Ganas de Llorar

El fuego amigo es una de las modalidades peores del dolor en batalla; cuando se cae por obra de los propios, bien por un deplorable error ora por oscuros designios, se consagra la guerra como el más aterrador absurdo.

En política, que es su prolongación, ocurre que el desencuentro surge en las mismas trincheras compartidas cuando aparecen los enconosos resentimientos que abaten las lealtades; a partir de ahí todo es desastroso, como si se estuviera cumpliendo la eterna fatalidad del cainismo de las Escrituras.

En mi ejercicio profesional he podido comprobar que la más lamentable  especie de desavenencia es la desprendida  de la enemistad inconcebible entre hermanos; lo he palpado, especialmente en ocasión de las separaciones que imponen los procesos de partición de bienes indivisos; he llegado a estar muy cerca  de casos en que el odio surgido de las disputas  de los intereses  ha sido capaz  de suscitar  la posibilidad  horrible del derramamiento  de  la sangre común, viniendo todos del mismo vientre.

En trances extremos, cuando se intenta mediar y, de ser posible armonizar, me he convencido de que es más difícil e inalcanzable lograrlo entre hermanos que cuando se trata  de violentas diferencias entre particulares y terceros.

En la política, volviendo a ella, es la historia la depositaria encargada de conservar las más trágicas muestras de ejemplos de cómo aquellos que anduvieron juntos, compartiendo riesgos y avatares, asumiendo responsabilidades comunes y siendo partícipes en los mismos empeños, bajo las mismas creencias e ideales, terminaron fulminados por las asesinas intrigas de las ambiciones demenciales de los corros y cortejos que se desarrollan en las bregas y luchas de poder.  A partir de ahí es cuando los enfrentamientos hacen de las suyas y se abre paso a las maldades más odiosas e inverosímiles.

Los egos son el caldo de cultivo, la pasta por excelencia, donde corroen las celadas y engaños de los elogios excitantes; se hacen presentes, por consiguiente, el vanidoso  egoísmo y la airada  intolerancia  que mueve al fatal convencimiento de que el prestigio y la gloriosa reputación del éxito no se comparten; que son patrimonio exclusivo de aquel  dominante que se imponga finalmente; el pueblo simple se hace eco de esa aberración en sus adagios cuando dice: “dos gallos no caben  en el mismo rejón”.

En verdad la humanidad en todos sus tiempos ha sido víctima de esa incapacidad del hombre de poder sobreponerse a esas inferioridades y convertirse en un modesto, pero grandioso, exponente del desprendimiento generoso que lo pueda llevar a la inmolación por sus ideales y sueños sin aguardar ni reclamar gloria alguna.

El éxito alienante conduce al delirio de grandeza y éste a los peores extravíos de las disociaciones de las realidades con sus árganas repletas de desengaños.

Si los pueblos del mundo hubiesen contado con la entrega generosa de sus conductores, a salvo de la maldición de las rivalidades y antagonismos con sus compañeros de otros tiempos, otra hubiese sido su suerte en el disfrute de la paz y la armonía del quehacer del esfuerzo conjunto.  No ha sido así y, por el contrario, lo que se hace es atribuirle a la condición humana todos los fracasos de la fraternal convivencia, como si fuera algo inevitable,  hasta justo y comprensible llegan a considerarlo.

Pero bien ¿A qué se deben tantas “monsergas”? ¿Por qué tantos circunloquios para tratar la actualidad nuestra y sus desencuentros en curso?

Lo hago y sé bien que al hacerlo me expongo a la exasperación de mis lectores, porque  lo que padecemos hoy  como separación y disputa entre dos hombres decisivos del poder, no es una simple cuestión del manido “choque de trenes”; se trata más bien de una encrucijada, en la que estamos. que para  afrontarla y resolverla se hace imprescindible una unidad  nacional blindada, debidamente guiada por una voluntad política superior cohesiva, bien compartida, entre los líderes en capacidad situacional de proteger la República.  Es de ahí de donde me surgen esas reflexivas admoniciones.

A veces siento ganas de llorar, ojalá pudiera, porque he sido tan insistente sobre esa cuestión de la unidad que ha llegado a parecer una necedad, una ingenua pretensión, una piragua al garete en ese mar de pasiones e intereses.

Sin embargo, mis aprehensiones no han sido hijas de la histeria, ni de ninguna paranoia social fantasiosa que me pudiera llevar a la alarma de considerar moribunda nuestra Soberanía.  Las pruebas de sus fundamentos han sido copiosas y abrumadoras y por ello no he temido ni arredrado al denunciar y señalar los riesgos, peligros y daños de un colapso inminente de nuestro Estado,.

Hoy, por hoy, tres fenómenos atenazan el destino de nuestra suerte, de tal modo, que uno cualquiera de ellos sin necesidad de confluir con los otros dos, podría socavar el equilibrio de nuestras instituciones; desde luego, en medio de la pérdida de nuestra paz.

Tres denominaciones, sin tener identidad alguna entre sí, nos dan tres dimensiones de nuestro desastre: Odebrecht, China y Droga.

He venido tratando los temas que ellos constituyen, tanto desde mi programa televisivo La Respuesta, como desde mi blog La Pregunta, que son mis pulmones para alertar y animar a los mejores instintos de defensa del pueblo ante el arrollador paso de esas tormentas que pueden desaparecer nuestros valores, que en todos los órdenes, hasta ahora, han sido reconocidos como cualidades de la República Dominicana.

No hay hipérbole en eso que afirmo.  Más bien, podría haber mucho de testamento, pues estoy en la más fascinante etapa de la vida, del otro lado de la colina; cuando el pecado de mentir más se desvanece, cuando el creyente se apresta al sublime encuentro en otra vida más gloriosa que la llevada en este valle de lágrimas, tan plagada  de dolores e incomprensiones.

En forma breve, a grandes rasgos, se puede uno asir al temor de lo que puede ocurrir, de repente, mediante el simple examen de las aciagas circunstancias padecidas en la mordiente actualidad.

Me refiero al hecho de que, por ejemplo, el imputado  sobresaliente  de Caso Odebrecht, que ha hecho  citar más de un centenar de testigos, esté preparando una desesperada respuesta a la acusación para el caso en que sus hijos,  ofrecidos tan solo y por ahora como testigos del Ministerio Público, puedan perder tal condición y se haga posible  su imputación eventualmente como coautores o  cómplices por los roles que jugaran en apoyo a las profusas operaciones financieras de más de treinta sociedades  comerciales propiedad de su padre.

Es más, ya se están esgrimiendo en las protestas, que podrían llegar a ser multitudinarias, quejas de la mutilación de la acusación en ese aspecto tan sensitivo.  Se oye decir  en la marejada de rumores y comentarios levantados que existen vídeos, muy protegidos en el exterior,  similares o muy parecidos a los tristemente famosos  Vladivideos del Perú que determinaran tantos acontecimientos terribles en aquella nación hermana.

La amarga  convicción  que se asoma es la de entender que todo el entramado de los poderes públicos nuestros está  a merced de un banquillo de imputados, en manos de quienes tienen la  capacidad de reventar  la ilegitimidad  que se pudo originar para atentar contra la Constitución de la República, crimen éste que haría a Odebrecht autora de un macro-crimen, que la haría deudora de Estado nuestro de decenas de miles de millones de dólares, mucho más de lo que tuviera que pagarle a Suiza por haber dañado la reputación de su banca.

Si por daños a la banca Suiza se pagaron dos mil millones, nuestro estado de derecho costaría diez veces más, sin que le pudiere salvar el criterio de oportunidad que se utilizara en ocasión de los sobornos, de los cuales la empresa brasileña propiamente paraestatal se sirviera para asegurarse una impunidad tabernaria.

Si muchos legisladores dominicanos pudieron ser alcanzados en una venta de sus votos para violar la Constitución y hacer posible la reelección, ésto por obra de una empresa extranjera, se estaría en presencia de un golpe de estado constitucional inaudito que podrá ser asombro del mundo.

Esa podría ser una mera especulación, se me diría; pero,  teniendo un horizonte tan vasto acerca de cuanto viene aconteciendo con el  megacaso Odebrecht, no es descartable  que éste obre entre nosotros en los peores términos, precisamente  por lo declarado por su más alto nivel de mando, en el sentido de que todas sus “operaciones estructuradas” se habían concentrado en nuestro país por ofrecer mayores seguridades y garantías para las mismas.

Ahora bien, si se piensa que, en realidad, están concurriendo en el tiempo y el espacio los tres fenómenos mencionados, se hace necesario esbozar siquiera ligeramente como podrían aportar daños, aún peores, las otras dos vertientes del conflicto de nuestra supervivencia en precario.

Lo de China, creo que hay consenso en cuanto a su inoportunidad, por lo mucho que significa la inconmensurable guerra de comercio emprendida entre dos potencias económicas mundiales, que para colmo  nos tendrán en el Consejo de Seguridad de ONU, en necesidad de hacer contínuas definiciones en los  trastornos descomunales que allí se ventilan, donde el vertiginoso juego entre el veto y el voto nos  habrá de exponer a dificultades mayores.

Nosotros, sin unidad interna, víctima de una horrible campaña de descrédito mundial como cuestión previa a un Estado Binacional de caótico pronóstico.  Preciso es retenerlo y reiterarlo.

Y es entonces, ahí,  donde emerge esa otra trágica implicación de llegar a considerarnos un enorme almacén de drogas de cerca de un 15% de toda la del mundo, no ya el antiguo corredor de tránsito y transbordo; ahora,  vinculado a Venezuela, uno de cuyos gobernantes decisivos ya tiene proceso crucial abierto en el Norte, bajo acusaciones severas de  participación en la comercialización de la droga en el Caribe, al cual se describe como una nueva estructura de tráfico de cocaína, según denuncia  preparatoria  de alcances planetarios.

En fin, todo ello da ganas de llorar, si pudiéramos hacerlo, en los momentos más críticos de nuestra historia, donde el reclamo de sacrificios a los hijos de esta amada tierra, no se hará esperar, aún bajo fuego amigo como están, víctimas de una cohesión saboteada y rota por las intrigas de las bajezas de los torpes desencuentros de quienes debieron brindar su cerrada defensa, necesariamente a ultranza, como todas las de su género.

¿Se podría llorar ante la presencia de Dios, toda esta debacle?  Elija usted su camino hacia el desconsuelo, o rebélese para luchar por impedir tanta injusticia, para con un pueblo tan sufrido y noble.

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