Mis Advertencias Globales y V

Así terminaba la precedente entrega de La Pregunta, que trajo la cuarta parte de la Conferencia que dictara en el “Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano”, en fecha 29 de junio de 2010.

Esta otra entrega es la final. Veamos:

Ahora, permítanme asumir algún grado de optimismo y decir que este Symposium en procura de aumentar el esfuerzo conjunto multinacional, es una prueba convincente de que admitimos que solo unidos podríamos progresar en nuestros empeños de esa defensa y seguridad que tan agredidas han sido por el crimen.

A todo esto podría alguien de ustedes inquirir: ¿Por qué esa insistencia en vincular esas administraciones de gobierno y mencionar esas cosas, que podrían resultar ásperas recriminaciones?  Habría razones sencillas y fuertes:

a) Somos tercera frontera de Estados Unidos, siempre que se repute a Puerto Rico como punto de ingreso al mercado mayor de consumo.

 b) Tenemos más de un millón de nacionales nuestros radicados en Estados Unidos y sus remesas sanas son importantes para nuestra economía, así como han sido siniestramente desastrosas las riquezas, ya mayores, no folclóricas, de las cuales hablara hace unos momentos. Riquezas más bien opresivas e intimidantes, que han sabido propiciar aberraciones criminales crecientes y diversas, algunas de ellas totalmente desconocidas en nuestro medio, como el secuestro y el sicariato.

c) En fin, aunque no creo que sea enteramente válido imputar a esa ausencia de la pro-tutela logística, a que me he referido, de la totalidad de nuestros traumáticos contratiempos, lo cierto es que el crimen organizado se aprovechó bien para tomar espacios en forma alarmante durante ese tiempo y los estragos han sido muy severos en las estructuras sociales, políticas, militares, policiales, comiciales, empresariales, comunicacionales, etc.

Pero bien, debo hacer una media vuelta y volver a referirme a la inocente indefensión del pueblo nuestro, que no fue capaz de reaccionar ni advertir cuanto se le venía encima como desdicha.

¿Cuándo ha comenzado a salir del descuido la conciencia pública nuestra para caer en cuenta de la verdadera índole del conflicto?  Ocurrió que en la medida que se fuera endureciendo la interdicción en las rutas centrales, los carteles variaron considerablemente la forma de pago en el trato del tránsito.

El pago en naturaleza se hizo presente y así, una droga que los operadores de campo locales no podrían enviar a los grandes mercados, los llevó a desarrollar un mercado de consumo nacional.  Hemos ido viendo riquezas abruptas, sorprendentes, en capacidad de motorizar fuerzas de la economía y, pese a las enormes distorsiones que acarrean, pueden  ya participar en la animación de una colectividad consumidora.

A partir del año 2000 comenzó a quedar mucha droga en nuestro país.   Proliferaron los llamados puntos de drogas y el microtráfico fue inficionando adolescencia y niñez, quedando los jóvenes ya formados muy expuestos a las tentaciones del uso, a la participación en violencias criminales, muchas de ellas originadas por las ansiedades tremendas de procurar la nueva dosis, al tiempo que se han incorporado en verdaderas gangas depredadoras, capaces de atacar la seguridad individual y familiar y de turbar gravemente la paz de las comunidades.

Es ahí cuando la nación ha podido ver el otro rostro del crimen.  Cuando le pega a la familia la adicción súbita de alguno de los suyos, se desarticula y desorienta.  Y ésto ha llegado a términos amenazantes de fractura irreparable y de anomia.

Llegan ustedes a nosotros enhorabuena, cuando más les necesitamos.  Créanme, en este trance, podemos estar en cierto grado de naufragio.

Al acercarse el final, quiero dejar dos inquietudes que podrían favorecer el alcance de su comprensión del gravísimo trastorno nuestro.

Todos, como nunca antes, estamos llevando a México más adentro del corazón como dolor y sobresalto.  Su lucha valerosa y el compromiso de sus mejores hijos están asombrando al mundo al irse desnudando en toda su magnitud lo que han significado sus carteles criminosos.  Particularmente, nos mueve a mucho asombro la violencia de la frontera norte. 

Es obvio que ahí es donde tiene que estar concentrada la conflictividad criminológica mayor: drogas, armas, tráfico de ilegales, demanda y oferta sostenidas de droga, que constituyen un espeso compost de muerte y violencia, en capacidad de turbar gravemente a una nación tan brillante y querida.

Nosotros tenemos una frontera que el entender colectivo nuestro no la ha percibido como tal.  Se ha quedado en la creencia de que la única versión de frontera que tenemos es la  terrestre.  Y no es que ésta ha  dejado de ser traumática y peligrosa, en la cuestión  relacionada con el tráfico de drogas, dado que todos sabemos que el crimen organizado en la Isla de Santo Domingo se aposentó primeramente, en forma más masiva, en el oeste y ahora está duramente determinado a mantener sus odiosas ventajas en la parte este, que nosotros habitamos. 

 Lo que ocurre es que esa frontera nuestra, que no hemos asumido como tal, es la tercera frontera de los Estados Unidos, según apuntara.  Y este no es un dato cualquiera; no es un aspecto marginal que puede permanecer fuera de la observación y del estudio de quienes vamos viendo cómo, en el área donde el desarrollo turístico nuestro es mayor y se realizan inversiones importantísimas en infraestructuras turísticas y afluye la mayor cantidad de extranjeros, particularmente procedentes de Europa, el Estado ha ido perdiendo espacios y presencia en esta zona tan vital.

Quiero con ello destacar que en este territorio de frontera marítima especial se advierte un crecimiento preocupante de la criminalidad y han aparecido versiones ominosas de bandas y grupos ya conectados con verdaderas expresiones de carteles que operan en Puerto Rico.  Las pruebas mas potentes están en curso. 

Ocurre todo esto en una región donde se advierte la debilidad miedosa del aparato judicial, cada vez más vacilante frente a los violentos ademanes del crimen organizado.  A todo ello se agregan las vulnerabilidades de las playas y de la mar litoral.

Es previsible, pues, que los mayores y más graves sucesos de violencia criminal estremezcan plenamente y a muy corto plazo  el escenario de esta fascinante región nuestra. 

La gente de la mar tiene que responder con honor y lealtad a las esperanzas de su pueblo, de que no perderemos el control de nuestros ámbitos soberanos y que se impedirá drásticamente que el narco se haga cargo de esos espacios territoriales, que tan sensitivos resultan a los cuidados de nuestra soberanía y de la integridad de la paz nacional.

La otra observación que quiero hacerles se refiere a un aspecto que está en el centro del debate general sobre los medios efectivos de combatir al crimen organizado y la droga como generadores de riquezas descomunales, que saben exhibirse de tal forma, que parecen empeñadas en hacer la prueba de una impunidad tan arrogante como intocable.  

Esta región no puede ser un refugio de grandes criminales y de capitales oriundos del crimen internacional, sin que la República no sufra daños inmensos, que podrían desnaturalizarla para siempre como un Estado digno del respeto de la Comunidad Internacional, la cual jamás podría llegar al convencimiento de que nos hemos rendido frente a ese fenómeno global, social, contemporáneo y de carácter internacional que es el crimen organizado,  manejador de drogas y riquezas que son ultraje del mundo.

Esta patria nuestra ha de seguir como la forjaran sus fundadores. Por ella han sucumbido millares de héroes y mártires.  Jamás podría ser el puerto libre que en que pretende convertirla el crimen organizado.

Hay la necesidad, pues, de fortalecer el marco jurídico existente, tanto en el plano nacional, como en el internacional, a fin de activar y mejorar los mecanismos que resulten más apropiados y eficientes para enfrentar este tipo de trastorno.

En mi opinión personal, a ese fenómeno criminal del narcotráfico internacional, que ha tenido sus cúpulas de dirección hazañosa,  no se le ha reconocido ningún otro temor que no sea el de la utilización de un mecanismo que, si bien es cierto es muy antiguo, tiene en la actualidad atractivos formidables, casi como para declararlo imprescindible.

Me refiero a una noción jurídica que ha servido a los Estados para celebrar tratados y acuerdos apoyándose en aportes del derecho penal interno y del derecho publico internacional.  Se trata de la extradición. 

Esa extradición, en nuestro caso, es indudablemente necesaria porque hemos llegado a un grado de poder y dominio del crimen organizado que nuestro aparato judicial luce intimidado, impotente, sin claras determinaciones de compromiso para ejercer, tanto la persecución como el juzgamiento en forma justa y legal.

A lo único que teme el narcotráfico internacional en sus mandos es a un procedimiento de extradición que les lleve ante jurisdicciones de alta resistencia, particularmente a las cortes de los Estados Unidos de Norteamérica.  La tenemos  en tratados diversos, pero su práctica todavía es demasiado exigua.

Al oírme explicar mi posición frente a la extradición, alguien podría creer ver en ello algún grado de indignidad.

Pero no, tengo doce años clamando inútilmente por el establecimiento de una Jurisdicción Especial de competencia nacional para juzgar a los actores de crímenes de esta etnia de Lesa Humanidad.

En efecto, siendo Presidente del Consejo Nacional de Drogas en el año 1988 lo reclamé y por desgracia pudo más la soberbia protagónica de quienes se creyeron héroes nacionales por haber pasado a controlar una “nueva justicia”, según la vanidosa apreciación que también les envanecía por haber llevado a la sociedad nuestra a una nueva normativa procesal penal, sin presentir el alto grado de frustración que terminaría por acumularse. 

Que ocurrió? Lo de siempre.  La vida se encargó (en este caso la muerte) de dar respuestas a la suficiencia de quienes no comprendieron que la lucha contra la droga no se aviene con el exhibicionismo, porque su exigencia mayor y persistente es el sacrificio y el riesgo frente al insomne peligro de la inmolación. 

 Lo inexplicable es que tenemos un puñado de jóvenes jueces brillantes.  Solo habría que organizarlos y protegerles y entregarles, de algún modo, a sus conciencias partes esenciales de los destinos nacionales.

Pero, se ha insistido en conservar el aparato judicial todo, ordinario, para lidiar con esa tremenda experiencia del juicio al hampa.

Y es algo horrible, porque el narco sabe empujar sus miedos pavorosos y difusos hasta poner de rodillas a la justicia ordinaria, como una manera de fortalecer el poder que tiene para controlar a la sociedad.

Cuanto más insisto en esto más pienso en las espinas del Mariscal Sucre.  Colombia sabe cuál fue el precio en sangre que tuvo que pagar para restablecer la extradición.  Si no me traiciona la memoria, fueron cuatro mil los muertos en la guerra con los extraditables.  México abandonó la renuencia a conceder la extradición hace ya algún tiempo y es previsible que en toda la violencia generalizada de hoy pueda haber componentes de resistencia a ese mecanismo de justicia penal internacional.  En fin, Colombia y México deben de ser  paradigmas en los esfuerzos mejores para el combate al crimen desafiante.  Desde luego, mis queridos amigos, hay que estar preparado para dejar algo en el camino, así sea la vida.

Ya en mis últimas palabras, agradezco su benevolencia al  escucharme  y decirles que me siento emisario de mi pueblo para allegarles a ustedes su gratitud por esta presencia generosa, tan auspiciosa, tan promisoria, tan capaz de encontrar patrones de cooperación y asistencia entre nuestras armadas, que necesariamente nos ayudarán para liberarnos de estos grandes peligros, de estos enormes miedos sociales que se han ido imponiendo con violento irrespeto de las normas, las costumbres,  las creencias, y todos los valores nuestros.  

 Muchas Gracias.”

En fin, he estado  bien consciente de lo prolongado de su  lectura, pero es que se trata de un tema muy complejo y vasto y había la necesidad de agotar el cometido trazado  en el honroso encargo de disertar ante un auditorio de tan sensitiva calificación.

Al reproducir esa Conferencia en La Pregunta lo que he querido, además, es defender modestamente, no tanto el valor que se le pudiera reconocer a su contenido, sino más bien la calidad de mis propósitos de advertir, sobre todo, señalando el tiempo en que lo he venido haciendo al vaticinar muchas cosas que hoy están en un agravado curso de acción.

Se trata de un tema tan delicado que no bastan las palabras, ni cuenta el tiempo que se invierta para analizarlo en todas sus trágicas vertientes.

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