El Ancla del Campo

Es muy difícil describir en unas cuartillas lo que se siente al sembrar un árbol, cuando se viven los tramos finales de la existencia. A mí me ha tocado hacerlo con mis manos y ver a mis trabajadores amigos pasar largas horas sembrando millares.

Uno de ellos, el más viejo y ejemplar, un día se me acercó y me planteó con sencillez si yo sabía cuántos años tardaría la plantita de caoba en dar sombra a las mas diminutas de cacao recién sembradas; aquel hombre, que es una leyenda del trabajo entre nosotros, con su conmovedora humildad me quería advertir, sin decírmelo, que yo no abrigaría mis fatigas en su sombra, ni sabría de sus provechosos frutos.

Le dije entonces al venerable Abigail, tal es su nombre, que se fijara en las antiguas amapolas, vecinas a las recién llegadas, señalándole que mis bisabuelos y abuelos de seguro que pasaron por eso y pensaron que lo hacían por los que todavía dormían en cuna o no habían nacido.

Es esa la vida, mi querido amigo Abigail.  Le dije más: “¿Usted ve el puente que lleva su nombre? Yo quise que lo llevara para perpetuar su recuerdo porque usted es un roble de Dios con su inmensa dedicación al trabajo y su nobleza.”

Entonces le hablé de la patria y le expliqué por qué era él, sin saberlo, uno de sus héroes desconocidos.  Su reacción fue asombrosa y no se hizo esperar su digna queja cuando me dijera esto: “¿Usted ve?  Dicen que los dominicanos no trabajan y yo no pienso en mí, sino en esos viejos del tiempo de sus abuelos cuando vinieron a tumbar los montes que aquí había para levantar estas fincas tan bonitas, que no llegaron a ver”; “pero, también pensé en esta parvá de muchachos que tiene usted aquí que no barajan tareas”; “eso sí, desayunan y comen como la gente, no como esa cosa que anda por ahí, que parece cosa del demonio”.

Abigail, con su parca modestia, describía  el  drama del trabajo en el campo nuestro y de ésto no me quedó duda cuando me miró fijamente y me dijo: “Hagan algo por esos otros  muchachos que no encuentran qué hacer y andan  a las buenas de Dios y el vicio está asechando”.

Fueron sus expresiones exactas, no necesariamente sus palabras, que he tenido que mejorarlas con mucho respeto por su ignorancia, la cual resulta superada en su caso por su enorme entrega al trabajo de increíble elocuencia.

Muchas veces he tenido que responder a amigos sus preguntas acerca de porqué amo tanto el campo; y es por lo que se aprende oyendo a su gente; uno siente fuerzas íntimas latir y brotar; y es como si la tierra reclamara un apego más amoroso; como si dijera: no me abandonen, luchen por conservarme, cultívenme, que yo seguiré dando el alimento.

A mí me ocurre, según dije antes, que tengo que pasar por debajo y pararme frente a tantos árboles que me vieran crecer cuando ya tenían el único tamaño que les he conocido y, de algún modo, me ahondan a los abuelos y a la madre en el alma.

Abigail inspira un respeto muy extraño, ya que él apenas habla; sin embargo, todos los jóvenes y adultos de buena edad lo reverencian como un líder sobreentendido, natural.  Observo cuidadosamente la manera en que se dirigen a él los de más jerarquía y aprecio que lo decisivo proviene de su abnegada dedicación a las jornadas.  Esto último lo percibí como nunca cuando inaugurábamos el pequeño puente que lleva su nombre y era jubiloso el consenso en que lo merecía.

 Es tan excepcional Abigail, que mi mayor afán es lograr que no trabaje, que se dedique a tareas livianas, como mojar el pequeño jardín de la familia o darles alimentos a los perros; y lo hace todo, pero no hay manera de apartarlo de las tareas pesadas.  Ahí, cuando lo detecto, lo reprendo, a veces con severidad, y lo que hace es descubrirse y con seria amabilidad me contesta: “Lo siento, pero si usted me sienta me le muero y no quiero hacerle falta”.  Cuánta grandeza aparece en un dominicano profundo de nuestros campos.

Pero lo he estudiado y descubrí que el único tema que logra hacerlo reir y lo hace hasta locuaz:  Si las águilas o los Yankees ganan; no así cuando pierden, que se refugia en un impenetrable silencio que todos respetan como duelo; lo más que se puede oir por lo bajo es “El viejo Biga está de pésame”.  Supe por alguien que me dijo que había sido un lanzador muy bueno en su juventud y cuando se lo comenté se limitó a decirme: “Eso decían, que yo era muy bueno, pero jugábamos descalzo y con bates de jagua”.

En fin, a mis amigos los creo convencidos de mis razones para amar tanto al campo; sobre todo, cuando aludo a otros motivos desprendidos de mi experiencia del calvario personal que fuera mi orfandad desde los dos meses de nacido, en ese lugar donde nacieran mis mayores.  Pienso mucho en ellos cuando solo son ya mis muertos y camino regocijado a la sombra de los árboles que ellos sembraran y me vieran crecer.  Van juntas la tristeza de la nostalgia de haberlos perdido y la esperanza de que todo aquello sigue siendo válido, que no hay ruina ni abandono.

En estos momentos tan conflictivos y peligrosos para el pueblo nuestro lo que más me fortalece es mirar esos árboles vencedores de siglos, imaginarme los bisabuelos de los grandes esfuerzos, que no conociera, charlar con Abigail y honrar su ejemplo, contemplar los jóvenes alegres “que no barajan tareas, como si nos quisieran advertir que aún hay patria.  Por ellos lucho y siembro sin implorar su sombra, ni aguardar sus provechos.  Me basta para confiar que son un desmentido del ocio que se nos arroja como ofensa y que falta mucha patria por sembrar.

A veces, cuando llego y me interno en sus parquecitos, lo que hago es orar y siento que todos esos valores son mi ancla en la tormenta, por lo que tanto a Dios ruego para que nos ampare de los malos vientos.

Pero bien, después de tantas vivencias evocadas, cabe preguntarse: ¿De dónde sale el campo como ancla?  Se trata de que soy  abogado, hombre  del derecho y, además político combativo, veterano en luchas terribles en ambos campos de batalla y  ocurre que me invaden grandes decepciones al fracasar, tanto  el derecho en sus supremas normas constitucionales sobre soberanía, nacionalidad, territorio, identidad y autodeterminación, en plena  desintegración, como la política bajo un sistema de partidos infuncional, ciego, sordo y mudo ante los terribles  y claros signos del mortal peligro  de desaparición de la patria. Nuestra.

Ahora debo hacer una reflexión final.  Cuando leí por primera vez La Divina Comedia entre los diálogos encontré ésto que transcribo, porque sentí siempre que se avenía al conflicto histórico nuestro: “Tras de largas disensiones ha de haber sangre y el bando salvaje echará al otro con grandes ofensas; después será preciso que éste caiga y el otro ascienda, luego de tres soles, con la fuerza de Aquél que tanto alaban. (Ciacco).

Siempre he creído que los campesinos nuestros en las prolongadas guerras que pariera nuestra independencia fueron los soldados desconocidos, los héroes anónimos del martirio de la leva, carne de cañón, regresando al surco después de haber echado al bando salvaje y lavar las ofensas, bajo el amparo de Aquél que sabe porque es el eterno polígrafo del universo, quien ha cumplido, o no, con la patria.

Esa es mi fe y por eso amo tanto al campo como mi ancla en la tormenta de desconciertos y deserciones de tantos imperdonables.

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