Matarlo dos veces

Cada día que pasa se va advirtiendo mejor por dónde se agrietan aspectos muy sensitivos de la vida nacional.  Los más visibles no son necesariamente los más graves y ésto obliga a que su apreciación sea muy cuidadosa.

Es decir, no incurrir en el error de creer que “las cosas que se ven, son más importantes que las que no se ven”.  Su complejidad, sumada a un silencio plagado de sordas maquinaciones, resultan caldos de cultivo difíciles de manejar para enfrentarlas y resistirlas.

Mi experiencia tan prolongada es algo que me aventaja para detectar y comprender formas y magnitudes de los componentes de las peores emboscadas que se han venido tendiendo contra la nación.  Muchas veces temo resultar excéntrico como para que me puedan alcanzar los dardos enconosos de la maledicencia y menguar el interés posible de oírme y comprenderme en mis incesantes advertencias.

Como lo intento acometer siempre mediante el análisis y la meditación, de forma continua, a veces caigo en los  planos  del uso de las presunciones y me impongo la rigurosa exigencia personal de que su utilización sólo sea posible cuantas veces resulten graves, precisas y concordantes.

Ese medio de prueba, el de las presunciones, ciertamente ha caído en desgracia en muchos medios sociales, donde ha sobrevenido la técnica propia del sistema procesal penal adversarial-acusatorio; se sabe que se ha propuesto su eliminación como la máxima garantía que merece la presunción de inocencia, que es de rango constitucional, capaz de amparar y proteger al ciudadano sometido a juicio penal.

Sin embargo, yo he permanecido fiel a su empleo, en el ámbito político, en razón de que cuando se invocan como bases de un diagnostico o de una calificación de hechos y circunstancias, no se referirán a cosas ocurridas, sino más bien a cosas por ocurrir, convirtiéndose en vaticinios más bien.  Algo que estará sometido a la prueba de los acontecimientos advertidos, donde se probará sobre la marcha cuánto de verdad o de mentira habrá en los pronósticos.

Yo, en el presente de mi país, me siento rehén de un difuso temor de que ocurran cosas de gran daño en su inmerecido perjuicio y me he sometido en gran modo al detector de mentiras que son los hechos que he anticipado como de segura ocurrencia.  Creo que el balance de aciertos me favorece.

Es por ello que quiero persistir en mis admoniciones, pues me siento alentado, algo que me apena a la vez, por haber tenido ya la razón en muchos de mis señalamientos.  Hagamos, pues, hoy un ejercicio de dron.  Sobrevolemos por los aspectos sensibles de que hablo al principio y examinemos sus grietas.

Juan Carlos El Breve fue el supuesto título que merecería el Rey de España cuando se restableció la monarquía parlamentaria en España, a raíz de la muerte de Franco; se iniciaba la transición de la dictadura a la democracia y se le daban escasas posibilidades a que aquello funcionara.  De eso hace cuarenta y tres años.

Traigo la referencia a esa “brevedad” tan prolongada pensando ahora en otra experiencia política, ésta de connotación mundial, la de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.  Su acceso al poder ha resultado tan desconcertante que hasta se podría ir pensando en hacerlo objeto de estudio en centros de enseñanza superior o en tanques de de pensamiento del mayor nivel, a fin de comprender ¿Por qué llega Trump? ¿Quién es en realidad Trump?  ¿Cuánto habrá de durar Trump?  ¿Será breve o sólo pasajero?  ¿Es sólo un síntoma o una causa de cosas mayores y permanentes?

El mundo está perplejo; los sabios y tratadistas no se lo explican; lo asumen algunos como un trauma del hastío y muchos, casi todos, tienen la convicción, más que la ilusión, de que será como un golpe en el codo, doloroso pero fugaz.

Y es en ese contexto que aparecen cosas como las del New York Times haciendo historia, al darle primera plana a un anónimo que habla de la existencia de una “Resistencia” en la propia casa blanca para controlar al gobierno y protegerle de los errores y desatinos del propio presidente.

En verdad, estamos viviendo momentos excepcionalmente extraños.  Trump pelea con medio mundo desde un Twitter; desafía a gobiernos, naciones, sectores y la comunicación social del mundo, ésta enconada cada vez más que ya no encuentra  madera suficiente para quemarle en hogueras interminables y al final crucificarle en millones de cruces que se proponen al entendimiento público mundial.

Parece que la resistencia es demasiada extensa y cree ciegamente en que  Trump es el breve, como se pensó del Rey de mención, pero hay muchas incógnitas de por medio.

Sin embargo, la Norteamérica profunda parece estar cómoda; su economía saca músculos tenidos por perdidos.  Los índices e indicadores de su fortalecimiento son inauditos.  Y es muy difícil pensar que esa portentosa nación se malhumore si su economía va bien.

Entonces, algo anda mal para que se le llegue a asumir, a Trump, como el Breve.  En todo caso, ojalá no se recurra al método odioso y repugnante que todavía nos entristece; el de Lincoln y el de Kennedy, entre otros, del mismo terrible linaje.

Algunos entienden que bastaría con el Impeachment para suprimirle; otros no lo creen, pues sus actos preparatorios tienen posibles efectos de boomerang y el esfuerzo de acusación puede no sólo colapsar, sino volverse contra los mismos que la han impulsado.

En fin, son las circunstancias en Norteamérica tan especialmente complejas que nadie puede imaginar y menos predecir qué va a ocurrir en esa asombrosa locomotora del mundo.

Nos ocurre a los dominicanos que, como nunca antes, tenemos que estar pendientes de cuanto pase en Norteamérica, pues bajo su dura influencia fue que la República sufrió los daños más graves en su soberanía y su  integridad  territoriales cuando en el puente de mando del Norte la dirección era responsabilidad de algunos de los suyos, tenidos como los liberales y esclarecidos.

Nos encontramos en estos momentos con que aquello que se ataca y desprecia, el Trump breve, es lo más consonó en sus creencias y convicciones con lo que son nuestras mayores desgracias de estos tiempos; que lo que se pregona como tormenta ha podido ser, y no se ha aprovechado, el ademán de la historia más amable y generoso para las causas sagradas nuestras.  Esto lo pienso y así me lo dice el santo egoísmo de nuestra independencia y no le temo a la paradoja tremenda de que lo que se inculpa como lo peor ha debido ser lo mejor para nosotros.

“Matarlo dos veces”, se suele decir en el argot político penal cuantas veces, antes de un magnicidio, se ha hecho una campaña feroz de ataques de todo género a la víctima señalada, cuya muerte, una vez ocurra, la sociedad, o una parte de ella, entienda que era previsible y hasta necesario y conveniente salir de aquel “detestable personaje” “que no merecía ejercer potestad alguna”.  Todo porque así se lo había propuesto la llamada muerte moral previa.

Viendo y oyendo a distancia cuanto se le dice a Trump, o de Trump, no me he podido separar del conocimiento de algo que aprendiera en mi inolvidable escuela de derecho relacionado con la idea criminal que está en la base más o menos cercana, o remota, de todo crimen.

No olvido lo que me enseñaran mis maestros acerca de cuándo y cómo surge en la mente del autor del crimen, aunque muy larvada, la idea de cometerlo y sé de las distintas fases por las que atraviesa esa idea primaria para llevarlo a cabo; pasando por la representación del hecho y de qué manera se acentúa la decisión que le sirve de umbral inmediato a la acción.

Ese proceso se denomina “el camino del crimen” que puede ser más o menos prolongado.  Ese es el iter criminis de los romanos.   Culmina en la acción y antes de ésta podría darse el caso, incluso, de que aparezcan otros elementos que tiene efectos jurídicos importantes, como lo es el desistimiento. Existe, además, la escabrosa cuestión de determinar cuándo los actos preparatorios pasan a ser actos de ejecución; y cuándo se ha obrado con la reflexiva frialdad que incuba la premeditación que es una agravante atroz, o por el contrario ha medrado una emoción violenta, reacia a la condenación.

Pues bien, me ocurre que al observar los ataques universales contra Trump he creído percibir que son tantos los agravios, tan diversos  y rotundos, como extensos y empecinados, que se ha ido construyendo un iter criminis gigantesco, como si se vieran los ataques casi como un deber de la humanidad de suprimir a aquel ser humano devenido “en un monstruoso fenómeno de destrucción masiva”, cuya única suerte ha de ser una eliminación redentora.

Los excesos pavorosos del espanto que generan las palabras, actitudes y hechos de Trump se llegan a considerar como mecanismos de desesperada defensa de un mundo bueno, apacible, que no debe ser devorado por ese “endemoniado” espécimen de la “maldad”
y el “desorden”; una fuerza de la naturaleza irresistible que todos y cada uno de los habitantes de la tierra tiene la necesidad y el deber de desear su desaparición”.  Tal ha sido la experiencia vivida por la humanidad en sus últimos dos años.

¿Habrá una muestra de insania mental colectiva más extensa y reprochable que esa impiedad histérica de los que en realidad odian a Trump?  ¿Acaso no pueden estar debajo de tanto odio los peores intereses del mundo, mordidos por el demencial rencor que les produce este hombre al desafiarles en los términos suicidas en que lo hace?  ¿La realidad puede ser muy diferente a lo descrito como tal?

Trump ciertamente tiene ímpetus muy peculiares, de esos desconocidos arranques temperamentales de la chocante franqueza que no es propia del quehacer político corriente.  En éste lo que abunda es la fría hipocresía que ayuda a alcanzar el poder y hacer de éste un instrumento inagotable de provechos.  El poder mundial lo detentan aquellos que en un proceso inmemorial de control y dominio de los pueblos dictan los términos y pautas de la convivencia humana.

Desde luego, cabe la pregunta, ¿se puede asegurar seriamente que lo han hecho bien?  ¿Que han sido justos, equitativos y su desempeño ha estado exento de pecado frente a la pobreza y la exclusión en un mundo que no cesa de agonizar?

Lo chocante de los atrevimientos de Trump es que siendo “cuña del mismo palo” haya resultado tan rudo y justiciero con sus congéneres; que los haya irrespetado con una temeridad tan audaz, como si se tratara de la proverbial rebeldía revolucionaria, que está hoy cuasi vencida y puesta en reposo en ocasión del llamado “fin de la historia”.

Trump intuyó los peligros propuestos a su pueblo por la globalización.  Cuanto ha intentado lo ha hecho desde su posición de multimillonario, excéntrico indudablemente, que ha sido tomado en cuenta por una inmensa mayoría de sus conciudadanos que parece decidida a asumir su suerte participando en el proceso público político que dirime la cuestión del poder domiciliado como está en lo que Trump alegó ser “el pantano de Washington”.

En verdad, creo que el ex presidente Obama es quien mejor ha percibido la realidad del fenómeno cuando dijo que Trump no era  “causa de nada, sino un síntoma” de otras cosas que no definiera.

El hecho es, en cuanto a lo que concierne a nosotros, que lo que se ha señalado como Tormenta Trump ha podido ser y debido ser nuestra buena mar para hacer todo cuanto haya que hacer para reajustar, rectificar, corregir, enmendar el desastroso estado de cosas en que nos colocara la Comunidad Infiernacional agrediendo nuestra independencia, averiándola severamente en su territorio, su nacionalidad, su soberanía y autodeterminación.  Esta última que parece desperezarse, aunque en momentos muy filosos.

En fin, es importante ir comprobando la extraña armonía que se da entre los hechos y circunstancias nacionales, pese a ser tan vertiginoso y fluido su curso, obrando bajo contextos tan dinámicos, como mutantes.

Por eso he tomado como eje de mis observaciones el peligro y lo he descompuesto en múltiples versiones y vertientes, que van desde las menguas de la soberanía nuestra, en lo territorial, como en el plano jurídico constitucional relativo a la nacionalidad, hasta las sensibles cuestiones de la criminalidad que viene arrasando con la seguridad pública.

Desde luego, todo eso con sus temibles adyacencias: la droga y sus riquezas, su adicción epidémica, la corrupción generalizada y las debilidades institucionales indetenibles, que podrían ser utilizadas de muchas maneras peligrosas contra nuestra suerte, colocados como estamos en un macro contexto de la guerra mundial del comercio que se libra entre las dos superpotencias, de las cuales decidimos esperar ayudas “generosas y confluyentes”.  Cuánta desorientación hay en todo ello. Que Dios nos proteja.

 

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