Síntomas Sombríos

En la región han aparecido síntomas que dejan pocas dudas de que están en curso acontecimientos históricos, verdaderamente excepcionales, capaces de alcanzar niveles sin precedentes.  Algo tan importante y grave que cuesta trabajo imaginarlo en sus consecuencias.

El último síntoma no debe subestimarse en ningún caso reputándole como un alegato malicioso, uno más, de los conocidos en las pugnas verbales entre los presidentes de Venezuela y Colombia.

Es por ello que me he sentido en necesidad de abordarlos, pues desde  hace ya  un buen tiempo anticipé que para nosotros en el Caribe los sucesos por sobrevenir en el norte caribeño de Sur América tendrían repercusiones muy trágicas.

En este mismo blog, La Pregunta, escribí acerca de la conflictividad de Venezuela  bajo títulos tales como: “Venezuela preocupación de todos”, del 4-10-17; “El Día Después”, del 18-10-17; “Chávez, el valor de una Ausencia”, del 25-10-17 y “Venezuela y su Laberinto”, del 1-11-17. Todos pueden ser consultados.

En ellos, como en múltiples programas de La Respuesta, no solo  explicaba mis convicciones y presentimientos desde  una perspectiva netamente  chavista  sobre los orígenes  del fenómeno popular bolivariano, sino  también cuál era la peligrosa deriva del mismo, una vez desaparecido  el líder inmenso que lo inspirara.

Algunos entendieron que mis posiciones actuales sobre el trascendental tema de Venezuela eran parte de mi hondo desagrado con el sucesor de Chávez por la forma inconsecuente en que se había comportado contra nosotros, los dominicanos, en momentos  muy duros en los cuales  se nos acusaba de ser un pueblo agresor y xenófobo frente a un Haití victimizado, cuya defensa la asumía  el presidente venezolano como algo “legítimo y muy propio”.

Mi enojo fue grande, ciertamente, tanto que me negué a aceptar la excusa que algunos amigos del chavismo le quisieron dar a esa actitud fundándola en que no era otra cosa que la necesidad de los votos de las pequeñas islas que, como Estados, defenderían al gobierno bolivariano ante los asedios de OEA.

Sostuve de mil modos que eso no lo hubiese hecho  Hugo Rafael Chávez Frías en ningún caso, y que precisamente eso era lo que diferenciaba su paso breve y brillante por la vida y la gloria de su liderato de su mediocre sucesión que, como ha ocurrido tantas veces, no pudo conservar su idealismo y las generosas actitudes adoptadas en tantas situaciones de peligrosos acosos en que se viera aquél, de las cuales saliera siempre vencedor, a la postre.

Por ello no me arrepiento de haber escrito en ocasión de su doloroso velatorio entre mis tristes y modestos versos, ésto:

Me pregunto, ¿porqué tan corto tu paso?

¿será el enigma de siempre?

a veces no entiendo,

el papel de la muerte

 

Ni una gota de sangre,

nada de lágrimas,

ni una reja,

hombre de Dios, ¿qué ocurrió?

¿avaricia del cielo o maldad de la tierra?

 

Pero bien, la realidad es que los hechos se han hecho cargo del presente y tenemos ya muy de cerca las tormentas; y es  sobre ello que todo debe versar.

Maduro acaba de ver por primera vez la cara impresionante del magnicidio.  El modo de su ejecución, según revelan los medios de prensa, fue sofisticado, pues se hicieron explosionar dos drones, cargados de explosivos como el C-4 que, de no haberse interceptados, hubiesen destruido una tribuna repleta de oficiales y funcionarios de mayor nivel, abriéndose con ello las puertas de una guerra civil de proporciones inimaginables, con saldos tan horribles como los de España en el año treinta y seis.  Algo que en el horror nada tendría que envidiarle a aquella hecatombe.

He creído, a medida del paso del tiempo, que la tragedia palpable de Venezuela no será evitada por la violencia pues, de dividirse las fuerzas armadas, aquella facción que gozare del apoyo de milicias populares se haría imbatible y ésto conduciría a desenlaces de violencias aún mayores como son los de toda dictadura que surja del triunfo de las armas.  Sigue siendo España referente, como umbral que fuera de catástrofes espantosas.

Por eso he sostenido, todo el tiempo, que sólo las fuerzas armadas unidas en el ideal de un chavismo esencial podrían reabrir paso a la democracia participativa, tal como el gran líder lo hiciera, no una sino varias veces, hasta en pruebas de referéndum como el que perdiera y reconociera de inmediato, algo que no supo hacer su sucesión al ser derrotada en unas elecciones de asamblea.  Esa sola muestra de contraste basta para probar las diferencias.

En verdad, este proceso de Venezuela me ha hecho pensar mucho en el de Chile, claro está guardando las distancias, pues pude oír al líder fundamental del comunismo, Luis Corvalán,  en una transmisión de la Radio Moscú de entonces quejarse de la desenfrenada  presión del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) para arrastrar  al Presidente mártir al  error de  exponerse demasiado al recelo violento de aquellas fuerzas armadas, que no  consentirían el establecimiento de una experiencia similar a la cubana.  Esto, desde luego, contando con el apoyo abrumador de los poderes de la tierra, alojados en el norte.

Corvalán, desde luego, no hizo alusión a que quizás el componente más sensitivo de aquel recelo militar se había aumentado en ocasión de la visita y permanencia durante un mes de un líder revolucionario de connotación mundial como lo era Fidel Castro.

El líder comunista más bien se refirió a la impetuosidad de Altamirano y el MIR, que presionaba en la calle y en los campos en forma impresionante a aquel hombre formidable que presidía Chile, médico eminente que había perdido cinco elecciones antes de alcanzar la presidencia y que en la hora de la gran prueba de la muerte, se comportó con todas las características del héroe mártir, luego de una alocución desgarradora al pueblo de Chile, bajo el bombardeo inclemente del Palacio de la Moneda, asiento de su gobierno.

Al ver ahora el caso de Venezuela se tiene que admitir que las circunstancias difieren, al menos en una apariencia considerable, pues las fuerzas armadas bolivarianas se han mantenido unidas en apoyo de la experiencia del establecimiento del socialismo del Siglo XXI, que Chávez, he de repetirlo, el gran líder militar, perdiera por medio punto en referéndum y que sus sucesores lo intentan hacer luego de haber sido elegida una asamblea nacional adversaria, que preciso es apuntarlo, cometió la enorme torpeza de decir su presidente que al gobierno de Maduro le quedarían sólo seis meses de existencia.

Fue ahí donde surgieran todas las sinrazones y el tollo inmenso de acusaciones y contraacusaciones interinstitucionales que han llevado a Venezuela a una estado penoso y deprimente de desgracia económica, de confusión social, de incertidumbres políticas, generadora de un éxodo patético de millones de venezolanos de todas las clases desperdigados lastimosamente por toda América.

En síntesis, se podría decir que lo que Chávez no alcanzó y respetó lo han impuesto sus sucesores en una forma turbulenta de trastornos institucionales, donde la propia oposición ha sido todavía más mediocre y desacertada que los que gobiernan Venezuela.

Cabe preguntar, pues: ¿Estamos en presencia de nuevos Altamiranos y de un MIR Venezolano? ¿Podrán éstos imponer el régimen socialista del siglo XXI en la forma en que lo intentan?

Me ha ocurrido, como otras tantas veces en el análisis, que no me he podido adaptar a las posiciones ideológicas que en un sentido o en otro están sirviendo versiones como caldo de cultivo para ahondar los desencuentros.

En la tragedia chilena, por ejemplo, me ocurrió que dos libros que pude leer me han condicionado en forma que entiendo mucho más segura que otras brillantes que se han escrito sobre la tormenta Pinochet.  El “Yo Augusto”, por ejemplo, de Ernesto Ekaizer, es una dolorosa demostración de lo que fue aquel espanto.  Sin embargo, las dos obras a que me refiero me han ayudado más a comprender aquel desastre y a poderlo columbrar como desastre, en otras latitudes, que es el caso de Venezuela.

Me quiero referir con la mayor emoción y respeto al libro “Memorias de un Soldado” que contiene el diario del general Carlos Prats González, que fuera el Ministro de Defensa de Salvador Allende, en el momento mismo en que estallara aquel infierno.

Prats González era un oficial de gran prestigio y se le percibía como el continuador más idóneo del asesinado general Schneider, quien había sido ejecutado dos años antes en pleno centro de Santiago de Chile, cuando encabezaba el liderato militar más brillante, que tenía como eje irremovible el respeto debido a la autoridad civil por las fuerzas armadas.  La llamada PRESCINDENCIA.

Carlos Prats González fue dejado salir al exilio por Pinochet, no por generosidad, sino como una forma de poderle matar en el extranjero, como se hiciera en Argentina al explosionar el auto en que lo acompañaba su amada esposa. Ésto bastaría para mantener muy en alto la admiración y el respeto por aquel oficial insigne de su patria.

Lo que ese oficial mártir refiere en la “Memoria de un Soldado”,  indica hasta dónde desde el litoral político pueden los pueblos recibir los peores extravíos y cómo la mala fe y las intrigas infiltran las instituciones tutelares que como las fuerzas armadas puedan llegar a producir hondos desagrados entre sus mandos superiores intermedios, así como a posibles rebeldías de sus clases y soldados.  Tal horizonte es insondable.

Desde luego, el análisis de las fuerzas armadas bolivarianas de hoy ya puede ir insinuando la aparición de grietas, que en su caso serían aún más trágicas, porque si se desploma la unidad y se dividen los cuerpos armados aquella facción que cuente con el apoyo de las milicias populares, según indico anteriormente, podrían resultar dominantes y seguras  vencedoras en una contienda, pero, siempre con el riesgo inmenso de lo que pueda sobrevenir de un desastre de tales magnitudes.

Muchas veces hago entre mis amigos una reflexión que puede parecer excesiva: Venezuela está expuesta a pasar por una experiencia cien veces más grave que la guerra patriótica del ’65 de nosotros, con la característica diferencial de que no se podría pensar en una intervención extranjera capaz de paralizar los sanguinarios acontecimientos que todo ello conlleva.

El otro libro que me ha condicionado mucho, “Miguel Claro #1359”, fue escrito por un Embajador de Italia que llegara a Chile un día después del alzamiento militar y que no podía presentar credenciales porque ya el Presidente estaba muerto y no existía el gobierno, pero que asumió responsabilidades infinitas en el asilo a cientos de ciudadanos chilenos despavoridos, entre los cuales se encontraban líderes del MIR y Carlos Altamirano.

Ese Embajador, Tomaso de Vergottini, estuvo aquí en la república Dominicana.  Tuve la oportunidad de conocerle cuando ya estaba afectado severamente por el Mal de Parkinson; recuerdo que fue honrado por el Ayuntamiento de Santiago, en Chile, por la forma denodada y heroica en que se comportara en la defensa de sus asilados, cuya liquidación sanguinaria fuera pedida por diarios del más alto nivel de importancia de Chile, bajo el alegato de que, como no había presentado credenciales ante nadie, Italia no tenía embajada; que lo que había allí (más de cuatrocientos asilados) podía ser asaltado por las fuerzas, ya dirigidas por Pinochet.

Ese testimonio del diplomático me enseñó mucho acerca de lo perforada y dañada que estaba la sociedad chilena en cuanto a no reconocer que la muerte de aquel presidente esclarecido era una barbaridad, al tiempo que aprobara que uno de sus verdugos pudiera permanecer en el poder durante tres lustros, aunque, preciso es reconocerlo, un referéndum terminó por derrotarle cuando se planteó la cuestión de saber si podía seguir sirviendo como Senador vitalicio.  En fin, todo el resto de la sórdida historia de este personaje ha sido intensamente expuesta.

Volviendo a Venezuela y su síntoma último del magnicidio frustrado, caben tantas preguntas y es tan difícil imaginar una salida ordenada, en que se pudiera restablecer el estado de derecho sin el secuestro de su brillante Constitución y sin los odios y rencores repugnantes de una oposición política que también ha estado por debajo del nivel de compromiso para evitar, o contribuir a que no sucedieran las sinrazones, que le fueron dando cuerpo a la expresión de poder de la actualidad, que evidentemente no podrá sostenerse con sus tónicas.

En estos días fue expresada una muestra de tales tónicas por el Presidente Maduro, en forma abiertamente soberbia y desesperada cuando, al referirse a las medidas extremas para rescatar y salvar su economía arruinada, cerró su alocución con una infortunada expresión: “ESTO VA A LAS BUENAS O A LAS MALAS”.

¡Por Dios!  No sabremos nunca qué podría pensar aquel líder inmenso que fuera Chávez de estos errores y extravíos de la gente en la que él confiara para darle cuerpo y consistencia en las décadas por venir en el quehacer público venezolano, como una fuerza política popular, más recia y sostenible que el Peronismo de Argentina, capaz de llevar a cabo grandes conquistas de justicia social, de mantener redimida algo que yo he llamado muchas veces “la Venezuela sumergida”, que, desde luego, no se puede convertir  en látigo del otro hemisferio de la población desperdigada y deprimida; que lo que se debe es tender puentes amables y constructivos hacia un estado de derecho verdadero, en procura del progreso de todos, unidos, en aquella generosa nación tan querida por todos.

Los síntomas son sombríos  y pueden estar indicando quebrantos fatales que no son merecidos, ni por Venezuela, ni por el resto de la América nuestra.

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