Aberraciones Sintomáticas

Desde hace mucho tiempo vine advirtiendo a mi sociedad de que se estaban produciendo cambios drásticos en el comportamiento colectivo nuestro, muy preocupantes.

Recuerdo que fue en ocasión de un accidente automovilístico, en el que perecieran varias personas, cuando uno que superviviera milagrosamente me contó algo que había ocurrido, peor que el accidente mismo.

En principio, fue tal la emoción dolorosa que sentí que me negué a creer cuanto relataba el superviviente.

La trágica narración consistió en ésto: “Después de perder el control el conductor, a causa de un aceite derramado inexplicablemente en el pavimento, cayeron por un barranco, dando volteretas sucesivas; tan sólo quedó un silencio profundo interrumpido nada más que por los ayes desfallecientes de los moribundos.  Siguieron luego voces de gente que bajaba al hondón que, a primera vista, se limitaban a vocearse entre sí que tuvieran cuidado con el fuego posible del auto destrozado.

¿Cuál fue la sorpresa desgarradora del superviviente? Que dos de los irreales rescatistas traían garrotes y apalearon a todos, excepto a él, que por fortuna había resultado con heridas en la cabeza que sangraban mucho y eso le permitió simular que ya estaba muerto.

En el desvalijamiento que hicieran todos, eran más de veinte los vecinos, arrasaron con cuanto pudieron llevarse, relojes, anillos, dinero, hasta una pequeña muñeca de peluche que todavía conservaba en su pecho una niña muerta.

Penosa fue la espera de un auxilio verdadero; algo que sólo el superviviente sufrió, pues los demás habían sido rematados.

Grande también fue la sorpresa de los que habían detenido la marcha de sus vehículos para auxiliar a los caídos; gracias a algunos curiosos niños que se aglomeraron en el borde de la carretera, pudieron enterarse de la desgracia acaecida.  “Aquí hay uno vivo”, fue la expresión de alguno de los que asumieron realmente el gesto solidario de rescatarles.

Fue un horror oír aquel relato que me llenó el alma de sombras y pensé que ya mi país era otro, no el que conocía desde niño, cuando la suerte del prójimo recibía la garantía mayor de aliento, asistencia y consuelo, de parte de los testigos consternados.

Desde entonces comencé a divulgar mi inmensa inquietud al respecto porque lo sentí como un comportamiento tan aberrante que resultaba un síntoma ominoso de grandes descalabros y estragos a sufrir por el ser nacional.

De eso hace, ya, mucho tiempo; el necesario para irme enterando con mayor frecuencia de que la espantosa práctica criminal descrita ha terminado por ser más temida que el propio accidente; éste se ha convertido en botín y simplemente basta con ultimar a los accidentados para robarles sus pequeños teneres, sin importar el valor de lo saqueado; es ya tan común y corriente que se le tiene grima miedosa mucho más que al accidente, porque se produce en el más impresionante escenario de agonía, sangre y dolor de los desventurados que perecen.

Síntoma aleve de un proceso de deshumanización en niveles de la población que siempre supieron reaccionar generosamente en el auxilio de cualquier desconocido, fuere cual fuere el evento que le colocara en riesgo de muerte; así era el pueblo nuestro y jamás se supuso que ese acudir espontaneo del vecindario ante el desastre dejaría de estar presente, cual Cirineo.

Asimismo, se comenzaron a producir en aquellos tempos, ya en el medio urbano, otras manifestaciones de conductas aberrantes, especialmente cuando traían del exterior el cadáver de algún joven dominicano baleado en el infierno del tráfico de drogas y sus secuelas de sicariato, ajustes de cuentas y otras causas muy propias de aquel ámbito de enormes riesgos.

Los sepelios comenzaron a llamar la atención por la asistencia cada vez más masiva de gente de todas las edades y género; se oyeron canciones como trinos, muchas de ellas alusivas al menester tenebroso en que había caído el difunto;  “el empolvado” se le llamaba, que ya era parte del ideario lóbrego de mucha juventud nuestra, fugada bajo consigna como ésta: “Me voy pero vuelvo, rico o empolvado”; como si se estuviera fundando una casta paradigmática que pudiera resultar atractiva para legiones de miles de verdaderas bajas sociales.

A todo ésto se agregaba mucho alcohol y “viajes de drogas”, duras y dulces, todos arremolinados alrededor de la bandera dominicana cubriendo el ataúd que encerraba al primer actor de la triste experiencia.  Desde luego, sin dejar de entonar el himno de la patria.

Se trataba de una aberrante manera de exaltar como héroes o próceres de la nación a aquellos desechos, que ya se insinuaban como pequeños “benefactores” de la familia que había quedado en la tierra, ciertamente bajo el agobio de la enfermedad, el desempleo y la pobreza.

En esos jóvenes acribillados han estado cifradas las esperanzas de muchas familias por alcanzar riquezas soñadas, sin importar su oriundez.  Y por donde pasaba el cortejo, la otra parte de la sociedad, aún libre de la maldición, fue controlando su asombro porque presentía que había algo de metamensaje de siniestro poder en todo aquello; así se fue sofocando la alarma hasta llegar a ser percibido como algo interesante, folclórico, cuando no una hazañosa ocurrencia.

No se quiso ver como algo sintomático del acercamiento de grandes males y trastornos sociopáticos que irían enfermando y dañando a la sociedad, haciéndola girar alrededor del eje tenebroso del crimen, de un lado, y del otro, el quebranto de la adicción, que ya se ha hecho cargo de decenas de miles de jóvenes de ambos sexos con sus cerebros gravemente calcinados.

Nadie le dio crédito oportuno a las advertencias de que aquello era una especie de diseño satánico de una sociedad de zombies como la que está en curso todavía, para nuestra honda desgracia.

La dura realidad era que se trataba de otras aberraciones sintomáticas para las que no estábamos preparando respuestas, ni teníamos idea siquiera de lo que significarían como descalabro del alma nacional.

Ahora bien, no han cesado de aparecer otras muchas aberraciones de magnitudes abismales que han venido a condensarse como todo un pesado síndrome de fatalidad, una tara letal para nuestra supervivencia.

En fin, al irme acercando a esas otras muestras de descomposición de la sociedad debo aludir, aunque sólo ligeramente, a otro fenómeno que viene desconcertando al vasto hemisferio sano y valioso que aún conservamos.  Está conectado con lo que en buena técnica se denomina “decepción cognitiva de la población”, ante el desvanecimiento imparable de la autoridad de su Estado.

Hay una sensación angustiosa de creciente indefensión que se está experimentando y que lleva en su seno un contenido de miedo pavorosamente generalizado.  Los ciudadanos se sienten huérfanos de protección de su Autoridad, y el Crimen, que lo sabe, se empeña en remarcar su prevalencia aterradora, como un hecho cumplido.

Sin embargo, es justo decir que no todo el medio social se atemoriza y ya van apareciendo dispersas señales de inconformidad airada cuando gradualmente en las comunidades surgen iniciativas para enfrentar el difuso, pero penetrante, ataque del Crimen.

Se advierten reacciones de defensa compartida, socializada, al grado que en algunos barrios se extiende el compromiso de velar mutuamente por la seguridad entre los vecinos, bajo la mística de que se hace para proteger el sueño, la vida y la honra de cualquier hogar agredido.

Desde luego, tal conflictividad es en realidad materia de ponderaciones mayores, pues, las ideas del linchamiento, así como toda acción de defender al débil, honrado y dañado, implica una derogación caótica de la autoridad estatal, bajo reproches muy deshonrosos.

En ese mismo orden de ideas, finalmente, quiero referirme hoy sólo a una ocurrencia de estos últimos días, capaz de reflejar otras dimensiones aun más potentes y complicadas como síntomas del colapso catastrófico de una anomia total.

Se ha detenido a un oficial menor de la autoridad policial, luego de más de seis años de una borrosa diligencia de captura, por la comisión supuesta de más de treinta asesinatos.

Se extiende, no obstante, el descreimiento de la población y se ven claramente sus dudas frente a los pasos de la Autoridad, al colmo de que las mismas estructuras de investigación y juzgamiento parecen totalmente oscurecidas y desechables, sobremanera después de las últimas excarcelaciones tortuosas que presentan dolosas y obscenas características de fugas convenidas.

Pues bien, ¿qué ha ocurrido en ocasión de la captura del oficial aludido?  Que el mismo resulta vitoreado y aplaudido por numerosos grupos de ciudadanos de los lugares e inmediaciones donde aquél obrara; se está exigiendo que se le respete, se le reintegre a su institución y se le envíe a prestar nuevos servicios, como una manera de restablecer la seguridad perdida allí.

Ante mi nuevo asombro ¿cuál ha sido mi última y mayor sorpresa?  Alguien que me merece crédito, me dijo: “No se alarme, doctor, pues entre esos manifestantes de apoyo a ese verdugo, habían madres de hijas adolescentes violadas y asesinadas por otros verdugos” y agregó:  “Es posible, casi seguro, que el oficial se cebara en el crimen y utilizara aquellas ocasiones de “vengador justiciero” para hacer tareas independientes, bien remuneradas, de Sicariato; es por ahí por donde va el desorden.”

Midan ustedes, pues, las dimensiones del síndrome y díganme si no cabe preguntarse aquello que se llegara a plantear en el campo ideológico, en horas de grandes ideales políticos, en una inmemorial y elocuente expresión:  ¿QUÉ HACER?

Tanto derrumbe fue muy insidioso al venir; al menos yo sabía que no había sido invitado, sino que lo empujaban otros buscando aplastar nuestra buena índole de pueblo que aún pervive.

De todos modos, por aquello de caer “con las botas puestas” insisto en decir que no siento ningún encono de desoído; lo que más deploro es presentir el futuro inmediato, ya sin poder arrimar más mi hombro cansado.

En las próximas entregas de La Pregunta, como blog, insistiré en adentrarme lo más que pueda en esa jungla que se nos ha impuesto de parte de aquellos que nos preferían más como arrabal que como pueblo.  Sé que lo necesitaban para su esperpéntico experimento con nuestro Estado, nido de una legendaria y pequeña nación que es la nuestra.

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