Mis Advertencias Globales III

Es aconsejable mantener bajo observación toda la gama de experiencias de vida con que uno cuente a fin de apreciar en retrospectiva dónde pudo haber error o acierto para con ello reajustar los rumbos en este valle de lágrimas que es la existencia, que demanda tanta lucha desde la cuna hasta el sepulcro.

En estos días últimos se me hizo indispensable transcribir en las dos precedentes entregas de La Pregunta una Conferencia que dictara en Bruselas el día 4 de junio del año 2012, en el importante evento “XVI Reunión de Alto  Nivel del Mecanismo de Coordinación y Cooperación en Materia de Drogas (UE-CELAC” y pensando en ello me decidí en esta ocasión a reproducir, también, una experiencia vivida dos años antes, en la cual dictara una Conferencia en ocasión del “Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano”, llevado a cabo en el Hotel Dreams, Bayahibe, La Romana, el 29 de junio de 2010.

Es decir, que por haber recibido y retenido el reconocimiento de mi experiencia en Bruselas, ahora me he sentido estimulado a confiar en la utilidad de transcribir otra en esta ocasión, en dos entregas, porque entiendo que resulta provechoso compartir con mis lectores en este tiempo algo que se dijera ante un público altamente especializado, constituido por un número impresionante de Almirantes de América Latina y los Estados Unidos.

Pienso que mis amables lectores de hoy son parte de aquello, de algún modo, de lo que fuera tratado en el 2010, porque necesariamente les conciernen sus implicaciones; además, difundir esfuerzos de tal tipo es constructivo y sirve para dimensionar la calidad de los esfuerzos que he podido modestamente realizar en mi lucha de advertencias globales sobre el trastorno inmenso de la sociedad mundial y el ataque del Crimen Organizado, ya como estructura paraestatal en muchas partes el mundo.  Veamos:

“SEGUNDO SYMPOSIUM CONTRA EL NARCOTRÁFICO MARÍTIMO EN EL CONTINENTE AMERICANO. Hotel Dreams, Bayahibe, La Romana, 29 de junio 2010

Es difícil imaginar algo más oportuno que esta experiencia del Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano. 

En realidad, lo que nos convoca es una extensa y generalizada convicción de nuestras naciones, organizadas jurídicamente como Estados, de que existe, de manera incontestable, un fenómeno criminal global que ha alcanzado alarmantes niveles de opulencia y destrezas delictivas en capacidad de desafiar y dañar realmente a todas nuestras sociedades en términos jamás vistos.

Estamos aquí reunidos porque todos representamos las trágicas preocupaciones de nuestros pueblos acerca del curso que describe tal desafío, en neto detrimento de sus valores de todo género.

La gentileza del Vicealmirante Homero Luis Lajara Solá, Jefe de Estado Mayor de la Marina de Guerra de nuestro país, me ha traído a participar en el Symposium, entendiendo que podría aportar modestos conocimientos relacionados con la [Evolución y las Nuevas Modalidades del Narcotráfico y el Crimen Organizado en la Republica Dominicana”.  Agradezco, pues, el honroso encargo así configurado y tengo la ilusión de ser útil al transmitirles mis impresiones sobre el tema.

Buscaré hacerlo bajo un predicamento testimonial, que tiene como único indicador de certidumbres mi tiempo de vida, que me ha permitido la dedicación tan prolongada a la observación del fenómeno criminal, amparándome inevitablemente en mi segunda naturaleza de abogado, de intenso ejercicio penal durante más de cinco décadas.

Les pido recibir mis palabras con amable comprensión e indulgencia y lo único que se me ocurre, al ofrecérselas, es rememorar aquella advertencia que hiciera la legendaria penitenciarista Concepción Arenal a fines del Siglo XIX:   “No hay arte en mi trabajo, ni aspiro que tenga otra belleza que la verdad.”

Desde luego, quiero también citar al iniciar este intento de contribuir la frase triste, casi un presentimiento, del más puro soldado de la Independencia Americana, Antonio José de Sucre:  “La comisión que llevo tiene espinas.”

Ello así, porque no encuentro otra forma de describir la gravedad de los riesgos que entrañan la resistencia y lucha contra el crimen organizado, ya establecido plenamente como industria ilícita transnacional de participación global, que va imponiendo con sus características y variables causales la necesidad de políticas públicas, en base a un enfoque de planificación efectiva.

La República Dominicana resultó predispuesta por la geografía, tanto para favorecer el paso de las gestas mayores, como para las sombrías preferencias del crimen organizado, cinco siglos después.

En el centro del Caribe, como la viera su poeta nacional Pedro Mir, “situada en el mismo trayecto del sol[, se le ha ido colocando como escenario para que gran parte del infortunio del quebranto de la drogadicción, pase por su suelo hacia las naciones de alto desarrollo de América del Norte y de una Europa renacida de las cenizas de la hecatombe de sus guerras inenarrables.

Ahora bien, para abordar la explicación de la presencia de un fenómeno tan peligroso en nuestro medio social, he creído lógico usar un método consistente en fijarle lo que yo llamo edad del  conflicto.  Me favorece la encomienda del programa.

Ciertamente, nuestro caso es propicio para ponerle una fecha a su nacimiento y seguir esbozando cómo fue su primera infancia, su adolescencia y su terrible capacidad de daños estructurales una vez se hiciera adulto.

Se debe de partir de este punto: en nuestro país no se conocía, ni se tenía una idea aproximada, de lo que era la droga.

En el tiempo duro de opresión y privación absoluta de libertades públicas, la noción de droga era rotundamente desconocida.  Porque ambos males no suelen cohabitar.  Poco después de aparecer las libertades, las prácticas democráticas y el establecimiento del estado de derecho, fue cuando se comenzaron a insinuar las drogas ilícitas en nuestro medio.  Nacía nuestra infección alrededor del año mismo de 1961 en que se dictaba la Resolución Única de la Organización de Naciones Unidas declarando el narcotráfico Crimen de Lesa Humanidad.

En efecto, todo pareció arrancar con mayor fuerza con la presencia de ejércitos extranjeros en nuestro territorio, particularmente de tropas norteamericanas que, al amparo de alegatos injustos, en tiempo de guerra fría, vinieron a contener un levantamiento patriótico en el cual habían coincidido en forma espectacular pueblo y fuerzas armadas, buscando reponer la constitución democrática del año 1963, que había sido desconocida en la loca aventura de un golpe de estado contra un gobierno encabezado por una de las mayores glorias nuestras: Juan Bosch.

Las circunstancias nacionales se transformaron de manera aciaga y dramática, mientras se intentaba convencer al mundo de que en el seno de tal movimiento habría especímenes muy aguerridos del comunismo y que era necesario evitar una nueva “Cuba en el Caribe”.

El paso de los años ha sido el encargado de rendir un veredicto histórico en cuanto al carácter injustificado de aquella imputación.  El gran líder nacional, que fuera maltratado y desconocido, sobrevivió largo tiempo, tanto como para fundar otro partido político importantísimo, cuya gente hoy gobierna, dando permanentes muestras de tolerancia democrática y de civismo.

La intervención militar extranjera, en ocasión de los sucesos de aquella guerra civil del ’65, obró como un muro de contención en contra de una verdadera normalización democrática y no se quiso advertir que, independientemente de lo odioso que resultaba el malogramiento de nuestra soberanía, habría efectos de daños colaterales muy graves.  Fue el tiempo en que se produjo la aparición profusa y preocupante de estupefacientes en nuestras calles, muy al alcance de nuestra vulnerable y estremecida población.  Bueno es no olvidar que la resistencia patriótica nuestra, encabezada por el glorioso coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, se producía en el mismo tiempo histórico en que se libraba la trágica Guerra de Vietnam, de cuyos efectos residuales todos tenemos informaciones impresionantes.

Claro está, ese fenómeno criminal de la comercialización de la droga sólo se abrió paso lentamente.  Era el tiempo en que la oferta esencial de Colombia venía siendo labrada en su crecimiento por los carteles criminales, aún en ciernes.

Lo cierto fue que aquella experiencia de gran desgracia institucional de desdichados desórdenes públicos nos resultó muy traumatizante.  Se vio claramente cómo se resentía la nación en su inestable equilibrio, al abrirse una etapa de desasosiego de nuestras familias que en forma incesante tendió a evadirse del suelo patrio. 

Se produjeron muestras numerosas de desaliento y escepticismo frente al destino nacional. Se abrió espacio a una dramática esperanza de procurar una salida hacia otros lares, como alternativa única.  Algo que pareció convertirse en impronta nacional.  La violencia imperdonable ejercida contra el gobierno constitucional y luego la negación de su restitución tan drástica y obtusa, habían desajustado la nación hondamente.

Al Sobrevenir así un periodo de incesante dispersión y desasosiego, fueron legiones los jóvenes nuestros que se fueron a la aventura de la azarosa emigración, con sus turbadoras cargas de vacíos vitales, en medio de una desorientación impetuosa y torva.

Como ha ocurrido siempre en todas partes el crimen organizado se puso al frente del manejo de la droga a ser comercializada hacia los grandes mercados.  Nosotros quedábamos así situados en una sensitiva periferia que durante mucho tiempo sirvió de trampolín para la bifurcación del tráfico hacia América del Norte y Europa.

La característica insidia, ya clásica, con que obra el narcotráfico en sus rutas experimentales, no permitió detectar a tiempo, ni presentir siquiera, todo cuanto implicaba su paso por nuestro territorio.  Logró agenciarse el descuido colectivo hasta llegar a entender la nación que, aunque aquello ciertamente ocurría, se reducía a la utilización de nuestro territorio como mero tránsito, dado que el valor de la droga era muy alto en los mercados de consumo y que nosotros no tendríamos nunca mayores peligros, porque así lo predeterminaba nuestra pobreza de siempre.

Se esparció el convencimiento consabido de que no calificábamos para ser usuarios de la droga y que eso podíamos agradecérselo a la propia insolvencia de nuestro pueblo.  Se dijo, y se llegó a creer, que la insolvencia nos mantendría lejos de la droga, especialmente en la derivación más dolorosa que ésta tiene, el consumo, que es el quebranto, la enfermedad, la epidemia, la violencia y la muerte.

Todo aquello se tornaba más complicado, porque comenzaron a aparecer, a corto plazo, signos de riquezas pintorescas, algo que se sumaba a las extravagancias de los jóvenes que regresaban, de manera temporal o permanente, gozando de incipientes fortunas que no dejaban de tener a los ojos del pueblo, tanto en sus planos de pobreza, como en los limitados bolsones de bienestar, un significado aparentemente ventajoso, que hasta  podría llevarnos a cierta fase de progreso….”

Luego de terminar la exposición, se pasó al almuerzo y fue allí cuando el más importante y distinguido oficial norteamericano, también el mas joven de la delegación de cuatro, al ser cuestionado por un importante mando militar nuestro acerca de cómo le había parecido la disertación del “old man”, que no estaba presente en aquel momento, respondió:  “Muy impresionante; aunque fue con dolor, que  nos enseñó historia”.  Cuando iba a terminar dijo, no obstante: “Pero él está muy calificado para hacerlo”.

Dije al principio que es indispensable recordar y retener las experiencias de vida y a mí la expresión del joven Almirante de que “le había enseñado historia”, “aunque con dolor”, me trajo a la mente el drama íntimo y de conciencia, que de seguro el oficial recordaba ante la mención de las tropas de su patria en una guerra difícil como la de Vietnam, pasando por las calles nuestras tantos soldados que iban, o habían regresado, desde aquel infierno; mi severa advertencia de que nosotros, hasta entonces, no conocíamos la droga, estoy convencido que le conmovió.

Ellos, como nosotros, han padecido daños residuales, colaterales, de aquella hecatombe.  Nuestras bajas sociales son catastróficas, como las de ellos; preciso es compartir la tragedia.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s