El Umbral de Enero

Todo cuanto he venido exponiendo son ideas, quizás todavía muy dispersas, acerca de temas fundamentales, tanto en La Respuesta como en La Pregunta. Organizarlas es necesario en forma inequívoca y eficaz para lograr una mejor comprensión.

Ciertamente, hay mucha turbulencia en los debates nacionales, en medio de sub-temas, que son señuelos de entretenimiento. A mí, naturalmente, me corresponde el deber de cumplir mis misiones bajo mucha serenidad, dado que una de las ofensas mayores que recibiera en el pasado fue la de que obraba con pasiones enceguecedoras que me privaban de toda razón mis alegatos y posiciones.

Y nada estaba más alejado de la verdad que aquel infundio, que sólo la larga vida consentida por Dios me ha permitido desmentir con la honrada dedicación a orientar y advertir con fines esencialmente edificantes.

Ahora bien, admito y advierto que los momentos actuales son más complejos e intrincados que todos los demás que he vivido; se trata de que la traición a la patria ha podido llegar muy lejos, en la medida en que el vecino caos terminó por vencer a la Comunidad Internacional con sus hechos, en cuanto a que su organización como Estado es algo quimérico, poco menos que imposible.

Un terremoto en el año 2010 pareció ser un recordatorio de que sólo un esfuerzo a escala mundial, que no se hizo, podía rescatar aquel infortunado pueblo; se prefirió, en cambio, conservar la otra opción, la de asumir el insondable trastorno demográfico, en todos los órdenes, como una responsabilidad nuestra, sin reparar en que por ese camino se dirigían, no a la salvación de una nación sin Estado, sino mas bien a la destrucción de otra nación mediante el malogramiento de su Estado, labrado como ha sido en siglos de sacrificios; con sus luces y sus sombras, pero aferrado siempre a sus valores históricos, su lengua, sus tradiciones y creencias.

Ahora bien, ocurre que ha sobrevenido un cambio en la más potente ojiva del poder de la Geopolítica, cuyas firmes ideas y declarados propósitos acerca de sus gravísimos trastornos migratorios y de seguridad propios, nos vienen a abrir caminos en nuestras necesidades de defensa; nosotros que ya padecemos un fenómeno de ocupación, no simplemente migratorio, en capacidad de desaparecernos de la versión que soñaran nuestros forjadores y que ha figurado en el seno de la Comunidad Internacional durante tanto tiempo como miembro de la misma. Esa Comunidad Internacional que nosotros bien podríamos llamar “infernacional”, convocando la idea de infierno, que pareció, más que indiferente, torva y beligerante en el desconocimiento eventual de nuestra existencia.

Lo ocurrido en la nación más poderosa del mundo, para nosotros, tiene todas las características y atributos de lo providencial.

Algunos, no obstante, quieren prevenirme del error de creer que esos poderes de la tierra resultan capaces de hacer cambios generosos en favor de los pequeños pueblos; yo me limito a recordarles al Senador Charles Summer y sus gloriosas posiciones en favor del respeto de nuestra independencia.

Consiento en que podría ser éste un argumento sentimental, aunque histórico, pero lo que ocurre hoy no es así y la presencia de Trump en la presidencia de aquel país enorme es una real conmoción del mundo, incluso, en otros temas aún mayores, así como en los conflictos propios; además, ya han aparecido muestras vigorosas de apoyo a nuestra suerte, como por ejemplo las manifestaciones en el año 2016 del General John Kelly, en cuanto a que los dominicanos no soportamos ese tipo de migración que se nos viene imponiendo. Que tal cosa no era justa, quiso decir al llegar a las Islas de Bahamas.

Guardando las distancias, se podría decir que es tan merecedor de nuestra gratitud el General Kelly como lo ha sido siempre la debida al Senador Summer. Y no se trata de un ingenuo sentimentalismo, pues Kelly tiene hoy mucho más poder que aquel entrañable Senador de Lincoln, que fuera tan vilmente agredido y dañado en su salud para ruina de su brillante carrera para siempre, por obra de un legislador exaltado que no resistía su importancia.

Lo nuestro resulta ser providencial; algo que nos permite repetir, como tantas otras veces en la historia, que no en vano ha ondeado tanto tiempo nuestra bandera con su blanca cruz, el libro abierto y la sagrada admonición de Juan: “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Todo orlado por el lema sublime de “Dios, Patria y Libertad”.

Lo único que espera ese ademán del destino es que el liderato nacional comprenda los alcances de la valiosa coyuntura de una Geopolítica encabezada ahora por gente renuente a cohabitar con las bajezas de la traición interna; es gente que libra batallas en pleno desafío de las iniquidades de medio mundo; ese medio mundo que ha sabido ver con frio desprecio nuestras inminentes desgracias.

Al comenzar este año 2018 se produce una extraña mezcla en el espíritu entre las frustraciones y los temores del año ya muerto y las esperanzas y retos del recién nacido. Se reflexiona sobre la necesidad de la acción, sentada en las rodillas, como si fuera un fusil; pero hay que hacer esfuerzos para mantener la serenidad sobre todas las cosas y ganar la causa nacional sin que se perturbe su paz.

De todos modos, es conveniente no olvidar que de los muchos motivos de alarma que tenemos, hay uno, que parece abrigar a los demás; que se mantiene solapado en el entendimiento público y puede resultar el más fundado y determinante, que es el presentimiento de que pueden ocurrir sucesos graves, muy difíciles de describir de antemano. Es un presentimiento difuso de composición múltiple que tiene como caldo de cultivo la sensación de que de tantas cosas tremendas que se han hecho no saldrá nada bueno.

Ese es el peor estado de ánimo colectivo. Abre paso a todo género de sospecha de extravío y anima a las aventuras de muchos que van entendiendo el porqué aparecieron voces de advertencia, con necia persistencia, señalando el peligro de la ilegitimad como consecuencia de las violaciones constitucionales, que tanto pervierten el respeto básico a todo el conjunto normativo, que tantas veces se pretende banalizar en la ligera definición de que constituye “las reglas del juego”. Peligroso deporte el que se introduce, no sin malicia, para minar la solemnidad de la reverencia a las normas constitucionales y a la integridad de las instituciones.

Aunque ha devenido en ser un “lugar común” es útil repetir aquella ominosa expresión de que “lo que pasa es que no sabemos qué pasa”: ésto dicho en el umbral mismo de la guerra civil española, seguida como fuera de su millón de muertos y su dictadura, que fueran anunciadas por ese presentimiento, con rango de categoría histórica, revelador de una expresión de los instintos de los pueblos donde aparecen quienes oyen llegar sus grandes infortunios.

Estamos nosotros inmersos en ese sombrío estado de ánimo que se define muchas veces como nuestro “pesimismo ancestral”; la realidad es otra, bien diferente, pues nunca antes habíamos sido expuestos como ahora a peligros tan letales para nuestra supervivencia como estado.

Es por ello que resulta muy preocupante poner el oído en el corazón de las circunstancias nacionales y comprobar la diversidad impresionante de reacciones contenidas que van, desde la parálisis deceptiva, hasta la impaciencia por reaccionar en la forma tetánica e inveterada con que lo hemos hecho a través de la historia.

Nuestra índole no ha muerto y, parafraseando aquel discurso memorable del orador Deschamps, al recibir al glorioso Gómez nuestro, venido de la Cuba ya liberada, se diría que “tan sólo recostó la cabeza la epopeya” de nuestro patriotismo para soñar con su libertad permanente y esperar los momentos de los mayores atrevimientos de la traición de que ya nos advirtiera el padre fundador. El apacible y grandioso líder de sus iguales que llegara a proponer el hundimiento de la isla si se nos privaba de la Independencia.

En suma, para poder vadear este hondo río de los hechos y circunstancias actuales en mi opinión es indispensable insistir hasta el cansancio en la cuestión de la unidad nacional para poder alcanzar la conciencia generalizada del peligro que corre nuestra independencia; sólo así, renunciando a los prejuicios que nos separan, se podría organizar una resistencia severa, justa y respetable frente a la trama.

Repito, la situación internacional ha hecho una favorable deriva con la presencia de gente de gran poder que está en el puente de mando de las más espectaculares operaciones de Geopolítica de todos los tiempos y que, ya, en cuanto a la tragedia nuestra, según expliqué, en declaraciones generosas arrimó su hombro a la causa del pueblo dominicano, que tiene obligaciones cruciales de inmolarse con tal de evitar su conversión en un esperpéntico Estado Binacional.

Cual si fuera obra de la divina providencia, preciso es repetirlo, los dominicanos tenemos un viento de popa magnífico que si nos unimos cerradamente podríamos llegar muy lejos en el desarrollo de nuestros propósitos defensivos buscando restablecer nuestra Soberanía, así como recuperar cuanto ha ocurrido como desastre con nuestro Territorio y nuestras fronteras jurídicas de Identidad y Nacionalidad, así como de nuestra Autodeterminación.

Si permanecemos separados en estériles riñas subalternas, en sórdidas disputas del poder político, no podremos hacer oir nuestros reclamos, ni prosperarían nuestras dignas quejas contra tanta alevosía que se ha empleado para arrabalizarnos y privarnos de todo prestigio y reputación, como si no fuéramos el pueblo noble y generoso que somos.

En Enero, pues, es un buen escenario para que reaparezcan renovadas y con más bríos mis intenciones de servir a la patria; sobre todo, en este tiempo presagioso de sucesos indefinibles.

Por ello cierro estas cuartillas con lo que he asumido como lema ideal del dominicano: “La patria no se sobrevive”. Que nadie lo dude.

En síntesis, sé bien que el lema que asumo, por la propia modestia de su inductor, podría ser recibido sin mayor caso, incluso ser desdeñado por la insinuación inmolatoria que contiene.

Que no fue el caso del Almirante Nelson, antes de entrar en la legendaria Batalla de Trafalgar, cuando arengara a su marinería, diciéndole: “Inglaterra espera que todos cumplan su deber.”
En realidad, no otra cosa es la que propongo, desde luego, creyendo que lo ideal sería que el lema saliera de los labios de los lideratos nacionales, que no acaban de aparecer.

Tal como lo hiciera el Padre fundador al señalar la magnitud inmensa de nuestra Independencia, poniendo como alternativa el hundimiento de la isla como precio a todo intento de desconocerla.

 

 

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