Después de Abril, nada resulta tarde

Muchas veces nos encontramos con gente excelente que pide explicación de lo que está pasando.  No me desagrada complacerles, ni les dejo saber que las advertencias son viejas y que no tienen excusa por no atender a sus llamados de alarma.

Creo preferible admitir su distancia del conflicto como algo no perverso, sino más bien como un descuido inocente, derivado de su fe en que otros con obligaciones, medios y facultades se encargarían de atender los peligros.  La inmensa mayoría  de ellos ignora cuán vulnerables les hacía tal indiferencia.

El hecho es que han terminado por tomar conciencia de lo que ocurre y ahora tienen prisa por ponerse al dia de las magnitudes del trastorno.  La  experiencia es interesante, pues sus reacciones  son sinceras  y manifiestan una disposición  impresionante para ponerse a la altura de las circunstancias  de los riesgos y se ofrecen con noble  determinación “a lo que resulte necesario”, para resistir el desastre.

Desde luego, eso no se presenta en frío, pues ya las calles y los caminos de su tierra muestran la presencia, crecientemente airada, del vecino extranjero que  pisa fuerte en sus nuevos espacios; cosa ésta que entienden perdieran  sus  mayores, “despojados y perseguidos” por los nuestros que les arrebataran esta tierra que fuera suya.

Lo que más enardece a esa invasión, que fuera al principio insidiosa y persistente, pero que se ha convertido en un proceso abierto y desafiante, es saberse bajo el amparo de las falacias que la Comunidad Infiernacional que se propuso desacreditarnos con infames ardides que  nos llevaren al desprecio del mundo y poder así  desaparecernos en la más repugnante maniobra de Geopolítica de los últimos tiempos; y ésto que expreso no tiene  la más mínima fibra de odio, tampoco de supremacismo delirante; son convicciones ya cuajadas en realidades innegables.

Nuestro generoso pueblo lo único que ha sabido ofrecer en las vicisitudes de esas  relaciones de vecindad es ayuda y solidaridad.  Consciente como ha estado del  drama de su pobreza y del rechazo universal a su presencia en otras partes del mundo.

Sin embargo, siendo eso así, no se ha querido reconocer nunca como mérito glorioso el gesto nuestro; al contrario, lo que han  hecho es urdir  una siniestra conspiración para despojarnos de nuestro Estado  pretendiendo forzar  una convivencia anómala refundiendo el caos insalvable de ellos con el considerable estadío del progreso nuestro.

Saben que ello significaría un hundimiento total y definitivo de ambas naciones en el cual prevalecerían el atraso y el desorden.  Eso, a muchos Estados donde se alojan naciones que han sabido ser hermanas de la nuestra, poco les ha importado.  Destruirnos bajo pretexto de construir algo esperpéntico, como sería un Estado Binacional, es su perverso y letal objetivo.

Es en un contexto tan inconcebible como ese donde se está practicando el ensayo de  la tragedia; está en marcha la conjura y a los ocupantes invasores, aparentemente desarmados, ya se les ve animados a comportarse como dueños de nuestro territorio: asaltan cuarteles militares para llevarse las armas; defecan en calles y monumentos en pleno mediodía; ocupan la totalidad  del trabajo rural; controlan el ochenta por ciento del trabajo de la construcción pública y privada; se hacen cargo de las camas de nuestros hospitales; abruman las aulas de nuestras escuelas, en fin, toman cual silencioso y masivo asalto la agónica República Dominicana.

Todo aquello buscando una falsificación atroz de nuestra identidad mediante la creación de cientos de miles de falsos dominicanos con el rencor suficiente para involucrarlos en nuestro proceso público y terminar por compartir las tareas de dirección de los poderes públicos desde el congreso, las alcaldías y otras instancias institucionales. Desde luego, también un presidente que resulte favorable a sus fines.

Es ese el domicilio siniestro de los abismos a que nos abocan las primarias abiertas y simultáneas que en el Senado acaba de aprobar; por ahí habrán de venir los “colchones” de un voto étnico, altamente organizado ya, que sería el dueño propiamente de la suerte nacional.

Han contado con el apoyo cómplice de la traición que aprovechó una conveniente coyuntura de Geopolítica, como lo fuera la presencia del Partido Demócrata norteamericano en el poder, el cual proveyó el impulso que aguardaba la conjura.  Es más, tuvieron un Expresidente de Estados Unidos investido con funciones propias de Gobernador Real en el Oeste y esperaban la inflexión final de la llegada al poder, en sustitución del primer presidente afroamericano de la superpotencia, nada menos que a la brillante esposa del Gobernador Expresidente.

 Así quedaría sellado el triunfo de los cálculos conspirativos, dedicados a engendrar el nuevo Estado Binacional.

Ahora bien, probado está que esas maquinaciones experimentan y confrontan inconvenientes y trastornos imprevisibles y muchas veces se ha visto obrar para frustrarlos lo que nosotros los creyentes asumimos como la Mano de Dios.

Es tan injusto lo planeado y son tan desastrosas las seguras consecuencias de los enfrentamientos por venir, que la propia potencia hegemónica puede terminar por preocuparse de los conflictos lógicos que generaría ese atrevimiento una vez llegaren, como están llegando, las tensiones demográficas y los desencuentros indescriptibles de los cuales se están viendo signos muy graves.

El mundo de hoy está pasando por un tiempo sumamente conflictivo y se puede intuir que los planes llevados a cabo destinados a producir situaciones de tal talante, ni siquiera son de fácil agrado para quienes sirven al lado del Presidente Trump, pues esos sí que saben y conocen de los dolorosos desenlaces de esas diabluras de la política y sus sórdidos intereses.

Por ello, en una de mis Preguntas precedentes llegué a proponer a Trump como un acaso; no sólo para nosotros, sino para el pueblo que lo eligiera; y todavía más, para el macro proyecto de globalización que vienen desarrollando los dueños del capital de medio mundo.

Trump ha resultado para nosotros un feliz acaso, aunque no aprovechado por los que mandan, los que mandan aquí, que pudieran estar convencidos todavía de que será un ave de paso, en todo caso.

Destaco siempre mi convencimiento de que esos oficiales brillantes, en retiro, que le acompañan vienen jugando un papel histórico que podría alcanzar los niveles de cuanto hicieran en la post-guerra Marshall, McArthur y Eisenhower.

En fin, me reafirmo. Paradójicamente, la paz está más garantizada por quienes han sido hombres de guerra y puede peligrar más cuantas veces intervienen las causas siniestras que la desatan.

No en vano en mis advertencias durante mucho tiempo me he referido a signos que fueron apareciendo como umbral del conflicto; pensé siempre que nos podría ocurrir algo que un importante periódico nuestro, el Listín Diario, trató en uno de sus editoriales recientes bajo el título muy sugestivo y criollo “Nos cogió lo tarde”.

Uno de los síntomas más preocupantes fue la incertidumbre y sobre ella quiero insistir, porque resultó un caldo de cultivo muy pernicioso.

La incertidumbre se menciona con frecuencia sin detenernos a pensar en sus importantes significados.  Se alude a ella como una explicación de que no se sabe  qué está pasando, ni qué puede ocurrir, porque no hay nada definido ni se ofrecen muestras de  apreciaciones de cómo se habrán de abordar los enigmas que siempre acompañan a las indefiniciones.

Y no hay mayor alarma porque así sea; la tendencia es acomodarse a esperar que  vengan  elementos o señales que  aclaren la situación y entonces, sólo entonces, se  comenzarán a emprender las acciones destinadas a enfrentar  y tratar de resolver lo que se tiene como un limbo de parálisis y vacilaciones.

Es decir, la incertidumbre no se asume como algo grave que presagia dificultades mayores, sino más bien como una neblina inocua y esencialmente pasajera que podría despejarse sin mayores esfuerzos, como suele decir el pueblo llano, “la carga se empareja en el camino”, convencido de que cierta dejadez indiferente podría ser necesaria para salir del paso.

Así resulta que lo cierto puede ser lo incierto; que por ello no se cree en la necesidad de experimentar mortificación alguna.  Cuando ésto se presenta como dilema individual se trata de la puesta a prueba de la decisión del sujeto que puede  al hacerlo, acertar o no, pero que siempre se verá como algo muy personal, según vayan su carácter y su inteligencia respondiendo a las urgencias y apremios de sus intereses.

No ocurre así cuando se trata del colectivo.  La incertidumbre que le sale al paso a una nación es algo mucho más complejo y sensitivo, pues ese limbo mencionado se torna en ambiente favorecedor del incremento de los componentes del conflicto.  Es decir, todo cuanto ha concurrido para amenazar la seguridad del Estado, albergue de la nación, lejos de percibirse o presentirse, como que se envuelve en la niebla de la incertidumbre que ampara a quienes están impulsando las peligrosas acciones del minado y socavamiento de la integridad de la nación sujeta al riesgo mayor de su desaparición.

El enemigo se enmascara en la incertidumbre, pero avanza y progresa en sus planes mientras se mantiene  la indefensión de la víctima de sus maquinaciones, ya traducidas en acciones concretas.  Tal es nuestro caso.  Lo afirmo con certeza, sin dubitaciones, porque como he estado en el campo de las advertencias he tenido mejores oportunidades de identificar la marcha y desarrollo de los hechos y circunstancias descalabrantes.

Lo peor ha sido el retardo que se pudo generar, al grado de impresionarnos para llegar a creer que “nos cogió lo tarde”; no columbrar los alcances del trastorno; ésto, por lo que se ha dicho muchas veces, que la mayor habilidad del diablo consiste en mantenernos en el error de no creer en su existencia.

Por eso se originan, en quienes advierten, las angustias de sentirse en la impotencia del desoído, tal  como ocurre cuando se clama en el desierto.  Las espesas brumas que nos han impuesto no nos han dejado ver ni saber plenamente de qué se trataba.

Ahora bien, he de proseguir advirtiendo.  Me ayuda para hacerlo el hecho de comprobar que ya hay una alarma palpable, todavía larvada, pero augural, de que las reacciones están a punto de asumir la intensidad necesaria como para pensar en aquella conducta dramáticamente descrita en nuestro himno: “Salve el pueblo que intrépido y fuerte a la guerra a morir se lanzó…”.

Parecería eso, a los ojos del desencanto sembrado por la traición, que la premonición es sólo una baladronada retórica, bravucona, quizás paranoica; que ya  no es posible porque ellos se encargaron de intentar desmembrar los símbolos nacionales, entre ellos ese himno que desprecian diciendo que su  heroísmo es supuesto, que se trata de  exaltaciones de fantasías sobre luchas y batallas que no se dieron, al menos en los términos en que se ha pretendido.  No han bastado los doce años de guerras subsecuentes al glorioso febrero del cuarenta y cuatro para respetar la heroica resistencia de parte nuestra.

Por ello se hace necesario destacar que a esa ignominiosa pretensión se le puede responder que ese himno también tiene otras partes del canto que no se dan a conocer, so pretexto de resultar muy larga la elegía; son aquellas que dicen:

Y si pudo inconsulto caudillo

De esas glorias el brillo empañar,

De la guerra se vio en Capotillo

La bandera de fuego ondear.

 Y el incendio que atónito deja

De Castilla al soberbio León,

De las playas gloriosas le aleja

Donde flota el cruzado pendón.

 Compatriotas, mostremos erguida

Nuestra frente, orgullosos de hoy más;

Que Quisqueya será destruida

Pero sierva de nuevo, ¡jamás!

 Que es santuario de amor cada pecho

Do la patria se siente vivir;

Y es su escudo invencible: el derecho;

Y es su lema: ser libre o morir.

 ¡Libertad! que aún se yergue serena

La Victoria en su carro triunfal,

Y el clarín de la guerra aún resuena

Pregonando su gloria inmortal.

 ¡Libertad! Que los ecos se agiten

Mientras llenos de noble ansiedad

Nuestros campos de gloria repiten

¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD!.

Aquella gesta restauradora de la Independencia fue una guerra popular neta; las potencias de entonces no negaron su condición de proeza; el propio Lincoln ya le advertía a su vanidoso Secretario de Estado Seward:  “En cuanto a Santo Domingo, he estado muy atento a los sucesos de allí”.  Se refería a la anexión a España de cuya liberación  no llegara a saber porque  ya había sido sacrificado para dolor perpetuo del mundo.

Los dominicanos sabemos sublevarnos en los momentos precisos y la prueba última y gloriosa del sesenta y cinco así lo  ha demostrado.  Sólo hay que leer las obras excelentes escritas por autores norteamericanos para comprender cuál fue la magnitud del desconcierto  que se produjo en Washington frente al tipo de resistencia  que nuestro pueblo opuso a la continuación del atropello antidemocrático del facto.

El presidente  que ordenara la masiva intervención militar no tenía  una idea clara del pueblo  que se sumaba al levantamiento militar surgido, ni tampoco  los políticos e intelectuales que les servían de consejeros salían de su asombro ante el coraje de tantos desconocidos  de entonces que desafiaban los poderes de la tierra por la  Constitución y el estado de derecho que les habían arrancado a su pueblo.

No crean, pues, los maquinadores de la traición que la incertidumbre los  seguirá encubriendo; se allegan y se sienten de los pasos de las definiciones y tengo la convicción de que el pueblo responderá, una vez más.

Pienso, finalmente, que en el propio centro de poder hay gente al mando que sabe exactamente las magnitudes del cataclismo que se generalizaría en la isla, una vez se intente rematar el odioso plan de nuestra extinción como Estado.  La Balcanización del Caribe no creo que les resulte indiferente a los hombres de guerra, que por fortuna ayudan a gobernar en la potencia mayor de la tierra.  Ellos, según dije, paradójicamente, son mejores garantes de la paz pues saben demasiado de la guerra y nadie en sano juicio puede esperar que los dominicanos se ausentarán de sus deberes para con su patria.

Entonces no habrá incertidumbre.  Otra vez, estaremos reaccionando para que no “nos coja lo tarde”.  Luego de ese legendario abril, “nada será tarde”.

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