Venezuela y su laberinto

Ya, con esta última entrega de La Pregunta sobre el tema de Venezuela y su laberinto, me siento más compensado, aunque no tranquilo.

Mi esfuerzo ha consistido en reproducir artículos que escribiera para el Listín Diario que datan de los años 2, 3, 7 y 15 de este siglo, a fin de demostrar desde cuándo y cómo quedé marcado por un pálpito mortificante en relación a la suerte de aquella nación hermana, colocada y expuesta como está a graves conflictos políticos-sociales, de los cuales no hay atisbos de solución, que se han ido apoderando de la angustia de gran parte del mundo.

La tesis que he sostenido es la existencia de dos fases distintas en el drama de Venezuela.  Una, muy originaria que pareció definitiva y crónica, la de la exclusión social y la pobreza de inmensas mayorías de su población, en medio y en presencia de una fortuna vejaminosa de minorías dominantes, de las cuales el sistema de partidos políticos resultaba un instrumento para saciar hasta el hartazgo los grupos rapaces que manejaban a mansalva la riqueza petrolera.

Por otra parte, una clase media extensa y acomodada que servía de prueba de una calidad democrática que llegara a alcanzar la categoría de paradigma latinoamericano.  En el fondo, era pura apariencia el progreso de la nación como un todo, porque debajo yacía la exclusión social más irritante que es la miseria de muchedumbres privadas del acceso al banquete de los recursos naturales más colosales de la tierra.

Caracas, a la cabeza, anticipaba que se estaba urdiendo la ira social necesaria para que, una vez apareciera en el cuartel una voz de justicia y de esperanza, se generara la capacidad de suprimir aquel estado de cosas de dos Venezuelas superpuestas. Una, bajo delirios saudíes; la otra, enterrada en la desesperanza y la fatalidad de un porvenir eterno de graves carencias.

Chávez fue ahí que surgió y la redistribución del ingreso petrolero que impulsara, por primera vez en la historia, arrancaba de la taumaturgia de las manos poderosas recursos asombrosos para ir a parar a las necesidades múltiples e infinitas de la Venezuela sumergida.

Mi tesis se completaba describiendo cómo las dos Venezuelas, ya no superpuestas, sino en una vertical de frente a frente, se han venido confrontando, teniendo como eje el poder político excitante del llamado Socialismo del Siglo XXI.  Se ha dado el siempre traumático cara a cara de la exclusión versus la inclusión sociales, que es el escenario soñado en las luchas de los pueblos en procura de sus imperativos de igualdad y felicidad progresivas.

El cuartel, que obrara en la primera fase y prohijó el sueño de su encuentro con los ranchos, es decir, del “pobre en su choza” de que habla el himno nacional de Venezuela, se dice que  ya no es el mismo cuartel hoy, sino que, por el  contrario, éste es más consciente y responsable, dado que tiene tareas directas en la dirección del desarrollo del progreso y que gracias a ello se le ha dado paso abierto a la inclusión social más espectacular que viniera a suprimir a la odiosa exclusión de siglos, ya mencionada.  Se afirma que su cuartel está suficientemente ideologizado para que no se pueda pensar siquiera en marcha atrás.

Es ahí donde está el meollo del grave trastorno, pues podría ser cierto eso siempre que la economía no la hubiesen descalabrado en las magnitudes que lograran hacerlo y no aparecieran los fantasmas que acarrea todo proceso de cambio drástico reflejado en pobreza, arbitrariedades, rencores, intolerancia, en fin, los amargos y estériles repudios de las peores insatisfacciones, particularmente cuando éstas están alentadas desde afuera por mil razones conocidas y por conocer de tan alevosa índole.

Los elementos probatorios de ruinosa desorientación y pobreza son alarmantes; el exilio masivo, no de élites solamente, sino de franjas de clase media y populares, testifica muy adversamente contra los que detentan el poder; ese tipo de reproche, crecientemente airado y torvo, es de mal agüero, pues no se trata necesariamente de la visión de los explotadores anteriores que están en fuga y que andan agenciándose la intervención militar extranjera para volver a disfrutar de las mieles de sus sempiternos privilegios.  No es ilusorio el sufrimiento de tanto pueblo en agobio.  Pueblo, netamente pueblo, de la inclusión como de la exclusión, es el que está experimentando las calamidades terribles del desabastecimiento que le impone como dogal una economía desplomada.

En fin, el hecho es que la deriva de los alegatos y percepciones cada día suman una mayor intensidad como desencuentro y ocurre en este umbral de sucesos como siempre pasa en las guerras: que la verdad es la víctima por excelencia, “la primera baja”.

Al cuartel habrán de llegar los vientos de las disputas de las dos Venezuelas contendientes y necesariamente va a reflejarse en el agrietamiento posible y natural de su unidad , que es el oxígeno de la paz.  De ahí es de donde ha provenido mi apego mayor a mi fe por lo que he rogado durante más de quince años invocando: Señor ampara a Venezuela.

Ampara Señor a Venezuela II

Tal fuera el título de mi artículo de diciembre del año 2002 publicado en este mismo diario.  Vuelvo a reproducir mínimamente de aquel artículo algo que puede ayudar a la comprensión de lo que ocurre hoy.

Dije: “No le ha bastado al Coronel haber obtenido el poder en pruebas repetidas de urnas.”

Agregué, además, “Parece que no le sirve de nada no tener presos políticos, ni ejercer persecuciones que conduzcan a la degradación de las torturas.”

Insistí, aún más:  “El hecho es que no le han dado tregua los poderosos sectores que, no solo perdieron comicios sucesivos, sino que también se quedaron sin partidos políticos capaces de albergarles y salir a pedirle al pueblo su apoyo electoral en un tiempo previsible.” 

Buscando fijar bien la legitimidad invencible de aquel líder de excepción, apunté: “Entonces se vio venir claramente la coacción hacia las plazas.  Pasó con fugaz, raro y trágico ‘éxito’ el 1 de abril, hasta caer en lo de hoy:  La paralización de la producción petrolera y, desde luego, la indispensable sangre inocente de las protestas callejeras.’’

 

Pero, fui más lejos en la premonición de desastres y señalé: “Si Chávez no abrió presidios, había la necesidad de producir los muertos en tumultos porque ha contado con un apoyo profundo de las fuerzas armadas, especialmente en sus bases, así como de los pobres de Venezuela, sensiblemente movilizados para defender resultados electorales donde ellos se expresaron”.  Inserté, incluso, esta patética afirmación:  “Huele a guerra civil y se ha comenzado a ver la magnitud de la tragedia en perspectiva. Hay quienes advierten crecientemente que puede ser horrible la experiencia”.

Yo fui partidario de Chávez y apoyé su gesto intrépido cuando se le llamabam “Coronel Golpista”.  Estando en el calabozo, luego de su legendaria expresión de “por ahora”, planteé mi convencimiento de que veía similitudes considerables entre Chávez y Nasser.

Es decir, liderato militar sensacional y apoyo profundo de las masas.  Uno, encabezando el anhelo nacional por el control del Canal de Suez, la Presa de Asuam sobre el Rio Nilo y, sobre todo, el panarabismo.  El otro, con Bolívar como perpetuo desvelo y el panamericanismo como sueño, junto a su sensibilidad desafiante ante la letal pobreza de la otra mitad de su pueblo; de consiguiente, no se trataba su alzamiento de un vulgar “gorilazo”.

Pero bien, Hugo desapareció cuando más indispensable era contar con su vida y Nasser también desapareció por un abrupto paro de su corazón.

¿Quiénes le sucedieron? Al líder árabe otro jefe militar de gran prestigio que, luego de su muerte, cuando ya era un hacedor de paz formidable, se daba paso a otro líder militar que pareció perpetuase hasta estos días, tan grávidos de sucesos presagiosos.  A Hugo, en cambio, le sucede, a grupas del inmenso apoyo de su cuartel amalgamado con las esperanzas de progreso de masas preteridas, Nicolás, que es del orden civil con determinaciones ideológicas que, por fortuna, ya no tienen la capacidad de inquietar ni generar recelos como en tiempos de guerra fría aunque otros son los intereses del asedio de las desestabilizaciones de los objetivos más sórdidos del egoísmo y el lucro.

Como se ve, los párrafos transcritos de mi artículo sirven para hacer confrontación con las circunstancias actuales y deducir que lo planteado allí, Hugo vivo, no es enteramente alegable en el hoy de Nicolás.  Vale decir, se destaca el hecho de haberse perdido en elecciones parciales, aunque, justo es reconocerlo, luego de terribles deformaciones a escala mundial, cuando ya no está Chávez.

¿Qué va quedando como enigma tremendo? La cuestión de saber qué ocurrirá, una vez se comiencen a templar las tensiones entre una mayoría de asamblea opositora y un ejecutivo vehementemente determinado a defender los resultados al presente de la revolución Chavista. Ahora, cuando el cóndor ya plegara las alas con su muerte.

¿Qué nos espera? El liderato militar mezclado con el apoyo de masas populares ha desaparecido.  Faltaría por saber si la estructura militar podrá permanecer monolítica.  Su eventual agrietamiento con apoyo de masas respectivas, ¿no es una versión del posible desastre de una guerra fratricida?

Yo me atreví a llevar en el bolsillo el día de su funeral unos pobres versos y aquí va una muestra:  “Serás leyenda en tus queridos cuarteles que oirán las pisadas del Padre Libertador, tal como lo sentiste en el umbral de calabozo de tu rebeldía…  …Ahí vivirán los ejemplos, y tu recuerdo potente, por encima del olvido, será tu Aló Presidente”.

¿Comprenden ustedes de dónde provienen mis pesares por la suerte de Venezuela?Ayúdala Señor, que lo merece.”

 

Ahora bien, sucede que me asalta un recuerdo doloroso que se refiere a una ocasión nuestra en que un gobernante de facto, que personalmente tenía virtudes innegables, pero que estaba políticamente equivocado, cuando la prensa le asediara en cuanto a saber cuándo se reanudaría el proceso democrático tan vilmente suprimido, utilizó una expresión lapidaria que vino a ser anuncio de tragedia cuando dijera: “Si se tranca el juego, como dice usted, periodista, a Dios que reparta suerte”.

Lo que vino fue la desgracia de la sangre de la desdicha del odio fratricida de la guerra, y ésta, tan pronto evidenció la posibilidad de un triunfo moral del orden democrático por resucitar, fue derribada por el manotazo de la intervención militar extranjera vergonzosamente amparada en la falsa versión de constituir una Fuerza Interamericana de Paz (FIP), bajo palio de OEA.

Nuestra guerra civil fue contenida y suprimida en muchos de sus posibles  desenlaces, pero se hizo preciso malograr más de diez mil vidas, decenas de miles de heridos y daños de todo orden, verdaderamente inenarrables.

¿Podría pensarse en una solución parecida en Venezuela, una vez se estableciere allá un espanto de tal tipo?  No.    Por razones diversas se entiende que no es posible; se aduce la vastedad del territorio, la historia misma que la consagra como útero de múltiples procesos de independencia que serían obstáculo y freno que respetaría la Comunidad Internacional.

Se da por sobreentendido que su innegable y antigua importancia lo impediría, aunque se tenga la necesidad de contener el sobresalto de pensar hoy en Siria y la Mesopotamia y sus guerras violentísimas que han destruido el más rancio abolengo de la cultura, ya con la participación entrelazada de las dos superpotencias en capacidad de pulverizar la tierra si por algún error o acaso se desencadenare la real apocalipsis que insinúan tales conflictos.

Desde luego, se han de reconocer las diferencias que hacen las distancias de las problemáticas.  Aquí no hay bases navales qué proteger y sería un escenario de conflictos de Geopolítica por estrenar.

En el mundo de hoy, tan convulsionado y sujeto como está a letales desenlaces, lo más aconsejable es no dar nada por seguro, estable y permanente.  Todo cabe y de ahí es la oriundez de todos los recelos, pálpitos y presentimientos.

Precisamente los artículos reproducidos en los años mencionados se originaron en un tiempo que hacían previsibles resultados fatales, a escala mundial, y por eso dos veces invoqué a Dios para el amparo de Venezuela.

Hoy, años después, aumenta mi alarma y ruego por la región toda, de seguir predominando la malicia, las maniobras, las ambiciones, en fin, todo cuanto concurre a situaciones tan aciagas.  Quizás por ello recordé aquello nuestro de “A Dios que reparta suerte”, para variar su contenido y rogar a Dios que imponga la razón en todos los hombres que conducen los destinos de los pueblos que, en definitiva, son las víctimas mayores de los horrores de la incomprensión y los violentos desencuentros; peores éstos cuanto más sean obra de los hijos de una misma tierra.

He reservado mis últimas palabras, ex profeso, para consignar mi escepticismo frente al presente que se quiere ofrecer como un camino promisorio de soluciones.  A mi modo de ver, gobierno y oposición están dando tumbos y no son las deserciones penosas de esta última las que van a servir para legitimar el gobierno, estando como están de por medio tantos otros intereses peligrosos.  Pero, esto sería tema a tratar más adelante, según marquen las circunstancias del azaroso trayecto por cumplir.

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