Un presente Enigmático

A la República nada la daña más que este vacío que desorienta su presente.  Las maquinaciones y sus múltiples componentes han concurrido a la enorme conflictividad de hoy, de tal modo, que se ha hecho muy difusa la comprensión de sus características y magnitudes; de consiguiente, se le ha abierto paso a una confusión perniciosa, paralizante, que sugiere vacilación.

Sabemos todos, al fin, que corremos riesgos mortales de nuestra supervivencia, pero lucimos indecisos acerca de cómo debemos enfrentar lo que viene; al menos, de momento es así.

No desconocemos y nos preocupa la obvia falta de guías y ésto es lo que excita las clásicas y abismales improvisaciones sólo rumiadas hasta que llegue el día D, que está presente siempre en todos los conflictos.   El enemigo, en cambio, está organizado y obró durante largo tiempo con tal insidia que privó a la confiada gente nuestra de toda reacción inmediata frente a sus maquinaciones.

El hecho es que, como otras tantas veces en nuestra historia, la reacción está asegurada, aunque con algún retardo inquietante.

¿Cuáles son los riesgos de que así sea? Que las acciones se pueden tornar violentas, histéricas, tetánicas y ésto no es lo aconsejable; precisamente porque en los planes del Estado Binacional figura la posibilidad solapada de una intervención militar, multilateral, que permita emprender un proceso fideicomisario bien disimulado; casi como si se estuviera haciendo en el desorden previsible de la isla lo que no se hiciera en Ruanda con su millón de muertos.  Se trata del cinismo típico de la Comunidad Infiernacional.

Ahora bien, debo poner de relieve, sólo para recordar, que todos mis esfuerzos de alerta fueron impulsados teniendo esa preocupación de tercera dimensión como trasfondo.

Más aún, mis llamados a la unidad y a la reparación desesperada de la cohesión que fuera rota entre los líderes fundamentales por obra de las intrigas, los hice planteando la primordial cuestión de la defensa jurídica en el plano internacional, utilizando a los más aptos para fijar nuestras posiciones dentro de una unidad blindada que permitiera proteger la causa suprema de nuestra independencia.

Luego de no ser oído, al agravase las circunstancias, aún más, abogué hasta el cansancio por los servicios directos de quien cuenta con las relaciones políticas y personales más bien establecidas para encabezar una comisión de defensa que estaría constituida por decreto del propio Jefe del Estado para actuar en su nombre y representación, naturalmente en favor de la República.

Esa hubiese sido la prueba más vigorosa de unidad nacional y todos los daños infligidos a nuestra soberanía, nuestro territorio y autodeterminación, se hubiesen comenzado a reparar en forma admirable.

Lo que resulta ahora interesante es que si emprendiéremos ese camino, y aún habría tiempo para hacerlo, tendríamos nuevos y muy diferentes interlocutores, que podrían comprender plenamente nuestras posiciones y así ir restableciendo tantas cosas perdidas fruto de errores, vacilaciones y traiciones grupales.

A no pocos les resulta incómodo y difícil aceptar esas convicciones mías.  Es más, las sospechan de ingenuidad y de ser muy anuentes en su oportunismo.

Yo creo, no obstante, que son realistas mis convicciones pues si hay un campo en que los puntos de vista de la realidad son duros, es en lo internacional.

Nuestra debilidad inherente, por ser pequeños, resultó aumentada por efectos  de factores combinados tales como el rehusamiento  global a aceptar la masiva migración ilegal haitiana hacia latitudes de alto desarrollo, fundándose  en que tal desventura es hija de una  pobreza asombrosa de muy difícil superación, dado el arrasamiento de sus recursos  naturales, y esto, que se ha  tenido como primordial para rechazarlos y como exigencia  frente a nosotros para aceptarlos, fue lo que agenció el apoyo de la traición inveterada que desde el nacimiento de la República ha sido su cáncer.    En forma muy oficiosa se puso a la orden de las potencias recalcitrantes a tal migración ilegal, ofreciéndonos como un alero, aunque ésto implicara nuestra reducción  cero como Estado.

A todo ello se sumaron dos ingredientes: la codicia insaciable del comercio, cuya bandera es el beneficio, de una parte, y de la otra, la geopolítica criminológica que ha venido sufriendo asedio en sus líneas centrales de operaciones, las cuales ha ido trasladando hacia el centro del Caribe.

En un tiempo en que en Cuba no está todavía a su alcance, el Crimen Organizado está convencido de que Puerto Rico es ideal puerta de entrada  al mercado mayor de drogas, siempre que lograren la Isla de Santo Domingo como un todo bajo su dominio; sin la molestia de dos naciones diferenciadas sobre un mismo territorio y dos Estados, uno colapsado, sin importar que el otro está considerablemente organizado en sus instituciones, en la conservación de sus recursos naturales, con políticas públicas y esfuerzos de defensa logística efectivos, capaces de convertirse en obstáculos insalvables para sus operaciones.

Es decir, ya no le basta al Crimen Organizado un Haití desértico y postrado; se le hace indispensable el territorio del otro Estado con sus  seis aeropuertos internacionales, sus ventajas operativas para Europa y sus puertos de gran calado para acarreo internacional; Estado que conserva hasta sus ríos y bosques, y una paz favorecedora de un turismo más numeroso, que siempre  resulta tan útil al crimen como contexto del tráfico y lavado, a gran escala, de sus capitales sangrientos y su epidemia bañada en las lágrimas de la adicción masiva, bien mezclados, que puedan disimularse con otros capitales grises de  ilicitud de menor intensidad.

En fin, el ataque a nuestra existencia no ha sido simple y la promiscuidad de agresores contó con la aprobación beligerante de la Geopolítica de otra índole, de oriundez demográfica, a la cabeza de la cual estuvo el Estado-Nación más poderoso de la historia.

Todo fue quedando preparado para la culminación que sería la obra de un gobierno brotado del Partido Demócrata, donde hay tanta “gente avanzada y progresista”, que también no deja de saber dónde está el oro debajo de tanta pobreza.

En tales circunstancias nuestra suerte valía poco; ésto así, hasta que sobrevino uno de esos legendarios imprevistos que nosotros los creyentes vemos como la Mano de Dios.  Un cambio de mando tan espectacular que al mundo le falta asombro para asumirlo.

Sin embargo, nuestro gobierno no parece saberlo y es tan fuerte la inercia de la traición que luce decidido a desperdiciar la oportunidad de aprovechar el paso por el poder en el Norte de convicciones compatibles con las necesidades de nuestra agonía.

Es más, algunos ven a ese gobierno como un ave de paso y no entienden lo que ha sucedido; quizás sea por ello que he sido tan desoído en mis planteamientos de unidad.

Expresé al principio lo complejo que resulta el presente y cuán escabroso es anticipar la naturaleza y los alcances de nuestras reacciones como defensa frente al crimen de nuestra destrucción.  Y esto, que sigue siendo cierto, conlleva la necesidad de determinar contra quiénes se debe dirigir el índice acusatorio como autor decisivo del atrevimiento desastroso.

Ello implicaría que como necesidad imperativa se habrá de examinar, en primer lugar, de modo esencial, la conducta del Jefe del Estado, pues la Constitución de la República que él jurara respetar y hacer respetar, pone a su cargo la defensa de los valores mayores de nuestro Estado, es decir, Soberanía, Territorio, Autodeterminación, en fin, los tejidos de la Independencia.

Si fuéramos a juzgarle, ya, se haría necesario examinar qué hizo, o quiso hacer, para cumplir sus deberes juramentados; cuáles fueron las acciones destinadas a tan trascendental cometido; sólo obrando con valentía y serenidad de espíritu se podría asumir el juzgamiento de algo tan delicado y grave, ya que de su decisión surgirían, o bien la proceridad, si se ha cumplido, o la ruinosa reputación de haber desertado de la sagrada encomienda.

Lo más sensitivo resulta que esas atribuciones son exclusivas, mandatorias e indelegables; intento hacer una evaluación de la conducta del Jefe del Estado hoy, pero estoy consciente de que es materia reservada a la historia; esto, aunque piense que hacerlo en el momento es útil, porque estoy planteando algo que está ocurriendo ahora, en el presente, en curso, y se hace conveniente deslindar los campos de responsabilidades concretas.  He entendido siempre que la agenda del injerto ha sido derogatoria de los principios del partido de poder y, de consiguiente, muy comprometedora de la suerte histórica de sus líderes.

Por ello siempre he tomado el ejemplo de La Habana como escenario primario y más conducente para apreciar el pensamiento real del Jefe del Estado acerca de esos valores inmanentes de la República; admito, no obstante, que oírle nuevamente reproducido como discurso deja una sensación de amargo pesar y alarma, porque nos deja convencidos de que tuvieron que ser muy poderosas las influencias que se pusieron en marcha para neutralizar y revocar aquellas convicciones que arrancaran un estremecedor  aplauso de Jefes de Estado latinoamericanos.

En efecto, poco tiempo después se vio derribarse aquella determinación tan enfática y categórica que cuando se compara como gesto brillante de defensa con el drástico y arrogante desmentido hecho por un Superministro de la República, es cuando se mueve la reflexión hacia la incógnita de qué fue lo que pudo tener tanta fuerza para desmontar la proceridad de reconocimiento continental de un Jefe de Estado y exponerlo a la abismal despección de su pueblo en un futuro inmediato.

Pienso hondamente en esa dicotomía y me asalta la idea de la necesidad de examinar serenamente el contexto de entonces; dos fenómenos obrando en paralela maceraban a la República; por un lado, el más injusto y desvergonzado ataque de escala mundial que nos reputaba como mantenedores de un Apartheid del Caribe, con todas las crueldades consabidas; y de otra parte, visitas abrumadoras y sistemáticas de personajes representativos de los poderes de la tierra, todos viniendo a presionar de maneras diversas, pero odiosas y desconsideradas, con el fin de que no se hiciera un uso mínimo siquiera de nuestra condición de Estado libre e independiente.

La presión era palpable y se podría entender que alcanzó grados “DE FUERZA MAYOR” capaz de exonerar de responsabilidad al Jefe del Estado; aunque, por supuesto, sería  siempre inadmisible dada la naturaleza de los valores implicados y, en todo caso, ahí estaba el pueblo, el que le eligiera, el que en él confió, para defender su integridad de Estado independiente y era su deber convocarlos para imponerles de los peligros y demandar su lucha en favor de su supervivencia.  Si tal cosa hubiese ocurrido, el seguimiento masivo al guía no se hubiera hecho esperar.

No lo hizo así y sucumbió a las maniobras de los enemigos de la República. Todo aquello enturbiado por el infortunado juego del poder político que sobrevino, especialmente la anómala alteración constitucional favorecedora de la reelección.

En todo caso, no le veo inconveniente a considerar que, al desechar la exculpación social por fuerza mayor, se debe admitir, al menos, la excusa atenuante de haber cedido tanto, hasta límites intolerables, sintiéndose víctima de presiones irresistibles.

Ahora bien, ha surgido una situación sorprendente, según expreso precedentemente, al aparecer como cabeza del poder extranjero alguien que viene acompañado de hombres con vocaciones diferentes a las sostenidas con sus predecesores y de las de aquellos que estuvieron a punto de llegar al poder, precisamente de un estamento que se había comprometido en dirigir y controlar el siniestro plan del Estado Binacional desde una posición de virtual Gobernador de la Isla, que se le había conferido a la figura estelar de un Expresidente.

Al sobrevenir esta nueva situación tiende a desaparecer la excusa atenuante de la presión externa y la inercia e indiferencia pueden comprometer gravemente al Jefe del Estado; en suma, tal como planteé al principio, el presente es muy complejo y hay que estar bien atento a las maquinaciones de los otros dos factores indicados de la trama, es decir, el gran capital  de los hartazgos del mercado duplicado y el narcotráfico internacional en sus maniobras incesantes de su modus operandi.  Pero, para referirme a esto tendría que aplicar el clásico lugar común de expresar: “Esa es otra historia”.

Y no es así, porque es una sola y misma historia, la de los peligros inmerecidos de la República, especialmente el que concierne a la más espesa expresión de la traición, que no está plenamente sobre los hombros del Jefe del Estado.  Al injerto de poder habrá que reservarle un espacio mayor para cuantificar lo nefasto que ha habido en su participación.

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