El Campo y la Paz

Seremos pocos los que tendremos la esperanza de que puedan residir en los campos nuestros los bríos vitales de que precisa la patria en sus agónicos esfuerzos de defensa de su supervivencia.

Lo puedo saber y afirmar como nadie porque luché en el programa social agrario del año setenta y dos y pude ver de cerca, muy de cerca, las entrañas del ciego y feroz egoísmo que se oponía a dar paso a aquel bello gesto de justicia social profunda que provenía desde un litoral de poder tenido como conservador, incapaz de atentar contra un odioso régimen de tenencia de tierra.

Ví y sentí cómo el campesino nuestro se incorporó a la mística ilusión que brotaba de un manojo de cinco leyes fundamentales, que habían dormido largo tiempo en el morral de un líder nacional que las trajera desde aquella España republicana que él observara asombrado al través de los debates de grandes oradores en sus Cortes, que ya presentían la tragedia que terminaría por llegar con su espantoso traje de guerra fratricida.

Aquel joven diplomático dominicano, siendo ya orador de raza, se aposentaba en primera fila como testigo posible de aquellos apasionantes desencuentros y es más que seguro que cuando se hizo de las leyes agrarias de la Segunda República para traerlas a su patria, jamás pensó que podrían ser mostradas siquiera en el seno del régimen totalitario al cual servía.

Yo tuve el privilegio de oír de sus labios, ya muy anciano y ciego, el por qué él aguardó hasta el año setenta y dos para atreverse a ese ataque al régimen de tenencia de tierras nuestro;  y debo decir que no lo hizo en forma espontánea, pues tuve que reclamarle una explicación de la razón por la cual él me había dejado pelear tanto por la aplicación de sus leyes sin yo saber de dónde provenían.

Me ocurrió que en un viaje de salud al extranjero, mientras aguardaba unos resultados de análisis, un primo hermano muy querido, médico,  me dio a leer al azar un libro de un autor español sobre la guerra civil.  ¿Cuál fue mi sorpresa?  que allí encontré  las leyes agrarias de  la  Segunda República según  expliqué.

Quien pasara a ser el padre de nuestro programa agrario parece que sintió como deber decirme lo siguiente:  “Yo tenía la obligación moral de pagar la lealtad de los campesinos, que fueron mi real apoyo político;  y ya tenía seis años sin hacerlo; por eso tomé la decisión  de presentar las  leyes y siempre te  he agradecido tu responsabilidad  solidaria por ayudar a hacer cuanto se pudo.”

Ese día  se abrió como nunca antes y me dio tantos juicios de valor acerca  del campesino nuestro que me siento  en necesidad  de evocar aquellos que mejor recuerdo.

Fue emocionante oírle decir: “Su pobreza ha sido muy prolongada; “su índole es esencialmente buena, pero ha tenido que padecer muchas exigencias y humillaciones”.  “Nunca se les ha llamado a la mesa y son ellos los que producen el alimento; son muy indefensos y han tenido que desarrollar maliciosas habilidades para sobrevivir”; “se han inventado muchas calumnias sobre su sinceridad, pero no han hecho otra cosa que defenderse”. 

 “Y debo decirte, agregó, que en las guerras, las grandes como las intestinas, siempre fue carne de martirio”.  “Merece mucho más de lo que ha recibido”; “seguí siempre con interés tu discurso en su favor y creo que fuiste muy justo y decidido al abogar  por su causa”.  “Es muy instintivo y aunque no dice lo que piensa plenamente, sabe lo que pasa”; “creo que es lo más sano que nos queda.”

Ese día fue cuando mejor aprecié a aquel hombre tan vilipendiado; pienso que por esa razón, por tener convicciones como esas, entre otras terribles sinrazones de la lucha política, que lo hicieran víctima de una lapidación asombrosa que sólo comenzó a retraerse cuando ya estaba casi en el umbral de la muerte.

Todo lo que traigo como recuerdo de aquella experiencia es la manera más apropiada de probar el tiempo que llevo abanderado a las causas semi-abandonadas del campesinado y hoy creo más que nunca que ante las letales vicisitudes que enfrenta la patria es en el campo por donde andan las más sanas energías para afrontarlas.

Conviene tener presente que existe un daño concreto a su empleo, del cual viene siendo arrojado bajo el injusto agravio de que no trabaja y que vive pendiente sólo  de acceder a todas las perdiciones y tentaciones del hacinado medio urbano.

Para mis creencias sobre el campo se hace necesario sostener que en las luchas por venir ese campesino nuestro jugará un papel decisivo en la defensa de la patria, contra todos los pronósticos negativos en que lo han mantenido los desprecios a su importancia.

Y tendré un arsenal de razones almacenadas en centenares de artículos, conferencias, discursos y reseñas de dramáticas confrontaciones durante la aplicación de las leyes agrarias frente a los duros estamentos que se oponían a sus altos fines.

Es más, me atrevo a ir adelantando en esta entrega, algo de lo que dijera en mi conferencia “Tenencia de Tierras, Tensiones Sociales y Marginalidad”, dictada en fecha 19 de abril de 1984 en el Hotel  Concorde.

Me referí a la aberración de la desmovilización que se venía ya originando en los campos nuestros para formar las deprimentes áreas marginales, tanto de la capital como de los pueblos mayores de la República; sostuve que éstas sabrían estallar en rebeldías incoercibles, fruto de la maligna oposición al cumplimiento de aquellas leyes fundamentales.

Eso  dicho como  amargo vaticinio, tan sólo unos días  antes de la  gigantesca poblada de abril del año ochenta y cuatro.  Fue sorprendente el levantamiento espontáneo, explosivo, sin dirección política, que sacudiera a la República y fue el campo el motor formidable de todo aquel torbellino, porque hay dos campos: el desplazado a las miserias de las marginalidades, como el que permanece aún en sus profundas durezas.

Mi tesis fue intransigente cuando advertía que represar aquel programa de justicia social iba a conducir a conflictos sociales  inmanejables y puse  como ejemplo  el desmantelamiento de la estructura manicera de las tierras  fronterizas.

Todavía resulta más elocuente el discurso que pronunciara en el pacto de alianza política con el Partido de la Liberación Dominicana el 6 de noviembre del año 2011.  En él vacié gran parte del material de mi participación agraria y formulé muchas advertencias sobre los peligrosos descuidos que pudieran seguir haciéndose crónicos como falencia del Estado.

En aquel tiempo en que se producían las experiencias tan dramáticas en la cuestión de la titularidad de la tierra, no se consideraba el elemento extranjero como  apoderándose del trabajo rural, sino que más bien era una cuestión de justicia social denegada; pero los vaticinios para ese tiempo siguen siendo útiles y necesarios para apreciar la temible realidad del presente.  Por eso es que puedo sostener sin jactancia que nadie mejor que yo puede apreciar lo que está por sobrevenir y describir su fe en el denuedo aparentemente dormido del campo nuestro.

No es necesario extrapolar las advertencias de ayer para aplicarlas hoy.  No.  Se trata de verdades permanentes en cuanto a la seguridad de las posibles reacciones valientes del campesinado. Confiar en que es capaz de asumir roles trascendentales; pero que esa capacidad de rebelarse y hacerse temerario e inconforme hoy tendría un cambio de causa, un motivo motor para las levantiscas tentaciones de la insurrección.

Ya lo dije, el esfuerzo por hacerlo ciudadano económico, incorporándolo a la titularidad de la tierra que fuera brutalmente contenido por los intereses más sordos, sumado a la pérdida del trabajo por una sustitución irritante de muchas maneras y a la horrible perspectiva de perder también la patria, son componentes de previsibles tensiones, sucesos, violencias, en fin, una pérdida dolorosa de la paz impulsada por razones sacrosantas.

El campesino que aún permanece y espera justicia social neta, más el campesino desarraigado, hacinado en las marginalidades, especialmente en su versión adolescente de primera generación, o nacida en el medio urbano al cual llegara pequeño, todo ésto sin contar la extracción campesina abrumadora de nuestros soldados y policías, ofrece un escenario para el enfoque sociológico más premonitorio de conflictos que se pueda imaginar.

Yendo más lejos, la terrible pérdida de la seguridad pública y los episodios de ciega violencia criminal que va barriendo el sosiego social mínimo se puede ir considerando como un lúgubre presagio del estupor por llegar

Lo dije en la conferencia mencionada hace treinta y cuatro años, de este modo: “El joven y adolescente implantado en el barrio marginal tendrá trastornos tremendos de identidad porque no será parte del medio urbano ni se sentirá atraído por el campo de sus padres segregados de aquellas tierras ajenas.  Su rebeldía no se hará esperar.  Es una bomba de tiempo.” 

Creo que los hechos me han dado la razón y me entristezco, pero pienso que está pendiente la asignatura mayor que es la supervivencia de la patria y, al asociar al apacible campo nuestro con el heroísmo previsible de la inmolación, no instigo ningún trastorno; sólo advierto a la traición y a los descuidos deliberados que han venido conjurados contra la preservación de la patria.  El tiempo, no es posible ponerlo de lado, “rendirá la ardua sentencia”.

 

 

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