El Río Social y sus Nieblas

En los medios sociales se mueven hechos y circunstancias continuamente, de tal modo, que su apreciación se hace cada vez más difícil.

Siempre me ha servido de guía, para fijar mis posiciones y hacer mis decisiones, una enseñanza de Bergson acerca del error seguro de quien, al obrar, no toma en cuenta el sostenido proceso de mutación de las cosas y dijo:  “Los grandes errores políticos se deben casi siempre al hecho de que los hombres se olvidan de que la realidad se mueve y está en movimiento continuo.  De diez errores políticos, nueve consisten simplemente en creer que todavía es verdadero lo que ya ha dejado de serlo”.

En efecto, lo de hoy deja de serlo a cada instante; en el nuevo hoy inminente que se desplaza vienen enigmáticos bajeles repletos de cambios incesantes.

El río no es el mismo, se diría, y en su ancho cauce vienen y van acontecimientos desconcertantes, fugaces a veces, y esquivos a toda observación siempre.

Ya lo sabía, casi desde adolescente, porque lo oí en labios de mi inolvidable e inmenso maestro don Andrés Avelino al comentar a Heráclito y sus concepciones del cambio perpetuo; el río dejaba de ser el mismo a cada tramo de su corriente, por lo que nadie podría bañarse dos veces en el mismo río.

Mi gratitud ha sido constante por tal enseñanza, pues siento que me armó para enfrentar la vida y sus sorprendentes meandros.  Se dirá, además, que no sólo deja el río de ser el mismo, sino que por ese ancho y sinuoso cauce en que vive están las tripulaciones tormentosas que gozan con enarbolar, como norma o misterio, lo inaudito.

Ahora bien, debe quedar claro que esa premisa de indicación de cómo debe ser asumido el presente, no puede, ni debe, conducirnos a renegar del pasado y sus lecciones; hacerlo así sería dar paso a las torpezas de las improvisaciones, abrazarnos a conductas obtusas de reacción sobre la marcha, sin mirar atrás, ni recordar nada de lo sucedido.  Eso sería rendirnos al letal relativismo del “eso es así”, “tal como lo ves”; “no intentes contrastarlo con pasado alguno”, “mucho menos pretendas formular previsiones y advertencias acerca del porvenir”, “precisamente por las mismas razones de que todo es cambio”.

No en vano se activó la vieja alarma cuando se dijo que desconocer el pasado es una manera exacta de oscurecer el futuro al hacer del presente el único y dominante referente.

Entre nosotros ha sido extremadamente complejo el fenómeno en la medida en que han ido apareciendo horizontes y azares diversísimos en el proceso público, en todos los tiempos.

Galíndez, en su tesis suicida, planteó que una vez terminara el imperio rotundo de la fuerza y aparecieran las anheladas y merecidas libertades públicas sobrevendrían conflictos con efectos tan devastadores como aquello, pero en otros órdenes, dada la esterilización que sufriera la sociedad, hasta la impreparación; incapaz de hacerse cargo del desarrollo de un régimen democrático genuino.

Tan amarga premonición la hacía como secuela de la opresión que durante un tercio de siglo aplastara toda posibilidad de sobreponer virtudes nuevas sobre los poderosos vicios estructurales, de una falsificación tan abrumadora de instituciones que realmente no existieron, a pesar de que el régimen las invocaba como su marco de albergue.

Es decir, el autor de la tesis pronosticaba que previsiblemente no sabríamos lidiar con el futuro una vez terminara el espanto opresivo de generaciones.

En mi primer viaje al exterior, a los 27 años, allá por el año ‘58, pude leer la tesis en New York, pues, aunque iba en diligencia de salud, como siempre lo seguí haciendo, pude compartirla y discutirla con algunos de los buenos amigos y familiares que permanecían en un exilio multicausal.

No he vuelto a leer la tesis de Galíndez, pero la retengo en esa reflexión nodal que cité y pienso que ha sido por la impresión que me produjeron aquellas afirmaciones tan pesimistas y desalentadoras hacia un futuro de la post-dictadura.

En verdad, ahora es cuando lo entiendo mejor y puedo apreciar en retrospectiva todo cuanto ha ocurrido luego, en otro período de nuestra historia de más de medio siglo.

Ha ocurido de todo.  Lo más destacable en el orden político sigue siendo la elección democrática ejemplar de un hombre brillante y decente, seguida del odioso manotazo de la intolerancia arrogante de los intereses, de todo tipo, que pretendían un país en otros rumbos; la lógica guerra civil y la intervención militar extranjera no se hicieron esperar y se inició una etapa apasionante de utopías, desajustes, represiones, sin ningún atisbo de enmiendas.

En fin, a todo ello vino a agregarse, en medio de la guerra fría, la llegada inverosímil al poder de alguien a quien se execrara como antihistórico rezago del horror “del régimen desaparecido”.  En esos contextos sucesivos las esperanzas de redención se dijo que galopaban con bríos nuevos y las luces frescas de “las generaciones jóvenes y capaces”.  Y sus tragicómicas “manos limpias”.

No es posible describir la catástrofe de la decepción y la ruina de los sueños cuando había vuelto algo que se consideraba escándalo insólito; en fin, aquel hombre gobernó veintidós años, en dos fases diferentes, que se han ido reexaminando con pasiones languidecientes y sus haces, que sólo ofrecían sombras, han dejado entrever luz, sobre todo, por el efecto comparativo de las hazañas de aquel anciano ciego, con las inepcias de tantos que alardearan de contar con todos los atributos y virtudes para alcanzar el progreso. “Las generaciones jóvenes y capaces” han sido frustratorias, decepcionantes, al grado de percibirse, ya, más bien como farsa.

En fin, amenaza el presente con ser escenario de nuevas comparaciones; se van tomando renglones por renglones, es decir, educación, salud, deuda pública externa e interna, seguridad individual y familiar, soberanía, territorio; los resultados son chocantes y decisivos en cuanto a que conducen a una amarga reflexión del ciudadano de a pie, que tiene perfecto derecho a preguntarse: ¿De qué me sirve contar con la expresión libre del pensamiento tan extensa de que disfruto?  ¿De qué me sirve que me hayan cambiado el asesinismo, por la orden vertical del despotismo, por el asesinismo difuso, extenso y generalizado del Crimen Organizado?  ¿Por qué perdí la gratuidad y la calidad de la enseñanza de otros tiempos, para caer en un proceso de industrialización de la misma en deriva hacia los esfuerzos privados?  ¿No era acaso la escuela pública de entonces el elemento de integración más formidable porque a ella concurrían los hijos de todas las clases?  En suma, ¿por qué han cambiado los términos de consideración y respeto de los valores fundamentales de la Patria que se han tornado tan lábiles, indefensos y decadentes en grave amenaza de nuestra supervivencia?

Esas reflexiones me traen la tesis de Galíndez a la mente y confieso que me da la razón al expresar respeto por la capacidad penetrante de sus vaticinios.

Pero el asunto es aún más trágico porque de todos esos ríos cargados de acontecimientos, sucesos y circunstancias del orden político, se puede desconfiar y censurar porque, en definitiva, son caídas y reyertas de luchas sórdidas de poder.  Pero, son afluentes tributarios del otro río, el Amazonas, que no cambia ni renuncia a su poder, por donde vienen, desde hace largo más de un sigo, acontecimientos vitales relativos a nuestra supervivencia.

Desde luego, no es este espacio suficiente para tratar tantas cosas y observen que al insertar la mención de las nieblas del río social como título, lo que busqué más bien fue convocar los presentimientos del peligro de no entender cuánto está en juego; la comprensión es muy necesaria de los hechos y circunstancias de hoy, pues cuanto ocurre es un agresivo crecimiento de daños silentes inveterados.

El trastorno ha sido perenne, desde el nacimiento mismo del Estado-Nación; lo que ahora resulta diferente es la variación que se ha introducido en los métodos para hacerlo desaparecer haciéndole sólo parte del esperpento de un Estado Binacional.  Pero, esta es otra historia que habremos de contar.

 

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