Razones de ayer, hechos de hoy

Mis razones iniciales ya me cuesta trabajo reconocerlas; las circunstancias nacionales se han hecho tan complejas y vertiginosas que prever su curso y saber de antemano de sus desenlaces es poco menos que imposible.

Cada día ingresan nuevas variables y lo que se ha tenido como constante se desvanece, como si todo grado de aumento de la gravedad impusiera el desalojo de los precedentes, que se han acumulado desde hace mucho tiempo como calamidad histórica.  Sin embargo, las alarmas todavía resultan remolonas y los riesgos de ser sorprendidos se hacen cada vez más alevosos.

Hay quienes deploran las alarmas y detestan los avisos preocupantes de nosotros, “los necios”, como si pretendieran un silencio de quirófano; y a la cabeza de esta cínica pretensión están algunos burócratas internacionales que operan como enfermeros asistentes en la odiosa cirugía mayor que se le está practicando a nuestra propia existencia.

A veces me detengo y hago un recuento de los percances; realmente se necesita acerar muy bien los nervios para calcular los niveles de los esfuerzos que se requerirán para abatir tanta ignominia.

Y ha existido siempre una excusa para aquellos de los nuestros que les flaqueare, en un momento dado, la fe en la salvación de la República; se apela entonces a la fatalidad que impone la Geografía, en el sentido de que los dos Estados son inseparables y lo que se tiene que producir es una relación perpetua que conduzca a la refundición; que sólo es una cuestión de tiempo para comprobar el “acierto” de Almagro, el Señor Secretario General de la OEA, quien considera un absurdo inexistente en otras partes del mundo, eso de que puedan coexistir dos naciones en una misma isla. Una falacia colosal, desde luego.

Acogerse a esos burladeros es una vieja manera de rendirse, entendiendo, además, que se trata de una versión de fuerza mayor que justifica la rendición, sin importar las dolorosas implicaciones que conllevaría para nosotros dejar de ser lo que hemos sido.

Asimismo, a ese pesimismo derrotista se agrega el Leviatán de la Geopolítica, amplificado en sus dimensiones y características, que ha preferido como plan refundir los Estados y sacar adelante el viejo y siniestro propósito de fabricar uno solo, Binacional, como si fuera posible, “justo y necesario” engendrar un híbrido monstruoso como el de esas dos naciones alojadas en un solo Estado.  A todo ello, reputarlo como un alto mérito, que es lo peor, sin remordimientos.

La traición ha trabajado duro en eso de alimentar tales desalientos y no ha dejado de avanzar en su anestesia de valiosos sentimientos nacionales; los que siempre han encerrado el respeto y la devoción por el aciago proceso histórico que tantas luchas entrañara para conservar las esencias del ser nacional en un marco de Patria.

Las creencias culturales, su fe cristiana inveterada, sus costumbres y hábitos de familia, su lengua, su  historia tan grávida de heroísmo y sacrificios, que es el caso nuestro, no les ha parecido interesante a los depredadores, tanto del Estado como de la propia nación y, muy por el contrario,  entienden son provechosos y útiles sus designios para la humanidad porque están obrando en nombre y favor de los derechos humanos fundamentales de los haitianos.

En cuanto a los derechos de los nuestros, ni una palabra.  Se deja entrever que no hay crimen en lo perpetrado, pues, siendo tan pródiga la naturaleza en el lado Este de la Isla, sus recursos deben ser utilizados y compartidos “entre ambas tribus”.  Claro está, algo como golosina para tontos, porque la suerte ecológica del Este terminaría a corto plazo por ser tan desoladora como en el Oeste.

 Y no se vaya a pensar que esas concepciones aberrantes son necesariamente recientes.  Basta enumerar, al desgaire, nombres de cosas, eventos y personajes tales como Basilea, Ryswick, Luis XIV, la Reconquista, la Independencia del ‘44, la Anexión y la Restauración subsecuente convertida en un extenso campo de gloria.

Cuando uno repasa todos los avatares de esos tránsitos de siglos que hubo que cruzar a sangre y fuego para poder mantener el sueño de Duarte y enarbolar el coraje de todos los héroes de esas dos Independencias; cuando uno logra hacer una panorámica de ese pasado, es cuando más se acentúa  la determinación de comprometerse a todos los fines para resistir y combatir las ofensas y los atrevimientos derogatorios.

Ahora bien, tal como dijera al principio, las circunstancias son muy fluidas y vertiginosas  y ha cambiado considerablemente la anatomía de la gravedad de la suerte nacional.  Veamos:

El Leviatán del presente se hizo bífido cuando comenzaron a reunirse los más ricos del mundo en Davos y consideraron políticas globalizantes para así darles espacios infinitos a sus negocios sin esas arcaicas molestias de fronteras y nacionalidades.  Por supuesto, previa declaración del Patriotismo, como pecado mortal

Un Super Leviatán, se podría pensar, en posibilidad de dictarle a los Imperios tradicionales normas y obligaciones a cumplir y para ello se abrió paso la noción de la Gobernanza, que quedaría en las manos piadosas del libre mercado, algo que va mas allá de la gobernabilidad que los gobiernos típicos conocidos han venido ejerciendo como exclusivo menester.

Ahora está ocurriendo que es en el techo del mando mundial donde se sienten los truenos anticipando rayos y centellas en la lucha por nuevos espacios para un Leviatán mayor, que va dejando de ser bífido porque le ha llegado desde el lejano oriente un Dragón de unos bríos colosales, constituyendo una expresión de poder mundial en la que aparece acompañado por otras dimensiones importantísimas de economías emergentes y así se van trazando, conforme a su milenaria cultura, nuevas rutas, ya no de seda solamente, sino también de sal por los océanos.

Hoy, pues, en medio del Caribe la isla permanece y sus dos Estados y sus dos naciones, bien diferenciados por las bregas y las confrontaciones de la historia, pero llevados al quirófano mengeliano del Super-Leviatán que estremece tanto en sus luchas intensas por espacios para el comercio y algo de solapada ideología.

La geografía, ciertamente, nos está reconociendo la importancia del tiempo colonial, que no es nueva y a mí particularmente me complace siempre citar a Abraham Lincoln, cuando escribía a su  culto Secretario de Estado Seward, aquella nota donde le enmendaba la plana a cierta arrogancia irónica de éste, que le observaba la importancia de las relaciones exteriores; Lincoln le contestó en una nota: “En cuanto a Santo Domingo, me mantengo muy atento a todo cuanto viene sucediendo allí”.

Como se advierte, es difícil hacer un esfuerzo de síntesis ante una masa de esos hechos y acontecimientos que han tenido como escenario cerca de medio milenio para el Santo Domingo pionero, por donde pasara todo, que ha mantenido la sensible condición de ser clave por estar “situado en el mismo trayecto del sol”, según el poema de la gloria nacional que fuera Pedro Mir, que sí supo describir su índole y la naturaleza de sus amargos azares.     “Hay un país en el mundo”, reza el verso, y ahora se está oyendo mejor el galope de aquella imaginación sublime de nuestro inmortal poeta en el centro del Caribe.

En la entrega anterior de La Pregunta yo describí desde los bordes de mi cansancio que sentía allegarse los peligros porque los hechos así lo evidenciaban.  Ahora quiero insistir sobre este aspecto de la ubicación geográfica, que constituye un eje tan sensitivo de los conflictos que confrontamos, y digo que nuestros guías no han comprendido en plenitud las complejidades del mundo cambiante de hoy, en todos los órdenes; sospecharon de cómo influiría la geografía en lo insular, pero no han sabido columbrar que el Super-Leviatán planetario del presente puede resultar insomne y que cuantas veces se disputa los espacios de su dominio su lógica se hace implacable al dictar los términos de su control y dominio.

Más allá de la poesía, quiero internarme brevemente en esas cuestiones de los espacios y la economía.

Nuestra diminuta presencia en el centro mismo del Caribe la acaba de definir sin tapujos una de las cabezas del nuevo Leviatán mundial.  Resulta que se nos declara como muy importantes, más de lo que fuéramos durante siglos, sencillamente porque a la inmutabilidad de la Geografía se ha venido a agregar un sinnúmero de ventajas comparativas, desprendidas del progreso de nuestras infraestructuras.  Es decir, contamos con puertos y aeropuertos insospechables y hasta llegamos a entusiasmarnos con la idea de que todo sería para bien, como el uso previsible que haría el turismo y el propio comercio en su versión más simple y pura.

En fin, todo ello dentro de una economía de crecimiento constante, que nos ofrecería a los ojos del mundo como un auténtico mini-paraíso.

En medio de aquella ola de prosperidad relumbrante he sido tan ingenuo como atrevido para comenzar, desde hace mucho tiempo, a poner señales de advertencia acerca de los nuevos riesgos que habrían de sobrevenir.

No sólo atendí a las calamidades de nuestra propia subsistencia, tan amenazada por la Geopolítica combinada de Norteamérica, Canadá y la Unión Europea, ensayando en toda la isla la posibilidad de un extenso puerto libre a imagen y semejanza de la ciudad de las tres fronteras de Suramérica; en nuestro caso, haciendo desaparecer la frontera existente; puse también el oído sobre la tierra hurgando de dónde vendrían las pisadas grandes del otro Leviatán, que nada tiene de secundario, que es el Crimen Organizado.

Se me aisló y despreció a mansalva por las impertinencias de mis alertas y sólo espero que algún día alguien se dedique a examinar cómo obran esos Leviatanes cuando participan en coro, en pactos implícitos, o en la presencia de fuerzas oscuras como las del Crimen Organizado.

Hago una leve deriva para decir: no niego que estoy solo para oir, pues no me darán las fuerzas que aún conservo para más; que podré insistir siempre porque el tema del desastre nacional es permanente, que no inmutable, y todo cuanto se diga de sus tremendas implicaciones estará por debajo de su desdichada realidad.

Algunos amigos bien cercanos no entienden a veces cuando, a su decir, voy bien en el aliento a las luchas por emprenderse, pero le doy paso a cierto pesimismo y tiendo a declararme como “medio vencido”.

No comprenden mis amigos cercanos que mis vaticinios no salen del interés de ser actor o partícipe de las batallas por librarse; que éstas las voy concibiendo y reservando como obra segura del “puñado de siempre”, todavía inédito, cuya identidad, cuando se venga a revelar, es previsible, más que previsible, no me será dable conocer.

Tan solo anticipo mis hondos temores al sentirme parte de las legiones de damnificados por las traiciones a la patria; pero es tan portentoso el esfuerzo del rescate y la redención  de su independencia, que todo lo asumo como un milagro extremo en manos de Dios y sus predestinados  para la gloria.

Por ello cavilo y repito, no sin fatiga, que ha llegado la hora y no  creo que ando lejos del papel tan útil que puede desempeñar el miedo en estos tiempos.

En efecto, cuando me encontré, entonces muy joven, con las enseñanzas de Hobbes no comprendí plenamente su significado.  El Leviatán lo percibí como algo abstracto, que resumía una definición vaga, pero oprimente, de parte de los demonios del poder en capacidad de someter y dominar al pueblo llano y sus pretensiones de promoverse hacia los fueros sacralizados.

No alcanzó mi comprensión cabalmente  para descifrar la necesidad  que hubo para establecer la convivencia en sociedad  de la renuncia  individual  al ejercicio  de derechos, bajo el compromiso de que el estado garantizaría y protegería el ejercicio de esos derechos, por lo que se le delegaban las mayores potestades para la organización colectiva.

Ha tenido que aparecer mucho tiempo después como un padecimiento la entrega de nuestra independencia para convencerme de la gravedad de tal ocurrencia y las dificultades inmensas que se generan para revocar las atrocidades de las ambiciosas deserciones.

Es por todo ello que mi misión de siempre ha sido abogar por la unidad nacional, en el sentido exacto y más noble de ésta.  Procurar la justa alarma de mis compatriotas para prevenirles de lo arduo que habrá de ser echar hacia atrás esa pandilla siniestra de errores.

Creo que lo primero que hay que hacer para avanzar en esas tareas es reconocer que son tan vastas y exigentes que aquel  que promueve  ese tipo de defensa  lo ha de hacer  con desprendimiento dando paso generoso a la idea de que serán otros los llamados a esas glorias; esto, aunque uno reclame el mínimo derecho de formar parte como un átomo siquiera del  gran esfuerzo.  Por ello es que pienso que mis allegados se azoran de mi franqueza sobre mi fatiga y la ausencia previsibles para siempre.

De lo que hay que guiarse es de los ejemplos, como aquel del Mella moribundo que al marcharse de la vida solo pidió que se le amortajare con su bandera, dándole lugar a sus últimas palabras.  ¡Viva la República Dominicana!  Días antes de expirar, el padre de la patria, había estado junto a su lecho, en su casa de piso de tierra, y también  se enjugó sus lágrimas, tanto por la agonía  del hermano intrépido, como por la patria incendiada en trágicos momentos  de discordias y sueños.

Son esos ejemplos y valores los que tienen que comparecer a este duelo impresionante entre nuestra independencia y sus venduteros.

¿No les parece posible y necesario hacerlo?

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