Hilar Fino Ante Los Enigmas

Es necesario hilar fino en estos momentos nacionales.  Los hechos y circunstancias se desplazan de forma muy fluida y vertiginosa; sólo por error se podrían desconocer las delicadas implicaciones de nuestro presente.  Y es por ello que, tanto desde mi programa La Respuesta, como desde este blog de La Pregunta, mantengo una permanente alerta de tormenta, poniendo mucho énfasis en no dejarse arrastrar hacia las emboscadas que ha venido preparando la traición contra la supervivencia misma de nuestro estado y la propia nación en él albergada.

Tener conciencia de los peligros y responder con enérgica serenidad a las temibles urgencias que todo ello suscita, resulta clave; identificar con precisión de dónde provienen los riesgos mayores y las formas revestidas por éstos es vital, pues no hacerlo así conduciría al extravío y la desorientación con consecuencias letales para las tareas de la defensa nacional.

La traición ha demostrado astucia, perversidad y habilidad diabólica para adelantar sus siniestros planes; procurará trabajar sumergida en las entrañas del poder político para seguir socavando el andamiaje que nos sirve de base de sustentación porque ha tenido como contrariedad, que entiende pasajera, la pérdida de la locomotora de la Geopolítica que estuvo comandando la trama de nuestra desaparición.

Nuestro pueblo, claro está, sabrá cumplir sus deberes para revocar los atropellos depredatorios de su Soberanía y su integridad territorial; pero si desperdicia la oportunidad, luego tendría que hacerlo a la manera inmolatoria con que ha sabido alcanzar, recuperar y mantener su gloriosa independencia.

En los últimos días, por ejemplo, he percibido que se está desperezando la tranquilidad espiritual de mucha gente valiosa que confiesan lo difícil que les está resultando conciliar el sueño con lo que están viendo que se le viene encima a la tierra de sus amores.

Me toca en ocasiones oírles en su desagrado y he tenido que hacer esfuerzo de persuasión para animarles hacia la calma, que los deje pensar mejor y actuar con mayor seguridad en sus determinaciones.  Les advierto que es hora de convocarse a pensar cuanto se tenga que hacer para enfrentar la traición.

A veces he de reírme, al sosegarles, cuantas veces les aconsejo que, tal como afirmara el padre fundador:  “Por desesperada que sea la causa  de mi patria, siempre será la causa del honor y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”. Algunos no lo conocían, otros lo habían olvidado; pero todos se emocionan al oírlo.

Hay quienes desesperan y quieren acción, así sea turbulenta, y les digo que la lucha por librar requiere más de inteligencia que de ímpetu; ésto, en principio, pues los peligros son variados y una de sus peores vertientes es el desorden; algo que pueda servir de pretexto para culminar la odiosa deformación de nuestro pueblo como una expresión tribal sin posibilidades de enmiendas, condenado irremisiblemente al caos y el atraso, en las mismas proporciones del desventurado pueblo vecino.

He creído llegar tan lejos en esa contención de mis innatas tendencias a la beligerancia que en ocasiones me ha costado explicarles a los impacientes, que se me allegan con su alarma, mediante ejemplos de cosas que están ocurriendo con bríos espectaculares que, una vez examinadas con detenimiento, resultan no ser lo que dicen sus actores que son.

El ejemplo más complejo y elocuente, a la vez, es el desbordamiento de grandes masas enarbolando lemas y proclamando exigencias terminantes de renuncia y castigo penal para el Jefe del Estado por hechos de corrupción propios y de su gobierno, como tal.

Es decir, quien oye y ve esas manifestaciones tiende a enardecerse y queda fácilmente convencido de que las razones ya son verdaderas teas.  Sin embargo, cuando se observa más quedamente el portentoso evento de protesta, se puede echar de menos que el otro tema, el de la patria en peligro, por obra de acción o de omisión del gobernante bajo asedio, no se toca ni menciona siquiera.

“Algo anda mal”, es la primera reacción del espíritu, pues si existe una causa que subleva es esa y omitirla de la queja pública es una felonía que lo dice y explica todo.  Y no se puede aducir que lo que ocurre es que esa no es causa del pueblo, pues la traición, que tan adicta es a las encuestas, sabe desde hace mucho tiempo que un ochentiun por ciento no aprueba y detesta la inmigración ilegal; sobremanera, la ocupación de los últimos tiempos, tan masiva como torva.

Pero bien, hoy lo que quiero es referirme a un aspecto de nuestra conflictividad que no hace mucho tiempo tocara, cuando me referí al papel de la “fuerza mayor como  causa  de justificación” del comportamiento del Jefe de Estado  frente a  la agresiva campaña mundial de descrédito a que fuéramos sometidos, al tiempo  que se invadía nuestro territorio y se  perpetraban severas acciones contra  nuestra  Soberanía, Identidad y Autodeterminación de Estado libre e independiente.

Sabemos que se orquestó una campaña terrible en la prensa mundial destinada a deformarnos y hacernos aparecer como un pueblo xenófobo, persecutorio y despiadado que desde su Estado intolerante generaba una apatridia como peste de ciento de miles de habitantes a quienes se les privaba de la posibilidad de acceder a la Nacionalidad Dominicana mediante “injustos fallos, supuestamente fundados en consideraciones detestables de orden constitucional”.

Aquella tormenta que  abatía nuestra independencia se hizo acompañar de visitas incesantes y sistemáticas de exponentes del poder mundial, tales como el vicepresidente de Estados Unidos, el presidente de la Unión Europea, los secretarios generales de  Naciones Unidas y OEA, ministros y representativos  de organizaciones de todo género, todos en concierto, buscando imponernos sus dictados acerca  de la nacionalidad supuestamente negada, cuando no arrancada, “a legiones de seres humanos desconocidos y aplastados en sus derechos humanos fundamentales”.

El odioso e injusto ataque contra nuestra independencia ha sido el umbral de una conversión de nuestro Estado en sólo una parte de un esperpéntico Estado Binacional proyectado, que vendría a servir a la Comunidad Infiernacional para buscar una “solución final” al gravísimo drama de un narcoestado colapsado que no pudo ser rescatado, ni aún con la presencia de más de quince años de fuerzas militares multinacionales bajo palio de Naciones Unidas.

Ahora bien, estas cuartillas no tuvieran razón de ser si no hubiese ocurrido algo singularmente importante cuando en una tarde soleada se anunció desde el gobierno que en horas de la noche se daría a conocer una información que transformaría la nación en un verdadero antes y después.

En efecto, se anunció que la República establecía relaciones diplomáticas plenas con la República Popular China, al tiempo que rompía relaciones en Taiwán, que databan de cerca de siete décadas.

Lo que más asombró de la noticia fue recordar que apenas hacía unos días nos había visitado una flota de tres buques de guerra de aquel Estado, en un gesto de simpatía y solidaridad amistosa; asimismo, desconcertó recordar que el pasado 27 de Febrero, el día de nuestra gloriosa Independencia, en el palco presidencial aparecía personal diplomático y militar de Taiwán presenciando el desfile de nuestras fuerzas armadas, que exhibían parte de los equipos donados por aquel país; vale decir, que lo extraño y sensacional entonces resultaba el anuncio de rompimiento de relaciones que surgía casi como un exabrupto.

Reaccionó Taiwán con ira enconosa y adujo que la China Popular había hecho una operación de compra por soborno de las relaciones formales con nuestro país y desde allá se le respondió, en forma no menos airada, que tal cosa no era cierta, pues esos sobornos precisamente quien solía hacerlos era Taiwán.

En fin, una escandalosa noticia mundial donde aparecimos nosotros como una media isla en la parte Este de la Isla de Santo Domingo, que había sido sobornada, en contraste con lo que había ocurrido en el Oeste, donde se habían rechazado las “ofertas de inversiones y préstamos trampas”, porque se “mantendría la lealtad a Taiwán”.

Se podría pensar en una especie de ecuación con todo ello:  Haití no quiso, nosotros, en cambio, sí quisimos y el previsible enojo norteamericano no se haría esperar, como en efecto ocurriera, y para su prueba basta retener la nota diplomática de desagrado del gobierno del Norte bajo el predicamento de que la iniciativa dominicana “no contribuía a la estabilidad de la región”.  Se podría decir sin exceso de las dos regiones, la del Sur de China y la de el Caribe.

Eso es lo que hasta ahora se ve, pero falta por saber muchas cosas que todavía no se ven.  Por ello es que hay que hilar fino frente a los enigmas abiertos y convenir en que, si bien es innegable el abandono y aislamiento internacional creciente de Taiwán, como también es obvio el incremento de la importancia de las relaciones con la China Popular, ésto constituye un fenómeno al parecer imparable, pero que entraña delicadas implicaciones al asumirlo.

Es claro, además, que en la medida en que China Popular se ha ido convirtiendo en una potencia, en todos los órdenes y a escala mundial, es más que previsible que alcanzará el reconocimiento y la condición de “Buque Nodriza” de todas aquellas naciones menores que faltan por alinearse en sus fascinantes proyectos de triplicar en distintas direcciones su milenaria “Ruta de la Seda”.

Eso es rigurosamente cierto, pero para nosotros lo vital era saber si éste es el momento de hacerlo y sobre todo en la forma poco cuidadosa en que se hiciera frente al pequeño Estado del Pacífico que tiene un enorme prestigio de desarrollo y progreso.

Mi atención la he concentrado, en suma, en determinar por dónde han estado los móviles sinuosos de la traición movilizándose para precipitar el desacierto.

He creído ver una jugada maestra de la traición, aunque todavía sólo como presunción, y me permití en mi programa La Respuesta dejárselo a la conciencia del Presidente de la República como una tarea de examen, de cuáles fueron los consejeros decisivos y finales de ese desatino; saber cuántos paracaidistas del injerto de su gobierno pudieron estar animados a poner de lado, de momento, sus lealtades inveteradas con el Norte, pues si así fue, habría que admitir la existencia, como dijera, de una jugada maestra.

Es decir, lograr el alejamiento o algún grado de desencuentro que nos prive de los provechos posibles de tratar con los que mandan en Estados Unidos hoy, quienes tienen ideas y propósitos en el campo de la inmigración ilegal muy apropiados para comprender nuestros daños y nuestras razones de quejas, frente a lo que patrocinaran sus predecesores en detrimento de la integridad de nuestro Estado, sería una verdadera proeza, casi a nivel de un Talleyrand o de un Metternich.

Si se quería pues, de parte de la traición, una desavenencia considerable con esos que gobiernan Estados Unidos hoy y con ello alejar toda posibilidad de revocar y rectificar los daños y estragos de los tiempos de Obama, Farrakhan, la Nación del Islam, el Caucus Negro, los Grupos Kennedy-Clinton, la Onu y la Oea, hay que consentir que lo lograron, con todos los perjuicios que ello significa para la suerte nacional.

Trump, Kelly, Mathiss, Pompeu, ya pueden tener razones, si no para el enojo, sí para una desdeñosa opinión acerca de la textura y calidad del trato con nosotros, porque nos puedan percibir como aleves y taimados.  La causa de “justificación de fuerza mayor” parecería que se puede mantener en favor de la traición, porque cuentan con el humor agresivo y directo de Trump, aunque lo creen muy fugaz, aguardando su mini-paraíso hacia la consumación del Estado Binacional bajo un diseño a futuro de sus eventuales sucesores.

Haití pareció ver la oportunidad muy propicia para su brindis al sol, pero sólo para mejorar, así podrían creerlo, la opinión que expresara aquel importante Jefe de Estado de escala mundial en cuanto a las “naciones menores”, las cuales execrara considerándolas como meros estercoleros.

Desde luego, todo ésto que se acaba de expresar, casi con acento de post data de estas cuartillas, habrá que tratarse a fondo en otras nuevas entregas de La Pregunta.

¿No les parece interesante desentrañar lo que todavía no se advierte claramente?  Para lograrlo hay que hilar fino frente a sus enigmas.

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