De las Desgracias Nacionales

‘No creo que aparezca en las luchas públicas nuestras ninguna desgracia mayor que la de no entender los cambios de las circunstancias que han debido servirles de contexto para profundos debates y enfrentamientos que hicieran las veces de brújula para trazar los rumbos nacionales, penosamente ensombrecidos.

Lo pesaroso de esa ausencia de debates verdaderos es que pesa como una losa embrutecedora que evidencia un embotamiento ruinoso que nos atrofia para los desafíos actuales e inminentes.

En efecto, basta dedicarle algún grado de atención serena  a las sórdidas confrontaciones entre hombres y sectores que se vienen dando para advertir que en las escasas polémicas serias uno de los contendientes, a veces los dos, se  desvían de las esencias de las controversias y  parecen   dar tumbos lamentables, sin encontrar los elementos básicos para razonar y sacar consecuencias lógicas y convincentes que pudieran orientar y que hasta podrían servirles para darles ganancia de causa en esos debates, que han debido ser intensos e interminables.

Un importante dirigente nacional que ha sido Presidente de la República tres veces lo resumió con la afirmación de que por desgracia “en el debate público no hay con quien conceptualizar”.

Y ha contribuido a aumentar los extravíos la moderna y fascinante tecnología digital que ofrece posibilidades, de vértigo, para expresarse sin que medie, ni importe la razón, y lo que se impone es la tórrida  robotización que hace del sujeto una especie de autómata, que renuncia al ideal de la lucidez y el discernimiento; que da por sabido todo cuanto ha expresado y sostenido como si fuera lo único válidamente aceptable.  Se creen conocedores de las cosas cuando, en realidad, sólo están esos actores sesgadamente informados.

En nuestro presente lo que se está dando es más deprimente; parece a ratos que nuestros actores políticos están muy convencidos de que todo cuanto afirmen no será apreciado, ni evaluado, por el pueblo al cual suponen, según parece, muy atrasado, incapaz de juzgar de qué lado está la razón en las disputas.  Es más, lo pavoroso llega a ser cuando los propios temas  nacionales esenciales son excluidos, silenciados a sordina o manipulados torpemente.

Esos actores están irremediablemente perdidos, pues, si bien es cierto que el pueblo puede ser confundido por una artificiosa propaganda o algún ardidoso condicionamiento, conserva no obstante instintos prodigiosos y ésto le permitirá siempre reaccionar y reajustar las perspectivas de su suerte.  De ahí es que suelen surgir sus reacciones tan espontáneas, como difíciles de controlar, una vez desatadas las incomprensiones.  Basta tener presente aquella admonición de Lincoln, el Iluminado, cuando dijera “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.”  Naturalmente, el padre Abraham se refería al pueblo.

En todo caso, lo del hoy nuestro es puro infortunio pues los que mandan no han podido captar hasta dónde va llegando el convencimiento público acerca de los peligros que le han impuesto los errores, las perfidias y las maquinaciones de los últimos tiempos.

Este es un gravísimo déficit del estatuto de los deberes a cumplir y la suerte nacional terminará por levantarse y exigir cuentas, más temprano que tarde.

Abisma comprobar que son muchos y diversos los escenarios o campos de controversia que no han sido mínimamente trillados o utilizados para el esclarecimiento de los rumbos y la disipación de las nieblas.  Tareas que se han dejado de cumplir sobre temas tan sensitivos como la pobreza nacional, la cuestión alimentaria, la inequidad social y la odiosa exclusión que conlleva, la seguridad pública, los peligros de soberanía, nacionalidad e independencia, que son los más obvios, y hasta la propia corrupción y la impunidad subsecuente, que se han manejado en base a insultos, descalificaciones y engañosas promesas de pulcritud ética, anhelada ésta supuestamente por quienes la demandan, muchas veces sin atender a su inmediato y oprobioso pasado.

El empleo público luce como un refugio sin propósitos de servicio, sin otro norte que no sea “hacerse”, “lo mío”, “quítate tú que voy yo”, en fin, un páramo, improductivo, parasitario, que mal que bien acude al naufragio del desempleo y logra paliar mínimamente las carencias de la familia.  Así todas las energías vitales de la lucha política se desgastan y consumen en obtener, o conservar el empleo, de vida o muerte, mientras en los planos altos de los negocios habita risueño el escándalo.

Todo ese abandono desastroso de la conducta de la dirección, no sólo la pública, sino de los propios sectores privados que tienen mecanismos de muy buen diseño para el engaño y la disimulación de sus provechos y ventajas, se perpetran con el convencimiento de que el pueblo nuestro “ni guarda rencores ni agradece favores”.

Esa parece ser su opinión, desquiciante, que finalmente tendría desenlaces de comprobación amargos, porque el pueblo no sabrá rendirse, ni hundirse en aquella decepción que se resume en que “es poco lo que se puede hacer verdaderamente valioso”, “que todo está perdido y lo mejor es largarse de aquí”.

Es como si ese amasijo de desencuentros, incomprensiones y garatas de mala laya fuera lo que ha venido incentivando un desencanto generalizado hasta convertirse en trágica decepción, capaz de desarraigar a tantos buenos hijos e hijas de esta tierra bendita de nuestros amores.

Ahora bien, donde resulta más catastrófico el extravío es en los peligros de Geopolítica relacionados con la apreciación de los trastornos mundiales y regionales que potencialmente podrían repercutir en lo doméstico.  Nuestros problemas fundamentales no son insulares necesariamente.  Tienen dimensiones jamás vistas en los planos regionales y mundiales.

Ese animal de pisada grande no nos acaba de inquietar, según parece, ni lo acabamos de comprender.  La estrategia del Estado Binacional en la isla no se ha desvanecido, pese a los cambios drásticos experimentados en el puente de mando del poder del Norte, sobremanera porque las convicciones de los hombres decisivos en las políticas públicas de allá, no ha habido interés de parte nuestra de aprovecharlas y compartirlas y, muy por el contrario, lo que se ha hecho es seguir trabajando en la sombra desde los oscuros resquicios del injerto traicionero para ver de qué forma se logra anarquizar institucionalmente a este legendario y pequeño Estado-Nación, que se le llegara a considerar el pequeño David del Caribe.

Tampoco se accede en la forma intensa y sincera que lo demandaría ese “abrirse paso” del narco, que parece indetenible, cuando se infiltra en la vida pública nacional en todos sus estamentos y logra el control y el dominio de sus espacios cruciales.

Asimismo, las señales tan claras e impresionantes que están llegando desde los centros de pensamiento de la lucha mundial antidrogas, no se asumen ni se advierten como peligros letales, y es en medio de esas carencias y de tantas miopías cuando en forma de superficial  exhibicionismo, se asumen pujos tan delicados como críticos del establecimiento de relaciones formales y permanentes de carácter diplomático con la China Popular, en una forma verdaderamente inoportuna, en grave y sorpresivo desprecio del consecuente aliado que fuera Taiwán durante siete décadas; sobre todo en el momento mismo en que estallaba la guerra de comercio más importante de la historia entre las dos potencias mayores del mundo, tratando de establecer, conservar, proteger y recuperar “sus legendarias rutas”.

Como se advierte, la problemática nacional ha dejado de ser simple y de fácil acceso al examen eficaz.  La torpeza y las limitaciones del debate nacional están siendo casi cultivadas, se podría decir, por los enclaves siniestros y poco visibles del poder mundial, que de una manera u otra ha olvidado lo sensitivo que ha sido en la historia el paso de las conquistas, en sus luces como en sus sombras, teniendo por base o sede fundamental Santo Domingo.

Hablo muchas veces de que quizás esté entre los propósitos más disimulados de nuestros avatares el objetivo de que se logre desarrollar una balcanización en el Caribe en esta isla, que vendría a ser tan sensitiva y vital como lo han sido Chipre o Taiwán en medio de las grandes tensiones y conflictos del mundo.

Juan Bosch lo columbró, no hay dudas; venció a su propia índole intemperante, fuerte, siempre al servicio de los más altos destinos nacionales y salió, casi ya en la ancianidad, a fundar un partido político que al ser anunciado hace ya 45  años pasó a ser objeto de rechiflas y de sórdidas alusiones, pretendiendo hacerle aparecer como un desvarío, como algo resultante de un resabio senil y no reconocerlo como un sueño enorme de aquel prócer de la República, cuya vida estuvo plenamente dedicada al apoyo de todo cuanto fuere progreso, desarrollo y superación de la tierra en que naciera.

Cuando él consintió la confluencia con fuerzas políticas que les fueran adversas por décadas, a las cuales combatiera con irrepetible tenacidad, en realidad optaba por transigir y confluir porque así lo determinaba su clarividencia se le imponía a las propias limitaciones de su edad y de las  menguas aparentes de su salud.  Ocurre que en esos hombres de excepción los sentimientos fundamentales acerca de lo que debe ser mejor para su país les acompañan siempre hasta el momento mismo de su muerte.  Los sobrevienen propiamente y el respeto por sus hazañas políticas y morales “no perecerá”

Esta entrega la titulé “De las Desgracias Nacionales” porque quería exponer a grandes rasgos, sin detenerme en detalles, la fase de descuido dañoso que se le está imponiendo a nuestra República Dominicana, cuya liberación fuera el eje profundo de la formación y permanencia posterior en el poder  del Partido que imaginara, como estrategia nacional, aquel hombre público tan incomprendido, tan combatido, que le dedicara largo más de medio siglo a su pueblo, cargándole en los hombros de su inteligencia inigualable y de la limpieza trascendental de sus ideales.

En una hora de desgracias nacionales siempre será útil y conveniente evocar  los mayores paradigmas del pueblo que las sufre.  Es por ello que he terminado rindiéndole tributo a la memoria de aquel Everest de la dignidad nacional que fuera Juan Bosch.  ¿No les parece a ustedes provechoso el ejercicio espiritual?

 

 

 

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