El Hombre Público y sus Ámbitos

Tan sólo unas horas después de aparecer esta entrega de La Pregunta habré de disertar acerca del tema tremendo  de la Seguridad Pública, correspondiendo a una amable invitación del Centro de Pensamiento y Acción del Proyecto Nacional PRONACIÓN.

A no pocos amigos les ha intrigado el título de mi disertación: “Calvario de un Desoído en sus Advertencias de los Miedos Sociales”.

Y resulta lógica su extrañeza, pues en el inmenso mundo cristiano se conserva con devoción  el Monte Calvario  como el sagrado escenario del sacrificio  de Cristo, Nuestro Señor, y a primera vista una mención que no se refiera a esa tragedia de la historia parecería impropia, cuando no una profanación.

Sin embargo, yo me decidí  a asumir la acepción del Diccionario de la Lengua Española de la RAE que dice: “Serie o sucesión de adversidades y pesadumbres”; es una manera de destacar la densidad de mis angustias y sufrimientos en ocasión  de querer  servir con mis advertencias al pueblo del cual me siento un simple soldado.

En esa disertación programada me concentraré sólo en uno de los ámbitos de fuego en que me ha correspondido luchar:  el criminológico.

Claro está, mis otros ámbitos de fuego no cabrían en el comprometido espacio de aquel esfuerzo; por eso me limito a evocar los otros aquí, particularmente mi participación en el programa social agrario del año ’72 del pasado siglo, en el cual hiciera vaticinios penetrantes acerca del error de pretender malograr aquel programa de justicia social tan sensitivo.

Es más, doce años después, en el año ’84, en mi inolvidable conferencia “Tenencia de Tierras, Tensiones Sociales y Marginalidad”, resumí todos mis presentimientos y anticipé desde entonces que los aros marginales de la capital y de los pueblos mayores, dado el desarraigo previsible de la familia campesina frustrada, serían un caldo de cultivo muy trágico para la seguridad pública porque su rebeldía se pondría de manifiesto en actos turbadores del sosiego y de la paz nacionales.  La evocación es válida porque la elocuencia de los hechos delictivos y la generación de tantos miedos sociales es ya un estigma lacerante.

Desde luego, ha habido otros ámbitos de fuego que sería imposible pormenorizarlos en este escaso espacio, tales como  mis luchas políticas, especialmente en el año ’78 y la gravísima crisis electoral que estuvo a punto de arrastrarnos a penosísimos colapsos; las acusaciones de corrupción pública y privada en niveles insospechados; la encarnizada resistencia a los múltiples modos de infiltración, control y dominio de los espacios vitales, tanto en las áreas públicas como en las más sensitivas privadas, que venía llevando a cabo en forma insidiosa el Crimen Organizado y que ya es parte de nuestra dolorosa actualidad.

Todo ello, en medio de una tórrida actuación en procesos penales de excepción espectacular, es lo que hace fácil comprender cuáles han sido los riesgos y las ofensas recibidas por mis advertencias y cuán abismales han sido las vicisitudes por las que  he tenido que pasar junto a mi valerosa familia que me ha seguido con fidelidad asombrosa.

Pero, en fin, el hecho ha sido que no me pudo quebrar la contumelia y Dios me  ha amparado  ante las tramas y maquinaciones más perversas.

Ahora bien, me pregunto: ¿Qué ha podido tener de provechoso esta experiencia de disertar sobre seguridad pública, como explico al principio?  Me dediqué en las últimas semanas a revisar cerca de 500 artículos periodísticos,  20 conferencias, cartas y discursos y esto me ha estremecido hondamente hasta llevarme a emprender un trabajoso proyecto dedicado a editar todo aquello.

En efecto, ya venía trabajando lentamente en mis memorias, acicateado por mis hijos, que desde  adolescentes fueron testigos especialísimos de mis luchas y tribulaciones.

Comencé  el relato de mi vida y me imaginé el título siguiente: “Lo que pude vivir”.  Llegué al año ‘61 y pensamos todos que faltaba todo, pues de aquel año hasta la fecha fue cuando se abrieron esos ámbitos de fuego que no supieron de receso y que obraron como albergue de mi denuedo que se aferró a servir en forma pasmosamente simultánea.

En realidad, ahora que ya voy bajando detrás de  la colina es cuando comprendo la magnitud de mis luchas y pienso que, de no haber sido por el valor moral de mi esposa, junto a nuestros hijos, el recuerdo del padre que no conocí “porque lo perdí antes de tenerlo”, según reza la “Elegía Personal del Huérfano”, así como el  ejemplo sublime de mi madre y, sobre todo, mi infinita fe en Dios que jamás me aparto su gracia, yo no hubiera podido hacer nada válido, ni útil, y me hubiese desplomado ante las peores condenas de desprecios y degradaciones que como precio a pagar por mis temeridades se mantuvieran.

Debo decir, que no estoy incluyendo en estos señalamientos sesgados mis hondos sentimientos y mi pasión por la defensa de la patria y sus peligros que al definirlos suelo expresarlo de un modo que me permita revelar el compromiso con ella: la patria no se sobrevive.

En fin, parece que me ocurre ahora algo que llegara a confesar cuando terminaba un largo discurso en la firma de una alianza renovada entre nuestra organización política, la Fuerza Nacional Progresista (FNP) y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), en nuestra Escuela de Formación Política Presidente Ramón Cáceres.

Allí me excusé por lo prolongado del discurso y dije que a mi edad, 80 años, hace 7 años, todo orador siente que ese puede ser el último discurso y por eso se extiende.

Aunque fuera risueña la aprobación de la dispensa, al leer la pieza ahora me invadió una impresionante tristeza por lo mucho de advertencia que contenía la alocución, que parecía una especie de legado amonestatorio para dos personajes de crucial importancia de nuestro país, uno, Presidente tres veces de la República, y el otro un prometedor candidato a la presidencia, que necesitaba ser reimpulsado para poder imponerse a una oscura moción de poder que pretendía volver al mismo, favorecido por una prescripción de olvido de su desastrosa gestión de gobierno precedente.

Aquel largo discurso hoy es cuando para mí tiene más valor y al revisar  los últimos seis años compruebo su clarividencia cuando  se refirió a la unidad como la clave sensitiva para asegurarle a la República un destino firme y limpio, de goce pleno de todos los atributos de soberanía.

Todo aquello en un momento en que  no aparecía ningún  rasgo de la traición que, como luego se pudo ver, estaba ya alojada  en las entrañas mismas  del poder que se buscaba mantener.

Veamos al desgaire sólo algunas pruebas mínimas del joyel de presentimientos que fuera aquel discurso tan prolongado como admonitorio, (De los 83 párrafos, van los siguientes):

“1. En mi larga vida creo no haber participado en un evento político tan singular como éste.  Es solo comparable con el Acuerdo de Alianza de Diciembre del 93 donde la figura de Juan Bosch imponía el acero debido a sus lealtades.

  1. Pero bien, ¿cuáles son las tres figuras sobresalientes a que he aludido? Leonel Fernández, en su tercer período presidencial, en el momento del pase de antorcha, quien le imprime carácter histórico con su presencia.
  2. Danilo Medina, teniendo ya la antorcha en sus manos como candidato presidencial del Partido de la Liberación Dominicana, que asiste al mismo con la clara misión de promover un alto grado de unidad nacional en momentos en que la República lo necesita en términos de crucial exigencia.
  3. Esas y otras inquietudes bulleron en mi espíritu como preocupación hasta hace poco tiempo. Ello me lleva a hablar, pero no para reprochar ni azuzar disidencias, sino para prevenir del peligro inmenso de prescindir de un vigoroso idealismo que nos mantenga fuertes en un reencuentro fraternal a todos cuantos hemos estado estrechamente comprometidos con esas experiencias de poder.
  4. El pueblo, que mantiene sus mayorías comprometidas en el apoyo, necesita y merece un aumento de las seguridades del cumplimiento de nuestras propuestas.”

En suma, ahora me ocurre que creo que  aún contando con La Pregunta y La Respuesta se hace indispensable editar artículos, conferencias y discursos para que queden pruebas de mis desvelos por servir, de mis compromisos de coraje para con la  sociedad y alcanzar  a ver con ello las dimensiones de las discordias que fueron mis ámbitos de fuego, sólo por haber osado advertir, con lo que me atraje el odio repulsivo de quienes se propusieron, no sólo desoírme, sino evitar con sus agresivos desdenes que el propio pueblo me ignorara.

En todo caso, me consuela saber que el tiempo es el que ya nos viene juzgando y que, en realidad, mi ganancia de causas no me alegra, porque ellas se esgrimieron como perdidas por mí entonces y yo me limitaba a proclamarlas como mis amadas derrotas, que no eran mías, sino del pueblo.  El tiempo se ha encargado de preparar y rendir “la ardua sentencia”, que se siente llegar pletórica de exigencias.

Los ámbitos de fuego son muy provechosos para el hombre público, sobre todo si la Gracia de Dios le da vida larga para ver llegar la serenidad de sus luchas.  ¿No les parece?

 

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