La Maldición de las Discordias

La travesía que significa la vida, que no otra cosa es, tiene guardadas  tantas  sorpresas que  no es posible imaginarlas.  Se vive y sobre la marcha van apareciendo  las vicisitudes más sorprendentes y es a fuerza de asumirlas y lidiar con ellas que se va aluvionando la venerable garantía del saber por experiencia.  Pasa el tiempo y si la salud se conserva y no entorpecen la memoria las consabidas lagunas crepusculares, la comprensión se  hace cada vez más segura y provechosa.  Me voy convenciendo de ello  y creo que es mi caso.

En el año  noventa y cinco, del pasado siglo, tuve el presentimiento, hecho convicción, de que si no aprovechábamos los dominicanos las duras enseñanzas que nos dejaba la enorme crisis electoral del año anterior, estaríamos corriendo riesgos inaguantables que terminarían por debilitarnos de tal modo que  la propia supervivencia como Estado  se  arruinaría.  Así se prendió en mi espíritu la unidad nacional como una insomne obsesión.

La Geopolítica se había dispuesto a no tolerar más tiempo aquel poder desconcertante  encarnado  en un hombre de  enorme cultura, pero ciego; alguien que, además, obstruía los planes del diseñado Estado Binacional previsto como  desesperada salida, o supuesta solución, a la tragedia de connotación mundial de un legendario Estado en el oeste de la isla de Santo Domingo; molido en el trapiche  de  una devastación ecológica apocalíptica; una población masacrada por exiguas minorías dominantes y el tráfico de drogas  como un puntal de economía alternativa que se hizo cargo del Estado colapsado desde hace décadas, todo sumido en un atraso espantoso.

Aquel ciego, como gobernante, tenía que ser suprimido porque tenía resabios intransigentes frente a toda propuesta de colaboración que entrañara la entrega de la soberanía de su pequeño Estado, no menos legendario que el otro, con niveles de progreso obvios en muchos aspectos de su azarosa existencia.

Las imposiciones  fueron ásperas  y odiosas, pues ya se había desatado una campaña  atroz contra aquel proceso electoral,  bajo acusaciones de alcances mundiales destinadas a desacreditar al presidente reelecto  como el  forzador máximo del fraude, llamado “colosal”, para hacerle más repudiable.

Se vendió aquella agresiva versión pese a que tan sólo un mes antes había  alcanzado el  candidato ciego en  el ícono encuestario de Gallup un punto por encima  del fascinante candidato del agrado de la imperiosa Geopolítica  de entonces,  guiada por un talentoso  presidente  norteamericano que tuvo  a  Haití entre sus pesadillas  mayores junto a Somalia y Kosovo, según lo confiesa en sus memorias: Mi Vida.

Sabido es que aquel manojo de crisis envolvió incidentes de todo tipo; desde el derrocamiento de un gobierno, una intervención militar subsecuente, un bloqueo económico, la reposición de un gobierno derrocado, hasta la disolución de un ejército.

Y fue en el fragor de aquellas crisis cuando más se movió el escalpelo de la cirugía mayor que hiciera la exigencia de un asilo territorial de campamentos de refugiados, denegada dignamente, pero castigada por el desconocimiento de los resultados electorales nuestros, mediante el estupro constitucional del recorte de dos años al período presidencial.

El tal “fraude colosal”,  supo ser tan selectivo que sólo tocó el nivel presidencial y vicepresidencial.  Era tanto el empeño por salir del ciego impertinente que se puso de lado aquella máxima latina de oriundez romana: “fraus omnia corruppit”.  En verdad era poca la vergüenza y mucha la necesidad de la Geopolítica para llevar a cabo aquel atropello esperpéntico.

Ocurrió que las crisis me brindaron la oportunidad de imaginarme  el “Frente Patriótico”, que propusiera en mi conferencia La Nación y los Partidos; algo que fuera acogido como propuesta por los líderes políticos mayores de entonces.  Fue un resultado directo de las humillantes durezas de la intromisión de la Geopolítica para apoderarse de la suerte nacional.

La respuesta de los dos indómitos líderes fue de innegable rango histórico; convergieron los dos colosos de la política nuestra del último medio siglo pasado y vencieron todos los resentimientos existentes, olvidaron las enconosas desavenencias, se juntaron porque sólo así se podría enfrentar y resistir la disolución puesta en marcha.  En fin, ambos se abrazaron a las faldas de la Madre Patria.

Pues bien, viniendo desde ese pedregal de vicisitudes no me desprendí de la experiencia vivida y mantuve bien abiertos los ojos para ver de cerca y muy a tiempo las otras crisis que podrían sobrevenir.  Los viejos ciertamente habían vencido  a las discordias y supieron legar responsabilidades como si obedecieran a un encargo de su patria.  Me inquietaba pensar, no obstante, en la cuestión del denuedo que se precisaría para que los jóvenes responsabilizados del futuro pudieran mantener los grados de compromiso que entrañan siempre esas grandes tareas de la historia.

Por consiguiente, mi eje ha sido únicamente la unidad.  Proponerle a los jóvenes líderes que sólo ellos podrían garantizar la consistencia indispensable para enfrentar los nuevos retos  por venir.

Ahora bien, admito que lo que he intentado ha sido en vano; que va triunfando sólo la discordia y se ha impuesto la intriga, pero ya se pueden ver claramente sus secuelas desastrosas: división, rencor, distancia, desencuentro, nada que contenga la preocupación  fundamental de la patria y sus peligros; que sólo están medianamente desacelerados, pero que siguen en las sombras de los designios de la traición aguardando cambios favorables en el tiempo político del Norte; que amaine la tormenta Trump para reiniciar su piratería de Estados y naciones.

Nos van fragmentando meticulosamente y sólo es cuestión de tiempo para saber de sus peores emboscadas y de sus más hondos daños.  Por eso he hablado de ejes, asumiendo la discordia en lucha contra la unidad; discordia y unidad que percibo como las dos actrices de tan amargo drama; me duele sentir que va girando el trastorno hacia posibilidades de desenlaces y sucesos aún más aciagos.

Pero bien, como anticipé en la pasada Pregunta, diserté a solicitud del Centro de Pensamiento y Acción del Proyecto Nacional -PRONACION- acerca de mis advertencias desoídas sobre la seguridad pública y allí reiteré la cuestión de los ámbitos del hombre público.  Advertí que me ha tocado debatirme en “cuatro ámbitos de fuego” a la vez.

Talvez fue mi error no concentrarme  en uno solo de ellos, nunca en cuatro, pues resultaría que los odios y las pasiones de uno  sabrían contagiar a los demás o que todos confluirían en los desdenes, reproches y sus agresivas desconsideraciones a fin de lograr el desinterés suficiente para no oirme siquiera.

Las luchas social-agrarias, la droga y sus demoníacas implicaciones, la corrupción, tanto pública como privada, la política partidaria muy beligerante, así como la defensa de la República en los bordes críticos del arrasamiento del Estado, como de la nación; todo ello, como conjunto de conflictos, era demasiado para poder esperar que se me escuchara  mínimamente. Sin embargo, me siento milagrosamente ileso.

¿Qué me ha ocurrido durante todo ese tiempo de soledad y desierto?  Que en lugar  de llenarme de rencores enconosos y de amargas frustraciones he sentido una paz interior profunda que me  ha permitido perdonar, comprender y sufrir  esa experiencia que he considerado como un calvario, teniendo éste como: “Serie o sucesión de adversidades y pesadumbres”.

Desde luego, confieso que sin la ayuda de mi imbatible fe en Dios no hubiera podido alcanzar tan apacible estado de conciencia; en lugar de desalentarme siento estímulos íntimos que me impulsan a la insistencia; a no cejar en mis alertas y exhortaciones a favor de la unidad, particularmente por la más eficaz, la de aquellos dos líderes jóvenes en quienes recayeran las responsabilidades de preservar la integridad de la patria.

Tienen que rebelarse contra las ambiciones y miedos de bajar o subir, respectivamente, de algunos de los grupos de acomodados amiguetes que lo único que tienen como bitácora son sus sórdidas conveniencias de poder y riqueza.

Danilo Medina y Leonel Fernández no han debido incurrir en el error de permitir un deterioro  tan hondo y prolongado  de la amistad básica que siempre existiera entre ellos;  deben buscar un reencuentro fundamental y olvidar todo tipo de agravios; de aquellos que pudieran sembrar las locuras de las bregas del poder.

La patria está por encima de todas las bajezas de que ha sido capaz la intriga, especialmente de los cuerpos extraños del injerto traicionero que ha sabido hacer las veces de una leucemia en la cohesión interpersonal y partidaria.

Se lo puedo reclamar hoy yo porque creo tener la fuerza moral de haberles advertido de las necesidades y peligros en los momentos mismos en que se saboreaba  el triunfo del año doce, cuando se entendía todo subsanado.  La hora es patética, no hay lugar  para vacilaciones; se impone la urgencia de los servicios trascendentales y son los hombres clave quienes deben actuar.

Yo, desde la paz reconfortante de mis años, creo que no  debo silenciar nada que pueda fortalecer mis advertencias, sobretodo hoy  en medio de la crucial emergencia incrementada por tantas innobles maquinaciones de lesa patria; es un tiempo en el cual no me anima  otra cosa que no sea el deber a ser cumplido.

Veamos una  prueba gruesa de cuanto vengo afirmando.  Voy a transcribir sólo algunos párrafos, entre muchos, de dos cartas comunes que les escribiera a los jóvenes líderes.

La primera, el 15 de junio del año 2012:

Esta carta de texto único está dirigida a dos amigos con el propósito, también único, de hacerles una advertencia que puede resultar solemne porque se refiere a los peligros que merodean la marcha del progreso nacional y la felicidad de nuestra amada patria.

Ustedes, amigos, tienen la misión fundamental de servir a su pueblo.  Lo han venido haciendo en tiempo y circunstancias disímiles, pero indivisibles, pues ha sido desde la atalaya del partido de Juan Bosch de donde se han propuesto para gobernarle: uno, que lo ha hecho de forma brillante durante tres períodos, y, otro, que acaba de ser investido con la responsabilidad de hacerlo bajo mandato popular de niveles muy altos, en una clara muestra de fe del pueblo, que ha sostenido  y preservado su sensitivo encargo por encima, y más allá, de situaciones difíciles que fueran sabiamente superadas.

Pero bien, es ahora cuando comienza el largo y más exigente trecho de seguir haciéndolo en un tremedal ominoso de crisis, a todas las escalas, que habrá de requerir una cohesión sagrada en el mando público, una dedicación leal y limpia de sus hombres esenciales que tienen como obligación ineludible desarrollar la fraternidad en los términos más puros que se puedan concebir.

….. No consentí jamás el agrietamiento de la amistad es la clave; estar siempre en guardia frente a las corrosiones murmuradoras de individuos y sectores; atender, incluso, con severo esmero la propia línea de conducta de los más allegados de las familias respectivas que, por desgracia, y así lo confirma mi vivencia (aunque no debo revelarles detalles por una sensible prudencia), es uno de los medios que se utilizan para separar a los hombres decisivos de poder.

….. ¿Cuál puede ser la resistencia máxima del país?  La clarividencia de sus dos hombres públicos fundamentales de hoy: el Presidente que ha sido y el Presidente que está por asumir.

De la armonía impenetrable y sabia que ustedes logren establecer y sostener, dependerá el porvenir de nuestro pueblo que, de otro modo, quedará expuesto al caos, la inestabilidad, el desorden o a cualquiera otra aventura aciaga de poderes anómalos.

Tal es el barranco que se abriría si lograren los turbios intereses del provecho  repugnante de sujetos y sectores dañar la buena y leal amistad entre dos hijos valiosos de nuestra tierra.”

 La otra, del 20 de mayo del año 2014:

“Durante las últimas semanas he estado cavilando acerca de los trastornos posibles de la necesaria cohesión del Partido de la Liberación Dominicana, (PLD), tanto en sus cuadros intermedios, como en sus bases.  Huelga referirles mi aprehensión, además, sobre las ya claras tensiones que se van esparciendo en ocasión de la experiencia de precandidaturas.

….. He pensado, en resumen, que deben ustedes dos sistematizar sus encuentros y compartir incesantemente sus preocupaciones y proyectos, pues, por encima del ventajismo de las intrigas colaterales y de toda esa escoria de ambiciones que suelen constelar los lideratos, está la agenda país  como imperativo dominante.”

 La oportunidad en que se escribían tales cosas es lo que puede acreditar mejor los propósitos que inspiraron la inusitada iniciativa. Traerlas hoy es un noble gesto de alguien que está preparado para aceptar y saber que no estará por estos lares tormentosos en los momentos decisivos, bien para el hundimiento de los errores ora para las luminosas rectificaciones.  O triunfa la maldición de las discordias o se impone la unidad redentora.  Esa es la cuestión.

Que Dios los ilumine para volver a la razón y puedan hacer retroceder a las tentaciones de sus egos; para que comprendan la inutilidad de sus resentimientos; que sólo cuando aparezcan desnudas las aflicciones de su patria y ellos las hayan abatido será cuando podrán aguardar la cálida salutación de la gratitud nacional; todo lo demás es bazofia y ruinas.

Finalmente, quiero referir que en estos días de ocaso he meditado mucho acerca del relato sacrosanto de mi madre cuando mi padre respondía en la sobremesa de un almuerzo en su casa al Dr. Alfonseca, quien cumplía el encargo de don Horacio, , el Presidente de la República, a fin de que mi padre pasara a terciar en la polémica generada en cuanto a saber si era viable, o no, la nefasta prórroga del mandato presidencial, que se llegó a tener como posible, bajo el alegato de que la elección del año veinticuatro se había celebrado cuando estaba restablecida y vigente la Constitución del año seis, que tenía un período presidencial de seis años, por lo que al Presidente Vásquez le correspondían dos años más.

La respuesta fue airada, aunque fraternal, cuando le dijo: “Alfonseca, dígale a don Horacio que se deje de pamplinas y propicie las elecciones del año veintiocho sin su participación, porque le va a traer a la República una tiranía sin nombre que todos lloraríamos con lágrimas de sangre”.

¿Acaso resultaba ésto una verdad o una premonición insana de mi padre?  Los 30 años subsecuentes se encargaron de hacer la prueba pavorosa de las razones del presentimiento sublime de mi padre.

Post Data:  El Dr. José Dolores Alfonseca fue un eminente médico y dirigente político excepcional.  Ya en París, en el año treinta y uno, antes de entrar mi padre en el quirófano que fuera umbral de su muerte, le dijo conmovido: “Compadre, si nos hubiéramos llevado de usted otra cosa sería”.  Mi padre respondió:”  “Compadre, ya es muy tarde y no regresaremos ninguno.”  El Dr. Alfonseca ya había convenido con mi padre que sería mi padrino, siempre que pudieran regresar.

Por todo ello, cuando hablo de la unidad y del peligro de la división y abomino del leguleyismo que anda por ahí imaginando acrobacias anticonstitucionales, lo hago profundamente penetrado por las vivencias que mi largo tiempo de vida me ha permitido conservar.

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