Ven que te espero, soledad

Ven, que te espero soledad; no dejes de traer tus abrumadores silencios. Y no olvides tus hirientes y temibles desprecios.

Ven soledad, que te esperan mis largos años de vida; te advierto que será duro el duelo. Tú, con tu morral de hazañas de abandonos despertando lástima por el desvalido y olvidado abuelo y, yo, aguardándote con mi alma llena de Dios para vencerte.

No te necesito soledad, te lo anticipo. Cuando llegues saldrán a recibirte mis esperanzas, que no están muertas; el tiempo no pudo malograrlas y serán ellas las que te contarán de mi vida y el porqué será vano tu esfuerzo por aniquilarme.

No te asustes soledad, que sólo te anuncio cómo te venceré; es porque tengo la compañía de una fe que te hace intrascendente. Ella me concedió el privilegio de prepararme desde mi niñez cuando me inscribió en el amor a la cruz.

Todas mis acciones, durante tantas décadas, jamás pusieron de lado sus enseñanzas y te digo soledad, ¿sabes quién fue la maestra escogida? Mi madre, que no fue disipada ni aún por la muerte; su temple y presencia han sobrevivido junto al hijo, en medio de sus tormentas.

Quiero ser leal contigo y tengo que anticiparte tu derrota, soledad. Acaba de llegar, no obstante, para departir conmigo y tal vez emprendamos el camino del ejemplo; quizás imaginemos la manera de mostrarles a otros muchos cómo se te enfrenta.

Soledad, yo haré tu defensa y propondré como excusa absolutoria en tu favor que has tenido la mala compañía de la falta de compasión en el mundo; que han sido los villanos de éste, como el egoísmo, la soberbia, la codicia, el éxito, en fin, todas esas baratijas del alma que, al perderse en los ocasos, te han dado fuerza para imponerte como un gran mal de los tiempos.

Te advierto, soledad, que será provechoso nuestro encuentro; siempre que tengas presente que no estaré solo, porque estoy al amparo de esa fe; algo que te trasciende todas las veces.

Aprendí mucho de voces y lecturas, tanto, que cuanto pueda oír ahora no serán más que trinos humanos, muy distintos al de las aves; que de éstos no hay nada que temer, soledad, porque son obra directa del gran arquitecto.

Los de los hombres, en cambio, son ardides de sus maldades, muy confiados y arteros en sus misiones, pero no perturban mi sueño.

Pienso, a veces, que te anhelo y que terminaré por amarte una vez te haya vencido, sin humillarte.

Te advierto, soledad, que estoy tan confiado en que no podrás entristecerme porque siempre he sentido de mi madre su diestra; no olvidé nunca su admonición de no alejarme jamás de la compasión, aunque fuera odiado y perseguido por las pasiones de quienes creyeran mis causas muertas.

Me alentaba y decía: “Déjalo todo en manos de Dios, que, a la larga, será de Él la final sentencia”. Caminando por la vida en medio de todos los retos lo fui comprobando y de ahí mi falta absoluta de remordimientos.

Estoy, en realidad, rodeado de recuerdos de luchas y sinsabores y cuando reviso el pasado me juzga la conciencia y, en verdad, no encuentro de qué arrepentirme; no porque no cometiera errores y desaciertos, sino porque mi ruego humilde de perdón al Señor siempre lo sentí elevarse limpio de maldad y de estridencia.

La compañía que ofreces, soledad, sólo se hace naufragio cuando se llega vacío al final; no así cuando la fe está adentro, jubilosa, cuidando el viaje hacia la vida eterna.

Es una experiencia fascinante la de responderles a los muchos años, cuando anuncian que la muerte está a la puerta: “Díganle que pase, que sé a dónde voy y cómo me esperan”.

Por todas esas cosas, en las que creo, pienso que el éxito de la tristeza que tú acarreas, soledad, reside en que se ha prescindido de Dios, viviendo de espaldas a sus mensajes y enseñanzas. Todo estaba dicho, como indicación, desde los mandamientos hasta la cruz; y es en la hora de partir cuando se llega a saber de lo crucial que era ceñirse a ello sin desobediencia.

Reconozco, que terminan siendo tus aliados los gozos y las tentaciones del mundo, añorados por muchos de tus abuelos; apiádate de ellos que están fatigados, desconocidos sus méritos, muy vencidos, mendicantes de inútiles recuerdos. Haz más fácil y placentera tu compañía, casi su defensa y renuncia a eso de seguir imponiendo tantas desventuras desoladoras y oprimentes.

¿Ves soledad, cuál es mi compasión? La que me inculcara la maestra del bien que fuera mi madre. Comprender ésto es vital para nosotros en nuestro raro trato.

En todo caso, soledad, te haré una propuesta: Sed mi novia y ocupa el lugar de la que se muere en mis brazos cada día como una tórtola malherida; ese vacío sí que podrá derrumbarme y tú puedes ayudarme a sobrevivirla, un tiempo bien breve, por suerte.

Escribo ésto sólo a horas del viernes de crucifixión. Lo he meditado en el pequeño parque que dediqué a mi madre debajo de samanes inmensos, más que centenarios, que no había ella nacido cuando ya eran árboles formales junto al río silencioso e inocente.

Allí medito, soledad, junto a la cruz y debo decirte: La cruz para el cristiano es algo más que una identificación; es otra cosa más honda una vez se atiende a las palabras finales de Jesús; todas, viniendo de sus sagrados labios, contienen significados capaces de vencer a los siglos y hacerse eternas.

Desde niño me impresioné con las palabras de la cruz, de tal modo, que las siento como las alas de mi fe. Es ese soliloquio un código de vida tan grandioso como la tabla de mandamientos, pues, éste ordena hacer lo debido, como Dios manda, según expresa, y el otro, el soliloquio de Jesús en la agonía sangrienta, revela una sublime rendición de cuentas del paso por la tierra del Hijo de Dios.

De sus últimas siete expresiones hay una, la que refiere “Madre, he ahí tu hijo. Hijo, he ahí tu Madre”, que para mí siempre ha significado el inescrutable legado del amor. El día que las madres dejen de amar al hijo terminaría el mundo.

Él sacralizó el lazo entre la oriundez del hijo en el vientre y la majestad de quien lo alumbrará con dolor. Jesús investía a la madre como la representación de su compasión por los hombres que quedaban en la tierra por cuyo perdón se inmolaba. Confió el Señor en que la piedad y la misericordia que es capaz de asumir la madre junto al hijo es lo que más puede alcanzar el cumplimiento de su encargo divino.

En fin, soledad, ven que te espero con los brazos abiertos, sólo con alegría, ninguna tristeza.

 

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