El Desencuentro, Como Lacra

Una de las imprevisiones peores del liderato del partido de poder ha sido la de considerar que el fenómeno de la división se quedaría confinado en los niveles superiores de la organización.  Lo asumieron como un trastorno de desencuentro de tipo personal que en todo caso se podría controlar con el típico abrazo de viejos compañeros, que bastaría una sobremesa de un buen sancocho y un agradable “cafecito” para restablecer los viejos lazos de afecto.

Fue una errónea  apreciación de los hechos y circunstancias en muchos sentidos, pues no estaba de por medio una simple separación resabiosa acerca de a quien le tocaba el turno de poder optar por la candidatura mayor;  no les preocupó que se agregaría la  cuestión de  nuevas relaciones con los llamados sectores externos  que irían tomando espacios políticos de méritos afectivos, con sus agendas considerablemente propias que vendrían a fortalecer el agrietamiento partidario,  tanto en las relaciones horizontales, como en las verticales.  Todo ello teniendo como eje el poder real y efectivo, no un mero proyecto; el gobierno, para decirlo con más propiedad.

Se están configurando así, cada vez más, los reales aspectos de un conflicto que afecta y daña al interés general de la nación, que lo último que pueda merecer es ese otro desorden en la organización en que más ha confiado durante los últimos veinticinco años.

Ahondar las separaciones intrapartidarias, precisamente en estos momentos tan delicados, es una imperdonable manera de fallarle a la República, pues la ruina de la cohesión entre aquellos en que confiara es una traición, luego de haber expuesto a tantos peligros su supervivencia.

Precisamente, ahora se advierte una nueva deriva taimada y alevosa de su unidad en deterioro; se origina en una súbita demanda de dar paso a nuevas generaciones, bajo el alegato de que sus cúpulas de dirección se han fosilizado.

Se hacen cuadros comparativos de las edades de los miembros de su dirección máxima con el objeto de estremecer a una dirigencia señalada como grávida de obsolescencia, a su decir, fracasada y petrificada.  La verdad sigue siendo, no obstante, que las pasiones que despierta la lucha por espacios de poder llevan a muchos, más que al error, al ridículo.

Nadie en su sano juicio que pertenezca o diga pertenecer a un partido fundado, inspirado, impulsado y prestigiado por Juan Bosch, cuando tenía sesenticuatro años de edad, podría mencionar siquiera la edad como un factor determinante de participación en la dirección y candidaturas.  Resulta absurda la alegación de que el viejo es inservibles a desechar y el joven, en cambio, es garantía segura y anticipada de virtudes y aciertos prometedores.

Debo hacer una prueba de lo que afirmo utilizando un ejemplo que ya supe proponer en diversos artículos periodísticos, más como tesis que como queja.  En ellos me referí a los viejos, Bosch y Balaguer, formulando esta pregunta: ¿Por qué si los viejos pudieron no han podido los jóvenes?  Los jóvenes en el caso eran Leonel y Danilo.  Claro está, en el emplazamiento me refería al tema supremo de la defensa de la soberanía, teniendo muy presente el Frente Patriótico del año ’95, que fuera la máxima prueba de hasta dónde eran capaces los viejos líderes de llegar, cerrando filas frente a los poderes de la tierra en defensa de la patria.

La realidad es que lo que cuenta son las posiciones y el coraje de esgrimirlas con denuedo terminante, sin que la edad sea un requisito clave para hacerlo.  Así pues, hay la necesidad de interpretar correctamente esta última maniobra plañidera, destinada a suscitar nuevas vertientes de desencuentros, azuzando insanas y precoces ambiciones de poder que no serían otra cosa que adicionales fisuras o grietas verticales que socavan, aún más, la defensa posible de la atormentada patria nuestra.

Cada uno en su hemisferio, aquellos sólidos liderados fueron garantía multiforme de la integridad nacional y cuando advirtieron claramente lo que pretendía la Comunidad Infiernacional en la crisis electoral del año noventa y cuatro, vencieron todos los enconos riñosos que la lucha política había engendrado entre ellos y confluyeron para decirle al extrajeron que aquí los dominicanos unidos en un vigoroso reto serían quienes dirían quiénes les habrían de gobernar.

Esa sola muestra de encrucijada creo que es eficaz en la demostración de lo que cabe y se demanda en el presente.  Se requiere una recia y cerrada compactación de los bríos y esfuerzos nacionales para proteger los sagrados valores de nuestra independencia.  No hacerlo así y dedicarse a exacerbar rencores internos con pretensiones de descalificar a quienes han podido ofrecer servicios, más o menos valiosos, a su partido, es una repugnante variable de la traición.

Y éste es un tema tan sensible que nadie puede pretender que, en todo caso, es algo interno,  que de consiguiente ningún tercero tiene calidad para tratarlo o abordarlo.  No, no.  Es una cuestión de alcances nacionales y todos los hijos de esta tierra tienen el derecho a examinar, evaluar y calificar cuanto allí ocurra, pues, de sus aciertos y desaciertos dependerán muchas cosas que a todos conciernen.  Sobre todo, que ese partido, como partido de poder, es depositario de los intereses vitales de la suerte nacional desde hace mucho tiempo.

Y no quiero cerrar estas  reflexiones sin agregar que cuando destaqué lo hecho por los viejos, como contraste de lo que han echado a perder los dos jóvenes, uno por omisión, el otro por comisión, no renuncié a señalarles el desastre de Brazil que ya desde el año  quince se le venía encima sobre las cabezas de  sus dos líderes fundamentales, Lula y
Dilma; agregué a todo ésto el posible desquiciamiento del Partido de los Trabajadores que, en definitiva, parece ser el objetivo oculto y primordial de las persecuciones.

Y si no se creyó en lo vaticinado, he ahí los resultados:  Vilma echada del poder y Lula bajo condenación y asedio judicial, netamente urdidos para lo peor.  Todo se va consumando y van de la mano sombríos enigmas con el costo previsible de un desastroso y temible desorden institucional.

Ahora mismo, por otra parte, está también en curso en Ecuador otra experiencia penosa de lo esterilizante que resultan los desencuentros.  Pero, preciso es decirlo, esas dos muestras de espejos que nos ofrecen las luchas de poder en esas naciones no son comparables, como daño, con la cuestión nuestra, porque lo que está en juego entre nosotros es la faja sagrada de nuestra  independencia e identidad; la  debilidad, así aumentada por las fracturas de todo género que se han venido implantando por obra del laborantismo externo, reforzado por las traiciones internas, pasa a ser un caso de crimen internacional contra un Estado ciertamente pequeño, pero envuelto en la leyenda de casi dos siglos de azares, luces y sombras, que tiene en sus bases mucha sangre y muchas lágrimas del sacrificio de sus hijos.

Es por ello que lo del año veinte resulta un peligroso espejismo.  Lo que ocurre como tragedia entre nosotros es hoy que ocurre, no mañana.  De consiguiente, la implosión de un partido de poder no es una simple eventualidad previsible, sino una mordiente actualidad que no permite aplazamientos ni vacilaciones y hay que reajustar rumbos con buena brújula

Déjense, pues, las insensateces maliciosas; es hora de luchar para revocar las ignominiosas circunstancias que se nos han impuesto, tanto por las maquinaciones del extranjero, como por las traiciones de los propios.  Y al tratarse de una lucha de esta índole, caben todos, hasta los del eventual arrepentimiento.  No así los del remordimiento meramente retórico.

Lo que ocurre en el Ecuador, además,  nos enseña que el desencuentro entre Rafael Correa y Lenin Moreno resulta muy expresivo, más que lo de Lula y Dilma, como derrota de la leal amistad  en manos de las intrigas de la política y por ello es mejor espejo para ver lo nuestro; pero, el balance de descalabro es el mismo, condenas, persecuciones, querellas, cárcel, ésta especialmente reflejada en la sentencia condenatoria del Vicepresidente Glass, el que sustituyera a Moreno en la vicepresidencia en la que había servido seis años; ya uno está en la cárcel y el otro en la presidencia, sin contar la inhabilitación que se va procurando contra el líder verdadero, que está en salmuera, incluso, esperando persecuciones judiciales degradantes.

Lo de Ecuador, ya tenía escritas estas cuartillas, sobrevino el resultado del Referendo y se puso de manifiesto con gran júbilo el aplastamiento del líder fundamental del Partido Alianza País que gobernara diez años a esa nación.

Ocurre que no perdió Correa el Referendo, ni lo ganó Moreno.  Quien ha ganado, en realidad, es la oposición si se toma en cuenta que el candidato Lasso obtuvo una votación frente a Moreno muy cerrada, al grado que el alegato de fraude no se hizo espera.  Así las cosas, los votos del “sí” en el Referendo son más de Lasso que de Moreno, quien se pudo quedar con un porcentaje menor que el de Correa en el seguimiento de Alianza País.

En fin, si hay algún parecido con el caso nuestro en el plano político electoral no sería pura coincidencia, sino efectos idénticos con causas similares: el desencuentro, primordialmente el desencuentro.

Todo, con grave daño de un partido político que fuera muy singular entre nosotros, tal como lo estamos viendo en Ecuador, que de la Alianza País se anuncia un desprendimiento mayor denominado Revolución Ciudadana.  Uno de Moreno, otro de Correa.  Y la oposición feliz.

Por todo ello, el año veinte entre nosotros resulta un peligroso espejismo, vale el énfasis, y todo cuanto se asuma o delibere,  que no tenga en cuenta las magnitudes del conflicto, se tendrá que reputar como daño imperdonable y deliberado a la independencia nacional.

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