La Tribuna Mundial y sus Discursos

La tribuna  de la Asamblea  General de Naciones Unidas  ha sido escenario  dramático en ocasiones, especialmente cuando la han ocupado jefes de estado  y en sus discursos  han planteado cuestiones cruciales relacionadas con eventos y conflictos,  nacionales o regionales, de gran impacto, que ya hayan podido alcanzar dimensiones preocupantes, capaces de alterar la paz.

Se conservan ejemplos espectaculares como lo fuera la vigorosa  denuncia que hiciera  Nikita Khrushchev de los crímenes del stalinismo, o el más prolongado de Fidel  Castro, presentando al mundo la revolución  cubana; hasta el mismo de Joaquín Balaguer explicando las previsibles vicisitudes por producirse en ocasión de la desaparición de la dictadura de Trujillo.

Desde luego, ha habido muchos otros  Jefes de Estado de distintas latitudes que han estremecido con sus discursos al mundo.  Y todos han resultado memorables fundamentalmente por la enorme importancia que saben asumir  los acontecimientos tratados en tales discursos.

Se podría decir, pues, que es esa tribuna la de mayor alcance y que cada año, al principio del otoño, la atención mundial se concentra allí, porque siempre habrá sucesos en curso diversísimos,  conforme vayan acaeciendo los trastornos en las regiones de la tierra.

En la última experiencia hubo contenidos excitantes ciertamente y no podía ser de otro modo dadas las complejidades de  la inquietante situación mundial.

En mi programa  pasado de La Respuesta traté esta interesante cuestión, básicamente  atraído por la participación del presidente nuestro en esa tribuna; me detuve lo debido en poner de relieve cuán sensitiva resulta la selección de los temas a enfocar; luego de ésto ponderé cómo prepararse para poder abordarlos y particularmente me referí a las espinosas exigencias  de su redacción.

Ahora hago provecho de La Pregunta  para insistir  en ello, sobremanera,  porque muchos de los aspectos tratados no contaron con el tiempo disponible en televisión.

En todo caso, creo que el discurso careció de una orientación adecuada y se desperdició con ello una magnífica oportunidad  para hablar fuerte y hacernos oir y sentir como Dios manda.

Esas piezas de oratoria deben ser el resultado de una planeación, de un diseño integral, capaz de ofrecer las posiciones nacionales acerca de los temas más mordientes que nos  conciernan y formularse del modo más elocuente y eficaz en que se pueden plantear los problemas.

Se nos ofreció, por ejemplo, la oportunidad de replicar a la Señora Embajadora de los Estados Unidos, que hacía tan sólo unas cuantas horas había tenido una airada intervención en el Consejo de Seguridad y  aludió severamente a nuestro país, señalándole como una parte vital de un engranaje, por ella descrito, cuando imputaba a un conflictivo político del chavismo  como  el propiciador del tráfico de drogas por el mar Caribe, contando con el territorio de la República Dominicana para la comercialización de la infernal mercancía con otras partes del mundo.

Responder aquel duro ataque al país era una necesidad y bien se pudo regañar la escasa memoria de la potencia del Norte en cuanto a todos los esfuerzos que se han venido realizando aquí para resistir y  combatir el demoníaco negocio de las drogas.

Se pudo, además, entrar al emplazamiento de las causas por las cuales se había producido un aumento de la conflictividad entre nosotros como consecuencia  del pésimo y torpe diseño que se les diera, tanto a la Iniciativa Mérida como al Plan Colombia, sin prever ni considerar el odioso derrame hacia el este del Caribe que haría el Crimen Organizado en sus incesantes actividades de tráfico.

Se pudo, asimismo, reprocharle a Estados Unidos su alejamiento a partir del año 2001 hasta el 2010 de la región del Caribe; aunque habría la necesidad de reconocerle la dramática situación que se generara en ocasión de los ataques del terrorismo a las Torres Gemelas y al Pentágono, que los condujera a sus guerras,  que aún permanecen bajo una latencia peligrosísima.

Claro está, reconocer esa situación internacional de “fuerza mayor” no nos privaba de la posibilidad de lamentar esa ausencia de la pro-tutela logística norteamericana, que  hasta el 2010 constituyó un hueco terrible que nos hiciera extremadamente vulnerables.

Es más, se le pudo recordar que cuando reaparecieron en el año indicado con una muy numerosa delegación a fin de tratar la  sensitiva cuestión de la seguridad en el Caribe y prometer arrimar el hombro de su asistencia nuevamente, lo hicieron en términos muy exiguos, por no llamarles ridículos.

Por otra parte, se le pudo exponer en la Asamblea de ONU el defectuoso manejo  que se ha hecho de la extradición allá; algo  que fuera un instrumento de lucha formidable, porque era a lo único que el narco mundial le temía, pero que degeneró en su rigor de tal modo que los capos y extraditables han terminado por anhelarla, pues una vez llegan a sus Cortes, pactan con sus fiscales para obtener el favor de penas benignas y un regreso seguro, a no muy largo plazo, y poder desde aquí, ya enriquecidos, volver a sus andadas con mucha presencia e influencia en los planos más inverosímiles de la política y la economía, sin dejar de ser a ratos figuras de notoria importancia para condicionar los procesos políticos.

Así las cosas, sólo después  de contraatacar en tales términos se podía pasar a considerar  y demandar el trabajo conjunto de todos los pueblos de la tierra para aniquilar ese azote, leucemia  letal de la civilización contemporánea.  Sólo un énfasis de tal magnitud nos hubiera favorecido y dotado de un respeto primario muy valedero y necesario para ser oído en esa demanda de proporciones planetarias.

Claro está, analizando ese déficit del discurso presidencial nuestro, salió a la superficie la desgracia de nuestros desencuentros internos.  Se vio clara la renuencia a admitir la noción del Estado contínuo, administrado por gobiernos sucesivos del mismo partido y eso que debió de considerarse como un sólido precedente, un historial valioso y esgrimirble, no se formuló ni siquiera indirectamente.

Los co-redactores del discurso de hoy todavía permanecen en la estúpida soberbia de entender que de lo que se trata es que entre nosotros ha habido ‘’un antes y un después”.

Todo muy repugnante, porque es una manifestación de la fragilidad de nuestra cohesión engendrada por pasiones mezquinas y sentimientos de pésima clase entre grupos de insensatos, que resultan incapaces de entender que sólo es permanente y sagrado el ideal de la República, no los sórdidos provechos ocasionales que imaginen desde el seno de un quehacer político desastroso.

El otro tema, de mayor importancia aún, que fuera omitido del discurso, se relaciona con el gravísimo problema de la ocupación invasiva de población haitiana en nuestro territorio; plantear la  necesidad  de asumir la tragedia de aquel desventurado pueblo sin que se pretenda hacerlo a costa de nuestra propia existencia, emplazar a la Comunidad Infiernacional, no para repetir  la vergonzosa farsa de la Minustah, sino para comprometerse en esfuerzos directos  de ayuda  con características fideicomisarias para buscar la  llamada “solución de Haití, en Haití”, no en la Republica Dominicana para ruina de ésta.

Ese hubiese sido un reto superior a aquel que planteara el Presidente en La Habana.  No se hizo así  y los redactores y consejeros  prefirieron pasar de largo y no mencionar el tema siquiera, quizás por lo que reza el adagio: “En casa del ahorcado no se puede hablar de  soga.

Y es que no podían hacer menciones de cosas que ellos han propiciado fríamente con el concurso de temibles fuerzas de una siniestra Geopolítica que en la actualidad sólo está   semidormida, esperando que cambie el viento fuerte del Norte y pueda regresar todo el aparato de apoyo con que contara la traición para demoler la República.

Ellos esperan que amaine la Tormenta Trump y lleguen las aguas frías y turbias del liberalismo y sus agendas progress y la siniestra arquitectura de aquella Geopolítica, que hoy está precisamente muy activa en sus maquinaciones en el propio Norte, esperanzada en que desaparezcan las creencias y determinaciones del presente del poder norteamericano.

Vamos a echar por delante sólo un aspecto decisivo del discurso del Presidente Trump en la tribuna mundial y después reflexionemos acerca de lo que eso significaría para nosotros como Estado.

Veamos un editorial invitado:

Trump y la Migración ilegal

El discurso que pronunció el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, incluyó conceptos muy interesantes que me permito copiar por el interés que tienen sus argumentos para nuestro país: En todo el mundo, las naciones responsables deben defenderse de las amenazas a la soberanía no solo de la gobernanza global, sino también de otras formas nuevas de coacción y dominación…

Estados Unidos también está trabajando con socios en América Latina para enfrentar las amenazas a la soberanía de la migración incontrolada…

La inmigración ilegal financia redes criminales, pandillas despiadadas y el flujo de drogas mortales. La inmigración ilegal explota poblaciones vulnerables, daña a los ciudadanos trabajadores y ha producido un círculo vicioso de delincuencia, violencia y pobreza. Solo al mantener las fronteras nacionales y destruir las bandas criminales, podemos romper este ciclo y establecer una base real para la prosperidad.

Reconocemos el derecho de cada nación … a establecer su propia política de inmigración de acuerdo con sus intereses nacionales, al igual que le pedimos a otros países que respeten nuestro derecho a hacer lo mismo… Esa es una de las razones por las que los Estados Unidos no participarán en el nuevo Pacto Mundial sobre Migración. La migración no debe ser gobernada por un organismo internacional que no rinda cuentas a nuestros propios ciudadanos.

En última instancia, la única solución a largo plazo para la crisis migratoria es ayudar a las personas a construir futuros más prometedores en sus países de origen.

¿Entendieron?

En resumidas cuentas, todo cuanto vengo exponiendo como adversidades, la extradición mal manejada, la pérdida de la pro-tutela logística, la torpeza del diseño de la Iniciativa Mérida y del Plan Colombia, todo ello, pudo también ser reforzado con quejas expresas acerca del trastorno de los deportados que incesantemente se nos envían con penas a medio cumplir y la renuencia del poder del Norte en el año ’98 a adelantar la firma de un Tratado Bilateral para el cumplimiento de penas residuales aquí, a fin de que esos deportados vinieran a ser recluidos en un establecimiento penitenciario de características internacionales, evitando con ello el reciclaje de sus riquezas y habilidades, que no sólo vuelven allá, sino que nos golpean con mayor fuerza.

Pero bien, estoy consciente de que todo ésto que expongo no era posible presentarlo en el discurso presidencial ante la Asamblea General de ONU, pues hubiese significado, entre otras cosas, un valeroso  cambio de la política exterior nuestra, una revocación de errores catastróficos cometidos, de los cuales el único que habrá  de responder sería el propio orador que me  he estado  imaginando al hablar desde la tribuna con que cuentan las naciones  para informar de sus trastornos, de sus derechos desconocidos, de  sus esfuerzos por permanecer  o recuperar su lugar en la historia.  Sé muy bien que cuanto afirmo se inscribe en el desventurado vacío del “deber ser”, es decir, lo que se pudo hacer y no se hizo, por las razones que fuera.

De todos modos, me animé a escribir como lo hago porque no dejé de pensar en Juan Bosch y el sueño que fuera su PLD hasta la hora de su muerte; pero, nadie podría negarme que  de haberse utilizado  la tribuna mundial para su evocación, hubiese sido una hermosa forma de resucitarlo; ésto, desde luego, en el más sano y respetuoso  sentido figurado.

En fin, aunque sólo esbozo ese ideal beau geste de una oratoria de magnitudes legendarias, he meditado mucho en relación a otra cuestión singularmente interesante, que sólo la traigo a cuesta por lo que puede tener de enseñanza:

En estos días un amigo me  trajo un ejemplar de una publicación que hiciera un diario digital en fecha 1ro de octubre de 2006 en la cual reproducían un  wikileak en que aparecía lo que informaba  la Embajada Norteamericana a su sede, que le había expresado un importante hombre público  dominicano que desempeñara las más altas funciones nacionales, acerca de las supuestas convicciones políticas del actual presidente, quien se había apartado del gobierno en aquel año donde había tenido funciones reales de Primer Ministro.

El penoso informante hizo una definición ideológica de este modo“Llamó a Medina “peligroso…. Un marxista, al estilo de Mao”.

¿Y a qué viene ésto? podrían ustedes preguntarse.  Tiene un sentido válido y es rememorable, ahora que nos decidimos a establecer relaciones con la China Popular, que bien pudo ser un tema a tratar en la tribuna mundial para explicarlo y justificarlo, pero que aparecería envenenado al agregarle ese componente perverso al desagrado imperial, dándole un cariz ideológico a la iniciativa, cuando lo que tiene en realidad en la base es una vieja y enorme bajeza de una intriga.

Todo ello me reafirma en la creencia de que en nuestro sistema el Presidente de la República es el funcionario más poderoso, pero a la vez el más débil, no sólo porque dependerá de la calidad de la lealtad de funcionarios y asesores, sino por lo mucho que queda expuesto a daño, siempre que falle al identificar y mantener como amigos a esos que, como dice el pueblo llano con sabiduría, “cuando se tienen amigos así no se necesitan enemigos”.

¿No les parecen reales, aunque complicadas, las entrañas del asunto?

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