La Incertidumbre Social y su Jungla de Móviles I

No es inocente ni entretenida esta incertidumbre.  Tiene un halo raro que sobrecoge.  Su peor efecto, en principio, no es traumático, ni enerva; es como una silenciosa serpiente que se enrosca en el cuello del entendimiento público y exhala un vaho que le atonta.  Los rumores son profundamente subterráneos y es como si todo se paralizara alrededor del azoro. Las redes haciendo de las suyas.

La sociedad está traspasada de presentimientos y presagios que no definen sus temores.  “Algo va a pasar”, se oyen voces decir.  Pero no sabemos qué; ni nos atemoriza, ni nos entusiasma cuanto pueda ocurrir.  Son tantos los males en el horizonte que la esperanza optó por ausentarse.  Pero no entra el miedo en su lugar.

Es como un embrujo lo que nos abruma.  “Se han apagado los faros y dormido los vigías”, cantaba uno de sus artistas sorprendentes y el pueblo frunce el ceño y no sabe si reír o llorar.  Sabe que es así, como canta el juglar; y que se avecinan tormentas, pero su actitud es enigmática; sin alarma parece aguardar que los vientos barran lo que han de barrer o siembren, si es que pueden sembrar.  Habrá devastación, no cabe duda, pero no se acierta a decir por dónde, ni cómo, ni cuándo.

Son imprevisibles sus resentimientos y quizás en el dia más soleado estallen las iras contenidas; sólo sería entonces cuando se sabría del porqué su incertidumbre ha sido tan impenetrable, como misteriosa.  Según parece, la crispación sólo ha estado recostada sobre el ánimo público sin demandarle que se subleve y se torne torvo y peligroso y salga a buscar culpables de las ofensas y los daños.

Es un tiempo verdaderamente extraño éste.  Rugen las tormentas, a lo lejos, y desde la calma chicha de nuestra incertidumbre no se oyen las voces de alerta.

Todas esas divagaciones son comunes entre muchos de los hijos de esta tierra; aquellos que no las pueden expresar las llevan prendidas en sus instintos prodigiosos.  En su trasfondo hay  un remoto pesimismo que ha confundido  mucho a sus enemigos.

Podemos confiar, pues, que este pueblo siempre ha respondido más allá de todos los sacrificios que se le han impuesto.  Ha contado con su “puñado inverosímil” y su dignidad ofendida se ha sabido lavar entre el honor y la justicia, sin que faltaran la sangre y las lágrimas.

Ahora no será diferente, aunque nadie podría señalar ni predecir a cuáles cabezas irán los laureles.  Esto no es poesía, es historia, y serán vanos los esfuerzos por privarnos de ésta.

Yo he persistido en mis admoniciones y esgrimo como lábaro que me libra de toda malicia mi avanzada edad.  Creo con enorme desinterés que los hombres mejor colocados por el destino en sitio preferente para servir a nuestras “desesperadas causas”, de las que nos hablara el padre fundador, no están comprendiendo nuestros peligros reales.

Ahora bien, dentro del mazo de lianas de nuestros trastornos, escojo uno que ha entrado en un curso de colisión desastroso, que puede probar hasta dónde ha podido llegar el miope descuido de los que nos mandan en su incomprensión rotunda de las complejas implicaciones de los tensos trastornos mundiales.  Quizás resida ahí el quid de la espesa incertidumbre de que trato.

Hierven las circunstancias en la región y desde aquí los responsables de esas delicadas relaciones hacia el mundo se enredan en una taimada conflictividad de la cual se pueden desprender gravísimas adversidades que turben nuestra dinámica institucional  de forma  irreparable.

En mis meditaciones no me pasó de largo la ocurrencia de algo en Centroamérica, cuya interpretación sensata y desprejuiciada puede servir para medir el error nuestro.

Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, es un legendario guerrero que supo luchar contra la opresión somocista.  Tuve oportunidad de oírle desde aquí, por acaso, en el discurso de toma de posesión, junto a su esposa electa vicepresidenta, ante una multitud inmensa en la plaza de su revolución y comenté con algunos amigos lo mucho que me impresionara su discurso.

Les dije: “Ustedes saben que nunca ha sido ‘santo de mi devoción’, pero, al oírle describir  las difíciles peripecias del poder y, especialmente, referirse a la forma como el sandinismo se había comportado cuando perdiera unas elecciones, que a su decir adolecían de graves fallas fraudulentas, teniendo su aguerrido ejército en las manos, prefirió ceder, para volver.  Entonces hizo un emocionante giro de oratoria y exclamó ante la muchedumbre: “¡Y henos aquí, victoriosos, después de una larga espera; victoriosos sobre los hombros del voto popular!”

Al oirle lo admiré por primera vez, quizás la única.  Me pareció en un momento que el espíritu de Chávez se apoderaba de Daniel Ortega y en las palabras de éste le enviaba una reprimenda a Nicolás Maduro, que también estaba en la tribuna, junto al orador.  Pienso que talvez, más que el discurso, lo que me impresionó fue la certera admonición al gobernante venezolano, que ha tomado unos rumbos que no se compadecen con aquel Chávez que ya es de la historia y sus inolvidables lecciones del “Por Ahora”, así como en su denodado esfuerzo de defensa permanente desde su “Aló Presidente”, buscando siempre el oído del pueblo.

Pues bien, han pasado los meses, y, por desgracia, Nicaragua ha caído en una delicadísima confrontación que huele a guerra nueva.  Una lástima, porque las noticias que llegaban desde allá eran alentadoras, especialmente en el ámbito de la seguridad pública, y ahora es deplorable comprobar que se está produciendo una tragedia de cientos de muertos, cuyo cálculo de responsabilidades se complica, pues otras multitudes no menos numerosas del sandinismo se arremolinan en las calles contraacusando a la oposición de autoría en el desastre.  Guerra al fin, aunque todavía larvada, se sabe que su primera víctima es la verdad.  Por lo que es aconsejable conservar distancia del conflicto y sólo rogar por la paz entre los hermanos nicaragüenses.

De todos modos, lo que hoy quiero retener es otro episodio de Nicaragua que es el que puede servir más para ilustrar uno de nuestros mayores errores.

La prensa internacional desplegó la noticia de que el gobierno nicaragüense había anunciado que mantendría firmemente sus relaciones con Taiwán.  Al principio pensé que se trataba de una fake news.  Pero no.  Resultó fidedigna la noticia.  Entonces volví a pensar en Daniel Ortega y me dije:  “Para que ésto ocurriera ha debido haber alguna desavenencia grave con el gobierno de la China Popular, quizás en relación al nuevo canal interoceánico prometido”.  Entendí que, en todo caso, el guerrero y político que gobierna allí había hecho un ejercicio de prudencia para no agregar nuevos ingredientes inflamables al desencuentro interno que estremece a su pueblo.

Entonces pensé en la inefable imprudencia nuestra que rompimos relaciones con Taiwán, al establecer las mismas con China Popular, en momentos muy sensitivos y de forma muy lamentable y me dije: “¿Será que el guerrero centroamericano tiene un olfato más fino que el de los nuestros?”

Mi curiosidad me llevó a procurar la noticia formal acerca de la posición de Nicaragua y encontré una publicación del 14 de agosto de 2018 con algo más enfático, que realmente me ha llevado muy lejos en la apreciación de lo que fuera la iniciativa nuestra.  Veamos algunos rasgos de la información:

“El vicepresidente de Nicaragua, Jaime Morales, aseguró este martes durante una visita a Taipei que el presidente Daniel Ortega mantendrá las relaciones diplomáticas con Taiwán y reprochó la decisión de Costa Rica de romper con la isla, en declaraciones divulgadas por su despacho.

… “Taiwán ha sido un socio de gran importancia” para Nicaragua para generar empleos mediante la inversiones textiles y manufactureras, “además de su generoso apoyo y cooperación desinteresada, humanista y fraterna en múltiples aspectos”, expresó.

… El vicepresidente nicaragüense expuso la posición del gobierno de Ortega durante la inauguración de la II Asamblea de la Unión del Pacífico Democrático (UPD), a la que asistió como parte de su visita a Taipei.

En su intervención, Morales defendió el derecho del gobierno nicaragüense de tener buenas relaciones con todos los gobiernos del mundo, independientemente de “sus diferencias políticas”, en alusión a su interés de Ortega de tener vínculos con China y Taiwán a la vez.

Abogó, además, por la reincorporación de Taiwán como miembro pleno de la ONU, de la que fue fundador en 1945 al firmar su Carta Constitutiva en San Francisco, California (oeste de Estados Unidos).

“Sugiero que este Foro haga un nuevo llamado enfático a la comunidad internacional a revisar la Resolución 2158 (XXVI) que excluyó a la República China-Taiwán, para restituirle sus legítimos derechos de que fue despojada”, dijo el representante del gobierno nicaragüense. …”

Hacía sólo tres días que en la misma Centroamérica se había producido una situación no menos interesante, cuando el gobierno de El Salvador anunció el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas con la China Popular.  Naturalmente, en los mismos términos en que lo hiciéramos nosotros.  Allí también la reacción de los norteamericanos fue áspera y se habló de revisiones drásticas de las relaciones de todo género con El Salvador.

El presidente Sánchez Ceren fue un importante cuadro del Frente Farabundo Martí; como Ortega de Nicaragua, son cuadros clásicos de la izquierda centroamericana, pero la cuestión de China la están manejando en forma diferente.

En ese nivel de reflexión nos llegó la noticia del viaje del Secretario de Defensa norteamericano a Brasil, Argentina, Chile y Colombia.  Es un viaje significativo por las especialísimas condiciones personales que tiene el funcionario, a quien se le describe como un erudito guerrero, que quizás fue a sobreasegurarse del estado de cosas en la región, particularmente lo relacionado con la defensa y aquellos aspectos sensitivos de la seguridad continental.

Alguien se apresuró a decirme que eso era preocupante porque se podría estar en presencia de una eventual unificación de fuerzas militares regionales y que esto podría significar peligros graves para el proceso democrático latinoamericano.

Yo me permití dudarlo y le dije a quien me hiciera la observación:  “Mira, dada la capacidad del hombre que anda en esa misión posiblemente esté más preocupado por la inminencia de trastornos internos dentro de algunas de esas naciones hermanas”; este militar denominado “El Monje Guerrero”, según he podido saber por las cosas que se han publicado acerca de su personalidad, está dotado de tal forma que es un conocedor profundo de la guerra, desde las del Peloponeso y creo que ponía a sus oficiales subalternos en Afganistán, en medio de aquella hecatombe, a leer textos clásicos al respecto.  No se crea que la versión que han dado de él como “Monje Guerrero” anule esos atributos culturales.

Pero hablando de guerra es preciso tener siempre presente a Sun Tzu, que en su inextinguible obra “El Arte de la Guerra” dijo: El arte de la guerra es de vital importancia para el Estado.  Es una cuestión de vida o muerte que puede llevar tanto a la seguridad como a la ruina.  Por tanto, es un tema que no puede ser descuidado en ningún aspecto.” Es justo comprobar que su aseveración ha prevalecido en su milenaria posteridad.

Así las cosas, entre nosotros acabamos de recibir una prueba que, aún cuando sólo parece un signo vago, resulta decisiva para comenzar a comprender todo lo obvio que enfrentamos.  Desde luego, sin olvidar que resulta muy difícil con frecuencia interpretar lo más obvio.

La guerra del comercio que ya se libra entre dos gigantes de la economía mundial, hará necesario que se utilicen todos los medios a su alcance para sus choques frontales; pero tendrán a mano también aquellas armas adicionales que les permitan suprimir riesgos colaterales como los que les puedan acarrear sus periferias, sobre todo, las que se han arrimado a los campos de sus batallas, que es nuestro caso.

Sintetizando las cosas se podría decir: No entendimos la importancia de la geografía para elevar y darle rango a pequeñas naciones o enclaves, en un momento dado, ni cómo esas bregas de espacios mueven la atención de los grandes para desplegar las armas de sus arsenales que resulten apropiadas a fin de neutralizar o anular el peligro eventual de que en la lucha alguno obtenga ventajas, de esas que son inadmisibles cuando se disputan espacios de todo tipo.

Ahora bien, hablé al principio de incertidumbre y de que ésta se hacía indescifrable, sobremanera por el desconocimiento de esos aspectos sensitivos de la Geopolítica mundial.  Esa incertidumbre es no sólo neblinosa para advertir los hechos, sino también muy cerrada, como si fuera una jungla donde los móviles promiscuos resultan imposibles de identificar.

En esa jungla las presunciones, siempre que sean graves, precisas y concordantes, como se exige en buen derecho, pueden servir para localizar e identificar los temibles móviles siempre ocultos y evadizos.

Yo he pensado mucho acerca de cómo se pudo hacer la decisión hacia el error omitiendo toda consideración de las circunstancias de tiempo y espacio y asumí que hubo consejos y asesoramientos que quizás fueron hijos de la ignorancia o de una buen fe inefable; pero que asimismo debió de haber aprobación de otras instancias muy poderosas en la fábrica de decisiones del gobierno y ahí es más que previsible que interviniera una mala fe bien disimulada, que de algún modo se engarzó en la generación del error, que como todos sabemos tiene una pésima reputación en la historia de la política, al grado de que Tayllerand lo llegó a considerar peor que un crimen.

Se da el caso de que cada quien busca cumplir sus agendas propias y ocurre que la primera y más importante víctima de ese conflicto de intereses puede resultar el propio asesorado que deba de tomar la decisión; que en este caso se quiso ver como una alianza con la historia, pese a su inoportunidad.  Algo que, como he dicho otras veces, en cierta forma resultaría inevitable, pero no en el momento equivocado.

Hubo un trastorno del timing; sobremanera, porque ya el gigante de la región había advertido al gobernante de su creencia de los inconvenientes de un tercer período presidencial, buscado éste por cualquier medio de reforma constitucional.

El gigante regional llegó más lejos en la reafirmación de sus convicciones y citó su propio ejemplo apelando al gesto primario de su democracia de parte del padre forjador de su independencia.

Los consejeros del presidente no advirtieron que el gladiador de la región hizo pública esa misma convicción en el año 2015, en la que fijaba su posición complacida para una primera reelección, pero no para una segunda.  Es decir, que aquello que le servía al presidente de la República para intentarla, ahora, al ser reproducida, se convertía en una objeción o queja que todo aquél que se pudo dar cuenta de tal cosa, lo tuvo que ver como un valladar difícil de saltar sin riesgo.  Se trata de algo que de subliminal tenía muy poco.

Siempre le advertí al presidente desde mi programa La Respuesta que todo esfuerzo por permanecer, que no se apoyara en un referéndum, sería inválido e ilegitimaría la experiencia de la reelección, sobre todo, alcanzada como fuera en el Congreso y dentro de aquella prisa deslucida que pareció un Referimiento constitucional muy atolondrado.

Ocurre, ahora, que se ha producido un fallo del Tribunal Constitucional protectivo de la integridad constitucional, cuyo contenido esencial es declarar intocable el artículo 124, en su disposición transitoria, que en forma expresa prohíbe al actual presidente intentar una nueva reelección.

Los jueces, que son partes de la sociedad, muy sensitiva por cierto y, quiérase o no, viven y participan de sus avatares, premunidos de su misión esencial de proteger la Constitución de la República, de seguro no dejaron pasar de largo, ni como cosa ajena a su comprensión, que se había producido un hecho político transnacional delicado y que en ocasión de la lucha entre los gigantes de la guerra de comercio podría generarse un proceso de inestabilidad institucional delicado.

Sobre todo, porque uno de ellos tiene el prestigio histórico de haber establecido una ruta de seda en tiempos remotos, la que está reproduciendo en la actualidad, pero esta vez abriendo una ruta de sal por los océanos, que es la que podría engendrar contrariedades mayores entre nosotros.  Todo, en medio de ventajas económicas fascinantes como expectativas, que ojalá no resulten un espejismo.

En fin, el fallo último, ajustado plenamente a derecho, además, se produjo en momentos en que lo menos que se quiere es un aumento de la inestabilidad institucional, y ésto era algo más que previsible si se renovaban otras iniciativas para tocar las normas constitucionales de forma lamentable, otra vez, atendiendo a propósitos políticos de calamitosa índole.

¿No les parece todo ésto que se plantea algo sano y constructivo?  Veremos otros aportes en la parte segunda de esta Pregunta relativa a la incertidumbre social y su jungla de móviles.

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