VERDAD – POST VERDAD Y EL CONOCIMIENTO INESTABLE

Creo que en la antítesis que parece suscitarse entre verdad y post verdad lo más aconsejable sería segregar la noción de verdad que figura como eje.  Resultaría más aconsejable quizás utilizar la realidad como eje, pues así se eliminaría la posibilidad  supremacista de lo precedente, tenido como virtuosa verdad, inconmovible por demás, al tiempo que se protegería  la fe posible a ser debida a la validez de una post verdad correcta, no equívoca ni maliciosa.

Me ocurre que al apreciar esto así me condicionan mucho los trastornos que se han generado en ocasión de saber lo que se persigue en justicia como verdad.  Ha sido éste un tema de grandes controversias, al grado de que se ha llegado  a una especie de transacción en el sentido de admitir que sólo lo alcanzable por pruebas asequibles podría ser admitido como  verdad judicial; a ésta se le confiere un valor relativo, dejando lo absoluto sólo como ideal y misterioso objetivo; materia propia de la filosofía, seguida muy de cerca ésta por la teología, obediente eterna  a aquella afirmación de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, cuando respondía a la curiosidad de sus discípulos.

Es decir, que aún contando con los trabajosos y prologados debates penales, cuando llega la sentencia, pese a dictarse en nombre de la República y por autoridad de la ley,  su verdad sigue siendo relativa; se trata más bien de lo que se pudo probar y establecer; algo que siempre estará rodeado por el fantasma del error.

Ahora bien, si eso ocurre en una confrontación de tribunas contestatarias grávidas de normas y preceptos, hechos y circunstancias, apasionadamente controvertidos, no es posible suponer que se puede alcanzar la verdad social, política y económica en el debate público en medio de la torrentera de discursos y pareceres contentivos de designios de todo género.

La retrospectiva más reciente que sirva para examinar el contenido del convencimiento del “fin de la historia” cuando se desplomara la Unión Soviética, nos permitiría encontrar un enjambre de revocaciones, de creencias y expectativas como sólo la ideología sabe parir.  En efecto, aquella experiencia de siete décadas de socialismo absoluto, que se ofreciera como tránsito luminoso hacia la perfección del hombre, se derritió por obra de una implosión íntima, sin que intervinieran fuerzas externas hostiles.

Sin embargo, las décadas no han cesado en su misión implacable de servir de laboratorio de prueba de las utopías y el neoliberalismo, que pareció tan bien propuesto en nombre del individuo y que prometió un progreso excepcional donde no habría exclusión, ni egoísmo, ni explotación, sólo confiando en el hombre para redención del hombre, también se le ha visto demacrarse en el fracaso y aquellas esperanzas de abatir al Leviatán del estado abusador e inepto que sería puesto de lado porque el individualismo se encargaría del futuro del mundo, se le va advirtiendo caer en colapso.

Ahora bien, tal fracaso ha generado reacciones y aparecen personajes y sucesos que se encargan de los cuestionamientos más activos y revocatorios, resultando de todo ésto que quienes son actores de esas conmociones son reputados como  impostores retardatarios que pretenden erigirse en post verdad en detrimento de la verdad establecida y bien consolidada de la super utopía de la globalización.

En fin, no entiendo los fundamentos de la verdad porque ésta no hay manera de consagrarla por medio de las prácticas de poder que desde la política o los intereses dominantes aspira a un reconocimiento como algo intocable, so pena de rechazo de los nuevos actores, reputados como agentes nefastos del retroceso.

Desde luego, se trata de un tema muy complejo, pues en ocasión del asombroso desarrollo tecnológico la comunicación social  ha asumido modalidades  vertiginosas y una horizontalidad tan vasta y generalizada que la constelación de opiniones, informaciones, noticias y apreciaciones no hay manera de controlarlas, menos racionalizarlas, lo que ofrece un amplio campo  para las distorsiones, las manipulaciones y toda una legión de aberraciones en medio de cuya turbulencia, no sólo perece la verdad, como lo ha hecho siempre como primera víctima en las guerras, sino que los hechos mismos se pueden deformar hasta hacerse irreconocibles, perdiendo  el respeto  que desde siempre se les ha reconocido por su terca elocuencia.

Claro está que la sociedad en esa encrucijada ha ido perdiendo la brújula inveterada de su prensa tradicional, porque en el fragor de la batalla campal que se libra las redes obran con las energías letales de las hemorragias; algo incontenible que inunda y se adueña de la opinión publica sin tiempo de analizar los contenidos, en un océano de conjeturas y descalificaciones, donde sucumben todas las ideas relativas a la calidad ética de cuanto se oye o lee en ese maremágnum.

De ahí es que me llegan las dudas y vacilaciones para aceptar  que esas tensiones de la compresión publica puedan ser resueltas dándole  ganancia de causa a lo tenido como verdad frente al post, presumido de maligno o engañoso, pues aunque éste  llega en la pésima compañía de designios y propósitos arremolinados, en desorden manifiesto, no es imposible que puede traer consistentes razones para imponerse frente a realidades injustas que han sido nutridas de otros tipos de engaño y dominio, nada respetables, hasta llegar a ser capaces de de establecerse en los temibles statu-quo.

Esos statu-quo suelen resultar barridos por revoluciones o sustituidos por la aparición de personajes o manifestaciones populares expresadas en referéndum, generándose entonces sus resentimientos contra todo aquello que los abate; quejosos de un caos previsible capaz de desordenar todo lo tenido por válido durante el tiempo de control de sus férulas.

El hecho es que cuando se logra por excepción alguna brecha para colar el entendimiento en medio del tremedal, hasta confiar en que ya el conocimiento es estable, no cesan las ráfagas del violento viento digital que todo lo renueva y desestabiliza; parecería  que la verdad  se hace adicta  a la metamorfosis y los post se suceden  en una dinámica de reinterpretaciones que terminan por ser  un limbo de arrogante ignorancia colectiva.

Lo  único que parece emerger y permanecer en el fondo profundo del saber sería adoptar aquel monumento a la modestia  del “Yo sólo sé que no sé nada” que levantara el sublime maestro glorificado por la cicuta martirizante.  Pero no.  El convencimiento suicida parece ser “Yo sólo sé que lo sé todo”.  Un naufragio de la condición humana sin playa a la vista.

En realidad, la víctima exacta y final va resultando la propia verdad que se enarbola como una vedette de  hit parade; cuanto más espectacular su relato, mayor sería  su credibilidad;  siempre  que se proponga  como un último striptease del desvergonzado éxito, el as de la fama, que tanto nubla todos los valores  y los relativiza a fin de que “nada es nada” y “se puede todo”.

Es como si se quisiera que la sociedad asuma la mayor conformidad y pueda  resignarse a que le sigan siendo administrados los conocimientos en las nuevas versiones de cicutas digitales, que cuentan con el linaje recién estrenado de las tecnologías de punta que tanto fascinan a las masas para  el gozo de los sombríos intereses de los titiriteros de los estamentos dominantes.

En suma, la distorsión se nos presenta como una modalidad de control, difícil de detectar, pues cuenta con  las enormes ventajas  de la velocidad desquiciante de su exposición y del prestigio de ser hija mimada de la civilización, de  último grito, que tiene licencia para matar todo lo establecido y tenido como perenne.

No en vano se expresó ese júbilo cuando se acogiera la novela El Código Da Vinci, que ya tiene vendidos cien millones de ejemplares, traducido a no se sabe cuántos idiomas; pretendió ser una inflexión de post verdad, la más atrevida, que conduce  a negar las señales apocalípticas, de las que forma parte, en base al morboso atractivo de barrer con lo existente.

Incluso, se procura un Jesús banalizado para ofrecérselo a la descomposición de una sociedad nueva, altanera, soberbia y díscola, como la que se busca en nombre y a través de las poderosas post verdades, que sirven de heraldos a los nuevos subyugamientos.

Sus fines y propósitos son tangibles; abjurar y reclutar para el embotamiento. Y es por ello que insisto en declararme escéptico y renuente a participar en esas bregas  nuevas de la verdad, la post verdad y el conocimiento atrapado en ese  choque de trenes.

Dependeré  más bien de mi fe en Cristo y mis instintos para recorrer mi último tramo de vida y no me alentaré con los vítores  estridentes y vacuos  de los flamantes  progresos digitales que son los magníficos auxiliares de la post verdad, tan en recio curso que ha logrado hacer inestable el conocimiento.

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