Advertencias propias y ajenas

No han dejado de ser inefables las explicaciones de quienes intentan justificarse alegando que ha sido demasiado sorprendente, abrupto, casi invisible, el desplome de tantas cosas vitales del pueblo nuestro.  Muchos parecen guarecerse en la ingenuidad de que no les hicieron caso a las advertencias por haber creído siempre que se trataba de incidencias artificiosas, pura pirotecnia, propias de las luchas y pugnas políticas, de las cuales se apartan, con escrupulosa asepsia, como si fuera un mérito mayor, no un déficit o una falencia de su sociedad.

El hecho es que durante décadas no vacilé en señalar los peligros y confieso que no sé todavía cómo pude pasar tanto tiempo predicando en ese desierto del desinterés de aquellos para los cuales mi alarma no era otra cosa que un arma arrojadiza empleada para asediar adversarios y, en el mejor de los casos, para sonar y fulgurar en las lides públicas.  Sin embargo, hoy me compensa que resultan incesantes y copiosos los reconocimientos de ese error de no atender a mis sinceras admoniciones.

Desde luego, de todos los desentendimientos el peor fue el relativo a las “pisadas de animal grande” que ya se sentían del Crimen Organizado, al ocupar todos los espacios para sus estremecedoras operaciones, tanto como tráfico de estupefacientes, como en la cota misma del regreso y reciclaje de sus oprimentes riquezas.

Se me ripostaba que todo lo advertido por mí era fantasioso; algo que sólo podía expresar un “fabulador” o un “malabarista del  juego de palabras” del abogado ducho.  Era injusta la presunción, pues, en todo caso, el abogado que obraba en su nombre y provecho sabía que estaba asumiendo riesgos letales para hacerlo.

Tuvo que encargarse el tiempo de acarrear la razón y ponerla a mi lado y favor, pero a un costo muy alto y doloroso, pues el Crimen Organizado logró asentar todas sus sanguinarias durezas en medio de ráfagas pavorosas de sangre y sufrimiento; se engendró asimismo el consumo, ya como mercado interno de los estupefacientes, desmontando aquella falsa creencia de que nosotros no pasaríamos de ser un mero e insignificante territorio de tránsito de sus operaciones, dado que no alcanzaríamos jamás la solvencia para el consumo costoso de las drogas duras.

De ese modo fueron perdiendo la inocencia y la cándida manera de pretender quedar impasibles, sin mayores preocupaciones, sin suponer lo que entrañaría como ruina de la nación toda.

El tiempo, siempre justo y riguroso, fue poniendo cada cosa en su lugar y hoy nos encontramos atrapados en cruciales vicisitudes que nos atenazan con fuerza, capaces de destruirnos de mil maneras.

En verdad, no nos preparamos para afrontar cuanto se desprendía de esas duras realidades que nos fueran golpeando como conflicto criminoso y epidémico, a la vez.

Es muy obvio, no obstante, que no son tan simples ni lisas esas cosas terribles.  Han concurrido otros muchos factores externos que contribuyeron a que todo se despeñara hacia lo peor; y fue una de mis decepciones mayores la que surgiera precisamente de esa otra experiencia de desinterés e incomprensión de parte de las poderosas instancias que en Estados Unidos han tenido a su cargo dirigir e impulsar la lucha aciaga contra la droga en todas sus versiones de daño.

La inerme población nuestra es posible que para incurrir en su sordo descuido confiara en demasía en que no había mucho que temer porque esa superpotencia estaba en el puente de mando de toda la logística que demandaba tal lucha.  Un evidente error que se incubara, tanto aquí, como allá, por la renuencia a advertir los alcances de la invicta insidia del fenómeno criminal.

Todo se ensombreció, aún más, a raíz del bestial ataque terrorista del 11 de septiembre y la hecatombe nuestra se acentuó hasta llegar a parecer irremediable e irreparable, en un tiempo en que tendríamos que contar con el mayor grado de cohesión y unidad, bajo los peligros en curso por obra de una Geopolítica rematadamente torpe y ciega, decidida a agravar los conflictos del centro del Caribe, fabricando un experimento de Estado Binacional que no pasaría de ser un extenso territorio anarquizado por el vicio y la corrupción, que son el caldo de cultivo por excelencia del Crimen Organizado.

Estados Unidos, se fue a sus guerras y hasta nosotros enviamos cientos de soldados a aquellas lejanías; sólo Dios nos salvó de que no tuviéramos que recibir ni un solo ataúd de aquella desgraciada aventura.  En realidad, nuestra participación fue muy limitada y más bien sirvió de “patente de corso” para que políticas públicas nuestras muy bien establecidas se fueran desvaneciendo y perdiéndose los bríos y la reputación que alcanzáramos en el fin del siglo.

El periodo 2001 al 2009, en efecto, fue el mas devastador; el Crimen Organizado lo comprendió y lo aprovechó hasta la saciedad; el Caribe fue invadido como nunca antes y puesto bajo el peso tremendo de los carteles, por uno de esos movimientos de desplazamientos muy  hábiles que se pusieran en práctica a raíz del asedio creciente para el tráfico central que se combatía en el eje de Centroamérica hacia México.

Mis desoídas advertencias regionales, y aún globales, sólo han podido ser reconocidas en su verdadera naturaleza de honradez, sacrificio y riesgo, cuando la brutalidad de los hechos se ha impuesto; nos han cercado, de tal modo, que nos resulta muy difícil buscar soluciones alternativas salvadoras, precisamente porque esa realidad penosa nos ha estragado de muchos modos, haciéndonos más débiles en los tiempos en que tendríamos que ser más fuertes para enfrentar azares terribles de nuestra propia existencia jurídica como Estado.

Traigo ésto último a colación, otra vez, para que se entienda que es necesario reemprender nuevos énfasis; más complejos y exigentes ciertamente, pero necesarios, desesperadamente imprescindibles.

Advierto que para hacerlo es clave no acomplejarse por el hecho de ser hijos de una pequeña nación; ésto porque allá, en los grandes centros de fortuna y poder, la ruina es mayor y pueden desde aquí humildes ciudadanos luchar y resistir para reajustar tanto desastre, en nombre y representación de valores históricos, como pueblo digno “amaestrado a todas las vicisitudes”, en una “hondonada más”, según lo proclamaran pensadores ilustres nuestros en otras épocas.

Al advertirlo, no quiero asumir posiciones altaneras, ni vanos y ridículos propósitos de desafío; me siento un modesto ciudadano de este infortunado país nuestro, que en el propio seno del gran poder  de la tierra supo advertirle de esas cosas terribles que sobrevendrían, tanto para ellos como para nosotros, si seguíamos viviendo en el error de no temer a la real capacidad destructiva del Crimen Organizado; que no se avergonzaran a considerarlo como el enemigo en una guerra más destructiva que sus trágicas guerras precedentes o en curso.

Por eso, hoy, les digo: no bajemos la cabeza cuando desde medios de comunicación de importancia mundial se realizan entrevistas turbias con propósitos aleves para tratar de degradar al gentilicio Dominicano y hacerlo pasto de oscuros propósitos geopolíticos.  Les digo que todo ello puede retroceder hoy cuando hay evidencia de que muchas de nuestras necesidades más mortíferas son similares a las que ese mando imperial de la actualidad busca combatir en su propio seno, ya considerados como percances catastróficos.

En mi programa La Respuesta del pasado fin de semana comencé a abordar el tema con motivo y en ocasión de las revelaciones que hiciera un importante oficial de interdicción de drogas norteamericano, en las que plantea propiamente que los dominicanos están desalojando a las mafias tradicionales del gran mercado de heroína de New York; que, a su decir, los dominicanos manejan hasta la tercera parte de la heroína de la ciudad más importante de esa gigantesca nación.  Si se quiere una muestra aterradora de exageración y mala fe no hay que buscar otra.

Para decirlo con seriedad, no es enteramente cierto el abuso, sino más bien una exagerada imputación publicada para otros fines, pues cuando se analizan las causales y los orígenes de esa supuesta aparición sorprendente de legiones de dominicanos traficando con ese “éxito inverosímil”, en el fondo, lo que hay que pensar es que se procuran objetivos diferentes; que se tiene en mente cumplir designios malvados de trama contra la supervivencia del Estado nuestro.

Como ya señalé, esa puede no ser ahora la estrategia a seguir por ese importante y potente mando nuevo del Norte.  Nosotros como pueblo tenemos necesidad de entrenarnos para comprender  por dónde están sembradas y cuántas son las dianas con las que se busca echarnos a perder, paralizando toda acción o altivez en la resistencia; obligar a compartir y repartir las responsabilidades y las naturales culpabilidades en la generación del actual “infierno en la tierra” en que han devenido las operaciones del tráfico de drogas, con sus riquezas inmundas y la desoladora epidemia que ha diezmado a millones de seres humanos, con siniestra preferencia por sus juventudes.

Este viejo guerrero que escribe no incurre en el error de resentirse por el hecho de no haber sido oído en sus advertencias; al contrario, lo que busca es animar a sus compatriotas, que constituyen las enormes mayorías de gente generosa y honrada, para librar las batallas por venir.

Cuando titulé estas cuartillas como inadvertencias, hablé en plural, las propias y las ajenas, y no sólo eso, las otras muchas entrelazadas que conciernen a nuestra soberanía, a nuestra autodeterminación, a nuestro territorio, en fin, a nuestra Independencia.

¿Qué hacer? sigue siendo la más apremiante pregunta.  Cada quien que arrime su hombro a esa cruz.

La verdad, como siempre, está a merced de la elocuencia de los hechos.  Y lo penoso es que no hay tiempo que aguardar, pues, cuando éstos la demuestran podría estar todo perdido.  No olvidar que la patria no se sobrevive.

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One thought on “Advertencias propias y ajenas

  1. Leí por ahí… (No recuerdo donde): “es mas fácil engañar a alguien que convencerlo de que le están engañando”. También es un hecho cierto que a mucha gente… (Más de las que deberían)… les es imposible advertir el peligro, no importa la inminencia del mismo… sino, hasta que les afecta directamente… es por ello tal vez… que advertencias tan puntuales hubieron de ser echadas en saco roto por una sociedad para la cual, más allá del día a día… poco importan las vicisitudes que pudiera depararles el destino, a largo, mediano… y hasta plazos tan cortos como los que se nos vienen encima con la situación de indefensión, a la que el gobierno dominicano, ha condenado a esta nación digna de mejor suerte, con la fatalidad del caso Haití.

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