Ambiente Nacional Enrarecido y II

Tal como prometí en la entrega anterior, prosigo tratando el tema del enrarecimiento del ambiente nacional; quizás parezca necia mi insistencia pero ocurre que en mi prolongada dedicación a advertir al pueblo nuestro en sus riesgos y peligros, he comprobado que se hace necesario persistir en las explicaciones para vencer ese nocivo letargo en que viniera cayendo en los últimos tiempos.

Las maquinaciones de la traición lograron alojarse en el seno mismo del descuido de un partido que al asumir el poder se fue separando de sus esencias teleológicas de liberación, al grado de suscitarse una decepción en sus filas mismas que parecen añorar con cierto dejo de nostalgia la grandeza del líder fundador desaparecido en sus premoniciones luminosas acerca de la liberación nacional.

Los descalabros sufridos en áreas tan sensibles como la soberanía y la integridad territorial han llevado a temer que el desencanto y la frustración de sectores muy valiosos y sensitivos del pueblo terminen por darle carta de ciudadanía a la insultante mofa de que el partido se ha convertido en el Partido de la Liquidación Nacional, no de la Liberación.

Ha sido en los momentos actuales cuando se han agudizado más los traumas de esa ya larga experiencia de ejercicio del poder y se advierte, aunque en forma todavía soterrada, cómo muy valiosos cuadros profundos de esa organización se tornan recalcitrantes a aceptar que los cuerpos extraños traídos, en ocasión del crecimiento partidario y del disfrute del poder, sean de un material humano tan taimado, capaz de urdir o participar en planes contrarios a la suerte nacional.

Ahora bien, tal como prometí, reasumo el tema del enrarecimiento del ambiente nacional y pienso que puedo ofrecer un testimonio de excepción en relación a las duras imputaciones del Informe del Insight Crime, que se refiere a la aparición de una superestructura de tráfico en el Caribe que tiene como ejes fundamentales a Colombia, Venezuela y República Dominicana, sirviéndole el Mar Caribe de escenario.

He vivido bien de cerca la tragedia del fenómeno de la droga abatiéndose contra la salud, la seguridad y la convivencia pacífica y ordenada del mundo, especialmente porque serví funciones de alto nivel en las políticas públicas nuestras, presidiendo el Consejo Nacional de Drogas, como desde la asesoría de políticas antidrogas de dos Presidentes.

Eso me permitió participar en múltiples experiencias regionales, como mundiales, según expresé en la entrega precedente, llegando a conocer y tratar a gente experta y representativa de alto nivel con muchos de los cuales compartí inquietudes y experiencias comunes.

Desde luego, durante ese tiempo me mantuve muy atento a las circunstancias nacionales desprendidas desde el incesante ataque del Crimen Organizado y pronuncié decenas de charlas y conferencias, así como he sabido utilizar la tribuna de mi programa La Respuesta, de 30 años de edad, para darle tratamiento privilegiado con intensa frecuencia al importante tema de la droga en todas sus abismales vertientes.

Puedo ser testigo de excepción, pues, para analizar, evaluar y acreditar o no, el contenido del Informe en cuestión y decir que el mismo plantea, casi como tesis, el hecho de que ha sobrevenido un fenómeno criminal potentísimo que en su apreciación ingenua, para ser benigno, evolucionó de manos de la importancia de nuestra economía, con nuestros grandes puertos y aeropuertos, nuestra industria turística y su enorme flujo, naturalmente contando con la ubicación geográfica central en el Caribe que ya permite una posibilidad de gran plataforma de distribución de escala mundial, incluso, mediante acuerdos y tratos directos de dominicanos con las mayores mafias del mundo.

A ello se agrega un ingrediente muy filoso cuando habla de la existencia de una protección de la autoridad, tanto la de la propia interdicción, como del ámbito político.

Así quedamos insertos en un rango criminal de grandes alcances, que viene a sumarse a todo el proceso de descrédito contra nuestro pueblo, surgido en ocasión a los ataques a nuestra soberanía e integridad territorial, tan gravemente violadas de forma masiva.

Confluyen, pues, esas dos calamidades y, por consiguiente, aumentan nuestras desgraciadas encrucijadas de poder desaparecer y ser reabsorbidos en una versión experimental, más sensitiva que la muy remota de los Tamiles en Sri-Lanka.

Se diría que, si somos xenófobos, persecutorios y despiadados con el pueblo “emigrante, inocente y pobre”; si, además, somos un insolente asiento del crimen mundial, es lógico esperar que la Geopolítica se sienta animada a llevar a cabo el experimento, a lo Mengele, de la balcanización de la isla toda, confiada en que, en todo caso, si no es posible consumarla, se podría intervenir con fuerzas militares multilaterales a imagen y semejanza del ensayo de quince años practicado en el territorio vecino bajo el palio sacrosanto de la ONU.

Tales desenlaces no son imaginarios ni ficticios, son fatalidades seguras que se cruzan en nuestro camino de casi dos siglos de independencia.

Cabe ahora comenzar a hacer enmiendas a las sesgadas formas de apreciar las cosas del Informe de imputación agravante.  Lo primero es decir que eso que se plantea como un espectacular hallazgo no tiene nada de nuevo; se lo estuve anticipando en foros y conferencias a los centros de poder de Norteamérica y Europa, y, tal como señalé en la precedente entrega, hubo dos pruebas clave al respecto:  Una, en el Departamento de Estado de fecha 27 de mayo de 2010, en una reunión de las pequeñas naciones del Caribe, y, la otra prueba en Bruselas en fecha 4-5 de julio de 2012; sosteniendo en ambas como tesis muy válida que la Iniciativa Mérida, como el Plan Colombia, llevaron a sus auspiciadores a olvidarse de la habilidad del tráfico internacional de drogas que se derramaría en el Caribe central.

Esos ejes de mi queja ya los había visto consagrarse como algo muy preocupante cuando asistiera en el año 1998 a una reunión en Guadalupe, acompañando al Presidente Leonel Fernández y en presencia del entonces Presidente de Francia, Jacques Chirac, pude oir a la delegación de Martinica abominar con violencia de la condición de Narcoestado de Haití señalándolo como vergüenza del Caribe y gran percance del mundo.  Las imputaciones de inconcebible dureza se le hicieron al Presidente haitiano René Preval, allí presente, sin que éste pudiera dar una mínima respuesta a los degradantes cargos.

Pues bien, ocurre ahora que en el Informe señalado se apaga la importancia de Haití en ese campo porque se hacía necesario multiplicar el papel de la República Dominicana como depositaria del grueso del tráfico de drogas regional, cosa ésta que yo anticipé hasta enronquecer como tormenta a la vista.

Yendo más lejos, he sostenido que ha existido un Pacto Implícito entre la Geopolítica (UE, Cánada y los Estados Unidos de Obama), parte del alto empresariado dominicano y el narco-empresariado haitiano, de carácter tripartito y connivente, dado que tiene en el trasfondo la trama al Crimen Organizado para el cual la fusión en un Estado Binacional en la Isla de Santo Domingo de dos naciones tan disímiles sería un éxito, tal como ocurriera con el tráfico similar de Kosovo, cuando su legendario Frente de Liberación Nacional terminara por ser una estructura altamente organizada y eficaz para la entrada de toda la droga por Los Balcanes hacia el mercado de Europa, bajo el dominio de la importante mafia Albano-Kosovar.

Ojalá que el diseño del Muro Trump contenga alguna previsión respecto al aumento del tráfico y sus monstruosas implicaciones en el Caribe, como consecuencia del cierre rotundo del ingreso por su larga frontera.  Algo que evite hundir, aún más, al Caribe en la reputación repugnante de ser “paraíso del tráfico de drogas”.

Ahora nos llega, por otra parte, para complicar más el enrarecido ambiente nacional, el triunfo diplomático, que así se le reputa, de ingresar por dos años a la condición de Miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Una exposición arriesgada, imprudente, de emboscada, pues en ese Consejo de Seguridad es donde con mayor frecuencia e intensidad aparecen las confrontaciones de los conflictos mundiales debatidos por las grandes potencias.  Ésto equivale a decir que vamos a estar permanentemente expuestos a fijar posiciones, y ya vimos cuánto trabajo nos dio asumirla una posición en OEA frente al drama de Venezuela. Decisión que fuera correcta,  en el sentido de que reducía los riesgos institucionales a que nos exponía la abstención o el apoyo al Presidente Maduro en esta experiencia de censura continental, tan enigmática y peligrosa que bien podría resultar un umbral de una dolorosa e incalculable tragedia de confrontación sangrienta en esa nación tan querida que es Venezuela.

En suma, creo que mis advertencias todavía están confrontando el velado rechazo del recelo, aunque parecería que lo más obvio es entender que es bien fácil mirar lo que viene; es como decir “si viene, lo puedo mirar porque viene y se acerca; si pasa desapercibido, nada más elemental es que se aleje y deje de verlo”, pero con consecuencias tan desastrosas como inmerecidas.

Y eso que generalmente resulta simple, en lo personal, no es así cuando se trata de hechos sociales y políticos de efectos colectivos; es decir, convencer a una sociedad de que le viene algo que debe mirar y prevenirse, que es una tarea muy ardua y de escasas posibilidades de ser comprendida. Para los pueblos mirar lo que viene es poco menos que imposible, a veces, porque son como niños y no bastan las buenas intenciones ni la clarividencia de las advertencias; los pueblos tienen una especie de ingenuidad que les priva de saber a tiempo de qué se trata.

Desde luego, preciso es retenerlo, también cuentan los pueblos con un misterioso morral de instintos que los protegen y les permiten reaccionar, aunque sea dentro de una trágica demora, lo que hace más temibles e imprevisibles sus respuestas.

En el nuestro hay un retardo innegable en la toma de conciencia y es ahí cuando sobrevienen las amargas decepciones de creer “que se ha predicado en el desierto”, “que se ha  arado en el mar”, tal como lo han afirmado muchos de los grandes de la historia al sentir la decepción de haber  luchado por advertir, sin ser oídos.

Claro está, surgen otras expresiones que preludian optimismo y que ahora están muy en boga “se puede, se puede”, “alguien lo dijo”.  Ésto  puede darse aún cuando sea un poco tarde para reaccionar sin mayores sacrificios.

Las circunstancias nacionales, pues, no sólo se han enrarecido, sino que ya lucen presagiosas de percances verdaderamente inusitados.  Lo más penoso y desconcertante es la miopía que aqueja a tantos sectores tenidos por largo tiempo como vitales para la protección y defensa de la República en múltiples niveles y facetas; se han entorpecido de tal modo que sus silencios e inepcias se han convertido en acciones típicas de complicidad por omisión deliberada de resistencia a las malignas maquinaciones que han venido arruinando nuestra existencia de Estado libre e independiente.

La clase política, los intelectuales, los amos de la economía, los propios trabajadores nacionales, las iglesias, los depositarios de las armas de la República, las juventudes, en fin, la nación toda ha llegado a parecer paralizada, inerme, ante todos los riesgos y peligros impuestos a nuestro Estado, tan averiado de mil modos por el conjuro de presiones y compulsiones externas, de brazos con una “facción traidora” peor que la señalada en los orígenes de nuestra independencia por el impoluto Padre Fundador de nuestra amada República Dominicana: Juan Pablo Duarte y Diez.

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