  manifestaciones impresionantes de ira frente a todo el espectro criminal que pasa desde el tráfico a la comercialización; deplora la adicción y llega hasta la implantación delictiva de sus riquezas en la economía formal, sin dejar de censurar de manera categórica el papel horrible de los opiáceos, cuestionando hasta a la propia industria farmacéutica mundial, tan poderosa e inalcanzable, a la cual emplaza con acritud elocuente.

Sin embargo, como para que esa esperanza no sea duradera, se vienen produciendo ataques desde medio mundo contra aquel hombre tan extraño, que mucho parece tener las energías del  rayo, que tiene que debatirse frente a ataques de todo género de intereses que participan en su asedio, cuando ya es difícil descifrar en el gran gris de los capitales del mundo quién es quién.

En fin, ya termino, por razones lógicas de espacio.  Me detengo  aquí con esta resumida recreación de esas cosas  que comencé a aprender mejor en Antigua y que en sus veinte años subsecuentes me han permitido ir confirmando, dudando, creyendo, en cuál será la suerte final y verdadera de este mundo trepidante, que parece tan complacido en obrar de espaldas a Dios.

¿No creen ustedes que siempre habrá tiempo de aprender? ¿Qué otro tiempo habrá que aguardar, más allá de los veinte años?

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