Algún provecho tiene la infamia

Los grandes presentimientos de la historia no tienen todavía una muestra parecida a la expresión del Mariscal Sucre, cuando recibiera del Libertador las instrucciones  de ir al Ecuador  a tratar de organizar aquel enjambre de inquietudes y presagios:  “Esta comisión tiene espinas”.  Luego se supo con su muerte, ya en Colombia, lo que presintió aquel predestinado de la gloria, hijo espiritual de Bolívar; su sucesor previsible, una vez se cumplieran los designios contra el “Padre de las Independencias”, el “Hijo de la Gloria”, y el “Espíritu de la Libertad”, según lo describiera un combativo púlpito criollo de la Caracas de entonces un día de la Santísima Trinidad.

En la vida simple de la gente corriente también se dan casos de recelos instintivos que les hacen sentir con anticipación los peligros, consumados luego como desgracias presentidas.

Tal fue mi caso cuando el primer día del mes de marzo del año setenta y dos del pasado siglo el Presidente de la República me invitó a ayudarle en los esfuerzos de aplicación de su programa social agrario, que tan sólo horas antes se había propuesto por ante la Asamblea Nacional en cinco proyectos de leyes excepcionalmente importantes.

Al aceptar el delicado encargo presentí que mi vida cambiaría sustancialmente para siempre; aquel apasionante proceso de justicia social, durante el tiempo que permaneciera en él con mi ánimo beligerante innato, me fue dando pruebas de lo válido de mi presentimiento de que “esa comisión tendría espinas”.

Una tarde de aquel tiempo me llamó el Jefe del Estado para participarme su interés de asignarme una escolta policial en razón de que tenía información preocupante de que se preparaba un atentado como respuesta a mis endurecidas posiciones en la aplicación de aquellas leyes.

Viniendo la previsión de aquel hombre tan sereno y renuente a aspavientos, quedaba yo definitivamente persuadido de los altos riesgos que entrañaba tocar los duros intereses de la propiedad de la tierra; sentí que todo cambiaría, desde la elemental privacidad de poder andar solo, hasta la naturaleza de mis dedicaciones personales y profesionales; dejaba de ser, en cierto modo, abogado de los tribunales de la República para convertirme más bien en un abogado de la República.

Salí del programa agrario veinte meses después por inconformidad manifiesta con su velocidad enlentecida, pero no me dio la vida descanso, pues aparecieron las durezas del debate político, girando alrededor otros males terribles para la República: la corrupción público-privada, y muy especialmente la presencia de la droga y su tráfico transnacional que aposentaba su insidiosa presencia.

Los riesgos oriundos de las responsabilidades  social agrarias resultaban casi un juego de niños frente  a los retos de estas otras modalidades de compromiso con la defensa de la República; en esta fase, por ejemplo, he tenido que pasar por experiencias tétricas cuando asistiera tres veces a sepelios de hombres jóvenes, humildes, consagrados a brindar protección a mí y a mi familia, arrastrada en cierta forma por mis misiones temerarias de defensa, hasta colocarla en encrucijadas de altos riesgos.

Pues bien, como si todo lo anterior fuera poco, se venían a sumar a esas vicisitudes la misión que me impuse de alertar  acerca del desastre de nuestra soberanía, tan herida de muerte; ha sido de ahí de donde  han emergido nuevos y variados peligros, agregados a los existentes, no sólo girando alrededor del eje previsible  del asesinato físico, sino por el otro odioso medio de la muerte moral, a grupas de las peores infamias, señalándome en este campo como parte de “odiosos grupos de racistas”, “xenófobos”, “persecutorios”, “de falsos nacionalistas, que sólo saben sembrar odios”.

En los últimos días he meditado mucho sobre este último método de combatirnos a todos los que estamos en la honrosa trinchera del patriotismo y, luego de la deprimente  participación de algunos jerarcas  de la iglesia, nada menos  que en el sacratísimo sermón de las siete palabras, donde  dieran pruebas penosas de complicidad  con la trama anti-nacional, recordé  aquel obsceno papel de un renombrado escritor latinoamericano, que desde un diario importantísimo de España pidió formalmente el retiro deshonroso  de esa gloria de la República, cabeza indómita de nuestra iglesia, que sigue siendo Nicolás de Jesús López Rodríguez, nuestro amado Cardenal, bastión esclarecido desde el púlpito que fuera de Meriño y el Padre Castellanos.

Me ha ocurrido que en el influyente diario de mención me cuentan que apareció un ataque similar al de las siete palabras, pero ya con mi nombre, calificándome como “nazi-fascista- trujillista”, según parece bajo encargo de la cueva de la alta traición de la patria.

Yo no hago mayor caso a esas pretensas descalificaciones, ya que la larga vida de sacrificados servicios a mi sociedad se ha encargado de desmentir rotundamente  las infamias; la gracia de Dios me ha permitido acreditarme como un modesto, pero esforzado, defensor de la República, en campos tan sensitivos  como la pobreza campesina, el saqueo de los magros recursos a cargo de los corruptos de la política y el alto empresariado, el narcotráfico y, muy especialmente, la exposición a desaparecer en que se ha puesto la patria misma.

Como en los ejércitos se dice de sus soldados verdaderos, creo poder decir he cumplido; “valor probado”.

Pero debo acentuar aquí un aspecto muy interesante de mi final asunción de riesgos letales y decir que he sostenido como vigorosa tesis la existencia de un pacto implícito en la conjura contra nuestra patria: la Geopolítica de Unión Europea, sujeta como estuvo a la época pre-Trump del poder central de la tierra, el alto empresariado y el narcotráfico internacional.

Conforme a mi entender, no ha mediado acuerdo connivente y previo, excepto el alto empresariado, que sí sabe muy bien que el capital del vecino estado colapsado desde hace décadas está en manos de mafias internacionales.

Pero, el hecho es que todos concurren al objetivo de crear un esperpéntico Estado Binacional, vecino a Puerto Rico, frontera   jurídica de Estados Unidos, que cuenta con seis aeropuertos internacionales y puertos marítimos de transbordo y gran calado.

Esa tesis multidireccional es la que puede estar engendrando el núcleo más denso de las infamias, haciendo las veces de las “patas de los caballos”, debajo de las cuales pueden estar los propósitos más terribles.

Hago un paréntesis, sólo para recordar cómo respondía en la década de los sesenta, cuando la lucha política se desatara, luego de la muerte del dictador; me limitaba a señalar que nací un año después de ser éste poder omnímodo; que conversé apenas dos minutos en mi vida con él, tan sólo dos meses antes de su muerte, y que las fuerzas más puras y revolucionarias de aquellos momentos jamás me hicieron la menor alusión despectiva.  No así las fuerzas cívicas retardatarias donde pululaban abogados adversarios, que no asimilaron jamás mis éxitos profesionales desde el primer proceso penal que me sirviera de debut.

Ahora bien, reconozco que permanecí luego del magnicidio al lado de un gobernante de excepción que supo prohijar la transición y, luego de un exilio que pareciera su tumba, dado el descrédito violento con que lo arrojaron, volvió para gobernar durante cinco períodos que alcanzaran los veintidós años, no sin antes ser declarado Padre de la Democracia por sus propios enemigos y detractores de los primeros tiempos de libertad.  Preciso que no fui su funcionario, fuera de los veinte meses de lucha social agraria

Ese Balaguer que se menciona con desprecio en el importante diario español en ocasión del insulto a mí,  fue el mismo que, ya muy anciano y ciego, se rehusó siendo Presidente a aceptar la propuesta de establecer  diez y nueve campamento de veinte mil supuestos refugiados, algo que le costara el recorte  de dos años de su último período presidencial por obra de un Presidente Clinton, que en su autobiografía dedica once páginas fascinado con sus experiencias vividas en Haití, desde el tiempo en que era Gobernador, y apenas dos líneas  al anciano gobernante que, según le dijeron, “tenía un gran talento”.

Ese anciano ciego, a la maliciosa oferta que de forma insidiosa se le hiciera de un posible Premio Nobel de la Paz, respondió que no necesitaba reconocimientos internacionales pues estaba de por medio la sagrada causa de la patria.

Quizás no sea ocioso recordar que a Trujillo el parlamento haitiano, en el año de 1936, le aprobó su inscripción en Oslo para el Nobel de la Paz, es decir, un año antes del desastre de la matanza del treinta y siete, llevada a cabo en la frontera norte, cuando todavía la principal avenida de Puerto Príncipe llevaba su nombre.

Estas cosas se las dejo como anticipo a los frustrados sicarios de honras que se están movilizando bajo repugnantes encargos.

En suma, hoy lo que me propongo es poner de relieve que la traición está activa, moviendo los hilos de la trama, aunque de manera diferente a como lo estuvo haciendo en el mini paraíso de Obama, cuando se esperaba Hillary, algo que le permitía no confrontar ninguna dificultad para mantener bien vivo el interés norteamericano de re absorbernos en un Estado Binacional oprobioso.

Ahora ocurre que es más difícil convencer a los mandos de allí porque tienen ideas similares para su patria a las que tenemos muchos para la nuestra.

Es por ello que se ve la traición muy empeñada en que se produzcan grotescas intromisiones, como la última y más reciente de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH).  Intrusa y desvergonzada como siempre, vino a liberarnos de una llamada “lista negra”, bien racista, por cierto, por su propia denominación, pero sólo para incurrir en el imperdonable atrevimiento de ordenarnos desechar nuestra Constitución, nuestras leyes y hasta nuestra propia justicia en niveles constitucionales.

Claro está, en ese contexto se hace necesario a la traición abrir fétidas campañas de descrédito a todo aquél que se atreva a invocar amor y respeto por su patria.

De Eugenio María de Hostos se sabe cuanto dijo desde la inmensa tribuna de su condición de maestro de América: “La lucha que sostuvo el pueblo dominicano contra Haití no fue una guerra vulgar. El pueblo dominicano defendía más que su independencia, su idioma; la honra de su familia, la libertad de su comercio, mejor suerte para su trabajo, la escuela para sus hijos, el respeto a la religión de sus antepasados, la seguridad individual…Era la lucha solemne de costumbres y de principios que eran diametralmente opuestos; de la barbarie contra la civilización”.

Ese testimonio responde plenamente, tanto al púlpito desgraciadamente reducido en su trascendencia, como al libelo extranjero que no podrían responder a ese prócer ni que estuvieran dementes, imputándole xenofobia o cualquier otro dicterio de los que utilizan los fusionistas al servicio de los peores enemigos de nuestra patria.

Como podrán ustedes comprender, el título de estas cuartillas “algunos provechos de la infamia”, queda justificado con las múltiples reminiscencias que frente a las infamias de ayer me han servido para ripostar a las de hoy. ¿No les parece?

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