El Barro de Nuestra Paz

Cada época ha reclamado haber sufrido los mayores pesares y angustias, a veces en niveles apocalípticos.  Cuando se hacen las comprobaciones en retrospectiva, sólo aquellas que han padecido grandes guerras o atravesado por descomposiciones sociales catastróficas se retienen como referentes históricos dominantes.  Desde luego, los pueblos todos han tenido sus crisis y tormentos, en mayor o menor grado, pero, los factores más reveladores de su infortunio o de su felicidad son la guerra o la paz.

La paz ha sido y es un valor universal perpetuo; su invocación como anhelo, su reclamo como necesidad, son inmemoriales.  Y no hay época en la historia donde ella no haya estado como la contrapartida de ese trágico desvalor de la guerra, tan grávida siempre de violencia, tenida esta muchas veces en medio de los rigores revolucionarios como “partera de la historia”.  Han tenido que pasar los siglos para terminar de reconocer lo ideal de la cultura de la paz, como alternativa de la guerra y único camino aconsejable a recorrer.

Ahora bien, ocurre que en su nombre se han propuesto y cometido muchas felonías.  Se puede afirmar, sin temor a equívocos, que una cosa  ha sido la sublime despedida del Mesías, “mi paz os dejo, mi paz os doy”, así como la  de  Juárez en el plano humano, “el respeto al derecho ajeno es la paz”, para sólo citar dos alusiones de ésta, y otra cosa muy diferente es, por ejemplo, el armisticio alcanzado después de una devastadora guerra en la península de Corea, hace más de seis décadas, que  ahora se propone  discutirlo, una vez más, como paz,  propiciada supuestamente por  unos juegos deportivos de invierno, en medio de misiles y amenazas de  destrucción masiva y total y en pleno desafío a la mayor potencia de  guerra de la historia.

Los dos primeros ejemplos gloriosos fueron oriundos de ámbitos diferentes, claro está, el del iluminado hijo de Dios y el otro, en medio de graves conflictos de la independencia de un gran pueblo de América que supo ser protagonista, luego, de un asombroso proceso  revolucionario, desgraciadamente frustrado en el seno de las décadas, que ha derivado hacia las graves persecuciones, discordias, inseguridades, a cargo de un Crimen Organizado  implacable que destruye  su paz.  Esto, del modo más terrible como lo es una amenaza de insurrección que corroe y destruye el sosiego a fuerza de secuestros, desapariciones y sicariato.

Lo de las Coreas, norte y sur, y su paralelo 38, también ha terminado por ser peor aún en los peligros de la guerra precedente.

Del cercano y mediano oriente no hay que abundar mucho acerca de sus arrasamientos donde la paz sigue siendo sueño y la guerra sangrienta realidad, atormentando al mundo cuando no parece posible que surjan en sus pueblos una congruente determinación por la paz.

Todas esas anteriores reflexiones las hago hoy con la creciente preocupación que siento por la región a que pertenezco; temo por  Venezuela y la inminencia  de desgracias mayores de un trágico fratricidio que parece estar en letal acecho; temo por México y sus dolores bravíos  tan  capaces para  la insurrección,  cuando menos se espera, tan abrupta  como violenta, según ha sabido ser; temo por Colombia, pese a los valiosos esfuerzos por alcanzar la  paz, pues, su dura índole parece resistirse a  digerirla como secuela del inmenso y prolongado desencuentro de más de medio siglo en una conflictividad dolorosísima, entremezclado entre política y crímenes de lesa humanidad.

Allí la paz necesaria adolece cual leucemia de una ira incoercible con la impunidad previsible de hechos terribles; no olvidar que ya asoman sus siniestras cabezas las nuevas modalidades de turbación de la paz procurada y esa brillante sociedad colombiana desafortunadamente parece no tener a la vista el sagrado descanso que merece.

En fin, temo por nosotros pues no nos bastará la mayor paciencia para poder lidiar con la brutal realidad de la ocupación de nuestro territorio; y lo paradójico es que nos ocupan de un modo tan singularmente irritante que no son los más responsables  quienes vienen en avalancha, sino aquellos que los alientan a hacerlo.  Es más, los invasores resultan explicables si se toman en cuenta consideraciones humanitarias; no así los traidores, por lo que, al juzgarles, son éstos últimos los que merecen mayor desprecio y la más drástica exigencia de responsabilidad cuando se emprendan las imperiosas revocaciones legales de todo este desastroso estado de cosas de nuestra soberanía, tan penosamente puesta en trance de desaparecer.

Se bien que se intentarán ciertamente excusas, como aquella de que los hechos no fueron percibidos en su total gravedad como riesgos nacionales, pero fue en esa creciente brecha de descuido donde se alojó la ocasión propicia para que la traición se activara, como nunca antes, y entrara en tratos profundos con el extranjero para organizar nuestra liquidación como Estado.  Habría que admitir, no obstante, que como pueblo renunciamos a mantener viva la alerta que nos legara el Padre fundador de la República cuando expresara: “Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán siempre víctimas de sus maquinaciones.”

Pero bien, estamos ya en el centro mismo del desastre y la nueva esperanza que obra en nuestro favor es que las circunstancias están girando en forma insospechada, pues la inmigración ilegal y desordenada está estremeciendo a occidente y la Geopolítica sufre al mismo tiempo cambios de parámetros que eran inimaginables cuando el agresivo proceso de asedio y desprecio a que fuéramos sometidos hasta tiempos muy recientes en procura de insumirnos en un esperpento de Estado Binacional.

Está cancelada, de consiguiente, la excusa que tuvo el gobierno nacional durante el tiempo precedente, en cuanto a que fue sometido a un estado de necesidad, de “fuerza mayor”, por las imperiosas maquinaciones de la administración demócrata norteamericana, teniendo como compañeros de ruta a Canadá y Unión Europea, bajo palio combinado de ONU y OEA.

He advertido con vehemencia acerca del significado de esos cambios bruscos y drásticos en las concepciones de las migraciones y de cómo éstos les imprimen a los propósitos de la Geopolítica de cabecera, relacionados con nuestra suerte nacional, nuevas y muy diferentes maneras de tratar el tremendo trastorno, que alcanza dimensiones mundiales ya, lo que podríamos aprovechar para ser mejor comprendidos en nuestras reacciones de defensa.

Nuestro caso es muy complejo, porque ya no se trata de un conflicto puramente migratorio, típico, sino de una ocupación fluida y compulsiva del territorio, que ya podría considerarse en buena técnica como un acto de agresión, un verdadero casus belli.  Los haitianos instigados a invadir no vienen a acogerse al amparo de una nación amiga y generosa, sino más bien a recuperar nuestra tierra bajo el alegato de que es suya; no hay dudas de que la conflictividad que se ha venido acumulando estallará, cuando menos se espere, por obra de ese generador de tensiones que tiene en su seno toda lucha por espacios, sobremanera cuando el elemento histórico tiene una latencia tan viva y sensitiva.

Creo que no otra cosa fue lo presentido y expresado en los discursos de los dos grandes líderes del sigo pasado en el año ‘95, al suscribir el Frente Patriótico.  Aquello fue un legado de advertencias vaciado en el anhelo compartido de que “fuéramos dirigidos y gobernados por manos verdaderamente dominicanas”.  Y la verdad es que tal señalamiento de rumbo ha venido siendo considerablemente desoído y abandonado.

Son previsibles las severas turbaciones de esta paz de barro en desencuentros violentos por razones muy obvias y quienes sembraron, sabrán hasta dónde son capaces de llegar las amargas cosechas de las discordias.  Aunque es previsible que ellos no teman tal cosa, porque están confiados en la intervención militar multilateral amadrigada por ONU, que a la larga podría parir una resolución emparentada con la de Kosovo, en nuestro caso haciéndonos parte de un estrafalario proyecto de fusión.

Ahora bien, todas estas inquietantes reflexiones podrían apuntar que la conflictividad nunca es de generación espontánea, sino que se siembra por obra de los intereses más disimiles y que, sólo cuando se dan las condiciones para que estallen los terribles y luctuosos sucesos previsibles se tiene la necesidad de saber dónde han residido los designios responsables del desastre.

Preciso es recordar cuando se habla de épocas, de ruina o fortuna, que deben ser tratadas en ambos planos, el nacional como el mundial.  Por ejemplo, en los Balcanes, Kosovo fue un raudo y terrible ejemplo de cómo se infiltrara la población albanesa en aquellos legendarios Balcanes en ocasión de la desintegración de Serbia.  Aquí habría que pensar en el Caribe como escenario de un experimento criminal contra una nación esforzada que ha estado organizada en un estado pequeño pero legendario, que no merece que se le aplaste y borre con la suplantación de ese narcoestado fallido del oeste de la isla en medio de los traumas de costumbres y creencias diferentes, historias distintas y contrapuestas.

En suma, escribo y señalo el barro de nuestra paz porque he estado pensando en esas cosas, en un tiempo en que el gobernante de la nación más poderosa del mundo acaba de tener expresiones severas y despectivas frente a la nación con la cual se nos quiere fusionar.  En efecto, el Presidente Trump, en un ejercicio de franqueza dijo lo que pensaba, a diferencia de quienes le persiguen y lapidan, que piensan lo mismo pero no lo dicen, aunque saben actuar y aprovecharse porque, en todo caso, debajo del lodo o las deyecciones que podría haber en tal desprecio, allí hay oro que ya tiene sus dueños desde hace algún tiempo.

Todo ésto es como si se tratara de una enorme e indescifrable tragedia. Por eso escribo y pienso.

Algo puede quedarme en el tintero como por ejemplo citar aquella expresión del visionario que fuera Churchill cuando se solazaba de que ellos habían fabricado en el cercano y medio Oriente nuevos Estados “en charlas de sobremesa, entre un cognac y un habano”.

Hoy se ve la tragedia de sus guerras.  Y hay motivos sobrados para lamentar aquel falso alarde de la prepotencia del hombre que sí tuvo, en cambio, el poderoso instinto y presentimiento de lo que sería el nazismo para la humanidad; se cubrió de gloria en su resistencia, preciso es recordarlo.    En los propios Balcanes nadie puede dar por seguro si eso de Serbia no será otra vez un volcán  de horrores, como lo fuera en el año 14 del pasado siglo; el magnicidio del Archiduque fue el convocante del horror de la primera guerra, cuya paz en la torpeza de Versalles engendró, tan solo unos pocos años después, el otro innombrable espanto del apocalipsis de la segunda guerra mundial.

Finalmente, este tiempo parece cada vez más endemoniado; lo acabamos de ver en Hawai cuando un simple error al tocar una tecla equivocada aterrorizó a todo un Estado bajo la falsa alarma de bombardeo atómico.  No en vano confesó el Papa Francisco tener miedo al final nuclear cuando iba rumbo a Chile.  Ya en Palomares de España cayó en accidente hace ya mucho tiempo un bombardero con cuatro bombas de hidrógeno, por fortuna desactivadas, aunque con toxicidad de siglos aún no vencida.

Y, por último, el Presidente Trump, si logra los recursos para su muro prometido, una vez éste terminado no hay quien pueda imaginarse lo que ocurriría en el Caribe con el tráfico de drogas.  Es decir, si el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida nos inundaron de drogas y crímenes, hay que imaginarse lo que será un muro que impida la entrada libre con que han contado las estructuras mundiales de la droga.  Todo ésto no es ajeno a la cuestión de la guerra y la paz.

Importa mucho, pues, recordar los distintos nombres que ha merecido la falsa paz, tales como “guerra fría”, “equilibrio inestable del miedo”, etc., pues resultará provechoso para luchar con el destino.

Confieso que me impresioné hasta el asombro con aquella escena de un imputado de genocidio, serbio, por ante la Corte Internacional de Derecho Penal de La Haya, exclamó: “No soy terrorista”, al tiempo que ingería un veneno mortal. Me sé, pero me invadió la imagen de un presagio ominoso del futuro de esa tierra.

Es tiempo de tormenta, nadie lo dude.  Lo imperativo es responder a la clásica pregunta: ¿Qué hacer? Orar y resistir.

 

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