El Pesar del Desoído

Alguien dijo una vez: “No te acuso cuando te señalo con el índice, si es para advertirte del camino”.  Una verdad solemne.  Todo dependerá de los designios, que son muy íntimos, pues el camino es siempre un enigma y se desconoce si le aguardan al peregrino zarzas o flores.

Se puede saber, quizás, lo que le espera y si no se acerca para aconsejar lo que se debe hacer antes de aparecer las sombras de las celadas, entonces se podrá pensar en la traición, que no por omisiva pierde su índole horrible.

Cuando reflexiono sobre la suerte de mi patria y siento la necesidad de alertar a cuantos, como yo, nacieron en su bendita tierra, lo que más me inquieta no es ser desoído, sino que se dude de mi buena fé.

Sé que es un tiempo endemoniado en que la maldad resulta prevaleciente y no ignoro que quienes asumen tareas altas y limpias corren riesgos de ser abominados por la contumelia.

Lo único que resulta consecuente y sincero es la aparición de los hechos, tercos y elocuentes, acallando las voces de la maledicencia.

Realmente se trata de una experiencia singularmente dolorosa, pues quien la padece ha tenido que soportar muchas durezas tratando de ser comprendido.  Esto, aún en los trances peores, como los actuales.

Talvez resulte difícil encontrar otro, como yo, que he tenido de Dios la gracia de una larga vida, que pueda contarle a su pueblo de sus vicisitudes azarosas y de sus encrucijadas de grandes riesgos, de sus infortunios y de las dolorosas decepciones que le han impuesto los errores y extravíos de aquellos hijos  en los que ha confiado y no han sabido responder en las horas de sus mayores peligros.

Meditar, he ahí la clave para poder internarse y permanecer en esta jungla de sinrazones y deslealtades; luego, escribir, hablar y tratar de transmitir los temores y presentimientos que conduzcan a la serena alarma que se precisa para servir sin tasa a la patria.

Eso sí, separar cuidadosamente la paja del grano, pues, una cosa es el manicomio de las luchas de poder y, otra sacrosanta, que es la supervivencia de la República.

El intruso se derrama y está en todas partes y no respeta nuestra integridad como pueblo; nos cree castrado incapaz de reaccionar, moribunda nuestra auto estima, sin coraje épico alguno.  Y en verdad, ha sido tan terrible la trama, que sus autores tienen la siniestra convicción de que ha llegado la hora de ir cerrando todas las trampas tendidas.

Pero no, su error consiste en no saber que nuestra patria se ha sabido sacudir de sus desgracias, cuando menos se esperaba y que su empeño por borrar nuestra historia ha sido en vano, pues ella misma lo atestigua con el sacrificio enorme de sus héroes y mártires inolvidables.

No hay, desde luego, ninguna otra ocasión más hermosa que esa de servir a los dramáticos apremios de la patria, pues, cuanto más comprometida se encuentre su suerte, mayores serán los sacrificios y la alegría de inmolarse.

No niego que los peores aspectos de esta conjura no son exclusivamente extranjeros, y esto es lo que más duele y subleva.  Ha sido la deslealtad de los propios lo que más nos afrenta, aunque ha sido así desde siempre, de apenas nacida la República, ellos, los grandes nuestros, fueron víctimas de sus maquinaciones.  No es difícil entonces imaginarse hasta dónde han podido llegar en su zapa sombría de estos tiempos.

Cuando insisto en la necesidad de la meditación es por el convencimiento que tengo de que nos enfrentamos a una confluencia de designios malvados que, con gran cinismo, nos pretende extinguir en nombre de la causa universal de  los derechos humanos.

 Sin rubor alguno proclaman que es un acto de justicia internacional favorecer la salvación del pueblo más pobre de la tierra, pretendiendo reabsorber al “odioso” pueblo vecino, que somos nosotros, que supuestamente lo desprecia y persigue.    Esos son los rasgos resumidos de la tragedia nuestra.

Deshonrarnos, primero, fue su más enconado propósito para pasar de ahí, logrado el desprecio mundial por xenófobos, a la fase final de ejecución del diabólico plan del Estado Binacional.

Desaparecernos definitivamente del mapa mundi donde hemos estado por cerca de dos siglos, perteneciendo a la Comunidad Internacional, que llamo ya Comunidad Infiernacional, de infierno quiero decir.

Como se puede advertir, ni la ignominiosa anexión a España resulta comparable con esta trampa mortal que nos asedia.

Pero bien, leyeron ustedes mis afirmaciones de que no me inquieta ser desoído; que sólo me turba pensar en que cuanto he advertido pueda ser reputado como algo carente de buena fe.

Al desoírme, entiendo que lo hace aquel que tiene, ya, opinión prejuiciosa, invencible, o razones oscuras de otra índole.

En cambio, cuando quien te oye sólo sospecha de que no obras de buena fe, hay motivos de pesar porque ese oye, aunque no cree; sabe que tiene que conocer los riesgos y peligros de su Patria, pero, lo han engañado tanto desde las pugnas políticas que ha terminado por ser un escéptico.  Prefiere aguardar los hechos que son más confiables.

Entonces es cuando la inquietud mortificante del modesto profeta que anuncia la tormenta se recrece porque, si no logra prender la alarma para incorporarla a la resistencia, será todo mucho más trágico.

En todo caso, los hechos se impondrán.  Ellos vienen resultando mis aliados para la prueba de la buena fe que me guía; y aún así, en los últimos tiempos, estoy incorporando un componente de irrecusable importancia como lo es la larga vida que ya va en los tramos últimos del camino hacia la otra inmensa verdad.

No es tal tiempo propicio para mentir, ni engañar, cuando se avista más cercana la casa del Señor.

A los míos que me reprenden cuando oyen ésto, les digo:  no hay nada más importante que servirle a la patria hasta el último aliento y es necesario estar preparado para prevenirla de los abismos que le aguardan en un tiempo ya no estaré.

En todo caso, no olvidar que quedan millones de sus hijos vivos y muertos, así como millones por venir.  Vale, pues, la pena esta lucha.

¿Por qué puedo sentir pesar al ser desoído entonces?  Por todo eso que explico como empeño y deber.

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