Chávez:  El Valor de una Ausencia 

En los momentos que escribiera “Chávez y el Iter Criminis”, 13 de enero del año 2007, acababa de pasar una prueba colosal el liderato de éste.

Ocurría que antes del referéndum en que Venezuela habría de decidir acerca de su destino en cuanto a si se adoptaba el régimen de gobierno socialista en plenitud, todas las acciones de la oposición eran muy ominosas.

Se alegaba que Chávez procuraba eternizarse en una dictadura tipo comunista; que se convertiría en “otra Cuba”; ésto cuando ésta ya tenía 44 años de poder revolucionario.

Pues bien, todos sabemos que Chávez perdió el referéndum por una porción mínima del porcentaje de la votación y al cabo de unas horas reconoció lo que muchos propalaron como su más terminante derrota. Otros entendimos, al contrario, que su bello gesto de reconocer el revés le terminaba de consagrar, aún más, como un líder popular democrático de gran envergadura, de verdadera excepción.

En ese artículo recurrí a la cita de Caifás, porque la fórmula de éste, conforme enseña el Libro, para la utilización el asesinato como medio preventivo en favor de la mayoría del pueblo, se basaba en que éste quedaba muy expuesto a ser confundido con las prédicas de aquel “supuesto iluminado”, “sedicioso” e “impertinente” que fuera Jesús.  El Hijo de Dios era el percance de la pax romana.

Luego, ya entre los hombres, durante el curso de la historia, esa idea criminal tan devastadora y aparentemente simple y lógica, ganó crédito en las luchas sórdidas del poder político.

Frente a Chávez se aducía que, no sólo era Venezuela la que estaba expuesta a ese vendaval, sino el resto de América Latina, que podría asumir un proceso revolucionario bajo la inspiración chavista, pero que ya contaría con recursos descomunales para revocar todo lo existente y dar paso a una extensa y profunda revolución de mezcla entre cuartel y pueblo.  Vale decir, el cumplimiento del glorioso himno que dice:  “Unida con lazos que el cielo formó/ la América toda existe en Nación.”

Ésto, en un tiempo que se consideraba fenecida la historia en ocasión del desplome de la URSS, cuyos escombros estaban emanando todavía polvos tóxicos en una clara expresión de decadencia y ruina; en medio de un desorden criminal inmenso cuando había muchos como aquel Yeltsin, que con su embriaguez permanente, pasara a ser una especie de payaso para el poder mundial, que ya se sentía unipolar.

Permitir que se produjera una efervescencia en las fuerzas armadas latinoamericanas y se viniera a producir una convergencia parecida a la que lograra el joven coronel venezolano, convertido en un ídolo popular enorme, era algo inadmisible para los intereses de los poderes de la tierra, conforme al diseño que éste había hecho del neoliberalismo y la globalización, a cargo de los cuales estaba confiada la felicidad eterna de la humanidad.

Caamaño puede entenderse como un antecedente remoto de ese temor al pueblo guiado por fusiles tradicionales.  Chávez, quizás por eso, nunca dejó de evocarlo.

Había signos claros de que el personaje bíblico que fuera Caifás se estaba reproduciendo y multiplicando, ya con fuerza y forma de toda una estrategia.  Por ello, en fecha 17 de febrero de 2007, escribí “Chávez y el Iter Criminis”, donde se puede observar mi inusitada alegría al ver al líder recrecerse con el gesto inmenso de humildad frente a la derrota, que no era otra cosa que un nuevo “por ahora”; me llenaba de tranquilidad saber que con ello el líder estaba barriendo y aniquilando una legión de malas intenciones, herederas de Caifás.  Veamos:

CHÁVEZ Y EL ITER CRIMINIS

 El hecho criminal es precedido por una serie de fases sucesivas que van desde la ideación hasta la ejecución denominada ITER CRIMINIS.  A veces son tan apretadas que parecen simultáneas.

 Caifás, el Sumo Sacerdote, enunció una fórmula típica, asombrosamente sostenible, cuando afirmara: “Vosotros no sabéis nada ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca”.  Juan 11.49-50.

 Esa aterradora manera de sentar las bases de la salvación del pueblo, haciéndola depender de la muerte de alguien, es la clásica recomendación de principio para la ejecución, no sólo del magnicidio, sino de otras múltiples acciones destinadas a suprimir cosas, tales como creencias, convicciones, simpatías, corrientes de opinión, peligros nacionales que sean guiados por ese “alguien” cuya eliminación se hace necesaria para detener o desviar sus adhesiones.   En verdad, solo ha tenido mérito en la historia cuando ha servido para suprimir la opresión y la tiranía.

 EI ITER CRIMINIS es infinito cuando concierne a acciones interpersonales, que
son innumerables. No ocurre así cuando se refiere a nociones como doctrinas, creencias y modalidades de movimientos progresivos de cambios justos para la sociedad.

La seca formula citada del Evangelio sigue siendo la ideación por excelencia para tales
casos. Lo recomendado es tétrico como simple: si quieres salvar al pueblo, destruye sus opciones nuevas matando a quien las encabece o represente. Antes del referéndum de Venezuela se vio claramente por dónde asomaba y cómo lo concebían los Sumos Sacerdotes, desde tribunas diversas, en medio del espeso y enconoso odio destilado en una oposición torva, con dificultades para ganar la calle luego del Golpe de Estado y que, finalmente, pareció ser amnistiada por la incorporación de sectores estudiantiles.

 Lo primero que decidieron fue desfigurar al líder; de ahí el “habla mucho”, que fuera reprendido por una exasperación real, que no tenía nada que ver con los designios de los Sumos Sacerdotes del aciago presente.

 Aquella objeción de “¿Por qué no te callas?” recorrió el mundo como alegada muestra de la impertinencia de un hombre que, pese a representar tantos sueños del submundo del continente, “habla sin parar hasta debajo del agua”.  Quede claro, que no está en mi ánimo suponer siquiera que el Rey de España pudiera tener conocimiento del alcance que se le podía dar a su abrupta impaciencia.  Es posible que, pasado el incidente de Chile, pudo sentir el desagradable temor de que se fuera a hacer uso de ello, no ya para aventajarse en el referéndum inminente, sino para ir más lejos, tratando de descalificar al hombre que se suponía ganador, pero que tendría su vida como precio en ocasión del nuevo atrevimiento de su idealismo impetuoso. “Se quiere perpetuar” era otra de las grandes aprensiones diseminadas. A ello se agregaba lo de “quiere aherrojar a Venezuela bajo un férreo régimen comunista”.

Así se fueron superponiendo imágenes muy negativas que pudieron hacer razonables y hasta lógicos los designios de exterminarlo. En todo caso, se diseñaba algo para hacer  menos sensibles o airadas las reacciones de la gente sencilla ante la supresión de su ilusión última de cambios justos. Todo se venía tejiendo durante años y por lo bajo se razonaba sobre el acierto indudable del plan: Llegué a saber que hasta por aquí se dijo: “Muerto el perro y se acabó la rabia”, ratificando así la tesis cínica e irresponsable de que “la culebra se mata por la cabeza”.

Nosotros hemos tenido, como pueblo, dos pruebas tristísimas de ello: Manolo y Caamaño, pero esta es otra historia. Ahora bien, el referéndum era la coyuntura perfecta para esos fines. Sobre todo porque, si lo ganaba según lo esperado, con poco o mucho margen, la ira previsible bajo la alegación de fraude haría las veces de detonante para una violenta ruptura, aunque asumiera proporciones de guerra civil.

Aquello se planeaba como algo decisivo y provechoso, porque, entre otras cosas, podría socavar el vital apoyo militar, así como confirmar las sospechas de ilegitimidad de siempre, de lo totalitario, de lo perpetuo y, en fin, del poder sin tasa ambicionado. En realidad, para lo que todo aquello resultaba apropiado era para dar curso a la ideación de Caifás:  matar a un hombre para salvar al pueblo. Esos gestores del atraso inmemorial de los pueblos lo llegaron a concebir así como un modo de sobreasegurar sus dominios; sin importar que pudiere sobrevenir un desencanto catastrófico de la pobreza recondenada y recrecida.

Siempre ha sido así.  Sucre, Madero, Gaitán, Galán, Allende, Luther King, Letelier, de una forma u otra, fueron suprimidos por obediencia a la trágica obsesión de atajar el destino de la suerte y de la liberación auténtica de los pueblos.  Venezuela estuvo a punto de ser escenario de una oprobiosa repetición, pero, ocurrió lo mejor.  Chávez vive, logrando la gloria de una demostración impresionante de tolerancia y respeto por las libertades y los resultados del querer popular.  Su liderato crece con la revelación de su humildad y coraje moral al elevarse sobre la aparente derrota.  Esto es cierto, aunque horas después se dejara provocar por la alegación de que su gesto había sido ordenado desde el cuartel.  De seguro todo ésto le servirá para la reflexión profunda acerca de lo que él representa, no ya para su pueblo, sino para el latinoamericano.

El Presidente, el Coronel, el Comandante, en definitiva, Hugo, no puede fallarle a ese pueblo. Su gran aliada ha de ser una paciencia que le permita acentuar los cambios y las transformaciones, en la salud, la educación, y en todos los esfuerzos por extirpar la exclusión social, en base a una instrucción generalizada que mueva a respeto a aquellas partes de la algarada estudiantil que lograran como estandarte de última hora los intereses.

Ese síntoma grave de tantos estudiantes en la vanguardia de las protestas puede y debe ser superado por obra de ejemplos constructivos de buen gobierno. Venezuela, tan saqueada y deformada en otros tiempos por obra del egoísmo y de exacciones colosales, no debe padecer ahora que sus fuerzas juveniles se dispersen y se confronten, desperdiciando oportunidades de cambios multivalentes que por razones muy obvias, relacionadas con su solvencia de hija predilecta de Dios, es la que está en condiciones de llevar a cabo transformaciones genuinas sin grandes traumas. Hugo tiene el prodigioso instrumento del tiempo de poder que le queda, es decir, tiene la oportunidad de hacer tan claro e irreversible el cambio justo y progresivo, que una parte de esa emoción contestataria puede pasar a cerrar filas con sus esfuerzos o, al menos, reconocerlos y respetarlos.

Que no desmaye el Presidente y que le pueda responder la juventud, en mayoría, son las metas esenciales a alcanzar en el mediano futuro. Ha ocurrido lo mejor; no ha habido más que victoria, en cierto modo para todos, si se piensa en su paz; y ello ha servido para poner de relieve la índole de su liderato, básicamente buena y generosa.

El ITER CRIMINIS de Caifás ha sido contenido, y quizás replegado, aunque no vencido, pues no lograron avergonzarle, ni amargarle para absurdos desquites y su bonhomía ha brillado como nunca antes.

Escrito a la distancia, es cierto, lejos del fragor de las disputas.  No obstante, mi perspectiva puede ser mejor quizás, pues, aunque intuitiva, es propia y honrada.  Y con ello me basta.”

Hace 10 años que escribí aquello y hoy me encuentro con un contexto más complejo y decididamente más delicado e indescifrable.

Hugo no está, desde luego.  Me impactó su desaparición y ya he dado a conocer algunos de mis tristes y pobres versos, con los que me apersoné a su funeral, llevándolos en el bolsillo de la camisa por la prisa y el acaso pesaroso de la pérdida.  De ellos sólo reproduciré hoy uno donde sobresalen mis presagiosas presunciones acerca de su suerte: “Ni una gota de sangre, / nada de lágrimas, / ni una reja, / hombre de Dios, ¿qué ocurrió? / ¿avaricia del cielo o maldad de la tierra?”

Pensaba en Caifás, pero no alcancé a convertir el recelo en certeza y por eso me valí de la disyuntiva “¿avaricia del cielo o maldad de la tierra?”

Era una manera de asomarme al vacío de su ausencia; presumir bajo mi pálpito que los tiempos por venir podrían ser muy borrascosos, como siempre ocurre cuando los titanes se desvanecen.  Desconcentración, desorientación, rememoraciones infructuosas; veneros de su memoria, en fin, todo lo que se asume para intentar completar y repetir lo incompleto e irrepetible que por siempre es el liderato.

Claro está, no está la URSS, pero ha venido la Rusia de siempre reestructurándose y recomponiendo su importancia histórica.  Se perdieron elecciones congresionales en términos abrumadores, pero, se intentó una Constituyente de índole precaria que, con sus elecciones regionales subsiguientes, abraza la esperanza de legitimarse.  En fin, un embrollo tras otro y la coronela, que es la economía, socavándose en la carcoma de su pobreza apretando a niveles de amenazar toda la convivencia.

Cabe preguntarse, pues ¿es posible adelantar la consolidación de un estado de cosas, que Chávez lo intentó mediante un referéndum que perdiera? ¿Qué Chávez quiso y no pudo?  ¿Qué pudo Chávez y no quiso?  Por ahí es que, de seguro, durmió su gloria.

Más aún,  Fidel y sus cenizas en el centro de una piedra; Hugo, descansando sus restos en el cuartel de la montaña; las Bricks, bajo ataque en su pata latinoamericana de Brasil con millares de incógnitas y desafueros; China, emergiendo como otro sol de oriente, trazando sus rutas imponentes con su paciencia milenaria.

¿Será posible, entonces, dar como un hecho incontestable que se mantendrá el blindaje de la unidad de las fuerzas armadas venezolanas?     ¿No se inquietarán ahora, ante nuevos sucesos y sufrimientos augurales de ruina para todos?

Mi pálpito me sigue bien adentro y severo, insomne, con fijeza de obsesión, que bien podría para definirlo utilizar el título del poemario del poeta-mártir de España Miguel Hernández, y decir “Este rayo que no cesa”.

No olvidemos que estamos hablando de la tierra de Antonio José de Sucre, aquel “lampo de nieve en el pantano” que describiera Bolívar; que tuviera las virtudes todas del predestinado que llegara a decir en una inmortal reflexión cuando se iba a cubrir de gloria en la independencia y la libertad de otras naciones, “esta comisión tiene espinas”.  Indicaba el héroe la inexorable aparición del asesinato sacrificante que, aunque le abría el camino de luz hacia la gloria, privaba a América de la alternativa sucesoria del Libertador, una vez éste cerrara los ojos en Santa Marta.

Caifás, redivivo, anduvo presente en la trama maldita de podar a América de Antonio José de Sucre, que era el que más podía seguir la obra gigantesca de aquel hacedor de Independencias.

De todos modos, el tiempo tendrá la última palabra y tan sólo mi fe en Dios me hace pensar que no vendrá la tragedia del conflicto fratricida en nuestra amada Venezuela.

El próximo miércoles será la última entrega de La Pregunta sobre Venezuela.

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