Almagro vs Gallup ¿A quién le creemos?

El título es bien sugestivo y no es travieso ni ofensivo, pues sólo sirve para anticipar un contenido doloroso de cuanto nos viene ocurriendo como pueblo.

Quede claro que no hay ya necesidad de repetir hasta dónde ha logrado llegar la traición en sus daños a la República; éstos se pueden considerar sobreentendidos, dados sus alcances en la siniestra trama.

Por ello, hoy, al volver a tratar el trágico tema lo haré de un modo singular, pues una vez describa la contradicción que se ha producido en los últimos días entre dos hechos, me dedicaré a hacer algunas reflexiones, muy personales, de esa especie de viacrucis que me ha resultado la defensa de mi patria.

En efecto, hace exactamente cuarenta y dos días que nos volvió a visitar el señor Luis Almagro, Secretario General de la OEA, y se deshizo en elogios por la manera tan brillante en que el gobierno había dirigido sus políticas migratorias; consideró que resultaban modélicas y que por ello felicitaba a los dominicanos por haber asumido y manejado en forma tan satisfactoria ese escabroso expediente que mantiene a una parte importante del mundo en ascuas.

En realidad, lo que el lisonjero Secretario General de OEA expresaba era más bien su júbilo por el triunfo personal, el de sus convicciones, en relación a lo que dijera en su visita primera, allá por el año 2015, cuando al saludarnos nos dijo que resultaba absurdo pretender la coexistencia de dos naciones en el territorio de una sola isla.  Fue categórico al llegar muy lejos y decir que en ninguna otra parte del mundo ese caso se daba, con lo que quiso ser enérgico y sincero al anunciarnos la suerte que nos esperaba.

Recuerdo que cuando respondí en forma airada, como se hace frente a las ofensas incalificables, le recordé al Mediterráneo y su Chipre, así como a Sri-Lanka en el lejano Pacífico y sus temibles tamiles (ésto como conflicto).  Y bien pude citarles otras experiencias, pero hoy no viene al caso tampoco hacerlo.

En fin, fueron muchas las voces que se alzaron para responder aquel atrevimiento de desconocer nuestras gloriosas independencias, tanto la del 1844 como la del 1865, y los sacrificios que entrañaran aquellas epopeyas.

Pero bien, el inusitado Pro Cónsul fue tratado por el gobierno en su primera visita con una simpatía exquisita y de seguro ha sido ésto lo que ha provocado el jubiloso reconocimiento que termina por hacerle al gobierno por sus hazañas al destruir el Fallo 168 del Tribunal Constitucional con su aberrante Ley 169, la cual fuera convertida en “ley corsario” al agregarle con dolo un acápite b) a su Artículo 1.  Una desvergonzada y alevosa amnistía.

Ahora bien, ¿qué ha ocurrido con capacidad de desmentir o lapidar ese morboso júbilo del Pro Cónsul Almagro?

La encuestadora Gallup, en su última entrega, acaba de desnudarlo cuando consigna que un porcentaje del orden de un 78.7 se manifestó  en repudio de la política migratoria del gobierno.  Es decir, una parte del pueblo dominicano, que consideró que el manejo y desempeño del gobierno, al frente a las políticas migratorias, ha sido malo o muy malo.  Como se advierte, el pueblo se ha expresado y su inconformidad es honda y lacerante.

Pero, tal y como prometiera al principio, dejaré las merecidas descalificaciones del Pro Cónsul, sobremanera, porque él se encarga de agenciárselas con sus desatinos y despropósitos, en cuanto a nosotros se refiere.

Dejaré que sean los hechos los que sigan en el uso de la palabra; Gallup ya tiene el mérito de decirle al mundo lo que piensa nuestro pueblo del desastre que ha venido siendo impulsado por los terribles designios de una odiosa Geopolítica guarecida en la venenosa disimulación de los palios de ONU y OEA.

Se ha obrado, como conjura, contra nuestra Independencia dentro de un pacto implícito de confluencia de esa Geopolítica, que sólo la contuvo “la mala mar de Trump en el norte”, pero, que ha seguido activa y tenebrosa bajo la dirección sigilosa de Unión Europea y en gran modo de Cánada.

Ese pacto implícito de confluencia con la alta traición de los intereses mercenarios de siempre y con un ensoberbecido Crimen Organizado permanece vigente y algún día se podrá escribir, con suma severidad, sobre la actitud de la política exterior nuestra, que no sólo consintió y propició de alguna manera la agresión, sino que luego, cuando le llega el tiempo favorable de la tormenta Trump, se rehúsó a acogerse a las posibilidades de revocar todos los aspectos criminosos de ese ataque a la integridad nacional.

Hagamos, no obstante, un intento imaginario de poner de lado lo que ocurre con nuestro suelo mancillado por la ocupación masiva de población haitiana; cerremos los ojos para no ver lo que acontece con la desprotección del trabajo nacional en gravísima violación de la ley moribunda que lo regula; no preguntemos por cuánto está pasando con nuestros recursos para la educación y la salud; suicidémonos, si se quiere, admitiendo que todo ha ido, tan bien, como nos dice Almagro.

En todo caso, pidamos que se nos dé el derecho de cumplir con el deber de anticipar cuanto ha de venir como redención nacional.  Unos piensan que es poco menos que imposible, por la balcanización previsible; otros creen en las ventajas de la gangsterización de puerto libre; pero la historia se atraviesa y nos lanza una admonición acerca del surgimiento del puñado de siempre, el que no le ha temido y, por el contrario, ha reclamado la inmolación cuantas veces se aferra a la luz de una aurora más para nuestra patria.

Comienzo mis reflexiones afirmando que la unidad nacional que se requiere en las actuales circunstancias es posiblemente el más difícil desafío de toda nuestra historia.  No es posible imaginarla, mucho menos proponerla, bajo los patrones manidos de siempre, tan grávidos de malicias, ventajas y dobles intenciones.

Lo de ahora es asunto grave y sin exageración podría decirse de vida o muerte. Todo ello implica una drástica modificación  de la gama de afectos y desafectos que tanto daño nos ha sabido infligir, separándonos en un mar de sinrazones.

Los peligros son reales y están acentuando sus daños de forma cada vez más obvia y descarnada; algo que ya nos permite ir entendiendo aquella “sabana ardiente” de nuestras luchas épicas y la interrogante sublime del poeta: ¿Quien vive? Dominicano libre.

Y es que está a punto de reaparecer la razón del hondo  presentimiento del verso que ya podría estar anunciando “qué hacer”, en esta nueva caída  de la patria.  Es por ello que al escribir ésto evoco al poeta Emilio Morel y grito la unidad como un llamado exclusivo al decoro del pueblo.

Que nadie se quede ni crea que habría salvación con sólo no ver lo que nos aqueja.  Es hora de unanimidad para la angustia, como para el denuedo, y ahí no puede haber hermanos separados entre los hijos de nuestra tierra.

Ahora bien, les tocaría a los líderes dar el ejemplo; de la  actitud  fraternal que ellos asuman dependerían los posibles re-acercamientos entre  sus seguidores reales, no supuestos; ésto podría generar un movimiento de telar social para tejer  la indispensable red de determinaciones individuales que terminarían por pasar a ser el enorme y  compacto sentimiento nacional de que ÉSTO  NO  PUEDE SER.

Los efectos aglutinantes de los gestos generalizados de los encuentros  tienen una prodigiosa dinámica que  los conduce a enardecer lo sentimientos más nobles de  abnegación y compromiso  del patriotismo; éste entendido como algo elevado, no odioso, ni excluyente, ni vengativo, pero sí enérgico para velar  por los intereses fundamentales de su tierra, donde han estado luchando  generaciones de sus mayores en medio de la miseria y el atraso; donde reposan sus restos y habrán de ser sembradas las generaciones por venir.

La otra parte vital de esa patria que invoco, que no está ligada por los nexos de creencias políticas, sigue siendo muy importante y nadie dude de su interés rotundo en que no se le entregue  deshonrosamente a las maquinaciones de  los taimados grupos de la traición.

Que no se confundan quienes quieran ver en su pasividad desinterés, pues como ha ocurrido en la historia nuestra es de ella de donde han sabido brotar las reacciones más valiosas, una vez los que han residido en sus entrañas laboriosas se dan cuenta del fracaso impenitente de quienes debieron  actuar y no lo hicieron.

Es de ahí de donde han salido las reservas inmunológicas de la nación y ésta se ha salvado por sus espontáneos “puñados de valientes”, inéditos siempre, pero muy ciertos.

Que nadie se quede, ni crea que habría salvación con sólo no ver lo que nos aqueja.  Es hora de unanimidad para la angustia, como para el denuedo, y ahí no puede haber hermanos separados entre los hijos de nuestra tierra.

Parece llegada la hora en que debo depender más del ruego que de la opinión.  He opinado tanto que vi llegar la fatiga con alivio, como si me resignara a ser desoído desde siempre.

Creí por error que bastaría refugiarme en la consolación del “deber cumplido”, pero no encontré el reposo de conciencia suficiente y persistí en opinar, quizás ya como monólogo, hasta el cansancio.

Es desde ahí, donde están los bordes de ese estado de ánimo, a medio vencer, que oigo y veo los hechos que vienen en tropel cargados de pruebas, las mismas que adujera como advertencia y alarma.  Parecen traer sus alforjas repletas de razones y extrañamente me van resultando éstas, indiferentes, a fuerza de no ser sorprendentes.

No me animo a pensar siquiera en alegrarme y reclamar el patético mérito del “se lo dije”.  Todo está tan brumoso que prefiero rogar, no opinar, para que Dios nos ampare y todo salga según los designios sagrados de su providencia.

Insisto en no temer a parecer necio en la insistencia, porque ésta  sólo se justifica cuando la causa por la que se lucha y se exponen tantas cosas es de categoría superior, como son todas las cosas de la suerte nacional.

No hay por qué temer al escarnio cuando se intente desalentar el ánimo si uno está convencido de que no obra por otra causa que no sea la de su patria; ni piense en su ingratitud posible, pues a ella misma el respeto que le es debido no la declarara infalible, pues ha sido muchas veces masacrada por el error y las traiciones que tanto han sabido cómo hacerlo.

Pero se hace tarde y frente a ella no es posible rezongar agravios propios.  Porque es eterna y siempre tendrá reservada, además,  la generosidad suficiente para agradecer algún día a aquellos de sus hijos que creyeron en ella y defendieron sus fueros.

Desarrollemos la cultura del desprendimiento.  La cohesión perdida rescatésmola.  Ya no hay tiempo que perder. Olvídense los trágicos reclamos de mérito alguno.

¿A quién le creemos, pues? ¿A Almagro o al pueblo?  Gallup ya testificó.  Un testigo de cargo en el macro crimen todavía en curso.

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