Relato de un Homenaje

“Ahora tu recuerdo  es la luz”, así reza tu epitafio, madre; lo imaginé al verte amortajada en tu bata simple de algodón.  La sencillez dolorosa de aquel momento la sentí como un ventanal por donde entraba toda la inmensa  luz  de tu vida.  Y entonces, lejos de llorar me creí iluminado, confiado en que la muerte no podría separarnos.

Brotó en mi pecho aquel epitafio y tú has sido la luz en el recuerdo.  No ha habido un solo día sin ti madre querida; te lo aseguro.  Y hoy quiero decirte lo que me propuse: al rendirte un homenaje distinto al de mi memoria de cada día; algo que permanezca más allá de mi nostalgia inseparable.

He levantado  un parque  natural, muy modesto, junto al pequeño río, debajo de los samanes gigantescos, por donde pasaste  un día  atormentada entre rezos.  A ti, madre, he dedicado ese sentido homenaje.

Te oí muchas veces contarlo; se me fue anidando en el espíritu para el relato que hoy hago, cuando recibes junto a todas las Madres de nuestra tierra el más merecido culto de devoción del mundo, el de las Madres, vivas o muertas, no importa ello, porque corresponde al más hondo misterio del amor. Déjame contarlo madre, a mi manera:

Era una tormenta y sus truenos enormes retumbaban sobre las amapolas del cacaotal.  La joven viuda no se desprendía de la cuna donde el niño roncaba la fiebre que lo devoraba.  Lejos del pueblo, ella que se atemorizaba tanto con el viento y la lluvia desde niña, ya era madre y tenía que decidir entre sus temores y sus deberes: o se quedaba guarecida en la casa segura del padre y rezaba, o se lanzaba al vientre de la tormenta que tanto hacia crujir los árboles bajo sus azotes.

Tal fue su dilema, rezar y esperar, o rogar durante todo el camino por el hijo tierno que se perdía.  Por encima  de la tormenta y sus miedos de siempre, su amor de madre prevaleció.  El mundo conoce lo que es la madre cuando la muerte se arrima a la cuna.  Así se emprendió  la miedosa aventura que luego recordara  largamente, siempre con sus angustias frescas.

En realidad nadie apoyaba su decisión en la casa; su padre como sus hermanos no regresaban del pueblo.  Sólo quedaba como hombre un viejo peón que al verle tan atormentada le dijo en voz queda: “Doña Narcisa, la mula baya puede conmigo y el niño, yo la acompaño”.  Era el perpetuo Cirineo que sabe unirse al sufrimiento y lo aligera.

Fue entonces cuando dio la joven viuda los primeros pasos entre lodos y oraciones.  Ella, con su cabeza  cubierta por un lienzo de listado y Justo, que así se llamaba el Cirineo, que no dejó de aconsejarla desde el aparejo que no abriera la sombrilla por los lóbregos rayos.

El camino fue trabajoso y triste por su fango, sus montones de hojas muertas, tantas tórtolas mudas, todo como si estuviera envuelta la madre en un halo de muerte; sólo su fe se hizo trino.

Llegaron, al fin, al camino carretero con la buena suerte de que pasaba un solitario camioncito de aquel año ’32 conducido por un pariente muy cercano del niño enfermo que se detuvo y para el asombro de la joven madre con los brazos abiertos le dijo: “Narcisa, ¿qué está pasando? ¿Qué haces aquí?  Y ella respondió: “El niño que se me muere”.  Ya estaba persuadida de que ese encuentro era parte del milagro, otra versión de Cirineo.

Conservó esa experiencia como su silenciosa y muy íntima hazaña; y no dejaba de ponderar al médico santo que se hizo cargo del rescate del niño en agonía; no cesaba de repetir: “Se juntaron la ciencia y la fe para conservarte”.

Así conservó la experiencia siempre como su silenciosa y muy íntima hazaña y nunca dejó de advertirme, ya hecho hombre: “Preocúpate por saber de Justo y de su familia; él te cargó con tanto amor y me animaba cuando me vio llorar en el momento en que tú volteabas los ojos dos veces”.

En fin, el tiempo quedó en sus manos y hoy, muchas décadas después de la madre muerta, siento que camino sin descanso por su lomo cuantas veces pasaba por el cacaotal y me encontraba con los mismos árboles, ya más que centenarios, los que la vieron pasar y la oyeron rogar a orillas del inocente río; todo en medio del drama de la fiebre implacable que abatía el fruto de sus entrañas.

He pensado tanto en Justo y la mulita baya, y desde mi conciencia me llegaban reclamos y mandatos de gratitud.

En cuanto a ella, me preguntaba: “Ese episodio, ¿lo dejo pasar a lo íntimo y familiar donde puede olvidarse?; ¿lo sitúo entre los tantos momentos de generosidad y solidaridad de la familia de asombrosa unidad?”

Pero me urgían otros elementos del agradecimiento que no podía desechar y recibía preguntas muy hondas: “¿Cuándo vas a honrar a aquella que te diera la vida dos veces? Hazlo, pero en el mismo escenario que le sirvió de viacrucis”.

Hubo de venir una tormenta, mucho tiempo después, que derribó dos de los grandes samanes cayendo sobre el lecho del río dormido; ésto para mí es otro mensaje y le di cumplimiento a ese deber tan hermoso que hoy cuento.

Me sobrevino la ansiedad de cómo hacerlo y pensé: Levantar una cruz en medio del cacaotal junto al río y la familia anciana  de samanes que conservan sus follajes inmensos para la más apacible sombra.

Un parque simple que lleve su nombre, el de la madre, y un puente hecho de la madera de uno de los árboles caídos.  Justo inolvidable sería su nombre.

La cruz será, como ha sido siempre, el centro de cuanto ella nos enseñara acerca del dolor y el perdón.

En lugar de poner a sus pies los sufrimientos de la Madre Eterna, dejarle una alfombra de hojas caídas, tan propicia para el reposo y los silencios.

No en vano pienso, madre, que al dictar tu epitafio cuando fuiste llamada a la casa del Señor y ví claramente la obligación de describirte: “Nos guiaste con tu impar ejemplo y ahora tu recuerdo es la luz. Aguárdanos en Cristo”.

En fin, el parque se llamará:  La Cruz del Rio – Parque doña Narcisa.  Será un sitio para la oración y la meditación de todos; para rogar por la paz del mundo y del pueblo nuestro, para que allá en su soledad mantenga el Señor un lugar donde fijar su mirada.

Creo que he cumplido, madre, y a nuestro Dios entrego este gesto modesto de obediencia en honor de tus sublimes enseñanzas y orientación.  El, que está en todos los lugares y es eterno, sabrá cómo me siento, madre querida.

Una extraña pero necesaria post-data: Cuando escribí ésto creí cumplida mi misión de gratitud, pero me asaltó la inquietud de no callar algo que aconteciera en ese parque Doña Narcisa.  Tomo prestado algo de la paciencia de mis lectores para hacerles otro corto relato coloquial como éste:

Madre, ¿recuerdas la paloma de caoba de “mi sala”?   Al levantar la cruz en tu parque, la pintamos de blanco y la pusimos sobre un tronco de asta junto a ella..  Pero sólo se asentó, sin asegurarla; se haría días después, cuando sus clavos vinieran del pueblo.

Ocurrió que vino un tornado y devastó los platanales, como también derribó algunos árboles mayores en el camino del parque, que se llama “El Sendero de la Cruz”.  Quien diseñó y desarrolló el parque, un sobrino muy querido, llegó a mi lado azorado y me dijo: “Usted sabe que siempre he sido de izquierda, no creyente, pero quiero que me comente algo de lo ocurrido con la paloma”; y agregó:  “Cuando fui a ver dónde habría ido a parar por el viento y alcancé a ver árboles derribados, grande fue mi sorpresa al encontrarla en su puesto”.  “Explíqueme algo de eso porque me ha puesto a pensar la paloma”.

“Sobrino”, le dije:  “Es difícil hacerlo, pero le voy a prestar un libro titulado “En qué creen los que no creen”.  Trata de una polémica entre un importante pensador italiano y un príncipe de la Iglesia, Cardenal; es fascinante leerlo, no sólo por su contenido grávido de sabiduría, sino porque obliga a repensar muchas cosas tenidas por sabidas. A usted le está ocurriendo eso; no sabe que de mi madre aprendí algo que me advirtiera para siempre cuando nos decía:  “Quien está junto a la cruz aguanta las tormentas”.

Madre, lo cuento sólo para hacerte dueña, aún más, de tus orientaciones que tanto me cobijaron en los vendavales; tal como imaginé el epitafio, tu recuerdo ha sido la luz y no  pude separar la supervivencia de la paloma de tu abnegación infinita y pensé que en ese lugar fue donde sentiste el milagro de que la fiebre que devoraba tu niño no te lo arrancara.  Hoy he creído necesario recordarlo.

 

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