La cuestión de saber de los errores

No es fácil comprender lo que ocurre con los pueblos y sus equivocaciones, comenzando por la falsa  creencia que se asume de que lo colectivo hace el acierto.  “Tanta  gente no puede estar equivocada”, se dice para  confiar y aprobar  un sentimiento público bien generalizado.  En bien o en mal, fuere cual fuere su contenido, a veces acreditado como rumor que, “si es público y extenso parece verdad”.

“Vox populi vox  Dei” se ha expresado siempre como verdad genuina,  porque es oriunda de las entrañas anónimas del pueblo y la historia ha fracasado en hacer la prueba de que no es tanto así, como se piensa, y, muy por el contrario, sus muestras indican que mientras más masivos sean  los frenéticos convencimientos colectivos, mayor resulta la presencia temible del error agazapado que puede alcanzar niveles de delirio.

Si se quiere  una muestra remota de ello basta evocar  a Pilatos inquiriendo a la multitud acerca de su preferencia  para el perdón y cuál era su convicción para el sacrificio.  Junto a aquella injusticia aterradora se ha sabido siempre del clamor de muchedumbres como caldo de cultivo de los peores desastres padecidos contra la humanidad de manos del engaño para la opresión y el dominio.

Los nazis  fueron los ases del control criminal  al grado de llevar a un pueblo muy brillante al ímpetu de los exterminios siguiendo ciegamente  a la expresión criminosa del espanto que fuera Hitler.  La muerte de sesenta millones  de seres humanos  no fue suficiente como ejemplo para barrer con la maldad sobre la tierra, quizás porque  también estuvo la maldad en términos de barbarie en el campo mismo de vencedores de la guerra horrenda.  Y ha continuado la tragedia en otros muchos escenarios, ya con nuevos y distintos actores.

Ahora, en este tiempo  histórico, se nota más que nunca que los mayores equívocos se deslizan vertiginosamente con gran éxito en su invisibilidad porque  así se lo permiten las tecnologías de punta, contando con astutas “compañeras sentimentales” como las encuestas y la post verdad.  Ésta última de brazos con el marketing cobrando un gran espacio con sus mórbidas elaboraciones, muy prestas a no dejar establecer verdades perdurables.

Sé  bien que me expongo al desdén de los “progress” cuando  acudo con insistencia a la cita de Bergson en aquello de decir y creer que:  “Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento continuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

Lo hago porque estoy convencido cada vez más de esa densa verdad, que ya venía de Grecia, en vuelo de siglos, sembrando de pruebas el escenario mundial de que el error, tanto de los pueblos en sus clamores, como de los que les gobiernan en sus decisiones, no tiene un fundamento más frecuente que ese de no comprender que lo que ayer fuera de un modo ha dejado de serlo al momento crítico de asumir posiciones y tomar decisiones.

Todo ello es un pan nuestro de cada día.  Verdad y post verdad aparecen hoy como la más compleja y decisiva contienda y no se han hecho esperar las bregas y preocupaciones por los procesos de desinformación, el cuido de la libertad de expresión y el temor por la implantación de controles coercitivos que prohibieran esa vastísima extensión que se le ofrece al pueblo para que logre hacerse reportero, columnista, editorialista y dueño del relato social integral y pleno.  Una auténtica tormenta planetaria es lo que está apasionando al presente en términos de vehemencia demencial.

Ahora bien, cuando el fenómeno se dá a escala mundial resulta más delicado en su importancia, precisamente por sus enormes alcances y sus proporciones globales.  Por ejemplo, cabe preguntarse: ¿Qué está ocurriendo en Estados Unidos?  Lo nunca visto ni esperado: un hombre vs todo lo tenido como poder eterno.

Se sostiene esto en forma abrumadora, pero, se hace necesario averiguar si sólo se trata de un hombre o son sentimientos acumulados en una población numerosísima que lució mucho tiempo  desentendida de su suerte, dejándola en manos de grupos de intereses diversísimos, no coincidentes enteramente con su visión del “excepcionalismo”grandioso de otros tiempos.

Se le llegó a ver más bien en plena decadencia, como si buscara ocasos de todo género en vida, economía, creencias y costumbres, propiamente barrida por el vendaval de la globalización.

Lo cierto es que no se quiso admitir esa modalidad de acaso y se ha preferido el desprecio hiriente a la supuesta ignorancia del hombre que, pese a los tremendos acontecimientos desencadenados y a los vaticinios de desastre, cada vez aparece con mayor apoyo público en medio de una economía que parece levantarse de una prolongada catalepsia.

Será el tiempo en todo caso, una vez más, el encargado de rendir la “ardua sentencia”, en cuanto a saber por dónde anda el error: si en el pueblo que lo eligió o en los agresivos “resistentes” de los intereses que no se resignan al inquietante nuevo estado de cosas.

He ahí el meollo de las tramas diversas y recíprocas que se vienen esgrimiendo, dando paso a incertidumbres escabrosas, sin que aparezcan claramente sus desenlaces.  Y ésto al mundo lo estremece.

Veamos, por otra parte, nuestro caso.  Como nación y como Estado,  hemos venido siendo vilmente zarandeados, llegando a parecer  obligados a aceptar como inevitable y correcto  lo que venían  propulsando los predecesores del fenómeno Trump, el tsunami político del momento.

Al menos tal es la pretensión de  los “progress” y “avanzados” del humanitarismo supremacista que no nos admiten la esperanza de que sea precisamente lo que ellos combaten como atraso traumático de la historia lo que resulta más válido y conveniente para ayudarnos a rectificar, revocar y reajustar los tantos agravios y daños sufridos en nuestra independencia, mediante reducción artera de nuestra soberanía  y ocupación  descarnada de nuestro territorio.

Así las cosas, hoy nos toca decir que quienes  han salido a defender entre nosotros esos valores, han debido hacerlo en el tiempo precedente para combatir los aprestos hacia el Estado Binacional, que ya ha llegado a asumir rasgos de peligro inminente; no se hizo y se creyó especialmente en que era un expediente a cumplir, nuestra liquidación como Estado; sobre todo se confió mucho en los resultados electorales de aquella gigantesca nación, cuando se pensó en que no podía ser esta versión que consideran ha puesto al mundo en ascuas peligrosas.

Hoy, sin embargo, viendo lo de Irán, sabiendo lo de Siria, observando el paso a Jerusalén como gesto disuasorio de toda aventura en Golán y siguiendo las vicisitudes de las Coreas, es cuando más deberíamos comprender que los pueblos todos tienen intereses que han de ser defendidos como sagrados y nosotros no estamos excluidos de los deberes de esa hidalguía.

Por ello no podemos ignorar los cambios profundos que acontecen al tomar nuestras decisiones y asumir nuestras posiciones conforme lo indiquen nuestros más convenientes intereses.

Pues bien, en medio de ese pedregal donde vagamos descalzos, ocurre algo sorprendente y se nos traza una dimensión asiática fascinante: ser parte del proyecto de “la tercera ruta de la seda” de la china inmemorial.

Debo decirlo, China Continental es una realidad innegable como potencia; el comercio ensayado con ella durante cierto tiempo era provechoso para ambos, pero abandonar a Taiwán también resultaba delicado, porque esto forma parte de conflictos mayores intervenidos entre  superpotencias, enredadas en la más peligrosa versión de la guerra, que es la del comercio, que tantas veces ha servido de umbral a las otras guerras de exterminio.

Lo prudente hubiese sido aguardar; incluso, hasta trabajar con el favor que nos daba el hecho de ser uno de los últimos Estados que le quedaban a ese brillante, aunque pequeño, Estado, para involucrarlo en apoyo verdaderamente importante a nuestra necesidades de infraestructuras  fundamentales  para un futuro de seguro progreso.

No se hizo así y creo que fue un error que necesariamente va a activar preocupaciones en el centro de poder mundial, que por mil razones  no debemos marginar, sin prever su enojo por las repercusiones posibles contra intereses estratégicos  sensibilísimos, que tienen como escenarios lugares que fueran remotos en otros tiempos, pero que hoy resultan, más que cercanos, familiares.

Sabremos, pues, de ocasiones aciagas de contrariedades y trastornos que no han debido suscitarse.  Es muy difícil saber por dónde están los lados de la historia, especialmente después de la desastrosa apreciación de que habría llegado su final.  El debate profundo está domiciliado en saber cuál habrá de ser la suerte de la globalización que se proclamará como el principio subsecuente de una nueva historia.

Basta aludir al estrecho de Taiwán, el mar del sur de China, Japón, Corea del Sur, para comprender qué estamos exponiéndonos, sin necesidad, a contingencias complejas, cuando en realidad nuestras urgencias están aquí, aguardando evitar un caos generalizado que podría llevarnos a la condición de “puerto libre abierto al crimen del mundo”, situados como estamos en el centro mismo del Caribe, “en el mismo trayecto del sol”, como dijera nuestro poeta nacional, sin presentir siquiera que el propio sol no podría abatir las sombras del desorden de Geopolítica urdido, no sólo por los predecesores  de Trump, sino  como obra conjunta de algo que he llegado a llamar la “Comunidad Infiernacional”.

Caben todas las preguntas, pues, acerca del papel de los enigmáticos errores que nos conciernen.  Volvamos a depender del tiempo, que puede ser hasta breve, para saber por dónde anda ese contumaz impenitente que es el error.

 

 

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