Mi Padre, su desaliento y su último viaje

Algunos amigos me censuran por lo que dicen es mi pesimismo de los últimos tiempos.  Incluso, no entienden porqué teniendo una buena salud mantengo esa insistencia en aludir al final cercano.  No entienden plenamente el divino diseño de la vida, ni cómo el ser humano se puede ir acomodando a la idea realista de que habrá un inexorable tiempo en que ya no se estará presente.

Mayor es su error, en mi caso, pues la exposición de mi vida desde hace décadas, derivada de algunas de mis luchas, necesariamente me familiarizó con esa posibilidad de desaparecer por causas no naturales, pero muy previsibles dados los tiempos terribles que nos ha tocado vivir: la Dinastía del Crimen Organizado, se podría decir.

Pero bien, a los buenos amigos hay que agradecerles su interés de saber de uno, triste sería su indiferencia.

Por ello, en honor a su reclamo respondo a una cuestión relativa a algo que planteara en mi anterior entrega “Mi Madre tenía razón”.  Lo haré con un dejo natural de relato, que tan útil y apropiado me resulta para organizar los recuerdos.

Veamos el intento como si fuera una post data de la entrega de La Pregunta precedente.

Era el principio de la década de los años veinte.  El legendario abogado desayunaba en el Hotel Colón de Santo Domingo, cuando se presentara a su mesa un joven oficial de la recién creada  Guardia Nacional, en plena ocupación militar de la República Dominicana por tropas norteamericanas.

Le dice el oficial al abogado: “Quiero tratarle, don Pelegrín, un grave caso que me ocurre”; “Siéntese y acompáñeme a desayunar. Explíqueme qué le pasa”, responde el ya famoso abogado. “Me acusan de haber violado una joven en San José de Los Llanos, nada menos que en una iglesia y soy inocente”; “quieren arruinar mi carrera, todo porque el día de la Independencia, el 27 de Febrero, ordené izar la Bandera Dominicana en la fortaleza de El Seibo”

 “¿Tiene usted testigo de tal cosa?”, pregunta el jurista y responde el oficial: “Por supuesto que sí, Don Teófilo Hernández”. “Cuente entonces con que lo habré de defender, porque ese sería un testigo muy serio y confiable.”  Terminado el desayuno se despidieron con agradable cordialidad.

Pelegrín Castillo y el joven militar, Rafael L. Trujillo M., no se volvieron a ver más y según pareció éste resolvió el grave caso ante un Consejo de Guerra de un modo no judicial, en base a las posibles influencias de sus mentores extranjeros.

Pasaron algo más de diez años y en un almuerzo en la Masión Presidencial el flamante Presidente dominicano Rafael Leonidas Trujillo Molina le respondía  a un político intrigante que en la sobremesa le dijera: “Usted, Presidente, no tendrá seguridad en su gobierno mientras Pelegrin siga conspirando en el Cibao”.  “Usted está equivocado”, le repuso el Presidente“Don Pelegrín lo que está es muy enfermo en su finca en Los Cerrejones del Yuna”.

 Llamó de inmediato a un oficial, oriundo de Puerto Rico, que se quedara en el país y luego fundara una  familia muy amable y prestigiosa, ordenándole el Presidente lo siguiente:  “Flores, vaya de inmediato a los Cerrejones del Yuna y dígale  a Don Pelegrín que he sabido de su grave quebranto; que regrese a su casa  y si tiene interés de salir al extranjero tiene el permiso de mi gobierno, y dígale también  que si necesita recursos se los daré”

 Mi padre agradeció el gesto, aunque le dijo al oficial Flores: “Yo le agradezco, además, su oferta de recursos pero no los necesito, pues tengo casos en justicia que me los cubrirían”.

Ese era el mismo hombre que tres meses después, muy estragado por el cáncer, escribiría en el buque del viaje a Francia en los términos que explico al principio de La Pregunta precedente como un relato del alma.

Una útil reflexión final consistiría en preguntarse: ¿Por qué aquél hombre de poder, tan implacable con los demás frente a éste otro, que lo combatiera con tanta vehemencia, se comportaba generosamente?  Según he creído siempre lo favoreció porque existe un extraño componente psicológico en el autócrata que lo lleva en sus hondos resentimientos a no olvidar agravios para la venganza rencorosa, pero también a no olvidar favores o distinciones para hacer algún ejercicio de gratitud.

Ese es el enfoque técnico más aceptable.  Desde luego, en nuestro caso su índole endurecida proclive a la intolerancia criminal no desapareció, pues, tres lustros después de aquella prueba de generosidad frente a un adversario, resultaba ahorcado en una de sus fortalezas un hijo de aquel hombre, sin que se dudara de que fue un castigo a la rebeldía de ese hijo que llevaba el nombre de Hostos Pelegrín, en honor del Maestro que lo había forjado.

Es más, en el único artículo periodístico que escribiera en su vida aquella fuerza de la naturaleza  que fuera ese hombre de poder en el diario La Información de Santiago, se dedicó a elogiar al general Manuel Marcelino (a) Jimaquén, un exponente de nuestra Manigua, a quien el brigadier Trujillo de entonces reconoció al grado de afirmar que aquel modesto soldado de Samaná le había servido a la República tanto “como un hombre de vanguardia, como lo hicieran Santiago Guzmán Espaillat o Pelegrín Castillo”.

Sin embargo, un importante miembro de mi familia tuvo siempre un parecer diferente en cuanto al permiso de salir “al extranjero” aludido y nos dijo siempre:  “Lo dejó salir, porque sabía  que  ya no regresaría”.  “Era una manera  de dejar que fuera el cáncer el encargado  de matarlo, no su gobierno, que Pelegrín combatiera desde que se comenzara a avizorarse que vendría, como vino”

De todos modos, he querido traer esa entraña de mi orfandad en honor de su memoria y resaltar la limpia integridad con que obraba en sus luchas y posiciones aquel ser humano sometido a tantas vicisitudes que no lograran vencerlo.

Quiero ir más lejos y relatar hoy, como lo he hecho pocas veces, algo que ocurriera la misma noche del treinta de mayo en el rutinario paseo de Trujillo por el Malecón.

Un importante diputado M.A.P., tenido como su amigo incondicional, le dijo:  “Jefe, por poco tiene usted un tiroteo hoy en la Cámara; el amigo J.S.” (también diputado), “se molestó mucho con uno de esos jóvenes que usted ha nombrado allá porque le faltó el respeto (GGC) cuando se discutía la abolición del Concordato; lo retó de mala manera”

 “Suerte que otro joven que usted también trajo de San Francisco tuvo una intervención brillante y apaciguadora, demostrando que no se podía hablar de suprimir el Concordato sin antes hacer una Reforma Constitucional, porque el mismo figura como parte de la Constitución y que, además, no era aconsejable olvidar que nuestro pueblo es predominantemente católico, por lo que habría que pensar, en todo caso, en las razones que pudo usted tener para darle tal rango al acuerdo con la iglesia”

Según otros dos testigos muy idóneos, V.A.P. y P.P., que así lo refirieron, se produjo cierto asombro de muchos del grupo ante la reacción de Trujillo, que fue muy extraña al limitarse a decir:  “Ese es el que se parece a su padre”.

En realidad, una respuesta difícil de explicar dado el encono que había ya entre ese hombre de poder y la iglesia, que tanto apoyo le brindara durante décadas.  Dos horas después caía abatido en el magnicidio que cambiaría nuestra historia.

He ahí una muestra de la compleja psicología del autócrata que podía llegar hasta al respeto admirativo de quien lo había adversado, pero que había tenido un gesto gentil cuando solicitó sus servicios siendo apenas un anónimo teniente.

Aquel hombre, autócrata por antonomasia, como se explica en la psicología individual profunda, era tan capaz de recordar agravios para vengarlos y de no olvidar condescendencias en los tiempos en que todavía no era poder, y resultar luego capaz de gestos de gratitud, o de admiración, por quien le combatiera en la plaza pública valerosamente.

Era el mismo hombre que lo había invitado a desayunar y a explicarle porqué requería su defensa en ocasión de un expediente repugnante como lo era la violación de una joven en un templo; el profesional importante que accediera a ser su eventual defensor, siempre que se contara con el testimonio de alguien tan prestigioso como don Teo Hernández, ofreciendo su versión acerca del izamiento de la bandera el día de la Independencia.

A mis amigos vivo amonestándoles cuando lucen desconectados de los vínculos fuertes, quizás misteriosos, que se establecen en el espíritu al examinar el presente y evocar el pasado, como una manera de vislumbrar cosas delicadas de futuro.

Nosotros estamos en momentos muy aciagos, afrontando peligros especialísimos sobre aspectos de la vida nacional tan sensitivos que entrañan posibilidades muy dolorosas como lo sería la desaparición, o la descomposición galopante e indetenible de las esencias del Ser nacional.

De ahí es que cuantas veces escribo, o expongo en la televisión, aparecen elementos, si no indescifrables, complejos, que a mis amigos les pueden quedar en el terreno de la duda y con ello terminar por no comprender hasta dónde quiero llegar en la calidad profunda que quiero atribuirle a mis reflexiones.

Me cuido mucho de mis evocaciones para mantener los hechos y los recuerdos intactos, pues, contar los hechos de otro modo al que ocurrieran es la mentira; negarlos, o silenciarlos incluso, seguirá siendo mentira.  Asímismo cuando se fraguan o inventan los hechos; entonces se trataría de un crimen, pues la intensidad del engaño es de índole perversa y los designios pueden obedecer a propósitos puntuales de daños, a menos que se trate de una fantasía hija de algún trastorno de una imaginación enfermiza, pues entonces lo que merecería es compasión.

La política nuestra está pasando posiblemente por una fase de descomposición sin retorno. Muy malsana, pues la mentira ha asumido un rango de dominio permanente en sus peores modalidades.  Se asumen hechos inexistentes como reales y con ellos se trabaja como instrumentos que sirven para destruir todo cuanto huela o hieda a seriedad; se trata de que aquél que mienta más y mejor se impone, o pretende imponerse, sin temer  el descrédito propio que pueda avergonzarle.

El hecho es que ese aberrante estado de cosas se aluviona peligrosamente y del marasmo creado a base de felonías la fe pública desconcertada se puede fugar quedando sólo un tóxico humo de falsedades, como si fueran méritos.

Que yo recuerde, nunca he visto en mi larga vida una postración tan ruinosa de los valores nuestros, penosamente en los momentos en que más se necesitan éstos para enfrentar la catástrofe urdida y puesta en marcha por poderes de la tierra que han contado con la asistencia y ayuda de la facción traidora de siempre.

Al afirmarlo, como lo hago, creo que es justo citar el convencimiento de mi padre cuando en el año 12 del pasado siglo, en su diario de cárcel donde pasara un año engrillado, escribió estas dos muestras de honda frustración.  Es una forma de asegurar algún referente, de tiempos parecidos, y de hombres de integridades de excepción como mi padre, que escribiera en el cadalso:

 – “Se ha perdido la fe en la verdad, en la virtud, en el bien, en la dignidad ciudadana, en la justicia, en la ley, en el poder, en la palabra del hombre honrado, en la lealtad del amigo, en la elevación del sacerdote, en la religión.  Parece que asistimos a la catástrofe final de esta asendereada República.  ¡Qué puede uno esperar, por optimista que sea, en un país donde no se cree en la posibilidad de la virtud. La política lo ha echado a perder todo!” (Pelegrín Castillo. Diario de Cárcel 2012. Fortaleza San Luis, Santiago)

 – “Nuestra organización política descansa en una base mentirosa.  Mentira en la elección; mentira en el Ejecutivo; mentira en el Legislativo; mentira crasa en la justicia; mentira irritante en los partidos políticos; mentira carnavalesca en la prensa.  La falla lógica, de sinceridad, en todo nos pierde irremisiblemente”.  (Pelegrín Castillo. Diario de Cárcel 2012. Fortaleza San Luis, Santiago).

Cabría repetir que La Pregunta precedente tuvo como título Mi Madre Tenía Razón y agregar hoy: ¿Mi Padre también la tuvo?  La respuesta la dejo a merced de sus conciencias.

En resumen, esas evocaciones de mi padre y de su tiempo me fortalecen, pero alguien podría pensar que son hijas de la melancolía  de mi temprana orfandad, que quizás dio paso a una imaginación consoladora.

Es por eso que quiero cerrar esta entrega con una cita, sólo una, del notable y respetado historiador nuestro don Vetilio Alfau Durán, que escribió lo siguiente:

“Su campaña provocó la nueva alianza progresista de 1930, esfuerzo desesperado en que los políticos depusieran sus personales intereses para salvar la República. Su palabra ardorosa resonó en manifestaciones públicas en esta Capital, en San Francisco de Macorís, en Santiago, en La Vega, no solamente condenando el hecho de fuerza del 23 de febrero, sino señalando los peligros que entrañaba aquella cuartelada.  Durante la campaña patriótica de 1930 su pluma y su verbo estuvieron al servicio de la República y por la magnitud de sus esfuerzos, por la sinceridad de sus actos, quedó consagrado como un gallardo defensor de las libertades públicas”.

Tamaño compromiso, que mucho significa también para estos tiempos.

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