De Asechanzas y Persecuciones

Andrés Eloy blanco sigue siendo una fascinante leyenda como poeta y combativo hombre público, cuyo talento lo hizo irrepetible.  Recuerdo haber leído una genial definición del pez raya, que tanto abunda en los ríos de su Venezuela y dijo: “Enconosa como una mala  lengua, oculta como una mala  intención”.

No sé por qué en las pugnas políticas nuestras me llega con frecuencia la idea  de  que es seguro que en los ríos del debate público nuestro abundan las rayas con las mismas características de las que hablara el poeta.

Se trata de saber hasta dónde han llegado las insinceridades y simulaciones que nos corroen las entrañas y han generado muchas de nuestras falencias, que ya tienen dimensiones de  ominoso síndrome.

Ciertamente, se ha ido demacrando nuestro ser nacional al grado de que las peores maquinaciones están jubilosas, ya convencidas de que no habrá sujeto que se oponga a la cirugía mayor de reconvertirnos en un siniestro Estado Binacional, del cual desaparecería todo vestigio de lo que ha podido ser República Dominicana.  Tal es la dimensión del crimen urdido.

Es verdaderamente espeso y complejo nuestro presente; se nos ha venido minando con tanta perversidad y alevosía que aún la gente más valiosa, más íntegra y decidida entre nosotros, se aturde a ratos y llega a temer que el conflicto está alcanzando proporciones que auguran encrucijadas muy cruentas que pondrían en riesgo de pérdida la independencia misma.

Presienten que esa Comunidad Infernacional que permaneciera tan inútilmente más de tres lustros, supuestamente para asegurar la paz, en el colapsado Estado vecino es la misma que bien podría prestarse para prohijar, o servir de palio, a otra intervención militar multilateral, sin plan de evacuación, hasta dejar establecido su engendro concebido.

No niego que en nuestra gente más valiosa han aparecido sentimientos con cierto grado de paranoia social, pese a ser los hechos tan reales, no imaginarios, ni fabulados como una conspiración muy vasta.  Por fortuna, eso no ha reducido su patriotismo cada vez más inclinado y decidido a la inmolación necesaria.

Lo peor ha sido que la traición logró situarse muy adentro y muy fuerte en las entrañas del poder; desde luego, con el arma de que  obraba a nombre y representación de los poderes de la tierra, sin que fuera posible que el elegido por el pueblo, responsable a ultranza de su defensa, la contuviera sencillamente con la exigencia de respetar  los términos que trazara en La Habana como política exterior esencial, cuyo mando y control está a su cargo como mandato estricto e indelegable de la Constitución de la República.

Claro está, justo es reconocerlo, que las presiones de la Comunidad Infernacional parecieron irresistibles y se vió un alud de  descrédito mundial de nuestro pueblo coincidir con visitas imponentes de personajes que supieron aprovechar nuestra extrema debilidad para fraguar esto que se está viendo hoy como una fase avanzada del crimen internacional ideado.

En efecto, la masiva irrupción de cientos de miles de invasores, cuya potencia y seguridad surge del poderoso auspicio de esos poderes de la tierra, se está palpando en todos los rincones del territorio nacional; y era tan perfecto el sedicioso plan contra nosotros como Estado que de haberse producido un resultado electoral en Norteamérica, diferente al que adviniera, se hubiese terminado de consumar plenamente el crimen de nuestra desaparición.

Los dominicanos podemos seguir confiando en Dios, no obstante, el que figura como lema sagrado en nuestro lienzo tricolor, pues nos ha premiado con  la oportunidad  de hacer nuestros reclamos y rectificaciones eminentemente legítimos y legales, en un tiempo  en que gobierna en el Norte gente  que tiene ideas acerca de las migraciones ilegales muy parecidas, cuando no similares, a lo que son nuestras desesperadas necesidades de supervivencia.

Por decirlo de una manera que contenga algún rasgo histórico, se puede asegurar que el presidente Trump puede resultar, tanto o más provechoso que el presidente Roosevelt, en el sentido de que, si bien es cierto que éste garantizó la normalización de la isla mediante el Acuerdo de Washington de 1938 y su Modus Operandi del 21 de noviembre de 1939, no menos cierto es que el  actual presidente, con  tan sólo dar al estudio de su gente clave tal Acuerdo y su Modus Operandi, tendría poderosas muestras de que los vecinos no supieron cumplir jamás ninguna de las cláusulas de tales Acuerdos y encontraron, paradójicamente, en administraciones de gobiernos demócratas el apoyo suficiente para crear este desastroso y delicado estado de cosas.

Nosotros, en cambio, hemos sido reconocidos y respetados por gobiernos republicanos.  Si se quiere un ejemplo glorioso, ahí está el recuerdo de la actuación del Senador Charles Summer, quien cuenta con nuestra gratitud eterna por haber defendido nuestra independencia a punto de perderse.

En suma, siendo la actualidad tan escabrosa, requiriendo tanta lealtad y entrega el servicio a la patria ante sus peligros, lo más execrable resulta la simulación y el engaño de la doblez.

Todos sabemos cuanto está ocurriendo; nadie tiene excusa para la indiferencia y el hacerse el desentendido; quien carezca de valorar para evaluar la magnitud de los peligros que se aparte en silencio, pero que no pretenda justificar su tranquilidad bajo la falsa afirmación  de que “aquí no pasa nada”, pues está pasando lo peor; algo más terrible que la nefasta anexión a España del Siglo XIX.

Que no se expongan tanto a que les sirva el sayo de la opinión de Andrés Eloy sobre el pez  raya, pues, cuando éstas están en los fondos de los charcos de la traición, están bien activas imaginando daños  de muchas maneras a todo aquel  que haya osado  descubrir  sus maquinaciones.

Yo puedo atestiguarlo; conozco de sus viles y bien disimulados encargos persecutorios, que han estado en la base de la infamia que se me ha arrojado para privarme de toda honra y consideración durante mucho tiempo.  Sin embargo, como he dicho, ha sido el tiempo el que se ha encargado de darme la razón; ha sido la realidad subsecuente la que les ha desmentido en todas las atrocidades con que fabricaron una versión monstruosa de mis posiciones; de todas mis posiciones, tanto en los escándalos máximos de corrupción, como en el señalamiento del pacto implícito entre el narco, el gran capital y la Geopolítica en procura de agenciare como un nuevo paraíso el espanto de un Estado Binacional.

Esa confluencia de propósitos malignos, no concertada necesariamente como plan previo, fue denunciada por mí como el peligro mayor de nuestra historia.

Así que resulta obvio hoy el porqué se están tratando de poner en marcha nuevas persecuciones, pero a ellos les aseguro que tendrían que librar conmigo “la madre de todas las batallas”; que comiencen a reclutar sus relatores falaces de siempre quienes muy posiblemente tendrán más dificultades en recoger los escombros de ellos antes de pretender destruirme a mí.

Y que conste, ésto último no se relaciona con aquello de “guerra avisada no mata soldado”.  No es un simple alarde de capacidad de respuesta; es más bien una advertencia de que todo ésto está implicado en aspectos muy sensitivos de la suerte de la República, cuya defensa entraña los esfuerzos más inauditos que se puedan suponer.

Se lo aseguro; lo que está en juego es la inaudita pretensión de barrer con nuestra inmensa patria que sostiene como gloria la reverencia a nuestros grandes muertos y desconfía mucho de las estratagemas perversas de muchos de sus vivos.  Patria sólo hay una y ninguna soberbia jactanciosa de tecnócratas al servicio del extranjero podría removerla.

Martí, a su madre dijo: “El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas; Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca”.

No podrán, pues, imponerse con su lóbrega noción de una patria de vivos que sustituya a las indelebles hazañas y sufrimientos de nuestros héroes y mártires muertos.   Sólo una, y será libre e independiente, según el legado del padre fundador Juan Pablo Duarte.

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