No son divagaciones, hablan los hechos

Divagar:  Del lat. divagāri.  1. intr. vagar2.  2. Intr. Separarse del asunto de que se trata.  3.Intr. Hablar o escribir sin concierto ni propósito fijo y determinado. (R.A.E.)

 

Ordinariamente se utiliza lo de divagar como una calificación para describir la desorientación, propia, o de alguien que no tiene elementos de juicio estables respecto a cualquier situación a ser considerada.

Denota el término que no se tiene opinión terminante, definitiva, respecto a lo que se le propone o presenta al sujeto para que asuma una convicción al respecto.

Es más, refleja la divagación cierto grado de duda y vacilación que para quien la siente y practica, bien le sirve de excusa para no tomar decisiones, ora de refugio a su descreimiento.  En el peor de los casos puede ofrecerse como un déficit patológico, entonces el caso es mejor dejárselo a la compasión.

“Está divagando”, se dice, para explicar la no comprensión de algo que se tiene por delante, que puede concernirnos pero que no se acaba de descifrar o definir la convicción esperada.

Cuando ésto se refiere a cuestiones individuales se puede siempre considerar que se trata de cierta muestra de prudencia, de reserva e irresolución quizás innata en el sujeto, que termina por merecer cierto respeto a sus peculiares posiciones; desde luego, siempre se corre el riesgo de que todo obedezca a algún grado de cinismo malicioso de alguien que no quiere exponerse, ni guardar silencio; es decir, una actitud que no lo lleve a contraer compromisos ni responsabilidades.

No ocurre así, sin embargo, cuando la situación a considerar se refiere a cuestiones trascendentales relacionadas con la suerte nacional.  Entonces, cuando se divaga, o se dice que se divaga, el asunto requiere un rango de atención mayor, porque de la suma  de actitudes y resoluciones  individuales dependerán en gran modo las reacciones colectivas sobre esos temas tan delicados como son siempre los de la Patria.  Ésta mansa madre que, aunque tolerante y generosa con quienes la decepcionan con sus descuidos e inconductas llega a un tramo en que exige decisiones fundamentales de sus hijos.

En las circunstancias nuestras del presente se está dando una especie de limbo donde se alojan tanto el asombro del descreimiento, como la ingenuidad típica de muchos pueblos que parten del trágico error de considerar el “NO PUEDE SER”, es su consuelo, hasta que les llega la necesidad de la rebeldía iracunda de los desengaños.  O los aplastamientos del despotismo cuando no hay nada qué hacer, que sabe ejercer décadas de opresión.  Sufrimos la cruenta experiencia, en el año treinta del pasado siglo.

Sin embargo, siempre llega el tiempo en que se abandonan las divagaciones y suelen llegar las reacciones tetánicas del arrojo suicida de los puñados convertidos en guías abruptos, insospechados, de cuya identidad puede no saberse nada, antes de la aparición de las “teas de las gestas” que pueden llegar a ser, quizás, sólo un escabroso desorden.

Nuestro pueblo puede exhibir, no obstante, muchas pruebas de su historia en las que se le ha creído rendido o dormido y de repente se ha levantado en términos incontrolables, siempre gloriosos, luego de padecer muchas divagaciones acerca de su suerte.

En mi experiencia de tantos años estoy sintiendo que nos aproximamos a una de esas encrucijadas.  Se ha venido abusando en demasía de la buena fe y de la proverbial candidez del pueblo nuestro y paradójicamente las alarmas no se las está disparando lo que se escriba o se diga, sino más bien  la evidencia de los hechos que están ofreciendo demostraciones inequívocas de la trama enorme  que se preparara para liquidarnos como Estado, arruinarnos como nación, de hacernos parte de un ensayo infame de Geopolítica.

Todos los augurios y presentimientos se han ido cumpliendo pasmosamente.  La hora de los desenlaces se nos viene encima y los momentos son cruciales para movilizar las reacciones.  Por ello no se hace posible el retraimiento contemplativo; es el tiempo de amarrar fuertemente  lo que se debe hacer con la determinación de hacerlo y abrazar las acciones debidas. Es crucial el tiempo presente, en todo caso.

Ahora bien, ¿por dónde andan y vienen los peligros?  ¿Ha habido error o retardo al identificarlos? ¿Permitirán las divagaciones que les han acompañado como un limbo estridente que se puedan oír, para obedecer, voces de mando de defensa de la nación herida de muerte?

Es hora de unidad y lucha y sólo traicionarían aquellos que no reclamaren su lugar, con el alma limpia y encendida para cualquier sacrificio  ¿Tenemos realmente esa vocación inmolatoria?  La traición ha contado con que no la tenemos.

Y ha sido su error básico no creer en el heroísmo posible de nuestra gente.  Ha estado convencida la traición de que la deshonra macerante que se nos impusiera, a escala mundial, abatió lo sentimientos altos que sirven de alas al idealismo.

Confía y cree la traición en que la composición siniestra del Pacto Implícito entre Geopolítica, los grandes negocios y las mafias, con objetivos diversos pero confluyentes, será capaz de doblegar hasta el instinto de conservación de la propia existencia de la Patria.

Ahora bien, admito que lo que pudo complicar más la comprensión de las circunstancias nacionales residió en el hecho de que las más importantes y agudas estaban y están estrechamente vinculadas con aspectos de cuestiones mundiales, cuyo curso, control y manejo no están en nuestras manos.

Trataré a grandes rasgos de señalar algunos de esos tópicos para medir, en principio, su complejidad y lo inexorables que resultarán sus influencias en nuestros destinos.

Entre muchos escogeré cuatro cuya enumeración podría bastar para avistar lo grave de la situación actual.  A saber:

a) Ocupación lenta y masiva de nuestro territorio con su consiguiente desplazamiento del empleo nacional y sus subsecuentes aberraciones de consumo impropio y abusivo de recursos vitales de salud y educación (Ello acompañado de las agresivas deformaciones y los desórdenes en el estatuto de nacionalidad, cuyas fronteras jurídicas han sido devastadas);

b) Asimismo, los penosos daños en la reputación de tantos elementos y sectores de la vida nacional alcanzados por los tremendos efectos de escala mundial del caso Odebrecht;

c) Las  sensitivas secuelas que se están suscitando en ocasión del establecimiento de relaciones diplomáticas  formales con una superpotencia económica, muy distante, en los momentos en que se inicia “la madre de todas las guerras comerciales de la historia” con otra superpotencia, muy cercana; y

d) para colmo, la atribución acusatoria internacional que se nos hace de ser, ya, un punto central y clave, no sólo para el tráfico de por lo menos el quince por ciento de la droga del mundo, sino que  ésto está supuestamente conectado con la actividad delictiva de mandos políticos muy sensibles de la región; crispada como está, por cierto, en medio de angustiosos avatares por obra de situaciones de Geopolítica mayor.

Obsérvese que no doy nombres, adrede, y es porque sé bien que a estas alturas para hacer la prueba de la realidad de su existencia bastan las menciones de hechos y situaciones; además, porque así se me entenderá mejor puesto que no busco urticar ni  sacar provechos políticos, ni infligir perjuicios de ningún género a nadie en las sórdidas bregas de poder que se escenifican en el día a día nuestro.

Lidiar con esos percances se ha visto que está muy por encima de las posibilidades, no sólo de los que mandan, sino también de quienes dicen ser sus opositores; es bueno no olvidar las tensiones entre éstos que sólo han servido para calentar bajas pasiones de desencuentros, que unidas a las desavenencias intrapartido, que también han venido a servir para la destrucción de todo atisbo de unidad nacional, cosa ésta imprescindible para poder enfrentar “la cirugía mayor” de nuestro yugulamiento como Estado y como Nación.

Bueno es, además, no perder de vista que los actores fundamentales de ese estado de cosas están radicados en la Triple Alianza implícita y concebida sin necesidad de acuerdo previo y connivente de sus tres vertientes, de enorme poder, donde se deslizan acciones simultáneas de la Geopolítica, los grandes negocios y el Crimen Organizado.

Naturalmente, hemos tenido también la fatalidad geográfica nuestra que, de brazos con nuestra historia, han servido de base decisiva a muchos de nuestros infortunios; el último de los cuales ha sobrevenido tanto tiempo después de haber sido un pequeño Estado, domicilio de un pobre y muy noble pueblo que hoy como nunca demanda de sus hijos la prédica martiana “La patria es agonía y deber”.

No es difícil imaginar los tumbos que hemos venido dando como efectos directos de las raíces e implicaciones internacionales que tiene nuestra conflictividad, ayudado todo por la atrofia de nuestra capacidad de respuesta y en medio de una caótica fractura de la cohesión nacional, tan averiada y podrida como está,  hasta las náuseas.

Hay muchos, así lo creo, que de buena fe creen que lo que hay que hacer casi como cuestión única es convertir al país en una extensa Sala Penal en la persecución de los actos de corrupción pública, no privada, castigando a unos cuantos porque así se empezaría a salir de los peligros.  Es decir, aspiran de ese modo a que desaparezcan los fines y objetivos propuestos por el Pacto Implícito, sólo con ese esfuerzo muy válido, como eje de la vida nacional..  Y no es así, precisamente porque la trama “se ocupó de muchas maneras de alentar las peores cosas  y se podría decir que fue parte esencial de su modus operandi.

En fin, son tan cerradas las hebras del lazo con que se ha pretendido atarnos de pies y manos, que necesariamente será por obra del tajo de la violencia, siempre trágica y tormentosa, que se emprenderían las jornadas por una verdadera liberación.

Han ido tan lejos las traiciones, que ya de  lo que se debe  hablar es de liberación, una  vuelta intrépida al sueño de  Duarte; el mismo que alucinó al esclarecido hijo de esta tierra que tuviera la luminosa  previsión de presentir los peligros que correría ese sueño y fundó un  partido político de leyenda, que llegara a ver hecho poder  cuando ya partía para siempre.  Ese poder que se encargaría de llevarle  por derivas desastrosas hasta hacerse irreconocible.

Pero el pueblo para el cual se concibió aquella organización política permanece y las emboscadas tendidas por el Pacto Implícito mencionado no podrán poner de lado las esencias heroicas de su índole y “vendrá la primavera” de una real y definitiva liberación nacional.  Será derrotada la liquidación propuesta y una vez más la Divina Providencia proveerá la salvación junto a los esfuerzos y sacrificios de nuestro pueblo.

Parecería que divago, pero son tan patentes aún mis vivencias de las reacciones indómitas del pueblo nuestro que sólo tendría que invocar  el tiempo como el único aliado para hacer la prueba  de que mis pálpitos han sido válidos en cuanto a que ésto no ha ido bien  y que  el desenlace  no será, por desgracia, ni risueño ni pacífico.

Ahora bien, en realidad ¿Qué hay más allá de esas adversidades como peligro?  ¿Cuál es el mayor de los que aguardan en esta fase del proceso público nuestro tan grávido de incertidumbres?

Creo que el pacto implícito antinacional procurará siempre utilizar su recurso de aseguramiento máximo de sus intereses y nos expondrá a la pérdida rotunda de nuestra independencia por obra de fuerzas extranjeras multinacionales bajo el pecaminoso palio de innombrables Organizaciones, regionales y mundiales que dicen tutelar lo que llamo la “Comunidad Infiernacional”.

Por suerte ese peligro ha estado desde el diseño original, cuando la locomotora mayor de la trama, desde el norte, tenía mil y un motivos para anhelar situaciones tan ventajosas a sus intereses sin considerar la tragedia de un pequeño estado a ser borrado, uno más; desde luego alegando “la sagrada seguridad de la paz regional” y “la protección de los derechos humanos” de forma fríamente selectiva.

Algo odioso y brutal, tanto como lo fuera la experiencia de Hitler cuando analizaba al mar Caribe como escenario posible de su guerra y se suscitara la mención de nuestra existencia, ocasión en la cual simplemente se limitó a usar su dedo pulgar para borrarnos del mapa.

Imaginen ustedes si yo hubiese incluido en la enumeración de los tópicos el de la estremecedora inseguridad pública. ¿No hubiera tenido la necesidad de utilizar todo el espacio en ello?

Escoja usted, amable lector, de todo lo expuesto qué puede haber de divagación y qué de hechos.

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