Mi Madre tenía razón

Mi extinto padre, a quien no llegué a conocer, fue un abogado muy notable tal como me lo fueran describiendo testigos de su vida desde la adolescencia.  Mi inclinación por la abogacía, que a mi madre le pareciera tan innata, se fue fortaleciendo a medida que los relatos de recuerdos me llegaban desde voces disímiles y profusas.

Luego, al recibirme de abogado, fui conociendo con mayor conciencia las razones de su innegable fama.  Leí sus memoriales, sus defensas escritas, penales y civiles, y a ellos se sumaban los testimonios ya más puntuales sobre verdaderas hazañas procesales y defensas de estrado, que no me dejaron dudas de que aquella vida tan intensa, a la cual se agregaban sus azarosas vicisitudes en sus tres incursiones en la política, como ministro, legislador y orador combatiente, fue una honrosa experiencia de méritos y virtudes que tendría que asumir como bitácora de mi vida.

Escribí hace cuarenta años  unos versos a su memoria bajo el título de La Elegía Personal del Huérfano y, ahora, cuando he caminado al lomo de tantos años los quiero bajar del cuadro que cuelga en la pared  principal de la oficina que él fundara en el primer año del siglo veinte.  Helos aquí:

ELEGÍA PERSONAL DEL HUÉRFANO

              I

En verdad,

padre

no conozco la alegría

ni el rostro de la suerte

¡Año que tengo de vida!

Año que cumple tu muerte!

             II

En la orfandad

me marcó la tristeza,

me oprimió la soledad

amarga

interior

y fuerte

de llorarte sin lágrimas

sólo con gestos

¡Porque te perdí

Antes de tenerte!

III

Tengo que imaginarte,

reconstruirte,

fundar una memoria

sólo para ti,

lanzarme en la oscuridad

que ocupa el lugar de los recuerdos

y asirme al hilo de versiones

de quienes te tuvieran

y hacer penumbra al candil

de evocaciones

de los que te lloraron.

                 IV

Ha sido un Vía-Crucis

De ausencia y soledades

Desde la inconsciencia

De mis gritos lactantes.

¡Antes de presentir

que tu caída

sería tara y vacío de toda mi vida!

                           V

No niego

padre,

que de mi orfandad

nacieron cosas buenas,

quizás

mi fortaleza.

                 VI

Mi devoción por Francia

sin conocerla,

porque su suelo

hizo argamasa

con la cal de tus huesos.

Desde niño

la ví por el cristal

del océano inquieto

como la otra patria,

distante y amorosa,

depositaria de tu osamenta,

que es mi osamenta.

                   VII

Mi falta de miedo

por la muerte.

No sé, padre,

las veces

que la he visto de frente

he sentido la invencible esperanza

de tu encuentro

y de verte.

                  VIII

Sobre todas las cosas,

padre,

 mi infinita fe en Dios.

Presumo que a El

te encomendé,

sin oraciones.

Que sentí gratitud

por tenerte entre justos

a su diestra.

                  IX

Desde muy tierno

sentí su presencia

con mimoso secreto

cuidar del huérfano

que no viste pequeño.

Sé que reclamaste esa presencia,

en tu último hálito

y en la final fulguración

de tu conciencia.

Santo Domingo, D.N.

14 de Septiembre de 1976.

En el 45 Aniversario de su Muerte.

 

Ahora bien, podrían mis lectores inquirir el porqué de este gesto de mi nostalgia.  Y yo les diré que lo hago porque quiero aludir a un aspecto de aquella vida que para mí representa lo más conmovedor que pude recibir como legado, por lo mucho que me enseñara acerca de las pruebas de honradez que pudo dar aquel profesional y hombre público de nuestro país.

He conservado con celo de cofre las cartas y apuntes de recomendaciones que escribiera a bordo del buque que le llevaba a Guadalupe, rumbo a Francia, donde le aguardaba y retendría la muerte.  Leer esas meditaciones es someter a prueba el alma y saber cuán cerca están las lágrimas que no pude derramar junto a tantos que lamentaran su desaparición.

Pero hoy lo que quiero es traer dos rasgos de aquellas meditaciones del padre que se ausentaba para siempre.  Una, relativa a la honradez y probidad de aquel coloso del deber, cuando instruía hacer tales o cuales gestiones de procurar modestos cobros por servicios profesionales prestados; comprobar con cuánta dignidad advertía la manera de hacerlo, sin atropello, ni nada compulsivo, pese a las necesidades de su salud que sería sometida al cuidado oneroso de un eminente cirujano referido por su entrañable amigo y hermano Heriberto Pieter.

Conocer de la conmovedora manera que aquel hombre marchaba hacia la muerte, en plena pobreza, después de haber sido  el profesional excepcional que fuera, así como el notable hombre público, es una especie de cátedra deontológica perpetua; de ejemplo exigente para los suyos de lo que debe ser el paso por la vida con limpieza moral; tanto como si fuera una lección suprema  del valor de la conducta correcta, así como del respeto debido en lo profesional frente a quienes habían requerido sus servicios eminentes; saber de cómo la estricta honestidad de abogado que supiera asumir tantos riesgos y responsabilidades por ellos, y al borde  de la muerte, no perdía  la compasiva dignidad de cobrar humildemente; una señal del ser humano superior que fuera.

Por otra parte, aquél que fuera alumno predilecto de inmenso Eugenio María de Hostos, El Sembrador, se iba abatido por la desgracia de su pueblo apresado, ya, por los rigores terribles del despotismo, que él, más que ningún otro, había  señalado desde la plaza pública en memorables discursos, cuando expresara “que la República lloraría lágrimas de sangre, bajo el yugo de una tiranía sin nombre”.

Esas fueron sus palabras antes de bajarlo entre vítores de muchos jóvenes dominicanos que habían asistido a la Plaza De Colón, que lo cubrieran con una bandera, que aún conservo, para llevarlo en hombros todo El Conde.

Al llegar el diciembre del año treinta, muy vencido, escribió su inolvidable carta pública renunciando a la condición de dominicano, declarándose ciudadano del mundo desde las soledades de los Cerrejones del Yuna, donde pasaba ya por el calvario del quebranto final.

Siempre pregunté a los mayores míos qué pudo llevarlo a esa decepción tan tremenda y dolorosa y fue mi madre la que me dio la explicación más veraz y convincente, cuando me dijo:  “Mi hijo, cuando fue juzgado en Santiago por ofensa a las fuerzas armadas norteamericanas en el año 20, por el caso que llevara contra un Mayor oficial de sus filas por asesinatos múltiples; ahí mataron a tres testigos del caso y descargaron a  Bakalú, que así le llamaban a aquél verdugo.  Entonces, a tu papá lo hicieron preso y lo engrillaron para llevarlo en un buque de guerra a Sánchez, para juzgarlo en Santiago, donde una Corte Marcial lo descargó luego de un juicio terrible.  Entonces él se retiró de la vida pública y se dedicó al ejercicio de su profesión.  Cuando el primo Horacio se metió en la prórroga, para el año 28, vino Alfonseca a pedirle de parte de Horacio que interviniera en la polémica nacional relativa a saber si era o no constitucional aquella aventura; se molestó y le hizo advertencias muy duras a Chuchú para que se lo dijera al primo  Horacio y después, cuando venía el treinta,  un grupo de ciudadanos supuestamente distinguidos le hicieron una solicitud pública a tu papá para que abandonara su retiro y se sumara  a la lucha para impedir a Trujillo.  Así lo hizo y, como era él, se arriesgó más que nadie y, no sé mi hijo, cómo pudo salvar su vida.  Sufrimos mucho aquellos tiempos y ya tenía el cáncer que lo llevó a la muerte.”

Esas fueron, más o menos, las palabras de mi madre.  Y agregó entonces con rostro triste:  “Lo que escribió en el barco cuando iba para Francia se debió a su desengaño, porque de los cien ciudadanos que habían pedido que volviera a la tribuna para atajar a Trujillo, la inmensa mayoría ya estaba transada con éste:  “Mi hijo, que te sirva de lección.  La tragedia de la política nuestra es que así como hemos tenido tanta gente buena que se ha sacrificado por la patria, lo que más abunda es la falta de lealtad y de vergüenza en los hombres de la política.”

He meditado mucho en estos últimos tiempos y tengo que reconocer que mi madre tenía la razón.  ¿No les parece a ustedes que he tenido motivos para hacerlo?  ¿No he advertido hasta el cansancio de los peligros que atravesamos? ¿No he clamado por la unidad interna, de todos los buenos dominicanos, para enfrentar de forma compacta cuanto nos amenaza la supervivencia como Estado?

Dejo mis preguntas en las puertas de sus conciencias y tal vez, en otras dimensiones, llegue a saber que han podido tener alguna utilidad mis advertencias y presentimientos.

 

Advertisements

One thought on “Mi Madre tenía razón

  1. Tan verdad como que la contrariedad de muchos a su persona ha obedecido a la advertencia de los peligros de la pérdida de identidad nacional en manos de personeros que ya estaban bajo el control de una gran conjura imperial… (Sus luchas contra Peña Gómez y el PRD).

    Quien nos iba a decir… que ese PLD nacido de la dignidad de Bosch, años más tarde… también se sumaría al plan eterno de los enemigos de la nación, un plan que ya a estas tempranas horas… empieza a lacerar sensiblemente nuestra identidad como nación.

    Las advertencias se hicieron… y no nos queda más a los agradecidos que siempre dar las gracias a usted y su familia, por al menos intentarlo; cierto es que no hay dolor más grande que la preocupación no correspondida… pero también es cierto que las ingratitudes se pagan caro… y nuestra nación lamentablemente ya empieza a sentir tales rigores. “Y pagarán justos por pecadores”… dice el libro eterno.

    Like

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s